Jueves 2 de Julio 2015

Denver

Rachel Berry

21

Ni siquiera eran las 9 de la mañana, apenas había pasado una hora desde que lo despedí en el salón de mi casa y lo vi salir de casa con su maleta de viaje y ya había recibido un alud de mensajes que de nuevo, una vez más y ya había perdido la cuenta de las veces que hacía algo así, me obligaba a cambiar el rumbo de mi agenda de aquella mañana para detener mi mundo, y prestarle diez minutos de mi atención. Una vez más, otra vez en la que tuve que aceptar el juego favorito de mí marido que no era otro más que el dejarme con la curiosidad, con la intriga de no saber qué pretendía contarme a menos que estuviese frente a él, con la diferencia de que aquel día no me apetecía en absoluto jugar a aquello. No estaba de humor, ni me apetecía estarlo cuando tenía que fingir que nada sucedía y que por dentro no me moría de rabia. Una rabia contenida que llevaba guardando desde hacía dos días, y que terminé camuflando con otros sentimientos gracias a mi gran capacidad de distracción y entretenimiento.

Jesse volvía a pedirme que acudiese a la editorial con urgencia porque había algo que no podía decirme por teléfono y sí cara a cara, a pesar de que él ya tendría que estar rumbo al aeropuerto para tomar su vuelo a Nueva York, y reunirse con el representante de la Comic USA.

Ni siquiera con prisas llegaba a comprender que no era lógico que actuase como actuaba, que no era divertido tener que aplazar todos tus planes, aunque no los tuvieras, para atender su petición como si no hubiera nadie más en el mundo. Y lo peor es que ni siquiera teniendo esa excusa, yo era capaz de plantarle cara y decirle que no, que aquel día no desviaría mi camino y detendría mis pasos solo por su terquedad y su manía de no ser directo por teléfono. Sobre todo porque aquel día se presentaba bastante complicado en cuestión de trabajo.

Solo contemplar la mínima y lejana posibilidad de que hubiese surgido un cambio de planes, y ese vuelo que iba a tomar hacia la ciudad de los rascacielos no llegase a producirse, liberándolo durante todo el fin de semana para mi regocijo, me ayudó a recorrer aquellos escasos kilómetros que nos separaban sin maldecirme demasiado. Pero que esa posibilidad se llegase a concretar sería tener suerte, y yo nunca fui una chica con demasiada suerte.

Dejé de tenerla, o eso creí, el día exacto en el que olvidé por completo que el devenir de los días estaba relacionado con las conexiones, las conjunciones de los planetas y las constelaciones allí arriba, y opté por dejarlo todo en manos de las casualidades. Y sí, lógicamente sabía que el destino no estaba escrito en las estrellas, a menos científicamente era imposible de demostrar, y que no era más que una ilusión del ser humano por tener algo en lo que creer. Pero olvidarlo, dejar de creer en ello me convirtió en la clase de persona nunca quise ser. Y no lo evité. Permití que eso sucediese por tal de no tener que auto convencerme continuamente de los sucesos extraordinarios que empezaban a darse en mi vida, y que no harían otra cosa más que complicármela.

Pero aquello era otro asunto, otra historia que poco o nada tenía que ver con lo que a priori yo tenía que afrontar aquella mañana. Mi único objetivo no era otro más que averiguar qué diablos se traía mi marido entre manos a escasas dos horas de tomar un vuelo hacia Nueva York. Y eso me dispuse a descubrir cuando llegué a la editorial, olvidándome por completo que entre aquellas paredes estaba el único ser capaz de distraerme lo suficiente como para no pensar en que un año más, por quinta vez, iba a perderme la oportunidad de acudir a una convención de astronomía, y que ese vuelo que iba a tomar Jesse, deberían ser dos plazas de tren hacia Salt Lake City.

Cuando accedí al interior y me encontré con la sonrisa resplandeciente de la chica pelirroja de recepción, dejé de lamentarme. Supe que no tenía sentido hacerlo y que la vida, de alguna u otra manera, me terminaría compensando por toda la paciencia que derrochaba en mí día a día.

