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Capítulo 21
Noche tras noche, mientras se revolvía incómodo en su jergón húmedo de transpiración y vigilia, durante las interminables horas de oscuridad y desvelo, el rostro de Candy se le aparecía. La expresión verde esmeralda de sus ojos seguía provocándole en el pecho una extraña opresión de ansia insatisfecha, de amor no correspondido. Su cuerpo traicionero seguía anhelándola con avidez. La deseaba hasta el punto que separaba la locura de la lucidez y por razones que nada tenían que ver con su esclavitud impuesta. Durante semanas había sentido pena por la destrucción del único hogar que había conocido. Su clan había sido desmembrado y, aun así, su pecho seguía clamando por ella.
Entendía su rencor, el ansia de venganza que lo había arrastrado como esclavo a un país extraño. Jamás volvería a Escocia, pero esa determinación no podía compararse a la sensación de pérdida absoluta que sentía al saber que nunca jamás la contemplaría de nuevo. Habían pasado meses desde que la vio por última vez, allí, tras los muros de Waterfallcastle. El dolor por el amor que nunca podría ser correspondido lo llenaba de incertidumbre, de vacío.
Miró las cuatro paredes de su celda. La humedad y el hedor ya no lo hacían encogerse de repulsión. La estrecha abertura que apenas dejaba pasar la luz lo atraía como si fuese una polilla al fuego; podía pasarse horas enteras mirando esa rendija de libertad inalcanzable.
Estaba de espaldas al portón. Cuando la pequeña ventanilla de la puerta fue corrida con brusquedad, Albert se sorprendió porque era una hora desacostumbrada. Sintió cómo unos ojos lo observaban y se dio la vuelta con rapidez e insolencia.
El aspecto de Albert era tan desastroso como Tobert se había imaginado: su figura se parecía bien poco a la del hombre que había visto por primera vez en las murallas de Waterfallcastle. Estaba sucio, las calzas rotas colgaban flojamente de su cintura; alrededor del cuello tenía una gruesa cadena de hierro. Los cabellos rubios estaban apelmazados y descendían más allá de los hombros; una barba espesa e igualmente sucia le cubría los rasgos cincelados. El robusto cuerpo había adelgazado bastante, estaba cubierto de marcas. La insolencia no se podía doblegar, y ese hombre seguía con ésta intacta a pesar de los golpes, pensó Robert consternado.
La puerta se abrió por fin y Albert pudo mirar al hombre que lo había escudriñado momentos antes en completo silencio. A pesar de su resolución había poco orgullo en la postura de él. Cuando finalmente Albert vio a Robert, sus ojos azules emitieron un destello tan incandescente de dolor que Robert retrocedió un paso de forma involuntaria.
—Debo daros las gracias por perdonarme la vida —Albert se mantuvo rígido pero no le ofreció una respuesta—. Alguien me ha pedido que haga algo por vos —la mirada de Albert delató sorpresa mezclada con ansia. No se atrevía a especular—. La reina Leonor desea concederos una audiencia.
La desilusión se había plasmado perfectamente en el rostro de Albert. Había creído por un loco instante que era Candy la que mandaba a su padre. Que había comprendido al fin...
—Podréis bañaros y se os dará ropa apropiada para vestiros. Cuando estéis listo, dos guardias os acompañarán hasta los aposentos donde os esperan —Albert siguió sin moverse—. Necesito vuestra palabra de que no intentareis escapar ni creareis dificultades.
Albert asintió con la cabeza. Tras un instante de vacilación inquirió:
—¿Dónde está?
Robert sabía lo que quería saber el escocés; aunque dudó en hacerlo, le respondió:
—Candy se encuentra en Luna, no ha regresado a Verdial desde que estáis aquí prisionero —Albert deseaba preguntar pero los meses de esclavitud le cerraron la boca. Robert escrutó el rostro del extranjero y tuvo piedad de él—. Candy no parece la misma. No sé hasta qué grado mi hija se implicó con vos ni me interesa saberlo, pero si tratáis de hacerle daño nuevamente, juro por mi vida que os haré decapitar.
Albert no dejó traslucir ninguna de sus emociones fuertemente escondidas desde su niñez, pero las fervientes palabras de protección lo dejaron confuso. Él jamás osaría hacerle daño pero Robert no tenía modo de saberlo, ni él pretendía explicárselo.
