Capítulo XXIII
—Ya te lo dije, no volveré contigo, prefiero estar sola y no me amenaces, no vas a ganar nada con ello...— La determinación en sus palabras le dejo confundido.
—Yo te amo— Intentó una vez más apelar a su lado amable, pero ella permaneció estoicamente firme en su decisión.
—Bankotsu, creí que en su momento podía llegar a amarte, creí que tú serías mi salvación y si te quise, pero comprende, no puedo volver contigo...—
—Entonces, me voy—
—Será lo mejor...— Dijo ella y cerró la puerta de su departamento.
El moreno deambuló por el centro de la ciudad, sufriendo su dolor. Necesitaba una copa por lo que se detuvo en uno de los muchos bares que había sobre aquella transitada vía.
Al entrar el ambiente se sentía relajado gracias a la música de jazz y la completa ausencia de parroquianos. Tomó asiento en una de las mesas y ordenó un whiskey en las rocas.
Aún estaban latentes en su mente los hechos ocurridos hacia apenas unas cuantas horas atrás. Kagome simplemente le había rechazado, y se sentía como un completo estúpido al querer regresar con ella. Bebió de un trago el contenido del vaso y degusto con lentitud el sabor amargo del líquido.
—¿Quieres otro?— Cuestionó la mesera.
—Si, otro más...—
—El alcohol no es un buen consejero— Dijo la joven a la que muy apenas había visto.
—¿Que vas a saber tu?— Le cuestionó en tono molesto.
—Lo suficiente. Veras, diariamente vienen tipos tontos que sufren por desamor, aunque no los culpo. Apuesto a que tú eres uno de ellos— Su burla le hizo voltear a verla un tanto irritado.
Pronto reparo en que la joven era esbelta y de un cuerpo envidiable. Sus pupilas de color rubí y su negro cabello como el ébano le hacía lucir demasiado atractiva.
—Bankotsu— Soltó su nombre casi instantáneamente con una sonrisa endemoniadamente sensual.
—Soy Yura—
—Bien, ¿Yura te gustaría acompañarme con una copa?— Cuestionó mientras clavaba sus hermosos ojos zafiros en los de ella.
—Estas de suerte, ya he terminado mi turno— Le dijo aceptando su invitación.
—Solo esto y habremos terminado— Añadió su madre poniendo el resto de la ropa en la valija.
— Ya dos años, y aún así no logro entender el porqué de su partida...—
—Fue tan precipitado, cuando fui a buscarla ya no estaba en el departamento, faltaba su ropa, deduzco que está con su padre en América. No te preocupes, pronto tendremos noticias de ella, el detective es un experto— Le dijo dándole unas palmadas en el hombro.
—A estas alturas ya no se que pensar. Perdí los mejores momentos con ella, el nacimiento de mi hijo, todo...— Le dijo llevándose las manos a los bolsillos. Estaba hastiado, harto de su situación, pero tenía la esperanza de que todo eso terminaría muy pronto.
Pronto su celular comenzó a sonar.
—¿Aló?— Contestó mientras su madre se mostraba optimista.
—Señor Taisho, le tengo excelentes noticias...— Su rostro se iluminó mientras le dedicaba una sonrisa de triunfo a Irasue. Todo estaría a punto de terminar.
Sesshomaru sabía del destino de Rin pero fue imposible para él ayudarle.
La joven mujer intento matarse, pero la bala salió desviada lo que provocó un daño irreparable al cerebro. Tristemente quedó parapléjica, un mal que la aquejaría el resto de su vida. Y su padre, ese hombre a quien alguna vez respetó y le tenía un inmenso afecto, se había ido del país con la madre de Inuyasha, de su paradero poco sabía pero su medio hermano constantemente le visitaba y le traía noticias de su progenitor, aunque dadas las circunstancias poco le importaba. Había perdido su fortuna debido a malos manejos por parte de su contador, además su carrera se vio envuelta por escándalos de mala práctica y corrupción, lo que le ganó que su título de abogado le fuera retirado. Entró en una gran depresión, y lo mejor que pudo hacer, fue alejarse del único lugar en el cual, alguna vez, logró cosechar tantos éxitos.
