¡Regrese! :D que emoción, estoy tan feliz. Sean bienvenidos a este tan esperado capítulo. Pero no les entretengo más, vayan a leer 7u7

Advertencia

El contenido es para mayores de edad, no recomendada para personas con criterio sensible. Debido a algunas situaciones de carácter sexual y violencia se recomienda discreción.

No me hago responsable por castigos o penas capitales derivadas de la lectura de este capítulo.

Este capítulo contiene contenido sexual. Se recomienda discreción.

Ninguno de los personajes me pertenece sus derechos son de R.T yo solo los utilizo sin fines de lucro. La historia es mía.

Sin otro particular, disfruten.

Howling by BloodyP

Capítulo 24: L'histoire du petit lapin et du grand loup feroce.

Distrito XIX. Arrondissement-Buttes Chaumont. Zona residencial. Esa noche 22:30

La luna brillante y seductora iluminaba el cielo aquella noche de otoño. Los tímidos rayos de luna se colaban a través de la puerta corrediza llenando de tenue claridad el piso inmaculado de la cocina, la brisa traviesa refrescaba la estancia aligerando el olor a comida que se mantenía en el ambiente. Rin miraba con sus enormes ojos avellana las estrellas incontables que luchan por sobresalir entre la cegadora luz de la ciudad. Los grillos cantaban su canción inteligible rellenado el apacible silencio. La morena suspiró y apoyó la cabeza en el pecho amplio y fuerte de Sesshōmaru, los brazos del varón rodeaban su cintura en un gesto protector que la resguardaba del frescor de la noche. En la mesa apenas quedaban restos de la cena y del glorioso pastel, el ama de llaves se había marchado desde hace algún tiempo regalando a la pareja ansiados momentos de privacidad. La barbilla de Sesshōmaru presionaba ligeramente en su sien derecha, las grandes manos de pianista jugaban a acariciar la piel de los brazos dejando un rastro electrizante a su paso. Incontables suspiros escapaban de los labios femeninos al ser inundada por los sonidos de la noche y la embriagante fragancia varonil, Rin se sentía inmersa en un agradable sueño. Sus dedos acicalaba las finas hebras de cabello plateado que parecía cobrar vida bajo los rayos de la luna menguante, desenredaba con suma delicadeza los pequeños e inusuales nudos que hallaba al recorrer la longitud. Con la mira fija en el cielo estrellado Rin restregaba de vez en cuando su cabeza contra aquella muralla protectora llenandola de la inefables sensaciones.

—¿Qué le ha sucedido a tu cabello esta noche?

—¿Qué pasa con él?

—Está inusualmente despeinado. ¿Debo comenzar a preocuparme por tu falta de cuidado personal?

—No lo sé ¿Deberías?

—Siempre tienes un porte elegante y un aspecto refinado, pulcro, cada detalle en su lugar. Eres tan perfecto que llega a ser escalofriante, casi tétrico.

—¿Es envidia lo que escucho?

—Tal vez. Pero tomando en cuenta que eres un mutante no debería sorprenderme.

—¿Cuántas veces debo decirte que no lo soy?

—Las suficientes. Me resulta difícil de creer.

—Me doy cuenta. Pero te entiendo, mi superioridad es abrumadora, es normal que un humano no lo comprenda, siéntete libre de admirarme todo lo que te plazca— Rin sonrió girando sobre su eje, los orbes castaños de inmediato buscaron las iridiscencias doradas que adquirían ese brillo extraordinario en la oscuridad. Con el ápice de los dedos deslizó los dígitos por la longitud de las hebras platinadas desenredando el cabello. Sesshōmaru la observó con detenimiento, la serenidad que emanaba de ella era casi palpable.

—¿La llamada de Shippo aún te tiene tan molesto como para que conduzcas de manera imprudente?— Los párpados del licántropo se elevaron levemente, el ceño de Rin estaba contraído en una mueca de molestia y preocupación. —Sabes lo que opino de los accidentes automovilísticos, jamás me perdonaré si algo te pasa por mi culpa. —El empresario suavizó la expresión, con su mano derecha acunó la mejilla femenina deslizando el pulgar sobre la tersa piel.

—Lamento preocuparte, esto no es tu culpa Mon Cher, es… difícil de explicar.— El gesto de Rin se profundizó. Sesshōmaru delineó el contorno del rostro apreciándole como si el mero tacto pudiera fragmentar la superficie.— Ya deberías saberlo, los lobos somos sumamente territoriales, defender lo que nos pertenece es parte de nuestra naturaleza.

—¿Pero eso qué tiene que ver con…?— el dedo de Sesshōmaru se posó sobre los labios impidiéndole continuar.

—Desde el primer instante te considero parte de mí, llevas mi olor en casi todo tu cuerpo, no permitiré que nadie se te acerque o te toque siquiera. — Rin relajó la expresión cuando su corazón latió apresurado, las palabras bañadas en esa voz de terciopelo la llenaban de una sensación indescriptible que hacía su piel estremecer. La oscuridad que se escondía detrás de los espejos dorados resaltaban el peligro que reside en aquel miraje, uno del que únicamente ella estaba a salvo. —No obstante, soy perfectamente capaz de controlar mi temperamento y entender que se trata de alguien importante para ti.— Rin se permitió esbozar una sonrisa y sin dudarlo cruzó los brazos detrás del cuello del empresario. Sesshōmaru rodeó la estrecha cintura pegándola a su cuerpo.

—¿Entonces no estás enojado conmigo?

—De alguna forma que aún no comprendo, soy incapaz de hacerlo.

—¿Entonces por qué llegaste tarde?

—Asuntos de la oficina, pero confío en que no sucederá de nuevo.

—Estoy segura que es obra de ese alienígena.

—En parte lo es.— Sesshōmaru sonrió al ver el adorable puchero de Rin e incrementó la sonrisa cuando la morena soltó su cuello y cruzó los brazos sobre el pecho. De nuevo el coqueteo inconsciente se hacía presente entre los dos, el Conejo no se daba cuenta que el movimiento marcaba con claridad la redondez de sus senos bajo la ropa incitándolo a tener miles de pensamientos indecorosos en medio de conversaciones importantes.

—Es un hecho que no me quiere cerca de ti.

—Efectivamente.

—¿¡Por qué!?

—Cree que me mantuviste secuestrado y me forzaste a hacer cosas denigrantes que atentan en contra de la moralidad y las buenas costumbres.—la indignación grabada en el bello rostro de Rin era deleitable, Sesshōmaru sabía lo que vendría a continuación, así que retiró los brazos de la cintura femenina enfundando las manos en los bolsillos delanteros del pantalón.

—¿¡Secuestro!? ¡¿Cosas que atentan contra la moralidad?! ¡¿Buenas costumbres?! ¡¿EN SERIO?! ¿En dónde rayos tiene la cabeza ese Marcianito? ¡¿Cómo puede pensar eso?! ¡Te rescaté en medio del bosque cuando estabas malherido, te alimenté con carne de la mejor calidad, me aseguré que hicieras ejercicio, te mantuve limpio y cómodo! De no ser porque te negaste rotundamente tendrías completo tu esquema de vacunación. ¡¿Y aún así cree que te maltraté?!

—No le puedes culpar, me encontró vistiendo una bata ridícula… estando completamente desnudo.— El rostro de Rin perdió los colores antes de sonrojarse con furia, abrió y cerró la boca sin idear argumentos válidos para defenderse. Era muy buen punto. Encontró interesantísimo el hecho que las uñas de sus pies no estuvieran pintadas y anotó mentalmente que debería hacerlo pronto. Llevó un mechón de cabello tras su oreja cuando se aclaró la garganta y recuperó un poco de la dignidad perdida.

—No es como si fueras mi esclavo sexual o algo por el estilo...— masculló entre dientes desviando la mirada al piso nuevamente. Sesshōmaru levantó una ceja cuando escuchó con claridad el comentario del Conejo. Sonrió malévolo antes de descender y rozar con su hálito la pequeña oreja de Rin deleitándose antes de tiempo con la reacción de la mujer.

—Eso te gustaría ¿No es así?— A Rin se le escapó una aguda exclamación cuando de improviso Sesshōmaru depositó un beso húmedo justo debajo de su oreja obligándola a aferrarse a la costosa camisa color blanco cuando su espalda se arqueó y su cabeza giró hacia atrás ansiando más de ese contacto. Las manos grandes de Sesshōmaru viajaron a las caderas femeninas pegándolas con firmeza a su pelvis, Rin se estremeció al sentir a través de la fábrica la dureza del licántropo, sus piernas se volvieron gelatina sintiéndose flácidas y sin fuerza cuando Sesshōmaru mordisqueó su cuello arrebatándole suspiros agudos e incrementando la humedad en su entrepierna.

—"Claro que me gustaría. Joder"

Su mente traicionera respondió sin dudar, pero de su boca solo brotaban sonidos vergonzosos que cada vez era más difíciles de contener. Rin abrió los ojos al ser embargada por una necesidad que reconoció al instante, un insistente hormigueo en el centro de su vientre amenazaba con humedecerse ante la clara súplica de su cuerpo. La mirada de Sesshōmaru estaba oscurecida por el deseo manteniendo la respiración pesada y los hombros tensos, el agarre en sus caderas se aflojó apartandola de él, el lenguaje corporal del hombre gritaba dominación e incrementa la tensión sexual que la recorre. Rin abrió la boca para protestar pero de inmediato fue invadida por la boca hambrienta del hombre de cabello plateado. Rin abrió los labios ansiando sentir la ferocidad que en más de una ocasión le había robado el aliento, quería descubrir los secretos ocultos en esa piel de marfil, dejarse seducir por ese magnetismo animal que caracterizaba al hombre frente a ella. Sonrió cuando la presión en su cuerpo incrementó y el beso de volvió pasional, casi salvaje. Su boca fue asaltada por una ola de dominio puro, al saborear la saliva del hombre que le acariciaba la lengua con la suya y poder respirar el mismo aire que él, la tentaba a compartir algo más que simples besos. Rin arqueó la espalda eliminando el espacio que los separaba. Anhelaba dejarse llevar por ese mar de sensaciones y perderse a la deriva de la satisfacción.

Un suspiro agudo y entrecortado escapó de sus labios cuando las manos recorrieron la curva de su espalda deteniendo su recorrido de manera abrupta cuando el oxígeno se terminó. Sesshōmaru pegó su frente a la suya sosegando su respiración, Rin se obligó a imitarlo apoyando su peso en la planta de los pies descendiendo un par de centímetros. El sonrojo en sus mejillas era notorio, sus labios entreabiertos estaban ligeramente hinchados y enrojecidos, su respiración agitada hacía que su pecho subiera y bajara de forma irregular, la humedad en su ropa interior era lo suficiente evidente como para avergonzarla pero por primera vez no parecía importarle. Rin se mordió los labios cuando se percibió insatisfecha, darse cuenta que ansiaba sentir las manos de Sesshōmaru sobre ella buscando mayor contacto incrementaba la presión acumulada en su vientre. Con la mirada vidriosa, la morena trató de hallar su mismo anhelo en la mirada de oro, pero no lo encontró, el empresario permanecía con los ojos cerrados pareciendo tan imperturbable como siempre, las grandes manos abandonaron el refugio de su cuerpo generando en ella un vacío interno, verlo tomar distancia generó una desagradable sensación frustrandola sin motivo.

Sesshōmaru abrió los ojos lentamente cuando recuperó el control de su cuerpo, la presión en su pantalón había disminuido lo suficiente para pasar desapercibida. La mano izquierda acarició la acalorada mejilla de la joven que lo miraba de forma indescifrable, pudo reconocer con diversión la tensión sexual que parecía recorrerla de pies a cabeza, el labio inferior estaba preso entre sus dientes blancos conteniendo las palabras que el licántropo tanto anhelaba escuchar. Sonrió internamente antes de depositar un beso sobre el flequillo de su Conejo y hundir la nariz en el cabello sedoso.

Un escalofrío recorrió la espina de Rin cuando los labios de Sesshōmaru rozaron su oreja derecha, la espalda femenina se arqueó ligeramente cerrando los ojos al exponer la piel de su cuello invitándolo a continuar. El hormigueo sutil permaneció danzando por donde la respiración del varón golpeara contra su piel, un suspiro prolongado indicaba la satisfacción en el roce. Sesshōmaru fracasó en su intento de guardar distancia apoderándose en forma posesiva de la estrecha cintura, conforme el hombre olía pausadamente el efluvio de su cabello llenándose de su aroma y calor, la encerraba en un celoso abrazo.

—Sesshōmaru…

El nombre escapó de sus labios con naturalidad. Fue aún más natural entregarse a la vorágine de emociones que se desataron con el beso, pudo reconocer en aquel tacto sublime un sentimiento abrumador que nunca había sentido con tanta fuerza en una caricia sutil, casi fugaz. La humedad y el calor fueron reemplazadas por devoción. Sesshōmaru la besaba con fervor, en cada movimiento de sus labios contra los suyos surgía poesía pura, un cantar compuesto únicamente para venerarla con dulzura. La danza acompasaba sus respiraciones intranquilas, Rin cruzó los brazos en el cuello masculino vibrando cuando su silueta fue apresada de nuevo contra el cuerpo fuerte. Las manos sobre su cintura se mantenían inusualmente quietas pero podía palpar el hambre que recorría las venas del varón y que incrementa su propia temperatura. Aún con la mente nublada por el deseo Rin no pudo evitar decepcionarse cuando el calor de aquel cuerpo duro y fornido se apartó dándole un respiro. Sesshōmaru se apartaba de ella dándole la espalda con los hombros tensos y la respiración pesada, cuando su voz la alcanzó estaba tan ronca que por un momento le fue irreconocible.

—Estaré en mi habitación.

El cabello largo y plateado ondeó cuando el hombre se retiró de la cocina a grandes zancadas. El viento sopló consolando a la joven de cabello negro que miraba la dirección tomada por el licántropo, retrocedió lo suficiente para apoyarse en la pared y deslizarse hasta el enmoquetado piso. Su corazón latía agitado tratando de sosegar el calor que la recorría de pies a cabeza, el hormigueo se negaba a desaparecer manteniéndola presa de las hechizantes caricias que aún danzaban sobre su piel. La presión en su feminidad era más molesta que nunca. Nunca antes había sentido la abrumadora sensación que se extendía por sus piernas, ni siquiera en los mejores momentos que pasó con Kohaku llegó a experimentar tal urgencia por calmar su placer. Era una presión recalcitrante que surgía de lo profundo de su intimidad y se anclaba en su corazón, sentir una marea de adrenalina inundando sus miembros rogando por apaciguar el fuego que la carcomía, era ser arrastrada por una ola de lujuria y deseo desbordante que tenía olor a cedro y patchouli…

Deseaba a Sesshōmaru como nunca creyó que desearía a hombre alguno.

El anillo se ajustó disipando sus dudas, los orbes marrones observaron a detalle la borrosa sortija que se ceñía a su dedo a la perfección, elevó la mano de tal forma que la luz de la luna acaricia con su brillo la pálida superficie notando los detalles a relieve: era de color plateado con dos líneas que recorrían la circunferencia entrelazándose por el centro. Rin cerró los ojos con fuerza descansando la vista para ver el anillo con mayor nitidez pero al abrir los ojos la visión fugaz había desaparecido. La morena suspiró desilucionada y apoyó su cabeza en la pared ¿Qué debería hacer? ¿Debería subir y hablar con Sesshōmaru? ¿O debería dormirse antes de seguir imaginando indecencias?

—¡Ay Rin en qué problema te metiste ahora!

….

El agua corría dejando ríos por todo su cuerpo, el agua helada erizaba su piel amainando el sofocante calor que circulaba por sus venas. El peliplata alzó el rostro permitiendo que el agua le besara la frente mientras su mano izquierda masajeaba su masculinidad extrayendo las últimas gotas de su semilla. Se sentía patético y derrotado. Ha perdido la cuenta de todas las veces que se ha desahogado de la misma manera: la humana ha doblegado su orgullo en demasiadas ocasiones con una facilidad espeluznante, es sorprendente la habilidad con la que esa pequeña mujer lo persuade obteniendo de él actos gentiles, infectádolo de una ternura inusitada que toma el control en momentos inesperados, resulta absurdo que el cazador haya caído en su propia trampa. Es irónico que el lobo se haya arrancado la piel para pertenecer en el rebaño, que la mascota elija quedarse para proteger a su dueña. Porque ya no le avergüenza reconocer que se enamoró de ella desde que la vio llorar la noche que Kohaku abandonó la casa por última vez, lo verdaderamente humillante era no ser correspondido.

Sesshōmaru cerró la mano izquierda en puño y la derecha peinó hacia atrás su cabello mojado. Un anhelo profundo nació en él en los días que estuvo cautivo en el cuerpo de un lobo, mirándola día día disgustado por los defectos que aprendió a amar comprendió las palabras de su padre, reconocer sus sentimientos había sido confuso y difícil, pero si era sincero consigo mismo le gustaba la persona en la que se convertía cuando ella estaba cerca de él. Aún cuando el filo mortal de la ferocidad que se esconde entre sus fauces se ciñó alrededor del cuello de Rin, ella se mantuvo firme alejando con su resplandor toda la oscuridad que siempre amenazaba con tomar el control y sumergirlo en un frenesí sangriento. Había llegado a su vida como una relajante brisa que trajo consigo un rocío de primavera a su corazón invernal derritiendo con su candor todas las barreras disfrazadas de indiferencia que labró durante años con odio y resentimiento. Sin proponérselo Rin había domado a la bestia que habitaba en él: Ella era capaz de acelerarle el pulso con tan solo un toque sobre su piel de mármol, desataba una efervescencia incontrolable cuando la pequeña boca se rendía ante sus besos tentandolo con la ingenua pasión que tenía el sabor de lo prohibido. Un instinto incontenible emerge de sus entrañas instando a protegerla a cada momento, a alejar para siempre toda la soledad que la persiguió por años apagando el brillo que ahora poco a poco recuperaba su intensidad.

Sesshōmaru suspiró, cerró la llave del agua dejando que los restos de humedad abandonaran su cuerpo, sus ojos dorados notaron una sombra borrosa sobre su dedo anular, abrió y cerró la mano izquierda en repetidas ocasiones cuando la visión hubo desaparecido. El licántropo suspiró antes de salir de la ducha, se sentía como un tonto al contemplar su reflejo en el espejo del baño del cuarto de huéspedes. En otras circunstancias ya habría salido de cacería buscando satisfacerse, elegir tal vez a alguna dama de noble cuna o alguna escandinava desconocida y sumergirse en el juego de seducción para saciar su líbido con cuánta belleza desfilará frente a sus ojos, pero la realidad era muy distinta, sus sentidos de cazador estaban enfocados en una sola presa. Su atención estaba fijo en el movimiento del cabello negro y sedoso, en el olor de la piel nacarada que vibraba cada vez que sus dedos rozaban la superficie, se mantenía fresco el sabor de la saliva de Rin en sus labios y no dejaba de preguntarse si su intimidad sabría tan dulce como su boca. Los gemidos ahogados de la morena aún resonaban en sus oídos aumentando su excitación, cada vez la percibía más desinhibida a su lado pero no lo suficiente como para hacerla dar el primer paso. Esa noche estuvo a punto de claudicar en su determinación y tomarla en la cocina e inundar con agudos y hambrientos gemidos femeninos toda la planta baja de la casa reclamando lo que por derecho le pertenece, pero se obligó a mantenerse firme, usó todo su autocontrol para separarse de ella y refugiarse en la seguridad de su habitación. Al cerrar la puerta de la recámara con una presión insoportable en su entrepierna supo que era un perdedor que había huido por primera vez de una mujer, él el seductor más cotizado de todo París había dejado pasar una placentera oportunidad única y tal vez irrepetible, era tan irónico que no pudo evitar reírse de sí mismo y su patética situación.

Sacudió la cabeza con fuerza arrojando incontables gotas alrededor de la habitación. Se secó el cuerpo y el cabello con calma antes de calzarse los pantalones del pijama de seda color negro y cubrirse con una bata antes de abandonar el cuarto de baño, pudo vislumbrar sobre la mesita de noche la luz parpadeante de su móvil notificando la interminable lista de pendientes que aguardaban por su aprobación. Negó en silencio dirigiéndose a la puerta principal, necesitaba verla antes de hundirse en los pendientes de su imperio financiero que reclaman urgentes su atención.

La tenue luz iluminaba el pasillo. El susurro de las pantuflas resonaba en la silente calma. El licántropo avanzó sigiloso hasta el dormitorio de la morena. La luz del Interior se encontraba apagada, seguramente Rin se encontraba dormida. Sesshōmaru suspiró abriendo la puerta con sumo cuidado. En el centro de la cama la mujer más fascinante que ha conocido permanece abrazada al enorme lobo de peluche, las facciones de su rostro demuestran la tranquilidad de su descanso. El peliplata avanzó hasta rodear el borde de la cama, le encantaba observar con detenimiento, se sentó en el suelo de manera que su rostro quedara a la misma altura. Era curioso encontrarla dormida tan temprano, desde la segunda noche que pasaron en el viñedo se había hecho una grata costumbre conversar hasta las primeras horas de la madrugada, hablar de todo y nada deleitándose con la conexión que los unía. Sesshōmaru se permitió sonreír. Solamente la noche anterior se habían distanciado un poco a raíz de esa llamada telefónica. Si algo le tenía que agradecer a la Hechicera, era la paz que había comprado para Rin. Ignoraba el costo de aquella quietud pero admirarla dormir de manera apacible lo llenaba de una satisfacción inexplicable, verla fruncir el ceño y balbucear mientras abrazaba al esponjoso peluche eran indicativos de que estaba durmiendo como cualquier persona. Las pesadillas parecían haberse quedado en el pasado.

Con suma delicadeza acarició un mechón de cabello llevándolo hasta sus labios. Adoraba cada uno de los detalles de esa mujer, y protegería a toda costa la paz que la envolvía.

—Sessh… — El licántropo sonrió cuando la morena se revolvió sobre las mantas con el peluche a cuestas. —… ese pastel es mío zzzz…

El empresario se puso de pie. La cubrió con las mantas lo mejor que pudo y se retiró a su habitación. Tenía mucho trabajo que hacer.

…..