No importaba cuan mal te sintieses, si días antes había determinado que Quinn Fabray era un jodido agujero negro, como ella misma se había descrito, Jesse no podía ser otra cosa más que un agujero negro súper masivo con un brote estelar en el mismísimo centro de su galaxia. Un brote estelar en el que cientos o miles de estrellas giraban en torno a él, porque no había mayor poder de atracción y gravitatorio que lo que él desprendía a su alrededor. No había nada ni nadie que pudiese escapar a su poder de convicción para acceder a sus peticiones "sutiles", y yo siendo su mujer y estando enamorada de él, no iba a ser menos.

Y lo peor es que aun sabiéndolo, aun siendo consciente de la rabia que me provocaba que actuase de aquella forma, no podía evitarlo y terminaba accediendo sin más. Y él tampoco terminaba por cumplir su promesa de no hacerlo más. Por eso decidí no pensarlo más, y hacer de la sonrisa que me regaló la recepcionista nada más entrar, mi bálsamo de tranquilidad, mi remanente incansable de paciencia para parecer una persona normal y sensata. Lógicamente, no era consciente de lo que me aguardaba aquel día.

Me bastó llegar a mi objetivo para saber que la tranquilidad que me había auto provocado no iba a servir de mucho, ni me iba a ayudar a soportar una de las peores sensaciones que he tenido a lo largo de mi vida. Y no, nada tenía que ver con detener mi mundo una vez más por su intensidad. El malestar supremo, como terminé bautizándolo, llegó cuando dejé el ascensor para emprender el trayecto directo hacia el despacho de mi marido, y la vi a ella.

Juro que no sabría describir lo que me empujó, el pellizco que noté en mi estómago cuando la vi allí con el gesto completamente serio, escuchando con atención algo que Jesse le comentaba y que a juzgar por sus gestos supe que era importante, pero a poco o nada tuvo que ver con la desazón que sentí al ver como sus ojos me descubrían en la distancia, y la seriedad que había intuido se convertía en un gesto indescifrable para mí, y que me dolió como si estuviesen acabando con mi vida.

No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, pero cuando vi como Jesse me buscaba también con la mirada, supe que el culpable de lo que le podría estar sucediendo a Quinn para que me regalase aquella expresión, era él. Algo que definitivamente no me iba a gustar.

Aceleré el paso aun notando como mis piernas temblaban y me plante frente al despacho segundos antes de que Quinn saliese de él, e hiciera algo que de nuevo, y muy a mi pesar, me iba a desconcertar aún más; Saludarme con un buenos días, Rachel antes de esquivarme y perderse por el pasillo que yo misma había recorrido sin volver a mirarme una sola vez.

Un simple y seco buenos días que ni siquiera acompañó con una sonrisa. Un simple y soso buenos días después de casi una semana completa ayudándonos, compartiendo confidencias, cenas y abrazos. Una semana de mensajes, muchos mensajes de cariño y complicidad. Un simple y estúpido buenos días, Rachel que rápidamente relacioné con él, con mi marido. Con Jesse St. James y su mirada de corderito degollado antes de que siquiera supiese lo que había hecho.

Me mantuve firme y no salí corriendo detrás de ella para exigirle una explicación por aquel saludo, porque de haberlo hecho probablemente me hubieran tildado de loca, pero no porque no me apeteciera hacerlo. Y decidí que lo mejor era afrontar de una vez la celeridad de Jesse por tenerme frente a él y contarme eso que tenía que contarme antes de perder su avión con destino a la Gran Manzana. Así que no lo dudé, y me colé en su despacho con la coraza perfectamente colocada, con la pistola cargada y asegurándome que mi malestar ya empezaba a reflejarse en mi cara.

—Hey… Hola, has venido muy rápido…—Me dijo forzando una sonrisa que no me gustó en absoluto, y que me descompuso más aún si cabía tras el esquivo de Quinn.

—Me has pedido que venga rápido, además… Se supone que ya deberías estar de camino al aeropuerto. ¿Qué ocurre?

—Estoy esperando a Dumas, le he pedido que venga hasta aquí en vez de encontrarnos en el aeropuerto. –Balbuceó un tanto asustado por mi actitud, aunque no tardó en relajarse rápidamente.

—Oh… Ok, ¿Y bien? ¿Qué quieres de mí?—Insistí.

