— No pretendo halagarte, sólo digo la verdad. ¿Recuerdas cuando tu padre le dijo a tu madre que nosotros también lo «teníamos»?

Draco tomó la funda de la cámara sin mirarla.

— Sí. Y siento que ocurriera eso. No quería contrariarla porque había tenido un infarto.

— Yo no siento que ocurriera. Cuando lo dijo, me di cuenta de que había acertado a medias.

Él levantó la cabeza. ¿Había adivinado que estaba enamorado de ella?

— ¿Qué quieres decir?

— Me di cuenta de que para mí sí era así — repuso ella con voz suave.

Draco sintió un anhelo interno, pero se apresuró a reprimirlo. La noche anterior ella estaba dolida y vulnerable. Seguramente habría sentido lo mismo sobre cualquier otro hombre que la hubiera acompañado y tratado con cierta decencia.

— No, Hermione. Lo de anoche eran circunstancias especiales. Tú estabas emocionalmente agotada. No confundas las circunstancias de la noche conmigo.

— ¿Insinúas que no sé lo que siento? — esa vez su tono suave anunciaba tormenta. Pero él tenía que decir aquello.

Ya se había aprovechado de ella hasta cierto punto y sería un imbécil completo si la dejaba seguir con aquello. Y si le contaba lo que sentía por ella, al día siguiente, o quizá al mes siguiente, ella se daría cuenta de los fallos que tenía, vería la oscuridad que habitaba en él y lo odiaría. Era mucho mejor así.

— La noche pasada fue una montaña rusa de sentimientos para ti. Espera un par de días y será sólo la noche en que se fue la luz en la gran ciudad.

— No seas condescendiente conmigo.

— Sólo soy racional. Uno de los dos tiene que serlo.

En cuanto dijo aquello, supo que había cometido un error.

— Dime que no te he oído decir eso — pidió ella.

Draco sólo quería que ella viera lo que para él era dolorosamente evidente. La noche anterior había sido un espacio fuera del tiempo. Si se mostraba racional, vería que ese día volvía la norma. Pero, por otra parte, a lo mejor ella no podía verlo en ese momento. Quizá se encontraba en los días hormonales del mes.

— ¿Estás con eso? — preguntó.

— ¿Con qué?

— Ya sabes... el síndrome premenstrual.

El gato aulló en la otra habitación.

— Por suerte para ti, no. Si lo estuviera, seguramente tú estarías muerto — ella entró en la cocina y él la oyó echar comida de gato en el tazón.

Draco buscó su camisa, se sentó en el sofá y se puso los calcetines y las botas. Ella volvió de la cocina y encendió un par de velas en silencio.

— Oye, no me extraña que no pienses con claridad. Entre la salida de Harry del armario, el apagón y el viaje al hospital, la noche fue de lo más extraña. Además, hace un calor infernal y no has dormido mucho — dijo Draco.

— Puede que eso sea cierto, pero tengo el suficiente sentido común para saber lo que siento.

— Cuando vuelva la luz, lo verás de otra manera. Una habitación fresca, una ducha caliente, una comida decente y una noche durmiendo a pierna suelta y todo será distinto.

Hermione puso los brazos en jarras.

— Toda la electricidad del mundo no va a cambiar el hecho de que te quiero, arrogante... —cerró la boca con fuerza.

— No — él cerró los ojos un segundo —Los dos sabemos que no puedes quererme. No se puede pasar de estar prometida con un hombre a querer a otro en menos de veinticuatro horas — y desde luego, no a él, en cuanto lo viera a la luz del día en lugar de ver la versión romántica que se había creado la noche anterior.

La joven levantó la barbilla con desafío.

— Cosas más raras se han visto. Algunas personas se enamoran a primera vista.

— Lo sé — a él le había ocurrido. Pero a ella no. Él no había hecho más que frenar el impacto de la traición de Harry.

Parte de la ira de ella se desvaneció.

— ¡Oh, Dios mío! Estaba tan absorta en... Perdona. Olvidaba que tú quieres a otra.

Draco movió la cabeza.

— Hay alguien, pero... Algunos hemos nacido para estar solos.

— No, eso no lo creo. Tú eres maravilloso y tierno y... me niego a creer que tengas que estar solo. Si de verdad la quieres, ve a por ella. No esperes hasta que sea demasiado tarde.

Un ejemplo perfecto de que ella seguía emocionalmente inestable.

— Decídete, Hermione. Si me quieres como tú dices, ¿por qué me dices que me vaya con otra?

Ella le puso la mano en la mejilla y lo miró con tristeza.

— Porque no puedo obligarte a que me quieras. Y el orgullo no vale tanto. No me avergüenza haberme enamorado de ti. Tengo justo lo que quería. Este amor es de los de tacón de aguja — bajó la mano y le sonrió — Esto es duro, Draco. La tenacidad siempre me ha hecho conseguir muchas cosas. Pero no puedo obligarte a que me quieras. Y sé que estamos aquí para eso. Parte de nuestro propósito en la vida es querer y que nos quieran. Así que, si amas a esa mujer, tienes que decírselo. No soy una psicópata que quiera que seas desgraciado sólo porque no me quieres a mí. Quiero que seas feliz.