Se estiró sobre la cama, revolviendo ligeramente las sábanas bajo su cuerpo. Sintió todos sus músculos volver a la vida lentamente, destensándose mientras adquirían calor nuevamente. Gruñó un poco cuando sintió la —no curada del todo— herida en su brazo derecho. Maldijo mentalmente y finalmente se dignó a abrir los ojos. Su vista borrosa le recordó que debía renovar su encantamiento de la vista, pensó en colocarse los lentes, pero estaba tan acostumbrado a ir sin ellos que ni si quiera sabía dónde estaban.
Draco se removió ligeramente a su lado, su espalda de músculos ligeros y piel lechosa. Su cabello platinado caía sobre su rostro, dejando visible apenas sus rosados labios entreabiertos. Su respiración acompasada, tomando velocidad conforme se despertaba. Harry encontró maravillosa aquella piel magullada por algunas mordidas que comenzaban a ponerse púrpuras, el ansia de colocar fuertemente sus dedos sobre aquellas heridas era demasiada, se contuvo únicamente por la distracción de Draco Malfoy, desnudo a su lado, estirándose felinamente solo para él.
—¿Qué hora es? —le preguntó recargándose en sus antebrazos, alzando la cabeza y haciendo que sus mechones platinados cayeran como una cascada alrededor de su rostro.
—No tengo idea —respondió sin tomarse la molestia de si quiera fingir que iba a averiguarlo.
Draco rodó sobre su espalda hasta quedar boca arriba, en su perfecta piel de porcelana se marcaban tres heridas largas y poco profundas, aún terminando por cicatrizar. Harry se inclinó hacia él y pasó su rojiza lengua por cada una de las cicatrices recién adquiridas. La piel de Draco se erizó al contacto y Harry solo pudo soltar una risita de autosuficiencia. Draco enredó sus largos y pálidos dedos en su cabello y tiró de ellos de manera dolorosa, haciendo que la erección del rey diera un respingo entre sus pantalones.
—Eres insaciable —le dijo el rubio, apartándolo de manera tan gentil que contrastaba con la manera en la que generalmente follaban.
—Sólo cuando se trata de ti —le respondió volviendo a tumbarse en la cama, boca arriba.
Cerró los ojos, demasiado cansado por las actividades de la noche anterior que nada tenían que ver con su polla y el culo del rubito que ya se había levantado a tomar una ducha. Acarició la herida de su brazo derecho sonriendo casi imperceptiblemente, no se suponía que doliera tanto a esas alturas, pero ciertamente tampoco había esperado recibir ese tipo de maldición nunca en la vida. A él le había ido relativamente bien, había sido Draco el más dañado de los dos, Harry sabía que había estado demasiado distraído como para bloquear la maldición que su atacante había lanzado. Así se había ganado las heridas en su pecho. Iban a cerrar, por supuesto, a curarse y a desaparecer de su inmaculada piel, pero Harry esperaba que, mientras aquello sucedía, Draco no olvidara que ir al campo de batalla con la cabeza en otra parte podía ser mortal.
El sonido de la ducha cesó y la puerta del baño se abrió poco después. Draco salió del cuarto de baño únicamente con una esponjosa toalla de color verde enredada en la cadera. Su cabello escurría pequeñas gotas de agua que se deslizaban por su nuca y recorrían su espalda de manera sensual. El cuervo tatuado entre sus omóplatos desplegó las alas y se reacomodó en el cráneo bajo sus delgadas patas, dando un par de pasitos hasta quedar justo en el centro.
Harry sonrió complacido de verle portar su marca, el irreversible lazo que los unía por y para la eternidad como parte de una sola entidad poderosa e invencible. Aquella marca que no simbolizaba a un amo y un súbdito, sino a su condición como iguales, los dos lados de una misma moneda; el rey y la reina en un juego de ajedrez. A diferencia de las marcas que portaban los miembros cercanos de su círculo, un cuervo solitario en el hombro derecho que les marcaba como propiedad del rey.