—Bueno… Siéntate, tenemos todavía unos minutos…

—Jesse, al grano—le indiqué rápidamente. Sabía perfectamente que no me gustaba en absoluto que jugase con la incertidumbre, y menos aún si estaba triste. Porque esa era la palabra para definir mi estado; Tristeza, o tal vez decepción. Cualquiera de las dos me valía, y cualquiera de las dos era motivo suficiente para que fuese consciente de que la incertidumbre no era un buen aliado mío en aquel instante.

—Ok… Ok. Si quieres que vaya al grano empieza a sonreír. Hay una posibilidad de que mañana por la mañanas asistas a esa conferencia de Jocelyn Bell en Salt Lake.—Soltó y todo el revuelo de contradicciones que se habían acumulado en mi estómago se detuvieron provocándome un shock mental que él entendió como sorpresa—¿Qué te parece?—añadió esperando mi reacción.

—¿Qué?—balbuceé.

—Bueno, el hecho de que yo no pueda ir, no significa que tú no puedas ir.

—Jesse… Jesse, ya hemos hablado de eso—lo interrumpí antes de que su palabrería volviese a ponerme en duda—No voy a ir a ningún lado sola, no quiero estar en Salt Lake City a solas, te lo he dicho.

—Lo sé, y por eso precisamente te he hecho llamar. Que yo no pueda ir no significa que alguien te pueda acompañar.

—¿Qué?—volví a insistir empezando a perder la paciencia. Tuvimos esa misma conversación el día después de saber que para poder hablar con el representante de la Comic USA, tenía que volar a Nueva York y olvidarse de nuestro viaje a Salt Lake City para asistir a la convención astronómica. Él estaba convencido de poder hacerlo, de olvidarse por completo del contrato y cumplir con su palabra de acompañarme, de hecho, eso fue lo que me hizo entender nada más saber la estúpida casualidad de fechas que nos arruinaban el viaje. Pero en aquel día, después de 24 horas en las que mantuvo su postura, y después de que yo misma le insistiera en que no podía dejar pasar la oportunidad de ir a convencer a ese representante, sí, yo misma lo insté a que se olvidase de la convención, Jesse aceptó mi propuesta y me prometió regresar lo más rápido posible para al menos poder disfrutar del 4 de Julio juntos.

Obviamente yo sabía que eso era una completa utopía, o tal vez hubiese una mínima posibilidad de que pudiese llegar a darse, pero convencernos de que sería así fue una buena manera de al menos de evitarnos más decepción de la que ya cargábamos ambos. Porque sí, porque a pesar de terminar haciendo lo que más le convenía a él, yo sabía que su consciencia le estaba jugando malas pasadas, y que haría todo lo posible por regresar de Nueva York con tiempo suficiente para, al menos, disfrutar de un par de días de relax junto a mí.

Sin embargo, no contaba con que hubiese pensado en la posibilidad de que viajase acompañada por otra persona o sola, porque ya lo habíamos hablado. No había nadie más en mi mundo que estuviese dispuesto a acompañarme, excepto mi madre o alguno de mis hermanos, y para mi desconsuelo no iban a estar disponibles. Aunque lo cierto es que ni siquiera me lo plantee. Y sola me negaba a ir, porque me hacía mal. Porque me sentía insegura estando a solas en un lugar así, a pesar de ser mi mundo. Por eso acordamos aquel plan, por eso llegamos a aquella conclusión que nos engañaba a los dos, pero nos permitía tomarnos aquellas circunstancias con otro ánimo, al menos uno frente al otro.

Estuve tres días camuflando la desilusión por saber que volvería a perderme la convención una vez más, por eso cuando lo escuché mencionar que aún estaba a tiempo de asistir a la conferencia de una de las mayores y mejores astrónomas del mundo, me permití el lujo de dudar y no caer rápidamente en la trampa. Porque de que había algún truco estaba completamente segura, y llevarme otra decepción no entraba dentro de mis planes.

—Rachel, la otra noche que estuve con Robert me confesó que algo no iba bien entre él y Quinn—comenzó a relatar y de repente toda mi curiosidad por el tema de la convención se desvaneció. Fue mencionarla y todo dejó de tener importancia, todo excepto ella claro.

