DISCLAIMER: TODOS LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHANIE MEYER Y A LA SAGA CREPÚSCULO.
.
¡Hooola de nuevo!
Aquí estoy una semana más. Muchas gracias por vuestra acogida. Sois siempre maravillosas y os agradezco todas vuestras bonitas palabras. Sé que le tenéis especial cariño a los EPOV y siempre son los que subo con más miedo porque sé que las expectativas son altas.
Hoy volvemos con Bella. Es un capítulo muy íntimo que espero sirva para hacernos una idea de qué pasa por la cabecita de nuestra protagonista. Muchas escribís que estabais esperando la huida en cualquier momento. No sabéis lo que me he reído. Sois peor que Edward jajaja.
Sin más os dejo con Bella y el día después ;)
.
CICATRICES
BPOV
.
Sentí como si una fuerza me alzara separándome de mi perfecta comodidad obligándome a abrir los ojos.
-Shhhh soy yo. – sentí la voz profunda de Edward mientras posaba un beso en mi cabeza. - Te he preparado un baño antes de desayunar. – me dijo suavemente mientras me acurrucaba en su pecho dejándome mimar.
La noche anterior fue prácticamente perfecta. Un sueño del que no quería despertar pero si esto era lo que me esperaba no me importaba desvelarme. Edward estaba consiguiendo que la realidad fuera mejor que mis propios sueños.
Edward había planeado todo al milímetro, aún no me explicaba como lo había podido hacer en tan poco tiempo. Me hizo sentirme especial y querida. Pudimos hablar de muchas de las cosas que nos separaban y aunque seguía preocupada por Jessica quería creer en las palabras de Edward. Confiar en que todo sería fácil y Jessica acabaría siendo un capítulo cerrado en su vida tan pronto como volviéramos a Seattle.
-Estás vestido – me lamenté quejicosa y adormilada cuando no pude notar la piel de Edward contra la mía.
-Vas a relajarte un poco antes que nos traigan el desayuno– me explicó mientras me sumergía con delicadeza en la bañera llena de espuma con el agua a la temperatura perfecta.
-¿Vienes conmigo? – pregunté sonriendo esperando que Edward encontrara cierto encanto en mi adormilamiento mientras alargaba mi mano llena de espuma hacia él.
Edward se desvistió lentamente dejándome ver su trabajado cuerpo. Se notaban en él los beneficios de la natación. Había visto a bastantes hombres desnudos a lo largo de mi vida pero, como siempre, llegaba Edward y me hacía parecer una adolescente sin experiencia.
Edward se sentó a mi espalda y tiró de mí para que quedara apoyada en él. Acariciaba sus piernas enredadas en mi cuerpo mientras él dejaba suaves caricias por mis pechos haciéndome suspirar. Era extraño tener este tipo de intimidad con él. Anoche con la intensidad del momento no tuve tiempo de analizar nada, me dediqué a sentirnos, pero con la calma que nos envolvía ahora mis dedos temblaban ligeramente cuando tocaba a Edward. Era consciente de cara poro de mi piel que estaba en contacto con la suya haciéndome temblar cuando lo pensaba.
-Esto es el paraíso. – declaré dejando atrás la vergüenza. - No quiero salir de aquí.
-Ya somos dos – confesó Edward sacándome una sonrisa.
Nunca tres palabras me habían producido tanta tranquilidad.
La confianza en las personas nunca había sido mi punto fuerte y mi pasado con Edward hacía que esta relación requiriera un esfuerzo casi titánico por mi parte.
Pero estaba dispuesta a hacerlo.
Edward había demostrado durante todos estos meses que no era la persona que siempre había pensado. Se había mantenido a mi lado, apoyándome en cada paso que había dado y anoche…. ¡Dios!… Si no fuera por su persistencia a saber dónde estaríamos.
Me debía esto.
Tenía que confiar en Edward.
Pero por mucho que lo intentara la inseguridad cubría mis pensamientos. Esa duda que traían todas mañana después de una noche de compartir la más maravillosa conexión que podían compartir dos personas. Podría reducir todo esto a sexo, pero sería la mayor injusticia del mundo. Sentir a Edward en mi interior había sido pura química. Fue como llegar a casa después de vagar perdida durante tanto tiempo.
-Cuando respondí a tu llamada en Roma nunca pensé que esta crisis empresarial acabaría así. – confesé sintiendo el pecho de Edward vibrar por su risa ligera antes de que dejase un beso en mi desnudo hombro.
