Aunque Otabek siempre les decía a sus hermanas que no se metieran demasiado en su cuarto porque guardaba cosas peligrosas (como su ballesta, flechas, otras armas y asuntos personales), ambas niñas habían terminado jugando con sus juguetes sobre su cama porque a esas horas de la tarde era cuando el sol daba de lleno en la ventana del Altin mayor y, con el frío que comenzaba a hacer por las noches, había que aprovechar cada rayo de cálida luz.

Había ido a verlas hacía unos minutos y las descubrió dormidas a eso de las seis de la tarde, bastante más temprano de lo acostumbrado, pero para Otabek fue ideal.

Su vecina no podía cuidar de las niñas aquel día y él aprovechó de que ambas tomaran una siesta para ir a la Iglesia de su pueblo. Ayer por la tarde había recibido una breve carta; el Sacerdote solicitaba su visita para compartir una taza de té y Altin vio la oportunidad perfecta para discutir su inminente renuncia a su oficio como cazador.

Tal como lo había conversado con Yuri, le había estado dando vueltas por mucho tiempo al asunto y se había convencido la última vez que realizó una caza, cuando una bruja le echó una maldición de tal grado que las sanaciones que tuvieron que hacerle en los calabozos de la iglesia (porque era el único lugar más propicio para ello) duraron cerca de tres semanas. Otabek todavía recordaba con dolor las dolorosas ampollas que brotaban en su espalda y por las que ni siquiera podía dormir o bañarse sin hacer caras de sufrimiento. Fingir que nada pasaba frente a sus hermanas fue difícil porque hasta el mismo roce de la ropa dolía. Ni se diga de fingir frente a Yuri: un fracaso. Por suerte el brujo le ayudó de una forma mucho más eficaz que la lenta recuperación que le daban las monjas de la congregación; el chiquillo le había preparado un ungüeto para sanar más rápido y sin quedar con cicatrices, además de ayudarlo a limpiar las ardientes heridas con la misma agua del río.

Antes de salir, dejó una pequeña nota a Ori de que enseguida volvía. En momentos así agradecía estar dándole cortas lecciones de lectura a su hermana. La mayoría de las niñas de ocho años en el pueblo con suerte podían contar hasta cien.

Cerró la puerta con cuidado y se encaminó rápidamente a su destino. Corría un leve viento molesto que amenazaba con una noche muy fría.

Saludó a un par de monjas en la entrada del lugar que le preguntaron cómo se encontraba, hubo un intercambio cordial de palabras y seguido Otabek se dirigió derechito a tocar la puerta de la oficina del Sacerdote.

— Otabek — sonrió cuando abrió la puerta — ¿cómo estás, muchacho? ven, pasa, pasa.

— Buenas tardes — murmuró mientras ingresaba al conocido despacho.

Tomó asiento y rápidamente el hombre sirvió té, como si supiera con antelación de su llegada.

— ¿Quería hablarme sobre algo?

— Oh, nada en especial, solo quería invitarte a tomar té y hablar de la vida.

Otabek reprimió una mueca ¿hablar de la vida? eso se hacía con amigos... y él no quería ser amigo de ese señor, de hecho, él no hablaba de la vida (Yuri era un caso especial) porque él ni siquiera tenía amigos (de nuevo, Yuri era su caso especial).

Le hizo una tanda de preguntas demasiado banales y una conversación muy aburrida sobre religión hasta que el chico se disculpó al interrumpirlo. Si se iba a pasar la tarde así, mejor prefería irse a casa, qué aburrido. Así que fue al grano con lo que él quería decir:

— Señor, me gustaría presentar mi renuncia.

El Sacerdote lo quedó mirando con ojos grandes y los labios separados.

— ¿Por qué?

— Cuestiones personales, necesito pasar tiempo con mis hermanas y me da miedo pensar que algún día ya no podré estar para ellas por haber estado más preocupado trabajando...

— Esto es sobre tus hermanas — su voz volviéndose sorpresivamente gélida.

Otabek parpadeó confundido con ese cambio, el hombre ya no sonreía. Pensó que quizá estaba enfadado por su renuncia y concluyó que sería lo normal, era uno de los mejores (sin ánimos de alardear).

