Capítulo 22
Hinata entró corriendo en la cabaña, con el corazón en la garganta. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que lo había echado de menos.
—¡Naruto! —lo llamó.
¿Estaría preocupado por ella? ¡Oh, deseaba con toda su alma que también él la hubiese añorado! Ya no le importaba que no hubiera creído en sus visiones. Le daba lo mismo que la hubiera abandonado ignorando su petición de auxilio… Ahora tenía a Sarada para convencerlo de que no estaba loca y de que tampoco era ninguna manipuladora. Solo ansiaba que la estrechara de nuevo entre sus brazos y la besara con el ardor que recordaba.
—Parece que no hay nadie en casa —dijo Shion, entrando tras ella.
La pequeña Sarada inspeccionó todos los rincones, sin resultado.
—Omusa no está.
Era extraño que no hubiera vuelto del poblado miwok aún. Pero era posible. Después de todo… ¿por qué iba a estar deseoso de regresar? En su hogar, solo le esperaba ella: la mujer que nunca había querido y que además le martirizaba con sus inquietantes visiones.
Una honda tristeza inundó de pronto su ánimo y tuvo que sentarse. Después de todas las emociones del rescate, no pudo tolerar el pensamiento de que, para Naruto, ella no significase nada.
Se tapó la cara con las manos y respiró hondo para contener las lágrimas. ¿Y si había regresado, y al no encontrarla, había decidido hacer una visita al salón de Mei? Sí, aquello era más probable. Y más doloroso también.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Shion.
Hinata se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Miró la cabaña vacía, tan desangelada, tan poco confortable sin la presencia de su marido.
—Sí. Estoy cansada, eso es todo.
Shion y Sarada intercambiaron una significativa mirada.
—Échate un rato en la cama mientras nosotras preparamos algo de comer —le sugirieron.
—¿Y qué pasa con Deidara? —inquirió—. ¿No deberíamos avisar a Jiraiya cuanto antes?
—No le hará ningún mal permanecer unas horas más atado al árbol —sentenció Shion, con voz dura—. Así podrá meditar acerca de todo lo que ha hecho.
Hinata asintió, conforme, pero aun así, no le apetecía dormir.
Lo único que deseaba era ver al presuntuoso y arrogante vaquero que le estaba destrozando el corazón.
Así que se levantó decidida, se arremangó la camisa y decidió que lo mejor que podía hacer era mantenerse ocupada. Rebuscó en la despensa y ofreció a sus invitadas lo que pudo encontrar para comer, lamentando no disponer de más víveres para prepararles el almuerzo que se merecían y necesitaban.
Después, Hinata obligó a Sarada a dormir un poco. Era consciente de las ojeras azuladas que resaltaban bajo sus mágicos ojos y de la extrema delgadez de su cuerpecito. La niña había pasado un calvario y necesitaba reponerse.
—No quiero dormir —se quejó—. Quiero esperar a Omusa.
—No sabemos cuándo regresará —le respondió, con paciencia—. Y puedes esperar dormida, de todas maneras. Prometo despertarte en cuanto llegue.
La pequeña pareció conformarse tras esas palabras y se acurrucó en la cama, hecha un ovillo. Se durmió en el acto y Hinata sonrió. Estaba realmente exhausta y aun así, hubiera esperado despierta. La arropó con cuidado y le dio un beso en la mejilla. Pobre criatura. Así dormida, ocultos aquellos extraños ojos sabios, quedaba de manifiesto su corta edad. Habría echado mucho de menos a su madre, pensó, sintiendo un acceso de ternura por la niña.
Salió con sigilo de la habitación y le cerró la puerta para que descansara tranquila.
—¿Se ha dormido ya? —preguntó Shion.
—En el acto. La pobre está extenuada.
—Como yo… —confesó su amiga, bostezando.
—Puedes dormir con ella, Shion. Descansa, para ti también ha sido muy duro.
—¿Y tú? —inquirió, mirándola con suspicacia.