—¿Qué?—balbuceé por tercera vez consecutiva, y por el rostro confuso de Jesse empecé a intuir que se estaba preocupando por mi estado. —¿Hablasteis de Quinn?—añadí tratando de parecer normal.—Me dijiste que simplemente habíais estado viendo el futbol y bebiendo cervezas.

—Cielo, los hombres también hablamos cuando vemos el futbol y tomamos cervezas.

—Pero no me dijiste nada de ella.

—Ya, porque Robert me pidió que no te dijese nada. Es… Bueno, él es mi amigo y a veces los amigos se cuentan confidencias ¿No? Seguro que ella te ha contado cosas de él y tú no me lo dices a mí. ¿Verdad?—Por supuesto, pensé, pero de mi voz no salió absolutamente nada que le hiciera creer que tenía razón. Me mantuve en silencio y fruncí el cejo esperando que creyese que aguardaba una respuesta, y dejase de dar vueltas con la cuestión que me planteaba. –Ok, no… No quiero preocuparte, porque sé que lo harás, pero te pido por favor que no le menciones nada de esto a Quinn.

—¿Nada de qué?

—Robert tiene dudas de ella.

—¿Qué? ¿Cómo que dudas? ¿Dudas de qué?—mascullé procurando parecer completamente incrédula. Lógicamente, yo sabía de esas dudas, porque ella misma me lo había confesado, pero ninguna de las dos, o al menos ella no me dijo nada, creíamos que Robert se percatase de tal hecho.

—Dudas de lo que ella pueda estar sintiendo. Cree… Cree que está agobiada con el tema de la mudanza y el trabajo, porque dejó muchas cosas en San Francisco y cree que no se siente bien del todo… Así que está preocupado.

—Oh… ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?—Solté sin pensar, dejando que mi subconsciente me jugase la peor de las jugadas.

—Nada—me dijo haciéndome ver que mi pregunta no tenía lógica ninguna en aquel asunto, de hecho, yo no fui consciente de ello hasta que vi su gesto confuso. —¿Qué va a tener eso que ver contigo? Son problemas suyos, y como sé que les está afectando… Sobre todo a Robert, he pensado que tal vez podría echarles una mano.

—¿Qué? ¿Cómo que una mano?

—Anoche se lo pregunté a Robert, y me ha dado el Ok. Dice que tal vez un par de días lejos de todo esto le puede venir bien.

—¿Cómo? ¿De qué estás hablando? ¿Le has dicho a Robert que me acompañe a la convención?

—¿A Robert? ¡No! A Quinn. A Robert le he pedido permiso para saber si le podía gustar o no la idea, y como me dijo que sí, que no había problema alguno, pues se lo he dicho a Quinn. Ella… Ella te puede acompañar.

—¡No!—exclamé casi por inercia, porque en ese preciso instante no era capaz de comprender lo que estaba sucediendo. Bueno, tal vez sí, pero no quería hacerlo por miedo a ilusionarme.

—¿No qué? ¿No quieres que ella te acompañe?—me preguntó de nuevo confuso por mi reacción.

—No, no me refiero a eso, me refiero a que… ¿De verdad le has pedido a Quinn que me acompañe?

—Sí. No sé, lo pensé anoche. No, no me siento bien marchándome a Nueva York sabiendo que te vas a perder algo tan importante para ti, y me acordé de Quinn… Le pregunté a Robert, me dio el Ok y hoy, nada más llegar lo he hablado con ella. Y está dispuesta.

—¿Qué has hablado con ella?—cuestioné, aunque mi tono sonó más a réplica. —¿Cómo que has hablado con ella? ¿Qué diablos le has dicho?

—Pues… Le he dicho que estaba dispuesto a darle un día de descanso y que si le apetecía acompañarte a la convención.

—No…

—Eh… Sí. Tampoco ha sido tan complicado, le he explicado la situación, obviamente le he omitido el hecho de haber hablado con Robert, y simplemente la he invitado a que te acompañe.

—Espera… Espera, ¿Cómo que la has invitado? Jesse… No la habrás puesto en el compromiso, ¿No?

—¿Compromiso?

—Sí, compromiso. Te recuerdo que me prometiste que no volverías a meterte en mis amistades.

—Sí, y no lo he hecho.