-Roma… - murmuró Edward. – Que lejos queda.- dijo soltando el aire y no pude más que coincidir con él.
Había pasado una semana pero parecía una eternidad desde que la llamada de Edward acabó con mi paz, y mi huida europea.
Ahora estaba en sus brazos temblando por sus caricias y las posibles consecuencias de lo que estábamos haciendo.
-Entonces…- comencé a decir. Balbuceé nerviosa pero necesitaba sacar la incertidumbre de mi mente. – Tú… no… ¿No te arrepientes de lo que ha pasado? – pregunté cogiendo aire.
Edward no contestó inmediatamente pero sentí su pecho tensarse. Sus manos pararon su viaje por mi cuerpo cuando llegaron a mi cintura. Sentí la presión de sus dedos girarme decididamente.
El agua rebosó de la bañera debido a nuestro movimiento.
Nuestras miradas conectaron. Sus ojos verdes siempre serían mi perdición pero desde anoche tenían una conexión directa con mi corazón.
-Nunca me arrepentiría de haber estado contigo porque sería arrepentirme de la mejor decisión de mí vida. – me dijo cogiendo mi cara evitando que desviara mi mirada.– No bromeaba cuando te dije que me estoy enamorando de ti. Quizás me llevas algún que otro año de ventaja… – dijo haciéndome sonreír a pesar de la seriedad de sus palabras. – … pero te aseguro que lo que siento por ti es muy real. Desde este verano, quizás antes, ha estado creciendo en mí y ya no quiero negarlo más. – me confesó una vez más.
No podía negar que Edward sonaba sincero todas las veces que había abierto su corazón estos días. Pero no podía negar todo lo que su cuerpo, sus caricias, su mirada, nuestra conexión y esa electricidad gritaba.
-No sabes la de veces que me he imaginado que me decías algo así. – admití avergonzada.
-Pues ahora ya es realidad y te lo pienso repetir todas las veces que hagan falta hasta que te des cuenta que me tienes a tu merced, Isabella Swan – sentenció antes de besarme.
Sus labios eran suaves y parecían hechos para encajar entre los míos. Me sentía viva cada vez que Edward me besaba.
Nuestras manos bailaban el mismo son que nuestros labios haciendo que nuestro beso fuera subiendo de intensidad, encendido por nuestra desnudez, pero lamentablemente Edward me separó de él.
-Bella… – advirtió sin muchas ganas. – El desayuno está a punto de llegar y pretendo alimentarnos antes de volver a amarnos. – me aseguró dejándome claro con sus palabras y su mirada que esto no era una negativa tan solo un plan pospuesto.
-Aburrido. – respondí pero decidí ser buena y separarme de él.
Edward se levantó con cuidado para abrir el agua de la ducha que había justo al lado de la bañera.
No tenía ninguna intención de dejarle ir. Era como si su cuerpo tuviera un imán que me impedía separarme de él.
-¡No te vas a ningún lado! – chillé agarrándome a su espalda para meternos los dos en el cubículo y cerrar la puerta acristalada, al menos intentaríamos no inundar este precioso lugar.
-Vamos a oler igual – apuntó Edward mientras dejaba besos por su pecho.
No había forma humana de parar lo que había comenzado anoche. No podía saciarme de él ni de lo que me provocaba.
-Preferiría que olieras a ti. Me gusta como hueles – afirmé con un puchero.
-Quizás es algo primitivo… no me lo tengas en cuenta, pero no me importaría nada que olieras a mí – me dijo Edward mientras mordía el lóbulo de mi oreja.
-Vaya Cullen, no te tenía por un hombre posesivo– bromeé mientras enjabonaba su cuerpo.
-Despiertas mis instintos – confesó con la voz contenida mientras intentaba lavarme el pelo.
-Lo noto… lo noto – comenté divertida. Sin duda no podía ocultarlo.
-Después. – me recordó dándome un pequeño pellizco en el trasero.
Podría haber hecho un centenar de bromas pero toda coherencia abandonó mi mente cuando Edward comenzó a enjabonar mi cuerpo deleitándose con cada curva que encontraba.
Había algo en la manera que tenía Edward de tocarme que me daba seguridad.
-¿Sigues queriendo ir a desayunar? – pregunté con la voz entrecortada. Las manos de Edward me quitaban el aliento.
-Bastante. – dijo disfrutando al ver como habían cambiado las tornas y era él quien volvía a controlar la situación.
Edward me giró para aclarar mi pelo. Sentía sus manos moverse por mi cabello para eliminar la espuma del champú.
