Hetalia no me pertenece bla bla bla, este es de su respectivo creador.
Abrió los ojos, el cielo estaba nublado, gris. La niebla fría y espesa la rodeaba. Los árboles marchitos, con ramas parecidas a dedos esqueléticos se mecían con suavidad de un lado a otro. Francine se puso de pie, aturdida, sin saber a donde ir.
Pasados unos instantes, un cuervo voló encima suyo y se posó en una de las ramas. Luego otro hizo lo mismo, en un árbol más lejano. Le siguieron más cuervos que apostados en las ramas comenzaron a formar una especie de sendero.
La francesa empezó a caminar, siguiendo la guía de las aves que pasado un tiempo, empezaron a graznar.
Anduvo por bastante rato, entre árboles secos que comenzaban a aumentar y a estrechar el camino a medida que avanzaba. El terreno que pisaba empezó a inclinarse poco a poco hacia arriba. Con dificultad prácticamente trepó por el último tramo. Por fin estuvo encima de la colina. Los cuervos graznaban enloquecidos, volando en círculos sobre ella. La niebla se espesó aún mas.
—¿Francine?—Una voz masculina se alzó en medio de toda la cacofonía instigada por los pájaros.—Francine... ¡Francine! ¡Tienes que despertar!
La aludida volteó en todas direcciones, intentado encontrar al hombre que le hablaba. No lo logró. Los cuervos terminaron por bajar de cielo, la rodearon y ella pronto quedó sumergida en un vendaval de niebla y plumas negras. Después y poco a poco todo se transformó en oscuridad.
Despertó en una cama de hospital, con tubos y cables conectados a ella. Intento incorporarse pero no lo consiguió. Los recuerdos empezaron a asaltar su memoria. La sangre, el dolor, el abandono de Arthur. Aunque este último parecía haber regresado por ella.
Llevo una mano a su vientre, preguntándose si lo que estaba creciendo en el había muerto. No logro sentir nada. Se subió la bata e intento mirarse el estómago. La vista se le empañó, rompiendo a llorar, lamentándose por no haber actuado pronto y acudir a un médico en cuanto el sangrado había comenzado.
Ahora su bebé estaba muerto por su culpa.
Lloro amargamente. Su ritmo cardíaco se aceleró. La máquina comenzó a lanzar pitidos que pareció alertar a quienes la atendían ya que, segundos después, una enfermera entró a su cuarto. Enseguida de ella, Arthur apareció. El hombre lucia hecho un desastre, con el cabello despeinado, ojeras prominentes en las cuencas de sus ojos, mismos que estaban inyectados en sangre e hinchados. Kirkland se sentó a un lado de Fran. Ella permitió que el le tomara de la mano.
—Mi bebé, Arthur.— La mujer sollozo .— Nuestro bebé está muerto por mi culpa.
—Shh, shh. Tranquila.— El hombre depositó un beso en su frente y la abrazó.—Todo estará bien.
La enfermera de cabello castaño y ojos avellana se sentó de inmediato a su lado. Preguntándole si le dolía algo o si alguna aguja se había desconectado de ella.
Francine no fue capaz de responder. Las lágrimas caían por sus mejillas, acunaba su vientre y pedía perdón. Pidió perdón en reiteradas ocasiones.
La joven le miró. Parecía comprender lo que estaba sucediendo.
—Deberías recostarte.—Comentó con dulzura.
Francine obedeció. Unos segundos después sintió que la enfermera retiraba su mano del vientre. Levantó la bata y aplicó un gel que hizo que Fran se estremeciera.
—¿Que estas haciendo?—Pregunto la francesa.—Yo se lo qué pasó, lo perdí y ahora estoy vacía, no hay necesidad de enseñarme el hueco que quedó.
La mujer negó con la cabeza, realizando la ecografía pese a las protestas de Fran.
—Por favor mira el monitor.
La rubia frunció el ceño. No tenia conocimiento alguno sobre ultrasonidos y no lograba distinguir nada.
—Aquí está uno de tus bebés.—Dijo la enfermera señalando la pantalla.— ¿Escuchas su corazón? Es un latido constante.