— Sí, mis hermanas necesitan de mí.

— Es una lástima — dijo suspirando.

Se hizo un silencio que cayó como balde de agua fría a Otabek.

No le empezaba a gustar nada esa fase meditativa del Sacerdote, se sentía incómodo si no decía nada porque siempre había sido un hombre muy parlanchín.

Se removió sin saber qué más hacer.

Bueno, si eso era todo...

— Está anocheciendo y ya es hora de que me vaya, señor — dijo poniéndose de pie — gracias por el té.

El hombre asintió y él se acercó a la puerta.

— La bruja que vive en el bosque — Otabek se detuvo — ella y tú se volvieron muy cercanos, ¿no es así?

Se le heló la sangre y su corazón palpitó con fuerza. No debía ser ningún genio para saber a quién se refería el viejo, pero, ¿cómo demonios él sabía eso?

Volteó intentando utilizar su mejor máscara.

— ¿De qué está hablando, Padre?

El hombre canoso lo miró con la mirada fija, los ojos oscuros que parecieron calar hasta lo más profundo a Otabek. Seguía sentado, apoyaba los codos en los brazos de la silla y sus manos descansaban entrelazadas en el aire.

— Los hermanos Crispino me lo contaron todo. Ya no hay necesidad de mentir, Altin.

En cuanto oyó que ya no era "muchacho", "hijo" o siquiera "Otabek", supo que ese "Altin" era en serio.

Otabek se tragó toda la bola de coraje que sentía por esos imbéciles hermanos que siempre lo habían mirado con saña. Si los tuviera de frente, no hubiera dudado en romperles la nariz a cada uno y poco le importaba que Sala fuera mujer; era una maldita perra.

Pero por el momento, aunque sus manos comenzaran a sudar, debía mantener la calma. Estaba en terreno ajeno, un paso en falso podría ser fatal.

No se movió de la puerta, mucho menos al ver al Sacerdote ponerse de pie y rodear su escritorio.

— Debo admitir que jamás me inspiraste confianza... ¿pero traicionar a tu pueblo con una maldita bruja, Altin? y de entre todas ellas, ¿Yuriri? — su rostro reflejó la mezcla perfecta de asco, decepción e incredulidad.

Otabek apretó los puños.

— Yuriri fue asesinada, señor. Usted lo vio, Sala y Michelle la trajeron y...

— Ellos me lo revelaron todo, desde su mentira hasta lo que vieron en el bosque.

Se detuvo a pocos centímetros de él.

Otabek sentía su mente bloqueada. Joder, ya no sabía qué decir, ¿debía huir? pero luego ¿qué seguía? se sentía contra la pared y la espada.

— Sala... Sala miente — fue lo único que se ocurrió decir.

Los ojos negros lo escrutaron una vez más.

— ¿Por qué admitiría que mintió para luego armar otra mentira sobre ti? ¿no te parece ilógico?

Otabek tragó en seco.

Quería contrarrestar las palabras de Sala, pero no podía. Sentía la boca seca y la cara caliente. Su semblante no expresaba nada, pero su silencio estaba otorgando.

No era idiota como para aceptar la verdad porque sabía que aún manteniendo ambos pies en el pueblo, aceptar la derrota sería fatal. Viviendo en la mentira en la que todo el pueblo vivía, él era el supuesto traidor y lo enjuiciarían de igual modo que una bruja. Y esa no era opción.

— ¿No dirás nada?

— No tengo por qué hacerlo.

— ¿Estás seguro?

Se mantuvieron la mirada. Años de práctica para Otabek ocultando el miedo y los nervios frente a las brujas; un simple humano no era nada.

No obstante, con lo que el chico no contaba era que con unas simples palabras ese vejestorio lo desarmaría por completo.

— Bien, que así sea — determinó con voz severa — los Crispino ya deben estar dándole caza a Yuriri y quedas destituido de la tutela de tus hermanas, ya envié a alguien para que las recoja.

El Sacerdote había golpeado en lo que más le dolía: en lo que Otabek más amaba.


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