Abrió la puerta con cuidado, evitando hacer tanto ruido como fuese posible. No estaba seguro de lo que hacía, aunque en el fondo entendía que deseaba verlo.

—Damian —escuchar su voz despertó en él más sentimientos de los que esperaba. Apretó con fuerza las llaves entre sus manos, para evitar que calleran al suelo a causa del repentino temblor en ellas, y aguantó las ganas que tenía de correr a sus brazos desde el primer día.

Había transcurrido poco más de una semana en los que no se miraron o hablaron más de lo indispensable, mantuvieron ambos su orgullo intacto. Practicaron en sus cabezas las palabras con las que hubiesen arreglado todo desde el principio; mas no se sintieron capaces de llevar sus conversaciones imaginarias a la realidad y sólo se quedaron con el anhelo. Siempre tenían un pretexto para evitarse.

--Sólo vine por algunas cosas —Ahí estaba aquel tono que emulaba la indiferencia, al que Jason se había acostumbrado en ese tiempo; aquellas palabras las sintió como un golpe directo a la boca del estómago. El menor siguió su camino, pasó a su lado mirándole a penas.

El forajido se enfrentó a su orgullo, yendo en contra del nudo en su garganta para dejar salir las palabras que había ensayado cada que le miraba desde lejos. —Necesitamos hablar.

Los pasos se detuvieron, no pudo evitar cerrar los ojos e inhalar en un intento de reprimir las emociones que sentía que saldrían flote. —Cierto...

Silencio. Estaban ambos de pie en la habitación, dandose la espalda, y ninguno estaba seguro de como iniciar aquella necesaria plática.

—¿Qué pasará? —preguntó en lo que pareció un susurro, volteando para poder mirar al otro.

Damian rió, una risa amarga que demostraba más inseguridad que diversión. —Esperaba que tú me lo dijeras.

--No soy yo quien comenzó a sacar sus cosas poco a poco —Dintió que sus palabras sonaron más duras de lo que quería, pero no encontraba otra forma de expresarlo. —. ¿Puedes voltear? —Dio un par de pasos hasta el menor, colocando una mano en su hombro para animarle a encararle. —. Me encanta verte de espaldas, pero ahora mismo muero por mirar tu rostro —intentó bromear, dibujando una tenue sonrisa en sus labios que logró contagiar al Wayne. —. Perdóname —pidió.

—Eres un idiota, Todd —Su diestra viajó a la mejilla del otro sin siquiera pensarlo. Había extrañado esos ojos, esa piel y la calidez que emitía. —... Te extrañé —admitió en voz baja con una sinceridad que con el paso de los años había ido aprendiendo a mostrar sin vergüenza frente a él.

Le miró a los ojos, con el profundo cariño que le tenía, y tomó su mano, aquella que acariciaba su mejilla, para depositar en su palma un beso breve y dulce. —Quedate —suplicó, sabiendo de antemano que Damian sería incapaz de negarse a ese pedido. —. Nuestras misiones imaginarias pueden esperar hasta la próxima discusión.

Se abrazaron, apretandose el uno al otro con tal fuerza que cualquiera habría pensado que terminarían por fundirse en uno sólo o romperse la espalda. Una vez más se sintieron completos y ninguno pudo evitar un suspiro de alivio ante la revelación de cuánta falta se hacían.

—Lo siento —la palabra era aún difícil para ambos, sin embargo conocían la urgencia de proclamarla.