Sesshomaru sentía hasta cierto punto lástima por él, pero sabía de sobra que Inu No Taisho se había buscado sus propios males, ese fracasó fue un golpe duro a su ego y no pudo soportarlo más.
—Deberías rehacer tu vida Kagome, Akemi necesita un padre...— Le dijo Koichi mientras la veía jugar con la niña.
—No me interesa, solamente ella es mi prioridad en la vida. Deseo que sea feliz y no quiero que otro hombre usurpe el lugar de Sesshomaru...— Le dijo terminantemente.
—Pero debes pensar también en ti, necesitas que alguien esté apoyándote y ayudandote a criar a mi nieta...— Le miro fijamente a los ojos.
—De ninguna manera, además que mejor que su abuelo me ayude a educarla...— Le hizo saber mientras la risa contagiosa de la bebé se escuchaba en ese lugar.
Eran pasadas las doce del mediodía cuando llegaron a ese sitio. Sōta decidió acompañarlo para decirle donde estaba ella.
—Sesshomaru, ¿quieres que le vaya a avisar a mi hermana?—
—No, te lo agradezco pero necesito ir yo mismo— Le hizo saber mientras se bajaba del auto. —Espera aquí por favor— El muchachito asintió y una gran sonrisa se dibujó en su rostro mientras lo veía caminar hacia el area de juegos.
—Por fin serás feliz Kag—
La pequeña dio dos pasos para luego caer sobre el césped. Sesshomaru observó su temple mientras volvía a incorporarse y tratar de hacerlo nuevamente. A pesar de estar a varios ametros de distancia pudo contemplar perfectamente su rostro, sus ojos dorados y el cabello azabache recogido en dos moños. Llevaba puesto un pequeño vestido de color rosa y unos pololos a tono que la hacían ver muy tierna.
Era idéntica a Kagome, demasiado y desde que supo de su existencia ya la amaba.
Por su parte la joven madre llevaba una camiseta blanca, jeans y zapatillas deportivas, su largo cabello azabache suelto y a él se le antojó tan diferente.
No pudo soportarlo más, ansiaba estar con su prometida y su hija de una vez por todas, ya había esperado bastante. El destino se interpuso en su camino, el accidente, su padre, Rin, pero sabía de sobra que había vencido contra todo pronóstico.
De las secuelas del siniestro en el que casi había perdido su vida y la habilidad para caminar, ahora tenía que usar ayuda para conducirse de un lado a otro.
Lentamente se acercó sin que la mujer se percatara de su presencia, apoyándose con cuidado sobre el bastón.
—¡Kagome!— Le llamó emocionado.
Ella al escuchar su nombre no atinó a hacer nada más que quedarse petrificada, no quería voltear, no podía ni siquiera respirar o pensar. Un gran temor se adueñó de su ser y permaneció así, sin atreverse a confrontar a la persona dueña de esa voz tan inconfundible.
Tembló, mientras una aura de nostalgia la cubrió por completo.
—Mujer... ¿No quieres voltear a verme?—
¡Si! ¡Era él! No había duda alguna o tal vez, se había vuelto loca.
—Kagome, querida...— Volvió a llamarle.
Se resistió una vez más a encararlo, y poco a poco las lágrimas se hicieron presentes y escaparon de entre sus largas pestañas. Las gotas saladas se desprendían de sus ojos como enormes perlas que se perdían entre el negro cabello de su hija.
—¡Por favor! Vete de mi mente...— Hipó tratando de sonar firme. Cargó a su niña en brazos y se alejó sin mirar atrás, aunque era lo que más deseaba hacer en el mundo.
Su razón, era el miedo.
El miedo de que fuera solo un producto de su imaginación. Él se había ido y debía aceptar la realidad por más cruel que está fuese. Nunca más regresaría, eso era definitivo, pero entonces ¿Qué estaba pasando?