—Yo me quedaré aquí, en la butaca. Naruto la ha usado unas cuantas noches, así que no debe ser muy incómoda —contestó, con un tono que evidenciaba lo dolida que se sentía en esos momentos.
Shion no entendía esa tristeza. Ella la había visto feliz con su marido el día del baile. No dudó en comentárselo.
—Pero yo os vi muy acaramelados el día de la fiesta, Hinata, parecía que él y tú…
—No, él y yo… nada. Era una ilusión, simplemente — Hinata tuvo que inspirar con fuerza para confesar a su amiga su miedo más profundo—. Shion, él nunca quiso una esposa. Tuvo que cargar conmigo porque fui la última en llegar, pero jamás me deseó.
—Pero él firmó la solicitud de Jiraiya, por lo tanto, sí quería una mujer.
—Me confesó que aquel día estaba borracho.
—Ya, entonces debió sentirse aliviado cuando tú no apareciste el día de la llegada — Shion se quedó pensativa unos segundos tras sus palabras. Su amiga no le había llegado a comentar lo sucedido aquel día—. Por cierto, Hinata, ¿qué ocurrió? Nunca me has contado lo que te pasó, por qué no te reuniste conmigo, por qué no te uniste de nuevo a la caravana…
Hinata supo que no tendría una oportunidad mejor para desahogarse. Además, Shion era la única persona a la que podía confiarle aquello y lo cierto era que necesitaba compartirlo con alguien.
—Cuando me rezagué —comenzó a explicar, en un susurro—, uno de los hombres de la caravana me atacó.
Shion profirió una exclamación ahogada y se llevó una mano a la boca.
—Ese hombre intentó… intentó violarme. Pero me defendí, y le clavé mi navaja en el hombro — Hinata volvió a coger el aire que parecía necesitar para continuar con su relato—. Salí corriendo y me caí por un terraplén. Me golpeé en la cabeza y no recuerdo nada más… Hasta que desperté allí sola, con un tobillo torcido y la cabeza a punto de explotarme. Para mayor desgracia, cuando conseguí llegar aquí, descubrí que el único vaquero que quedaba libre no quería en realidad una esposa. ¡Qué suerte la mía! ¿Verdad?
Su amiga tenía la vista perdida en algún punto del suelo de madera y no respondió enseguida.
—Al menos tú no te casaste con un monstruo —musitó al cabo de unos segundos, con la voz congestionada.
Hinata lamentó haber sido tan bocazas. Su mala suerte no era nada comparada con el infortunio de Shion al caer en las manos de ese demonio. Ella, al menos, había conseguido escapar del violador.
Abrazó a su amiga con todas sus fuerzas.
—Lo siento, lo siento… No tenía que haber dicho eso. En realidad, Naruto siempre me ha tratado bien — Hinata recordó el día del baile, cuando él le llevó los regalos y la acompañó a la poza. Y, por supuesto, su apasionada noche de bodas. Solo con recordarlo se estremeció—. Sí —reconoció con un suspiro—, ha sido un marido cariñoso y atento. No sé por qué me quejo. Desde luego, Naruto no se puede comparar con Deidara.
Shion se separó de ella para mirarla a los ojos. Al contrario de lo que Hinata imaginaba, las pupilas violetas de su amiga estaban secas. Y no solo no lloraba, sino que mostraban una fuerza y una determinación asombrosa para alguien que había sufrido las torturas de aquel diablo.
—Yo no he pretendido comparar a Naruto con Deidara —le dijo—. Sé que son hombres totalmente diferentes, al igual que sé que Naruto no ha lamentado en ningún momento haberse casado contigo. Vi cómo te miraba el día del baile, y cómo le mirabas tú a él — Hinata apartó la vista, descorazonada, pero Shion la sujetó por el mentón para que prestara atención—. Que hoy no esté aquí no significa nada, ¿me oyes? Y te convencerás de lo ciertas que son mis palabras en cuanto vuelva a casa, ya lo verás.
Hinata sonrió por fin ante el optimismo contagioso de Shion.
