CAPITULO 23
Sakura se preguntó si en su vida volvería a ver algo tan hermoso como la aurora boreal. Miró maravillada la niebla de color violeta que se arremolinaba en el cielo. El suelo, los edificios, todo a su alrededor estaba pintado de un violeta brillante y luminoso. Quién podía quejarse de la falta de sol para alumbrar el camino cuando contaba con tan magníficos despliegues de color.
Si no hubiera hecho tanto frío, Sakura se habría quedado a contemplar indefinidamente la bruma luminosa. Pero hacía frío, mucho frío, en realidad.
— Vamos, Kiba, antes que mis pies se congelen y yo también me convierta en hielo.
Corrió junto al joven. El también estaba bañado en luz violeta y parecía salido de una tapicería.
Fue un golpe de suerte cuando Kiba le preguntó si necesitaban más provisiones del depósito antes de ir a acostarse. En realidad, no faltaba nada que no pudiera esperar hasta la mañana, pero Sakura dio la excusa de que estaban escasos de centeno para hacer pan y que si lo buscaban ahora, Kiba podría dormir hasta más tarde por la mañana.
Sakura lo hizo esperar mientras sacaba dos sacos del pequeño lugar de depósito detrás de la escalera donde se guardaban alimentos y especias.
Escondió uno de esos sacos debajo de su capa y le dijo a Kiba que lo acompañaría por si veía algo más que pudieran necesitar.
Esta era la oportunidad que había estado esperando. Podría procurarse armas que ocultaría hasta que las necesitase. Y si encontraba una capa más liviana la cambiaría por la suya, aunque ahora tenía que admitir que la capa más pesada la mantenía bien abrigada.
Sakura agradeció que fuera tarde y las otras mujeres estuviesen ocupadas en el hall, recogiendo los restos del oso asado que habían servido más temprano. Kiba abrió la sólida puerta del depósito y rápidamente encendió la vela que estaba en el interior. Sakura quedó decepcionada al descubrir que la habitación contenía solamente alimentos, aunque estaba bien llena. Un gran recipiente como el de junto a la casa donde se recogía el agua de lluvia estaba lleno casi hasta el borde de cebada y había otro que contenía avena. De las vigas colgaba carne salada de pequeños animales que había cazado Sasuke.
Había barriles de centeno y uno lleno de manzanas silvestres y otras frutas secas. Grandes sacos contenían judías, cebollas y nueces y muchos sacos más pequeños con hierbas y especias estaban dispuestos en estantes fijos a las paredes. Lo que buscaba Sakura evidentemente se hallaba detrás de otra puerta cerrada, la del fondo del depósito, donde se había añadido otra habitación más pequeña.
— ¿Qué hay ahí atrás, Kiba? — preguntó en tono inocente y señaló la puerta cerrada.
— Ahí es donde el amo Sasuke guarda sus riquezas.
— ¿Tenéis la llave?
— Sí — respondió Kiba— . Pero me está prohibido usarla a menos que me lo ordenen.
— ¿Alguna vez la usasteis?
— Por supuesto — replicó él con orgullo— . Cuatro veces al año limpio y pulo las armas allí guardadas. Y es allí donde pongo las pieles después de curtidas.
— ¿Podríais abrir la puerta ahora, Kiba? Me encantaría echar un vistazo.
— No, no puedo.
— Por favor, Kiba — dijo Sakura con dulzura— . El amo no tiene por qué enterarse. Yo podría mirar un ratito mientras vos llenáis el saco de grano.
Kiba meneó lentamente la cabeza. Era evidente que tenía mucho miedo de hacer lo que Sakura pedía. Sin embargo, ella estaba decidida a entrar en ese cuarto.
— No debo hacerlo, Sakura. Si el amo llegara a enterarse, me castigarían con el látigo o quizá me harían algo peor.
— Pero él no se enterará, os lo prometo — insistió Sakura— . Ahora él está divirtiéndose en el hall y ni siquiera sabe que estamos aquí. Por favor, Kiba... hacedlo por mí.
Él vaciló unos segundos más y después sonrió con timidez.
— Está bien. Pero sólo el tiempo que me lleve llenar este saco — fue hasta la puerta y la abrió— . Y no debéis tocar nada.
Impulsivamente, ella se inclinó y lo besó en la mejilla.
— Gracias, Kiba. No olvidaré esto.
Él enrojeció, y hundió avergonzado la cabeza y fue a llenar el saco. Sakura abrió completamente la puerta para dejar que la luz de la vela entrara en la habitación más pequeña. Había esperado encontrar tesoros, pero no la abundancia que pudo ver a la débil luz de la bujía. Había una pequeña pila de pieles que crecería antes de que llegara la primavera y a su lado un cofre abierto, lleno de telas exquisitas: sedas, brocados, finísimos terciopelos. En un estante contra la pared había hermosos cálices hechos de bronce, plata y hasta oro, e incrustados con gemas. Junto a ellos había fuentes y jarras de plata grabada y tallada.
Sobre una mesa había varias curiosidades de valor, estatuas de mármol y marfil, candelabros de oro, pequeños incensarios de bronce, una cruz enjoyada de treinta centímetros de largo, piezas de ajedrez de marfil y muchos otros tesoros. En un cofre de madera de teca forrado de terciopelo que estaba sobre la mesa Sakura vio joyas que la deslumbraron: collares de rubíes y diamantes, ajorcas de oro y plata incrustadas con gemas o delicadamente talladas. Otro cofre estaba abierto en el suelo y lleno de monedas de oro y de plata.
Por fin, las armas atrajeron la mirada de Sakura. colgadas de dos paredes laterales había armas de toda clase. Ballestas y flechas, lanzas de diferentes largos, hachas y espadones, mazas con púas y, en un soporte especial, dagas enjoyadas, Sakura se acercó a estas últimas y tomó una incrustada con trozos de ámbar. Quizá el ámbar, que se decía era la gema favorita de Thor, la protegería. Aunque no necesitaría la ayuda de Thor.
Sakura miró las ballestas, en cuyo manejo era experta. Tomó una, junto con una provisión de flechas. Puso todo en un saco atado a su cinturón y también metió debajo de éste una espada. No era tan liviana como había sido la suya, pero aquella preciosa espada ya no existía.
Sakura estaba por retirarse con su saco lleno, pero en ese momento vio un par de botas de cuero negro. ¡Las suyas! Junto a las mismas, en un estante, estaban sus ropas, las mismas que había vestido para sepultar a su padre. Todavía las llevaba cuando perdió la batalla más importante de su vida a manos de Fugakuo Uchiha.
Sakura se apoderó rápidamente de las botas y la ropa, se envolvió completamente con su capa y salió de la habitación en el instante que venía Kiba.
— No me había percatado de que Sasuke es un hombre tan rico — comentó Sakura con inquietud. Rogó en silencio que Kiba no notara la falta de las armas.
— Sí, pero no son muchos los que lo saben.
— Es muy joven para haber acumulado tanta riqueza. Debió hacer muchas incursiones de pillaje en su juventud.
Kiba sonrió.
— No. La mayor parte de lo que visteis él lo trajo de Oriente. Nuestro amo es un comerciante muy hábil.
Después que Kiba cerró las puertas con llave, regresaron junto a la casa. Al oír el bullicio de la francachela que seguía llegando desde el hall, Sakura dio las buenas noches a Kiba y subió rápidamente al cuarto de costura.