—Júramelo.

—¿Qué? Rachel, solo le he…

—Jesse, ¡no!

—¿No qué?

—Te pedí que no te metieras en mi relación con Quinn y tú la invitas a que me acompañe a la convención, ¿Por qué no puedo parar de imaginarme que más que invitarla la has "obligado" sutilmente?

—¿Qué? Rachel, no seas paranoica. No he obligado a Quinn a nada, de hecho, ni siquiera me ha respondido. Me ha dicho que cuando tú lo supieras y estuvieses de acuerdo, pues que entonces lo diría…

—Ok… Ok. Ahora mismo voy a solucionar esto—solté dejándolo completamente en shock. Y sí, lo hice sin pensar, o mejor dicho, sin pensar en él, porque mi mente no podía parar, no era capaz de centrarse y ayudarme a detenerme y pensar con calma. Porque la veía a ella, porque cinco minutos antes la había visto salir y su cara, completamente descompuesta o decepcionada, ya me estaba avisando de que algo no iba bien. Escuchar la historia que me acababa de contar de dio la explicación a esa actitud, y no estaba dispuesta a que volviese a pasar por la misma situación que semanas atrás, cuando tuvo que soportar como mi marido le pedía "sutilmente" que me diese una oportunidad como amiga.

—¿A dónde vas?—lo escuché decir justo cuando huía del despacho, y dirigía mis pasos hacia el de Quinn, donde por cómo me miraba, supuse que se había percatado de la situación en todo momento. Ni siquiera le respondí, me armé de valor, ese valor que me daba la vergüenza de imaginarme su cara al tener que aguantar un nuevo envite de Jesse, y me planté frente a ella sin siquiera saludar a Francesco, que un tanto extrañado nos miraba desde su lugar de trabajo.

— Quinn, ¿te importa acompañarme un minuto?

—¿Acompañarte?—balbuceó sin perder ese gesto de preocupación que se había instalado en su rostro y que me regalaba una imagen de ella completamente desconocida.

—Solo es un par de minutos. Necesito unos… Unos datos tuyos que me han pedido en recursos humanos y… ¿Puedes acompañarme, por favor?—Insistí sabiendo que por mucha excusa que pusiera para intentar camuflar nuestra relación a los ojos de Francesco, no me iba a creer. La celeridad de mi tono era mi mejor aliado para que reaccionase y accediera a mi petición sin hacer preguntas. Y Quinn, como buena amiga y chica inteligente, supo leer en mi rostro la necesidad que sentía por verme con ella a solas.

¿Dónde? No lo supe hasta que me vi andando por el pasillo notando sus pasos justos detrás de mí, y Jesse mirándome confuso desde su despacho, sabiendo que aquel asunto solo yo podía arreglarlo, a menos que quisiera sufrir las consecuencias de mi malestar por lo que supuse que había vuelto a hacer. Uno de los despachos de maquetación, justo los que quedaban más lejos de toda la vorágine de los trabajadores de los distintos departamentos, fue el elegido cuando pasamos justo por la puerta y supe que estaba vacío.

—¿Ocurre algo?—me dijo un tanto asustada siguiendo mis pasos hacia el interior de la habitación—¿Estás bien?

—Perfectamente. ¿Y tú?

—¿Yo? Pues… Sí, claro.

—No, no lo estás. Estás mintiendo—le solté casi sin que le diese tiempo a asimilar lo que estaba haciendo, bloqueándola contra la puerta que ya permanecía cerrada detrás de ella.

—¿Mintiendo? No entiendo, ¿A qué te refieres? Yo no estoy mintiendo…

—¿Qué te ha dicho Jesse? ¿Para qué te ha pedido que vayas a su despacho?

Dudó. La vi que dudó, tensó la mandíbula y tragó saliva haciéndome creer que una vez más, mi marido me decepcionaba al no cumplir su promesa. Y yo estuve a punto de gritar por la rabia que comencé a sentir, y que incluso me llevó a maldecirlo. Sin embargo, aquella sensación amarga y vergonzosa apenas me duró un par de segundos. Justo lo que ella tardó en responderme.