—Eres la amiga más maravillosa del mundo, ¿lo sabías?
—Sí, lo sé —respondió ella, dándose importancia con un gesto teatral. Luego se puso seria—. Y ahora que hemos aclarado el asunto de tu esposo, ¿qué piensas hacer con el hombre de la caravana que te atacó? No me has dicho su nombre.
—Ni pienso hacerlo —contestó ella rápidamente—. No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a Jiraiya. Supongo que hice mal y debí denunciarle en cuanto llegamos, pero tuve miedo.
—¿Miedo de qué, Hinata? ¡Él era el que tenía que temer las consecuencias de su comportamiento!
Hinata se encogió de hombros.
—Supongo que estoy demasiado acostumbrada a que la gente no crea en mi palabra.
—Pues cuando Naruto vuelva…
—¡No! —exclamó—. No debes decirle nada. Todo aquello ya pasó y ese hombre ya no puede hacerme nada.
—¿Se marchó de Konoha's Valley? —preguntó Shion, esperanzada.
Hinata dudó, pero al final decidió que una mentira piadosa era lo mejor en ese momento. Cuanto menos supiera su amiga de ese individuo indeseable, más protegida estaría de él.
—Sí, lo cierto es que no lo he vuelto a ver.
Shion asintió, confiando en sus palabras.
—Pues mejor. Y allá tú si no quieres contárselo a Naruto Por lo poco que le conozco, creo que sabría comprenderte mejor de lo que piensas.
Tras sus palabras, Shion se encaminó hacia el dormitorio con gesto cansado, aceptando la sugerencia de Hinata.
—Me echaré un ratito en la cama con Sarada, si no te importa ¡Estoy agotada!
—No me importa en absoluto —le dijo, con una sonrisa—. Yo iré a buscar a Jiraiya. Por mucho que ese monstruo se merezca estar atado a un árbol, ya es hora de que le contemos al patrón lo sucedido.
Fue hasta el pueblo y buscó al patrón por todos lados, sin conseguir dar con él. Mei le informó de que una partida de hombres había salido en su busca, con Jiraiya y Naruto a la cabeza. El corazón de Hinata se disparó al enterarse. ¿Naruto había salido a buscarla?
Aquello corroboraba lo que su amiga Shion había tratado de meterle en la cabeza: sí le importaba. Y ella estaba deseando que los vaqueros regresaran para dar a su esposo la noticia de que había rescatado a Sarada. ¿Qué cara pondría Naruto al enterarse de que la pequeña estaba a salvo?
Con una sonrisa en la cara, Hinata salió del salón de la madame y se encaminó de nuevo hacia su casa. Por el bien de Garret, esperaba que Curtis regresara pronto. Si aquel demonio permanecía mucho más tiempo atado en el árbol, era probable que algún oso terminara con él. Algo que, en realidad, no le preocupaba tanto…
Mientras caminaba calle arriba, tuvo un extraño escalofrío. De algún modo, Hinata presentía una amenaza que no lograba identificar pero que la azuzaba con persistencia. Algo no marchaba bien, algo seguía proyectando un absurdo pánico en su corazón. Cerró los ojos y se abandonó a ese sentimiento, esperando que una de sus visiones iluminara su mente para darle la respuesta.
Pero no ocurrió nada.
—Esto no funciona así —se dijo, hablando consigo misma—. Las visiones te importunan cuando menos lo deseas, pero cuando las necesitas de verdad, simplemente, no tienen el detalle de aparecer.
Al llegar a la cabaña, Shion y la pequeña aún dormían. Hinata supo que no podía sentarse a esperar; estaba demasiado nerviosa.
Decidió acercarse a la poza a darse un buen baño. Lo necesitaba y eso la entretendría hasta que los hombres regresaran.
Cuando alcanzó su destino, la quietud y la belleza del lugar volvieron a fascinarla. Las aguas estaban calmas y los rayos de sol se reflejaban en su superficie creando miríadas de luces brillantes que hipnotizaban.
