"Tifón de realidades"

Domingo 02/05/1999

Harry despierta dolorosa y repentinamente, Ginevra se hunde en su lugar y aprieta con fuerza lo que tienen entre sus manos, que resulta ser la sábana y el brazo de Harry.

—Ginevra —llama Harry entrecortada, su voz perdida entre el sueño y desuso. La pelirroja sacude la cabeza en respuesta, Harry está seguro de que se debe a sus sueños y no a su llamado—. Ginevra, ey, despierta.

Harry sacude su hombro con la mano que no está siendo perforada por uñas. Ginevra niega otro par de veces, acompañado de muecas y sonidos vibrantes en su garganta mientras Harry la llama más fuerte y casi la incorpora él mismo.

No hace falta. Ginevra abre los ojos de golpe y se incorpora en medio de un jadeo. Observa su alrededor y la golpean recuerdos de la noche anterior, esa noche, hace unas horas, hace una pesadilla. Suelta la sábana y el brazo de Harry cuando se da cuenta que los aprieta con fuerza, no lo mira y no dice nada tampoco.

Harry busca sus gafas sobre la cobija porque no recuerda habérselas quitado antes de dormir. Cuando las encuentra y se las pone distingue a Ginevra en una pose derrotada, con la respiración entrecortada y las manos unidas sobre su regazo. Harry se incorpora y tampoco dice nada. Gira la cabeza a la ventana y ve el cielo apenas coloreado de púrpura.

Ginevra pasa una mano por su cabello y suspira lentamente. Harry realmente quiere leer sus ojos para saber qué piensa, qué necesita. No sabe muy bien qué hacer, pero igual abre los labios, inseguro de lo que está por decir. Concluye que quizá aquello pueda ayudar a Ginevra, si no es con él, será con alguien más.

—Cuan... cuando era pequeño —susurró Harry, esperando la mirada de la pelirroja—. Solía tener pesadillas sobre la noche que murieron mis padres —Ginevra apenas gira su rostro para ver al azabache, no lo hace directamente a los ojos, se pasea por su rostro y su cabello mientras mueve los labios—, mis tíos no se daban cuenta, o lo ignoraban. Pero cuando comencé a quedarme con Marianne fue completamente distinto —sonrió a medias antes de mostrar una mirada de alivio—. Ella iba todos las noches que soñaba, con algún té sin azúcar y me pedía que le contara mis sueños. No lo hice de inmediato, solía creer que era algo que sólo yo debía saber. Comprendí, después de mucho tiempo, que no era una carga a menos que yo lo quisiera.

Ginevra asintió, bajando lentamente su mirada a los ojos verdes. Frunció los labios y tragó en seco, no vaciló mucho antes de abrir los labios y emitir sonidos agudos que después de un carraspeo se volvieron susurros.

—No siempre es la misma pesadilla… —explica Ginevra, con la voz ronca y los ojos ahora bailando entre sus manos y las de Harry—. Todo está bien un instante y al siguiente todo se desmorona, el suelo se cae y yo caigo en la oscuridad. Escucho la voz de Miles detrás de mí, huelo su aliento y siento… yo… yo siento sus manos en todas partes… me lleno de desesperación y despierto.

Suspira y rasca su brazo sin mucho ánimo, rehuyendo la mirada verde.

—Otras veces estoy en casa y mi madre me encierra en una caja transparente, no me deja salir, tan solo observa como la caja se va llenando de lingotes y monedas de oro, aplastandome en el fondo —inhala despacio y con las mejillas ruborizadas, consciente de lo rápido que ha hablado y todos los detalles que ha omitido en sus sueños—. Siempre está Miles, por más pequeño que sea, pero siempre aparece él en alguna parte.

Harry suspira y la observa por un largo tiempo, sin emitir sonido o mover un músculo. Ginevra está a punto de gritar de frustración cuando Harry se acomoda frente a ella, de manera que es más complicado esquivar su mirada.

—¿Le has dicho algo de eso a Jeffers? —preguntó cauteloso, con la sensación de que Ginevra se haría añicos ahí mismo y él no tiene idea de cómo repararla.

La aludida parpadea un par de veces y niega lentamente. Harry, en cambio, asiente y recorre su rostro con la mirada.

—¿Alguien lo sabe? Además de mi —insiste, Ginevra suspira y niega.

—Eso no… no es algo que —muerde su labio y baja la mirada con vergüenza y ansiedad—. No puedo decirlo. Nunca.