Draco era suyo, por supuesto, pero lo era de una manera diferente. Draco siempre había sido diferente, superior a los demás, su mano derecha, su cabeza de lanza, su maestro, su mejor amigo, su amante, la única persona a la que le debía la vida entera, sin Draco, seguramente hubiese terminado como un don nadie del mundo mágico. Sí, siempre sería Harry Potter, el niño que vivió, pero aquel nombre no se comparaba con el que él mismo se había forjado a lo largo de los años, a base de sudor y sangre, de estrategias. El rey.
—¿Disfrutando de la vista? —le preguntó Draco sacándolo de sus pensamientos.
El rubio se deshizo de la toalla en su entrepierna con descaro, arrancándola de un tirón y liberando su rosada erección completamente despierta. Potter se relamió los labios y bajó de la cama más despierto que nunca. Se arrodilló frente a su amante y dijo:
—En realidad, pensaba en todo lo que te debo, Draco.
Y se metió el glande a la boca.
Draco soltó un pequeño respingo por la sensación de repentino calor alrededor de su miembro. Harry definitivamente no era el mejor dando mamadas pero no era completamente malo, podía tragárselo entero y usar su lengua de manera adecuada. Presionaba con sus dedos en los lugares indicados de la base y usaba la cantidad justa de dientes. Succionaba como si la vida se le fuese en ello, como si el pene de Draco fuese lo mejor que se hubiese metido nunca a la boca, y aquel entusiasmo era lo que siempre le hacía llegar.
Harry era un amante apasionado, como en casi todas las cosas que hacía, nunca hacía nada a medias, todo su esfuerzo siempre estaba volcado en el placer, el suyo y el de Malfoy que ya se derretía bajo aquella lengua que jugaba con la cabeza del glande. Potter follaba mejor de lo que mamaba, pero no por eso era malo.
El moreno sintió los dedos de Draco aferrarse a su cabello revuelto y mantenerlo quieto antes de comenzar a follarse su boca, moviendo las caderas de atrás hacia adelante con tal vehemencia que sintió que se ahogaba. La punta del pene de Draco entraba a su garganta causándole ligeras arcadas que solo podía ignorar por lo erótico de la situación. Él de rodillas, mirando la pelvis de Malfoy acercarse y alejarse a gran velocidad, mientras su pene entraba y salía de su boca sin que él hiciera un solo movimiento.
Llevó su mano hasta los pantalones del pijama donde apartó la cinta elástica para liberar su propia erección, hinchada y escurriendo de líquido pre seminal. La tomó entre sus dedos, apretándola dolorosamente mientras comenzaba a moverse. Draco le miraba hacerlo desde arriba, con el rostro encendido por el esfuerzo y la excitación, sus ojos grises oscurecidos por la lujuria y los labios susurrando obscenidades que Harry no alcanzaba a escuchar del todo.
Después de un momento en aquella posición Draco susurró algo similar a "trágatelo" y se corrió en su boca, empujando su miembro hasta donde le era posible. Harry sintió los testículos de Malfoy chocar contra su barbilla y el semen bajar por su garganta sin que él se dígnase a tragar. Su pene estaba muy, muy adentro.
Un par de sacudidas más a su propio miembro le llevaron al orgasmo, Draco aún no había salido de su boca, por lo que enredó sus labios alrededor de aquella preciosa pieza de arte, mamando como desesperado pese a que el pene del rubio comenzaba a ponerse flácido, completamente saciado.
—Eres zorra, Potter —le dijo Malfoy, arrodillándose frente a él y besándolo ardientemente.
—Aprendí del mejor —le respondió mordiéndole el labio antes de ponerse de pie.
Harry caminó hasta el cuarto de baño y se desnudó mientras el agua corría en la ducha. Cuando sus prendas tocaron el suelo desapareció de inmediato, cosa de los elfos domésticos que trabajaban en The Palace, completamente a su servicio. Metió su cuerpo caliente por su estado post sexo bajo el agua tibia, se lavó el cabello y el cuerpo, lentamente. Le hubiese gustado tomar un baño en la enorme bañera, con algunas sales y aromatizantes, pero sabía que ya había retrasado demasiado sus actividades del día.
