SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Veinticuatro:

El Violín de Kagome

La luz del sol entraba lentamente en la habitación del Capitán del Shikuro mientras dicho barco viraba en la luz de la tarde por primera vez ese día. Cautelosamente, la luz aterrizaba en las cortinas calentándolas primero antes de viajar, filtrándose lentamente, tocando el piso de madera y las armas ancestrales—calentando todo a su paso, una temperatura insoportable—la temperatura de verano del Golfo de México. Los rayos del sol lentamente se tornaban más y más intensos mientras la habitación se calentaba, ninguna ventana abierta para ofrecer una brisa refrescante al durmiente ocupante dentro.

Acunada en las cálidas sábanas de algodón, dormía Kagome, su cuerpo y mente exhaustos del día anterior. Moviéndose de un lado a otro, trataba de ponerse más cómoda, el calor de la habitación la hacía sudar en su camisa blanca de algodón y pantalones negros, un vestuario con el que dormía con frecuencia por modestia. Apretando sus ojos se giró, moviéndose de un lado a otro en su cama, el calor hacía que sus sueños se volvieran extrañas imaginaciones inducidas por el calor—

Se encontraba rodeada por blanco, un vacío blanco, con nada en existencia excepto ella.

"Dónde estoy?" Preguntó mirando alrededor, asimilando ese blanco absoluto, era como nada que hubiese visto: apenas una infinita extensión de blancura como si todo color hubiese sido borrado de la vida. "Por qué estoy aquí?" Sus palabras parecían hacer eco a su alrededor, tocando cada pulgada del mundo blanquecino volviéndose la única fuente de color ahí, proyectándose literalmente en el aire, suspendido sobre su cabeza. Confundida, retrocedió solo para que la parte trasera de su talón entrara en contacto con algo concreto, algo sólido.

"Wo!" Jadeó ella tropezándose hacia atrás, aterrizando duro en su coxis, una acción que sorpresivamente no le dolió en absoluto.

Parpadeando perpleja, se giró desde su lugar en el suelo y abrió su boca ante la vista que la recibió—escalones de iglesia, prístinos escalones de iglesia, y luego el sonido de la campana en el campanario resonando entusiastamente. Miraba esos escalones entrecerrando sus ojos para poder ver la torre en la que descansaba la campana, y luego hacia abajo desde la cima de la campana hasta ver las gigantes puertas de madera ornamentadas de una iglesia de un millón de años. Esas puertas estaban llamándola, diciéndole atravesarlas, subir los escalones de piedra que conducían hacia ellas.

Con cuidado, se levantó y colocando un pie antes del otro, comenzó su corto ascenso, pareció tomarle para siempre, como si los escalones se multiplicaran cada vez que alcanzaba la cima antes de finalmente encontrarse en esas puertas, mirando el intrincado tallado de la entrada de madera. Mordió su labio mientras las etapas de su vida le eran presentadas en una serie de cuadros de madera: su nacimiento descansando en los brazos de su madre, su niñez jugando en la arena y las olas, su adolescencia donde su madre luchaba por enseñarle modales, su adolescencia donde su desafianza comenzó a mostrarse.

Y entonces, debajo de todos esos cuadros yacían dos más, puestos a un lado del resto como si no fueran parte del conjunto original—o al menos no lo eran todavía. La primera era una imagen de Naraku, sentado en el salón de su madre, mirando a la distancia y la segunda era del Capitán besando su mano en su primer encuentro, de lo que parecía hace mucho tiempo.

La visión la hizo entrar en pánico, hizo latir su corazón en su pecho rápidamente mientras ambas imágenes se infiltraban en cada sentido suyo. Girándose rápido, con sus ojos cerrados fuertemente Kagome bloqueó las imágenes—rehusándose a permitirles tocar sus sentidos. Y mientras lo hacía, se encontró con un nuevo sentimiento, una sensación familiar, la sensación de aire rico en sal.

Lentamente, Kagome abrió sus ojos, parpadeando rápidamente asimiló la vista de un mundo blanco distinto. No había más un blanco infinito sino un azul infinito. La imagen de un mar gigante, tranquilo como un estanque, encontraba cada sentido, vista, tacto, olfato, oído, gusto—todo estaba lleno de mar.

En ese momento, sintió sacudir su corazón; tenía la sensación de que una decisión yacía ahí—una iglesia tras ella y el mar ante ella. Sabía sin duda cuál quería escoger, lo sabía sin ninguna deliberación o consulta pero—era posible?

Kagome estudió ese claro azul, no había un barco ahí—si iba hacia él ahora, se ahogaría. No había barco para navegar lejos, no había manera de que pudiera nadar lo suficientemente lejos para alcanzar una orilla distante. No podría ir allá—no podría ir a ese mar, no tenía elección sino entrar en la iglesia.

"Adiós." Susurró, aunque no tenía idea de a quién o a qué estaba diciéndole adiós.

Sintiendo su pecho derrumbarse, Kagome se dio la vuelta de la hermosa agua azul y miró la puerta de madera—era alta—casi premonitoria, pareciendo elevarse por siempre por encima de su cabeza. Con un profundo respiro colocó una mano en la puerta, medio esperando que la acción quemara su carne pero no lo hizo, en vez, la puerta pareció abrirse sola, moviéndose lentamente con un ruido fuerte y crujiente resonando en las paredes de la iglesia mientras la puerta se abría completamente revelando un blanco corredor, y un millón de personas mirándola—Naraku de pie al final.

Retrocedió, su intensa mirada agujereaba su carne; lágrimas llenaron sus ojos, amenazando con rebosar sus pestañas y bajar por sus mejillas. "No," se dijo pero sabía que no tenía opción. Con el corazón roto en su pecho atravesó la entrada de la iglesia, el sonido de sus tacones cliqueaban en el perfecto piso de mármol.

"Kagome!"

Se paralizó y se giró ante el llamado, sólo había una persona en el mundo que la llamaba Kagome además de su familia—una persona que estaba comenzando a conocer bien.

Una sonrisa se formó en su rostro cuando vio un punto en el horizonte, un barco con velas oscuras, un perro brillando desde su bandera.

"Kagome!" El llamado llegó de nuevo.

"Inuyasha." Susurró, no escuchando cuando la puerta tras ella se cerró y la oportunidad que ahí yacía menguaba lentamente, desapareciendo en un lugar que alguna vez había tenido gran potencial pero ahora no albergaba nada más que pesadillas agonizantes.