Pero de repente todo se congeló.
Mi humor se fue al traste cuando sentí como las manos de Edward acariciaban las cicatrices de mi espalda.
Sus dedos estaban sobre esas horribles marcas blancas que me acompañarían toda mi vida recordándome el infierno que había vivido. La vida tiene formas muy crueles de recordarte que aunque tu vida cambie, nunca te abandona del todo.
Intenté apartarme pero Edward me sujetó a su lado.
-Pequeña… No te ocultes de mí. No hay nada de lo que debas sentir vergüenza. – Me dijo girándome para poder mirarme directamente a los ojos.
Estaba acostumbrada a mis marcas. Las llevaba como una armadura. Mis anteriores amantes los habían visto pero ellos no eran Edward.
Con Edward todo era más profundo. Más vulnerable.
Pero Edward, al parecer, se había propuesto que todas las dudas y miedos quedaran en el olvido. Dejó un camino de dulces y lentos besos por mi cara para acabar con uno en mis labios. Era lento. La pasión había quedado a un lado. Solo era Edward demostrándome que no tenía nada de lo que ocultarme.
Edward nos movió hasta que estuvimos ambos bajo el chorro del agua para que se llevara el rastro de espuma que cubría nuestros cuerpos.
Dejé que Edward enjabonara mi cuerpo mostrándole que confiaba en él.
En cuanto estuvimos completamente limpios, di un paso hacia él dejando que me sacara de la ducha con calma. En silencio me envolvió en un mullido albornoz secándome el pelo con una toalla. Me sentó en el borde de la bañera y para mi sorpresa me peinó y secó el pelo.
Hacía años que nadie lo hacía.
La primera vez que alguien se preocupó lo suficiente por mí fue Charlie y una vez llegué a la vida adulta nunca había dejado que nadie me afectara tanto como para compartir este tipo de intimidad. Podía cuidarme sola y no dejaba que nadie lo hiciera por mí. Hasta hoy.
No nos vestimos, simplemente nos calzamos unas zapatillas y salimos a la sala.
El silencio nos inundó desde que Edward había descubierto mis cicatrices. No era incomodo pero sospechaba que Edward me estaba dejando tiempo para que le contara lo que me sintiera cómoda de compartir.
Tocaron a la puerta.
Justo a tiempo.
Edward se levantó para volver en pocos segundos arrastrando un carrito lleno de comida. Podría desayunar media ciudad con lo que teníamos delante de nosotros.
Cogí la taza de café entre mis manos intentando obtener un poco de fuerza para que las palabras comenzaran a salir.
-Mis padres biológicos…. – noté como el gesto de Edward tensó al escuchar la mención a esos seres despreciables. Ya le había pasado con anterioridad. – Solían ignorarme pero hubo varias veces que no lo hicieron… Es su marca. – expliqué sin entrar en detalles escabrosos.
-Ven aquí cariño – dijo haciéndome levantar de mi silla hasta que estuve sentada en su regazo.
Cariño.
Sus palabras me acariciaron más que cualquier caricia.
En cuanto sentí sus brazos resguardarme me aferré a él mientras mis lágrimas caían nerviosas. Mi respiración se alteró pero Edward no cesó en su abrazo. Me sostuvo firmemente como siempre que la debilidad me inundaba.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, solo sé que fue el necesario para liberar los malos recuerdos y calmarme. Poco a poco fui deshaciendo mi agarre sobre su firme cuerpo.
-Esos seres despreciables no te merecían. Eres demasiado buena para ellos y sé que mis palabras no van a poder eliminar el dolor de esos recuerdos pero quiero que sepas que nunca voy a dejar que nada te lastime. Mereces ser feliz y eso es lo que vas a tener en esta vida. –aseguró con tanta firmeza que parecía dispuesto a luchar contra cualquiera que osara ni tan siquiera darme un empujón.
Solo lo quería a Edward.
En estos momentos me daba igual todo.
-Siempre me sostienes. Gracias –le dije para que supiera que no era algo que fuera a pasar nunca por alto. Compartimos un beso salado debido a las lágrimas derramadas. – Y ahora vamos a comer quiero acurrucarme a tu lado y no me vas a dejar hacerlo hasta que coma algo, ¿verdad? – tanteé divertida intentando hacernos olvidar el mal rato que acabábamos de pasar.
Comenzaba a descubrir que Edward tenía una ligera obsesión con que no me saltara ninguna comida.