Cuando salió, Draco se encontraba sobre la cama, perfectamente hecha, con sábanas y cobijas nuevas y limpias. Abrochaba las agujetas de sus finos zapatos de piel de dragón. Su cabello húmedo cayendo sobre sus ojos y su barbilla mostrando una ligera barba que no se había dignado en rasurar. Draco había mencionado algo sobre dejársela crecer y cortarse el cabello, pero no había hecho ninguna de las dos cosas ahora tenía una barba insípida sobre sus mejillas y el cabello largo hasta los hombros.
Potter sacó de su armario su siempre lista túnica del día, la cual se colocó sin prisas después de haber renovado su encantamiento de aumento sobre los ojos. Draco permaneció todo ese tiempo sentado junto a la ventana, con la mirada fija en el exterior, hacia los jardines de la propiedad, siempre bello y resplandeciente.
Un plop llamó la atención de ambos jóvenes. Dobby, el elfo doméstico se había materializado en medio de la habitación con un gesto de aflicción propio de un sirviente que sabe que no debe irrumpir así en la habitación de sus amos a menos que sea requerido.
Draco se puso de pie dispuesto a reprochar su imprudencia y a mandarlo castigar por tomarse libertades que no tenía, pero Harry levantó una mano, haciendo que se detuviera en su lugar con los ojos entrecerrados. Dobby no era un elfo rebelde, le tenía a Harry una lealtad y una obediencia casi enfermiza. Por supuesto que Potter había sabido ganársela desde su segundo año en Hogwarts, se había aprovechado de los malos tratos de los Malfoy para hacerse con su simpatía, tratándole con amabilidad falsa.
—¿Qué sucede? —le preguntó con voz que no admitía como respuesta una tontería.
Dobby tembló ante la presencia de su amo y bajó las orejas de manera sumisa. Harry podía ser realmente intimidante, podía hacer que cualquiera se sintiera peor que una cucaracha con solo mirarle.
—Sirius Black está aquí, Harry Potter, señor, su majestad —le dijo con su voz chillona ahogada por la tensión—. No luce nada bien, señor, se tambalea y está rompiendo las cosas del recibidor. Dobby ha intentado detenerlo, pero Dobby no ha podido, señor.
—De acuerdo —dijo Harry—, bajaré en un momento, deja que rompa todo lo que quiera.
Dobby desapareció después de hacer una reverencia y Harry tomó aire antes de acomodarse una vez más la túnica frente al espejo. Draco se recargó en uno de los postes de la cama con dosel, con los brazos cruzados y una expresión satisfecha.
—No creí que vendría tan pronto —le dijo y Harry lo miró a través del espejo.
—Ni yo, pero Sirius siempre es impredecible.
—Tal vez debas volver a Grimmauld Place con él, por las mierdas esas del apoyo emocional. Yo volveré a Malfoy Manor con mi adorada madre —dijo lo último con un sarcasmo tan ácido que los bellos en la nuca de Harry se erizaron.
—Probablemente tendré que hacerlo —le respondió pasando una mano por su cabello—. Quédate aquí —agregó caminando hacia la puerta.
—¿A dónde más podría ir? —le preguntó con burla pero ambos sabían la respuesta a esa pregunta.
Con Tom Riddle.
Harry salió de la habitación y caminó por los extensos pasillos de la antigua mansión Black que ahora le pertenecía legalmente. Dobló varios recodos y bajó algunas escaleras hasta que se aproximó al recibidor, donde el sonido de cristalería explotando le hizo suspirar dramáticamente. Sirius no era bueno lidiando con los problemas, hacía de todo una maldita tragedia y era tan intenso que a veces le preocupaba un poco. Era su padrino después de todo, una de las pocas personas por las que sentía algo.
Al cruzar el umbral de la puerta hacia el recibidor, se encontró con todos los jarrones, estampados contra alguna de las paredes de la habitación. Sirius se encontraba sentado en el suelo de mármol, no se había molestado en dejarse caer en la alfombra y lucía tan terriblemente mal que Potter no pudo contener un bufido exasperado. Estaba borracho, no había otra explicación para la forma tan errática en la que se balanceaba aún en el suelo, ni para que su largo y siempre perfecto cabello luciera más como el de James Potter en su juventud, siempre desordenado. Sus bellas facciones desfiguradas en una expresión de furia y dolor propio de alguien a quién le han arrebatado lo más preciado de su vida.