Kagome abrió sus ojos, el movimiento del barco la despertó o tal vez la extrañeza de su sueño. Sentándose, miró vacíamente la pared intentando recordar lo que había estado soñando que había sido tan extraño pero sin importar lo mucho que se concentrara, no podía recordar nada aparte de la tristeza y luego la gran emoción. Resoplando, se estiró en su cama, sus ojos parpadearon varias veces asimilando la luz de la ventana.

"Qué brillante." Murmuró para sí llevando una mano a sus ojos, frotando la mirada llena de sueño. Bostezó, llevando una mano hacia su boca para cubrirla y se estiró de nuevo, sus manos extendidas sobre su cabeza mientras inhalaba profundamente, conteniendo su aliento antes de exhalarlo bruscamente. "Dormí tan bien."

"Esa no es una muy buena gramática para una mujer educada."

Kagome prácticamente se salió de su piel cuando la voz resonó por la habitación del Capitán. Mirando alrededor frenética sus ojos se encendieron en el Capitán quien estaba sentado en su escritorio, un pergamino frente a él y una pluma en su mano, su espalda hacia ella mientras se enfocaba en su trabajo.

Sintiendo rabia y vergüenza en su corazón, Kagome subió las sábanas para cubrirse mientras le espetaba. "Qué sabría," buscó desesperadamente la palabra correcta, "Un pirata," era la única forma en que podía llamarlo. "De gramática?" Apretó sus dientes, su rostro caliente.

"Mucho." Respondió Inuyasha franco mientras devolvía su pluma a la fuente y estudiaba lo que sea en lo que estuviese trabajando. "He leído a Shakespeare, sabes."

Kagome mordió su labio, sintiéndose altamente molesta siendo que alguien estaba burlándose de ella tan temprano en la mañana. Gruñendo, ciñó más las sábanas a su alrededor, mirando la parte trasera de la cabeza del Capitán.

"Mirarme no hará que me vaya." Le dijo él moviendo algunos papeles por su escritorio como si estuviera buscando uno en particular. "Después de todo estás quedándote en mi habitación."

Kagome se sonrojó más fuerte y se rindió, cayendo de espalda sobre la cama, cubriendo su cabeza con la sábana. Gruñó, sintiendo su cabeza comenzar a dolerle. Había sido una buena mañana momentos antes, aunque llena con un extraño sueño que no podía recordar, pero ahora—ahora era irritante.

Desde su lugar sentado en el escritorio, Inuyasha la miró sintiéndose instantáneamente culpable por irritar a la joven cuando apenas había despertado. "No quise despertarte." Dijo en el aire como una tranquila disculpa, haciéndola sentarse, la sábana cayó alrededor de su cintura.

"Perdón?" Preguntó ella segura de que había malentendido. Después de todo, parecía que el Capitán estaba de humor para molestarla esta mañana, no hacerla sentir especial.

"No quise despertarte," repitió él de nuevo. "Sólo necesitaba revisar uno de los mapas," levantó el papel en el que estaba trabajando en orden de mostrarle. "Ya sabes, para asegurarme de que nos dirigimos en la dirección correcta."

Kagome asintió tontamente, dejando que sus pies se movieran hacia el costado de la cama, tocando el piso con sus dedos mientras buscaba sus botas, sus pantalones y camisa ya puestos pero no metida la una en el otro. Viendo sus botas finalmente agarró sus medias, se las puso apresurada en sus pies antes de deslizar cada pie en un zapato. Levantándose, comenzó a meterse su camisa mientras atravesaba la habitación, su curiosidad alimentaba su movimiento.

No notó el drástico cambio en la postura del Capitán cuando se detuvo tras él, o la forma en que sus orejas se irguieron, todo su cuerpo tenso mientras miraba por encima de un ancho hombro. De hecho, fue muy inconsciente de la forma en que pasó saliva y se movió ligeramente mientras ella estudiaba el mapa de la región costera de Norte y Suramérica que yacía ante él, una trayectoria marcada con pequeños guiones desde una isla anotada como Cuba hacia un puerto en tierra en una sección marcada como Louisiana.

Sin pensar en las repercusiones, o tal vez muy ingenua para conocerlas, Kagome se inclinó sobre el Capitán señalando al Puerto de New Orleans, su parte frontal presionaba la espalda del Capitán muy inocentemente, después de todo, lo había tocado antes así que cuál era el problema? "Ahí es a dónde nos dirigimos?"

Inuyasha mordió duro su labio, sacándose sangre cuando sintió su pequeño seno empujar en su espalda, la gema que le había dado rebotaba contra su hombro cuando se retiró y se acercó de nuevo. "Oh Dios mío," prácticamente gritó en su cabeza mientras miraba hacia atrás a la joven mujer presionada levemente contra él. "No se da cuenta?" Se dijo luchando por mantener algo de control. "Cuándo se volvió así de relajada conmigo? Maldición!" Se estremeció cuando su cuerpo despertaba al demonio en él gruñendo de placer.

"Fóllala." Dijo profundo en su mente.

"No!" Gritó Inuyasha cerrando sus ojos fuertemente.

"Ella usa nuestra marca."

"Nuestra marca es una mentira." Le dijo Inuyasha a la voz, el demonio apenas gruñó en respuesta callándose pronto después pero aún permaneció cerca de la superficie muy despierto y atento.

Inhalando unos profundos respiros, Inuyasha gentilmente retiró su mano del papel, haciéndola alejarse de él y poder pensar para responderle. Suspirando internamente con alivio, se giró para mirarla plenamente—como era típico cuando conversabas—solo para detenerse, las palabras se atascaron en su garganta. Su camisa no estaba acomodada todavía y no tenía puesta su chaqueta, lo cual significaba que la camisa de algodón que estaba usando se descolgaba por su curvilíneo cuerpo, resaltando sus sensuales rasgos, especialmente el suave bulto de dos jóvenes y descarados senos. "Mierda," la palabra resonó en su mente, el demonio dentro sonreía pero falló en decir una palabra mientras Inuyasha se obligaba a responderle finalmente. "Sí," Apenas pronunció cuando sintió sus instintos comenzar a agitarse en su interior, la silenciosa retaliación del demonio. "Ahí es a donde nos dirigimos."

"Oh," ella asintió y se retiró un poco, una de sus manos subió para tocar la joya alrededor de su cuello, manipulándola levemente mientras su seno libre se movía contra su brazo haciendo mirar a Inuyasha. "Ya hemos zarpado?" Preguntó, su rostro confundido. Completamente inconsciente de su conflicto interno.