Albert se despojó de los harapos sucios y raídos. Deseaba librarse de una vez del hedor que envolvía su cuerpo como un sudario. Vio junto al dormitorio un pequeño baño. Empotrado en el suelo cubierto de baldosas había un profundo estanque provisto de tuberías para el agua fría y caliente. La sorpresa lo dejó confuso, no había contemplado nunca un baño así. Se sumergió y se abandonó a la placentera sensación de libertad que experimentó. Sus confusos pensamientos vagaron a voluntad.
Albert se vistió ceremonialmente, a pesar de lo ligero de las prendas que le habían facilitado. Se colocó una especie de jubón con mangas anchas que cubría desde los hombros hasta la mitad de los muslos, se puso las calzas oscuras que le cubrieron las piernas y se calzó los cómodos zapatos. En modo alguno estaba vestido para una audiencia real pero imaginó que sus vestiduras carecían de importancia. Siguió por los amplios pasillos a los dos guardias que lo escoltaban.
Admiró los suelos de piedra que estaban cubiertos por suaves y gruesas alfombras. A lo largo de las paredes había sofás cubiertos por hermosas tapicerías y almohadones que invitaban al reposo. Los frisos recorrían las diversas estancias con artísticos ornamentos. Los bellos dibujos incitaban a la contemplación. A medida que cruzaban las diferentes estancias, observó los patios con pequeñas fuentes, que estaban alimentadas por un ingenioso sistema de tuberías de agua, el mismo sistema que había en el baño que había disfrutado él. Las fuentes refrescaban el ambiente. Cruzaron una gran estancia que habían destinado a la lectura. Robert jamás había visto tanta riqueza. Verdial, además de ser un castillo, era un templo donde el bienestar y el sosiego resultaban imprescindibles. No le cabía le menor duda de que el conde de Verdial era un hombre culto.
La enorme sala lo sobrecogió. Un solo tapiz de aquellas paredes serviría para alimentar a una familia escocesa durante un año. La alta puerta se abrió y una mujer no muy alta y rubia cruzó el umbral. Supo antes de verla por completo que se encontraba en la presencia de Leonor Plantagenet, la esposa del rey de Castilla.
Hizo una profunda reverencia y se quedó postrado con una rodilla en el suelo.
—En pie, laird Ardley —Albert se alzó en toda su altura, le besó la mano ceremonialmente. Leonor aprovechó un momento para escudriñarlo—. Estáis mejor de lo que esperaba —Albert alzó las cejas con interrogación—. Presumo que las mazmorras castellanas no son tan duras como la Torre de Londres. Se ve a la legua que os han alimentado bien.
Albert la miró enigmáticamente.
—¿Deseáis inquirir sobre mi salud, majestad?
Leonor endureció su mirada al ver la tajante pregunta de él.
—Me envía vuestra hermana —Albert se volvió para marcharse—. Podría hacer que os decapitaran por ofrecerme vuestra espalda sin que os haya dado permiso para retiraros.
Albert se volvió de inmediato—. ¡Sentaos!
La orden no admitía réplica. Leonor miró a un sirviente y le instó a que sirviera dos copas de vino. Albert siguió de pie.
—No ayudáis a vuestra causa mostrando esa impertinencia.
—Mi causa está perdida.
—Vuestro padre no pensaría igual.
—Yo no tuve padre, alteza.
Leonor suspiró.
—William Andrew hizo mal al no reconoceros. Una mueca de dolor cruzó el semblante de Albert. —Vos deberíais ser conde de Lakewood y no vuestra hermanastra Rosemary.
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—El ilegítimo soy yo y no ella.
—Vuestro padre se sintió tan culpable que ya no se recuperó.
Albert cuadró los hombros y se posicionó fuerte en el suelo. Los recuerdos aún lo laceraban. Pensó en su madre Pauna, en la impetuosa muchacha que osó poner sus ojos en el conde de Lakewood. William se encaprichó perdidamente de la hermosa muchacha de pelo flamígero y, sin pensarlo, la convirtió en su amante. Solo cuando ella se dio cuenta de que no pensaba desposarla, de que los intereses de él estaban puestos en otra dama, abandonó la corte de Enrique II y se marchó de nuevo a Escocia, derrotada, vencida. Era la primogénita y única hija del laird Ian Ardley, y tras la muerte de éste, se convirtió en la señora del clan, delegando en su primogénito y bastardo Albert el futuro incierto de Waterfallcastle. Sir William Andrew jamás hizo intentos de ver al hijo ilegítimo que había engendrado con una escocesa. Todos sus esfuerzos estaban concentrados en la mujer que ocupaba su vida, Hause de Beaumont-Le-Roger.