Harry observa como sus mejillas toman algo de color, le da una apariencia extraña y cómica dada su palidez. Sin mostrar temor, Harry extiende la mano y toma su barbilla, esperando que eleve el rostro y lo vea, pero Ginevra solo hace lo primero y mantiene los ojos en sus manos.

—No tienes absolutamente nada de qué avergonzarte, Ginevra, tú no, no por eso. Él debería estarlo, ése…

—Lo sé —interrumpe, consciente del discurso que ella misma se repite cada noche antes de dormir, esperando no tener pesadillas, y que Harry está listo para soltar—. Yo sé que no, pero no es fácil, ¿Cómo se supone que cuente algo así? ¿Cómo se supone que viva con ello? ¿Con tanto?

Harry no está seguro de seguro hablando únicamente del imbécil de Miles Jeffers. Resopla y toma sus manos entre las suyas, completamente enloquecido y seguro de que está bien, de que puede.

—Debes decirle a alguien cómo te sientes, Ginevra —murmura—. Quien sea, en quien confíes, pero tienes que hacerlo.

Ginevra deja caer sus hombros y observa el cielo a través de la ventana. Está más claro que hace unos minutos.

—Bien —masculla.

Harry asiente apenas perceptible antes de soltar sus manos y pararse frente a la coma dónde está su mochila.

—Ve a vestirte, te esperaré frente a la chimenea para ir a desayunar en veinte minutos.

Ginevra no replica, se coloca su bata y sale de la habitación, con la cabeza como dentro de una burbuja y un extraño cosquilleo en todo el cuerpo. Durante los veinte minutos piensa en cosas absurdas, no es hasta que está frente a un Harry ya vestido que cae en cuenta que está ahí, que no está soñando, que Harry de verdad está ahí con ella. Y algo cálido se extiende por todo su pecho cuando él le muestra una pequeña sonrisa y la guía a las cocinas.

Piensa después de unos minutos, en los que Harry le susurra un par de cosas a un elfo ansioso y muy pequeño, que le hubiera molestado comer en el Gran Comedor, porque llamaría la atención y era lo que menos quería ahora.

Desayunan demasiado temprano, hablando de las clases, los profesores, la academia y algunos pasadizos secretos. Ginevra se da cuenta que Harry no come si ella no lo hace y que habla mucho para que ella pueda comer en lugar de contarle algo, le sonríe cuando toma una galleta de avena con miel y le pone otro cubito de azúcar a su taza rellena de té aparentemente en compensación. Dejan apenas unas migajas de galletas y las tazas con un poco de té y café fríos. Harry observa la chimenea con una extraña calma que Ginevra no comprende y le da comezón en la palma de las manos.

Salen a los jardines y Harry se deja caer en el pasto, con la espalda recargada contra el castillo. Ginevra lo acompaña a su lado y observa como el lago brilla cuanto más se eleva el sol.

—Gracias —le dice de ponto. Harry la observa con las cejas elevadas, confundido por el agradecimiento—. Por ayudarle a Draco —explica. Harry asiente y sonríe con labios apretados.

—No es nada —se encoge de hombros y se deja caer un poquito más contra el muro—. No sabía que fueran amigos.

Ginevra sonríe pequeño y bufa.

—Es el único amigo que tuve cuando era pequeña —rodó los ojos y sonrió ampliamente—. No importaba el apellido, la sangre o el oro. Solo éramos niños jugando. Cambiamos después de todo, pero sigue siendo mi amigo.

Harry sonríe y asiente comprensivo.

—Me alegra saber que no es un idiota con todo el mundo —Ginevra suelta una carcajada vibrante y fuerte que le arrebata una sonrisa y tal vez un latido del corazón a Harry.

—Oh, sí lo es —logra decir la pelirroja, con los ojos brillantes y las mejillas entumecidas—. Es un completo idiota.

Si ríen por unos largos segundos antes de que Ginevra sienta que la golpean contra un muro y comprenda.

—¿Por eso no podías salir? —tanteó, observando la sonrisa en el rostro de Harry, ignorante de lo que Ginevra habla. El azabache frunce el entrecejo pero no borra su sonrisa, Ginevra tiene el presentimiento de que si continúa no volverá a ver si sonrisa—. Es decir, ¿estabas ayudando a Draco en el Wizengamot y no con Yorkent?

Tenía razón, la sonrisa de Harry flaquea pero no se va del todo cuando resopla.

