Capítulo 21

Naruto estaba desesperado. Jiraiya y él, junto con algunos de los vaqueros del rancho, habían barrido la zona boscosa donde comenzaban las montañas y no habían conseguido dar con las mujeres. Sin duda, se habían adentrado en la espesura más de lo que suponían en un principio, siguiendo el curso del río Fresno, y no podían saber hasta dónde habrían llegado.

Algo se removía inquieto en la boca de su estómago. Un estúpido nudo de temor que jamás había sentido. Dejó vagar la vista por los altos pinos que los rodeaban, buscando lo imposible, deseando ver una cabeza negra con destellos azules apareciendo de la nada, con aquella sonrisa que conseguía iluminar todo su rostro.

Varios vaqueros se habían ofrecido para acompañarlos en su búsqueda, solidarizados con la causa de Naruto. Se ponían en su lugar y comprendían su desesperación. Ninguno quería imaginarse qué hubiese sido de ellos si su mujer hubiese huido como la de su compañero.

—Deberías aceptar el hecho de que es posible que te haya abandonado —escuchó a su espalda.

Se volvió como un rayo y se enfrentó al joven Gaara Sabaku No, que intentaba componer un gesto consternado. Pero algo en su rostro no encajaba. Naruto se dio cuenta en ese preciso momento. ¿Estaría disimulando? ¿Se alegraba, en el fondo, de que Hinata le hubiera dejado? Su rostro aniñado le exasperó.

—¿Por qué dices eso? —preguntó, irritado.

—Bueno, tal vez no… Pero es muy extraño que no haya señales de ella por ningún lado.

—Puede que la dama tenga asuntos que atender —intervino Jiraiya, colocándose entre ambos, amonestando con la mirada al joven.

—Si es eso… ¿por qué no suspendemos la búsqueda? No tiene sentido seguir rastreando y mirando bajo cada piedra del camino —se quejó.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jiraiya—. Tú te ofreciste voluntario.

El joven se pasó la mano por el pelo, con gesto cansado.

—Pensé que las encontraríamos pronto, pero ya ha oscurecido y cada vez estoy más convencido de que han huido… y no volverán.

El caballo de Naruto piafó como si sus palabras lo hubiesen ofendido y el vaquero tuvo que tranquilizarlo. Antes de que pudiera contestar a ese comentario, Jiraiya volvió a hablar.

—Tú puedes regresar —le concedió Jiraiya—, nosotros buscaremos un poco más.

El joven les dedicó una intensa mirada antes de asentir con un gesto seco de cabeza. Acto seguido, tiró de las riendas de su caballo y enfiló el camino de regreso al pueblo.

—¿Qué le pasa a ese? —preguntó Naruto, que se había quedado con ganas de apearle de su montura de un puñetazo.

—Creo que está algo celoso —reflexionó Jiraiya, mientras lo veía alejarse—. Si mal no recuerdo, pretendió a Shion el día en que llegaron las mujeres, pero ella lo rechazó. Y como ella, las demás. Ninguna quería a ese jovenzuelo con cara de niño como marido. Acabó casado con una chica flacucha, muy poca cosa, llamada Mebuki. Se tuvo que conformar al ver que no quedaban más opciones. Y entonces, al día siguiente, apareció Hinata. Supongo que el muy iluso pensó que, tal vez, si la hubiese conocido a ella antes…

— Hinata es mía —saltó Naruto, muy deprisa.

Jiraiya sonrió ante su arrebato.

—Ya lo sé, idiota. Solo te explico lo que debe estar pasando por la mente de ese muchacho, para que no tengas ganas de atizarle un buen puñetazo por sus desafortunados comentarios — Jiraiya se acercó más a él y le susurró con un deje malicioso—. De todas maneras, tienes que reconocer que cualquier hombre sentiría celos de ti. Después de todo, Hinata es la mujer más hermosa de Konoha's Valley. Todos los hombres la desean. ¿Aún te extraña que el chico esté loco por ella y te odie a ti de paso?

La furibunda mirada de Naruto ante esas palabras provocó otra gran sonrisa en el rostro del patrón. Le encantaba hacer rabiar a Naruto, máxime cuando había dado tanta guerra con el asunto de aquella boda. Se tenía bien merecido que Hinata le hiciera sufrir un poco.

Lo malo era que a lo mejor no se trataba de un escarmiento, como Jiraiya creía. Estaba empezando a sospechar que algo malo podía haberles ocurrido, porque aunque celoso y necio, Sabaku No Gaara tenía razón: no había rastro de ellas por ninguna parte.