—¿Qué desea la condesa de Lakewood?
—Mi cuñada no es culpable, laird.
Albert hizo un alzamiento de hombros; su hermanastra Rosemary se había desposado con Juan Plantagenet, hermano de Leonor y de Ricardo.
—Dejé de ser laird hace muchos meses.
—Si juráis vasallaje a mi marido os concederá la libertad.
Albert no se esperaba esas palabras.
—Cumplo condena merecida.
—Lo sé, pero sois hermano de mi cuñada. Guillermo hizo mal al pediros que secuestrarais a una pupila de mi marido.
—Mi rey solo pretendía recuperar a su hija. Y no soy hermano sino hermanastro; obviáis la diferencia.
—Diferencia ínfima —siguió ella—. Actuasteis de forma precipitada sin pensar en las consecuencias políticas que resultaría de esa osadía estúpida. Vuestro rey le había jurado vasallaje a mi hermano Ricardo.
Albert asintió.
—Somos escoceses, majestad, hacemos las cosas a nuestro modo, seamos vasallos o no.
Leonor sonrió, pues él no se ofendió por el insulto.
—Nunca olvidéis que vuestro abuelo, Roberto Andrew, era hijo de Enrique I, mi abuelo —Albert miró a la reina con dureza, pero contuvo su réplica. Odiaba que le recordasen eso precisamente. Él trataba de olvidar que pertenecía a la rama bastarda de los Plantagenet—. Por vuestras venas corre la misma sangre, debéis lealtad a la familia.
—¿Qué desea el rey castellano?
Leonor fue consciente de la indiferencia que mostraban las palabras de Albert, la frialdad de su pose y el aire ausente de interés.
—Don Alfonso es un rey justo —Albert entrecerró los ojos con aburrimiento—. Yo puedo daros a la heredera —la mirada de Albert la traspasó y Leonor fue consciente de que al fin había conseguido la total atención de él—. Mi marido es un hombre poderoso pero en continuas luchas; necesita hombres fuertes y dispuestos a morir por ella.
Albert seguía escuchando con total atención.
—Vuestro servicio os puede reportar riqueza y título.
—Ni la riqueza ni los títulos tentarían a doña Gracia.
—Estoy absolutamente convencida de que no le sois indiferente—Albert negó con la cabeza—. Colocaos en posición de ventaja —Albert comprendió—. Yo intercederé en vuestro favor una vez la pidáis en matrimonio.
—Candy no consentirá.
—Candice no está en posición de negarse, lo sé de buena fuente.
Albert no comprendió las enigmáticas palabras de ella.
—Pero su abuelo, el conde de Verdial, sí.
—No pongáis en duda la capacidad de una Plantagenet en resolver este tipo cuestiones.
Albert carraspeó varias veces antes de admitir.
—La arrastré hasta mi país engañada. Herí de muerte al que creía su padre en un combate sin vencedor y me adueñé de su virtud sin un ramalazo de culpa o remordimiento.
Leonor entrecerró los ojos y Albert sintió una sacudida. Candy entrecerraba los ojos de la misma forma y cuanto más miraba a la reina castellana, más confundido se sentía.
—Los Plantagenet somos así. Tomamos lo que queremos sin medir las consecuencias. ¿Por qué ibais a ser tan diferente de nosotros?
Albert relajó su espalda a medida que escuchaba la voz melodiosa de la reina.
—Removería cielo y tierra si supiese que podría llegar hasta ella y obtener su perdón.
—Entonces, tenemos que hacer planes.
CONTINUARA
Holaaaa, la verdad me volvi un ocho cuando leei que el rubio era un hijo ilegitimo, que en esa epoca solian llama Bastardo y que el llevaba solo el apellido de su madre, no podia ponerle otro apellido diferente, asi que le puse Andrew, se que es muy parecido al Ardley, pero me disculpan ese pequeño error ya que yo no he leeido con anterioridad la novela .
Otro detalle que vi en este capitulo y me puso a investigar, es sobre si en esa epoca existian los calentadores de agua y tuberias , me parecio como un invento muy adelantado para la epoca en que se desarrolla la novela.