—Yo… —boquea de manera cómica antes de cerrar los labios con un sonido gracioso y suspirar por la nariz—. Oliv solo es mi amiga, Ginevra. No he salido a verla en ninguna ocasión.

La pelirroja asiente y le sonríe pequeño.

—De acuerdo —murmura conforme.

La tranquilidad no le dura mucho. El lago refleja muy bien el sol cuando un montón de personas salen a los jardines. De entre ellas reconoce a Sofía Brent-brout, que parece escupirá fuego a la primera persona que se atreva a dirigirle la palabra. Ginevra no necesita saber por qué.

—Oye —llamó Ginevra, Harry le responde con un sonido de su garganta y una mirada de soslayo—. Tengo… tengo que decirte otra cosa —dice apresurada, alternando su mirada de Sofía a Harry—. Sobre la fiesta de bienvenida.

Harry muestra una mueca al mismo tiempo que la mirada de Sofía encuentra a Ginevra. Harry se incorpora y observa con culpa a la pelirroja.

—Lamento dejarte sola, Ginevra, estaba siendo un idiota egoísta, sé qué fue…

—¡Weasley! —Sofía está frente a ellos, apuntando con su índice acusador el rostro de Ginevra, ignorando completamente a Harry—. ¡Te advertí que te alejaras, que dejaras las cosas como estaban!

El corazón le late muy rápido, consciente de la mirada de Harry sobre ella y la furia emanando de Sofía por todas partes.

—¡Te dije lo que haría, y no te importó! —gritó colérica, las manos hechas puño y la respiración agitada— ¡Atente a las consecuencias!

La sangre se baja hasta sus pies y parece que ahí se queda. No tiene cabeza para contarle a Harry o idear planes, está jodida y es en lo único que es capaz de pensar.

—¡Sofía! —grita, pero la muchacha la ignora y vuelve al interior del castillo casi echando humo por las orejas.

—¿De qué está hablando? —pregunta Harry, cortando sus pensamientos. Ginevra suspira y deja caer sus hombros con una resignación que no siente en absoluto.

—En la fiesta de bienvenida me encontré a Dahir —balbuceó—. Y Sofía nos vió. Cuando todo era un desastre y subiste con Olivia fui detrás de tí —mantiene la mirada en el pasto mientras habla, decidida a terminar sin que sus emociones se desborden por alguna parte—. Después de que Olivia saliera de la habitación donde se habían metido, Sofía me advirtió que no arruinara su noche, no entendí a qué se refería y me metí a la habitación.

—¿Tú qué?

Ginevra suspira y alza la mirada con arrepentimiento y disculpas agrupandose contra sus pensamientos. Harry le muestra su mejor expresión confundida antes de comenzar a hablar.

—¿Estuviste toda la noche conmigo? —eleva las cejas en espera de una respuesta, tan solo obtiene un asentimiento por parte de la pelirroja— ¿Te acostaste conmigo durante la fiesta de bienvenida? —la voz de Harry jamás se escuchó tan confundida y desorientada. Ginevra bufa y endereza la espalda.

Ésta es una de las ocasiones en las que debe demostrar por qué está en la casa de Godric Gryffindor, debe demostrar su valentía y decirle a Harry todo lo que oculta, todo lo que no la deja dormir.

Quizá el sombrero la sobrevaloró.

—Lo hice, pero porque no quería que Olivia se aprovechara de lo que pasó y su estado —no era mentira, después de todo. Harry rasca su cabeza y cierra los ojos como procesando.

—Toda la noche ¿Estuviste conmigo? —sus ojos buscan los ajenos con desesperación y un brillo de locura en ellos.

—Sí —la respuesta es apenas audible pero basta para descolocar el rostro, las emociones y los recuerdos de Harry.

Pero tiene sentido después de todo, la voz menos aguda, el sabor a whisky de fuego, el cabello más claro, ¡hasta el maldito cierre que vió en Grimmauld Place tiene sentido!

—¿Por qué? —logra articular, a pesar de que Ginevra ya le dió una razón. Ginevra traga el nudo que tiene en la garganta y se encoge de hombros.

—No importa —masculla—. Olivia estuvo con alguien más y Sofía me amenazó con revelar lo que escuchó entre Dahir y yo si mencionaba que Olivia no estuvo contigo esa noche.

Harry parpadea desorientado antes de observar por largos segundos el lago negro. No estuvo con Olivia, él no tuvo sexo con Olivia. ¡Por Merlín! Olivia estaba segura de que habían tenido sexo y era una mentira. Su propia amiga le estaba mintiendo.