En la mente de Naruto seguían martilleando las palabras del patrón. Todos los hombres la desean. Aquel comentario se le había clavado como un clavo oxidado en el centro del pecho. No podía soportar la imagen que le evocaba aquella frase y supo que tenía que encontrar a su mujer a toda costa.

—Sigamos buscando un poco más —le pidió a Jiraiya, adelantándole con el caballo.

Al patrón no le pasó desapercibido el tono ceniciento del rostro del vaquero, pero en esta ocasión, su desesperación no le causó ninguna gracia. Él mismo estaba empezando a preocuparse de verdad.


Hinata se despertó, muerta de frío. Notó que el fuego crepitaba muy cerca de ella, pero el calor era insuficiente para devolver la tibieza a su aterido cuerpo. Le dolía cada músculo, cada poro de su piel. ¡Esa mocosa!¿Qué rayos le había hecho?

Escuchó su vocecita infantil a pocos metros de dónde se encontraba y giró la cabeza para ver a Sarada conversando con Shion. Su amiga aún temblaba con violencia y sollozaba, pero comprobó que asentía ante las palabras de la pequeña. Hinata supo, sin asomo de duda, que la niña estaba curando las heridas del alma de Shion.

Se incorporó con un gesto de dolor y buscó el árbol en el que habían atado a Deidara. Allí seguía. Y además, ahora estaba amordazado. El vaquero le devolvió una mirada de odio tan profundo que se le erizó la piel.

Despegó sus ojos de aquella mirada venenosa y se arrastró como pudo hasta Shion.

—Será mejor que nos vayamos de aquí —susurró—. Esto no me gusta… Y tú —exclamó señalando con el dedo a Sarada—, no sé lo que me has hecho, pero no lo vuelvas a hacer. Prométemelo.

La niña sonrió, condescendiente, y lo prometió.

—Necesitas descansar —le recomendó—. Debes dormir y recuperar fuerzas.

—Las que tú me has quitado.

—Era por el bien de todas. Ese hombre es malo, muy malo. Pensaba hacernos daño. Pero Shion no debía disparar, eso solo hubiese emponzoñado sus sentimientos y nunca se hubiera curado.

Hinata asintió, con un asomo de sonrisa.

—Tienes razón, pequeña sabionda —le pasó la mano a Shion por la espalda para consolarla—. Todo saldrá bien, amiga. Olvidarás todo esto y volverás a ser feliz.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó la joven rubia, señalando a Deidara con la cabeza.

—Deberíamos dejarle ahí atado. Ya lo encontrará alguien —sugirió Hinata.

—Es un hombre malo —repitió Sarada, con un susurro velado—. Podemos dejarlo, sí, alguien lo encontrará…

Hinata y Shion intercambiaron una mirada interrogante. ¿Qué le ocurría ahora a la niña? Sus ojos parecían perdidos en el infinito y las mujeres tuvieron la sensación de que sabía muchas más cosas de las que decía. Y no debía tratarse de nada bueno, porque la tristeza anegaba su rostro y sus tibios ojos rojos, que en ese momento relucían con unos remolinos negros.

—Estoy muy cansada —anunció Hinata, con un suspiro—. Sarada tiene razón, necesito dormir. Mañana lo veré todo con mayor claridad y decidiremos lo que hacer.

Le dio un beso a Shion en la sien y apretó la mano de la niña con cariño. Se arrastró de vuelta a su manta, junto al fuego, y se acurrucó hecha un ovillo. Cerró los ojos e intentó dormir, pero los ojos asesinos Deidara la acosaban, poniéndola muy nerviosa.

Entonces pensó en otros ojos, color cobalto, de mirada intensa y ardiente. Su cuerpo se relajó en el acto y se durmió enseguida, arrullada por otras imágenes mucho más agradables.


No habían encontrado nada. Bueno, sí. Naruto estaba muy furioso, porque durante su búsqueda, habían observado señales de huellas que habían sido borradas. Alguien se había dedicado a despistarles, a guiarles por caminos equivocados, hasta que se dieron cuenta de que las pistas que encontraban eran erróneas. ¿Quién querría eliminar del camino las señales que los conducían a las mujeres, adrede?

—No te preocupes —le dijo Jiraiya, aunque él mismo estaba bastante nervioso—. Verás como todo se soluciona.

El patrón había dado la orden de volver al pueblo. Los hombres necesitaban un descanso. Y, aunque Naruto no quería abandonar la búsqueda, deseaba acudir a su cabaña para ver si Hinata había tenido el sentido común de regresar.

Sin embargo, después de recorrer un gran trecho del camino de vuelta, sus experimentados ojos, tan bien entrenados por sus amigos miwok, dieron con un rastro que no esperaban.

Naruto desmontó y se agachó junto al camino, examinando las huellas. Frunció el ceño, extrañado. Aquello no le cuadraba nada.