—¿Uno de mis bebés?—Pregunto Francine con su incredulidad.
—Llevas mellizos. Aquí está el otro.
Los ojos de la francesa volvieron a anegarse en lágrimas. Una sonrisa se extendió por su rostro.
—Ambos están saludables, calculamos que están en la onceava semana de gestación. A pesar del sangrado ambas placentas se encuentran en su lugar. Estarás en observación por un par de días más y después de que te demos el alta tendrás que guardar reposo absoluto. Nada de esfuerzos físicos ni emociones fuertes.
—¿Mellizos?.—Preguntó ella aún sintiendose incrédula.
La joven enfermera asintió y le sonrió. Limpió el gel para después revisar que todo lo que estaba conectado a la francesa estuviera en su sitio. Finalmente salió de la habitación.
Pasada la conmoción inicial Francine colocó una mano en su vientre, se atrevió a esbozar una sonrisa. Once semanas de embarazo. Mellizos. Si todo salía bien tendría un par de bebés a mediados del verano. Giró su cabeza hacia la derecha. En su ensoñacion se le había olvidado que Arthur estaba junto a ella. El la observo. Sonrió de lado, aunque la alegría no lograba llegar a los ojos verdes que le observaban con pesar.
Ambos sabían que tenían una charla pendiente, pero este no era el lugar ni el momento indicados.
—Gracias. Por volver.
El británico negó con la cabeza, sus ojos se llenaron de lágrimas. Después sollozó. Francine, a pesar de sentirse aún débil extendió sus brazos. Arthur acudió a ellos.
—Prometí que nunca te abandonaría y fallé.
Volvieron al cabo de unos días, el departamento de sentía diferente.
Fran creyó que era por el hecho de que estaba a nada de dejar de considerarlo su hogar.
Se sentó en una de las sillas frente al comedor. Arthur puso a calentar agua dispuesto a prepararse un té. Tomó asiento a un lado de la mujer, en espera de que el líquido hirviera.
Se sentía tan cansado, tanto física como mentalmente al punto en que todas sus energías se enfocaban en no quedarse dormido.
Bonnefoy le miró.
—No tenemos que hacer esto.—La tranquila pero firme voz de la francesa llamó de inmediato su atención.—Se que los dos tenemos nuestra parte de responsabilidad ... o de culpa, pero no hay porque compartirla.
Arthur frunció el ceño.
—¿A que te refieres Bonnefoy?
La mujer suspiró.
—Estoy ganando lo suficiente como para alquilar un departamento y seré capaz de mantener a los niños por mi cuenta una vez que nazcan.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Y por qué eso es relevante?
Francine hizo una pausa, meditando por un momento en cómo responder a esa pregunta. Al final, respondió de manera concisa.
—Es obvio que no estás contento con esto y lo que menos quiero es obligarte a estar conmigo a causa de los niños.—Se aclaro o garganta, intentado atenuar el nudo que en ella empezaba a formarse.—Creo que ninguno de nosotros merece amargarse la vida así. Quizá lo mejor será que me aleje y eso podrá dejarte poner las cosas en perspectiva. Si quieres ser parte de la familia no te voy a detener...
—No.
Francine le miró. Haciendo caso omiso a la negativa de Kirkland.
—Siento que si me alejo puede que nos ayude a comprender lo que queremos. Ver si estamos preparados para afrontar juntos estos desafíos o si sería mejor el permanecer separados.
Arthur negó con la cabeza.
—¿Que demonios estás diciendo Francine?— El la observó, sintiéndose herido.—Tu no puedes irte, no voy a dejar que vayas.
El hombre se levantó, hizo la silla a un lado y se arrodilló frente a Francine.
—Prometí, prometí que nunca te abandonaría. Fallé y no quiero volver a hacerlo jamás. Francine, estoy enamorado de ti, lo cual es increíble ya que pensé que nunca volvería a amar de nuevo. No quiero que te vayas, no quiero estar contigo solo por los niños. Se que no lo parece pero aunque no los esperaba no significa que no los ame. Fran, quiero estar contigo porque te amo...—El la tomo de las manos.—No creí ser capaz de sentir tanto amor por ti Francine, yo estaba muerto cuando llegaste al pub. Me devolviste la vida, con tu comida, los bailes, la música. Me has dado el valor de seguir adelante con mi vida y no imagino un futuro en el que no estes conmigo. Dime Francine, ¿Te quieres casar conmigo?