-Seré tu premio. – bromeó pagado de sí mismo haciéndome reír.
-Presumido. – rebatí.
-Hermosa. – afirmó haciéndome enrojecer.
Pasamos la mañana sin salir de la habitación, prácticamente no salimos de la cama. No quería abandonar estas cuatro paredes porque seguramente eso significaría volver a Seattle y que la vida real nos aplastara y no entraba dentro de mi lista de prioridades en estos momentos. No ahora que al fin tenía a Edward para mí sola y de la manera que siempre había deseado.
Me estaba aferrando a él. Aferrando a nuestros días en Nueva York. Aferrándome a nuestro pequeño mundo irreal.
-¿Qué pasa? – preguntó Edward intentando ver mi cara cuando notó que le estrujaba con más fuerza de la necesaria.
-No quiero que acabe. No quiero volver a la rutina…Estoy muy bien así. – confesé escondiéndome en su lado. En ese rincón de su pecho que ya era mío.
Sentí como se reía suavemente intentándome sacar de mi escondite.
-Bella que mañana volvamos a Seattle no me va a hacer desaparecer… No me voy a ir a ningún lado ahora que te tengo conmigo. – me aseguró haciéndome sonreír como una idiota.
Había tenido varias relaciones y, por supuesto, había amado a los hombres con los que había estado, algunos más que otros, pero lo que me hacía sentir Edward no lo había conseguido nadie. Me sentía querida, excitada y me descubría a mí misma imaginándonos más allá de hoy. Imaginando un futuro para ambos.
Edward me había devuelto las ganas de soñar.
Edward me había devuelto los sueños que me abandonaron cuando papá me dejó.
-Más te vale... – le advertí antes de lanzarme sobre él incapaz de resistirme más tiempo a su cuerpo desnudo cerca de mí.
A media tarde Edward consiguió sacarme del perfecto hotel de Long Island. Fuimos directamente al aeropuerto. Al parecer Edward tenía dentro de él un asistente personal en potencia y había organizado que nos llevaran las maletas hasta allí para no tener que volver a pasar por el apartamento.
Me daba un poco de pena no poder despedirme de alguna manera de ese lugar que tanto había significado para nosotros.
-Si no dejas de morderte las uñas te vas a destrozar la manicura y Alice te matará si en la cena de gala de empresa no puede pintártelas como ella quiera. – me dijo Edward tomando mi mano mientras estábamos en el avión a punto de aterrizar en Seattle.
Habíamos aprovechado parte del viaje para ponernos al día con trámites de la empresa y uno de ellos era la cena de gala de la próxima semana.
No me gustaba ser el centro de atención pero Edward insistió en hacerla y sus argumentos eran realmente válidos. Tras el cambio forzado y traumático de presidencia, Swan's Networks debía volverse a presentar al mundo con su nueva imagen. Su nueva directiva. Además, era el momento idóneo para presentar nuestro nuevo sistema de comunicaciones.
Debido a mis vacaciones y la crisis en Nueva York casi todo el peso de la organización había recaído en las manos de Rose y el departamento de comunicación. Habían hecho una gran labor pero sin duda era algo enorme.
Cientos de invitados.
Uno de los mayores hoteles de la ciudad como sede.
Dress code.
No habían escatimado en nada.
-Es todo enorme. – respondí mostrándole en mi tableta la organización de la fiesta.
-Swan's siempre ha sido una gran empresa y tiene que ir en consecuencia. – replicó calmado. Edward estaba acostumbrado a las multitudes. – Charlie siempre te protegió de estos eventos. – añadió dejando una suave caricia en mi cara.
Instintivamente me aparté mirando a ambos lados con miedo que alguien nos haya visto.
-¿Qué ocurre? – preguntó suspicaz Edward.
-Nada… - contesté sintiéndome una farsante.
-Bella… Estás volviendo a huir. – afirmó sin molestarse ni siquiera en preguntarlo.
-No… - negué débilmente haciendo que Edward alzara sus cejas incrédulo.
-Cuéntame qué pasa por esa mente increíble que tienes pero no te vayas de mi lado… - me pidió seriamente. – Ni tan siquiera hemos llegado a Seattle… - añadió algo cansado.
Ver a Edward así hizo que me diera cuenta de algo de lo que no era ni consciente.
Estaba separándome de él.
Estaba comenzando a huir.
Le había prometido que no lo haría y en la primera ocasión real en la que tenía de demostrárselo hacía todo lo contrario.
-No huyo de esto… - le expliqué segura.
