CAPÍTULO XIX
COMPLETE CONTROL

«They said release 'Remote Control'
But we didn't want it on the label»


—Creo que me gusta James.

Era una ya-no-tan-cálida noche de septiembre. Lily y yo nos habíamos escaqueado a dar un paseo para, así, librarnos de la atestada Sala Común. Lo hacíamos a menudo.
Pocas semanas antes, Hogwarts nos había dado por última vez la bienvenida al castillo. Eso era lo que significaba estar en séptimo: decir adiós. No mentiré, lo ansiaba, pero el vértigo y el miedo seguían allí, a punto de desatarse.

—Wow. ¿Y eso? ¿Es más interesante ahora que es Premio Anual?

—Eres imbécil. ¡Sirius! Lo digo de verdad.

Caminábamos como siempre, uno pegado al hombro del otro; despacio a veces, rápido cuando nos emocionábamos.

—Vale, vale.

—Es que… —continuó, pensativa—, no sé. Es un buen tío, listo, me hace reír, me gusta estar con él, ya sabes.

Temí que sacara el tema «Remus» a colación.

—Lo que me sorprende es que hayas tardado siete años en darte cuenta. Es mi mejor amigo, lo sé.

—¡Calla! Ya sé que es tu mejor amigo. Por eso mismo te lo estoy contando.

—Joder, Lily, me vas a hacer pupa —reprendí —. O sea que me cuentas todo esto por lo que podría haber sido y no porque sea tu colega y te apetezca ponerte un poco ñoña. ¡Pensaba que me estabas abriendo tu corazón!

Dejó de caminar y me observó con el semblante serio.

—Sirius, escúchame.

—No, Evans, escúchame tú a mí. Quiero a James y te quiero a ti; haríais una buena pareja.

Me abrazó casi al instante.

—¿Quieres que le intente sonsacar algún tipo de información?

—Ni se te ocurra —advirtió.

—Demasiado tarde.

Eché a correr hacia el castillo.

—¡Sirius!, ¡Sirius! ¡Sirius Black! ¡Ni se te ocurra!


La afirmativa de James tardó un par de meses en llegar.

—Se te cae la baba —provoqué.

—Imbécil —respondió.

—Entonces, es verdad que te gusta.

—Es… joder, es un juego.

—Ya.

—Que sí —afirmó.

—Que ya, he dicho.

—Y yo te he dicho que sí —Tenía el ceño fruncido y golpeaba la pluma contra la mesa de la biblioteca. Alguien un par de asientos más allá pidió silencio.

Dejé el tema aparcado y volví a la redacción de Transformaciones.

—¿Te ha dicho ella algo? —preguntó minutos más tarde.

—¿Quién?

—Joder, Lily.

—No.

—Mientes —aseguró.

—Puede.

—Entonces, ¿qué dice ella?

—He dicho que puede —repliqué.

—¿Eso qué significa?

—Que no te pienso decir nada. Si quieres saber lo que piensa Lily, lo hablas con Lily. Al fin y al cabo, estáis tonteando…

»¡Oh! Es verdad, que solo es una broma.

—Cabrón.

—Lo sé.

Me reí, él hizo lo mismo.

Tardaron menos de un mes en empezar a salir. ¿Qué puedo decir? Soy un máquina.


—¿Has visto? —pregunté a Peter una tarde en la Sala Común. Lily y James descansaban en los sillones. La primera dormitaba en el hombro del otro; que, por su parte, leía plácidamente—. ¿Soy un casamentero de la hostia o no lo soy?

—¿Es cosa tuya?

—Mhm… más o menos —Me encogí de hombros mientras buscaba la manera correcta de definirlo—. He hecho que hablasen. Por su cuenta posiblemente hubieran tardado cien años.

»¿Quieres que te consiga novia o qué?

El chico no respondió.

—No me jodas.

—¿Qué? —preguntó el muchacho, rojo hasta la raíz.

—¿Quién te mola? Habrás tenido huevos de no contarnos nada al respecto.

—¡Nadie!

—Joder, ¿por qué todos contestáis eso?

—Tú también lo haces.

—Mentiroso. Venga, pregúntamelo —exigí.

—¿Quién te gusta? —cedió.

—Remus —respondí sin dilación.

—Ya, muy gracioso.

—Vamos, Pete, no te hagas de rogar. Ya has visto que se me da bien.

Se quedó un rato mirando a la nada. Posiblemente pensando si le merecía la pena abrir su corazón para solo encontrar las bromas, las burlas y las risotadas de sus amigos.

—Dorcas.

Me mordí los carrillos intentando no soltar una carcajada. El cabrón de Peter no apuntaba precisamente bajo. Objetivamente Dorcas Meadowes tenía porte de modelo y Colagusano pues… era Colagusano. Muy mono, un buen chico, nada más.

—Podemos intentarlo.

—Muy bueno, Sirius. Gracias, pero prefiero no quedar como un completo imbécil delante de toda la escuela.

Se levantó y se encaminó hacia los dormitorios.

—Tío, no estoy diciendo que se vaya a casar contigo, pero a lo mejor le pareces lo suficientemente simpático como para ir juntos al baile de fin de curso.

—¿Tú crees?

En aquellos ojos pequeños encontré un brillo de esperanza. Me maldije por haber sido un bocazas una vez más.

—Claro que sí —afirmé—. Ya verás.

Efectivamente, nunca lo vio.

Entró canturreando a la habitación, directo al baño. Remus me miró y arrugó el ceño.

—¿Qué mosca le ha picado?

—Uf, tío. Creo que la he cagado pero bien.