Distrito XIX. Arrondissement-Buttes Chaumont. Zona residencial. Día siguiente. 17:30

Rin observó a detalle el bosquejo que acababa de dibujar. Aún le sorprendía haberlo hecho. Durante la tarde se había dedicado a practicar las enseñanzas de la druida. Luego de hablar durante horas con Kagome acerca de la próxima vendimia y los avances que había conseguido, la Hechicera le animó a continuar explotando esa parte de su poder, descubrir su talento para el carboncillo y canalizar de esa manera toda esa energía negativa que le paralizada hasta casi perder la razón, así que luego de almorzar con Amélie y recibir un texto de Sesshōmaru que le avisaba que llegaría a tiempo para la cena, Rin se dedicó a dibujar. Al principio fue complicado, su mente inquieta no lograba visualizar cosa alguna, trató de plasmar lo primero que cruzaba sus pensamientos pero fue inútil, también trato de forzarse a recordar los sueños que había tenido pero tampoco funcionó. No fue hasta que arrugó la hoja en donde había garabateado un par de cosas y la lanzó al bote de basura que enfocó su atención en el majestuoso peluche sobre su cama. La primera impresión que tuvo fue que Sesshōmaru estaba mirándola fijamente. Sonrió al recordar los días en los que su adorado lobo la acompañaba al trabajo, extrañaba abrazarlo durante las noches antes de dormir y molestarlo con las tontas comparaciones entre los lobos y los perros. Poco a poco su sonrisa se volvió melancólica, han sucedido demasiadas cosas desde entonces, el fiero guardián se había transformado en un hombre maravilloso, cada detalle en él era perfecto, se sentía embelesada cuando esos ojos dorados la miraban fijamente, era como contemplar una obra maestra de la naturaleza. Sin darse cuenta sus manos habían viajado hasta el papel afirmando el carboncillo, dejándose llevar por la inefable sensación que Sesshōmaru producía en ella, Rin entró en trance y comenzó a plasmar su dibujo.

Horas más tarde la morena observaba maravillada los intrínsecos detalles que definían su obra. Ahora que podía mirarlo fijamente, le parecía recordar vagamente ese lugar. Era una explanada en medio del bosque, el plenilunio iluminaba la cabaña que se alzaba majestuosa en medio de los pinos. A pesar de estar hecha completamente de madera el exquisito gusto estaba plasmado en los detalles de la arquitectura. Era notorio que fue construida con amor. Cambió de hoja encontrándose con un lago maravilloso, las montañas cubiertas con un manto nevado se reflejaban en la superficie del agua. Árboles milenarios enmarcan la orilla. De alguna manera Rin sabía que el agua era cristalina y helada, con un fuerte olor a pino inundando el valle secreto. Un tercer dibujo cayó sobre su escritorio y la sonrisa ya no pudo contenerse. Era un retrato de Sesshōmaru: el gesto serio era suavizado por una amabilidad que solo se hacía presente cuando estaba con ella. La morena sonrió abrazando el dibujo contra su pecho, se dejó envolver por la cálida sensación que el licántropo sembraba en su pecho. Guardó los dibujos en la gaveta y se puso de pie estirando sus músculos. Miró la hora en el reloj digital decidiendo que se daría un baño y dedicaría unas horas a su cuidado personal antes de la llegada de Sesshōmaru.

Un par de horas después, la suela de los zapatos de diseñador resonaron con suavidad en el piso del pasillo de la segunda planta. Frente a él la puerta se alza silenciosa como un celoso guardián. El empresario suspiró, Jaken estaba a punto de volverlo loco con tanto reproche justificado. Jamás creyó que los rumores de la oficina acerca de su hábil asistente fueran reales: siempre supuso que eran exageraciones de esos vagos oficinistas que no perdían ocasión para pedir menos trabajo y más dinero, pero ahora cada vez que veía entrar a su oficina al asistente contable quería esconderse detrás del ordenador con tal de que no lo atacarán con un sermón kilométrico de la responsabilidad, hiciera molestas comparaciones entre él y los logros de su madre o le pusiera una pila interminable de documentos para leer y revisar. Comenzaba a creer que necesitaba tomar otro período vacacional indefinido. Suspiró meneando la cabeza cuando sus nudillos tocaron un par de veces la madera anunciando su llegada la melodiosa voz se coló a través de la barrera permitiéndole el acceso. Le pareció tener un déja vù cuando al abrir la puerta se reveló al enorme lobo de peluche custodiando a la morena que estaba sentada en la cama de manera graciosa: Rin luchaba por encontrar una posición cómoda para manipular los dedos de sus pies que tenían una especie de esponja multicolor... o al menos eso creía. El ceño del peliplata se frunció con curiosidad.

¿Qué era lo que el Conejo trataba de hacer?

—Te lastimarás.— Rin lo miró con sus grandes ojos marrones mientras le sonreía ampliamente. Sesshōmaru tragó saliva: los gestos inocentes de Conejo avivaba el deseo que sentía por ella, verla tan angelical solo seducía a la bestia que habitaba en su interior. El peliplata se aclaró la garganta al acercarse. La cama se hundió bajo su peso cuando tomó asiento en el borde del colchón justo frente a la morena.

—No lo haré, es falta de práctica.

—¿Qué tratas de hacer? ¿Acrobacias o algo por el estilo?

—Supuse que sería buena idea consentirme. No recuerdo la última vez que que dedique algo de tiempo para mí— Sesshōmaru no dejaba de observar al Conejo recién bañado, respiró profundo inhalando el efluvio del shampoo y demás productos femeninos que aturden sus sentidos y no le permitían pensar con claridad. ¿Qué era ese olor que realzaba la vainilla? ¿Lavanda acaso? Debía prestarle más atención a los productos de higiene diaria, acababa de descubrir una combinación peligrosa que ponía en riesgo su autocontrol. —¿Qué color te gusta más?— la mirada del licántropo recayó en los pequeños frascos de pintura que estaban al centro de la cama, una docena de colores diferentes luchaban por llamar su atención, pero la decisión estuvo tomada al sujetar con sus dedos largos aquel color rojo escarlata.

—Este.

—¡Estaba pensando lo mismo!— Rin se acomodó sobre la cama estirando las piernas, el pantalón de su pijama se había arremolinado a la altura de su pantorrilla. Sesshōmaru la observaba con detenimiento deleitándose con el tenue resplandor que la rodeaba, inconscientemente giró su cuerpo sentándose sobre su pierna izquierda de tal forma que pudiera apreciar todos los movimientos de la morena. La vio morderse el labio inferior cuando halló una posición incómoda para llevar a cabo su cometido. Sesshōmaru frunció el ceño: si permanecía mucho tiempo en esa posición antinatural podría lastimarse la espalda. El Demonio Blanco rodó los ojos y atrajo hacia sí los menudos pies apoyándolos sobre su rodilla flexionada tomando por sorpresa a la joven veterinaria. —¿Q-qué e-estás h-hac-ciendo?— Sesshōmaru la ignoró y procedió a destapar el frasco que seguía en su poder, arrugó la nariz un instante cuando el fuerte olor a disolvente se esparció por todo el cuarto.

—Quédate quieta. —El corazón de Rin latía tan apresurado que su rostro demostraba parte de la cómoda vergüenza que la consumía: jamás imaginó que compartiría con Sesshōmaru un ambiente de tanta intimidad y confianza, se sentía sumamente tímida y emocionada, las mariposas en su estómago revoloteaban sin control amenazando con migrar por todo su sistema. Con el arrebol calentando su mejillas Rin contempló con ojos brillosos la delicadeza en los movimientos aristocráticos de aquel hombre magnífico: la concentración que se apoderaba de sus facciones perfectas lo dotaban de un atractivo sublime, casi divino. Rin aún pensaba que ser tan hermoso debería ser ilegal, la mujer que se adueñara de su corazón sería sin duda muy afortunada...

Una punzada de molestia se instaló en su pecho cuando imaginó a Sesshōmaru vestido con un elegante traje sastre del brazo de una mujer sin rostro tan sofisticada y refinada como él. Frunció el ceño y apretó los labios de un lado a otro formando un tierno mohín, solo de pensarlo se le formaba un revoltijo en el estómago y unas indomables ganas de estrangular algo se hacían presentes. No quería que alguien más tuviera la atención de ese mutante narcisista hermoso y perfecto, tampoco le agradaba que el alienígena retuviera más tiempo del necesario a Sesshōmaru y a propósito le hiciera llegar tarde para la cena, ese marcianito tenía que entender que él prefirió ir a vivir con ella dejando atrás la vida de lujos y extravagancias que seguramente tenía, que era él quien quiso compartir su vida con ella…

Fue entonces cuando entendió. Las expresiones abandonaron su rostro dejándolo en blanco. Su mente detuvo de manera abrupta el tren de pensamientos. De pronto todo cobró sentido como si le hubieran vaciado un balde de agua fría sobre la cabeza despejando la verdad con una certeza escalofriante y reveladora:

Sesshōmaru la quería.

Todos los mensajes ocultos en el comportamiento del empresario fueron tan claros y refrescantes como una lluvia de verano: Las ojeras debajo de sus preciosos ojos dorados que no le abandonaba desde el día de la extraña premonición, la falta de apetito que mostraba últimamente, la distancia constante que tomaba cuando los abrazos adquirían matices íntimos, cuando se limitaba a observarla en silencios prolongados, los regalos espontáneos que la sorprendían cada vez que regresaba de la oficina, las bromas sarcásticas y los comentarios en doble sentido que lograban ponerla nerviosa y todos aquellos besos esporádicos adquirieron significado. La inseguridad que sentía se esfumó ante la certeza frente a sus ojos, la tibieza en su corazón se esparció por su torrente sanguíneo inundando de inefable emoción su sonrisa. El tono de frío que Sesshōmaru le mostraba en ese momento era abrumador, la coraza de indiferencia hacía mucho se había derretido y ella apenas ahora era capaz de percibirlo. Verlo frente a ella, actuando con tanta naturalidad y participando en sus ocurrencias cotidianas transformaron su emoción en una conmovedora nostalgia que nubló su mirada volviéndola cristalina. Nadie nunca la había procurado con semejante ternura y afecto.

Sesshōmaru percibió el cambio en el semblante de Rin, despegó la mirada de los pequeños pies del Conejo sorprendiendose al encontrar una acuosa mirada. Un calor se instaló en su pecho conmoviendo su frío semblante, justo ahora Rin parecía un gazapo asustado y solo, un pequeño conejo habitando en una madriguera vacía que alguna vez tuvo calor de hogar. Le pareció mirar un ángel con las alas rotas. Tragó con dificultad cerrando el frasco de pigmento.

—¿Rin?

—¿Qué estás haciendo Sesshōmaru?

—Creo que es obvio que me encargo de tus pies.

—No me refiero a eso. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué sigues aquí?

—¿Por qué lo preguntas?— La lengua de Rin se adhirió a su paladar cuando los ojos del cazador se fijaron en ella. El licántropo estiró el brazo acariciando el húmedo cabello ébano, se maravilló con la textura antes de llevar el largo cadejo a sus labios y aspirar el aroma. —¿Qué es lo que no comprendes?

—A ti. Estás aquí justo ahora actuando como si en verdad fueras mi novio y… y yo me siento confundida...

—¿A qué le tienes miedo?— la morena bajó la vista y sujetó el borde de su pijama con los puños apretados. Sesshōmaru acortó la distancia que los separaba logrando que Rin flexionara las piernas que permanecían apoyadas en su rodilla.

—…

—Rin...

—No quiero de nuevo un corazón roto.

—¿Por qué lo tendrías?— la morena se mordió los labios incrementando la incertidumbre del empresario, pero de pronto una corazonada lo golpeó en el centro de la frente. —¿Acaso estás enamorada de mi?— el aliento del licántropo golpeó la piel de su rostro. Rin levantó la mirada perdiéndose en el mar dorado que la miraba fijamente.

—¿Cómo no estarlo? Si cada vez que me besas siento que el mundo bajo mis pies se estremece. Mi corazón se acelera al escuchar tu voz, mi piel vibra cuando te tengo cerca. No… no puedo pensar con claridad cuando estamos juntos ni dejar de pensarte cuando estamos separados. Te necesito tanto que no imaginó mi vida sin ti.—

Un impulso que se esparcía por su pecho se apoderó del licántropo, aprovechó que tenía a su merced las delgadas piernas de Rin y sin dudar Sesshōmaru la atrajo hacia sí sentándola en su regazo. Rin se dejó abrazar por el calor del cuerpo de Sesshōmaru, su corazón latía ansioso, expuesto. La cercanía de ese hombre era abrumadora, la pelinegra dejó caer el cuello hacia atrás cuando el licántropo comenzó a respirar sobre su piel liberando el hormigueo estimulante que ya se había tatuado en ella.

—Te lo preguntaré de nuevo: ¿A qué le temes?— la voz de Sesshōmaru golpeó ronca contra su cuello, las grandes manos viajaban por su espalda turnándose para sostener su nuca. Rin halló su voz entre los susurros que emergen de sus labios en intervalos de los besos que el varón regaba sobre su piel.

—A verte marchar...— Sesshōmaru mordió su cuello con firmeza cuando supo que no estaba diciéndole toda la verdad.— ¡… con una mujer mejor que yo!— la lengua de Sesshōmaru danzaba sobre la piel nacarada recompensando su sinceridad. El agarre en torno a la cadera de Rin se volvió celoso y posesivo, la erección del empresario se alzaba inquieta bajo la ropa, en el fuerte pecho se agitaba un avispero, las esperanzas que creyó marchitas renacen ante él más tangibles que nunca. Al fin, su mayor deseo se materializa ante sus ojos. —Contéstame Sesshōmaru. ¿Estará a salvo mi corazón si lo pongo en tus manos?

—No. — La espalda de Rin se tensó al escuchar la respuesta tajante y determinada, pero su confusión se esfumó en el momento que el licántropo la tendió sobre el colchón sometiéndola con su cuerpo. Las manos de pianista apresaron las muñecas de Rin por encima de su cabeza dejándola expuesta y vulnerable ante él. Los orbes chocolate estaban fijos en el cazador, la morena sentía esa ola de ferocidad emerger del peliplata excitándola cuando la dureza del hombre golpeó su intimidad. —Jamás estarás a salvo estando conmigo. Nunca debes olvidar que soy un monstruo y si te entregas a mí no habrá manera de que te deje ir, te lo dije antes y te lo repito ahora: me perteneces desde esa noche de plenilunio y si no me detienes ahora serás mía para siempre.

Rin suspiró extasiada. Escuchar la firmeza en las palabras de su lobo le calentaba el cuerpo y el corazón, pero no bastaba, necesitaba una respuesta más concisa. El deseo era una emoción intensa pero pasajera. Ella había expuesto sus sentimientos y él permanecía tan hermético como de costumbre. Necesitaba más de él.

En todos los sentidos.

—¿Por qué? No lo entiendo. Lo tienes todo. Puedes tener a la mujer que quieras comiendo de la palma de tu mano pero insistes en estar aquí, conmigo: con una huérfana con problemas mentales que no tiene nada que ofrecerte.

—Es demasiado errónea la percepción que tienes de tí misma.

—¡Entonces dime! ¡Ya has roto tu maldición! nada te ata a mí ahora, eres libre de marcharte ¿Por qué no lo has hecho?— Sesshōmaru apretó los dientes y dejó escapar un gruñido ronco de frustración. Siguiendo sus impulsos se empujó golpeando la cálida entrada haciéndola gemir. Rin arqueó la espalda y abrió las piernas cobijando al invasor, su cabeza se hundió en la almohada conforme Sesshōmaru se frotaba contra ella calmando por un momento la intensa comezón que los carcome por dentro. La bestia comenzaba a tomar el control, la morena lo sabía debido al hormigueo en su piel, el cambio de energía del peliplata estaba tomando rumbos oscuros pero Rin estaba demasiado aturdida para pensar correctamente, demasiado excitada para prestarle atención.

—¿Crees que me aburriré de ti? ¿Qué me marcharé cuando obtenga lo que quiero?— el licántropo embistió con mayor fuerza dándole énfasis a sus palabras, Rin cerró los ojos y abrió los labios nublada por el deseo, la temperatura de su cuerpo comenzaba a incrementar, la peligrosa energía sobrenatural se hacía presente con mayor nitidez pero en ella no existía una pizca de temor. Las grandes manos de Sesshōmaru la sostenían con algo de rudeza, la posición enmarca los redondos senos de la veterinaria haciéndolos ver tentadores y llenos, pero eso no lo desvió del enojo que atravesaba su espina. Sesshōmaru estaba fúrico como pocas veces lo había visto. —¡¿Crees que te dejaré como lo hizo el imbécil de Kohaku?!— Sesshōmaru escupió el nombre con desprecio y arrancó los botones de la pijama de Rin de un solo jalón exponiendo el torso de la joven. La respiración del licántropo se había hecho pesada mientras estrujaba el trozo de tela preso en su puño, las uñas de sus manos se alargaron un par de centímetros, sus ojos estaban cubiertos por un velo escarlata de furia desmedida. Recordar la manera tan cobarde en la descubrieron la infidelidad del médico hervía un cólera profunda al darse cuenta del enorme daño que había causado en el autoestima de su Bello Conejo. Se juró que cazaría al infeliz para desmembrarlo lentamente, no descansará hasta tener sus fauces llenas de la sangre del médico de pacotilla. Su cuerpo vibraba enloquecido anticipando una transformación, presionó los dientes arrugando el rostro en una mueca feroz, su espalda se arqueó hacia atrás preparándose para el cambio, ira y furia giraban en torno a él arrastrándolo en un remolino, sólo debía cerrar los ojos y dejarse llevar por el frenesí sangriento que tanto anhelaba complacer.

Y así lo hizo. Dejó de resistirse entregándose a la metamorfosis.

Justo cuando la energía sobrenatural alcanzaba el punto máximo, el delicado dedo índice de Rin delineó con suavidad el centro de la frente de Sesshōmaru interrumpiendo los pensamientos y frenando la transformación, el licántropo parpadeó recobrando la compostura encontrando la sonrisa de Rin, en ese mirar amable no había compasión sino una determinación invencible, deslizaba suavemente su dígito delineando una 'C' perfecta en el centro de su frente drenando toda la ira que le consumía. La tensión abandonó los músculos relajándose al instante, el peliplata usó su brazo para sostener su peso y acunó el rostro de Rin con la otra, con voz aún ronca por la inminente metamorfosis le susurró sobre los labios. —¿Cómo puedes ignorar el efecto que tienes sobre mí? Me parece irónico. Te diré lo que quieres saber así que presta atención: No me preguntes qué fue lo que ví en ti, solo sé que no lo he visto en alguien más. Podría pasarme la vida mirándote y no terminaría de enumerar los pequeños detalles que te definen.

—¿Estás enamorado de mí?

—No sé qué fue lo que hiciste ni cuando comenzó, sólo sé que te llevo bajo la piel. Te introdujiste dentro de mí haciendo añicos todo lo que alguna vez quise convirtiéndote en lo único que quiero.

Rin amplió su sonrisa sintiendo su corazón inflamarse. La luna púrpura sobre la frente de Sesshōmaru comenzaba a desvanecerse al igual que las pequeñas marcas en los pómulos. La energía se disuelve lentamente con cada exhalación y el vínculo inquebrantable aumenta de intensidad. Miles de mariposas parecen revolotear en su pecho sincronizando sus latidos con el licántropo, ambos anillos brillaron con fuerza materializandose en el dígito correspondiente.

—Mi vida te pertenece Petit Lapin. Haz con ella lo que te plazca.

La morena alzó su otro brazo acariciando el cuello del varón eliminando con el sencillo gesto la energía residual de la bestia. La corriente de aire acarició su piel descubierta dilatando sus poros, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza cuando Sesshomaru depósito un delicado beso en la palma de su mano izquierda. Un suspiro inevitable escapó de sus labios cuando estuvo segura de lo que quería.

—Entonces bésame. Bésame y no te alejes nunca. No sé qué viste en unos ojos tristes y un corazón roto, pero ten por seguro que mi alma nunca ha vibrado como lo hace ahora.

—No quiero que te arrepientas de estar a lado de un monstruo...— a Rin se le formó un nudo en la garganta cuando un paño cristalino nubló las iridiscencias doradas opacando su brillo. La morena negó lentamente acunando el rostro perfecto con sus pequeñas manos.

—No hay monstruos en ésta habitación. Y aunque los hubiera, no dudaría en entregarles mi corazón.

—Rin.

—Béseme Señor Sesshōmaru.

El licántropo cerró los ojos y obedeció. Una explosión de luz se desató en el momento que sus labios se juntaron. De repente todo era tan claro como el agua, tan refrescante como el rocío de la mañana, más hermoso que un atardecer. Fue como si todas las piezas de un rompecabezas casi indescifrable se manifestará frente a sus ojos con toda su belleza y esplendor maravillándolos con la verdad. El sentimiento de pertenencia era abrumador, sofocante. El aire parecía poco comparado con el detalle con la que sus bocas se reconocían proclamándose en una danza eximia y sublime. En medio de la vorágine la corbata de Sesshōmaru fue la primera prenda en aterrizar fuera de la cama seguido por los frascos de pigmento que rodaron por el piso en diferentes direcciones. El sonido de los besos rompía el silencio de la habitación, los agonizantes rayos de sol no podían combatir con la penumbra que se apoderaba del dormitorio con el paso de los minutos. Las sombras bañan las siluetas que se remueven sobre el colchón. En la habitación aún flota el aroma a disolvente, las manos ansían desprender todo aquello que obstaculiza el sendero.

Hay demasiado anhelo en ese tacto.

— Rin.

—Sesshōmaru.

Las prendas abandonan los cuerpos y los temores se deshacen ante el roce de los dedos, las inseguridades agonizan debajo de la cama, la piel dilatada se estremece y no era debido a la incipiente brisa nocturna que se colaba a través de las cortinas del balcón. Las respiraciones se vuelven jadeos, los suspiros dulces comandos, los besos se convierten en palabras sin sonido que expresan todo lo que ninguno de los dos termina de comprender. Solo una única cosa tiene sentido en toda la ardorosa confusión que los rodea y es el sentimiento de pertenencia que les turba los sentidos. Para Rin, el hogar tiene olor de cedro y patchouli. Para Sesshōmaru la paz tiene olor a vainilla.

