Buenas tardes a todos! Sé que hace tiempo que no saben de mí, pero deben saber que la historia no está inconclusa. Simplemente dejé de subir capítulos acá, pero los tengo todos guardados con amor. La verdad: pensé que nadie leía nada, así que me guardé mi historia para mí y listo calisto. Pero viendo un poco de estadística de la página, veo que me equivoqué. Así que voy a pedir un poco de estímulo... si están ahí, háganmelo saber. Gracias!
Ícaro avanzó sin soltar la mano de Albafica en todo el trayecto. Por un lado le preocupaba el veneno, y le preocupaba que su Maestro no hubiera hecho comentario al respecto. Pero por otro lado, desde que había llegado al Santuario que no había tenido realmente contacto físico con ningún otro ser humano. Se sintió bien, por lo que ignoró su temor y continuó escaleras arriba. Atravesaron varios templos vacíos e Ícaro pudo notar que allí también podía percibirse el Cosmos de sus guardianes. Finalmente entraron en el primero que estaba habitado, la Casa de Libra. Y vaya que lo estaba. Sentía gran cantidad de almas a su alrededor, pero no hizo mención alguna.
-¿Qué vamos a hacer, Maestro? –inquirió Ícaro por lo bajo. Albafica sonrió y siguió el Cosmos hasta el patio. Allí, un risueño Dokho jugaba a entrenar con cinco niños y niñas. Ninguno debía tener más de cuatro años. Corrían, se tropezaban y se levantaban sin reparo. Saludó con la mano para llamar la atención del dueño del Templo. Ícaro se sintió más intrigado todavía.
-¡Atención! –llamó Dokho con voz fuerte y poderosa. Todos los niños se quedaron quietos-. Adentro todos, ahora mismo –ordenó, y ellos obedecieron. Albafica sintió tristeza al comprender que lo hacía para protegerlos del veneno. Se maldijo por no haber aprendido a hacer una armadura.
-Buenos días –sonrió Albafica, disimulando su congoja.
-Buen día –contestó amistoso el de Libra. Ícaro lo miró fijo, estudiando su Cosmos. Albafica le dio un golpecito que le hizo inclinar la cabeza con respeto.
-Buen día, Maestro –dijo respetuoso, con voz firme. Dokho lo sorprendió revolviéndole el pelo con una risita.
-¿Qué los trae por aquí? Te advierto que ya no puedo admitir más niños en este improvisado jardín de infantes –bromeó-. Se escabullen mucho, hay que tener mil ojos –explicó. Albafica le sonrió con desazón.
-Seguro que sí –concedió Albafica. Dokho tragó saliva cuando pensó en lo que había dicho-. Necesito tu ayuda –el libriano volvió a sonreír.
-Ya me parecía –confesó.
-Necesito ver al Patriarca –continuó Albafica-. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
-En Jamir, supongo. Casi estoy seguro –mientras hablaba, otro Cosmos se acercó desde dentro de la Casa de Libra. Era una niña que debía tener diez años. Era flaca como una espiga de trigo, con el cabello dorado y llamativos ojos violetas. Portaba una armadura de Plata. Cuando Albafica la vio, imaginó el potencial de Irina como Caballero, pero se obligó a pensar en otra cosa. La niña inclinó la cabeza.
-Eliges un mal momento, Gina –la regañó Dokho. Ícaro no le sacó los ojos de encima en todo el rato. Que una niña menor que él ya pudiera portar una armadura de Plata le llamó la atención sobremanera. Se sintió disminuido ante el cosmos de la niña.
-No me importa, Maestro –se rebeló. Eso le hizo abrir grandes los ojos al muchacho. Por más que se enojara, él nunca había pensado en contestarle así a su Maestro-. Necesito ir a Jamir –Dokho cambió su semblante. Su enfado era palpable.
-Oye bien mocosa, ninguna armadura te da derecho a interrumpir a tus superiores con exigencias vacías. Todavía eres mi aprendiz, te guste o no –Gina resopló con hartazgo. Albafica intentó calmar las aguas.
-Ya, no pasa nada. Como te iba diciendo, yo también necesito ir. A lo mejor podemos ir todos juntos –aventuró.