"Hum," Él asintió con un gruñido mientras continuaba observando su mano jugando con la joya, rozando contra su piel y haciendo que la camisa se abriera un poco entre los botones. "Está tratando de matarme." Pensó para sí, cada parte de su ser no quería nada más que agarrar esos dulces senos, amasarlos entre sus dedos. "Contrólate!" Gritó internamente desviando sus ojos del pecho para mirar su rostro en un intento por enfriar sus urgencias. "Zarpamos hace horas." Le dijo, su voz sonaba extrañamente descontrolada y apretada al mismo tiempo. "Horas."

Aun inconsciente del extraño cambio en el tono del Capitán, Kagome continuó, su mano todavía amasaba la joya. "Entonces nos fuimos verdaderamente temprano en la mañana, no?"

"No realmente," le dijo Inuyasha mientras parpadeaba varias veces y sacudía su cabeza, ganando control sobre su cuerpo después de unos pocos segundos de intensa concentración, el demonio en él se retrajo ligeramente, como si estuviera esperando la oportunidad para atacar. "No mires su mano." Se ordenó comenzando a recuperar el foco una vez más. "Eso es, no mires, continúa viendo su cara." Exhalando un profundo respiro echó hacia atrás su silla, levantándose, satisfecho de que ciertas partes de su anatomía hubiesen decidido permanecer abajo. "Zarpamos alrededor de las ocho."

Los ojos de Kagome se abrieron y su mano liberó la joya cuando la realización pareció descender sobre ella. "Qué hora es ahora?" Preguntó ella expectante, una leve inquietud en su voz.

Inuyasha exhaló un suspiro de alivio cuando vio que su mano se había movido, "Alrededor de las once o doce." Le dijo despreocupado mientras tomaba uno de los mapas de su escritorio, enrollándolo antes de colocarlo bajo su brazo, preparado para regresarlo a la cubierta del timón donde era necesario, lejos de donde el objeto de su lujuria estaba morando.

"Ya es así de tarde!" Kagome entró en pánico mientras llevaba sus manos hacia su rostro, nunca en su vida había dormido tanto tiempo, siempre se levantaba al amanecer, atendiendo sus labores y sus estudios. Dormir tanto, era indecente a menos que estuvieras enfermo. "Cómo dormí tanto?"

"No es la gran cosa." Le dijo Inuyasha mientras se apresuraba a dejar la habitación, deteniéndose una vez que alcanzó la puerta, su mano titubeante en el pomo mientras miraba el objeto cuidadosamente escondido al lado de su escritorio. Aunque estaba seguro de que Kagome no husmearía en su habitación, aún no quería que adivinara lo que había en ese estuche.

Aún, cuándo iba a mostrarle, cuándo iba a presentárselo, regalárselo, entregárselo? Reuniendo su coraje soltó el pomo de la puerta y se obligó a encararla, las palabras dejaron su boca antes de estar preparado para decirlas.

"Necesitas todo el sueño que puedas tener." Esperó hasta que sus ojos se enfocaron en él, los dos se miraron mutuamente, ambos esperando algo pero no sabiendo qué, ambos completamente anhelantes. "Después de todo, esta noche estarás despierta hasta tarde."

Kagome sintió su corazón palpitar en su pecho, el significado de esas palabras, sus implicaciones, podrían ser diferentes cosas, cosas peligrosas, cosas que quería experimentar, cosas que la hacían estremecer en lugares tan secretos que no sabía dónde eran y estaba muy asustada de explorar en realidad. "Por qué?" Tartamudeó ella cruzando incómoda sus brazos sobre su pecho.

El Capitán la miró, su lengua lamió sus labios antes de succionar su labio inferior en su boca mordiéndolo ante su propia incomodidad. Fue en ese momento que notó el sutil cambio en el aroma de Kagome, sus ojos se abrieron mientras asimilaba su delicioso aroma, una fragancia que no había olido de una mujer en años: anticipación, excitación—necesidad.

Inuyasha tragó, el conocimiento se filtraba en su mente tan lentamente como el sol en la habitación. Sintió regresar su propio deseo, sintió intensificarse su propia necesidad pero los aplastó, los enfrió y los borró. Aun si fuera posible, incluso si sus opiniones hubiesen cambiado en el transcurso de estas pocas semanas desde que la había marcado, él no podía—no todavía. Sus ojos miraron de nuevo el estuche escondido y su corazón se iluminó, aún si eso no fuera posible todavía, tal vez algo más sí.

Rió un poco, un extraño sonido para alguien que estaba ligeramente incómodo, y luego sonrió, sus ojos se iluminaron en ella, nerviosos pero expectantes, como si estuviera emocionado por algo, pero temeroso al mismo tiempo por las repercusiones que pudiera causar. "Esta noche," comenzó abriendo la puerta, su voz un susurro para que nadie pudiera escuchar. "Tenemos una lección."

Con eso dejó a su salida a una Kagome sorprendida, la puerta aún abierta mostrándole el vacío corredor. Sintió que la llenaba una extraña sensación, esa sonrisa que le había dado antes de irse era la misma sonrisa que le había mostrado en Puerto España en el callejón mientras la miraba desde la tierra, sus ojos jóvenes y brillantes—como un muchacho—un colegial (como decían con frecuencia) frívolo y lleno de furtiva anticipación.

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La noche cubría el Golfo de México, un velo oscuro que parecía suspendido sobre aguas opacas, un infinito espacio de vacía tranquilidad, y situada dentro de esa extensión había una luz solitaria, meciéndose y moviéndose en un patrón formado de las olas. Suspendida, fantasmal, destacando la silueta de lo que parecía ser un barco, moviéndose silenciosamente a lo largo de la costa de lo que pronto sería llamada una parte de los Estados Unidos, pero que actualmente estaba en manos del honorable Rey de Francia Louis XVI. Y asentado en el primer plano de esa gentil pero brillante iluminación estaba el timón de ese famoso barco pirata, el Shikuro, y las dos personas aún despiertas en su cubierta.

Los rostros de aquellas dos figuras estaban iluminados por la tenue luz de la lámpara, haciéndolos parecer etéreos en el parpadeante movimiento de su llama desde donde estaba puesta en la baranda de la cubierta.

De pie frente al timón mismo estaba el Capitán de ese barco, atando un pedazo de soga al timón en orden de mantenerlo estable mientras usaba sus manos para cosas mejores. Y de pie a metros de él, apoyada contra la baranda de la lámpara no estaba otra que su reclamo, la mujer que había marcado, la mujer que había prohibido del mundo con sus dientes—la mujer, la dama de sociedad, Kagome Dresmont.