El sentimiento es paralizante y abrumador, una tibieza que emana del corazón se expande hasta apoderarse de la punta de los dedos maximizando las sensaciones, la lujuria recalcitrante que les cegó en ocasiones pasadas se ha transmutado en una calidez que les acaricia el alma con cada roce de sus labios. La certeza de saberse correspondido es más placentero que todo el deseo reprimido. El corazón del empresario retumba con cada latido igual que un tambor de guerra, el fuego que corre por sus venas se ha convertido en espesa lava que ha incendiado sus miembros con la pasmosa certeza que cuando todo sea consumido por ese manto ígneo renacerá ubérrimo y más bello que nunca revitalizando su árida existencia. En él sólo existe el ansia por demostrarle a Rin todo lo que provoca en él, la manera en la que ella lo ha convertido en un mejor hombre, en como un monstruo se entregó al amor y fue transformado por completo.

Rin estaba aturdida ante el despliegue de afecto que bañaba cada uno de los gestos de aquel hombre frío e inalcanzable. La maravilla que se vislumbra en ese mar dorado es indescriptible, las pupilas se dilatan mostrando devoción y ternura, en el iris está tatuándose el recuerdo de la belleza de Rin en todo su esplendor: una imagen perfecta que vivirá para siempre en la memoria del asesino como un poderoso bálsamo para apaciguar a la bestia. Sesshōmaru la mira como si fuera la primera vez que contempla a una mujer de manera tan íntima, las iridiscencias doradas no pierden detalle del sendero trazado con la punta de los dedos en cada risco que recorre su cintura, palpando la profundidad de sus pliegues encontrando únicamente espasmos y placer. Ningún hombre ha manipulado su cuerpo con tanta veneración como lo hacía Sesshōmaru esa noche. El licántropo acaricia con sus manos de pianista cada recoveco de sus colinas y sus valles. Con la maestría de un artesano esculpe su formas memorizándolas en su tacto. Cada vertiente se rinde ante las suaves yemas que descubren cada rincón de piel. La fina boca que por momentos es tan dura y cruel al emitir comentarios mordaces e hirientes, roza con el labio inferior las zonas más sensibles de su cuerpo, era como si desplazará el botón de una rosa roja por su superficie incentivando su exaltación con cada beso brindado.

Sesshōmaru…

La voz susurrada se prolongó hasta convertirse en jadeo suplicante, las letras bailaron en los oídos del hombre produciendo una ola de emoción aún más intensa que antes. La manos delgadas levantaron el rostro del empresario, ahí sintiéndose piel con piel, la morena fue testigo del momento exacto en la que el cuerpo de la bestia se estremeció cuando la parte más sensible del licántropo se detuvo a centímetros de la humedad en su centro.

Rin, demandez-le et je serai à vous.

J'ai besoin de toi, Sesshōmaru...

Se miraron a los ojos en todo momento, desde el instante en que sus cuerpos se acomodaron para recibirse hasta que se unieron en una misma carne por primera vez. Las estrellas parecieron descender hasta llenar toda la habitación con polvo estelar. El aliento golpeaba el rostro del ser amado reconociendo la inefabilidad de fundirse en cuerpo y alma. Los espacios vacíos fueron llenados sumergiéndose en un cantar profundo y lento, en una danza rítmica que sacude las almas de forma permanente. La profundidad remece los cimientos amenazando con derrumbar todo. El calor perla la piel, los brazos se aferran buscando refugio, las bocas se encuentran en cada embestida resistiendo toda la emoción que les recorre aturdiendo sus sentidos. Con cada estoque la soledad que durante años se instaló en lo más profundo de las almas es aniquilada ante las olas de calor y necesidad. Una revolución estelar estalla cuando un hormigueo placentero se esparce por todo el torrente sanguíneo, las piernas femeninas se abrazan a la estrecha cadera del varón que se empuja contra ella. En medio del frenesí que los arrastra en un voraz torbellino, las palmas se aferran tratando de no perderse en la irrealidad que les rodea. El aire no es suficiente, la fricción amenaza con romper la presión que se acumula en sus entrañas. El anillo plateado resplandece en la oscuridad de la habitación incrementando las sensaciones.

Parece un sueño hecho realidad.

El impasible Demonio Blanco está perdido en la recalcitrante emoción que acompaña sus movimientos: el cielo huele a vainilla, el paraíso se encuentra entre las piernas de aquella mujer de cálida cintura, la suavidad de las formas se amoldan a sus duros contornos. Estando sobre ella puede ver el regocijo en los sonrojados gestos, su cuerpo fuerte cubre la suavidad de Rin, siente su anhelo, su humedad, su fragilidad, las ansias de ser amada de verdad. Él está rendido, lo sabe por la manera en la que el cuerpo femenino le demanda satisfacción y cómo su propio cuerpo responde para complacerla, ella es lo único que importa, devoción es lo único que quiere demostrarle y se lo proporciona con cada embestida, con cada beso, con cada caricia en una zona sensible. La escucha llamarlo, esa voz de ruiseñor bañada por la irrealidad del delirio, los chasquidos de su unión compiten con el sonido de sus bocas besándose, nunca creyó que su propio cuerpo temblara tanto bajo el tacto de una mujer, que su respiración se aceleraría aún manteniendo un compás tan lento, que su cuerpo vibraría cada vez que los delgados dedos se entierran en su espalda y los dulces labios susurran su nombre entre beso y beso debido a las intensas emociones. La siente estremecer, su propio cuerpo está trémulo ante la efervescencia que surge en el ápice de su desembocadura. El final se acerca para arrastrarlos a un mundo desconocido y fugaz. La siente contraerse, el placer que está brindándole domina en los rincones de la morena que se remueve para encontrarlo en cada movimiento. Ella también lo siente, la conexión plateada resplandece más que nunca, sus almas se han unido y la sensación inefable adquiere nombre conforme el deseo se disuelve en la bruma sofocante.

Rin moi embrasse quand tu touches le ciel.

El hechizo fue pronunciado. Los labios de Rin se fundieron a los labios masculinos que estaban ahogándose en la misma nébula que ella. El cosquilleo reconfortante ascendía por todo su cuerpo conforme el empuje se volvía más errático y preciso, el corazón de la morena parecía a punto de detenerse, su respiración se entrecortaba al ser invadida por el irrefrenable calor del licántropo, un entumecimiento en la base de la lengua es el indicador que su cuerpo necesita, la presión que amarra su vientre se fue destensando poco a poco, Sesshōmaru pareció sentirlo porque golpeó sin cesar el punto exacto desatando una liberación en cadena.

Allez chérie, finissons ensemble.

Susurró Sesshōmaru sobre sus labios. Y ahí estaba. La sensación arrolladora que la elevó hasta el infinito, un tornado formándose en su interior sacudiendo todo su alrededor. La fuerza abandonó su cuerpo, una intensa satisfacción la recorría de pies a cabeza aturdiendo sus sentidos cuando una calidez se vertió en su vientre renovando su espíritu. El pitido en sus oídos la envolvía impidiéndole razonar. Sesshōmaru se sostenía para no aplastarla con su peso, el cuerpo del licántropo temblaba, la respiración agitada golpeaba la piel de su mejilla, el sudor bañaba el cuerpo caliente. La morena aún puede sentirlo agitarse en su interior: es lo más glorioso que había sentido jamás. Con la debilidad apresando sus miembros Rin levantó los brazos para cobijar al licántropo con suavidad, restregó la respingada nariz en la cálida piel de la mejilla del peliplata siendo correspondida en aquel gesto único entre ambos. La morena estaba segura que el calor que anidaba bajo la piel del hombre era igual al que ella sentía en el corazón. Abrió los ojos sonriendo cuando las iridiscencias doradas la miraron con la misma adoración que estaba plasmada en ella.

Tu es mon cher Loup féroce.

Oui Petit Lapin.

Un beso inefable los embargó cuando el licántropo retrocedió abandonado el cálido refugio. Un cansancio sofocante se apoderó del peliplata, los pulmones le ardían en cada inhalación, su cuerpo temblaba, las cosas a su alrededor danzaban como parte de una epifanía, en su piel un oleaje le recorría el cuerpo varándolo en la inconsciencia. Con sus últimos pensamientos lúcidos se tendió sobre el colchón fijando sus adormecidos ojos en el techo de la habitación. El suave cuerpo de Rin se abrazó a su pecho, la extenuada chica respiraba agitada, tenía el cabello húmedo y el cuerpo frío debido al sudor que templaba su piel antes hirviente. Se acomodó junto a él respirando el embriagante perfume que despedía su piel de marfil. Antes de perder la conciencia rodeó el menudo cuerpo de la chica y se entregó al vértigo que se apoderaba de él. Se quedó dormido antes de que Rin lo cubriera con una manta y se abrazara a él feliz de haber encontrado su lugar en el mundo. Porque la morena sabía que desde ese precioso instante, el lazo que la unía al licántropo era indestructible y más tangible que nunca. Observó en anillo plateado sobre su dedo anular y el que reposaba en la mano de pianista de aquel hombre magnífico. Ambas sortijas brillaban con un resplandor argénteo, calentando la piel con el frío metal con el que estaban hechos. La joven sonrió antes de cerrar los ojos y quedarse dormida.

Cuando Sesshōmaru abrió los ojos aún no había amanecido. El licántropo observó el techo del dormitorio recordando lo sucedido horas atrás.

No fue un sueño.

Sintió la tibieza de Rin acurrucada a su flanco izquierdo. Volvió el rostro encontrándose con semblante dormido de la pelinegra. Una sonrisa se apoderó de aquel rostro de gestos severos, aquella sensación de pesadez y la fatiga extenuante había desaparecido. Nunca antes había experimentado sensaciones como aquellas. Ninguna de las mujeres que compartieron su lecho en el pasado le inspiraron una décima parte de la vorágine de emociones que Rin había sembrado en él. Por primera vez se sintió tímido y torpe. Toda la experiencia que adquirió durante años fue sepultada por la necesidad de demostrar con dulce tacto todo lo que sentía por ella. La cursilería que rodeaba al coito cobró otro significado cuando comprobó que al tener sentimientos por la otra persona convertía un acto instintivo y placentero en una experiencia sublime e irreal. El peliplata giró su cuerpo encarando la silueta durmiente: era bellísima. El cabello negro enmarca la nívea piel, pequeñas pecas adornaban los hombros y parte del pecho de la joven, tendría que contar todas y cada uno de esos interminables puntitos. Las largas pestañas acariciaban la piel de los pómulos y los labios sonrosados estaban entreabiertos: deseaba besarlos hasta quedarse sin aire. Con su mano derecha, la única que tenía libre, despejó la frente de la joven. Jamás creyó que este momento llegaría, su Bello Conejo estaba enamorada de él y seguía sin creerse digno de semejante regalo, él, que fue un ser despiadado y cruel, tenía entre sus brazos la creación más maravillosa de la naturaleza.

Los orbes de la morena se abrieron ante ese roce gentil. Las iridiscencias doradas la miraban con atención. Rin supo al mirarlo a los ojos que la oscuridad que habitaba en él agonizaba en lo profundo del olvido sumergiéndose en un letargo indefinido, en su lugar una inmarcesible luminiscencia emanaba de ese mirar antes frío, estar bajo ese escrutinio era tan reconfortante como la tibia luz del sol, en ese miraje luminoso la soledad moría a cada segundo al gritar lo mucho que estuvo esperando por ella y lo feliz que le hacía. Rin sonrió y con su mano izquierda acarició la fina barbilla.

—Lamento haberte despertado.

—No lo hiciste.— los cuerpos actuaron por sí mismos reduciendo el espacio que los separaba. Aún les sorprende la manera en la que se complementan, como si el espacio que existiera entre los brazos del licántropo fuera hecho exclusivamente para ella. La morena respiró el adictivo olor masculino. Un escalofrío la recorrió cuando los brazos del hombre se cerraron entorno a su cuerpo desnudo. Era una situación extraña, en vez de avergonzarse por su desnudez estaba sumamente cómoda con el roce de la piel de mármol, como si permanecer de esa manera fuera parte necesaria de su vida. —¿Qué pasará ahora Sesshōmaru?

—Lo que tú quieras que pase.

—Todo lo que dijiste anoche…

—Fue real.— Rin se incorporó sentándose de golpe, la sábana descubrió su torso cuando se giró para enfrentar al peliplata. Sesshōmaru la miraba a los ojos en todo momento, el rostro de Rin era serio, en los orbes pardos se notaba una sabiduría ajena a ella, cuando la joven le enseñó su mano izquierda, el licántropo supo lo que vendría.

—¿Sabes lo que esto significa?— el hombre se sentó sobre la cama junto a ella. Con lentitud levantó la mano izquierda enseñándole su propia sortija.

—¿Tú sí?— Rin observó a detalle el anillo idéntico al que descansaba en su mano: dos líneas atravesaban la circunferencia entrelazándose, pequeños destellos fulgía en la superficie cada vez que le tocaba la luz, como si emitiera un brillo mágico a cada movimiento. Alzó la vista encontrándose con la mirada curiosa y atenta del empresario.

—No realmente.

—Tal vez desconozca la naturaleza de muchas cosas que han sucedido últimamente, pero puedo asegurar que esta es la prueba del destino. Nuestros caminos se cruzaron para encontrarnos en la oscuridad.

—Entonces es una promesa.

El empresario asintió antes de juntar sus labios a los de la morena. Una paz se instalaba en su pecho cada vez que esa boca se rendía ante él. Las manos comenzaron a moverse por sí mismas, la joven lo abrazó por el cuello y él se recostó con la joven sobre su pecho, se besaban mientras sus cuerpos reaccionan anticipándose a lo que venía.

—Sessh… debemos… ir … a… trabajar…

—Aún es temprano… además… el zorrillo … se las… arreglará…

—Pero…— Rin lo miró con un fuerte sonrojo cubriendo sus mejillas cuando la dureza del hombre rozó sus muslos invitándole a perderse a la deriva de la satisfacción.

—Si es lo que deseas me quedaré todo el día en la cama contigo.

—… sólo hasta que suene la alarma… debemos ir a trabajar…

—Espero que no te arrepientas del límite que has puesto.

—¿Eh?

El empresario la besó profundamente mientras la abrazaba con firmeza. Rin gimió de sorpresa cuando se vió presa entre el cuerpo firme y el colchón. La sonrisa malévola que se imprimió en ese rostro de marfil le hizo pensar que no debió limitar a ese hombre indómito.

Era un mutante rencoroso después de todo.

Barrio la Mouzaina. Clínica veterinaria 'Traces de Aidé'. Ese día. 10:30

—¿Rin estás escuchando?— un par de dedos tronaron frente a ella haciéndola reaccionar. Parpadeó un par de veces antes de bajar el brazo en el que estaba apoyada. El rostro de Shippo reflejaba molestia y confusión, Rin supo solo con verlo que tenía que ser muy diplomática si quería evitar un malentendido. Luciendo su mejor sonrisa, se limpió el polvo imaginario del uniforme actuando como si no pasara nada extraordinario.

—Por supuesto. Decías que Shiori ha sido de gran ayuda estos días, cumplió con el trabajo sin quejarse.— Shippo la miró entrecerrando los ojos, la actitud de Rin era demasiado sospechosa. Aunque al pelirrojo le costara admitirlo, la morena se veía radiante, tal vez ese sujeto no era un psicópata después de todo si Rin estaba tan contenta a su lado. El veterinario respiró profundo y dejó caer la cabeza derrotado. La resignación estaba ganando terreno. —Tal vez le deba incrementar el sueldo ¿Qué te parece? Creo que se lo ha ganado.

—Eres la Jefa, Jefa. Haz lo que mejor te parezca.— Rin frunció el ceño levemente. Había demasiado sarcasmo en su querido amigo.

—Sabes que valoro tu opinión.

—...Si claro...

—¿Amm… me estoy perdiendo de algo?

—Olvídalo. Es solo el estrés. Es difícil acostumbrarme a la idea de que ya no me necesitas.

—¿De dónde sacas eso?

—Me resulta obvio. Tu novio cuida bien de ti: es bueno verte bien, hacía mucho tiempo que no te notaba tan radiante como hoy.

—Eso no… eso es … él… las cosas no son como te lo imaginas. Eres mi mejor amigo, el hermano que no tuve, formas parte importante de mi vida y eso nunca va a cambiar. Mi relación con Sesshōmaru no va a interferir con nuestra amistad.

—Qué consuelo…

—Shippo…

—Discúlpame Rin… no me hagas caso… solo estoy cansado, creo que el exceso de trabajo y la falta de sueño comienzan a afectar mi personalidad. No fue mi intención hacerte sentir incómoda. Lo lamento.

—No pasa nada… lamento que estés así por mi culpa, prometo que no pasará de nuevo. Tómate el día, ve a descansar. Te veo mañana como siempre ¿Te parece?

—Claro, suena bien. Me iré primero.

La sonrisa de Rin despareció cuando el pelirrojo cruzó la puerta. Algo no andaba bien con él ¿Tanto le molestó enterarse de su relación con Sesshōmaru? Sabía que el licántropo podía carecer de tacto y ser en efecto cruel y déspota, pero Sesshy le había jurado que en ningún momento ofendió al veterinario para hacerlo enojar de esa manera incluso comentó algo de saldar una vieja deuda… que extraño, de seguro se trataba de aprehensión de hermano mayor, después de todo hacía pocos meses que había terminado, y no de buena manera, una relación romántica. Rin suspiró y acomodó los papeles meticulosamente ordenados, ahora que se daba cuenta era notorio el toque femenino en aquel escritorio, se preguntaba si Shippo era consciente de los pequeños detalles que Shiori había dejado a lo largo de esa semana en la clínica: el baño estaba reluciente y tenía un fuerte olor a detergente, un helecho colgaba cerca de la entrada dándole una vista fresca y viva a la recepción, había un dispersor aromático que emitía una esencia relajante, el escritorio estaba ordenado con minucioso detalle: los lapiceros estaban ordenados por color y había un organizador en donde estaba una infinidad de clips, grapas y todas las cosas pequeñas que se pudieran necesitar para el manejo de expedientes así como unos adorables postips de color verde con adorable forma de manzana. Rin sonrió enternecida cuando halló un dibujo mal hecho de alguien que tenía el cabello rojo y los dientes puntiagudos, era grato contar con un poco de ayuda y ligeros toques de alegría por la clínica. La morena suspiró y se abrazó a sí misma, la sortija en su dedo anular brillaba con fuerza bajo la luz del sol, Rin no dejaba de sorprenderse por la belleza de la joya, sin duda era un hecho extraordinario. No podía recordar el momento exacto en el que el anillo se materializó alrededor de su dedo, estaba tan concentrada que ni siquiera lo notó.

Un fuerte sonrojo cubrió sus mejillas y un bochorno se instaló en su rostro, se mordió los labios y obligó a su cuerpo a mantenerse quieto. Tal y como una vez se describió a sí mismo su lobo mascota: es sencillamente perfecto. Si era sincera consigo misma tenía que admitir que la noche anterior fue la mejor de su vida. Nunca antes había sentido ni una mínima parte de lo que sintió, y si era aún más sincera, el de anoche había sido su primer orgasmo. Le asombraba la facilidad con la que Sesshōmaru era capaz de elevarla hasta el infinito con el suave roce de sus labios sobre su piel, incluso ahora, a varios kilómetros lejos de él, algunas partes de su cuerpo se sentían trémulas en aquellas zonas que estuvieron a su merced esta mañana. Tal y como lo vaticinó, Rin se lamentaba que la alarma sonase demasiado pronto, o al menos antes de permitirle disfrutar a consciencia de esa bruma sofocante de lujuria y alivio que olía a cedro y patchouli. La morena se abanicaba el rostro con ambas manos recordando la manera tan íntima en la que sus cuerpos se complementaban: ella cabía entre sus brazos a la perfección y él la llenaba por completo. Siempre ha sido una persona soñadora y algo cursi, pero eso que decían acerca de unirse cuerpo y alma no le había hecho justicia a la realidad, la inefabilidad que la elevó a una dimensión irreal fue tan tangible que creyó enloquecer cuando su cuerpo entero vibró con semejante intensidad. La plenitud que le alcanzó cuando la esencia del empresario se vertió en ella no podía ser explicada en palabras porque sencillamente no era capaz de describirlo. Incluso ahora, sentada en la recepción de su clínica veterinaria, Rin se hallaba muda ante la conexión que la une en cuerpo y alma a aquel hombre magnífico. Era como si su alma estuviera completa, en él encontraba su paz, un refugio, un cálido abrazo en sus días grises, sin necesidad de palabras podía comprenderla y sobre todo amarla tal y como ella era. ¿Acaso lo que sentía era amor? ¿Esa explosión en su pecho cada vez que pensaba en él podía catalogarse de esa manera? ¿Sentirse morir y renacer en aquel tacto sublime? ¿Ahogarse en la felicidad que moraba en los brazos que olía a cedro y patchouli?

La morena sonrió conmovida, aunque no supiera el nombre de lo que estaba sintiendo, jamás había estado tan feliz. Suspiró antes de mirar con sus ojos resplandecientes las obligaciones escritas en ese trozo de papel antes de ponerse de pie y dirigirse a uno de los consultorios para esperar a los pacientes. Ensimismada en sus pensamientos no se percató que al otro lado de la calle, un joven albino emprendía la marcha perdiéndose entre la multitud luego de haberla observado por algún tiempo demasiado prolongado.

….

19:30

—¿Día pesado?

—Es bueno volver al trabajo, pero debo admitir que ya me había acostumbrado a pasar la tarde entera vagabundeando.

—Te ves cansada ¿Estás bien?

—¿Eh? Si, es falta de práctica. Espero que no te haya molestado que le diera la tarde libre a Shippo...

—No voy a cuestionar las decisiones que tomes respecto a tu trabajo. Pero no te negaré que me parece una imprudencia considerando tu condición. No debes sobre esforzarte.

—No estoy enferma, es… diferente, puedo mantenerlo bajo control mientras no me altere…

—¿Y si no?

—Y si no… — Rin se mordió los labios tratando de idear una respuesta, por inercia rozó con su pulgar el anillo en su dedo anular conociendo la respuesta de antemano. Giró en dirección del licántropo cuando la luz roja obligó al deportivo a detenerse. Rin colocó su mano encima de la que descansaba en el reposabrazos obteniendo la atención del empresario. —… si algo me pasa sé que lo sabrás inmediatamente.— la morena se acercó para depositar un dulce beso en los labios del varón. Sesshōmaru la miró por unos segundos más antes de regresar la vista al tránsito y corroborar que tenía unos segundos para besar a la morena de manera pasional antes que el claxon de los vehículos le indicara que debía avanzar.

