Demise of a nation (Greg Dombrowski)
Jueves, 6 de marzo
Durante los muchos años de vida de China, los diferentes cambios de régimen significaron problemas. Cada nuevo dirigente trató de eliminar todo rastro de su predecesor, incluyendo a la propia nación que estaba a su cargo. Así, China probó los diferentes métodos de ejecución, desde los cinco dolores, hasta el enterramiento, pasando por los mil y un cortes. Sobrevivió a todos y las diferentes dinastías tuvieron que aceptar que tendrían que tomarlo bajo sus alas, reeducarlo, en lugar de crear una nación nueva que lo sustituyera.
A finales del siglo XVIII, los mismos revolucionarios que guillotinaron al rey Luis XVI y a su esposa María Antonieta capturaron a la nación francesa, a la que acusaron de tener parte de culpa en la opresión que llevaba sufriendo su pueblo durante siglos, y le cortaron la cabeza en Plaza de la Concordia. La cabeza de Francia, para horror general, insultó a quienes lo hicieron y no paró de protestar hasta que fue cosida de nuevo a su cuerpo y los responsables del ultraje fueron guillotinados.
Cerca de esa época, un clérigo demente, en contra de la visión popular de que era Inglaterra era una criatura divina, publicó un panfleto en el que decía que Inglaterra no era más que un brujo que había adquirido su inmortalidad a través de pactos con el diablo y un día logró secuestrarlo y lo quemó en una hoguera como correspondía a los seguidores del Demonio como él. Las crónicas cuentan que la carne quemada de Inglaterra se recompuso ante la mirada atónita de quienes lo encontraron.
Estas son solo algunas de las cosas que el Doctor me contó, antes de aplicármelas a mí.
Fueron unos días que de veras quiero olvidar, así que me veo obligada a omitir los detalles. Solo diré que ese hombre y su ayudante querían ver en vivo y en directo, bajo la lupa de la ciencia moderna, por qué los cuerpos de las naciones podían sufrir todo tipo de daño, pero ellas no morían. Lo que vieron les sorprendió sin duda. Oí decir más de una vez a la Enfermera, que creo que en el fondo estaba asustada de nosotros, que era monstruoso. Ella, por cierto, no cumplió su promesa y en ningún momento usó anestesia conmigo.
No sé cuántos días pasaron desde que me capturaron. Solo sé que me notaba cada vez más y más débil. Aparte de las torturas, no comía ni bebía, ni siquiera me dejaban dormir. Probaron en mí todo aquello que puede matar a una persona. Quedé exhausta, preguntándome, sí, por qué no podía morir y acabar con todo aquello.
Hubo momentos en que pensé que quizás dejándome morir...
Entonces, mi hermano me salvó. Mucho antes de volver a ver su cara.
Un hombre entró por la puerta. Le llamaban G, era un tipo con gafas, pelirrojo. Traía en la mano champán.
— ¿Qué tenemos que celebrar?—preguntó el Doctor con una sonrisa.
— Pues que estamos haciendo enormes progresos últimamente. Groenlandia ha muerto y acaban de decir en la televisión que también han caído Austria y Suiza.
— ¡NO!
No quise gritar, pero fue algo que me salió de dentro, que me sacó del estado de sopor en que me encontraba después de una de las sesiones del Doctor y me devolvió la vida. Recuerdo que me puse en pie tanto como me permitieron los grilletes y grité.
— ¡No podéis haberlo hecho! ¡Mentirosos! ¡No puede haber muerto!
— ¿Qué le pasa a ésa?—preguntó G, señalándome. El caso era que estaba hablando en mi lengua, y él no entendía una sola palabra.
— Está disgustada porque sus amiguitos se están muriendo—contestó el Doctor, mirándome con una sonrisa.
— En ese caso más valdría aliviarle el sufrimiento rápidamente, ¿no os parece?
— Anda, sé buena chica y cállate—me dijo la Enfermera, empujándome de vuelta a la camilla.
Pero yo no dejé de gritar. Tuvieron que sedarme para que me tranquilizara. Aunque mi mente se quedó terriblemente ida después de eso, seguí pensando. Allí tenía, por desgracia, tiempo de sobra para pensar.
Mi hermano había muerto. Y no podía creerlo. No podía creer que hubiera sido de los primeros en caer. Yo creía de verdad que su pueblo lo amaba, porque era muy bueno con ellos y los quería. No me entraba en la cabeza que lo hubieran abandonado tan rápido. No podía ser verdad. No podía ser verdad, me repetía una y otra vez, llorando.
¿Qué haría sin Suiza, me pregunté a continuación? Él era quien me había enseñado todo lo que sé, quien me cuidó, la persona a la que más admiraba en el mundo. Ahora estaba sola y aquel cautiverio se me hizo aún más insoportable.
Pero entonces pensé en él. En lo que me habría dicho si hubiera estado allí.
"No llores, Liechtenstein. No sirve de nada llorar."
Sí que me sirvió para dejar salir toda la angustia que sentía por la situación en la que me encontraba, pero una vez salió todo, era hora de pensar con claridad. Era lo que mi hermano habría hecho. Lo que esperaba que hiciera. Así que eso hice. Me tragué mis lágrimas y analicé la situación fríamente.
Dejé que siguieran probando sus horripilantes métodos de ejecución en mí, y entre el dolor comencé a tomar nota de sus movimientos.