Ella permanecía observándolo, sus brumosos ojos fijos en el hombre que lentamente estaba cambiando todo lo que le habían dicho. En sólo unas pocas semanas había cambiado sus opiniones en tantas cosas, desde comer apropiadamente hasta en la piratería, los demonios, los sentimientos.

"Bueno, eso deberá hacerlo," comentó el Capitán alejando sus manos de la soga, satisfecho con su trabajo. "No hay muchas islas en esta región así que no debería preocuparme por navegar." Se giró y la miró, sus ojos casi parecían nerviosos. "Estás lista para la lección de esta noche?"

"Seguro." Kagome se movió nerviosa de un pie a otro, el aparente nerviosismo de Inuyasha le añadía a su propia incomodidad. Sí, estaba emocionada por su lección, era un sueño hecho realidad ser permitida de aprender algo tan raro como el violín, especialmente para una mujer pero estar a solas con el Capitán, particularmente ahora después de todo lo que había pasado—pasó, era aún más atroz de lo normal.

"Muy bien," el Capitán aceptó asintiendo, mientras rodeaba el timón para poder recoger el estuche de su violín, sosteniéndolo con sus grandes manos con garras, el Capitán titubeó golpeteando sus dedos en el cuero con silenciosa contemplación. De repente, inhaló un profundo respiro antes de girarse hacia Kagome, sus ojos parecían decididos y determinados, si no, un poco aprehensivos. "Solo dame un segundo," lamió sus labios. "De acuerdo?"

Kagome frunció sus ojos mientras el Capitán bajaba de nuevo el estuche antes de alejarse de ella hacia las escaleras, sin esperar por una respuesta. "Espera!" Lo llamó, deteniéndolo brevemente, su cabeza se volvió atrás para mirar su aparente pánico. "A dónde vas?"

"Olvidé—algo—," le dijo, sus ojos moviéndose mientras se alejaba de ella lentamente. "—Sólo será un minuto." Dijo agarrando la baranda con una mano, empujándose sobre el borde con ella mientras la otra se suspendía para balancearse, optando por olvidar las escaleras en su afán. "Ya regreso!" Llamó.

Kagome permaneció paralizada en su lugar en la baranda del barco, escuchando el sonido de las botas del Capitán en la cubierta de madera. Parpadeando unas cuantas veces, ladeó su cabeza, sus cejas elevadas hacia su línea de cabello.

"De acuerdo," dijo ella en el aire nocturno mientras su confusión llegaba a un clímax antes de decidir rendirse en un intento por descifrar lo que sea que se trajera entre manos. Con paso seguro, se movió de nuevo hacia el costado de la baranda, apoyando sus codos en el largo objeto de madera mientras descansaba su mentón sobre sus brazos cruzados.

Tomando un profundo respiro se giró hacia afuera, mirando el oscuro paisaje nocturno ante ella. Igual que la otra noche estaba casi completamente negra, la única luz venía de la lámpara y una pequeña luna de plata así como algunas estrellas. En general, la luz no era muy efectiva para ver distancias largas pero le permitía ver a unos pocos metros, asimilando la vista del agua que golpeaba los costados del barco mientras continuaba atravesando lentamente la corriente, moviéndose a paso de una vela comparado con la velocidad en la cual podría moverse cuando los remadores tomaban sus puestos.

Distraídamente, Kagome levantó una mano para tocar su cabello que ondeaba en la suave brisa de la noche. Enrollando un rizo alrededor de su dedo lo enroscó, sus pensamientos cambiantes como la marea bajo sus pies, reflexionando en silencio sobre las pasadas semanas. "Han sido unas semanas muy memorables." Se dijo mientras sus hombros se jorobaban con cansancio. "Han pasado tantas cosas, tantas cosas han cambiado."

Recostándose ligeramente, lo suficiente para poder ver las estrellas sobre su cabeza, pensó en todos esos cambios, todas las cosas que ahora eran tan diferentes en su vida. Apenas un mes atrás había vivido en un mundo totalmente diferente. Un mundo lleno de vestidos, corsés, y sombreros perfectos para un peinado perfecto. Un mundo lleno de reglas, regulaciones, propiedad, un mundo rebosante de lineamientos, leyes y direcciones. Había sido un ambiente controlado donde su vida era completa y totalmente dictada para ella. Sabía cómo viviría cada minuto de cada día de cada mes de cada año de su vida. Desde cómo se levantaba en la mañana, a cómo desayunaba, o almorzaba o tomaba el té y luego la cena—a quién debería conocer, con quién casarse, cómo viviría—todo eso estaba completamente controlado.

Incluso sus sueños.

Kagome sintió lágrimas llenar sus ojos ante la simple idea. No le había sido permitido tener sueños, o deseos, o necesidades. Le habían dicho cuál era su sueño, cuál era su deseo, cuál era su necesidad. Iba a casarse, iba a ganar dinero de la unión, iba a ganar honor de la unión, iba a ganar tantas cosas—pero ninguna de ellas eran para ella, todas eran para su familia, su legado, su propósito, la única razón por la que nació.

Pero ahora, eso había cambiado, verdad? "Aquí soy libre." Susurró en el aire nocturno mientras su mano, lentamente, anormalmente, inconscientemente soltaba su cabello y tocaba su hombro, sus ojos se abrieron al recordar lo que yacía ahí. "Esta marca es lo opuesto de libertad, no es así?"

Era una idea confusa. Esta marca dictaba a quién pertenecía, era la responsabilidad de alguien, pertenecía a alguien más, como una esclava, una sirvienta, era lo mismo, él podría controlarla, controlar sus sueños, controlar sus deseos, sus sentimientos, su todo. Ese era el método de los piratas sedientos de sangre, ese era el modo de la leyenda del Capitán Inuyasha, así era como era, como era controlado, como era dictado, como era conocido, justo como su vida allá, en Port Royal, era cronometrada, era escrita en tinta permanente, no podía ser cambiada, o moldeada, no tenía control y aún—

"Eso es una mentira." Kagome cubrió su boca al decir las palabras, no creyendo que las hubiese dicho en voz alta. Sintió su corazón latir en su pecho, sintió un nudo en su garganta. Lentamente, Kagome se hundió en el suelo, aterrizando en sus rodillas, su mano todavía sobre sus labios mientras una perturbadora realización la golpeaba. "Soy más libre aquí, marcada, marcada como un esclavo, que cuando estaba en casa."