-No la defiendas, amigo mío. Tiene que aprender –Gina gruñó por lo bajo.
-De acuerdo. ¿Puedes llevarnos? –inquirió, yendo al grano finalmente.
-Sí, pero no iré con ustedes. Tengo que administrar este jardín de niños –bromeó, volviendo a su carácter habitual. Un resplandor dorado lo envolvió e Ícaro sintió que dirigiría el ataque hacia ambos. Tembló de pavor al sentir la amenaza de un Caballero Dorado.
-E-espera –pidió, con la voz rota-. Tengo miedo –admitió, para que sólo su Maestro lo oyera.
-Todo va bien, mi pequeñito –lo consoló-. Yo te cuido –Ícaro lo abrazó sin preámbulo, apretándose contra la armadura de oro. Pero antes de sentir que sus partículas se desintegraban para teletransportarse, volvió a ver a Gina de con atención.
-¿Cómo ganaste la armadura de Plata? –se entrometió. No podía irse sin su respuesta.
-La armadura de la Grulla era de mi madre. Ella me la dio –Albafica dio un respingo. Lo último que vio antes de desaparecer en polvo de estrellas fueron los ojos de esa niña y en quién los había visto antes.
-Demonios –balbuceó entre dientes, antes de desaparecer.
El suelo de Jamir se sintió bajo los pies de Albafica y de Ícaro, pero el pisciano no cayó de pie. Golpeó el suelo con las rodillas, que sonó metálico por la armadura. Con el puño cerrado golpeó el suelo, para luego refregarse los ojos sin delicadeza. Todo el temple que había logrado ese día se había ido al demonio. Ícaro presionó el hombro de su Maestro.
-Lo siento. Fue un atrevimiento preguntarle –Albafica negó con la cabeza.
-Las reglas que ignoramos –susurró-. Idiota de mí. Me ha mentido por años –sollozó.
-¿Quién? –inquirió Ícaro, sorprendido.
-No importa –lo esquivó, levantándose.
-Yo te cuidó –bromeó Ícaro. Albafica sonrió con sinceridad, sintiendo ese cálido Cosmos que iba a su lado-. Somos un extraño equipo, a que sí –continuó, y Albafica no pudo evitar reír.
-Pues somos afortunados. Recuerda que todo ocurre por necesidad –afirmó mientras caminaban el estrecho sendero hacia la Torre. Una vez allí, Albafica entró solo. Ícaro se sentó en el suelo con la espalda recargada en la pared y se dispuso a disfrutar del sol. El día había sido largo, y un faltaba para terminarlo. Estaba cansado, pero no era un cansancio físico. Descubrió que el trabajo espiritual puede ser más cansado que el entrenamiento. Pensó en la teletransportación y en cómo era posible. Pensó en los misterios del Santuario. El sol le acariciaba el rostro y después de un rato de contemplación, se quedó dormido.
Una vez dentro, Albafica subió las escaleras hasta el último piso de la Torre. Allí salió a una enorme terraza. La vista era fantástica, desde el acantilado y aún más allá. Shion se encontraba meditando envuelto en un Cosmos basto y dorado. El sol comenzaba a bajar y se acercaba la hora dorada. Sintió en el ariano un Cosmos turbado y de infinita preocupación. Pudo sentir que sufría. Entonces se arrepintió de haber maldecido a su amigo y de haberlo llamado mentiroso sin siquiera conocer la superficie de sus motivos. En su impulsividad le había dado a Ícaro un ejemplo espantoso. La energía del lugar lo ayudó a serenarse. Respiró profundo y tomó asiento al lado de Shion. Hacía mucho tiempo que no meditaba. No quería hacerlo, puesto que le aterraba qué horribles sentimientos podría encontrar en su interior. Le aterraba descubrirse resentido y repulsivo, encontrarse odiando a Mirena, a Shion, a Ícaro e incluso a sí mismo.