No lo pensó más y se introdujo en el agua vestida tan solo con sus enaguas y la camisa interior. Hubiera preferido uno de los baños calientes de la señora LeFleur, ya que seguramente sus entumecidos músculos lo hubiesen agradecido mucho más, pero tuvo que conformarse con el agua helada y transparente. Se frotó con el jabón y puso un cuidado especial en el pelo. Se zambulló después, eliminando toda la espuma, y decidió no alargarlo más. Aquel zumbido de alarma que se había instalado en su pecho mientras caminaba por Konoha's Valley se acrecentaba a cada segundo. Era imperante que se reuniera de nuevo con Shion y la pequeña.
Al salir, una brisa fresca consiguió que se estremeciera de pies a cabeza. Cogió su toalla y se envolvió con ella, agradecida.
—¿Necesitas ayuda?
La voz masculina la paralizó. Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando reconoció el tono ronco de Naruto y casi tuvo miedo de girarse para comprobarlo. Si no era él, se moriría de la decepción.
Cuando sus ojos se encontraron, algo estalló dentro del pecho de Hinata. Una calidez insospechada que le quitó de golpe todo el frío que sentía.
No podía creerlo. La imagen de su esposo plantado allí, a pocos metros de ella, la dejaba sin aliento. ¿Era tan guapo cuando se despidieron hacía ya… tanto tiempo? No habían pasado ni dos días, pero sentía que llevaba meses sin verle.
El rostro masculino manifestaba síntomas claros de agotamiento.
Su mentón estaba oscurecido por la incipiente barba, su ropa sucia y arrugada. Y sus ojos… ¡aquellos ojos la estaban devorando! Hinata volvió a estremecerse, pero esta vez supo sin lugar a dudas que no era el frío. Deseaba que su esposo la estrechara entre sus brazos con una urgencia dolorosa.
—Te necesito a ti —respondió a su pregunta, sin poder contenerse.
El corazón de Naruto latía desbocado. Apenas podía creer la bella imagen que tenía ante él: su increíble mujer mojada toda entera, con la fina tela de su camisa pegándose a sus deliciosos pechos y las enaguas empapadas que trasparentaban la piel de sus muslos. Pero, lo que más le turbó, fue aquella frase. Naruto notó cómo su cuerpo respondía a ese susurro enamorado, calentándose, y se aproximó a ella para estrecharla entre sus brazos.
Le aplastó la boca con un beso hambriento y ella respondió gozosa, pegando el cuerpo mojado al suyo. Lo abrazó, notando el calor de aquel pecho amplio, y sus piernas flaquearon cuando él la sujetó apretando fuertemente sus nalgas empapadas.
— Naruto… —jadeó, cuando sintió la dureza de él a través de los pantalones, buscándola.
—Estás aquí… —murmuró él contra su boca—. Estás en casa. Te he buscado por todas partes, me estaba volviendo loco… —apoyó la frente sobre la de Hinata y suspiró al tiempo que le acariciaba la cara, sorprendido de su propio alivio al saberla sana y sana—. Creí que te había perdido para siempre.
— Naruto… — Hinata estaba emocionada. Era cierto, su esposo había salido a buscarla, había ido tras ella dispuesto a obligarla a regresar.
Le pasó la yema de los dedos por la nuca y frotó su nariz contra el áspero mentón, disfrutando con el contacto. El vaquero la abrazó con más fuerza, como si quisiera fundirla con su propio cuerpo. La besó de nuevo, invadiendo con su lengua la tierna boca, saboreando sus labios, deleitándose con la tibieza de su cálido aliento.
Una de las manos masculinas, osada y pretenciosa, ascendió lentamente por su talle hasta llegar a uno de los pechos, que reaccionó estremeciéndose al contacto con los dedos de Naruto. Él sonrió contra su boca, satisfecho con la respuesta del cuerpo de la mujer. Lo deseaba. Acarició y masajeó el pezón hasta que Hinata no pudo contener un gemido de placer, exigiendo más.