—Kagome... ¿Es Sesshomaru?— Su padre había regresado de comprar unos perritos calientes y se había quedado inmóvil, ni siquiera supo de donde sacó el valor para hablar.
—¡Papá! No te burles de mi...— Soltó entre sollozos, casi perdiendo la compostura.
—Nunca lo haría, dame a la niña y date cuenta por ti misma...— Le dijo el buen hombre mientras extendía los brazos luego de dejar la comida sobre el suelo para recibir de inmediato a su nieta.
Kagome dudó por varios segundos, antes de soltar a la bebé. Pero sintiéndose ansiosa por la presencia del hombre de su vida, al fin aceptó esa situación. Dejó a la pequeña al cuidado de Koichi y aspiró profundamente.
Con tranquilidad pobremente fingida se giró y para su sorpresa, allí estaba él. Tantas cosas rodaron por su mente, tal vez se trataba de un espejismo que pronto se desvanecería como los copos de nieve al caer sobre las palmas de las manos.
—Se-Sesshomaru...— Tartamudeó el nombre de su amado.
Él sonrió y caminó hacia ella a paso lento.
Puso especial atención en sus largos cabellos plateados, los cuales en ese momento estaban siendo acariciados por la brisa veraniega y sus ojos dorados, esos hermosos ojos que al parecer no querían dejar de posarse en su persona, le parecía estar en un sueño maravilloso del que difícilmente quería despertar.
Fueron unos instantes interminables en los cuales rememoró todo lo que había pasado desde que lo conociera.
Lloraba acongojada mientras se cubría la boca para aplacar sus lamentos. Sentía que su corazón y su amor se renovaban con tal fuerza, haciéndole ver que todo lo que había sufrido, tenía ya su buena recompensa.
—¡Sesshomaru!— Con desesperación corrió hasta arrojarse en sus brazos, en los que fue bien recibida. Percibió de inmediato el calor de su acogida, el toque de sus manos, y su aroma, ese aroma tan característico y que tanto extrañaba. No quería soltarlo, y lloró aún más, tanto que ni siquiera se había atrevido a mirarlo de nueva cuenta, su rostro estaba cubierto por un gran sonrojo y eso le apenaba.
—Mi niña, perdóname, no debí dejarte ese día. Te he extrañado muchísimo. Creí que no volvería a verte nunca más, sé que has sufrido y te juró que solo viviré para amarte, para protegerte a ti y a nuestra hija...— Conforme hablaba la morena se aferraba más a su pecho.
—¡Estas aquí! ¿Como puede ser? Perdí contacto con tu madre, pero ella no sabía que estabas vivo ¿o si? ¿Me mintió?—
—Hay muchas cosas que explicar, pero no trates de juzgarla antes de saber la verdad...— Le dijo.
—Sesshomaru...— Inmediatamente los dos giraron para ver al padre de Kagome caminar hacia ellos y en un rápido instante el señor le tendió a la bebé.
El peliplata estiró las manos para poder cargarla, un poco angustiado de que no le aceptara en primera instancia pero al ver su actitud ese temor se fue desvaneciendo pues la pequeña entre tiernas sonrisas, movimientos desesperados y balbuceos aceptó ir a los brazos de su papá.
Al sentir el cuerpo de su hija la rodeó con fuerza y la acercó a su pecho mientras sonreía, depositando besos en las mejillas de la pequeñita. Él se consideraba frío de corazón, ya que nunca en su vida había mostrado tal faceta, pero no se sentía ridículo por demostrar sus sentimientos en público.
Lloró entonces, mientras Akemi palpaba su rostro con curiosidad y trataba de morderle la nariz.
Kagome también sonreía y sollozaba pues aún no creía que él estuviera con ellas. Pronto el ambarino estiró su brazo libre y ella lo supo en ese preciso instante, volvió a acercarse a él y esta vez permanecieron juntos mucho tiempo.
Eran felices, como nunca lo habían sido y esa etapa de felicidad perduraría para siempre, lucharían hasta el cansancio por lograrlo. Nada ni nadie los podría separar, nunca más.
Fin