—Parecen las huellas de una sola montura —explicó a Jiraiya, que lo observaba intrigado—. Venía por este mismo camino, pero se detuvo y giró hacia allí —dijo, señalando de nuevo hacia el interior de la montaña.

—Qué raro. El único que ha venido por aquí recientemente ha sido el joven Gaara, de regreso a su casa. Dudo mucho que haya vuelto a adentrarse en la espesura.

—Por eso me extraña. Ese chico debe estar a estas horas en su hogar, con su esposa. ¿De quién son entonces estas huellas?

—No lo sé. Pero tú y yo vamos a averiguarlo.

Jiraiya ordenó al resto de los hombres que regresaran, estaban exhaustos. Entregaron a Jiraiya y a Naruto el agua que les quedaba y así estos pudieron seguir el inesperado rastro. Esperaban que esta vez aquellas huellas les llevasen más cerca de las mujeres. Aunque, se repetía Naruto una y otra vez, solo había señales de un caballo. Y ellas eran dos. ¿Acaso habían sufrido alguna un accidente? No quiso pensar en ello y espoleó a Kyuubi para ir más deprisa. Necesitaba respuestas o se volvería loco. Necesitaba tener a Hinata entre sus brazos, y cuando la tuviera, nunca más la dejaría marchar.

Cabalgaron en la noche guiándose por el extraño rastro. Por fortuna, la luna aquel día irradiaba suficiente luz, aunque Naruto se lamentaba porque no iban tan deprisa como quisiera. Con la luz del día todo hubiese resultado más fácil. Tras un par de horas más de búsqueda, llegaron por fin hasta una cabaña en medio del bosque.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Jiraiya.

—Es evidente… Parece una especie de refugio.

Los vaqueros desmontaron y sacaron sus armas antes de entrar.

Caminaron con sigilo hasta la entrada y Naruto empujó la puerta con cuidado. Dentro, reinaba el silencio y una oscuridad aplastante flotaba por toda la sala. Divisó la sombra de una lámpara sobre la única mesa de la estancia y se acercó a ella para encenderla. Después, con la luz en la mano, se giró para inspeccionar el lugar.

—¡Por todos los diablos! —exclamó Jiraiya, cuando iluminó el cuerpo inerte que yacía en el suelo.

—¿Quién es? —preguntó Naruto. Jamás lo había visto antes.

—No lo sé.

Ambos inspeccionaron el cuerpo del hombre, de pelo lavio y bordo, con una bala metida entre ceja y ceja. Luego rebuscaron por la sala en busca de alguna prueba que les condujera a las mujeres.

Naruto encontró un plato de frijoles y arroz sobre la mesa y una especie de camastro en una esquina. Cuando lo revisó, sus dedos temblorosos levantaron algo que brillaba entre las mantas.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Jiraiya.

Naruto no podía hablar. No podía creerlo.

El patrón se acercó hasta él y observó el colgante que sujetaba en la mano.

—Parece un collar indio —indicó.

—Es de Sarada —susurró Naruto, con la garganta estrangulada por la emoción.

Allí había yacido su ahijada, estaba convencido. Y Hinata tenía razón cuando dijo que tenían que buscarla. ¡Oh, cielos! ¿Habrían llegado demasiado tarde? ¿Dónde estaba Sarada?

Aquel descubrimiento le aceleró el corazón. ¿Habría llegado Hinata hasta allí? ¿Y si su ahijada aún seguía con vida… como creía su mujer? Las preguntas le martillearon en la cabeza hasta que Jiraiya sugirió que continuasen la búsqueda.

—Llevamos todo el día buscándolas y ni siquiera sabemos si ellas aún… —se le quebró la voz, al tiempo que estrujaba con rabia el collar entre sus manos.

—Ellas están vivas —espetó Jiraiya, convencido—. Me lo dice mi viejo corazón. Y, créeme, mis corazonadas nunca me han fallado.


Con las primeras luces del amanecer, las dos mujeres levantaron su improvisado campamento. Apenas les quedaba comida y decidieron dársela a la niña. Hinata se acercó hasta donde se encontraba Deidara, aún atado y amordazado, mientras la pequeña devoraba su desayuno.

—Vamos a dejarte aquí —le explicó—. Debería decirte que para siempre… o al menos hasta que un oso te encuentre y acabe contigo —suspiró y se acercó más, bajándole la mordaza para liberar su boca.

—Maldita perra —musitó Deidara, con la voz reseca—. Pagaréis por esto.

—Sí, sí, sí. Anda, bebe un poco, lo necesitarás.

Hinata acercó a sus labios la cantimplora y el vaquero dejó a un lado su dolido orgullo para saciar su sed con un ansia lastimera.