—Oye, lo siento. Sé que no debí ocultarlo ni...

—Pudiste dejarme ahí, Ginevra, no tenía ni idea de lo que hacía —la pelirroja baja la mirada y su rostro se ruboriza al recordar apenas un poco de aquella noche—. ¿Por qué lo hiciste?

Ginevra suspira, a sabiendas que Harry preguntará hasta el cansancio y hasta que tenga una respuesta satisfactoria.

—No lo sé.

Y Ginevra se repite que no es mentira, que de verdad no sabe por qué lo hizo; sin embargo, lleva un buen tiempo ignorando una voz en su cabeza, insistente y fastidiosa, que repite una y otra vez que Harry es mejor que Dahir, no necesariamente en el sexo solamente.

Harry queda obviamente insatisfecho con la respuesta pero no insiste, en cambio, le pide que le cuente lo que le dijo a Dahir esa noche, repitiendo que sus problemas son de ambos porque no la dejará sola. Tal vez se le derrite el corazón y se le estrujan las tripas, Harry no debería estar haciendo nada de esto. No después de tantas mentiras.

Era inevitable, tarde o temprano se vería envuelta en otra asquerosa confesión, o quizá todas.

—Creo que estaba siendo manipulado —concluye la pelirroja, pero Harry la observa con cara de pocos amigos.

Casi tiene ganas de darle los motivos por los cuales no mencionó a Dahir y el pueblo de Mérida, pero Harry interrumpe sus intenciones, ganas y el valor de hacerlo.

—Debiste decirme esto hace muchísimo, Ginevra —la aludida gruñe y asiente con pesadez.

—¡Ya lo sé! Pero no tenía idea de cómo hacerlo sin que saliera mal —bufó. Harry revuelve su cabello y piensa.

—Sofía sabe que tienes una relación con Jeffers mientras estás supuestamente conmigo, y además que él intentó matarme —la pelirroja asiente lentamente, en desacuerdo con sus dos afirmaciones.

"Supuestamente" no, están jodidamente casados, hay un papelito en casa de su madre que lo afirma. Y Dahir no intentó matarlo, está segura de que estaba hechizado ¡No recuerda nada! ¿Cómo podría?

¿Y si…? No. Dahir no le mentiría, ella vió lo confundido que estaba, él no tenía idea de qué pasó, aún no sabe.

No sabe qué hará Harry ni por qué tiene esa mirada decisiva en su rostro. Él muy bien podría salir airoso de todo eso. No le perjudica de ninguna manera…, excepto por su madre, que lo llevaría a Azkaban, claro. Por eso está ahí.

Está segura de que si su madre viera su rostro encontraría la manera de responsabilizar a Harry.

Ginevra de nuevo se siente en el fondo de una bañera, esperando a que Harry la saque porque cree que se está ahogando, y tan solo está hundida en puras mentiras e ilusiones que le aprietan el cuello.

—Devuélvele la amenaza, y si llega a hablar, di que estabas dopada, como todos —comienza Harry, con seguridad y decisión desbordando su mirada—. Ella no podrá negarlo, porque puedes asegurar que estuviste conmigo, y, si es que quiere mantener a Olivia ignorante de con quién estuvo esa noche realmente, no dirá nada.

Ginevra duda, pero Harry le muestra los pros de su plan hasta que logra convencerla y tranquilizarla aunque sea un poco más. Incluso le propone Veritaserum, pero se niega rotundamente.

Vuelven a las cocinas para comer y Harry intenta hablarle de flores, hechizos y tapices encantados para distraerla.

Cuando el sol se está poniendo ambos están afuera de nuevo, Ginevra tiene la cabeza en el hombro ajeno, medio rendida ante el sueño y escuchando la voz de Harry hablar sobre las constelaciones que su padrino le mencionó alguna vez.

Abre los ojos, o quizá despierta, cuando Harry acomoda su cabello lejos de su cuello.

—Lo siento —susurra. Ginevra niega y se talla los ojos con flojera, el cielo es rosado y se le antoja dormir ahí. No lo hace, porque Harry la observa de una manera extraña y vibrante, como si sus emociones salieran por todos los poros de su piel.

—¿Qué? —masculla, con la voz ronca y verdadera curiosidad.