Con gran lentitud, su mano dejó su boca mientras cien ideas la envolvían.

Aquí era libre de tocar el violín. Aquí era libre de ir a tabernas y beber. Aquí era libre de comer con sus manos. Aquí era libre de vestirse como un hombre. Aquí era libre de estar en el mar. Aquí era libre de ser más de lo que pensó podría ser. Aquí era libre de vivir sin propiedad. Aquí era libre de ser Kagome—la verdadera Kagome, no la que esperaban de ella, no la que había sido capacitada para ser, no la que cuyas esperanzas y sueños habían sido mentiras, aplacadas por la autoridad rodeándola. Aquí era solo—Kagome.

Ella no era la chica extraña, no era más la incasable Kagome Dresmont.

"Qué irónico." Pensó sintiendo las lágrimas humedecer sus ojos mientras clavaba su mano en su camisa para tocar su hombro, tocarlo de verdad con sus dedos. "Ser esclavizada y liberada, todo al mismo tiempo." Cerrando sus ojos desde su lugar en el suelo sintió una sonrisa formarse en su rostro. "Y todo eso es por—Inuyasha." El nombre salió de sus labios mientras su corazón se tranquilizaba en su pecho, los latidos se hacían más y más cortos entre palpitaciones mientras escuchaba su suave voz en su cabeza.

"Me preguntaba, si te importó que te llamara por tu nombre la otra noche?"

Kagome sintió su rostro enrojecerse acaloradamente, era simbólico, nadie la había llamado Kagome además de su familia inmediata. Todos ellos, sus amigas, incluso algunos parientes, todos la llamaban Señorita, la llamaban Dresmont, la llamaban una mentira. Y aún—

"Te importaría, si continúo llamándote así, al menos—" Añadió él. "Cuando estemos solos?"

Él quería llamarla, Kagome. Él quería llamarla—Kagome.

Sintió lágrimas entrar en su visión; eran acuosas en sus ojos, dificultándole ver. Ella era solo Kagome para él, no era la Srta. Dresmont o la Srta. Kagome o solo Dresmont—era Kagome, simplemente Kagome, solo Kagome, solo ella y nada más, no era una Dresmont, no era una hija de sociedad, no era una socialité, o alguien condenado a casarse por relevancia social, no era sólo una dote, o un nombre, o prestigio. Era una persona, el Capitán también. Ambos eran sus nombres—sin títulos. Ella era Kagome y él, él era, "Inuyasha."

El nombre hizo estremecer su estómago extrañamente, se sentía tan sucio decirlo y aún tan excepcional cuando dejó sus labios, deslizándose de su boca como un suspiro. Él le permitió llamarlo por su nombre, le había dado su permiso, lo cual tenía que significar algo, tenía que significar mucho, para su conocimiento solo otra persona en el barco lo llamaba por su nombre y ese era Miroku quien lo veía como un padre, a quien Inuyasha veía como un hijo. Y ahora, ella también podía decirlo (incluso Sango no lo llamaba Inuyasha y lo había conocido por tres años, prácticamente estaba casada con su hijo y todavía lo llamaba Capitán o papá en broma.) Y ahora, Kagome tenía permiso para llamarlo Inuyasha! Sintió todo su cuerpo cosquillearle mientras la información la llenaba. "Yo lo llamo Inuyasha y él me llama Kagome," sus ojos se abrieron de golpe cuando la idea la invadió. "Eso—eso significa algo, verdad?"

Si él quería llamarla por su nombre—entonces eso significaba que, era más que sólo una chica para él. Era más que un apellido, más que una mujer que había abordado su barco en secreto. Era más que la joven de Port Royal, más que sólo ese torbellino romántico. Era alguien—digna de conocerlo. Eso era lo que significaba. Eso era por qué ya sabía tanto de él, ya estaba permitida de irse con tantas cosas. La consideraba que valía la pena.

Sintió su corazón hincharse en su pecho y sin su consentimiento movió sus dedos hasta que tocó la gema alrededor de su cuello. Al segundo que tuvo contacto con la lisa superficie se congeló, la fría sensación de la gema hizo que otra idea se formara en ella. "Tal vez, hay una razón por la que me la dio." Susurró en la noche mientras bajaba la mirada y alejaba la gema de su pecho para poder darle un mejor vistazo. "Si valgo la pena entonces," inhaló un profundo respiro. "Podría haberme dado tal joya para mantenerla a salvo." Se sonrojó levemente antes de reír ante sus propios pensamientos y soltó la joya en su pecho. "Estás siendo tonta, Kagome, no lo recuerdas dándote la cadena." Frunció y resistió la urgencia de tocar la pequeña joya una vez más. "Aún, tengo que preguntar por qué lo hizo y si esto tiene algo que ver con lo que sea que esté pasando ahora."

Cerró sus ojos y suspiró fuertemente, la incertidumbre pesaba en su corazón.

"No lo sabré a menos que le pregunte." Se dijo abriendo sus ojos para ver el cielo sobre ella. "Y yo—no puedo hacer eso." Cerró sus labios fuertemente mientras las palabras dejaban su boca y bajaba su mentón hacia el piso una vez más para mirar la madera. "Aunque es divertido imaginarlo," pensó mirando intensamente el grano de la madera. "Si fuera verdad entonces eso podría significar mucho—podría cambiar nuestra dinámica, verdad?" El rubor regresó a sus mejillas diez veces y mordió su labio mientras una sonrisa se esbozaba en su rostro. "Tal vez finalmente podamos retomar donde lo dejamos en Port Royal y vea de nuevo a ese hombre." Su corazón palpitaba en su pecho y se sintió como una niñita pensando en cuentos de hadas. "El verdadero hombre detrás de la máscara."

Kagome solo podía esperar sinceramente—esperar desesperadamente eso, que ese fuera el caso.

El sonido de la puerta abriéndose y cerrándose suavemente, un suave clic desde abajo, y luego el Capitán apareciendo de la nada mientras saltaba sobre la baranda de la misma forma en la que se había ido, la regresó al presente.

"Siento demorarme tanto," comentó Inuyasha caminando hacia ella solo para detenerse a unos pies, una distancia apropiada para conversar. "No quería despertar al mo—oo—cachorro." O como fue realmente—había necesitado el tiempo para reponerse—para prepararse para el gran riesgo que estaba por tomar.

"Entonces aún está dormido?" Preguntó Kagome mientras sus innatos instintos maternales la inundaban.