—Por la manera en que has acabado con mis jarrones, puedo deducir que algo ha pasado —le dijo acercándose a él.
Sirius dejó que el último jarrón de la sala se escurriera entre sus dedos, azotándose contra el suelo y partiéndose únicamente en tres tozos grandes. El agua del jarrón se derramó con rapidez las flores que habían estado dentro cayeron aplastados bajo el peso de la cerámica. Los hombros de Sirius parecieron quebrarse de igual manera, temblaron violentamente cuando Harry se arrodilló frente a él y luego decayeron tanto que Potter pensó, por un momento, que Black quería fundirse con el suelo.
—El bastardo se fue —dijo arrastrando las palabras, la lengua entumecida por el alcohol y las palabras atropelladas por el llanto—. Se fue con esa Tonks.
Harry alzó la ceja mientras Sirius le extendía un pedazo arrugado de pergamino que había estado sosteniendo con fuerza dentro de uno de sus puños. El pulso le temblaba y a Harry le costó un poco de trabajo arrancarle aquella nota que parecía humedad, como si le hubiera llorado encima, aunque tal vez también le había dejado caer un poco de licor, ya que apestaba a alcohol.
La nota decía:
La guerra es inminente y a menos que haga algo para remediarlo, no creo sobrevivir. He decidido poner tierra de por medio, me voy de Inglaterra, Sirius, me voy porque todo esto me está rebasando, porque he encontrado a alguien que me entiende. Puedes seguir jugando al ajedrez con Harry todo el tiempo de quieras, yo nunca estuve de acuerdo y ahora es momento de tomar decisiones. Nimphadora lo comprende, me comprende y nos marcharemos, nos iremos lejos de toda la sangre y la muerte, nos iremos lejos de ti, de Potter y de Voldemort.
No me busques por que no voy a volver. Ella me ha ofrecido un futuro y yo ya he aceptado. Abandonamos la causa de Potter, dejamos la búsqueda del jodido horrocux, no queremos vernos envueltos en nada de esto, nunca más.
Estaremos juntos, en un lugar libre de dolor y sufrimiento, tal vez tengamos un niño, un niño que crecerá feliz, sano y salvo, sin conocer los horrores de la guerra a la que querías arrastrarme. Espero que no te arrepientas después de haber elegido a tu ahijado sobre mí, sobre nosotros.
Antes tuyo, Remus J. Lupin.
Harry miró el trozo de pergamino entre sus dedos, mientras unas cuantas lágrimas silenciosas escurrían por el rostro de Sirius. Sus ojos grises mirando fijamente al infinito mientras las saladas gotitas de llanto seguían escurriendo, como si tuvieran voluntad propia. Lucía completamente destrozado, toda su alma y su voluntad habían sido reducidas a polvo que el viento se estaba llevando con facilidad.
—Ella lo convenció de alguna manera —dijo Black con voz ronca, aun mirando hacia la nada, seguramente recreando toda su historia con Remus—. Él jamás me hubiera abandonado en medio de la guerra Harry, él siempre estuvo a mi lado, aun cuando todos creían que yo era el traidor de los Potter, ella... ella hizo algo...
Harry colocó una manos obre su hombro.
—Ya no vale la pena pensar en eso, Sirius, si fue ella o no, no lo sabemos y de todas formas él ya parece haber tomado una decisión —lo miró con cautela—. Entendería si estás enojado conmigo.
Por primera vez, Sirius reaccionó.
—¿Por qué lo estaría? —preguntó mirándole.
—Yo nunca le agradé, nunca confió en mí, tú sí, es obvio que se fue por qué no lo soportó.
—Eres como mi hijo, Harry, no había nada que elegir y tú no eres el culpable de que él...
—Sólo pensé que... —fingió muy bien sentirse avergonzado.
—No lo hagas, tú eres lo más importante para mí, tú jamás me hubieras abandonado.
—Por supuesto que no, Sirius —le dijo tomándole del brazo y ayudándolo a levantarse—. Volveré a Grimmauld Place contigo ¿de acuerdo? No voy a dejarte solo.