La chica le miró incrédula. Había deseado escuchar tanto esas palabras y ahora que habían sido pronunciadas, se obligó a entender que la propuesta era por obligación y no por amor.
—Arthur...yo...—La mujer negó con la
cabeza.— Todos los males que me han aquejado se originaron por un matrimonio que se llevó a cabo por obligación y porque mis padres son personas espantosas...
—For heaven sake, lo sé Francine, pero esto es diferente. Yo no me siento obligado.—Kirkland metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sacando la sortija con desesperación. La colocó en la palma de su mano.—He estado planeando todo esto desde hace varias semanas. Le pedí a Feliks que me ayudara con la lasaña porque quería sorprenderte, fui a Australia por el anillo de compromiso de mi madre, preparé la cena y estaba a punto de proponértelo pero, pero cuando... cuando me dijiste sobre el bebé yo... sentí mucho miedo.
Arthur suspiró, la voz se le entrecortó.
—Pero, en el instante en que salí por la puerta supe que estaba actuando como un imbecil, de inmediato supe que me había equivocado y no sabes cuanto siento el haberte dejado yo... cuando te vi en el suelo, con la ropa ensangrentada, creí que iba a perderte.
Las lágrimas silenciosas comenzaron a recorrer sus mejillas, incapaz de seguir hablando. El hombre colocó su cabeza en el regazo de la joven y ella cómo pudo lo abrazó.
—Pero volviste.—Murmuró Fran con dulzura.—Regresaste, nos salvaste. A los tres.
—Y ahora estás queriéndote ir.
—Me has abierto tu corazón. No te dejare mon amour, nunca.
El inglés alzó la mirada, ella limpió las lágrimas de sus mejillas, después lo besó en los labios para luego juntar sus frentes.
Permanecieron en silencio por breves instantes. Hasta que ella decidió romper la quietud.
—¿Estas seguro?—Inquirio la francesa.—Una vez que ese anillo esté en mi dedo anular, ya no habrá marcha atrás, a menos que te enamores de alguien más o alguno de los dos muera, estaremos juntos.
Arthur ahogo una risa.
—Entonces la muerte será lo único que nos separe.—El hombre acarició su mejilla.—Y aquel suceso solo haría nuestra separación algo temporal. Tarde o temprano volveríamos a estar juntos y será para toda la eternidad.
La joven sonrió de oreja a oreja.
—¿De donde sacas frases tan bonitas?
—Se te olvida que deje a medio cursar mi carrera en letras.
Volvieron a besarse. Lento, disfrutando de la calma que la vida les había concedido. Finalmente, el tomó su mano y deslizó la sortija.
—Quiero que la boda sea después del nacimiento.— Murmuro Fran con una mirada soñadora.— Quiero lucir un hermoso vestido. Invitar a todos nuestros seres queridos.
El hombre le sonrió, acariciando con cariño su mejilla.
—Como usted ordene. Señora Kirkland.
Debido al delicado estado de salud de Fran, y el cierto grado de incertidumbre que pesaba sobre su embarazo, decidieron que por el momento solo cuatro personas podrían saberlo.
En cuanto la gestación progresará de manera óptima y la barriga de Fran comenzara a crecer hasta hacerse notar, ellos compartirían las noticias con los demás, hasta entonces se lo hicieron saber a Sara, ya que Francine iba a dejar de trabajar con ella por un tiempo.
La mexicana solo pudo llorar conmovida mientras abrazaba a su amiga. Declarando dos cosas, una, que ella tendría su puesto en el momento en que pudiera regresar y dos, que sería madrina de ambos bebés.
Isabel, su madre, la persona con la que Fran podía contar de manera incondicional.