"Sí, no lo desperté," murmuró rehusándose a mirarla, moviéndose de un lado a otro, un estuche colgaba de su mano. "Gracias a Dios por eso."

Kagome no escuchó su comentario mientras miraba sus manos, interesada en el objeto de forma conocida. Remarcablemente se parecía al estuche del violín del Capitán, al menos en forma y material. Era casi la misma forma rectangular con un trabajo en cuero similar cubriendo la dura madera. No tenía correas como cierres que lo mantenían cerrado, pero en vez parecía tener un broche con lo que parecía ser un ojo de cerradura. Una manija de madera sobresalía del costado de la cerradura en forma de una 'C' angular en donde la mano del Capitán sostenía el extraño objeto, agarrándolo tan fuerte que sus nudillos se habían tornado blancos.

Lentamente, Kagome desvió sus ojos del estuche, optando por mirar los ojos dorados del nervioso Capitán. Lo que vio fue algo parecido a un joven dándole una flor a su amor de infancia. Su rostro estaba teñido de rojo, sus ojos fruncidos en delgadas rajas desde las cuales sus pupilas miraban de un lado a otro, nunca haciendo contacto con ella, y su boca en una delgada línea, no un frunce o una sonrisa, solo una línea aparentemente indiferente. Sus hombros estaban tensos, elevados con su cabeza ligeramente gacha mientras se mecía, moviéndose incómodamente de un pie a otro pero lo que más notó de su pose fueron sus orejas—no estaban. Levantó una ceja al notar esto y se levantó de puntas para intentar ver a dónde habían desaparecido los dos peludos apéndices. Frunciendo sus ojos, se dio cuenta que simplemente era muy baja para verlas y resopló, extrañando su presencia encima de su cabeza.

De pie ante ella, Inuyasha parpadeó, notando el escrutinio que tenía en su línea de cabello. "Qué estás mirando?" Gruñó él, su nerviosismo lo hizo sonar más gruñón de lo que era en realidad.

Sin pensarlo mucho, Kagome respondió, "Dónde están tus orejas?"

Sorprendido, toda la postura de Inuyasha cambió, haciendo que los dos apéndices salieran de inmediato de su cabello, moviéndose para captar mejor su voz. "Mis orejas?" Preguntó dándole una extraña mirada. "Están en mi cabeza, dónde más estarían?" Añadió secamente dándole una mirada que claramente decía que la pregunta sonó estúpida.

Kagome se sonrojó considerablemente, "No podía verlas hace un minuto." Informó desviando la mirada, retirando sus ojos de los apéndices, ignorando la furtiva voz que decía, "Quiero tocarlas." Manteniendo sus ojos gachos, ubicó el extraño estuche rectangular, su mente regresó al misterioso objeto en la mano del demonio. "Qué es eso?" Preguntó alejando la conversación de su ridícula pregunta, sus ojos subiendo para mirarlo una vez más.

Inuyasha se movió nervioso, mirando el estuche, lo veía, cada nervio en cada parte de su cuerpo le decía avanzar y desaparecer, sería más fácil que derrumbarse y presentarle el 'obsequio'. Dejando escapar un profundo respiro depositó el estuche en frente de ella y alcanzó en uno de sus bolsillos, sacando una pequeña llave en una cadena de plata. Alcanzándosela sin comprometerla en un contacto visual asintió hacia el estuche que ahora yacía en el suelo.

Kagome tomó la llave en su mano y la miró curiosamente, la cadena brillaba en la luz de la lámpara recordándole de la otra cadena alrededor de su cuello, la que alguna vez fue del Capitán pero ahora estaba a su cuidado por razones que nadie le había explicado. Observaba la llave mientras brillaba en el extremo de su propia cadena, estaba segura de que abría el estuche frente a ella pero—qué había en ese objeto de cuero? Mirándolo por confirmación o tal vez seguridad esperó hasta que le indicó con su mano abrir el estuche.

"Adelante." Le dijo aparentemente más gruñón que antes mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho, desviando la mirada. "No muerde."

Kagome asintió, tragando mientras tomaba la llave y la ubicaba en el hueco de la cerradura, empujándola hasta que se detuvo. Tímidamente, giró la llave a la derecha esperando hasta que escuchó un clic y el estuche se abrió una fracción. De nuevo miró a Inuyasha como si le pidiera una señal, no le dio ninguna (muy para su disgusto) y solo continuó mirando a la distancia, sus orejas moviéndose encima de su cabeza—escuchando aun cuando se rehusaba mirar.

Inhalando un profundo respiro, Kagome puso sus manos en el estuche, presionando el nuevo cuero con manos levemente temblorosas. Abriéndolo lentamente, sus dedos lo levantaron mientras un leve crujido de las bisagras metálicas a un costado llegaba a sus oídos. Frunció sus ojos, intentado ver lo que había dentro en la oscura noche y cuando lo hizo, jadeó, el contenido rojizo era lo último que hubiese pensado ver y aún había esperado de cierta forma.

Inuyasha aplastó sus orejas en su cabeza ante el sonido de su jadeo y la tapa del estuche cayendo sobre la cubierta de madera mientras la soltaba. El sonido de cuerdas traqueteando alcanzó sus entrenados oídos e hizo que sus ojos se abrieran asimilando la vista de Kagome arrodillada al lado del estuche de cuero, una mano tocaba las cuerdas del instrumento caoba mientras la otra tocaba el cuero del estuche del violín.

Sus ojos se desplazaron hacia su rostro, asimilando la vista de aguados irises grises mientras le permitía a sus dedos moverse sobre la madera finamente terminada, tocándola delicadamente como si temiera que pudiera romperse, sus ojos una tormenta de felicidad e incredulidad. Él la observaba mirando el instrumento, tocando la lisa superficie con dedos delicados.

"Son tan pequeños." Inuyasha pareció notar mientras observaba esas manos juguetear con una cuerda. "Nunca lo noté de verdad, pero Kagome—" Siguió su mano hacia su cuerpo, escondido debajo de ropa holgada, ropa que la hacía ver más grande que lo que sabía era. Podía recordar lo pequeña que era desde cuando la había abrazado la primera vez—la vez cuando habían bailado juntos y había presionado ese pequeño cuerpo contra el suyo. Tragó, "Es tan pequeña."

De repente, su rostro se giró hacia él, el manantial de lágrimas lo incomodó distintivamente. Nunca en su vida había sido capaz de tratar con una mujer llorando—podría culpar a su madre por eso.