-¿Esto? – preguntó curioso.
Maldito Edward siempre pujando mis límites con su sonrisa de lado irresistible.
-Nosotros… - le concedí haciéndolo sonreír orgulloso de su logro. – Es solo que la prensa siempre me ha tratado fatal y no quiero que toquen lo que estamos creando y lo envenenen. – le expliqué para que comprendiera un poco mi realidad.
No era de las personas que salía 24/7 en la prensa del corazón pero definitivamente las veces que lo hice siempre había sido nefasto. Aprendí a esconderme de ellos y a desconfiar de que todos los desconocidos lo hicieran por alguna clase de interés.
Intentaba no dejarme ver con nadie en público, mucho menos cariñosamente.
Edward me miró fijamente, en silencio, durante un momento que se me hizo eterno.
-Me da igual la prensa y el mundo. – declaró haciéndome temblar por su descaro y seguridad. – Pero entiendo tus miedos. Los apagaremos juntos. – sentenció seguro antes de atraparme en un beso.
Cuando se retiró tenía la cara de un chico travieso.
-Tramposo. – contesté algo más tranquila.
-Siempre. – afirmó volviendo a su asiento. – Ahora, vamos a repasar esa lista. – dijo volviendo a adoptar la pose de subdirector de Swan's Networks.
Negué olvidándome de todo lo demás para concentrarme en Edward y nuestro trabajo.
-¿Has contratado a alguien para que nos venga a buscar o pido un taxi? – pregunté a Edward. No me había preocupado de nada durante este viaje.
-Esto… - comenzó nervioso mientras miraba entre la multitud ansiosa que se agolpaba delante de la puerta de llegadas esperando a algún ser querido.
-¡Beeeellaaaa! ¡Edwaaard! – nos interrumpió la inconfundible voz acampanillada de Alice.
-¿En serio? – le pregunté a Edward asustada por el ímpetu con el que Alice estaba saltando para hacerse ver. Jasper casi no la podía sostener y eso, definitivamente, no era nada bueno.
-No podía contenerla más. O venía al aeropuerto o a Nueva York. – explicó Edward resignado mientras rodaba los ojos y con una mano en mi cintura me empujaba para que caminara y dejara de posponer el inevitable encuentro.
-A ver cómo la paramos. – me lamenté.
Como si fuera un borrón Alice aterrizó contra mi cuerpo enganchándose a mi cuello dándome un abrazo con tanta fuerza que casi pierdo la respiración y el no hubiese sido porque Edward nos aguantó hubiéramos caído al suelo en medio del aeropuerto.
-Te he echado tanto, pero tanto, de menos. – me dijo Alice apretándome más con cada palabra que decía.
-Alice si no la sueltas dejara de respirar en unos segundos. – apresuró Edward a su hermana molesto.
-Está bien señor protector. – concedió Alice separándose burlándose de su hermano. – Hola a ti también. – saludó a su hermano alzándose sobre sus pies para dejar un beso en su mejilla.
Edward sonrió.
Quería demasiado a Alice por mucho que pasaran el día intentando sacarse de sus casillas.
-Yo también te he echado de menos. – le concedió a su hermana.
-No tanto como para dejarme ir a visitaros. – le recriminó mi amiga poniendo sus brazos en jarras.
-Mejor lo hablamos en casa… Es tarde y estamos cansado. – intervine intentando poner un poco de paz. Cuando los hermanos Cullen comenzaban una batalla dialéctica era interminable.
-Es una gran idea. – añadió Jasper rápidamente. – Bienvenida a casa. – me dijo envolviéndome en un caluroso y tranquilo abrazo.
Caminamos juntos hasta el parking mientras sentíamos a Edward y Alice murmurando detrás nuestro.
Alice no dejó que Edward se sentara a mi lado, saltando al asiento de detrás y cerrando la puerta en la cara de su hermano una vez estuvimos las dos acomodadas.
-Eres muy sutil. – le dije sarcásticamente.
-Calla. – me sermoneó sin hacer caso a mis palabras. – Él te ha tenido durante una semana en exclusiva y yo llevo sin mi mejor amiga casi un mes. Soy yo quien te necesita más. Me siento abandonada. – dijo dramáticamente.
-Por supuesto… - dije mientras mi mirada se encontraba con la de Edward a través del espejo retrovisor del coche de Jasper. Se limitó a rodar sus perfectos ojos verdes por las palabras de su hermana.
El viaje fue relajado.