—Ok, Rachel… Yo, lo siento. Quiero decir, si no te apetece, si no quieres que yo te acompañe, solo dilo… Le he dicho a Jesse que no lo haría a menos que tú lo aceptases, pero…

—No, no… No estoy hablando de eso. –La interrumpí y su cejo volvió a fruncirse—Hablo de lo que te ha dicho Jesse. ¿Cómo te ha pedido que me acompañes?

—¿Qué?

—¿Qué te ha dicho? ¿Te ha insistido? ¿Te ha dicho que tenías que acompañarme por algún motivo? ¿Te he dado pena?

—¿Qué? ¡No!. Me… Me ha dicho lo que tú me comentaste.

—¿Qué?—pregunté confusa.

—Sí. Me ha dicho que no podíais ir a la conferencia de una tal Jocelyn no sé qué, que es muy importante para ti porque él tiene que viajar a Nueva York. Justamente lo que tú me dijiste… Y bueno, me ha preguntado si me apetecía acompañarte. Que tenía las credenciales, que estaba todo pagado y que si lo hacía, pues tenía el día de mañana libre.

—¿Solo te ha dicho eso?

—Pues sí… ¿Tenía que decirme algo más?

—¿No te ha insistido? ¿No te ha dejado entrever que yo deseaba ir con todas mis fuerzas y tú eras la única que podía acompañarme porque…?

—Espera, espera, Rachel— me interrumpió y de repente, como por arte de magia, su sonrisa apareció tímidamente devolviéndome a mi Sheliak. —¿Qué está pasando? ¿Todo esto es porque piensas que Jesse ha podido intentar influenciarme u…?

—Obligarte—solté sin dejar que continuase.

—Oh Dios. ¡No!

—¿No?

—¡No, Rachel! Nadie me ha obligado y Jesse tampoco. Él… Él simplemente me ha comentado la situación, pero en ningún momento me he sentido obligada a responder de manera afirmativa, si es lo que estás temiendo.

—¿No?

Claro que no. No lo habría aceptado de ser así. Ya… Ya me conoces, ya sabes como soy con ese tema y sé que te habría enfadado muchísimo. Además, ya sé cómo es la insistencia de Jesse y te prometo que ésta vez no ha tenido nada que ver. Ha sido normal, de hecho, diría que incluso sensato.

—¿Sensato? Pero… ¿Y tu cara? Te he visto al salir del despacho y no estabas para nada contenta, y ni siquiera me has saludado como lo harías en otra ocasión.

—Porque se supone que aquí eres la mujer de mi jefe, ¿Recuerdas? Solo he guardado las distancias para evitar que hablen o digan algo que pueda perjudicarte, o perjudicarnos… Creí, creí que ese era el modus operandis entre nosotras cuando nos encontramos aquí.

Oh… Pero, estabas seria… Decepcionada.

—Estaba un poco decepcionada conmigo misma pero porque me sentía un poco mal.

—¿Por? ¿Por la petición de Jesse?

—No, no concretamente. Me, me sentía mal porque en cuanto me lo ha dicho, me ha encantado la idea y bueno… No me sentía bien alegrándome de algo que no puedes hacer con él, para poder ir yo. Lo… Lo siento.

Esa vez fui yo la que se quedó completamente confusa por la explicación, tratando de asimilar lo que acababa de confesarme. Porque aquello era una confesión en toda regla, o tal vez el ir y venir de contradicciones en mi cabeza en tan poco tiempo había empezado a pasarme factura. Sea lo que fuere, que Quinn me confesara que se había alegrado de que Jesse no viniese para poder acompañarme ella, era algo que no esperaba oír bajo ningún concepto. Y lo peor, es que ni siquiera me molestó. Todo lo contrario.

—Pero si no te gusta la idea, no hay problema—añadió rompiendo el silencio que yo misma había creado—Quiero decir, que no es necesario que sea así si no te apetece, yo… Yo entiendo que quieras ir con él, al fin y al cabo es tu marido… Y bueno, tampoco es que me alegre de que él no pueda ir, ha sido solo un sentimiento extraño porque…

—¿Quieres acompañarme?—La interrumpí viendo como los nervios empezaban a jugarle una mala pasada por no saber exculparse de sus pensamientos.

Me encantaría—soltó y de nuevo el silencio nos invadió, pero esa vez nada tenía que ver con la tensión de hacia escasos segundos.