La española, mediante una videoconferencia, le trasmitió toda la calidez y calma posible. Reiterando su apoyo absoluto. Francine le pidió también que, cuando su fecha de parto se aproximara, ella viniera a verla. Quería que estuviera presente cuando diera a luz. Después de todo, la francesa deseaba que su madre estuviera con ella en esos momentos.
Desde luego que Isa aceptó.
Ahora bien, Jaime y Gwen eran un caso completamente distinto.
Francine esperaba una reacción calurosa y llena de entusiasmo típica de ambos ante la buena nueva, pero no. La poco fría la respuesta de los adultos le tomó por sorpresa, parecía que no querían encariñarse o dar por sentado la existencia de sus futuros hijos. Algo parecido sucedía con Arthur.
Se recordó qué tal vez era por el hecho de que pudo haber perdido a los mellizos y de que en si su embarazo no sería fácil. Y, si algo malo llegaba a pasar, la perdida no se sentiría tanto si no había un lazo afectivo con los nonatos.
Fran lo entendió. Compendio el hecho de que quisieran ahorrarse algo de sufrimiento. Ella ya sentía un amor irrevocable por ellos, y si algo les llegará a pasar a sus pequeños, estaba segura de que la pena y la tristeza la consumirían al igual que la muerte de la pequeña Elia terminó destruyendo a la otra Francine.
A mediados de Abril sintió la primera patada.
Sucedió en el hogar de Jaime, mientras el le contaba una interesante historia un meteoro. Ambos estaban sentados en mecedoras frente al jardín mientras Gwen y Arthur preparaban el almuerzo. Mientras Howlett le hablaba de dos cráteres creados por aquel asteroide, ella lo escuchó con interés hasta que el movimiento dentro de ella la sorprendió.
Se quedó absorta, sintiendo el movimiento. Llevo una mano hacia su barriga.
Su vientre ya había crecido considerablemente aunque con playeras holgadas o abrigos voluminosos aún podía pasar desapercibido.
Aquel gesto no pasó desapercibido a los ojos del noruego.
—Babygirl Esta, ¿está todo bien?
La mujer salió de su ensoñación.
—Si, es solo que, parece que les gusta tu historia.—Francine sonrió de oreja a oreja.— Están pateándome.
Jaime se enterneció, no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Pero continúa, ¿como se llamaban aquellos cráteres?
Dos semanas después supo que llevaba un niño y una niña.
Estaba recostada en la cama, mientras el británico preparaba la cena. Ambos habían ido al hospital para su chequeo. Tanto la madre como los niños estaban en un óptimo estado de salud. Les informaron el sexo de los bebés y de los cuidados que debía de tomar la mujer a medida que la gestación avanzaba.
Encendió la televisión, poniendo el canal clásico de MTV. Europe estaba interpretando "The Final Countdown"
El sonido de aquel sintetizador, por alguna razón, le hizo recordar la historia que Jaime le había contado hacia un par de semanas atrás.
—Le falta poco a la pasta.— Arthur le informo desde la puerta, recargándose en el marco. Vio a su novia embelesada en el televisor. Escuchado aquella canción ochentera.—Tierra llamando a rana, ¿estás bien?
Sin despegar su mirada de la pantalla la mujer hablo.
—Ven.
El hombre la miró extrañado, aún así camino hacia ella y terminó acostándose a un lado.
Francine tomó una de sus manos y la colocó en su vientre.
—Les gusta tu voz. Apenas me hablaste comenzaron a moverse.
Arthur sintió los movimientos en la palma de su mano, sonriendo, haciendo de lado el sentimiento de incertidumbre que lo embargo desde que supo que ellos venían en camino.
—Estaba pensando, en Målingen y Lockne.
—¿Que?
—Si, Jaime me contó que son el nombre de dos cráteres suecos creados por mismo el asteroide.
—Son un poco extraños.
—Oh vamos, sentí la primera patada cuando Jaime me relataba esa historia. Además, si mis cálculos no me fallan, concebimos a estos niños la noche en que cante canciones de ABBA y ellos son...
—De Suecia.—Arthur completo la frase, soltando una risa.— Bien, te dejare nombrarlos así, pero yo tengo dos sugerencias más. Alfred y Madeleine.
Francine lo medito.