—Te has vuelto muy astuta.

—¿Te lo parece? Tuve un excelente maestro.

Touché Mon amour. — Sesshōmaru sonrió cuando Rin entrelazo sus dedos y comenzó a relatar la larga jornada en la clínica. Era relajante compartir momentos de íntima complicidad, al licántropo lo envolvía un aura de comodidad inexplicable, jamás a experimentado nada como esto, desde la noche anterior se sentía flotar en una nube de irrealidad: despertar y mirar a Rin fue la sensación más gloriosa que pudo imaginar, las fantasías no le habían hecho justicia a la paz que encontró en los brazos del Conejo. Se dirigía a uno de sus restaurantes favoritos cuando al aparcar el vehículo se percató de la incomodidad en el lenguaje corporal de la morena. El rostro de Rin tenía una mueca entre sorpresa y desagrado, la mano derecha había hecho añicos un pañuelo de papel y la palma izquierda no dejaba de sudar. Sesshōmaru frunció el ceño levemente, echaba de menos sentir los sentimientos de Rin en su interior, desde que la Hechicera colocará ese sello de protección su vínculo había evolucionado hasta materializarse en el dígito anular de sus manos enmudeciendo las emociones. Decidió que era una oportunidad para profundizar el terreno de las relaciones interpersonales que eran desconocidas para un ser impasible e intransigente como él. —¿Qué sucede? Creí que tendrías hambre.

—Si tengo…

—¿Pero?

—Tal vez pensarás que es una tontería pero… no, no estoy vestida para entrar a un lugar como este.

—No tiene nada de malo tu atuendo, ambos estamos saliendo del trabajo.

—Pero tú siempre estás elegante para toda ocasión y yo estoy usando un chemise rosa de animalitos y unos tenis viejos, sin contar que huelo a perro sucio…

—¿Y eso importa?

—Para el tipo de personas que acuden a este sitio tal vez…

—¿Y para ti?

—… sería un poco incómodo la verdad… pero olvídalo, vayamos ya… N-no me hagas caso…

—Esta bien, no entraremos si no quieres.

—...Lo lamento. Debes creer que es un berrinche infantil.

—No lo hago, es parte de tu personalidad ¿Qué tienes en mente entonces?— Rin se mordió los labios y miró a los alrededores ubicándose de inmediato, se encontraban cerca de Vincennes y los recuerdos de esa noche de luna llena cuando visitó el castillo montando la espalda indómita de un hombre lobo regresaron a su mente con fuerza trayendo una ola de nostalgia. Sonrió sin contener la felicidad que le recorría y enfrentó al confundido empresario que trataba de leerla.

—¿Qué tal un paseo? Nada de collares y arneses esta vez. Lo prometo.

—¿Te crees muy graciosa no es así?

—Tal vez, pero te aseguro que será divertido.

—¿No moriré intoxicado?

—Espero que no. — La veterinaria le sacó la lengua y se bajó del vehículo confiando que el peliplata la seguiría. Respiró sintiendo el aroma de los árboles diluido en la rutina callejera. Miró con sus brillantes ojos pardos la algarabía que circunda al parque nacional, decidía el rumbo cuando Sesshōmaru pasó un brazo alrededor de su cintura haciéndola estremecer.

—¿Y bien?

—Tengo una duda existencial… ¿Puedes usar tus poderes de mutante para olfatear la mejor comida de aquellos puestos?— la morena señaló hacia adelante y luego miró a Sesshōmaru notando el momento exacto en el que el peliplata alzó una ceja en una mueca que claramente expresaba ofensa e incredulidad.

—¿Perdón?

—Que si puedes oler cuál es la mejor comida de esos puestos.

—¿Qué te hace pensar que lo haré?

—¿Por qué? ¿No puedes?— el empresario soltó una risa muda y llena de indignación mirando los ojos brillantes de su Conejo. Era increíble como aquella dulce y pequeña mujer pisotea su orgullo de una manera tan ingenua e inocente. Su ego herido se disolvió ante los mofletes inflados y ese adorable puchero, con su mano libre acarició la mejilla sonrosada y la besó con intensidad cayendo rendido ante la voluntad de aquella mujer cautivante. El brazo que apresaba la estrecha cintura la afirmó con posesión, deseaba llegar a casa y hacerla gritar de placer una vez tras otra. El aire se hizo insuficiente y el empresario se separó de ella decidiendo qué podría salir beneficiado de aquella inocente burla a su ego descomunal.

—Te propongo un trato Mon amour, yo hago lo que quieres pero con una condición— se acercó hasta rozar la pequeña oreja de Rin haciéndola estremecer con su susurro y su petición. —Cuando lleguemos a casa te haré mía hasta el amanecer, te haré gritar mi nombre tantas veces que no podrás caminar con normalidad al día siguiente ¿Aceptas?— la sonrisa malévola aumentó cuando su perfecta audición captó un sutil suspiro anhelante. Rin tragó saliva apaciguando las ansias por comprobar las palabras de su novio mutante, abrió la boca para contestar pero su estómago rugió sonoramente respondiendo por ella. Sesshōmaru emitió una risa ronca antes de erguirse en toda su altura y con una sonrisa de satisfacción miró en dirección de los puestos de comida ambulante. —Muy bien es un trato, veamos qué tenemos aquí.

Sesshōmaru comenzó a caminar con la chica bien sujeta por los hombros, olfateaba con disimulo siguiendo el rastro de algún aperitivo que estimulará su apetito, cuando el brazo tímido de Rin rodeó su cintura, el varón se supo doblemente ganador: no solo se aseguró de tener una noche llena de gozo entre los tiernos muslos de su humana, sino que teniéndola segura entre sus brazos le dejaba en claro a todos esos curiosos que osaban mirar a su Conejo con otros ojos, que la morena no estaba disponible. Aunque Rin no se percatara de ello, poseía una belleza y un encanto que volvía locos a hombres como él: su sonrisa sincera, sus ojos límpidos y una figura armónica alimentaba las fantasías de cualquier hombre que busca frescura entre un mar de cirugías plásticas y botox. No era la primera vez que notaba que su Conejo atraía miradas indecentes, lo supo desde el primer día en que la acompañó a la clínica cuando aún era un lobo incapaz de comunicarse con ella, en ese entonces bastaba con enseñar los dientes para hacer correr a esos imbéciles, pero ahora, podía marcar su territorio en un despliegue de instintiva testosterona. El licántropo sonrió orgulloso cuando Rin se pegó a él en busca de calor. La noche era un poco más fresca de lo normal, el otoño se dejaba sentir con su crocante susurro decante, el viento llevaba consigo miles de hojas multicolor llenando de aromas ámbar y ocre la vida del parque de Vincennes.

—¿Has olido algo delicioso?— un gesto provocativo se adueñó de los rasgos aristocráticos. La mano que descansaba en los hombros del Conejo recorrieron la curva de la espalda en una sugerente y lenta caricia hasta arribar a la cintura. Rin tragó saliva cuando supo que había escogido las palabras incorrectas, el aliento varonil golpeó su oreja derecha tentandola con permitir que ese mutante insaciable y perfecto la llevará ahora mismo al delirio del placer.

—Lo único que mi olfato distingue es el exquisito aroma de tu creciente deseo. Allez Mon amour, vayamos a casa para que pueda complacerte.— la veterinaria se mordió los labios con las mejillas encendidas y los ojos brillosos. Levantó el rostro encontrándose con la mirada intensa y emotiva del empresario. Un destello diferente ilumina esa mirada ambarina, un candor afectuoso lleno de ternura y atención. Rin se puso de puntillas uniendo sus labios a los de Sesshōmaru. El cosquilleo que le recorrió la espina, se transformó en un suave suspiro al ser correspondida. Estando a su lado, una nube de felicidad la elevaba hasta el infinito fundiéndose con el inefable deseo de pertenecer a él por siempre. Podía perderse en esos labios de marfil y sería la mujer más dichosa de la tierra.

El licántropo se separó sonriendo al ver las mejillas sonrosadas. Adoraba a esta mujer, cada detalle de ella lo cautivaba a todo momento varándolo a la derivada de una veneración casi celestial. Iba a decirle lo hermosa que se veía cuando un aroma apetitoso acarició su nariz, la mezcla de queso gratinado y pan de fina manufactura desvió su atención haciendo vibrar muy sutilmente su estómago. Si quería llevar a su Conejo al paraíso y demostrarle la devoción que sentía por ella y por su cuerpo encantador debía alimentarse bien y alimentarla, por supuesto. Se irguió olfateando sutilmente el origen del aroma, justo ahí, a 400 metros en dirección noroeste un modesto puesto de comida ambulante despacha a un par de clientes.

—Por aquí.—Rin se dejó guiar aún aturdida por sus emociones. Le sorprendió encontrarse frente al establecimiento móvil, el aroma tostado de queso y especias de inmediato despertó su apetito. El dependiente era un señor de mediana edad oriundo de Venecia que prepara suculentos paninis. La morena no pudo evitar sonreír cuando el refinado empresario solicitó en aquel idioma dos paninos tostados rellenos de prosciutto y un par de bebidas naturales. Posteriormente la acompañó a tomar asiento en la única mesa humildemente predispuesta para los comensales. Rin lo miraba con evidente adoración, era increíble todo lo que el peliplata estaba dispuesto a hacer por ella. La intensidad de su mirada debió ser tal porque el empresario le miró un tanto intrigado y algo divertido. —¿Qué sucede? ¿Algún problema con la cena?

—Hnn— Rin negó con la cabeza— Es solo que, es como estar en un hermoso sueño.

—¿Por qué lo dices?

—Porque… —la morena miró a su alrededor notando como el contingente femenino cercano tenía la vista fija en el empresario sentado frente a ella, no le extrañaba en lo más mínimo, su mutante vestía una camisa rojo vino y pantalones negros de diseñador que realzaba su porte imperial. Ser monstruosamente perfecto debería ser ilegal porque con ese cabello largo y plateado recogido en un coleta alta que le daba un porte demasiado sexy y misterioso llamaba demasiado la atención. Se apoyó sobre la mesa invitando al empresario a hacer lo mismo, como si ella estuviera a punto de susurrarle un secreto. —Porque aunque todas esas mujeres están mirándote tu solo tienes ojos para mí, como si yo fuera la única mujer sobre la faz de la tierra y eso, aunque te parezca tonto, me hace sumamente feliz.— el empresario sonrió ladino acariciando la suave mejilla de la morena frente a él.

—Para mí no hay nadie más.

—Lo sé… por eso ansío llegar a casa.— la sonrisa sensual y seductora del peliplata le hizo morderse los labios sintiéndose traviesa cuando el dígito del varón se deslizó fugaz sobre su níveo cuello haciéndola estremecer.

—Podríamos empezar aquí...

—¿Y dejar que esas envidiosas sepan lo que eres capaz de hacer? Olvídalo, esos asuntos se resuelven en casa.

—¿Acaso pretendes secuestrarme y convertirme en tu esclavo sexual?

—No sería mala idea. De todos modos el marcianito es lo que cree de mí, ¿Para que negarlo?

—Que sea lo que mi Ama desee, te aseguro que no pondré resistencia— Ambos se rieron compartiendo un beso fugaz momentos antes que el vendedor les llevará su orden y comenzarán a cenar bajo el abrigo del parque de Vincennes.

No demoraron apreciando el paisaje que les rodeaba, la necesidad por llegar a casa era más fuerte que cualquier otra cosa. Apenas el deportivo aparcó en la vivienda e ingresaron a la propiedad, una fuerza magnética unió sus labios en una danza que duró todo el sendero hacia la habitación. La morena se abrazaba con brazos y piernas del hombre que la cargaba a horcajadas sobre su cadera mientras sus bocas se reconocían. Los dedos de Rin mantenían una lucha desenfrenada en contra de los botones de la costosa camisa, se le figuraba una tarea imposible con el licántropo frotándose contra ella impidiéndole pensar correctamente. La necesidad de sentirlo ya era insoportable. Era tan abrumador que le impedía respirar. Rin jadeaba pero el oxígeno no era suficiente. Su boca era apresada por una igual de hambrienta que la suya. Chasquidos. Humedad. La lengua sedosa de Sesshōmaru recorría los rincones de su boca paladeando su saliva como si se tratara de un afrodisíaco. Rin gemía, no podía evitarlo. En el centro de su vientre un nudo se presionaba de manera dolorosa. Sus labios bebían con ahínco de la boca fina y perfecta. Las delicadas manos se deslizaban entre las sedosas hebras plateadas atrayendo el hermoso rostro hacia sí. Era suyo. Le pertenecía y lo quería todo de él.

El calzado de ambos se perdió en el trayecto. El mullido colchón los recibió cuando se hundieron en su superficie. Una mano traviesa invadía la suave piel del abdomen femenino. Había en ese tacto febril un hambre tan voraz como la que ella sentía. La enorme palma descubre con suma ternura los secretos que se esconden en la tez nívea causando placenteras cosquillas por dónde esos sublimes dedos pulsan. Un sonoro suspiro escapó de los labios rosas cuando la boca de marfil los abandonó para explorar los rincones de su cuello. Rin no podía pensar, solo entregarse a la pasión que le recorre el cuerpo como un oleaje bravío. Miles de millones de escalofríos bullen en su piel cuando la infame lengua juega con las zonas sensibles de su cuello descubriendo puntos débiles torturandola con cada lamida, con cada succión, con cada mordisco en la tierna carne.

Las caderas de Rin se levantaban en un reflejo involuntario en busca de un contacto más íntimo, mordía su puño derecho para evitar que los gritos cada vez más incontenibles fluyeran por toda la habitación. El calor era sofocante. Su respiración era cada vez más violenta y su deseo era doloroso. Quería más. Mucho más. Estaba hambrienta de todo lo que ese hombre fuera capaz de hacer. Su cuerpo entero vibraba por él, por sentir sus besos, por sucumbir ante sus magistrales caricias, su centro se humedece anhelando ser llenado por completo. La morena gimoteo inconforme ante el súbito abandono cuando las caricias se detuvieron. Se incorporó sobre sus codos en busca del infame prófugo hallándolo de pie frente al colchón culminando la pelea que sus torpes dedos no lograron ganar. Con la mirada dorada fija en ella, el licántropo se deshizo de su costosa camisa de manera lenta y sugestiva. Rin no soportó estar un segundo más sin sentir los duros contornos y se incorporó gateando hasta el borde de la cama en donde ella misma se deshizo del molesto cinturón que le impedía descubrir la piel de la zona sur. El abdomen del hombre estaba labrado músculo por músculo, Rin se mordía los labios conforme la bragueta y el botón del pantalón comenzaron a descender, se dedicó a besar la piel de mármol que se tensaba bajo su toque, desde los pectorales hasta las sutiles cicatrices de aquella mortal herida que permanecía en la piel de mármol como el recordatorio del inicio de su relación. La respiración del licántropo es irregular, lo nota en la forma en la que el abdomen se contrae, Rin tomó con sus manos el inicio de la prenda y la deslizó hacia abajo para que dejara de ser un estorbo.

Se le secó la boca cuando Sesshomaru estuvo frente a ella completamente desnudo y erecto.

Rin tragó saliva cuando vio al sensual peliplata morderse el labio inferior con los lujuriosos ojos dorados ardiendo. La morena levantó los brazos y permitió que las grandes manos de pianista retiren los restos del uniforme y el sujetador. Las manos de Rin descendieron por el esbelto cuello hasta detenerse a la altura del pecho. Sonrió entre besos cuando el galope acelerado de corazón masculino se estrelló contra su palma, era reconfortante saber que el inenarrable deseo que fluía en las venas de ese hombre hermoso era provocado por ella: saberse dueña de sus besos y sus caricias retorcía el nudo de su vientre. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la lengua húmeda que bailaba sobre su boca hambrienta con una maestría inigualable.

El licántropo comenzó a hacerla retroceder hasta que la tuvo tendida sobre el colchón. Se posicionó entre las piernas abiertas y retiró con suma lentitud el pantalón del uniforme descubriendo las blancas piernas. El cazador se agazapó sobre la presa vulnerable olfateando el olor corporal del cuello femenino en un lento y tortuoso recorrido, la tenía a su merced. Rin no trató de resistirse a la embriagante sensación que entumece sus miembros y nubla su cordura, suspiró cuando sintió sus pezones endurecerse anhelando la humedad de esa boca exquisita, suplicando en silencio por esa placentera caricia que se demoraba adrede.

—Sessh…— El aliento descendía por la curva de su abdomen hasta el vientre bajo. Los cabellos plateados acarician sus contornos erizando la piel al contacto. La espalda femenina se arqueó cuando los dientes traviesos mordieron con firmeza el borde de su ropa interior deslizando la prenda fuera de sí, Rin elevó sus caderas facilitando la tarea, ahora estaba tan desnuda como aquel que una vez fue su lobo.

Rin, tu es belle — El suave murmullo acarició la piel de su cuello conforme el hombre descendía inhalando su fragancia corporal. A Sesshōmaru le encantaba olerla. Un fuerte gemido escapó descontrolado de sus labios cuando el hombre inhaló la humedad de su centro donde la dulzura lo atrajo desde la primera noche, desde la primera vez que la escuchó deshacerse de placer. —Très belle— La sensación de la lengua contra su húmedo calor la hizo gemir entrelazando sus dedos en el cabello plateado temblando mientras él bebe de ella. Rin mordió con fuerza su puño derecho. La tibia lengua limpió con suma maestría su evidente excitación. Sus piernas se abrieron para él igual que el botón de una flor. Todo su cuerpo se estremeció con cada caricia húmeda. Su espalda se arqueó y con su mano libre apretó con fuerza la sábana de su cama. Estaba perdida en un paraíso erótico, se sentía al borde de un colapso. Sus ojos se abrieron con fuerza contrayendo su abdomen cuando la lengua tenaz degustó su abertura. Sesshōmaru la besaba con la misma devoción con la que exploraba su boca. Rin solo podía escuchar los chasquidos de las succiones y uno que otro murmullo ininteligible. Su cabeza flotaba en un bruma viciosa, su cuerpo estaba electrificado por un placer lascivo, su vientre se contrae a cada lamida, a cada beso, a cada succión. No podía creer que con suaves y precisas caricias el cielo estuviera al alcance de sus dedos. Rin se estremeció de pies a cabeza cuando una ola de alivio desató un nudo de su vientre. Gritó extasiada cuando el orgasmo la arrastró como las olas del mar bravío. Su cuerpo flácido se relajó sobre la mullida superficie del colchón respirando agitadamente.

Su alrededor giraba y se movía en cámara lenta, todo excepto esa lengua que engullía tan anhelado premio. El peliplata bebía su humedad mientras alargaba el placentero hormigueo en su intimidad. El peliplata escaló labrando besos hasta sus labios jadeantes. La besó hambriento y pudo saborear en la saliva masculina los restos de su orgasmo. Rin envolvió sus brazos en el cuello de su amado. Tal pareciera que sus besos sólo incrementaron el ansia insaciable por tenerle. Quería más. Estaba deseosa por descubrir todos los placeres que él podía hacerle sentir. Las grandes palmas recompensaron su entrega acunando uno de sus pechos, apretando con cierta urgencia, deleitándose con el tamaño justo para llenarle las manos, Sesshōmaru jugueteo con los duros y necesitados botones. Rin gimió contra sus labios abriendo sus piernas para que él se acomode en ella. Quería sentirlo. Tenerlo. Pero el mutante no tenía ninguna prisa por perderse en el paraíso que se hallaba entre sus piernas, tal vez porque se sabría perdido una vez sintiera la calidez envolviendo su masculinidad.

Un rastro de besos húmedos delinearon su barbilla y su cuello hasta llegar a los pechos ansiosos. El varón se detuvo contemplando con los orbes dorados bañados en lujuria, Rin arqueó la espalda y con su mano izquierda afirmó la nuca del hombre acercándolo a su pecho, invitándolo a cumplir las fantasías que adivinaba en su mirada, y que sabía, satisfacerá su propio deseo. El peliplata gruñó ronco mientras se abalanzó con urgencia sobre uno de los montes, abarcando en su boca la mayor superficie suave y jugosa, succionando con cierta premura mientras su lengua lamía la piel erizada. Rin gimió ante la ardiente caricia. Su pechos eran acariciados con firmeza y deseo. Su otro pecho fue devorado mientras su pezón húmedo y sensible era rodeado por uno de los pulgares. No había distinción, Sesshōmaru comía de uno y de otro de manera simultánea. La mano izquierda de la bestia tomó su cadera acariciando toda la piel en el trayecto, acunó su muslo contra la dura y labrada piel del costado masculino. Un hormigueo naciente en su centro se expandió con pericia por todo su cuerpo cuando sintió la dureza acariciando su entrada resbaladiza sin la más mínima intención de ingresar. Rin gimoteó suplicante. Levantó su nublada cabeza en busca de esos orbes dorados encontrándolo con la frente perlada de un fino sudor que le otorgaba a su piel marfileña un toque de perfección. Él la necesitaba tanto como ella a él, o tal vez incluso más, ambos estaban ahogándose en un mar de lujuria y deseo cada vez más incontenible.

S'il vous plait, Sesshōmaru.

Fue como desatar a una bestia que llevaba mucho tiempo dormida. El peliplata la besó con una pasión irrefrenable mientras la penetro de una estocada abriéndose paso en su estrechez. Rin gimió incontrolable cuando se sintió llena. Cruzó sus brazos detrás de la nuca del varón abriendo sus piernas para que él se acomodará mejor. Lo sintió recostarse sobre sus codos apoyando su peso parcialmente sobre ella mientras su falo se amoldaba a su interior. Sentir el cuerpo caliente y duro sobre sus suaves formas incrementó el deseo que centelleaba por él.

Sessh..