El vaquero abandonó los labios femeninos para descender con la boca por su barbilla y su cuello, dejando un rastro de fuego líquido con su lengua, marcando aquella exquisita piel con pequeñas y dulces dentelladas. Y continuó bajando por su hombro decidido a llegar al destino que lo estaba reclamando mientras escuchaba los ahogados jadeos de Hinata, que tironeaba de su cabeza para guiarle hasta donde ella deseaba. Naruto la torturó un poco más entreteniéndose en su clavícula hasta que, finalmente, bajó la boca hasta uno de sus pezones. Lo atrapó con los dientes a través de la tela mojada y la mujer ronroneó, echando la cabeza hacia atrás. Naruto le procuró las atenciones que reclama con sumo gusto y después, pasó la boca al otro pezón, que esperaba endurecido para ser acariciado con la misma pasión. En esta ocasión, el gemido de placer que brotó de la garganta de la mujer azuzó el deseo de Naruto, tornándolo doloroso.
Además, ella pegó aún más sus caderas a la entrepierna masculina, frotándose y buscándole con desesperación.
—Creo que voy a hacerte el amor aquí mismo, cariño. Me estás enloqueciendo.
Hinata asintió con énfasis, deseosa de que Naruto la tomase con esa furia apasionada que recordaba. Estaba ansiosa por sentirlo dentro. Nunca antes había experimentado nada igual, se sentía húmeda, preparada, y lo necesitaba ya.
Sin embargo, algo perforó la nebulosa de deseo que la consumía e iluminó su conciencia, enfriándola de golpe.
—¡No! ¡No podemos!
Se separó de él con brusquedad, dejando a Naruto invadido por la más absoluta frustración.
—¿Qué ocurre? —preguntó, con los ojos vidriosos—. ¿Aún estás molesta conmigo?
Ella no comprendía a qué venía esa pregunta.
—¿Por qué habría de estarlo?
—Por cómo me marché. Pensé… Pensé que estarías enfadada por no haberte creído y por seguir empeñado en que Sarada estaba muerta —explicó él—. Por eso huiste con Shion, ¿verdad?
Hinata recordó de pronto lo dolida que se había sentido aquel día y lo apartó de un empujón.
—Pues, ahora que lo dices, debería estar furiosa, asno sin sentimientos —le espetó.
La consternación en sus ojos cobalto la pilló por sorpresa y se arrepintió. La cara contrita de Naruto demostraba lo mucho que lo sentía y deseó borrar aquel último comentario. Se lanzó otra vez a sus brazos, no quería que volviera a separarse de ella… jamás.
—Pero no lo estoy, no lo estoy —le dijo, obsequiándole con una lluvia de besos sobre el cuello y el mentón.
—Me vuelves loco, mujer. ¿En qué quedamos?
La frustración que sentía y la necesidad que tenía de ella hicieron que su tono sonase irritado.
La joven lo notó y volvió a separarse, mirándolo con los ojos entrecerrados. Él podía ir y venir a su antojo… ¿y ella no podía cambiar de idea? Y para colmo, seguía sin aprenderse su nombre. Ella lo adoraba y él continuaba llamándola mujer.
—Mi nombre es Hinata. Hinata, Hinata… —espetó, furiosa, clavándole el dedo índice en el pecho—. ¿Cuándo vas a aprendértelo?
Naruto se quedó estupefacto ante su estallido. ¡Estaba adorable cuando se enfadaba de esa manera! Y tenía razón, no debería haberle hablado así. Pero era demasiado doloroso tenerla tan cerca, estar tan duro y no poder hundirse en ella como estaba deseando. No entendía lo que le pasaba, por qué de pronto la necesidad física que sentía gobernaba de un modo tan aplastante su voluntad. Volvió a tomarla entre sus brazos, en esta ocasión con dulzura, y devoró aquella boca protestona de labios suaves.
—Dime, Hinata, mi Hinata… —murmuró entre besos—, ¿por qué no puedo amarte como te mereces, aquí, ahora, sobre la hierba húmeda?