Alice nos dio una tregua y aceptó que solo la pusiéramos al día sobre cómo había quedado el asunto del plagio y mis vacaciones en Roma.
-No voy a mi casa. – dijo Edward seguro cuando detectó que íbamos en dirección a su hogar.
Mi cuerpo se tensó.
No quería separarme de Edward después de una semana viviendo juntos y mucho menos de esta manera. Tampoco quería ni pensar que iba a volver al lugar que había compartido sus días con Jessica.
Jessica era un tema que aún no había acabado de digerir.
-¿Y dónde te vas a quedar? – preguntó divertida Alice. Sabía que este era su momento. Nos tenía acorralados.
Pequeña bruja.
-Alice…- le advertimos los tres integrantes del coche al unísono.
-¡Oh vamos! – se quejó indignada echándose hacia atrás en su asiento. – Necesito hablar del hecho que el otro día a las dos de la madrugada Edward me colgó tu teléfono… - acabó explotando definitivamente.
Habíamos tentado mucho a nuestra suerte.
-Alice… - advirtió su hermano girándose en su asiento para enfrentar de nuevo a su hermana. – Ya hemos hablado de esto. – le regañó como una niña pequeña.
¿Habían habado de esto? ¿Cuándo exactamente? ¿Y de qué?
-Tú lo has hablado… - se defendió Alice. –
-Supongo que vamos todos a tu casa Bella… - añadió Jasper que solo obtuvo un leve cabeceó afirmativo por mi parte. –
-Tengo derecho a saber de la vida de mi mejor amiga… Por no decir que tú eres mi hermano y también deberías mantenerme informada… - apuntó Alice ignorando a todo el mundo menos a Edward que soltaba chispas por sus ojos. – Pero aunque tú me vetes no vas a conseguir que Bella lo haga. – acabó volviendo a sentarse en el asiento. – Deberías defenderme. – murmuró para que solo yo la escuchara.
-Alice no necesitas ayuda de nadie para dejar a Edward sin argumentos. – intenté distraerla un poco y así calmar los ánimos de Edward. – Dejémosle pensar que juega con ventaja. – bromeé haciéndolo rodar los ojos.
-Sois imposibles. – se quejó dándose la vuelta para mirar al frente para después comenzar a hablar con Jasper.
Subió la música que nos acompañó hasta que llegamos a mi apartamento.
Pedimos unas pizzas ya que no había ni rastro de comida en mi casa. Llevaba demasiado tiempo fuera para que no se hubiera podrido, así que antes de marcharme de vacaciones hice limpieza.
Alice rebotaba en la silla intentando contener la necesidad de expulsar una ristra de preguntas así que decidí darle un poco de tregua.
-Alice, ¿me acompañas un momento a la habitación? Quiero enseñarte unas cosas que compré en las vacaciones. – le dije guiñándole un ojo a Edward para que no nos molestaran.
Los ojos de mi amiga se iluminaron como los de un niño el día de navidad.
-¡Claro! – aseguró casi arrastrándome por el pasillo.
-Desde ya te digo que no me interesa lo más mínimo lo que hayas comprado. – me amenazó encerrándonos en el cuarto de baño.
-¿Qué hacemos aquí? – pregunté confundida por el lugar que Alice había elegido.
-Es el único sitio que tiene paredes y puerta en este apartamento. – explicó como si ésta no fuera mi casa. – Te necesito lejos de la influencia de Edward. Ningún hombre debería escuchar una charla de amigas. – continuó con su verborrea mientras me sentaba en el wáter cogiendo un taburete para sentarse enfrente mío.
-Se te está yendo de las manos. – comenté divertida.
-Seguramente pero mi hermano lleva cortándome las alas durante mucho tiempo y ya no puedo más. – explotó quejándose igual que cuando era pequeña e intentaba que Esme castigara a Edward porque ella estaba cansada de perder contra su hermano mayor.
-¿Cortando tus alas? – pregunté interesada recordando el intercambio de palabras que habían tenido en el coche.
-Supongo que dadas las circunstancias puedo contártelo… - dijo pensativa. – Este verano cuando te fuiste de vacaciones… Digamos que Edward no lo llevo muy bien… y dado que, finalmente, había roto con la insufrible de Jessica le aconsejé que fuera detrás de ti… que se plantara en Roma y te sorprendiera con una cena romántica... ¡Pero el muy idiota me dijo que eso era de acosadores! – acabó indignada su soñadora charla.