—¿Puedes hacer algo por mí? —su voz es muy baja y Ginevra siente que romperá algo si no habla en el mismo tono que él, así que solo sacude levemente la cabeza en afirmación. Harry medio sonríe y suspira— Cuídate —la confusión parece abordar su rostro porque Harry ríe igual de bajito y alza el hombro donde no estaba su cabeza—. Duerme, come, sal, escríbeme si lo necesitas, Ginevra.

Se aparta de ella e intenta mostrar la mayor sinceridad que puede en su mirada. "Te juro que responderé tus cartas, vendré aquí, haré lo que me pidas, pero cuídate".

Ginevra escucha los latidos de su corazón en sus oídos y de nuevo solo logra asentir entre aturdida y sorprendida.

—Bien —murmura Harry, recargando su cabeza en el muro del castillo disfrutando por un rato el silencio.

Cuando vuelven a la sala común lo hacen ignorando las miradas de los pocos Gryffindor que encuentran en su camino, con. La mano de Harry tomando firmemente la suya, sin temor a encontrar a Olivia o Sofía en el camino, caminando ligero y sentándose frente a la chimenea apagada.

Ginevra jamás escuchó a Harry hablar tanto y tan suelto, muy dispuesto a distraer cualquier pensamiento que perturbara su calma, y en ningún momento suelta su mano, incluso juega con ella distraídamente; ella alcanza a preguntarse si se debe a los alumnos que hay en la sala común antes de que su mente viaje a Grimmauld Place y los sábado por la mañana, el resto de la semana demasiado tarde y las conversaciones nocturnas con té demasiado caliente.

—¿Ginevra? —Harry mueve su mano y sonríe divertido.

—¿Qué? —preguntó desorientada.

—Que si te sentirías mejor si le digo a Winky que te acompañe hasta que termine el curso —repitió, sin borrar su sonrisa. Ginevra parpadea y sonríe pequeño, incrédula.

—De verdad no es necesario. Yo… hablaré con Draco o Asya para despejarme, no hace falta Winky —Harry asiente poco convencido pero comienza a hablarle sobre las excursiones y viajes que organizan en la Academia, el examen que debe hacer para convertirse en Auror y las insistencias del Ministro porque acepte ser el jefe del cuartel de Aurores. Hasta que llega la hora de irse.

Ginevra lo acompaña hasta que está fuera de los jardines, apenas unos pasos por el camino que llega a Hogsmeade. Harry se detiene, reafirma su mochila sobre su hombro, le entrega una carta dirigida a la Profesora McGonagall y le sonríe.

—Cuidate —dice con el rostro medio inclinado y la sonrisa apenas marcada en sus labios. Ginevra asiente y le sonríe de vuelta.

Harry la abraza con un solo brazo, apenas perceptible. No la suelta cuando suspira, y Ginevra devuelve el abrazo por los costados de Harry. Luego se congela.

—Lamento que tu padre y hermano murieran, Ginevra. En verdad lo siento mucho.

No sabe qué responder o qué pensar. La burbuja negra que flotaba en su cabeza se revienta en cuanto ambos brazos ajenos la estrujan. Creyó que podía ignorarlo por un momento, pero Harry no tenía las mismas intenciones.

—Yo…, yo comprendo que es difícil aceptarlo y entiendo lo difícil que es para ti verme cuando sabes que murieron por mi culpa, Ginevra. De verdad lo siento —suspira y la aprieta un poquito más contra él—. Si puedo hacer algo por ti... haría cualquier cosa para compensarte todo el daño que le he hecho a tu familia.

Porque incluso lo que ya hace parece poco con el vacío que dejan las personas cuando mueren.

Ginevra suspira y devuelve el abrazo con la misma confianza que Harry habla y ofrece. Se para de puntillas y besa su mejilla, apenas rozando sus sus labios con la piel.

—Ya lo haces —masculló.

Harry se aparta y le sonríe pequeño, arrepentido y pensativo. La suelta y desaparece.

Ginevra vuelve a pararse sobre los muros brillantes y observa por un buen rato a su padre. No llora, solo los extraña.

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¡Hola! Lamento la tardanza, este capítulo en especial sufrió muchísimos cambios antes de que estuviera satisfecha con el resultado.

¿Qué les pareció?

Dudas.

Comentarios.

Teorías.

Bueno... vamos a volver a los capítulos dónde todo sucede muy rápido y dónde el estambre sé hora deshilachando :).

Espero les haya gustado ¡Nos leemos pronto, muy pronto!

(10/12/2019. 3:15 P.M.)

-Danny :).