Mon amour

Con lentos movimientos de su pelvis el peliplata comenzó a embestir. Ambos dejaron salir un gemido placentero cuando la fricción estimuló sus genitales. La presión era sublime. Sesshōmaru se retiraba casi por completo y se volvía a hundir con profundidad. La morena lo abrazaba cruzando los brazos por su espalda tomándolo con fuerza por los hombros para darse soporte, las piernas delgadas acompañaban sus movimientos. Sesshōmaru podía sentir como el Conejo deposita cálidos besos en la piel de su cuello degustando su sudor mientras él se apoya a en sus codos para no aplastarla y darse empuje. Que sensación más gloriosa era hundirse en los tiernos muslos de su humana. Se retiraba y se hundía. Salía casi por completo y embestía con calma de manera profunda queriendo fundirse en esa mujer de cálida cintura. Sus glúteos blancos se apretaban cada vez que se sumergía con fervor, la morena gemía con fuerza cada vez que golpeaba un punto sensible de su interior. El licántropo se hincó y la invadió de nuevo, disfrutando de las cálidas contracciones. Su hombría dio un tirón doloroso. Ya había sido demasiado paciente al satisfacer a su Conejo pero su propio deseo ya no le permitía demorar más su propia liberación. Besó los labios suaves de su presa y comenzó a masajear los montes mientras embestía con un ritmo más acelerado. Quería tener todo de ella. Sus gemidos, sus orgasmos, su sudor. Quería ser el creador de todo el delirante placer que su menudo cuerpo pudiera soportar. Escuchar su dulce voz ebria de satisfacción clamando lo por él con cada embestida incrementa su ansia por poseerla. Mordió imprimiendo su sello en la tierna carne del pecho femenino, sus ávidos y hambrientos besos llegaron a los duros botones que reclamaban su atención. Mamó cual niño de los pechos sensibles, mientras se empujaba con fuerza una y otra vez con más urgencia.

Las piernas del Conejo se enredaron en su cintura permitiendo que llegará aún más profundo. Su dureza se resbalaba entre los húmedos pliegues. Una corriente eléctrica viajaba por su columna vertebral produciendo espasmos en su vientre bajo. Se frotaba con mayor frenesí golpeándose con violencia, estaba al borde, podía sentir como se tensaba listo para vaciarse. Apretó los dientes mientras sus grandes manos levantaron el trasero de la morena estrujando con firmeza los glúteos mientras la ayudaba a frotarse contra él. Rin se arqueó ante la postura apresando la almohada con sus dedos, gimiendo con descontrol mientras con sus piernas ayudaba en el movimiento oscilatorio. Las contracciones en su falo le indicaron que Rin estaba a punto de un orgasmo arrasador. Sesshōmaru incrementó la velocidad de sus embestidas y Rin contrajo su vientre. Las manos de Sesshōmaru afirmaron el agarre empujando a la chica contra su erección mientras él mamó con ahínco de uno de los enrojecidos pechos. El calor alrededor de sus anillos indicó el momento justo en el que ambos alcanzaron el orgasmo. Rin gritó extasiada el nombre del licántropo cuando sintió como el placer explotaba en su vientre recorriendo su cuerpo como una ola de alivio arrancándole las fuerzas. Sesshōmaru suspiró cuando su masculinidad convulsionó un par de veces antes de vaciarse con violencia en interior de Rin. Ambos jadearon exhaustos y satisfechos. El peliplata se recostó en el sudoroso y cálido pecho siendo cobijado por los brazos flácidos de la morena. Las emociones se aglomeraban en su pecho nublando su raciocinio, contemplar a su Bello Conejo perdido en el deleite de su tacto es casi tan glorioso como venirse dentro de ella. Antes de Rin no se había dedicado a brindarle placer a alguna de sus amantes, casi siempre buscaba su propio placer pero la morena tenía una peculiar habilidad de volver extraordinario acciones cotidianas.

Y eso, era una de las cosas que amaba de ella.

Con delicadeza despejó unos cabellos adheridos a la frente del Conejo, sonrió satisfecho cuando los obnubilados ojos le devolvieron una mirada cansada y plena. Con un dígito deslizó una caricia prolongada que inició en la tersa y sonrosada mejilla y fue perdiéndose en las líneas del menudo cuerpo arrancándole suspiros a la mujer.

—Espero que no estés cansada, la noche apenas empieza.

—Eres demasiado. Tu ego invade mi espacio personal.

—Te aseguro que no será sólo mi ego, Mon Cher

—¡...!— el licántropo sonrió al ver el sonrojo en todo el rostro de la pelinegra, sin esperar un momento más reclamó sus labios en el inicio de aquella interminable noche de placer.

Barrio la Mouzaina. Clínica veterinaria 'Traces de Aidé'. Dos días después. 13:00

La mañana en la clínica fue como de costumbre: ladridos por doquier, respiraciones agitadas que llenaban el ambiente con un inconfundible olor a perro. Rin inspiró profundo sonriendo con ilusión, anotaba una serie de indicaciones en la tabla de contenido mientras su mente divagaba muy muy lejos del trabajo. El resquicio del perfume impregnado en su cabello bastaba para transformar todo su entorno en una burbuja de felicidad, por momentos sentía en su piel olas de electricidad recorrerla de manera inesperada anhelando poder regresar a casa y compartir la tarde con Sesshōmaru, tal vez ver una película o pasar el tiempo jadeando bajo su cuerpo perfecto y mutante. Tarareaba una canción inmersa en sus recuerdos que no notó la mirada analítica que la universitaria le dirigía. Shiori estaba apoyada en el marco de la puerta, mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y observaba curiosa la actitud de su jefa, podía oler con claridad las notas de cedro y patchouli que la rodeaban como un repelente masculino. Luego de un par de semanas infernales la rubia por fin podía bajar la guardia y disfrutar de la agradable presencia que emana su Jefa. Era tan grato tener alrededor la alegría imbatible de la morena, era como si estando a su lado todo se volviera divertido y genuino, le recordaba los cálidos días familiares en los que nada parecía salir mal. Cada vez que la veía, era como mirar una fotografía de los mejores momentos de su vida.

Aquellos que jamás iban a volver.

Rin salió de su ensimismamiento cuando un susurro sin sonido llamó su atención. Volvió el rostro con lentitud encontrándose con la melancólica practicante apoyada en el marco de la puerta. Rin sonrió y se acercó hasta tomarla del hombro derecho. Shiori se tensó soltándose y abrazándose a sí misma al sentirse descubierta, sus brillantes ojos amatista enfocaron a la veterinaria. ¿En qué momento se había acercado tanto?

—No te lo había dicho hasta ahora, pero estoy muy agradecida por la ayuda que nos has brindado durante los días que estuve enferma. En verdad muchas gracias.— el sonrojo en las mejillas de la universitaria fue tan notorio que Rin no pudo evitar pensar lo adorable que era.

—¡No, no tiene que hacerlo, soy yo la que está agradecida por la oportunidad!

—¡Te equivocas! Shippo me habló de tu trabajo y tu rendimiento. Me contó cómo le ayudaste a sacar el trabajo acumulado sin siquiera quejarte ni errar ningún diagnóstico. No sabes lo contenta que estoy por tenerte en nuestro equipo.— Rin se llevó un dedo a los labios pensando seriamente— Tal vez debería considerar incluirte en las rondas. ¿Qué te parece?

—¡No es necesario! ¡Estoy consciente de lo inexperta que soy! ¡Sería demasiado!—

—En eso estoy de acuerdo. Aún no olvido el incidente de la tinta.

Ambas mujeres giraron en dirección de la voz encontrando a Shippo caminando hacia ellas. La rubia se tensó, irguiéndose mientras contaba mentalmente para mantener la compostura y no dejarse llevar por aquel anhelo irrefrenable de estrangular al pelirrojo: estaba su Jefa presente, tenía que comportarse. El veterinario se situó del otro lado de la puerta retando a la bajita chica a contestar su provocación.

—¿Tinta?

—emm… ¡Sí! unos expedientes se arruinaron cuando la tinta de un bolígrafo se derramó.

—¡Oh vaya! Espero que no haya causado inconvenientes.— Shippo se tragó la risa al ver la clara incomodidad de la practicante. Shiori forzó una sonrisa y mantuvo la calma, no le daría a ese Tonto el gusto de reírse de ella.

—Por suerte no. Todo se arregló y no quedó mancha alguna. No sé preocupe, fue un indeseable accidente...

—Que no hubiera pasado si alguien hubiera estado más atenta. — Shiori lo fulminó con la mirada mientras el veterinario se miraba las uñas despreocupado. ¿Con qué así eran las cosas, eh? Muy bien, no se dejaría amedrentar por un zorrillo maloliente de personalidad múltiple. Ahora que lo pensaba, necesitaba bautizar al psicópata que aparecía cada vez que el Ogro malhumorado salía de la cueva en la que vivía buscando alguna víctima para saciar su sed de venganza. ¿Qué nombre sería apropiado?

—De todos modos los expedientes tenían que ser reescritos debido a que alguien solo sabe escribir en jeroglíficos de una lengua muerta.

—Pues entonces deberías encargarte por ti misma de los diagnósticos para que no te quejes de tener que transcribirlos.

—Tal vez lo haga, ya que por lo visto a duras penas puedes escribir tu nombre completo.

—Mira quién lo dice, la Señorita 'NoConsumoVegetalesPorqueSoyAlérgica' ¿Cómo existe alguien que es alérgico a las verduras?

—¡Ya te dije que no lo soy! Simplemente no me gustan. ¡Prefiero la carne por sobre los demás grupos de alimentos!

Rin miraba a uno y otro alternadamente. ¿En qué momento se habían hecho tan buenos amigos? La morena iba a abrir la boca para intervenir cuando el deportivo dorado se estacionó en la puerta de la clínica. La inefable alegría que la acompañó toda la mañana regreso como una bola de demolición haciéndola sonreír como una niña que mira por primera vez un parque de diversiones. Era hora de ir a casa.

—¡Estás loca, eres bajita y muy histérica! ¡no sé cómo te soporto!

—¿Ah sí? ¡Pues tú eres un tonto demasiado alto con extraños trastornos obsesivos compulsivos y sigo creyendo que tienes personalidad múltiple!

—¡Repite eso!

—¡Es Maravilloso! ¡Me da tanto gusto que se lleven bien! Ya me voy, los veo mañana.—Rin se atravesó por el medio rumbo hacia el mostrador. A su espalda quedó zanjada la discusión que se detuvo para verla tomar sus cosas, correr hacia la salida para perderse dentro del lujoso deportivo y desaparecer por las calles transitadas de París. Shiori miró con disimulo el semblante alicaído del pelirrojo que miraba la puerta como un autómata, si sus cálculos eran correctos en cinco segundos aparecería 'Paco' con su incesante mal humor y su inexistente paciencia. ¿Todos los pelirrojos eran iguales? De ser así le rogaba a la deidad en turno que no volviera a cruzarse con otro. No quería cometer un asesinato a plena luz del día…

¿O tal vez si?

El veterinario se irguió y la miró con frialdad desde arriba. Shiori le sostuvo la mirada con silente reproche. Paco había llegado para acompañarla durante todo el turno y por lo visto, esta vez una venganza de dolor y muerte estaba plasmada en esa mirada radioactiva.

—Practicante. — la ceja de Shiori se alzó como respuesta. Una sonrisa casi sádica cruzó los labios del veterinario.— Es día de limpiar las jaulas. Diviértete.— Shiori apretó los dientes cuando al pasar a su lado esa mano gigante y flacucha le despeinó el cabello.

Aún estaba a tiempo de mandar a Paco al abismo. ¿Verdad?

Seis horas más tarde la rubia agradeció que su jornada hubiera terminado. Si se quedaba un segundo más estaba segura que terminaría propinándole un puñetazo en esa nariz recta llena de odiosas pecas. Shiori se sopló el flequillo cuando iba en camino al cinema. Estaba muy cansada y enojada con ese desagradable pelirrojo. Cierto que debía ganarse su confianza. Cierto que necesitaba un aliado en esa clínica. Cierto que si quería lograr su objetivo debía pasar desapercibida en ese sitio, pero la rubia sentía que estaba llegando a su límite. Su autocontrol amenazaba con flaquear y acabar con toda esa farsa de una vez por todas. Ese tonto necesitaba una buena paliza para espabilar. ¡Y Dios sabe cómo ansiaba dársela personalmente! La mulata gruñó antes de ajustarse la mochila y caminar rumbo al establecimiento, proyectarán la ópera de 'La traviata' y ansiaba apreciar la interpretación de Dmitri Hvorostovsky, era su cantante favorito después de todo. Eran la 21:15 cuando llegó a la taquilla, pagó su entrada y se dirigió a la fuente de sodas dónde compró un enorme tazón de palomitas de maíz y una malteada de fresa del tamaño más grande que había. Entró a la sala dispuesta a disfrutar de su función.

Un par de horas después se dirigía a su casa satisfecha con la proyección, el elenco había llenado sus expectativas y ansiaba contemplarlos en escena de nuevo, tal vez 'Un ballo in maschera' sería una magnífica opción. En su andar Shiori contemplaba las calles oscuras donde poca gente transcurría a esa hora, solamente los bandidos y los jóvenes fiesteros y alocados transitaban sin miedo. La mulata pasó frente a un bar y sin poder evitarlo exageró una mueca de profundo fastidio cuando reconoció una cabellera en medio de la multitud ¿Acaso no podía librarse de él ni unsegundo? Dios la debía estar castigando. La rubiaiba a marcharse cuando vio a ese chico, en apariencia ebrio, iniciar un pleito violento con otros jugadores de la mesa de polo. Shiori frunció el ceño cuando los sujetos lo sostuvieron de la solapa de la camisa y lo llevaron arrastras fuera de su vista. En la mente de la rubia surgió una contradicción: marcharse a su departamento y estudiar un poco los libros que tomó la tarde anterior de la biblioteca o ingresar al bar y rescatar a ese infeliz que estaba siendo intimidado por esos bravucones. Shiori suspiró con pesar al entrar al bar guiándose por la estela olfativa que se perdía en el barullo de cerveza, sudor y cigarrillo. Se reprimió una y otra vez convenciendose que ese Jefe Opresor se merecía la paliza que seguramente estaban dándole, que no era su problema si de una buena vez le daban su merecido, pero no pudo contener un enojo descomunal cuando vio a la sombra dar el primer puñetazo. Apretó los puños cuando al llegar a la salida trasera escuchó una risa burlona y sonidos sordos consecutivos. La rubia estaba parada en el umbral viendo claramente cómo dos sujetos sostenían al veterinario de cada brazo mientras un tercero lo golpeaba en el centro del estómago, el cuarto permanecía cerca contemplando la escena. Gruñó con impotencia antes de plantarse cerca de ellos con los ojos amatistas resplandeciendo en la oscuridad.

—¡Vaya! Parece que están divirtiéndose. ¿Puedo participar también?— cada una de las miradas recayeron en ella. La rubia sonrió igual que un tiburón. Shippo levantó la vista reconociendo a la practicante.

—... ve..te...— los sujetos lo golpearon una última vez antes de dejarlo tirado cual trapo viejo y enfocar su atención en la chica parada en el umbral.

—¿Qué hace una chica tan linda como tú en sitios como este? ¿Acaso quieres divertirte?

— Justamente es lo que estoy buscando.

—Es tu día de suerte.

—¿Te lo parece? No hay nada que disfrute más que darle su merecido a bravucones como ustedes.

—¿Qué estás diciendo maldita?

—Se arrepentirán de haber golpeado a ese chico. Solo yo puedo darle la paliza que se merece. No permitiré que ustedes vagos se salgan con la suya. ¡Anda! ¡Ataquen con todo lo que tengan!

—¡Ya verás!— Shiori sonrió cuando uno de ellos se acercó con la intención de someterla, la rubia golpeó puntos vitales con una velocidad impresionante dejando inconsciente al primero. El asombro de los acompañantes dio paso a un enojo descomunal, no era posible que fueran derrotados por una chica, dos de ellos se acercaron y terminaron inconscientes en el suelo de ese callejón sucio. Shippo se incorporó con dificultad mirando con sorpresa como la joven avanzaba sin expresión en el rostro a encarar al último de ellos. El hombre castaño la miró sin ver y se dio la vuelta para entrar al bar. Shiori resopló antes de volverse al pelirrojo que estaba sentado contra la pared. La mulata se acercó y sacó de su mochila un pañuelo, se arrodilló junto al veterinario mirándolo de una forma indescifrable. Shippo la veía con curiosidad conforme el suave paño limpió los restos de suciedad de su rostro: la practicante escondía muchos secretos interesantes.

—¿Dónde aprendiste a pelear así?

—Mi persona especial me enseñó a defenderme cuando era una niña, de eso ya algún tiempo.

—Debe estar orgulloso, ese gancho izquierdo es sensacional.

—Haz otra estupidez como esta y te aseguro que lo comprobarás.

—¿Por qué lo hiciste? Pudiste salir lastimada.

—Es obvio que tu cerebro no funciona bien: si tanto querías una paliza debiste decirme, puedo hacerlo con gusto.

—No gracias. No quiero terminar así. ¡Auch!

—¡Ups! Levántate, te llevaré a casa.

—No quiero irme aún, al menos deja que te invite un trago por haber salvado mi pellejo, aunque debiste llegar antes, estaría menos adolorido— Shiori presionó los labios y le digo un fuerte golpe en el brazo. ¡Hombre imposible! —¡Auch eso duele!— Shippo rió dentro de su estado adolorido y un poco ebrio. La rubia resopló antes de levantarse y tenderle la mano y ayudarlo a ponerse de pie.

—Vamos, pero tú pagarás.

—Solo esta vez.— ambos sintieron un cosquilleo cuando sus manos se juntaron. La sensación duró un segundo antes de soltarse como si el tacto fuera brasas calientes. Ambos colegas caminaron sobre los cuerpos caídos riendo de los sonidos adoloridos.

—Debes enseñarme a pelear así.

—No tienes tanta suerte.

….

Distrito XIX. Arrondissement-Buttes Chaumont. Zona residencial. Día siguiente. 18:30.

Comenzaba a creer que de verdad tenía talento. Es que sencillamente parecía que los bocetos que tenía entre las manos pertenecían a un artista famoso y reconocido. Los detalles, las sombras la iluminación, eran precisos y hermosos. Casi podía jurar que los detalles en los rostro de las personas retratadas eran idénticos. La bruma de su subconsciente poco a poco se disolvía esclareciendo situaciones y recuerdos, la cortina violeta que divide su consciencia permanece firme gracias al sello de que la hechicera colocó evitando que sus miedos tomarán posesión de sus pensamientos y la sumieran en otro trance mortal, pero eso no impedía que estelas místicas se colaran a través de los agujeros roídos y se plasmaran en papel. Rin sonrió enternecida cuando el retrato de la Reina de los Lobos le devolvió una mirada retadora y una sonrisa arrogante, un arrullo en su corazón se instaló al reconocer la belleza de aquella inigualable mujer. Cada vez estaba más interesada en revelar la verdad que se escondía en esos ojos de oro fundido que quemaban con fría indiferencia. Cambió de hoja encontrando a un guerrero dándole la espalda con un par de sables en ambos brazos, a su alrededor miles de hojas denotaban el otoño de la región, podía observarse una profunda concentración en el porte del guerrero, Rin podía apreciar que se trataba de un artista marcial que sostenía sus colmillos… una extraña metáfora debía decir. La morena se encogió de hombros y cambió la hoja para apreciar el último dibujo: era un lobo blanco de gran tamaño, los rasgos feroces daban a la bestia supremacía y poder, el animal tenía un abundante pelaje en torno a los hombros que se unían en la espalda formando un manto de pelaje impoluto, en el rostro de la bestia se apreciaban un par de marcas sobre el hueso de las mejillas. Rin acarició la superficie anhelando recuperar todas sus memorias perdidas, las negras lagunas mentales causaban un vacío en su interior, sentía que había olvidado parte importante de ella. Al mirar los dibujos tenía la certeza que pronto entenderá el mensaje que la Reina de los Lobos quiere transmitirle.

La morena sonrió y guardó las hojas en una carpeta especial en la gaveta de su escritorio. Se puso de pie para estirar los músculos de su espalda. Sesshōmaru pronto estaría de vuelta. Era sorpréndete como en tan pocos días se había hecho adicta al calor de la piel del licántropo, desde que las obligaciones matutinas los separaban ella no dejaba de esperar el momento en que sus pieles se juntaran de nuevo. Bostezaba con fuerza cuando un golpe en la puerta llamó su atención. Sonrió abiertamente sabiendo a la perfección de quién se trataba, el cosquilleo en su piel sólo podía ser ocasionado por una persona. La puerta se abrió revelando al empresario que portaba una camisa blanca arremangada y pantalones negros de vestir, estaba desajustándose la corbata cuando la morena acortó la distancia y sin poder evitarlo brincó a sus brazos abrazándolo de manera efusiva.

—¡Te extrañé mucho!

—Estoy de vuelta.

Sesshōmaru la sostuvo en el acto afirmándola contra su cuerpo. Sin esperar un momento más reclamó los labios del Conejo perdiéndose en la sublime danza que lo mantiene cautivo. Las piernas de Rin rodearon su cintura y los menudos brazos rodearon su cuello, el licántropo aprovechó para sujetar el trasero femenino y satisfacer la necesidad que tenía de sentirla suya.

Aquella misma sensación que no lo abandonó ni lo dejó tranquilo en todo el día.

Para aquel hombre adusto y de gestos serios era una novedad recalcitrante esperar todo una jornada laboral para llegar a casa y poder degustar la adictiva saliva del Conejo. Abrazar a esa mujer y sentirla suya era la mejor recompensa que Sesshōmaru podía pedir, saber que nadie la ha llevado al límite como él lo ha hecho inflama la llama de inextinguible deseo que arde dentro de su pecho. Afirmarla contra sí conociendo la satisfacción que yace en cada una de esas curvas que se abrazan a su cuerpo, incentiva los deseos irrefrenables de hundirse en aquel inusitado paraíso. Podría vivir en la fugaz bruma placentera que le produce el cuerpo suave y femenino de la morena de cálida cintura. Besar esos labios dulces que acarician los suyos con dulce timidez y adoración acrecienta la necesidad de corresponder esa ternura con toda la emoción que se genera en él de protegerla con la vida misma con aquella certeza de saber su corazón palpitante en manos delicadas con olor a vainilla.