A ella le costó hilar los pensamientos para formar una frase coherente. Aquellas palabras susurradas contra su boca acariciaron sus sentidos y consiguieron estremecerla. Tembló entre sus brazos.
¡Demonios, Naruto besaba tan bien! ¡Cuando quería era tan tierno!
—Pues… —comenzó, haciendo un esfuerzo supremo por sacar las palabras de su cabeza e ignorar el fuego que el hombre había encendido en su interior—, porque debemos regresar. Tengo… tengo que comprobar si ellas están bien.
—¿Ellas?
— Shion y Sarada. Ellas.
Naruto se quedó muy quieto, pasmado, y le tomó la cara entre las manos. Hinata no podía describir el brillo de sus ojos cuando la miró. Alegría, impaciencia, incredulidad… Todo junto, todo revuelto en el océano azul de sus pupilas.
—¿Sarada está viva? ¿De verdad… de verdad has conseguido traerla a casa, sana y salva?
A Hinata se le hizo un nudo en la garganta ante el tono agradecido y ronco de Naruto.
—¿No la has visto? —le preguntó.
—No. No he llegado hasta casa. Te vi desde mi caballo cuando llegábamos y me desvié. Jiraiya se marchó directamente al pueblo. Llevaba en su grupa el cadáver de Garret.
Hinata palideció de golpe y dio un paso atrás.
—¿Qué?
—Encontramos a Deidara Garret muerto, atado a un árbol. Le habían acribillado a balazos.
—En el estómago —concluyó Hinata, que comenzó a temblar con violencia ante aquella información.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Naruto, sujetándola por los hombros—. ¿Acaso habéis sido vosotras?
—¡No! Cuando nos marchamos de allí lo dejamos atado al árbol, cierto. Pero estaba vivo —susurró, cayendo de rodillas al suelo—. Estaba vivo…
Hinata se abrazaba el cuerpo y se frotaba los brazos con las manos. De repente, tenía mucho frío. Naruto se acercó a ella y se arrodilló a su lado para abrazarla con fuerza.
—Shhh, te creo. Ni Shion ni tú habéis podido hacer algo tan cruel. Sea quien sea, os iba siguiendo. Primero encontramos un cuerpo en la cabaña donde imagino que tenían a Sarada…
— Nagato —apuntó Hinata, con un hilo de voz.
Naruto asintió, aunque en realidad él no sabía quién era ese tipo. Al parecer, las mujeres sí habían tenido la ocasión de hablar con él.
—Y luego encontramos a Deidara.
Era de locos. Entonces, alguien las había estado siguiendo y estaba matando a todo aquel que encontraba en su camino… ¡Un momento! El miedo que había estado presintiendo desde hacía unas horas se acrecentó. ¡Eso era! Hinata se puso de pie con determinación y Naruto la imitó.
—¡Tenemos que volver! —exclamó, buscando con ojos frenéticos el caballo de su esposo—. Ellas están en la cabaña durmiendo, y si ese asesino nos ha seguido hasta aquí…
No tuvo que continuar. El rostro de Naruto mostró por unos segundos la misma alarma que el de Hinata. Luego, se oscureció peligrosamente.
—Corre —exclamó, cogiéndola de la mano para arrastrarla hasta Kyuubi—. Ahora que sé que mi ahijada está viva no permitiré que nadie más vuelva a hacerle daño.
Naruto saltó sobre su montura mientras Hinata se ponía de mala manera la camisa y los pantalones. El vaquero, impaciente, la cogió por la cintura y la colocó con brusquedad en su regazo. Espoleó a Kyuubi y no esperó a que Hinata se sujetara, aunque ella, al sentir el arranque del caballo, se aferró al cuerpo de su esposo con toda su alma. Su corazón latía con violencia por miedo a que algo malo les hubiera ocurrido a Shion y a Sarada. ¿Llegarían a tiempo para salvarlas?
Cerró los ojos y rezó. Rezó con todas sus fuerzas.
Continuará...