Caminaron en silencio, escaleras arriba. Harry iba a dejarlo en alguna habitación al cuidado de algún elfo para que lo duchara y le pusiera algo decente encima, para dejarlo dormir un poco antes de darle una poción para la resaca.
—Lo amaba con todo mi corazón —dijo cuándo Harry abrió la puerta—. Le amaba más que a nada.
—Lo sé... —dijo de manera condescendiente. Tomando a la perfección su papel de ahijado comprensivo.
—Ahora mismo me gustaría asesinarlo con mis propias manos... —dijo cuándo Harry lo metió al cuarto de baño.
Ambos se quedaron quietos y en silencio. Sirius tenía los ojos cerrados, como si no pudiera más con su condición de borracho. Harry sonrió.
—Eso puede arreglarse —le susurró antes de llamar a un elfo.
Dejó a Sirius en manos de sus sirvientes y salió de la habitación en silencio. Sus pasos apenas y resonaban, amortiguados por la alfombra del pasillo. Pensó en volver a su habitación y encontrarse con Draco, pero dado que las posibilidades de que él siguiera en the palace eran realmente bajas, decidió seguir de largo y descender hacia las mazmorras.
Las paredes de piedra y las escaleras apenas iluminadas por un par de antorchas le recibieron. Los subsuelos eran un lugar en el que no le gustaba estar demasiado tiempo, eran obscuras, húmedas y tétricas, la mayor parte del tiempo apestaban a sangre, suciedad y muerte. Sin embargo, así era como debía ser, después de todo, los prisioneros lo exigían.
Llegó al último escalón con el eco de sus pisadas sonando por toda la sala y rebotando en cada una de las paredes. Los calabozos apenas y eran visibles, la luz de la escalinata no alcanzaba a iluminar aquella parte tan profunda de los subsuelos. Harry escuchó un pequeño quejido, débil, demasiado, que él sabía provenía de la celda donde su adorado tío Vernon descansaba, probablemente se quejaba por el ruido repentino, probablemente se quejaba de hambre, ya iban tres días sin comer, o probablemente se sentía tan miserable que creía factible hacer un último intento por ser perdonado.
—A los siete años me dejaste cinco días sin comer y yo no me quejé en absoluto, Vernon, sé un poco más hombre —le dijo pasando frente a los barrotes.
El cuerpo de Vernon Dursley se encontraba en posición fetal sobre el frio suelo de piedra gris obscuro. Aquel que alguna vez hubiese sido un hombre huraño y gordinflón había quedado reducido a quejidos inentendibles y lloriqueos débiles. Harry ni si quiera había recordaba cuantos días llevaba prisionero, solo recordaba haber recibido una carta suya, durante el verano después de la muerte de Dumbledore. No le pedía, le exigía ayuda económica, la fábrica donde trabajaba se había ido a la ruina y ahora no tenía para pagar su automóvil nuevo, ni su casa en Mallorca. El tipo sabía que Harry seguía codeándose con los Malfoy y había sido lo suficiente insolente como para exigirle una compensación por todos los años que los Dursley habían cuidado de él.
Un gran error.
Harry se había reído mirando la nota alrededor de treinta minutos, encontraba divertidísimo que su tío pensara que le habían hecho un favor al tener de esclavo doméstico durante casi once años. Once años de una alacena oscura, reducida y húmeda, once años, semanas enteras sin comer, trabajo doméstico y de jardinería hasta la extenuación, jaloneos y golpes por su desobediencia, años sin fiestas de cumpleaños o un solo regalo que le hiciera sentir querido, años de sentirse miserable e insignificante.
Entonces la risa había dado paso a la ira. Blaise había sido el encargado de tomar a Vernon y llevarlo ante él. Harry lo había torturado hasta el cansancio y si no lo había matado aún era porque encontraba sumamente divertido poder devolverle los años de maltratos.
—Petunia... —dijo en voz muy bajita y Harry se detuvo.
—Ya vendrá a hacerte compañía, no comas ansias —le respondió.
Aquello fue suficiente para quebrarlo, comenzó a llorar amargamente, su cuerpo temblando en la oscuridad. Harry pensaba que era imposible que pudiera sentir algo por alguien, pero su familia siempre era su debilidad.