—En cuanto lleguemos a Konoha's Valley enviaremos a alguien a buscarte —dijo ella, apartando el agua para frustración del hombre—. Como comprenderás, tu esposa no quiere viajar a tu lado. Espero que te hagas cargo…

—Sois las dos unas putas miserables, y os mereceríais que…

No pudo seguir hablando porque Hinata volvió a colocarle la mordaza en la boca. Solo pudieron escuchar los gemidos angustiosos de Deidara mientras abandonaban el claro y lo dejaban atado en aquel árbol. Ninguna de las tres lo lamentó. Allí estaba muy bien; allí no podía hacerle daño a nadie más.

Tras varias horas más de viaje, Shion y Hinata pudieron ver por fin las siluetas de las cabañas del pueblo recortándose contra el horizonte.

—Ya casi estamos en casa —murmuró Hinata, apretando el cuerpecito de Sarada que viajaba en su caballo, sentada delante de ella—. Pronto te encontrarás con Naruto.

—Omusa… —exclamó la niña, con una sonrisa radiante.

—Pues yo no tengo ninguna gana de volver —confesó Shion—.¿Puedo quedarme con vosotros, Hinata, hasta que sepamos qué piensa hacer Jiraiya con Deidara?

La joven contempló a su amiga y estiró la mano para estrechar la suya. Shion había cambiado durante ese viaje. Lo había comenzado temblorosa y pálida, cargada de resentimiento y de miedo. Después de rescatar a Sarada y tener aquella larga conversación con ella, tras su arrebato asesino, Shion había logrado recobrar la serenidad y sus ojos violetas brillaban ahora con confianza. Con la misma seguridad que tenían cuando llegaron a Konoha's Valley, antes de que Deidara Garret entrara en su vida.

—Por supuesto, Shion. Puedes quedarte conmigo.

—¿Crees que a Naruto le importará?

Hinata miró a Sarada y sonrió.

—No, Shion, no le importará —aseguró—. Juntas, hemos rescatado a su ahijada. Sé que se sentirá muy feliz y agradecido, y cuando sepa todo el daño que te ha hecho Deidara, no se opondrá. Hasta que estés completamente a salvo, te quedarás con nosotros.


Los vaqueros llegaron al claro donde Deidara Garret permanecía atado al árbol, un par de horas después de que amaneciera. No habían dormido nada en toda la noche. Desmontaron con cuidado y volvieron a sacar las armas ante el silencio sepulcral que flotaba en el lugar. Antes de poder acercarse a él, Naruto y Jiraiya ya vieron que estaba muerto.

Le habían disparado en el estómago, repetidas veces.

La sangre cubría las cuerdas con las que estaba atado y la cabeza le caía inerte a un lado, con los ojos abiertos de espanto.

Llevaba una mordaza en la boca.

—¿Quién ha podido hacer algo así? —preguntó Jiraiya.

Naruto estaba cada vez más confundido. El corazón le bombeaba muy rápido, lleno de pánico. ¿Qué estaba ocurriendo?

Seguían un rastro y solo encontraban cadáveres a su paso. Estaba muerto de miedo por si el siguiente cuerpo era el de Sarada… o el de Hinata.

—Parece que alguien acampó en este lugar —mencionó Jiraiya, inspeccionando la zona.

Su compañero se acercó hasta él y buscó indicios de las mujeres. Sí, pensó, con un suspiro de alivio. Podía ser. Ellas podían haber pasado por allí. Había huellas de pies pequeños, sobre todo algunas… Eran huellas de niña, estaba seguro. Entonces, ¿era cierto?

¿Sarada estaba viva?

Naruto volvió la vista de nuevo hacia el cuerpo cadáver de Deidara.

¿Qué pintaba él allí? Tal vez había seguido a su esposa, igual que él buscaba a Hinata. Pero entonces… ¿qué había pasado?

—Las huellas se alejan en esa dirección —señaló Jiraiya.

—Parece que regresan al pueblo —coincidió Naruto.

—Pues vamos, no hay tiempo que perder.

—¿Y qué hacemos con él? —preguntó el vaquero, mirando a Deidara—. No podemos dejarlo ahí.

Jiraiya se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa. Asintió y se acercó al árbol. Con una navaja, cortó las cuerdas que sujetaban el cuerpo, que cayó hacia delante con un golpe sordo.

—Acércame la manta que hay en mi caballo —le pidió a Naruto—, y ayúdame.

Lo envolvieron con cuidado y después lo colocaron en la grupa del semental de Jiraiya. El patrón suspiró con pesar por aquella pérdida. Si finalmente encontraban a las mujeres, tendrían muchas cosas que explicar.

Continuará...