Inmerso en el deleite que siempre encuentra en los labios de Rin, un efluvio familiar y desagradable llamó su atención: frutos silvestres parecen diluirse en el aire conforme el viento entra y sale de la estancia. Sesshōmaru frunció el ceño y cortó el ósculo sintiéndose un tanto desconcertado. Con disimulo recorrió la habitación con la mirada sin encontrar nada que delatara alguna actividad paranormal. Dejó que la joven se pusiera de pie dejando que Rin le relatara algo acerca de lo que había hecho durante el día en la clínica, que si Shippo estaba menos resentido, que si Shiori comía más de lo que parece, que si la odiosa dueña del Chihuahua infernal de nuevo exigía un trato especial para 'Bombón'. Sesshōmaru se reprimió mentalmente por su paranoia extrema, dejó que el Conejo hablara relajándose ante el sonido de aquella voz de ruiseñor cuando una coloración oscura y fuera de lugar llamó su atención arrebatándole su tranquilidad. Sin pensarlo dos veces sostuvo la mano derecha del Conejo notando como los delgados dedos estaban manchados por lo que parecía un tipo de granito. Levantó la mano a la altura de su rostro y con disimulo comenzó a olfatear el pigmento adherido a los dígitos y las diminutas estelas del olor impregnadas en la piel. No estaba equivocado, la misma presencia sobrenatural estaba merodeando de nuevo. ¿A eso se debía la presencia que percibió momentos atrás? ¿Era el mismo 'Guardián' que hizo contacto con Rin la última vez? ¿Qué era lo que buscaba? ¿No sé suponía que la dejarían tranquila? ¿Acaso pondría en riesgo a Rin por culpa de un mensaje sin sentido de nuevo? ¡¿Cuál era su maldito problema?! ¿No era suficiente atormentarla con pesadillas sino que también debería ser acosada por entes sobrenaturales? El empresario gruñó involuntariamente, de un modo u otro ese olor se le hacía familiar y odioso, un enojo descomunal emerge en su interior al relacionar la fragancia con el sufrimiento de Rin.

Una suave risa interrumpió sus pensamientos, regresando a la realidad. El Conejo le miraba con ojos grandes y brillosos, la sonrisa que adornaba su rostro era traviesa y conmovida al mismo tiempo, fue entonces cuando supo que algo no marchaba bien. Se aclaró la garganta y tomó distancia de la pelinegra, usando su porte imperial y el aire aristocrático que lo caracterizaba, el implacable Demonio Blanco trató de parecer tan imperturbable como de costumbre, pero la sonrisa en aumento de la veterinaria le indicaba que acababa de cometer un error muy grave.

Había bajado la guardia.

—¿Decías?— Rin sólo aumentó la sonrisa y emitió una risilla traviesa. —¿Qué?

—Acabas de olfatearme y de gruñir. Y a pesar de que constantemente haces cosas extrañas ésta vez pusiste un gesto que hacías cuando eras un lobo. Incluso hiciste un bizco mientras movías la nariz sin parar. ¿Tienes idea de lo adorable que eres? ¡Eres algo así como un cachorrito mutante!

—No sé a qué te refieres.

—¡Aww Bonito! ¡Me alegra saber que sigues ahí! ¡Déjame abrazarte!

—De ninguna manera.— Sesshōmaru giró sobre sus talones dispuesto a fugarse pero se paralizó cuando Rin lo abrazó por la espalda y aplastó su silueta contra él permitiéndole sentir la claridad de su cuerpo. Permanecieron abrazados por lo que les pareció una eternidad, Sesshōmaru se relajó ante el tacto de la morena, se sentía paranoico y sobreprotector, debía controlar esa parte insana de su subconsciente que le imploraba protegerla y custodiarla como un preciado tesoro, su instinto animal le dictaba proteger a su hembra de cualquier situación, pero él era un hombre muy analítico y consciente y no se permitirá conductas que atenten contra la libertad de su Conejo lastimando la emotividad que la caracteriza por cosas tan banales como su falta de control. Las manos de Sesshōmaru sostuvieron las manos de la morena, el licántropo bajó la vista notando que efectivamente se trataba de granito. El ceño del empresario se frunció, había algo que Rin no estaba diciéndole. — ¿Puedes explicarme qué significa esa mancha en tus dedos?

Rin de inmediato lo soltó. Había olvidado que sus dedos seguían sucios por el carboncillo. La morena se mordió los labios cuando Sesshōmaru se volvió para escucharla. La pelinegra se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja y Sesshōmaru supo que lo que el Conejo diría no iba a gustarle.

—E… he estado practicando últimamente… e-es un tipo de t-terapia para controlar m-mi poder. La señorita Kagome m-me recomendó unos ejercicios p-para c-controlar las visiones y cosas así…

—No lo habías mencionado.

—N-no q-quise p-preocupa-arte s-sé que el ú-último trance q-que tuve f-fue bastante p-per- perturbador y yo…

—Rin.

—Lo siento.— la morena bajó el rostro avergonzada esperando recibir un regaño, cerró los ojos y se encogió de hombros anticipando la reprimenda pero eso no sucedió. Sesshōmaru la sostuvo en un abrazo sentido que Rin reconoció como alivio y preocupación. Mientras devolvía el gesto con torpe sorpresa, la morena pudo jurar que leves espasmos recorrían el cuerpo macizo. ¿Será acaso la muestra de la profunda preocupación de aquel hombre de apariencia inalcanzable? Era la primera vez que percibía a Sesshōmaru tan humano, como nunca lo había visto antes.

—… No te disculpes. No haces nada malo. Es solo que…

—¿Qué?

—Dime que lo tienes bajo control. Qué podré confiar en que llegaré de la oficina y te encontraré sonriendo como ahora.

—Sessh…

—Promete que no te pondrás en riesgo — los orbes castaños estaban abiertos de par en par, una tibieza inundó su corazón al abrazar al empresario con fuerza, la vulnerabilidad que Sesshōmaru le mostraba en estos momentos era la prueba más grande de la confianza que tenía en ella.

—No haré que te preocupes otra vez.— el empresario tomó distancia mirando en los ojos de Rin tratando de hallar cualquier signo de engaño: como era de esperarse no lo halló, así que recurrió a un recurso infantil pero infalible, aquel sello que fue testigo del primer pacto que los unió una noche de plenilunio cuando un monstruo se dejó tocar por una humana torpe. Levantó el dedo meñique de su mano derecha de tal manera que estuviera a la altura del corazón. Rin parpadeó un par de veces antes de entender y sonreír enternecida.

—Que sea una promesa entonces.— el pequeño dedo meñique de Rin selló el pacto con el hombre conforme se acercaba a él.

—No me pondré en peligro, te lo prometo. — Rin se puso de puntillas y besó los labios del empresario sintiéndose amada y protegida, decidió eliminar la preocupación del peliplata con besos y caricias llenas de esa inefabilidad que él le hacía sentir. La morena besó la comisura de esa boca perfecta y fue descendiendo hasta llegar al cuello de la costosa camisa, sus delgados dedos viajaron hasta el sendero de botones desabrochando uno por uno hasta tener a su merced el abdomen labrado del peliplata. Las delgadas manos provocaron miles de escalofríos en el hombre impasible, la punta de los dígitos acariciaron con dulce tacto el sendero marcado de cada vertiente conforme los labios del licántropo le reclamaron en un beso necesitado, Rin se permitió perderse en esa ola de pasión que los envolvía cuando los contornos se rozaban sintiéndose piel con piel.

Los pies encontraron el camino hacia el colchón, el chasquido de los besos y las respiraciones agitadas llenaban la habitación que se había convertido en su refugio. Las manos de Rin viajaron al ojal del pantalón liberando las piernas esculturales y se deshizo también de la fina fábrica que aprisionaba la dureza del empresario. Con toques suaves Rin le indicó que tomara asiento en el borde de la cama, la morena no dejaba de repartir dulces besos en todo el torso del peliplata hasta llegar a la masculinidad que se alzaba dispuesta para sus deseos. La veterinaria miró al empresario directamente a los ojos buscando su consentimiento y cuando lo obtuvo le agradeció con un denso lamido en la dura cúspide, Rin sentía la excitación del peliplata en su lengua así que lamió de arriba hacia abajo degustando la masculina esencia. Rin se acercó más, acomodándose entre las fuertes piernas para poder acariciarlo con ambas manos. Sorprendido por ese movimiento Sesshōmaru se tensó con excitación, sin contenerse ni un segundo más, el licántropo enredó la mano izquierda en el negro cabello entrelazando sus dedos entre las finas hebras y cerró los ojos disfrutando de esa culposa fantasía hecha realidad.

Una y otra vez, la lengua de Rin lo barrió y lo acarició. Succionaba con fuerza, consciente de los gemidos entrecortados del varón que se estremece bajo su tacto. Las súplicas y la variedad de maldiciones que escapaban de la boca perfecta abrumada por el placer incentivan a la morena en su labor. La mano sobre su cabellera aumentó la presión, las palpitaciones en la dureza indican el goce del licántropo. Los espasmos recorren la espina del varón que se arqueaba ante ella y sus húmedas caricias. Rin correspondió su entrega aumentando la velocidad en su bombeo, finos hilos de saliva surcaban los labios femeninos en la apasionada demostración de afecto. La intimidad de la morena estaba húmeda ante la vista del sensual peliplata disfrutando de sus caricias.

—Detente — le pidió, desconcentrándola del movimiento con el que ella esperaba hacerlo acabar. Rin tomó distancia mirándolo sonrojada y avergonzada pensando en que lo había lastimado o hecho algo mal, hasta que él actuó: las grandes manos del empresario la tomaron de la cintura poniéndola de pie deslizando el pantaloncillo y las bragas por las blancas piernas, la acercó hacia su regazo invitándole a sentarse a horcajadas sobre su pelvis. —Te necesito ahora — le confesó, con la voz bañada en excitación — Necesito tomarte ahora, Mon amour.— Atrajo el rostro femenino hasta presionar sus labios contra los de ella con urgencia, transmitiendo sus pensamientos con ese beso mientras las hábiles manos liberan el torso femenino y arrojan el sujetador al piso. La morena se subió a la cama con ambas rodillas a cada lado de la cadera varonil.

—Soy toda tuya, Sesshōmaru.— Apenas unos segundos después Rin abrió las piernas y se sentó sobre él sintiendo cómo la penetraba. Jadeó abrumada al sentir cada centímetro pulsando cada vez más dentro, tan profundo que empezaba a sentirse mareada. Intimar con Sesshōmaru era una experiencia inigualable, no se trataba de la apariencia monstruosamente perfecta de aquel cuerpo de Adonis ni de la riqueza desmedida de la que el peliplata era poseedor, era más que eso, era el modo en que él la conocía y como seguía cuidandola a pesar de todo lo que ha pasado en las últimas semanas. La conexión que los une es imposible describirla en palabras porque sencillamente va más allá de su comprensión. Quería decirle lo mucho que lo quería pero en su lugar apretó el agarre sobre los hombros de él, jadeando por la sensación de ser llenada hasta lo más profundo de su ser. Se estiró para acomodarse envolviendo la longitud con la humedad y estrechez de su centro, mientras él seguía moviéndose hacia dentro y fuera. Él la besó y Rin sintió sus propios gemidos vibrar contra la boca perfecta del peliplata que no paraba de llenarla. La morena tiró su cabeza hacia atrás permitiendo que Sesshōmaru se alimentará de sus pechos. Los orbes castaños procuraban mantenerse abiertos, pero cuanto más duro bajaba sobre él, y cuanto más rápido él la encontraba en sus movimientos, más difícil se volvía concentrarse en algo más que no fuera el creciente nudo en su centro. Centímetro tras centímetro la dureza de Sesshōmaru buscaba desatar esa presión en su intimidad. Se sentía tan, tan insoportablemente enorme dentro suyo. Le tomó cada gota de autocontrol rebotar sobre él una vez, dos veces, tres veces y no colapsar en un estado de felicidad orgásmica. En esta posición el licántropo la mantuvo junto a su pecho lo suficientemente cerca para que ambos corazones latieran con fuerza a pocos centímetros de distancia. Rin se perdió en él, desarmándose contra su cuerpo, mientras él la embestía en su regazo. Con los níveos brazos enredados alrededor del cuello, ella lo acompañó captando ola tras ola de placer. Muy pronto sus movimientos se volvieron frenéticos y rápidos.

No duraron mucho después de eso. Esclavos de la incandescencia hacer el amor de manera tan íntima y vulnerable, Rin llegó al orgasmo primero, apretándose alrededor de Sesshōmaru, y obligándolo a seguirle los pasos en su abrasadora y húmeda locura. Ella jadeó su nombre, con la voz rasposa por los inacabables gemidos, con el corazón galopando en su pecho, la adrenalina brotando de cada poro de su cuerpo y luego… el éxtasis… Mejor que cualquier droga o bebida que alguna vez hubiera probado, las sensaciones que Sesshōmaru sembraba en ella era como dejarse caer sin barreras desde las alturas del cielo orgásmico siendo atravesada por completo al mismo momento que él. Un minuto, o quizás un poco más tarde, ambos cuerpos colapsaron en la cama en un suave movimiento. En algún momento el licántropo se las arregló, en medio de su cansancio, para recostarse en el colchón con el Conejo a cuestas y así disfrutar de las secuelas del apasionado encuentro.

Respirando agitadamente, el corazón de ambos retumbaba como un tambor africano, perlas de sudor se deslizaban en los recovecos de sus cuerpos conforme el calor los abandona, el deseo que caldea sus venas ha disminuido al haber sido calmado. El licántropo sonrió satisfecho y orgulloso.

—¿Tienes idea de todas las veces que desee que hicieras eso?

—No… pero tengo curiosidad...

—No querrás saberlo.

—Ok… Eso es algo aterrador, ¿Lo sabías?

—¿Lo es? — ambos sonrieron antes de besarse y rodear los brazos en el contrario. Sesshōmaru jugaba con los cabellos azabaches que se desparraman sobre la espalda menuda, su corazón recobra lentamente su ritmo, la incandescencia en la piel de Rin le entibia el espíritu de una manera que no lo deja de sorprender. El empresario suspiró preocupado porque sabe que toda su existencia ahora depende de la fragilidad de la vida humana y eso, muy en el fondo de su impasible ser, lo asusta. Ha visto con sus propios ojos cómo el dolor y la pena han acabado con un guerrero tan valeroso como su padre haciéndolo un despojo del hombre que una vez fue por caer rendido en los ardides del amor. Ahora, mientras Rin permanece recostada sobre su pecho con las blancas piernas sobre las de suyas, se pregunta si su destino será opuesto al de su progenitor si escogiendo una apacible vida común y corriente logrará conservar la paz y la felicidad que la muerte y la sangre le arrebató al Alpha más poderoso de Cevennes. Aferró a Rin con mayor ahínco al considerar la posibilidad que algo le ocurriera a su Bello Conejo, era gracioso darse cuenta que una pequeña parte de su ser estaba asustado, no solo por dejar su vulnerabilidad en unas cálidas manos humanas, sino ante el riesgo de perder a la única persona en el mundo que no le temía por ser un monstruo.

La sintió removerse en busca de calor corporal.

—¿Tienes frío?

—Un poco.— el empresario sonrió y cerró los ojos un momento concentrando su energía, su temperatura corporal comenzó a incrementar lentamente hasta que los leves escalofríos dejaron de recorrer el cuerpo femenino. —¿Cómo haces eso? Es como si fueras una manta térmica.

—Ventajas de ser un licántropo: nuestra temperatura siempre será elevada.

—¿Es por el pelaje, no es así?

—Sabes demasiado, me temo que ahora tendré que matarte.

—¿Y perderme la vendimia? Olvídelo Sr. Sesshōmaru, dejemos el asesinato para otro día.

—¿Irás a la vendimia?

—Iremos Mon Cher, cambie mi turno de mañana a cambio de un día libre y la señorita Kagome nos espera temprano para ayudar en la recolección, ¡¿No es fantástico?!

—Salto de gusto.

—¡Lo sé! ¿Te imaginas? Tu, yo, la apacible Marne, el hermoso viñedo ante nuestros ojos…

—Te olvidas del calor infernal y de toda la tierra de por medio.

—Vamos Sesshy no seas aguafiestas. Será divertido. Además es bueno que convivas con tu familia.

—Tu eres mi familia ahora. Es lo único que me importa.— un adorable sonrojo cubrió las mejillas de la morena, Rin se incorporó levemente para mirarlo a los ojos y comprobar que no le mentía. Un tierno latido la recorrió el corazón cuando el peliplata se acercó para besarle los labios, ni siquiera entonces, estando recostada sobre ese perfecto cuerpo desnudo, la veterinaria se convencía que lo que vivía era real. Le parecía un sueño que aquel ser frío e inalcanzable se mostrará tan humano frente a ella, que le sonriera a ella, que la amara a ella, porque por irreal que le pareciera, aquel sentimiento indescriptible que le atravesaba el cuerpo cada vez que estaba cerca de él era un amor profundo y sincero. Uno como jamás lo había sentido.

—Tu también eres mi familia ahora Sesshy. Jamás me arrepentiré de haber hecho ese loco viaje a Lòzere y haber traído conmigo a un lobo salvaje.

—¿Aunque eso haya significado la ruptura de tu noviazgo anterior?

—Lo único que lamento es haber perdido una amistad de años, pero no fue decisión mía. Además, gracias a eso, tengo a mi lado a un hombre maravilloso.

—Tengo curiosidad: dijiste una vez que algo o alguien te había llamado esa noche de plenilunio, una fuerza que te hizo adentrarte en un bosque peligroso.

—Así es, es algo difícil de explicar…

—Soy un genio, ten por seguro que lo entenderé.— Rin suspiró y se apoyó en el pecho refugiándose en él.

—Desde que tengo memoria una pesadilla es recurrente en mis recuerdos: estoy en el bosque y me veo corriendo por mi vida, algo me persigue, no sé que es pero sé que quiere lastimarme, por más que corro no puedo escapar, cuando las fuerzas se me acaban una voz me llama y me reconforta, cuando me doy cuenta alguien me ha salvado pero antes que pudiera agradecerle me despierto agitada entre gritos… — un escalofrío recorre la espina de Rin al recordarlo pero la cálida palma de Sesshōmaru acariciaba su espalda suplantando la incomodidad por confort. —… pero desde que te rescaté en el bosque mis sueños se volvieron más nítidos, como si una bruma desapareciera y revelará más detalles del sueño: ahora puede ver que son grandes lobos salvajes los que me persiguen, quieren matarme para saciar su sed, cuando van a alcanzarme apareces de la nada luchando ferozmente contra los monstruos para protegerme y eres brutalmente herido en el enfrentamiento, me veo gritar, te llamo pero estás débil, antes de que pueda ayudarte una mirada sangrienta se apodera de mi sueño llenándolo de un terror paralizante…

—No me habías dicho…

—No lo recordaba. Es extraño, ahora que he puesto en práctica las enseñanzas de la Hechicera tengo noción de lo que sucede en mis sueños, pero no sé qué significan con exactitud, bien puede ser un reflejo de haberte rescatado o una mala broma de mi subconsciente…

—¿Y con tus padres pasó lo mismo?— la comisura de los labios de Rin fueron tirados hacia abajo cuando sus ojos se llenaron de lágrimas y su cuerpo quedó frío. Sesshōmaru la percibió demasiado quieta y supuso que había hecho una pregunta incorrecta. —Discúlpame, fue una pregunta tonta.

—No, no, está bien… solo me has tomado por sorpresa, aparte de Shippo, nadie más conoce el tema.

—No tienes que contestar, lamento haber incomodado.

—No lo hiciste, eres mi novio, es justo que lo sepas.

—Rin…

—Tenía nueve años cuando pasó… mi padre era pintor y mi madre era maestra de preescolar, por motivos de trabajo tuvieron que hacer un viaje a Lion, yo… yo había tenido una serie de pesadillas acerca de un accidente de tránsito, podía oír claramente el chillido de los neumáticos, el sonido de los cristales rompiéndose, el llanto, los gritos, el vehículo impactando contra el suelo...— pequeños espasmos comenzaron a recorrer la espalda menuda, las manos delicadas se hicieron puño y el cuerpo suave se aplastó a la figura fornida, Sesshōmaru frunció el ceño cuando sintió su piel estremecer ante el cambio de energía de Rin, la rodeó con ambos brazos demostrándole su apoyo y reconfortándola con su calor. —No tenía forma de saberlo, era muy joven, pero sabía que los heridos en el coche eran mis papás. Lloré, supliqué, hice lo imposible por evitar que mis padres viajarán ese día pero no pude, mi papá al verme muy alterada me regaló una versión ilustrada del 'Principito' y lo leía para mí cada noche para ahuyentar las pesadillas, fue lo último que hizo. El accidente ocurrió pocos meses antes de mi cumpleaños número diez. El estado le dio la custodia a mi tía paterna y fui a vivir con ella hasta que fui mayor de edad y pude recuperar las pertenencias de mis padres. Está es la casa en la que crecí, tiene los mejores momentos de mi vida. — las manos se Sesshōmaru la acariciaba con dulzura sintiéndose conmovido, la sortija sobre su piel se encontraba tibia, Rin respiró profundo un par de veces antes de abrazarse más a él.

—Gracias por compartir esto conmigo.

—Gracias por estar aquí. Contigo me siento más fuerte. Es como si tú templanza me diera valor, sucedió lo mismo cuando Kohaku fue a la veterinaria a aclarar las cosas, creo que de no ser por ti hubiera llorado frente a él y eso no me lo hubiera perdonado.

—Eres admirable, sobrevivir a todo lo que pasaste y mantener una sonrisa limpia.

—No fue sencillo, la vida puso en mi camino a buenas personas. Y creo que el sacrificio valió la pena.

—¿Por qué?

—Porque tengo a un maravilloso novio mutante que me mima y me mal consciente todo el tiempo.— Rin levantó el rostro y besó con dulzura los labios de marfil, el empresario se encorvó hacia adelante para reclamar un ósculo más profundo. Al mirarse a los ojos ambos se hundieron en la inefabilidad de sus sentimientos, Rin sonrió entusiasmada y Sesshōmaru la observó a detalle. —Cuéntame, ¿Qué hay de ti?

—¿Qué hay de que?

—Casi no me has hablado de tu familia.

—Es porque no hay nada que contar.

—Sé que no te llevas bien con tu hermano y con tu padre tampoco porque te convirtió en lobo contra tu voluntad, ¿pero qué hay de tu madre? ¿Con ella también te llevas mal?

—No, mi madre está muerta.

—¡...! Sesshy discúlpame, yo no lo sabía…

—Descuida, no es importante.