"Esto es—," Kagome interrumpió sus pensamientos, pero se detuvo momentáneamente incapaz de soltar las palabras. Sus ojos simplemente continuaron desbordados con lágrimas aparentemente de felicidad mientras lo miraba, su rostro una expresión de puro asombro. "Para mí?"

Inuyasha asintió, todo su cuerpo rígido. "Para las lecciones." Murmuró mientras desviaba su mirada, tragando. Una parte de él, asumió que el lado más humano, quería ir con ella, envolver sus brazos alrededor de ese pequeño cuerpo, abrazarla, consolarla,—sacudió las ideas.

"Lecciones." Repitió Kagome con una gran sonrisa en su rostro.

"Sí," dijo él mientras descruzaba sus brazos, colocando su mano detrás de su cabeza para frotar los finos cabellos, un gesto del que no se dio cuenta que Kagome ya entendía, mejor que sus palabras. "Es mucho más fácil enseñarle a alguien si ambos tienen un violín en vez de tener que compartir."

La respuesta fue brusca pero la idea detrás era hermosa. Kagome sonrió tan ampliamente que sintió su rostro estirarse mientras se ponía de pie mirando al Capitán con adoración en sus ojos. Quería agradecerle, agradecerle de verdad, mejor de lo que podría con palabras, mejor de lo que podría con obsequios o notas aireadas que le habían enseñado a enviar de niña. Un manantial de emoción se desbordó dentro de ella, diciéndole correr hacia él, envolver sus brazos alrededor de su cintura, abrazarlo fuerte, colocar sus labios contra los suyos hermosos, suaves y húmedos—

Instantáneamente, Kagome se enrojeció y bajó la mirada al suelo sintiéndose como si se hubiese desplazado hacia el campo de pensamientos verdaderamente pecaminosos. Insegura de cómo proceder, se encontró obedeciendo a la propiedad por encima de su propio deseo, "Gracias." Dijo digna, la frase apropiada y aun impropia.

"De nada." Respondió Inuyasha incómodo, diciéndolo simplemente porque estaba acostumbrado a decir de nada después de que alguien le dijera gracias. Se sintió levemente decepcionado, casi engañado porque no hubiese hecho algo más—más—cortés o algo que realmente mostrara gratitud. Tal vez estaba fingiéndolo, tal vez estaba tratando de no lastimar sus sentimientos, tal vez estaba pretendiendo para que no se molestara con ella y le gritara o la castigara.

Inuyasha se sacudió mentalmente, sabía que ese no era el caso—sus lágrimas—podía oler los legítimos sentimientos en ellas, era un talento que había desarrollado de niño. Conocía las lágrimas falsas de las verdaderas y las suyas eras reales. Eran lágrimas genuinas, eran lágrimas felices, estaba feliz—pero aún deseaba de verdad que le hubiese mostrado más reconocimiento por su amable gesto. Sintiéndose desinflado comenzó a darse la vuelta para recoger su propio violín para comenzar las lecciones pero se detuvo cuando escuchó a Kagome levantarse desde su lugar en el piso de la cubierta.

Se giró para mirarla, esperando que tuviera el violín en mano, lista para tocar pero lo que vio en vez fue lo opuesto. Estaba de pie, sus manos vacías pero aún juntas en frente de su cuerpo, sujetándose mutuamente como si la acción estuviera proveyéndola de mucho coraje necesario, sus ojos aun contenían lágrimas pero ahora esas lágrimas eran más controladas, solo bajaban por sus mejillas cuando sus ojos no podían contenerlas más. Parpadeó varias veces, intentando ver a través de la humedad, antes de mirarlo, mirarlo directo a los ojos, ver directamente dentro de él—directo a su alma.

Inuyasha sintió su corazón acelerarse ante la vista, sus ojos estaban llenos de profunda y honesta gratitud que sintió todo su cuerpo llenarse hasta el borde con alegría y felicidad. Sintiendo alivio, se permitió sonreírle suave, tímidamente, sus mejillas encendidas con una pizca de rosa. "Estoy actuando como un cachorro," se reprendió internamente pero no pudo evitarlo, no podía evitar sonreír especialmente cuando sus mejillas se tornaban más enrojecidas por su gesto y desvió la mirada llevando una pequeña mano hacia su corazón. "Ella es tan—hermosa." Susurró su psique y él inmediatamente estuvo de acuerdo.

Ella lo miró de nuevo, ladeando su cabeza mientras exhibía unos hermosos dientes blancos en su amplia sonrisa. "Gracias," le dijo de nuevo, sus ojos cerrados con gusto, su voz suave y dulce esta vez, teñida con algo que lo hizo estremecer, "Me encanta, Inuyasha." Lo dijo lentamente, el nombre salió de sus labios como si hubiese tenido un millón de sílabas, la palabra más larga jamás dicha, el regalo más placentero, el más sensacional, la palabra que contenía en su pronunciación cada connotación romántica en el mundo.

Inuyasha tragó, inseguro de qué decir. Había algo en la forma como lo había dicho, algo que hizo latir su corazón en su pecho, golpear duro contra su caja torácica, casi al punto de dolerle. "Qué debo decirle?" Se preguntó mientras lentamente dejaba caer sus brazos desde su apretado entrecruzado sobre su pecho. "Qué puedo decir?" La miró observando su adorable sonrisa, asimilando su expresión inocente mientras su pecho se apretaba más, inseguro. "Qué quiero decir?"

Quería decir muchas cosas—quería dejarle saber tantas cosas y aun, sabía que era imposible decir esas cosas, imposible que salieran de su boca en tanto como la eterna presencia de ella estuviera en el fondo de su mente. Sí, ellas eran diferentes, eran diferentes en tantas formas pero si estaban conectadas—si en verdad eran encarnación y reencarnación—entonces qué significaba eso?

"Estoy tan confundido!" Gritó en su cabeza deseando desesperadamente poder mirar a los ojos a esta hermosa, preciosa, inocente chica y decirle todos los sucios secretos que descansaban en su asustado corazón o más importantemente todas las cosas sucias que quería hacerle, que quería decirle, que quería que supiera. "Kagome." Comenzó a decir, una parte de su mente lo empujaba a agarrarla y besarla, un beso recordando el de Port Royal.

Sus ojos se abrieron e instantáneamente el oscuro y tormentoso mar que era su gris existencia lo golpeó y lo debilitó en las rodillas.

"Inuyasha?" Susurró ella, como si supiera que algo debía pasar—que algo tenía que pasar.