Quinn me respondió sin pensar, sin siquiera detenerse a buscar una respuesta que la dejase en mejor posición, simplemente dijo aquello y yo sentí como de nuevo todo se detenía a mi alrededor. A nuestro alrededor.

No dejó de mirarme un solo segundo, ni siquiera pestañeó mientras esperaba una reacción mía, alguna respuesta que, curiosamente y a pesar de mi escasa capacidad de reacción, no tardó en llegar.

—Genial—balbuceé.

—¿Genial? ¿No te importa que te acompañe?

—No, en absoluto… Quiero decir, si… Bueno, si a ti no te importa. Te recuerdo que es una convención de astronomía, y que no es nada divertido para quien…

—Contigo nada es aburrido—balbuceó segundos antes de aclararse la voz— Quiero… Quiero decir, nunca he ido a una, me gustaría saber lo que es y… No sé, aprender algo nuevo. —volvió a interrumpirme, esta vez recuperando tímidamente la sonrisa que tanto bien me hacía.—Pero insisto, no es excusa para convencerte, de hecho, por eso no le he dicho a Jesse si sí o no, porque quería que tú decidieras sobre ello. Iré solo si tú quieres… ¿Quieres?

Un fin de semana con la chica de las estrellas binarias en los ojos, en Salt Lake City, rodeadas de estrellas, de planetas y astrónomos que admiro. Un fin de semana haciendo lo que más me gusta hacer y su compañía. ¿Cómo no podría querer aquello? ¿Cómo iba a rechazar aquella genial idea que, irónicamente llegó de la mano de mi marido? Por supuesto que quería, y no solo lo quería, porque en ese preciso momento en el que empecé a asimilar todo lo que estaba sucediendo, sentí que deseaba pasar esos tres días con ella. Y lo deseaba hasta tal punto de quedarme sin palabras y empezar a sonreír como una estúpida, mientras ella, impaciente por mi respuesta, me miraba completamente expectante. Supuse que mi sonrisa le sirvió, porque fue verla y contagiarse de mí misma. —¿Eso es un sí?—me preguntó.

Eso es un más vale que vayas preparando tu maleta porque tendremos que salir esta noche.

—¿Esta noche? Ok… Voy a tener que correr mucho, ni siquiera me va a dar tiempo a…

—Tomate todo el tiempo que necesites. Saldremos cuando podamos salir, ¿Ok? No, no te preocupes por nada. Yo me encargo de todo.

—¿De todo? Ok, tal vez puedas llamar a Robert y decirle que se va a quedar sin novia durante el fin de semana… Estando en deuda contigo como lo está, seguro que se lo toma bien.

—Le llamaré si hace falta, ¿Quieres que lo haga?—le insistí aun sabiendo que su novio no sería problema alguno. Si Jesse había estado hablando con él, ya lo debía tener todo perfectamente acordado para que así fuera. Y tampoco veía necesario confesarle ese pequeño detalle en aquel instante. Tendría tiempo de hacerlo cuando pudiese relajarse, porque por mucho que Jesse me hiciera prometerle que no le diría nada, yo no me iba a guardar aquel detalle con ella. Yo no iba a tener secretos con quien era capaz de guardar con tanto celo nuestra historia personal, y porque además, era un asunto que la incumbía por completo y probablemente, o al menos eso esperaba, podría ayudarla a solucionar sus problemas con Robert.

—No, no… Mejor ya me encargo yo. Creo que lo que debemos hacer ahora es volver a nuestras tareas y… Bueno, no sé tú, pero si me voy a ir un fin de semana y mañana lo voy a tener libre, voy a tener que dibujar muchísimo hoy. No quiero dejar trabajo atrasado ni…

—Ok… Ok—la interrumpí tras ver como empezaba a moverse inquieta junto a la puerta, probablemente porque realmente sabía que le estaba quitando un valiosísimo tiempo de trabajo, pero dadas las circunstancias y como se habían producido los hecho, empecé a sospechar que era mi actitud lo que la había empezado a cohibir. Mi actitud de acosadora total mientras seguía bloqueándole el paso sin ser consciente de ello hasta ese mismo instante. –Tienes razón, te dejo que sigas con tu trabajo… Yo, yo voy a organizar todo, te voy a avisando conforme avance el día y…