Cerró los ojos y dejó que su Cosmos lo guiara, aunque con miedo verdadero. Recordó que Ícaro lo cuidaría. Él no sabía que así era realmente. No sabía que le había dado alegría a su vida en un momento de profundo dolor. Era tan joven que no era aún capaz de comprender cuánta bonanza había traído a la vida de Albafica. Pero enseguida arrojó sus pensamientos hacia Mirena. No pensaba mucho en ella y le avergonzaba admitirlo. Imaginaba que cualquiera en su situación estaría todo el santo día pensando en la mujer que amaba. Imaginaba que estaría todo el tiempo intentando conectarse con ella, aunque tuviera que tirar a patadas la puerta del Templo. Pero no lo hacía, y sabía por qué. El motivo era sencillo. El rechazo de Mirena le provocaba más dolor del que era capaz de manejar ahora mismo. Así que huía de la situación y se quedaba con Ícaro, que nunca lo rechazaba. Sintió culpa por no haber sido capaz de ayudarla. También estaba enfadado con ella, porque egoístamente nunca había intentado acercarse a él.
Sólo con aceptación puedes sanar, recordó en la voz de su Maestro. Tomó aire y pensó primero en Mirena. Pensó en todos los bellos momentos que habían compartido juntos. Recordó las batallas y las heridas. Recordó los momentos difíciles también. Pensó en todas las veces que se habían fallado uno a otro. Pensó en cada decepción, grande o pequeña. Fue quitando capas de historia en un intento de revelar que había debajo. Más allá del enojo encontró tristeza. Pero eso ya lo sabía así que tomó coraje para seguir cavando dentro de su alma. Debajo de la tristeza encontró el miedo. Miedo a la soledad, al rechazo y al dolor. De eso también era consciente, ya que no era la primera vez que se sentaba a trabajar sobre su alma. Más allá del miedo descubrió pesar. Eso no era algo nuevo, pero la culpa le provocaba demasiado dolor. Se abrazó a ese dolor con fuerza y se propuso sentirlo para sanarlo.
-Agradezco este dolor, Mirena –dijo con telepatía-. Agradezco tu rechazo. Lo hago porque sé que la única forma de no sentir dolor es estar muerto. Estamos vivos. Amo la vida con todo lo que implica, lo bueno y lo malo –sollozó-. Y te amo a ti, para siempre –susurró, con el corazón roto. Había descubierto por primera vez lo que había más allá de la culpa. Era amor. No sólo por ella, sino por todo el universo y todo aquello que lo habita.
-Pececito –susurró una voz en la lejanía-. En el único lugar donde se puede estar a salvo de los riesgos del amor es en el infierno.
-Te extraño –admitió.
-Falta poco –respondió por última vez. El Cosmos de Albafica bajó su intensidad poco a poco. Suspiró profundamente y dejó salir el aire. Cuando se sintió listo, abrió los ojos. Ya era de noche. Buscó a Shion a su lado, quien apenas acababa de abrir los ojos. Él también se había permitido la angustia.
-Que grata sorpresa es verte –sonrió el ariano. Se levantó y le tendió la mano-. Veo que has logrado meditar –resopló-. Es duro –admitió-. Es este lugar que nos ayuda. Por eso he venido aquí.
-Yo en realidad vine a buscarte. Necesitaba tu consejo. Pero creo que lo he obtenido por mí mismo –Shion le sonrió.
-Eso me alegra –concedió-. ¿Qué te parece si preparo algo para comer? Hace tiempo que no hablamos –Albafica asintió. Comenzaron a bajar la escalera mientras continuaban la charla.
-Hoy he conocido a Gina en la Casa de Libra –comenzó Albafica. Shion dio un respingo-. Estaba muy enfadado contigo porque me has mentido por muchos años. Ahora me siento tonto –Shion negó-. Quería venir aquí pero Dokho no se lo permitió.
-Pues ya somos dos los que nos sentimos tontos –admitió-. Da un poco igual. Vendrá sin que nadie le dé permiso –sonrió con tristeza-. El carnero de Aries me da una lección de mi propia medicina –admitió mientras abría la puerta de la cocina.
Los Caballeros se separaron por un momento. Albafica bajó a buscar a Ícaro. Lo vio dormido entre las rocas y le pareció aún más pequeñito de lo que era. Lo despertó con delicadeza. Tomó su mano mientras él se refregaba los ojos. El día había sido duro y se le ocurrió que el niño merecía un poco de cariño extra por esa vez. Subieron para cenar todos juntos. Al contrario de lo que esperaba, la charla fue liviana y amena, con chistes y sonrisas. Fue como un bálsamo para cerrar aquel día. Ícaro se durmió pronto después de la cena. Los Caballeros Dorados volvieron a subir, esta vez acompañados de una copa. La energía del lugar había cambiado y todo se sentía más fácil de llevar.