—¿Cómo puedes decir que no es importante?

—Casi no la recuerdo, era muy pequeño cuando paso.

—Lo siento mucho… no quise incomodarte...

—No lo hiciste. Verás, mi padre se volvió a casar al poco tiempo, la madre de Inuyasha de alguna manera siempre trato de acercarse pero nunca fuimos cercanos, cuando crecí lo suficiente para comprender algunos aspectos trascendentales de la vida rompí todo lazo con ella y nunca más intentó acercarse a mí de nuevo.

—¿Por qué? ¿Qué fue lo que descubriste?

—Que ella fue amante de mi padre antes que mi madre muriera y a penas pudo tomó su lugar. Para mi ella siempre fue una oportunista hasta el día de su muerte.

—¿Qué le pasó?

—Un exnovio la apuñaló hasta arrebatarle la vida.

—Oh Sessh… yo lo siento mucho. Debió ser muy duro para tu padre e Inuyasha...

—No tienes porqué preocuparte, al menos esto es irrelevante para mí, pero lo que sí lamento es lo que le sucedió a tus padres.

—Te lo agradezco… se que ambos te estuvieran felices de tenerte en la familia.

—¿Tu crees?

—¡Claro! Papá solía decir que cuando yo me casará tendría al hijo que tanto esperaba para hablar de deportes y cosas así.— la morena rió ante el recuerdo. —Mamá estaría como loca cocinando su menú especial cada vez que vinieras a cenar. Un mes comiendo sus platillos y te aseguro que tu abdomen aumentará su tamaño.

—Suena delicioso.

—En verdad lo era…— Un silencio nostálgico se instaló entre ellos, Rin permanecía inmersa en sus recuerdos abrazando a Sesshōmaru y lamentando en cierto modo que esos sueños no pudieran hacerse realidad. De repente Rin se incorporó con una sonrisa en el rostro. Sus ojos castaños miraban al licántropo con muda emoción decidía a enmendar su metedura de pata —¿Quisieras ver una fotografía de ellos?

—Por supuesto.

La morena sonrió y se puso de pie, miró a su alrededor buscando la camisa de Sesshōmaru y se la puso para cubrirse, toda la esencia masculina se impregnó en su piel llenándola del inefable aroma: debía conservar una de esas para cuando Sesshōmaru se fuera a trabajar, así no lo extrañaría tanto. Bajo la atenta mirada del licántropo se arrodilló para arrastrar una caja oculta bajo la base de la cama, Sesshōmaru se incorporó cubriendo su desnudez con sus boxers dándole a la morena un poco de privacidad. Al sentarse en la cama nuevamente Rin tenía unos folios en su regazo. Cuando sus miradas se encontraron el licántropo supo que era un momento muy importante para ella, y en su interior se sintió sumamente afortunado.

—Esta fue de la vez que fuimos a Balsieges de vacaciones, la vez que me perdí en el bosque ¿Lo recuerdas?

—Por supuesto, fue vez que nos conocimos.— Rin asintió cada vez más emocionada al saber que Sesshōmaru estaba al tanto de lo sucedido.

—¿Por qué te fuiste en aquella ocasión?

—Ya habías encontrado a tu familia. Los adultos no reaccionan bien al ver animales salvajes.

—Es cierto, ¿No los recuerdas?

—Me arrepiento de no haber prestado atención.

—No había forma de saberlo. — los delgados dedos de Rin le tendieron una fotografía en donde se apreciaba la familia feliz en la sala de esa misma casa. Evidentemente los rasgos de ambos se mantenían presentes en Rin, la sonrisa cálida era una herencia permanente que la morena lucía día con día. —Esta fue la última fotografía de ellos, fue una noche antes del viaje…

El licántropo tomó entre sus manos la fotografía notando la palpable nostalgia que nublaba los orbes castaños, con sumo cuidado se dio el tiempo de analizar la imagen antes de devolver el preciado tesoro. La veterinaria contempló la fotografía antes de darle un beso a la imagen y devolverla en el folio de resguardo.

—En verdad me hubiera gustado conocerlos.

—Lo sé, y te lo agradezco. —Rin sonrió y le tendió un destartalado cuaderno de dibujo. —Dale un vistazo, ¿Qué opinas?— el peliplata sostuvo aquel cuaderno y sintió un extraño cosquilleo en la punta de sus dedos. La magia ancestral dejaba una estela en las hojas de papel. Miró a la morena y ella le sonrió un tanto nerviosa, abrió la cubierta del cuaderno y una leve luminiscencia le iluminó el rostro provocando que la luna púrpura en su frente se marcará como una sombra difusa. En aquellos trazos se apreciaba un notable talento con lápices de color y carboncillo, en él se plasman diversas escenas cotidianas en la vida de Rin: un boceto de lo que sería la fachada de la clínica veterinaria que la joven había trabajado con tanto esfuerzo. También estaba el dibujo de aquel claro en dónde lo encontró mortalmente herido aquella noche de plenilunio. Varios dibujos diferentes estaban resguardados en aquellas hojas papel que comenzaban a cambiar su coloración blanquecina por una amarillo pálido. El licántropo podía sentir como la inusual magia cobraba fuerza hasta que se detuvo cerca de las últimas hojas en donde observó con un nudo en el estómago un dibujo que recreaba con macabra exactitud el automóvil volcado a un lado de la carretera. Estuvo a punto de cerrar el cuaderno para evitar que su Conejo se incomodara ante la situación pero algo le instó a dar vuelta a la página y encontrar el último dibujo de aquel recuerdo infantil: el dibujo de un lobo majestuoso con una luna púrpura en la frente se manifestó ante él con preciso detalle. El empresario abrió la boca sorprendido de reconocerse en aquel pueril retrato. Los orbes dorados buscaron la mirada parda en busca de respuestas, tragó saliva sin poder evitar conmoverse ante la fragilidad de su Conejo.

Con delicadeza cerró el cuaderno y lo depositó entre las delgadas manos de Rin. La veterinaria le sonrió y abrazó el libro de dibujo contra su pecho. Leves temblores la recorrían al permitir que esos recuerdos tocaran la superficie, desde la muerte de sus padres no había navegado en los recuerdos ocultos en ese cuaderno, se había asustado a sobremanera cuando comprendió que todo lo que plasmaba en ese cuaderno se hacía realidad. Pero ahora se sentía lo suficientemente fuerte como para compartir con Sesshōmaru esas entrañables y dolorosas memorias. Los brazos del licántropo la rodearon brindándole calor y consuelo, Rin sonrió con la mirada humedecida pero no derramó ninguna lágrima, se había propuesto ser valiente y estaba decidida a lograrlo.

—¿Cuántos años tenías cuando dibujaste eso?

—Aproximadamente siete años. Dejé de dibujar cuando comprendí que aquel accidente se volvió realidad. El miedo me hizo sepultar todo esto en el olvido. De no ser por la Señorita Kagome no lo habría recordado.

—¿Aún te hace daño?

—Ya no… No puedo seguir huyendo Sessh. Ya no más. Mi destino no cambiará sino estoy dispuesta a enfrentarlo.

—...

—Aún no sé qué significa todo esto pero debo averiguarlo.

—¿Desde cuándo has estado practicando?

—Un par de semanas. Es como si pudiera ver con claridad pasajes de mi sueños. Es asombroso. Cuando sepa que lo que significan te los enseñaré.

—Esta bien. No te presiones, demosle tiempo al tiempo.

—¿Vas a estar conmigo, verdad? No podré hacerlo sin ti…— Rin lo miró con intensidad sintiendo una paz instalarse en el centro de su pecho cuando Sesshōmaru asintió una vez. La respingada nariz de Rin se restregó con dulzura en la mejilla de Sesshōmaru, el licántropo le imitó. Al abrir los ojos una galaxia se manifestaba en aquellos ojos pardos, un brillo diferente y efímero se mostraba titilante ante las iridiscencias doradas que atesoraba la inmarcesible belleza de Rin para conservarla siempre en su memoria. El varón se puso de pie y se dirigió a sus pantalones caídos en el suelo, esculcó la prenda hasta hallar los bolsillos y extraer su teléfono móvil. Rin observó con detenimiento la figura escultural de su amada mascota mutante: las piernas poderosas se adherían a un talle labrado a conciencia, los brazos tonificados y fuertes se tensaba al sostener el aparato y escribir algo en la pantalla. Rin tragó saliva y se mordió los labios, su vientre se contrajo cuando su mirada se detuvo en la entrepierna encarcelada en la prenda interior, decidió que tendría que hacer algo al respecto.

Estaba dándole hambre de nuevo.

—¿Te gusta lo que ves?

—Mucho. Debería sacarte una fotografía.— Sesshōmaru sonrió. Terminó de escribir un par de frases y se acercó de nuevo a la cama con paso lento luciendo su perfecta fisonomía. Rin lo miraba con ojos anhelantes, el permanente sonrojo en sus mejillas delata el calor que se esconde bajo su piel. El licántropo dejó su móvil en la mesa de noche y con delicadeza tomó los folios del regazo de Rin depositandolos en el mueble con sumo cuidado, la morena le dejó hacer perdiéndose en la musculatura frente a ella.

—Tengo una mejor idea. — los dedos de pianista abrieron el cuello de su camisa exponiendo los bonitos hombros llenos de pecas diminutas siguiendo el recorrido hasta tomar las manos de Rin y colocarlas sobre su labrado abdomen. —Dibújame como a los chicos franceses.— Rin abrió la boca y gimió en un susurro, no se creía capaz de dibujar desnudo a Sesshōmaru sin saltar sobre él para satisfacer su deseo. El empresario sonrió y movilizó las suaves manos hasta llevarla a su entrepierna que se había endurecido bajo la ropa. Los dedos de Rin palparon el contorno con dedicación sintiendo el calor emerger de sus entrañas.

—A-aunque quisiera… no tengo el equipo necesario...

—Ese no es problema, mañana vendrá un equipo de decoración, planeo convertir el cuarto de huéspedes en un estudio de pintura. Tienes un talento increíble Mon amour, creo que deberías profundizarlo como una forma de honrar a tu padre y mantenerlo cerca de ti. — todo el deseo que atravesaba a la morena se congeló al instante, un latido desenfrenado se apoderó de su corazón y sus ojos se inundaron inevitablemente retirando las manos del cuerpo del empresario.

—¿Qué estás diciendo?

—No te dejaré sola, yo voy a protegerte. No te negaré que me parece arriesgado pero comprendo que es necesario. Haré todo lo posible para que afrontemos lo que venga, juntos.— Rin se puso de pie aferrándose al pecho del licántropo. El peliplata la tomó por los codos mirándola con atención.

—¡Oh Sesshōmaru! Haces tantas cosas por mí, me basta que estés a mi lado cuidándome como lo haces, no necesito nada más.

—Quiero hacerlo, déjame cuidarte y hacerme cargo de ti, Mon amour. Permite que, aunque sea de este modo, pueda acercarte a tus padres, a tu infancia, a tus mejores momentos… — Rin no lo dejó terminar de hablar, se abrazó a él con tanta fuerza que estuvo a punto de tirarlo al piso, la morena sollozaba contra la piel caliente del licántropo susurrando las palabras que le darán al angustiado monstruo, la paz que nunca había tenido.

Je t'aime, Sesshōmaru.— dejándose llevar por la calidez que nació en su pecho al escuchar las palabras que en secreto anhelaba su corazón, le devolvió el abrazo refugiándola en su pecho y sintiéndola más suya que nunca.

Je t'aime aussi. Rin

….

Marne Epernay, Viñedo Moet Chatón. Día siguiente. 7:00 hrs.

El sol despuntaba por el oriente, la luz atravesaba el camino convirtiendo en resplandeciente oro todo cuanto tocaba. Los neumáticos del deportivo giraban en dirección norte acortando la distancia que separaba el inicio de la región vinícola. La música sonaba tenue en la cabina del automóvil, los cristales polarizados disminuyen el impacto de la luminosidad del nuevo día. En el asiento del copiloto la veterinaria mascullaba infantiles improperios una y otra vez mientras retorcía el amarre final de su trenza. Se sentía fatal. Los enormes lentes de sol no evitaban que la claridad del nuevo día aumentará su inminente jaqueca cuando la superficie del río de Marne parecía un precioso espejo cerúleo. La morena gruñó cuando una punzada taladró su sien sin que pudiera hacer algo por evitarlo. Le faltaba dormir. Comenzaba a creer que venir había sido una pésima idea, lo supo en el instante en que despertó de su apacible descanso cuando apenas conciliaba un sueño profundo. Su cansancio y su creciente mal humor se debía únicamente a un culpable: a un sexy e insaciable mutante que poseía una resistencia física inigualable y una atracción sexual magnética y demoníaca. Miró de reojo a su acompañante e infló los mofletes arrugando el ceño al encontrarlo tan fresco como una lechuga. Volvió la cara con desdén mirando el nuevo paisaje que se exhibía a su alrededor. Mascullaba entre dientes cuando la mano de Sesshōmaru buscó la suya, Rin entrelazó los dedos sin verlo. Seguía enojada con él.

—¿Aún molesta?

—Hmp

—Bueno Chérie, esto fue tu idea.

—… pudimos haber venido más tarde…

—¿Y perdernos la vendimia? Sería imperdonable si no vivieras toda la experiencia, Mon amour.

—...— Rin profirió un gruñido enojado. El mutante sacaba las garras vengándose de ella. La morena frunció el ceño con mayor ímpetu. Sesshōmaru tenía razón, la recolección debía celebrarse en las primeras horas para que el sol no se transformará en una molestia, pero la falta de sueño estaba afectando su humor, un tinte sarcástico hasta ahora desconocido bañaba cada una de sus palabras tiñendolas de macabra ironía: pasar demasiado tiempo con el mutante empedernido comenzaba ser perjudicial para su ánimo imbatible y sus buenas costumbres. Un minuto demasiado largo se instaló entre ellos y Rin fue incapaz de mantener la boca cerrada por más tiempo, tenía que dramatizar o no estaría tranquila por el resto del día, no permitiría que Sesshōmaru se quedara con la última palabra en aquella absurda y coloquial primera discusión matinal. —Tal vez si alguien me hubiera dejado dormir algo más de una hora y media no estaría quejándome tanto.— Sesshōmaru sonrió seductor mientras hacía girar el volante del automóvil.

—Dormimos lo mismo Mon amour, y yo me siento de maravilla… sin temor a equivocarme puedo decir que anoche no querías que me detuviera, al contrario tus melodiosos gemidos fueron música para mí. Al cerrar los ojos aún puedo ver tu largo cabello meciendose a mi ritmo...

— ...— el bochorno había teñido de carmín los mofletes inflados del Conejo: en eso el mutante tenía razón. El empresario se llevó la mano femenina a los labios y depositó un corto beso de victoria en el dorso. Estaba disfrutando molestarla por anticipado. No le había hecho gracia pasar todo el día con su hermano y la gruñona, participar en la Vendimia le parecía una pérdida de tiempo sin mencionar que sabría lo que sucederá por exponerse durante demasiado tiempo a la inclemente luz del día: el exceso de energía solar le provoca una sofocación que le resta fuerzas y esparce un malestar generalizado sin aparente causa, la temperatura de su cuerpo estará demasiado elevada y un permanente malhumor lo acompañará por lo menos un par de días… es una de las sensaciones más odiosas de la vida y la primera que evitaba a toda costa, pero por Rin haría cualquier cosa aún si eso significaba morir por una sobreexposición a la luz ultravioleta, ya encontraría una satisfactoria forma de estar a mano y hacerle ver al Conejo que regresar a Marne y convivir con esos Tontos había sido una pésima idea. El licántropo desvió los ojos del camino un momento cuando la escuchó suspirar, estaban atravesando el sendero que los llevaría al viñedo, estaban a escasos minutos de arribar a su destino.

—¿Todo en orden?— Rin suspiró de nuevo.

—Si, solo estoy algo ansiosa. Mi raciocinio dice que es muy pronto para retomar esto, pero la voz en mi cabeza dice que ya no puedo postergarlo. Es excitante y terrorífico al mismo tiempo. No sé cómo explicarlo.

—No tienes que hacerlo. Dije que te apoyaría en esto y es lo que haré. Pase lo que pase estaremos juntos.— el licántropo la miró justo cuando el automóvil se detuvo en la enorme entrada principal. Rin mantenía los ojos fijos en él, se había retirado por un momento los lentes de sol para disfrutar de ese momento de complicidad y ahogarse en la inefabilidad de la conexión que los unía. Sesshōmaru le sostuvo la mirada, él no tenía manera de saberlo, pero Rin podía observar cómo se sobrepone en aquella piel de mármol los rasgos característicos de su raza. Ante los ojos místicos de Rin, la sabiduría de toda una especie se manifestaba en aquel hombre indómito e invencible. En este momento en que lo miraba con detenimiento, la luna creciente adquiría mayor brillo, la sombra carmesí sobre los párpados combinan con las marcas en los pómulos que lo envuelven como un manto peligroso, de él emanaba una advertencia intrínseca, la muerte lo acaricia como una amorosa amante, los rasgos finos y feroces son la antesala de un preludio mortal, un demonio con cara de ángel, un mortal en el cuerpo de un dios. Mirar la naturaleza de Sesshōmaru era como contemplar una obra de arte hermosa y escalofriante. —¿Rin?

La morena parpadeó y la visión hubo desaparecido tan solo permanece frente a ella el empresario de piel marfileña que le mira con un gesto confundido. La veterinaria acortó la distancia para besar suavemente los labios del mutante hermoso y perfecto.

—No es nada. En verdad gracias por estar aquí.

—...—

La enorme puerta se abrió dándoles acceso. Sesshōmaru miró el camino despejado y pisó suavemente el acelerador, el motor ronroneó recorriendo la arcilla blanca que enmarca el verdor de los jardines. Los trabajadores temporales caminaban hacia la propiedad para dar inicio a la recolección, el ánimo nostálgico de Rin fue reemplazado por una genuina emoción, jamás había participado en una vendimia, de hecho tampoco había estado en un viñedo hasta hace un par de semanas atrás. Estaba emocionada de vivir la experiencia y sobretodo ayudar a su novio rencoroso a limar asperezas y acercarse a su familia. Ella mejor que nadie sabe que Sesshōmaru construye una barrera impenetrable a su alrededor, rehuyendo de cualquier tipo de vínculo afectivo. Sería fascinante conocer los motivos detrás de aquella coraza amurallada, ya sabía que los genios pensaban de manera diferente del resto, y a pesar de todo lo que ha ocurrido entre ellos, es cierto que el excéntrico y apuesto empresario sigue siendo un misterio para ella.

El Bugatti se detuvo al girar a la rotonda, un cajón de estacionamiento estaba reservado justo en la entrada de la propiedad. El logo de su empresa estaba condecorando la exclusividad de su asistencia. El Demonio Blanco sonrió satisfecho, era uno de los miles de detalles que esperaba que hubieran preparado para complacer su estancia durante la jornada. Odiaría tener que cruzar más de dos palabras con la Gruñona Insufrible y el Pulgoso de Inuyasha para "pedir" cosa alguna. Era cierto que mantenía una actitud más abierta y amable, pero no estaba acostumbrado a convivir con personas a las que por años consideró inferiores e insignificantes.

El pequeño comité de trabajadores temporales estaba aglomerado a un costado de la puerta principal, el jefe de recolección pasaba lista de los reclutas de este año, muchas caras conocidas se reconocían entre la multitud, por lo visto no era la primera vez que coincidían en el viñedo. El ánimo alegre generalizado era palpable, la cosecha prometía ser buena y la paga aún mejor, Rin miraba todo con emoción desde la ventana del deportivo, apretó la mano de pianista cuando no pudo contener su alegría. Sesshōmaru sonrió tenue, debía admitir que ese ánimo imbatible era contagioso, cuando la joven volvió el rostro hacia él, el empresario no pudo contenerse y reclamó los labios femeninos con el primer y el único beso del día, estarían tan ocupados que dudaba tener un momento a solas con el Conejo hasta que finalizará la vendimia. Rin le sonrió sonrojada al separarse limpiando con delicadeza la comisura de los labios de marfil.

—¿Crees que me deba reunir primero con la Señorita Kagome o me deba formar con los demás?

—Creo que debes dirigirte a la dueña de la casa.

—Eso creí. ¿Podrías bajar mi valija?

—La dejaré en la habitación.

—¿Tu habitación o la mía?

—En la nuestra, por supuesto.

—Joo— Rin se sonrojó y desvió la mirada un poco avergonzada —¿No te apena lo que tú hermano y tu futura cuñada puedan pensar? La última vez que estuvimos aquí tu y yo aún no... — el empresario bufó antes de sentarse correctamente y sacar de uno de los compartimientos del auto un exclusivo par de lentes oscuros de un distinguido diseñador italiano, miró su reflejo ajustándolos a su rostro perfecto.

—Lo que esos Tontos piensen no me interesa en lo más mínimo, pero si quieres cambiar de habitación…

—¡No! E-es s-solo q-que…

Allez Chérie se te hace tarde…— el empresario sonrió malicioso antes de abrir la puerta.— Una cosa: te advierto que aunque intentes proteger tu pudor y disimular frente a ellos, Inuyasha sabrá que estamos juntos.

—¡¿Eh?!

—Podrá olerme en ti. Vamos, la Gruñona está en la puerta.

El rostro de la morena era una combinación extraña entre vergüenza, sorpresa, pudor e indignación. Se sentía sumamente expuesta y vulnerable, aún no salía de su sorpresa cuando la puerta se abrió para ayudarla a salir. Rin tomó la mano que se le ofrecía y salió del refugio con timidez, estuvo a punto de preguntar la naturaleza de la curiosa respuesta cuando su nombre fue pronunciado con entusiasmo desbordante. Rin sonrió al ver a la señorita Kagome en el umbral de la mansión, se apresuró a encontrarse con ella y abrazarla entre risas y chillidos de emoción. Aunque había pasado poco tiempo, a la veterinaria le daba mucho gusto ver de nuevo a la hechicera y saber que su embarazo iba tan bien, el vientre de la druida se notaba más abultado pero sin revelar del todo el milagro que se gestaba en ella.

—¡Pequeña Rin! ¡Que contenta que estoy al verte aquí!

—¡Señorita Kagome! ¡La eche de menos! ¡Estaba contando los días para regresar! ¿Cómo ha estado? ¿Y el bebé?