—Perfecto—susurró sin dejarme terminar—Estaré atenta…

—Ok. Gracias por…

—Por nada. No quiero que me agradezcas nada, ¿Ok? Soy yo la afortunada por poder salir de viaje un fin de semana, así que soy yo la que te tiene que dar las gracias. A ti y a Jesse, por pensar en mí.—Me interrumpió cuando ya hacía ademan para poder salir, y yo se lo permití. La dejé que abriese la puerta para que se marchara porque precisamente esa puerta me recordó donde estábamos, y lo imprudencia que estaba cometiendo al exponerla frente a todos sus compañeros de nuestra amistad, de nuestro acercamiento. Si ella había logrado guardar las formas durante todas las veces que nos habíamos encontrado en los pasillos de la editorial, incluida la de aquella mañana, yo no iba a ser menos. Así que decidí dejar que se marchara, siempre conmigo siguiéndole los pasos y sin perderla de vista, por supuesto, y regresase a su mundo. Algo que ella también iba a hacer, pero cuando ya no había peligro alguno de miradas curiosas o conjeturas entre sus compañeros. Quinn no dejó de mirarme un solo segundo desde que volvió a tomar asiento en su mesa de dibujo, y ni siquiera tuve que devolverle la mirada para saberlo. La sentía, me sentía observada por ella cuando puse rumbo hacia el despacho de Jesse, que ni siquiera se dio cuenta de mi llegada mientras organizaba algo en su maletín.

—Cielo…—Le dije y él se giró rápidamente al escucharme entrar.

—Hey… Menos mal, Dumas me acaba de avisar y está esperando abajo en recepción, tengo que marcharme ya… ¿Has hablado con Quinn?

—Sí, si lo he hecho.

—¿Y bien?

—Lo siento—le dije acercándome a él—Siento haber dudado de ti.

—No… No Rachel, olvida eso… Quiero saber si has acordado algo con ella. ¿Os vais a Salt Lake o no?

Tragué saliva, fingí no estar a punto de saltar por la emoción y el entusiasmo que me provocaba oír esas palabras, y asentí como si no fuese nada especial.

—¡Bien! Genial… Genial. No te preocupes por nada, ¿Ok? De camino al aeropuerto llamaré a la empresa de coches para alquilar uno. No quiero que os llevéis el viejo y prefiero que se quede el mío aquí por si vengo con tiempo y puedo ir, ¿De acuerdo?

—Eh… Claro, pero puedo hacerlo yo. Quiero decir, puedo encargarme de…

—No, no, no—me interrumpió acercándose hasta sostener mi barbilla con dulzura—Te dije que yo me encargaba de todo, y suficiente mal me hace sentir ya el no poder acompañarte como te prometí. Esta tarde o esta noche tendrás el coche a tu entera disposición, o si lo prefieres reservo billetes para el tren. Lo que sea, pero yo me encargo. Además, llamaré al hotel para confirmar que la reserva sigue en pie, y que llegarás tú. ¿De acuerdo?

—Ok…

—Bien. Y ahora sonríe, que mañana a esta hora estarás con Jocelyn Bell—musitó regalándome su sonrisa más encantadora y un pequeño beso que me supo a gloria. Aunque poco o nada tuvo que ver con la sensación que me embargaba, con la ilusión que rápidamente se instaló en mí al saber que en 24 horas estaría donde más deseaba estar, con ella. Con Quinn. Con mi Sheliak. Mi chica de ojos estelares que en aquel preciso momento en el que me decidí a acompañar a Jesse hasta su taxi, me miraba desprendiendo tal brillo en su mirada, que logró que toda mi atención se centrara en ella y ni siquiera escuchase con nitidez toda la retahíla de mi marido aconsejándome sobre el viaje.

Nada. No hubo nada que lograse interponerse entre nosotras dos a pesar de tener un pasillo y varios ventanales de cristal por medio. No hubo nada que detuviese el magnetismo de sus ojos clavándose en los míos y la tímida sonrisa que dibujó casi a escondidas cuando pasábamos frente a ella. Una sonrisa que cambió por completo mi perspectiva de día, y para ser honesta, también de vida.