"Qué soy? Una especie de perra!" Se gritó Inuyasha mientras su nombre salía de su lengua de esa misma forma, esa misma manera retorcida que hacía temblar todo su cuerpo. "Soy un pirata!" Se reprimió sintiendo su mente un poco nublada. "No siento de esta forma por nadie, nadie, no caigo así, no sucumbiré a las sonrisas de una mujer o a gestos inocentes! Tengo más de cuatrocientos años por el amor de Dios!"

Se sentía como si tuviera dieciocho—sabía que solo tenía dieciocho años—ella le recordaba que solo tenía dieciocho.

Cerrando sus ojos para que su mente no se atontara con sus gestos y movimientos simples, inhaló un profundo respiro y finalmente abrió su boca de nuevo. "Me alegr—," comenzó pero encontró su voz muerta en su garganta, contra su voluntad. "Qué demonios pasa conmigo?" Chilló para sí intentando forzarse a terminar su oración—no llegaría. Dándose por vencido, suspiró y abrió sus ojos una vez más, rascando la parte trasera de su cabeza mientras la miraba a través de sus mechones.

Kagome sonrió asimilando la vista, él era un hombre de miedo, un hombre rudo, un hombre intimidante pero—debajo de eso también era un hombre muy joven, uno nervioso y ligeramente torpe. "También me alegra." Suplió ella terminando su idea, sabiendo que nada iba a pasar, no era el momento correcto pero era un progreso, eso era seguro.

Con cuidado, se agachó y levantó su violín, colocándolo debajo de su brazo, sosteniéndolo justo como la otra noche, de la forma como le había mostrado. Punteando la primera cuerda vociferó confiada su nombre. "G."

Inuyasha frunció y de cierta forma sonrió al mismo tiempo. "Esa es E," le dijo y observó mientras su rostro esbozaba una tonta sonrisa.

"Oops, entonces E," acarició la cuerda permitiéndole al agudo sonido flotar en el aire nocturno. "Y luego A," punteó. "Y D," punteó, "Y G!" Terminó con un último roce de su dedo sobre la cuerda, esa misma sonrisa tonta en su rostro.

"Eres una horrible farsante Kagome," le dijo Inuyasha con una sonrisa, sabiendo que estaba haciéndolo a propósito, sabiendo que estaba haciéndolo para hacerlo sentir más cómodo. Le agradecía por eso.

Kagome le dio una sonrisa traviesa. "Farsante, no estoy farseando nada."

Él sonrió y sacudió su cabeza. "Sí claro," le dio una sonrisa ladeada que hizo acalorar su rostro. "Bueno, a quién le importa, es hora para nuestra próxima lección!"

"Está bien," Kagome sostuvo más fuerte su nuevo violín. "Estoy lista, qué vamos a aprender hoy?"

Inuyasha frunció sus cejas, mirando alrededor como si estuviera por decirle algún gran secreto que nunca debía ser escuchado. "Hoy aprenderemos la Escala Mayor D."

Kagome asintió varias veces comprendiendo. "Escala Mayor D."

"Sí." Él caminó hacia su propio estuche, rápidamente desató las correas y sacó el instrumento, pasando sus dedos sobre la cuerda para checar su sonido. "Puedes adivinar la primera nota?"

"A," dijo Kagome sin titubear, su rostro serio que hizo a Inuyasha reaccionar tardío, levantando sus cejas ante su interés. "En verdad crees que soy así de tonta?" Le dijo sarcásticamente dándole una sonrisa burlona.

"No lo sé, lees Shakespeare." Comentó él con una sonrisa maliciosa, esperando que entendiera su deshonesto significado. "Y ya sabes lo que dicen de los Shakespearianos."

Ella simplemente sonrió. "Bueno, tú lo lees, así que qué dice eso de ti?" Llegó su respuesta mientras levantaba triunfante sus cejas.

"Touché." Murmuró él secretamente impresionado, ladeando su cabeza le dirigió otra sonrisa, una que le permitió a sus colmillos destellar en la antorcha. "Y bien, cuál es la primera nota?"

"No lo sé, tal vez—," Dijo juguetona. "D?"

"Mierda," dijo él dejando caer su brazo sobre su propio violín, punteando la abierta cuerda D. "Las personas deberían acobardarse ante tu genialidad."

Ella rió, un sonido brillante en la negra noche. Inuyasha la miró mientras el sonido reverberaba en su mente. Algo pareció hacer clic dentro de él, algo extraño pasó en su psique mientras la observaba reír. Observó sus mejillas enrojecidas, observó sus dientes asomarse desde su boca abierta, observó sus ojos cerrados y se relajó. Todo en ella, todo, incluso la forma en que su corto cabello rizado se movía en el viento nocturno, incluso la manera en que las lágrimas habían dejado manchas en su piel, incluso el hecho de que estaba riéndose de él, todo eso hizo que el corazón de Inuyasha se sintiera cálido, lo hacía sentir cómodo.

Era un sentimiento, honestamente podía decir que sólo había experimentado una vez en todos sus cuatrocientos cuatro años de vida—no—la estadística ahora cambió. Ahora podía decir con sinceridad que sólo había experimentado el sentimiento dos veces en todos sus cuatrocientos cuatro años de vida. La primera había sido con su madre y la segunda—la nueva—la que no podía creer que fuera real. Estaba pasando ahora, estaba sintiéndolo de nuevo por segunda vez.

"De cualquier forma," se dijo observándola, todo su cuerpo sintiéndose completamente en paz. "Sin notarlo," continuó. "Me siento tan natural." Su diálogo interno se desvaneció cuando ella se giró para mirarlo, su gentil sonrisa lo regocijó aún más. "Al tener a Kagome cerca."

Fin del Capítulo

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Notas:

Louisiana – en este momento Louisiana aún sería parte de Francia porque este fanfiction tiene lugar en 1782 y la compra de Louisiana, la cual legó la tierra francesa a los Estados Unidos, no tuvo lugar sino hasta 1804 cuando Napoleón tomó control de la Nueva República de Francia como su primer emperador y vendió la tierra.

Hecho Curioso:

El nombre Orleans viene del hijo del primer Rey técnico de los Francos, del cual los franceses son originarios. Clovis I, a su muerte le dio una parte del reino a cada hijo, Soissons (Neustria), Childeburt (París), Orléans (Burgundy) y Metz (Austrasia). (Era común de los Monarcas dividir el Reino entre sus hijos). Eventualmente Francia fue reunida y el primer Rey de Francia real (el primero en tener ese título) fue Louis VIII en 1226.