—Alfred Målingen, Madeleine Lockne. Me gusta como suenan.
Kirkland sintió a los niños moverse aún más.
—Parece que a ellos también.
La francesa besó a Arthur, acariciando su mejilla. Cuanto el contacto se detuvo, el hombre la abrazó. Continuaron en relativa calma hasta que un olor a quemado llegó a sus narices. El inglés se levantó en seguida. Pero ya era tarde.
Esa noche terminaron cenando comida china.
Francine tenía casi siete meses de gestación cuando el cumpleaños de Arthur llegó. Aquella celebración distaba por mucho del salvajismo de años anteriores. Era menos gente, la multitud compuesta por los moteros de la banda de Jaime, una grupo de seis personas (todos ellos conocidos del noruego) que aspiraban a unirse a sus filas y Rómulo con sus compinches.
Feliks había montado el equipo de sonido. La música estaba más orientada a los clásicos ochenteros, con una que otra balada de los noventas. Aquella moderación, imposible de encontrar en el polaco, era auspiciada por los dos jóvenes que lo acompañaban. Un muchacho rubio de ojos celestes, quien llevaba del brazo a una chica increíblemente pálida y pelirroja, con el cabello recogido y salpicado de broches con piedras azules.
Francine terminó de decorar el pastel, colocándolo en un carrito que habría de llevar a la mesa principal. Salió de la cocina, abriéndose paso por el sitio.
Vio a Jaime charlando amenamente con otro motero más fornido, alto y viejo que el. A cada risa la barba y el cabello blancos de ese hombre se alborotaban, como si tuvieran vida propia.
A su lado, una joven rubia platicaba con una mujer alta, de cuerpo espectacular y tez morena. El cabello carmesí le caía sobre la espalda, como si de una cascada se tratase.
La francesa siguió avanzando, hasta llegar con su marido. El la recibió con un beso, ayudándola a colocar el pastel sobre la mesa. Le sonrió al ver que se trataba del mismo pastel que ella le hizo cuando se conocieron.
—Vengan chicos.—Hablo el hombre con barba blanca.—Entonemos un feliz cumpleaños digno de Arthur Kirkland.
La música se detuvo, Francine encendió el número 37 sobre el pastel. Se apagaron las luces del pub y cuando hubo concluido la canción, y Arthur soplado la vela, estas volvieron a encenderse.
—Bien, es hora de tomar la fotografía.—Jaime se hizo oír entre el bullicio.— Rómulo, toma la cámara, Arthur, quédate en el centro, abraza a Francine. Daruk, detrás de nosotros. Zelda y Bessie en el lado izquierdo. Mipha y Link en el derecho. ¡Revali! Despega el trasero de la barra, nadie te va a morder.
Un hombre bastante alto, con el cabello negro azabache se dirigió hacia ellos, colocándose a un lado de Daruk. Jaime hizo lo mismo en el lado contrario.
El singular grupo apenas y cabía en la lente de la cámara, la instantánea fue tomada. A pesar de que se sentían amontonados, todos en la fotografía estaban sonriendo.
La francesa colocó la fotografía en el mural del pub, deteniéndose a observar las demás. Una captó su atención en especial. La del día en que llego allí, justo con ella y el inglés en el centro. Le resultaba increíble que apenas hubiesen pasado tres años desde aquello.
Francine sentía que había pasado toda una vida viviendo al lado Arthur.
GG! Feliz Año Nuevo xD
Que puedo decir, Star Wars y su horrible final no me quitaron tanto la inspiración como pensé. Culpo más a un Three Shot inspirado en "Fuego de infierno" de la película "El jorobado de notre-dame" y al maravilloso The Legend of Zelda: Breath of the Wild.
(Empece el año terminando los putos 120 santuarios xD)
Esto ya por fin se está acabando, agradezco a quienes se siguen tomando el tiempo de leer esto a pesar de que este fandom ya está más muerto que Ben Solo y Daenerys Targaryen *cries in spanish*.
De verdad muchas gracias.
El título del capítulo corresponde a la canción homónima de Journey. Además de que tomó inspiración del tema principal de Silent Hill y True love waits de Radiohead.