-No me has dicho para qué has venido aquí –lo desafió Shion.
-Creo que Mirena está enferma –comenzó-. Quería pedirte si pudieras enviarla en una misión, aunque sea una sencilla. Para que esté fuera y en contacto con la gente. Que le dé el sol y pueda comenzar a sanar –suplicó. Shion reflexionó por unos momentos.
-¿Por qué crees eso? –el pisciano se encogió de hombros.
-Lo siento en su Cosmos –lanzó enseguida. Bebió un sorbo de vino.
-Entonces debes saber que el tuyo se siente muy similar. Tú estás enfermo –remató. Albafica se sintió transparente, como si no tuviera nada que ocultar. Eso le dolió. Tragó saliva con fuerza.
-Lo sé –susurró-. Pero estoy trabajando sobre eso. Ella en cambio sólo se está dejando hundir más y más sin luchar por salir a flote –balbuceó.
-¿Cómo sabes eso? –siguió Shion. Albafica escondió el rostro entre sus manos.
-No lo sé.
-¿Entonces por qué juzgas su alma? –el pisciano subió la cabeza con sorpresa.
-Yo no hago eso. He intentado ser paciente pero no funciona –se le quebró la voz-. Nada funciona. Necesito ayuda –aunque lo vio quebrado por primera vez, Shion no cesó la dureza con la que hablaba.
-La juzgas porque esperas que ella actúe como tú lo harías. Sientes rechazo porque ha decidido emprender el viaje de sanación sin tu participación. Sigues diciéndote a ti mismo que ella hace las cosas mal y tú las haces bien, y ¿quién te crees que eres para decidir eso? –subió la voz, ofuscado.
-Lo siento –balbuceó.
-Discúlpate con ella, no conmigo –ordenó-. Y tienes el tupé de venir a ordenarme a mí qué órdenes quieres que le dé. No aceptas sus decisiones individuales, ni tampoco las mías por cierto –lo regañó. Albafica lloró con más fuerza. Sentía mucha vergüenza por dejarse ver así.
-Necesito tu ayuda –suplicó-. No quiero morirme, pero la tristeza me está matando –se le quebró la voz-. No puedo más –sollozó-. Todo lo que he dicho, todas las risas con Ícaro, son una falsedad… no sé qué hacer. Por favor, dime qué puedo hacer. ¿Por qué no puedo? –Shion lo abrazó.
-Eso es. Primero tienes que atreverte a sentirlo.
-Duele tanto –admitió-. Siento que me está tragando el infierno.
-Calla por un rato –ordenó Shion-. La respuesta la encontrarás dentro de ti mismo. De eso no tengo dudas. Todo estará bien, te lo juro. Repítelo, así te acuerdas.
-Todo estará bien –balbuceó. Pasaron unos minutos de quietud.
-Discúlpame por ser duro contigo, pero ya te he conocido como hijo del rigor –sonrió, como ofrenda de paz.
-Lo sé. La culpa es mía por no poder ver más allá –admitió.
-¿Has visto ahora?
-Algo –susurró-. Tengo que ir por ella. Seguramente me está esperando.
-Eso no lo sabes, amigo mío. A lo mejor quiere estar sola –aventuró-. Deja de juzgarla y ámala como es, también con sus sombras –Albafica asintió-. Quiero contarte por qué te he mentido por diez años –dijo de pronto.
-No es necesario, Shion –balbuceó-. Siento vergüenza de haber pensado mal de ti.
-Cuando sientes vergüenza, te juzgas a ti mismo, ¿lo habías pensado? –Albafica negó-. Gina es mi hija. La concebimos aquí en Jamir, cuando Yuzuriha apenas comenzaba su entrenamiento, antes de la armadura de Plata. Sabíamos las reglas y las ignoramos, sabíamos que debíamos pagar. Cuando tenía dos meses la dejamos en un orfanato. Nos dijimos a nosotros mismos que así estaría segura. Juramos nunca volver a estar juntos después de eso –Albafica le sonrió.