-Supongo que cambió de ciudad… pero en lo demás te hizo caso. Más o menos. – le concedí intentando suavizarle la vida a Edward.
-¡AHHHHHHHH! – chilló asustándome. - ¡AL FIN BELLA! – continuó sacudiéndome emocionada. - ¡Cuéntame todo! – me ordenó mientras hacía un gesto de callar.
Esto sí era milagroso. Alice decidiendo voluntariamente no hablar.
-Preparó una noche perfecta. – comencé a explicarle para alegría de mi amiga. – Cena romántica… Paseo en noria con vistas a Nueva York… Una habitación magnifica que haría volar el corazón de cualquier apasionada de las novelas de época. – enumeré brevemente la increíble velada que Edward había planeado obviando todo lo demás que nos había sucedido durante nuestra estancia en la Gran Manzana.
-Ya sabía que mi hermano llevaba un romántico dentro. – comentó llevando sus manos a su corazón rebotando de la emoción.
-¿Sabes cómo fuimos hasta Long Island? – pregunté divertida sabiendo que Alice alucinaría.
-¿Limusina? – contestó. Negué con mi cabeza. - ¿Coche deportivo? – volvió a adivinar. Volví a negar.- ¿Barco privado? – propuso cada vez más frustrada.
-En el ferry amarillo. Lleno de turistas. – revelé divertida y el perfecto rostro de Alice se transformó en una mueca de sorpresa.
-¡Lo has enloquecido! – concluyó con una carcajada contagiosa.
-¡Idiota!- le contesté sin poder reprimir mi propia risa.
-No me extraña que estés reluciente. – me dijo cuando recuperó la normalidad.
-Ay… si yo te contara. – le dije cómplice.
-¡Eccs no! Es mi hermano, no quiero saber qué clase de perversidades os habéis dedicado a hacer estos días. – se espantó cambiando su gesto a uno de asco.
-Pensaba que lo querías saber todo. – conteste tomándole el pelo. Se lo merecía un poco.
-No todo. – puntualizó sacándome la lengua.
Esta vez fue mi turno de reír.
-¿Vas a darle una oportunidad? – preguntó seria Alice, quizás hasta con miedo de mi respuesta.
Asentí en silencio algo avergonzada.
-Estás muerta de miedo, ¿Verdad? – afirmó dulcemente sentándose a mi lado, apretujándonos sobre el lavabo, para abrazarme.
-Absolutamente, pero sé que si no nos permito vivir esto ahora, nunca me lo perdonaré. – afirmé hablando finalmente con alguien que me conocía tanto que era imposible engañarle. – Es como una película en la que el protagonista finalmente se da cuenta que la chica de al lado existe… No sé si tendremos un final feliz pero estas últimas veinticuatro horas me han vuelto a hacer sentir viva. – confesé.
-Estoy tan feliz por ti y por el tonto de mi hermano. – me dijo Alice estrujándome de nuevo en un fuerte abrazo.
-Me preocupa Jessica. – le expliqué a Alice mi mayor temor. Había intentado olvidarme de ella pero no podía. Volvía a mi mente una y otra vez.
-¿Por qué? ¿Qué ha hecho ahora? ¡Te juro que como se haya atrevido a hacerte algo le voy a arrancar esa melena que tiene! ¡Pelo a pelo! – contraatacó poniéndose en guardia.
-Edward dice que necesita algo de tiempo, pero Alice… estamos hablando de Jessica, no va a rendirse tan fácilmente y mucho menos si sospecha que estoy por medio. – me desahogué con Alice quien asentía levemente.
Su mente estaba en otro lado.
-¿Lo has hablado con Edward? – preguntó cuando volvió a la realidad apoyando su cabeza en la mía.
-Está convencido que no habrá problemas. – me resigné. – Era su relación, es su responsabilidad acabarla. – dije segura de mi postura. – Y además… yo… yo no puedo discutir con él… - añadí vergonzosa.
-Eso nunca ha sido un problema entre vosotros… - replicó divertida Alice.
-Es tan guapo, Alice…. Antes de poder decir una palabra miro a sus perfectos ojos verdes y mi voluntad se esfuma. – le expliqué haciendo que volviera a botar emocionada.
-Estás tan perdida como Edward. – me tomó el pelo. - ¿Y cuando vais a hacerlo público? – preguntó emocionada.
-Frena. – la paré sabiendo lo rápido que volaba el pensamiento de Alice. – Ni tan siquiera lo hemos hablado aun. Poco a poco. Así que deberás guardarnos el secreto.- le pedí esperanzada en que este fuera el primer secreto que Alice guardara en toda su vida.