Venía una tal M de visita cada cierto tiempo y tanto el Doctor como la Enfermera iban a su encuentro para informarla de los progresos. Estaba en un zulo sin ventanas ni reloj, así que no tenía noción del tiempo. Conseguí tener una idea aproximada de los días por la higiene corporal el Doctor. No permitía que yo estuviera sucia. "Una ducha al día hace maravillas", decía mientras me rociaba el cuerpo con una manguera. Él también olía cada cierto tiempo de forma peculiar, como a flores. Así, supe que cada vez que él olía bien y me daba un baño comenzaba un nuevo día. Con esta información, pude calcular cuándo sería la visita de M. Cada tres días.
Me fijé en otras cosas. En que la puerta que había al final de las escaleras daba a la calle. Cada vez que alguien entraba o salía una corriente fría se me metía en los huesos y me erizaba la piel. No sabía qué había al otro lado, pero si resultaba ser la calle, quizás tuviera una oportunidad.
Hablando del frío, el día en que decidí intentar escapar el Doctor me puso una manta por encima y me acarició las mejillas como solía hacer. Le oí murmurar algo. Era ruso. Aunque la gente como yo tenemos mucho tiempo para aprender idiomas y resulta necesario para hacernos entender, yo aún no me había puesto a estudiar ese idioma en concreto en serio. Pero pude distinguir un nombre: Heidi. En ese momento no sabía si creía que me parecía a la niña del cuento o si mencionaba a alguien llamada así. El caso es que ese día debía aparecer M, según creía yo. Y me alegra decir que mis cálculos fueron correctos. La Enfermera abrió la puerta y bajó algunos escalones.
— M está aquí. Y quiere que le demos más alegrías.
El Doctor me miró y me dio un besito en la frente.
— Buenas noches, mi preciosa—me dijo, y se fue.
Se alejó de mí y pronto desapareció por la puerta. Yo me quedé sola.
Era el momento de actuar.
Como ya he dicho, los días que pasé en ese sitio fueron días de mucho dolor. A esas alturas, si tenía la oportunidad de huir, no me importaba sufrir un poco más.
Luché contra los grilletes, y sí, me rompí varios huesos de la mano izquierda a propósito.
Dolió muchísimo, pero ya estaba acostumbrada al dolor. Me limité a morderme los labios para no gritar.
Conseguí que pasara por el aro. Aunque dolía muchísimo y no podía moverla bien, me las apañé para desatar la correa alrededor de mi otra mano. Ya con ésta liberé mis tobillos.
Cuando bajé de la camilla, las piernas me flaquearon de lo débil que estaba y el tiempo que había pasado tumbada. Como un cervatillo, comencé a moverme por la habitación. Vi las fotografías que me habían hecho en cada uno de los procedimientos, el instrumental que habían usado en mí. No encontré mi ropa, así que tomé de una silla una bata del Doctor y me la puse por encima.
No perdí más tiempo y me dirigí hacia la puerta.
Por desgracia, justo en el momento en que mis dedos rozaban el picaporte, la Enfermera abrió la puerta.
Estuve a punto de caer de espaldas por la impresión. Ella me agarró y me obligó a volver dentro, muy alterada.
— ¡¿Cómo has conseguido...?!
Me apretó la mano rota y yo sufrí mucho dolor. El Doctor sonreía, pero la Enfermera estaba muy alterada. Va a hacerme todo lo abominable que se le ocurra, pensé, porque me he intentado escapar.
Entonces habló una voz:
— ¿Se ha escapado? ¡Qué bueno! Quiero quedármela.
Lo que voy a escribir ahora es algo que no le he contado a absolutamente nadie, ni siquiera a Suiza. Si alguna vez lees esto, querido hermano, espero que me perdones por no haberte dicho nada. Era demasiado horrible para mí.
Había alguien frente a la puerta de salida. Era una niña. Eso creo. Parecía tener alrededor de ocho años. Tenía el pelo rizado, oscuro, los ojos rasgados y la piel de colores distintos—perdón, acabo de ver en Internet que se llama vitíligo—; tenía manchas por todo el cuerpo y una franja blanca en su cara negra como si llevara puesto un antifaz. Sus ojos eran amarillos. Lo juro.
Recuerdo que la Enfermera se volvió para mirarla con sorpresa.
— ¿E-Estás segura? Pero...la necesitamos...
— Y yo he dicho que la quiero—insistió la niña—. Os ha dejado como unos tontos y es bonita. Me gusta. La quiero.
La Enfermera miró al Doctor y él se encogió de hombros.
— Si Tero la quiere—dijo una voz desde fuera. Pertenecía a una mujer de raza negra con el pelo rizado que llevaba puesta una bufanda de colores—, dádsela. Ya tenemos a Alemania para proseguir con las investigaciones.
— Experimentar con él después de lo de los campos de concentración será un caso de justicia poética, ¿cierto?—sonrió el Doctor.
La niña me agarró de la muñeca e hizo algunos comentarios sobre mi desnudez debajo de la bata.
Le pregunté a Inglaterra hace no mucho, durante una reunión, cómo supo que América era una nación cuando lo encontró. Él me dijo que realmente no sabía cómo explicarlo. Que suponía que nosotros nos distinguimos los unos a los otros, como un sexto sentido. Yo creo que es así. Porque desde el mismo instante en que vi a esa niña a la que llamaban Tero supe que era una nación. La nación que el movimiento había creado. La que nos reemplazaría a todos.