El rey siguió de largo, pasando algunas mazmorras donde algunos mortífagos permanecían encerrados, esperando por un interrogatorio exhaustivo a manos de Gregory Goyle. Pese a lo oscuro que estaba Harry era capaz de distinguir a cada uno de sus prisioneros, por rostros y por nombre. No sabía en qué momento los calabozos se habían llenado a tope, pero tampoco era que él estuviera a mitad del campo de batalla capturando miembros del bando enemigo. No, su trabajo consistía en liderar, los peones eran quienes se movían y se sacrificaban por él.
—Remus, buenas noches —dijo hacia el último calabozo.
El hombre lobo se encontraba sentado, con la espalda contra la pared de piedra. Lucía entero y sumamente enojado, algo sucio y claramente herido. Miraba a Harry como si no pudiera creer que le hubiera traicionado de aquella manera. Harry le sonrió.
—¿Has venido a torturarme? Parece que es tu pasatiempo favorito.
—Estás muy hostil, ¿acabas de despertar? —se burló.
—No sé qué es lo que planeas, pero Sirius va a darse cuenta de lo que está sucediendo y cuando llegue a las conclusiones correctas va a acabar contigo —prácticamente le gruñó, Harry pensó que era porque la luna llena estaba cerca—. Tus padres estarían muy decepcionados.
—Mis padres están muertos, Remus y no hay nada que los traiga de vuelta, la cosas son como son. Y respecto a Sirius, ya me he encargado de él —Remus palideció, Harry pudo notarlo aún en la oscuridad—. Cree que te has fugado con Tonks, lejos de la guerra. Tú mismo le escribiste esa nota, bajo la imperius.
—¿Por eso me mandas con ella en busca del horrocrox? ¿Para hacerle creer que le estaba engañando?
—Cuatro meses lejos de él, a solas con una jovencita demasiado interesada en ti fue suficiente, su amor no era demasiado fuerte, el amor nunca es demasiado fuerte. Como sea, Tonks está muerta, igual que ojoloco, no podía dejar testigos.
—Diggory era de tus hombres de confianza ¿también lo has aniquilado?
—No fue necesario, el maleficio que lanzaste y que le dio a él por accidente fue suficiente para dejarlo en coma indefinidamente, una pérdida lamentable, pero necesaria.
—Las pistas sobre el horrocrux... eran falsas...
—Por supuesto que lo eran —respondió.
Metió una mano en la bolsa de su pantalón de donde extrajo la copa de Hufflepuff aún sin destruir. Se la mostró con una sonrisa victoriosa mientras Remus fruncía aún más el ceño.
—Estaba en poder de Bellatrix Lestrange, iban a trasladarla a su bóveda en Gringotts cuando la interceptamos, Severus fue lo suficientemente inteligente como para reemplazarla por una falsa antes de que fue imposible irrumpir en el banco mágico.
—Todos ustedes, las serpientes, son igual de ruines.
—Pobre leoncito malherido —se burló.
—¿Por qué aún estoy con vida?
—Porque aún me eres útil, Remus.
—Vas a llevar al mundo mágico a la ruina.
—Voy a llevarlo a la gloria conmigo a la cabeza.
—Hay cosas más importantes que el poder.
—No necesito de tus lecciones morales, no las necesité en tercer año y no las necesito ahora.
—Aún puedes hacer lo correcto.
—Estoy haciendo lo correcto, Remus, lo correcto para mí y para Draco. Juntos vamos a gobernar este mundo, los magos no tendremos que escondernos más y nos aliaremos con los muggles para ser más fuertes, las otras naciones nos temerán.
—Alguien debió comenzar a llamarte dictador, en vez de rey.
—Supongo, pero no sonaba tan bien —sonrió y dio la media vuelta—. Disfruta tus días de luna como un perrito encerrado, no hay poción matalobos este mes para ti.
Harry salió de las mazmorras con Remus Lupin maldiciéndole a todo pulmón a sus espaldas, dispuesto a encontrarse con Sirius para consolarlo. Lo necesitaría ahora que aparentemente, su novio le había dejado por una vida libre de la guerra. Porque Harry podía ser un muy, muy buen ahijado.