-¿Ni a Emmet?- preguntó con los ojos como órbitas.
-Ni a él. – aseguré.
-Te va a pillar antes que le digas hola. – me advirtió. Tenía razón.
-Aún así. – insistí.
-Llevo toda la vida esperando este momento y ahora me impides vivirlo en plenitud. – se quejó con un puchero.
-Si todo va bien ya habrá tiempo. – la tranquilicé.
Casi sincronizadamente sentí unos golpes en la puerta.
-¿Vais a tardar mucho en salir? – Escuchamos a Edward desde el otro lado de la puerta.
-¿Crees que nos estaba espiando? – Preguntó quedadamente Alice.
-Alice…. – la regañé divertida.
-¡Ya salimos! – gritó Alice sin piedad mientras abría la puerta. – Eres un pesado. ¿Lo sabes, verdad? – atacó a su hermano. – Vamos a tener que hacer un horario porque no pienso permitir que monopolices a Bella solo para ti. – continuó hablando mientras caminaba por el pasillo sin que nosotros la siguiéramos.
-¿Todo bien? – preguntó Edward acorralándome contra la pared ignorando la disartria de su hermana.
-Una charla de chicas, ya sabes… - dije jugando con él que se acercaba peligrosamente a mí.
Mi aire se atascó.
¿Me acostumbraría algún día a la presencia de Edward pegada a mi cuerpo?
-En realidad no sé pero me alegro que Alice te haya dejado vivir. – concluyó rozando mi cuello con sus labios mientras dejaba suaves, pero irresistibles, besos sobre mi piel.
-Edward…- gemí cuando noté sus manos colándose debajo de mi blusa.
-Dime.- contestó como si no le afectara lo que me estaba haciendo.
-¡Bella nos vamos!- escuché a Alice gritar. Debería ir a despedirlos pero ahora mismo solo podía pensar en las manos de Edward sobre mi piel y como de electrizante se sentían.
-¿Te vas? – pregunté entrecortadamente sintiendo los labios de Edward curvarse en una peligrosa sonrisa sobre mi cuello.
-¿Quieres que me vaya? – contraatacó no sólo con sus palabras si no también con sus caricias. Edward sí sabía subir una apuesta.
-¿Te quedas? – cambié la pregunta a una mucho más conveniente para ambos.
-Será un placer. – respondió antes de fundirnos en un beso que más que aplacar nuestra necesidad la encendía aún más.
-¡Oh por Dios! ¡MIS OJOS! – exclamó Alice en un grito. – Podrías esperarte a que me haya ido para meterle mano a mi amiga, ¿no? – discutió Alice a su hermano quien no le hizo demasiado caso.
-Alice hablas mucho. – se quejó Edward sin apartarse de mí. Se quedó detrás de mí con su cabeza apoyada en mi hombro.
-¡Ay! ¡Sois adorables! Os haría una foto y la colgaría en el salón. ¡Ya verás cuando se entere mamá! – exclamó Alice hipnotizada por el gesto cariñoso de Edward.
-Nos vamos. Os quiero. A ti más Bella. – se despidió lanzándonos besos al aire. – Sabemos el camino de salida, nos os molestéis. – Añadió divertida haciéndome enrojecer.
En cuanto escuchamos la puerta Edward me giró para que volviera a centrar mi atención en él y en sus ojos verdes oscurecidos por la pasión. Si fuera por su mirada estaría completamente en llamas.
-¿Por dónde íbamos? – preguntó llevándome hasta mi dormitorio con la promesa de no dormir en su mirada.
.
[**]
.
NA:
¿Qué os ha parecido? Al fin han tenido contacto con la sociedad… aunque no veo a Edward y Bella muy interesados en socializar en este momento jajaja Aun así creo que Bella necesitaba a Alice y, sin duda, todas necesitamos compartir con nuestra mejor amiga un momento como el que ella está viviendo.
Veremos si sigue la paz en este particular oasis…
Me habéis preguntado cuando acaba el FIC. Actualmente (oh qué raro jajaja) no está acabado pero sí estoy armando la estructura de la recta final y haciendo repaso del fic para ir cerrando cabos sueltos. Creo que nos quedaremos sobre los 30-35 capítulos. Os iré informando.
PRÓXIMA ACTUALIZACIÓN: Creo que podré subirlo el fin de semana que viene.
Un saludo muy grande.
Nos leemos en el próximo ;)