-Pero el alma tenía otros planes. ¿Cuánto tardaste en volver con ella? –Shion lanzó una carcajada.
-Tres meses –admitió-. No podía dejar de amarla diciéndome que era lo mejor para el Santuario. Pero compartir este secreto, nos ha hecho daño. No tienes idea cuántas veces me desperté en medio de la noche preguntándome si había tomado la decisión correcta. La buscaba en cada rostro cada vez que iba a una misión, cada vez que caminaba entre los discípulos.
-Por eso nos prohibiste irnos –dedujo Albafica-. Sabías cómo era.
-Sí, y no. Nunca pensé en desertar. Puse a Athena como la primera prioridad y eso me hacía sentir un Caballero hecho y derecho. Ahora ya no pienso así. Verlos a ustedes tan decididos a estar todos juntos me ha hecho pensar –tragó saliva-. Y en este punto quiero que sepas que te admiro. Yo no hubiera podido enfrentar a Athena como tú lo has hecho. Por eso es que ese día no estuve presente. Sentía vergüenza. Me sentí un cobarde.
-La vergüenza es cuando nos juzgamos a nosotros mismos –remató Albafica dándose aires de superioridad. Shion sonrió con tristeza.
-Pero ella me ha encontrado a mí. Después de la Guerra Santa, se metió como discípulo de Dokho. Ahora resulta que la mocosa es un prodigio –sonrió con satisfacción-. Yuzuriha le regaló su armadura y juró que nunca volvería al Santuario. Tampoco está aquí –resopló-. Está enfadada por el tiempo que hemos perdido. Gina alberga ira y resentimiento. Siente que la abandonamos sin motivo, al menos sin ninguno que ella comprenda.
-¿Has hablado con ella? –Shion negó con la cabeza.
-Nunca he hablado con ella. Jamás la he visto desde que era una bebé. Sé que está viniendo hacia aquí a echarme en cara todas las decisiones de mierda que he tomado y cómo le he arruinado la vida –negó suavemente con la cabeza y tomó aire intentando serenarse-. Estoy aterrado. ¿Cómo le explico? ¿Cómo puedo convencerla de que hacía lo que pensaba que era mejor para ella? ¿Y qué tal si me odia?
-Shion –interrumpió Albafica-. Si te odiara no querría verte. No tendría motivos para hablar contigo. Si desea venir aquí es porque al menos quiere intentarlo. ¿Por qué no vas tú con ella? ¿Por qué no le das un abrazo y le dices lo que sientes? –Shion se encogió de hombros, sin una respuesta concreta-. ¿Sabes lo que me duele de verte así? Tienes oportunidad. Tienes todo el tiempo del mundo –hizo una pausa y apretó los labios-. Está viva. Deberías pasar con ella cada segundo que puedas –admitió, con la voz rota-. A veces lo veo a Ícaro tan joven, tan lleno de vida, que ni se me ocurre que esa vida podría escapársele. Pues te tengo noticias: nadie tiene la vida asegurada. Ni siquiera los niños. Así que levanta el culo y ve con tu hija mientras aun puedas, ¿me has entendido? –cuando terminó, estaba al borde de las lágrimas. Shion hizo una seña, prestando atención.
-Escucha –ambos hicieron silencio.
-Polvo de estrellas –dijo el pisciano sonriendo.
-Me recuerda cuando Mirena vino aquí a que le enseñe la teletransportación –dijo Shion con añoranza-. Tenía como siete años –suspiró-. Tú tienes la misma edad, ¿no? –Albafica asintió-. Diablos, ¿en qué momento me he hecho tan viejo? –Albafica lanzó una carcajada.
-Niñas prodigio –sonrió-. Athena le ordenó a Mirena que tome un discípulo –dijo, encogiéndose de hombros-. A lo mejor sería bueno.
-Es algo prematuro de decir –esquivó Shion con habilidad.
-Creo que es momento de irnos. Te deseo suerte, amigo mío. Todo irá bien –Shion suspiró con nerviosismo mientras bajaban a buscar a Ícaro-. ¿Nos darás un aventón? –él asintió. Se deshicieron en polvo de estrellas para volver al Santuario.