—Estamos bien, algo antojadizos pero al menos las náuseas se han ido. Debo agradecer que sea Inuyasha quien las padezca.— ambas mujeres rieron por lo bajo al recordar la cara de enfermo del menor de los licántropos en ese su primer desayuno en familia.

—Me alegra haber regresado.

—Y veo que no viniste sola. No creí que lo convencerías…

—Bueno, d-digamos q-que existen s-sutiles métodos de p-persuasión…

—Me doy cuenta. Enhorabuena Rin, debes contarme los detalles después.— se miraron con complicidad antes de otro corto y efusivo abrazo.

El empresario se acercó a paso tranquilo, no le agradaba del todo esa misteriosa mujer, pero ver a Rin sonreír con ese brillo en su mirada no tenía precio para él. La mirada dorada se cruzó con los ojos místicos de la hechicera, el licántropo parpadeó lentamente e inclinó la cabeza en un gesto que sorprendió a la anfitriona: Kagome no esperaba que su cuñado se mostrará tan pacífico y condescendiente, incluso podía notar una serenidad emanar de aquel ser taciturno y frío. En verdad que la presencia de Rin era balsámica para la bestia que albergaba en el interior. Cuán diferente le parecía este hombre amable de aquel infeliz que llegó a su puerta dos semanas atrás clamando ayuda para la mujer que ahora sonríe entre los dos. La hechicera sonrió con sinceridad, una emoción creció en su pecho al imaginar la alegría de su prometido cuando le contará que el hermano mayor que por muchos años estuvo perdido se mostraba ante ellos por primera vez.

—Bienvenido Sesshōmaru.

—...

—Disculpe Mademoiselle, ¿Podríamos comenzar con la recolección?

—¡Por supuesto, vayamos ya! Acompáñenme, el ritual va a comenzar.

—¿Ritual?

—Si, es una tradición del viñedo, se eleva una pequeña plegaria agradeciendo por la cosecha. No demorará.

—¡¿Qué estamos esperando?! — La Hechicera sonrió y tomó a Rin del brazo para encabezar al gran equipo recolector. En medio de la algarabía la mirada de Rin buscó las iridiscencias doradas que no se perdían cada uno de los gestos en su rostro.

El día apenas comenzaba y se sentía en el aire un efluvio de arcilla, uvas, y vida nueva. El misticismo cosquillea en la punta de su nariz y en el ápice de sus dedos de pianista. Una ráfaga de viento provocó que los cabellos plateados ondearan y el Demonio Blanco cerró los ojos, al abrirlos notó que se había quedado rezagado, inspiró profundo y comenzó su lento andar en dirección del viñedo.

¿Cómo que no participarás en la recolección?

Lo que has oído Mon amour.

Pero… ¡Pero!...

Dijiste que querías participar en la vendimia, yo dije que te acompañaría

...Yo creí que harías esto conmigo…

Y heme aquí. Diviértete Cheriè. Estaré esperándote.

...

Cuatro horas después Rin seguía gruñendo por lo bajo. Ese mutante tramposo y sensual. Nunca antes Rin había sido embaucada de semejante forma. Por un momento creyó que la vendimia sería muy diferente, en las fotos de internet y en los reportajes se veía como diversión y risas, pero había sido todo lo contrario y aunque le pesará, Sesshōmaru había tenido razón desde el principio: lo único que había conseguido hasta ahora era sudar sin cuartel y tener tierra por todos lados. Dentro de su imaginación ideó un escenario donde toda la familia participaría, pero la señorita Kagome debía cuidar de su embarazo, Inuyasha estaba en la oficina y Sesshōmaru trabajaba en la terraza techada.

La morena se levantó de un movimiento brusco mirando en dirección de la propiedad cuando el mal humor regresó con fuerza. Desde la lejanía lo vislumbra hablando por teléfono y escribiendo anotaciones en el ordenador. Un adorable puchero se instaló en los labios de Rin cuando una gota de sudor resbaló por su sien perdiéndose en los pliegues de su camisa y su overol. El viento sopló logrando que el enorme sombrero le cubriera todo el rostro.

—¡Ey novata, deja de vagabundear!

—¿Eh? ¡Si!— Rin se agachó de nuevo recolectando aquellas hermosas uvas de terciopelo. Frunció el ceño mascullando infantiles improperios contra el licántropo que permanecía a gusto en la comodidad de aquel refugio contra los inclementes rayos de sol, se juró a sí misma que antes que termine el día lo encontraría lleno de tierra. Barrería el piso con ese porte imperial e impoluto. Esto era la guerra, señores. Ese mutante se las pagaría.

El oído izquierdo del empresario cosquillea por tercera vez esa mañana. Cerró un ojo y apretó justo sobre el trago del pabellón de su oreja tratando de calmar el zumbido molesto. Conocía a la perfección el origen de dicho malestar, a estas alturas el Conejo debería estar sudado y lleno de tierra, su reproche había sido tierno y sumamente adorable, estaba seguro que la morena estaba molesta con él, pero no podía negar que se lo advirtió: la recolección era una jornada larga y cansada que requería cierta condición física para soportar el trabajo, se le estaba ocurriendo ofrecerle un masaje tántrico para aliviar el cansancio y no sé, tal vez sumergirse en el placentero mundo de la espiritualidad explorando esa inexplicable conexión que le unía a su adorable Conejo. El licántropo sonrió ante la idea, eso podría ser muy satisfactorio para ambos. Un mail llegó de inmediato a su bandeja de entrada notificando la transacción millonaria que su empresa acababa de ganar en la bolsa de valores. El licántropo miraba la pantalla sin emoción alguna, su buen ánimo acababa de caer a un abismo: antes de su maldición noticias como esta le generaban un placer obsceno por el exorbitante aumento en las arcas de su fortuna, pero ahora solo era un insípido correo electrónico en un frío ordenador. El peliplata suspiró y se tomó el puente nasal. La próxima semana tendría a cabo la firma del convenio con la naviera* en un suntuoso cóctel en el Les Petits Déjeuners du Plaza Athénée y era imprescindible su presencia, Jaken se lo había advertido en innumerables ocasiones, pero por alguna razón aún no se lo comunicaba al Conejo, ¿Aceptaría acompañarlo a ese mar de superficialidad y esnobismo? No dudaría que alguna de sus antiguas amantes estuviera ahí tratando de ganar su atención y revivir una noche apasionada y salvaje. Llevar a Rin al cóctel podría ser perjudicial para su frágil autoestima, no hay que ser un genio para saber que las mujeres son muy susceptibles en su aspecto físico y lo que menos quiere es exponerla a los cotilleos fuera de lugar, pero si no la invita como su acompañante podría malinterpretarlo, tal vez podría pensar que avergonzaba de ella. El asiento frente a él fue ocupado y dirigió su atención a la dueña de la casa.

—Creo que deberías decirle, que sea ella quien decida acompañarte o no.

—Es de mala educación leer la mente de las personas.

—No es culpa mía, son tus pensamientos los que llegan a mí.

—Tsk.

—Todo saldrá bien, te lo garantizo.

—No quisiera ser grosero pero…

—Cuando quieras un consejo lo pedirás, ya lo sé, no tienes que repetirlo. ¿Siempre eres así de parco?

—¿Siempre intimidas a tus invitados leyendo sus mentes?

—Me disculpo, no es intencional, pasa que piensas demasiado fuerte y es inevitable.

—Hmp.

Kagome no pudo evitar sonreír, a pesar de que el empresario era ácido y cortante, no mantenía esa aura hostil a su alrededor, la Hechicera sabía que está era su faceta amigable al mundo, solo aquellas personas observadoras podrían darse cuenta de la sutileza en los gestos aristocráticos. Los orbes grises notaron cuán distinto era Sesshōmaru a su prometido, los rasgos en el empresario eran demasiado refinados, un porte imperial provoca una gran admiración a todo aquel que está a su presencia, un aire conminatorio emana de él, el liderazgo es una cualidad innata que no duda en utilizar en su beneficio. Frío, impersonal, estratega manipulador y un genio. Así es la personalidad con la que el mundo lo define, pero Kagome podía contemplar a un hombre que hasta hace poco siempre estuvo solo, un ser taciturno, silente y melancólico, tal como la luna lejana y fría que se mantiene muy lejos de las estrellas que le acompañan en el manto nocturno, un niño que creció sin madre a la sombra de su progenitor, un hermano mayor que nunca supo cuidar de nadie, un hombre que no conocía el amor. El brillo en los ojos de la hechicera menguó un poco y sus facciones adquirieron un tinte nostálgico, las nubes en el cielo cubrieron los rayos de sol en ese momento, aún recordaba a Inuyasha maldecir a su hermano mayor, quejándose de todo el mal trato del que fue víctima durante su infancia y adolescencia por capricho y gusto del hombre frente a ella, recordaba los hematomas, los golpes y los mordiscos brutales en aquellas peleas por demostrar poder y dominio. Recordaba cómo su prometido entrenó durante años bajo la supervisión de su suegro para convertirse en un hábil guerrero y así tratar de acortar la distancia abismal que el mayor de los hermanos había creado entre los dos, tratando de compensar el enorme agujero negro que existía entre los descendientes del Alpha más poderoso de Cevennes.

—¿Señorita todo en orden? — Kagome parpadeó y las nubes siguieron su curso normal. Sesshōmaru no perdió detalle del curioso espectáculo climático y las facciones taciturnas de la hechicera, para él no se trataba de una casualidad, nunca lo sería.

—Si, no es nada.— Kagome carraspeó antes de sonreírle de nuevo, sea lo que sea que cruzará por su cabeza parecía haber quedado en el pasado, el empresario notó como la anfitriona acariciaba con ternura su vientre y no pudo evitar recordar la confesión que su hermano le hiciera aquella noche de plenilunio: este era el segundo hijo de su hermano menor, saberlo le había sentado como un cubo de agua fría, darse cuenta que en ese entonces él cazaba sin cuartel entrenando para destronar a su padre y aniquilar de una vez por todas a ese hermano que se lamentaba por una pérdida tan grande. Un remordimiento pareció instalarse en la boca de su estómago como una pesada roca.

—¿Sabe Inuyasha qué será una niña?

—¿Cómo lo…?

—Yo también tengo mis poderes místicos…

—¡...!— la hechicera estaba boquiabierta. Entrecerró los ojos con sospecha pero Sesshōmaru siguió hablando como si la cosa no fuera con él.

—… Tal vez exista una remota posibilidad en la que Rin haya comentado algo mientras dormía.— la suave risa de la anfitriona lo tomó desprevenido, el empresario rodó los ojos con fastidio y giró el rostro hacia la izquierda cuando ella rió con más fuerza.

—Agradezco tu interés, pero no, Inuyasha aún no sabe que tendremos una hermosa pequeña. Es demasiado pronto, le falta mucho por crecer.

—…

—Gracias por preocuparte, tu sobrina nacerá sana, es lo que importa.

—Hmn— Kagome volvió a reír con soltura antes de suspirar largamente. Sesshōmaru llevó la taza de café a los labios para darle un sorbo y fue ahí cuando un objeto metálico llamó la atención atención de los ojos místicos.

—Es un anillo precioso, Rin tiene uno igual. ¿Se lo has dado tu?

—No.

—Lo supuse, esa energía no es un objeto de este plano.

—¿Qué quieres decir? ¿Sabes de dónde proviene?

—Tal vez, pero no puedo responderte, espero que me comprendas. Hay cosas en las que no puedo interferir sin pagar un alto precio.

—Ya.— un silencio incómodo se instaló entre ambos y la Hechicera se puso de pie, era hora de despedirse y dejarlo tranquilo.

—Espero que pasen un buen día con nosotros, podría ser una noche difícil.

—¿A qué te refieres?

—Sé a lo que Rin ha venido. La rueda sigue girando y ella lo ha entendido.

—…

—Todo estará bien, es una chica fuerte, no te preocupes tanto y confía más en ella.

—No es tan sencillo.

—No dije que lo fuera.— La Hechicera comenzó a enfilarse en dirección de la casa cuando la grave voz de su cuñado detuvo sus pasos.

—¿El Pulgoso tardará en llegar?

—No debería, ¿Por qué? ¿Lo extrañas a caso?

—Ni en mis peores pesadillas.

—Dijo que llegará para el almuerzo, no se lo perdería por nada, es su favorito: Cordero en salsa de menta. ¿Qué te parece?

—No me extraña en lo absoluto

—Eso creí.

El licántropo se quedó solo en la terraza techada. Esa plática lo había puesto algo inquieto, demasiadas emociones en un corto tiempo. Se retiró las gafas y se frotó los ojos, ya está comenzando a sentir los mareos iniciales, el sol alcanzaría su cénit en un par de horas y desde ya sabría que sería un suplicio, al menos la carne de cordero ayudará a sobrellevar la debilidad, pero la pesadilla apenas comenzaba. Miró en dirección del viñedo tratando de enfocar a su Conejo entre la multitud, cerró los ojos y la percibió a unos cuatrocientos cincuenta metros en dirección noroeste, acababa de descubrir que el anillo funcionaba como una brújula particular, ahora podía saber exactamente la ubicación de Rin sin siquiera proponérselo.

Eso era muy útil, secretamente esperaba que nunca tuviera que depender de ello para localizarla.

Inuyasha había llegado, y con él, el almuerzo. El silbato había sonado y todos los trabajadores se refugiaron en la residencia para tomar un descanso y recuperar fuerzas. Rin había entrado a la mansión arrastrando los pies, se negaba a aceptar que Sesshōmaru había tenido razón, a pesar del sol y del cansancio en verdad se estaba divirtiendo, era una experiencia nueva y desestresante. Tan solo con poner un pie en el comedor la algarabía se desató convirtiendo el almuerzo en un verdadero carnaval de risas y bromas, incluso el parco e impasible Sesshōmaru se vio alcanzado por la una risa furtiva ante el despliegue ingenioso e infantil de los insultos entre su hermano menor y su Conejo. La comida fue deliciosa y el extraño ambiente que reinó durante todo momento fue refrescante para cada uno de los presentes, poco a poco se fortalece ese tímido lazo de unión familiar que tanta falta les ha hecho. En medio de todo Sesshōmaru sabe que Rin ya no estaba molesta con él por la forma en la que sus ojos le sonrien y eso basta para que esa molesta punzada de culpabilidad se deshaga ante el vino. Cuando los platos estuvieron vacíos y los estómagos llenos, Rin pidió un permiso para asearse un poco, le hubiera gustado hacerlo antes de compartir la mesa pero el hambre voraz fue mayor a la pulcritud, la hechicera la acompañó a la planta alta para enseñarle su habitación y ponerse al día de los detalles de las últimas semanas. Por su parte, los hermanos se miraron al hallarse solos, Inuyasha le sirvió más vino a su hermano y rellenó su propia copa. Sin que ninguno lo dijera, era agradable permanecer en silencio sin insultarse, sin provocarse mutuamente, era agradable disfrutar de un día de paz que hacía años no compartían. Al mirarse y entre chocar sus copas, Inuyasha supo que era el inicio de una nueva etapa, en donde por primera vez en toda su vida, conocerá a su hermano mayor a quien siempre soñó con alcanzar y superar.

Rin permaneció en el baño cerca de cuarenta minutos, el agua tibia había aliviado sus músculos cansados relajandola al instante. Lavar la tierra de su piel había sido problemático y molesto, tal como lo había dicho Inuyasha parecía un enano minero y aunque se negaba a aceptar tal comparación tuvo que darle razón en la privacidad del cuarto de baño cuando comprobó que tenía tierra en los rincones más inauditos de su cuerpo. Se miró en el espejo antes de salir del baño asombrada por la belleza del vestido blanco que la Señorita Kagome le había regalado por haber ayudado con la recolección, el encaje francés tenía ligeros destellos que brillaban ante la luz cubriendo la sencillez con elegancia, los tirantes le daban un toque de coquetería a sus hombros y clavícula, el faldón le llegaba poco más arriba de las rodillas con ligeros pliegues que le daban amplitud y vuelo al borde de la prenda. Se calzo las sandalias y bajó las escaleras con prisa al escuchar las voces en el exterior.

Todo el mundo estaba reunidos en torno a una inmensa tina de madera. Durante la mañana había bromeado con las demás chicas sobre la pisada de uva, no creyó que apenas poner un pie en la terraza la estuvieran esperando para comenzar, tanto así que mientras miraba el lagar no pudo evitar emitir un grito de sorpresa cuando Inuyasha la tomó por la cintura y la levantó en el aire como si de una pluma se tratase para subirla en el centro de la enorme tina de madera. Las demás jóvenes que estaban arriba la ayudaron a subirse y estabilizarse en aquella jugosa, viscosa e irregular superficie. Rin no paraba de reír y gritar por diferentes intervalos, por un momento su mirada se cruzó con las iridiscencias doradas y notó una furia atravesar los orbes ambarinos por la forma en la que el abogado la había sostenido, sonrió enternecida y agitó un brazo en su dirección para captar su atención. Cuando estuvo a punto de llamarlo los violines comenzaron su melodía coreados por el inconfundible sonido de un acordeón, las chicas la tomaron de los brazos y comenzó la danza para la extracción del mosto. Rin reía abiertamente cada vez que sus pisadas emitían un sonido acuoso y el zumo de las uvas salpicaba en todas direcciones empapando sus pies y el borde de su vestido, poco a poco se acostumbró al ritmo musical y se dejó llevar por la emoción que rodeaba la fiesta vinícola, saltando y bailando al ritmo de los timbales a la par de las otras jóvenes.

Desde abajo Inuyasha la anima y ríe mientras que Kagome aplaude con entusiasmo uniéndose al coro de voces que cantan unísonos. Sesshōmaru la mira embelesado, su rostro inexpresivo luce sereno y apacible contemplando cada uno de sus movimientos, la luz del atardecer que se esconde en el horizonte le da destellos rosáceos al vestido blanco de Rin que baila con la gracia y belleza de una ninfa de los bosques. Cada vez que sus miradas se cruzan el sentimiento materializado en el dedo anular de la mano izquierda se entibia lo suficiente para arrullar sus corazones en un cántico antiguo de idioma ancestral.

El atardecer transcurre con rapidez y el azul oscuro se apodera del cielo, algunas antorchas han sido encendidas para mantener el aire tradicional que los acompaña en ese día de cosecha. La veterinaria respira agitada, el arrebol en sus mejillas es signo de su agitación, desea bajarse a descansar pero sabe que sus piernas flaquean y tiemblan como gelatina, busca entre la multitud y halla a su novio mutante que se acerca a paso lento hasta el borde del lagar. No necesita hablarle para saber que él la ayudará a descender, Rin camina equilibrando su peso hasta el borde donde Sesshōmaru la espera, se sienta en la orilla y sonríe cuando la ceja platinada se eleva retándola a cumplir la travesura que adivina en su mirada, Rin se muerde los labios y se impulsa lo suficiente para saltar a los brazos de su novio que la recibe en el aire cargándola cuál princesa de cuento de hadas. Un sonido enternecedor se hace escuchar sobre la música, todas las mujeres presentes suspiran al mismo tiempo contemplando la escena, Sesshōmaru rodó los ojos con fastidio girando sobre sus talones para llevarse al Conejo lejos de esa bola de curiosos. Rin rió con suavidad se permitió a sí misma descansar en el abrazo protector del licántropo y así recobrar sus fuerzas.

Tenía los pies colorados así como los faldones del vestido, el cabello suelto bailaba a merced de la brisa, un inconfundible aroma a mosto, uvas y frescura se entremezcla con el característico olor a vainilla. Teniéndola entre sus brazos mientras se alejan del bullicio y los ojos curiosos de su hermano y la Hechicera, el licántropo de sintió tranquilo, había esperado todo el día para estar a solas con Rin aunque fuera por un instante, la fatiga de sentirse morir no ha dejado de pedirle a gritos refugiarse en la calidez de su humana y renovarse en ella, ahora, sosteniéndola contra sí, halla el consuelo que lo abandonó durante toda la jornada. El sonido de la música y la luz de las diversas hogueras encendidas se quedan a sus espaldas, la noche los refugia en su manto místico donde incontables estrellas titilan en la oscuridad y la luna les sonríe cobijándolos como una madre, el empresario mira hacia abajo cuando el suspiro del Conejo llama su atención. La morena reposa la cabeza resguardandose en él, sintiéndose cansada pero feliz, el peliplata lo sabe cuándo la mira a los ojos y estos le sonríen.

—¿Contenta?

—Mucho.

—Me alegra que te hayas divertido.

—A mí también. Aunque esta mañana estuve a punto de desistir.

—¿El sol y la tierra?

—Si. Se veía muy distinto en mi mente.

—Te lo advertí.

—Lo sé.

Los menudos pies del Conejo tocaron el suelo y la diferencia de alturas se hizo presente. Sesshōmaru le acarició el rostro sonriendo cuando la joven cerró los ojos y se aferró a su palma con una ternura palpable. La había echado de menos. El pulgar del empresario delineó la mejilla y levantó la barbilla femenina para reclamar un cándido beso que Rin no tardó en corresponder. El sonido de los violines y del alegre acordeón armonizan con el sonido de la noche. La morena abrió los ojos al notar la elevada temperatura en el rostro del licántropo, se separó de él extrañada comprobando que no eran ideas suyas, la boca de Sesshōmaru estaba muy caliente.

—¿Qué pasa?

—¿Te encuentras bien?

—De maravilla.

—Estás ardiendo.

—Son mis ganas de verte, Chérie.— Rin frunció el ceño y colocó una mano en la frente del hombre, comenzó a palpar el rostro, cuello y la piel que le permitía el cuello de la camisa. Sesshōmaru se estremeció ante su tacto y con delicadeza sostuvo sus manos deteniendo la exploración.

—Tienes fiebre. Debe revisarte un médico.

—No será necesario.

—¡Pero…!

—Rin. Estoy bien. No es nada grave.

—No me gustan las mentiras.

—No te estoy mintiendo, en verdad no es nada. Esto le sucede a cualquier licántropo que se exponga al sol demasiado tiempo. Es cuestión de un par de días para recuperar mi temperatura normal.

—¡Oh Sesshy debiste decirme! Por mi culpa estas...— el pulgar de Sesshōmaru impidió que articulara palabra y la besó de nuevo. Rin suspiró y correspondió el gesto abrazándolo por el cuello sintiendo su cuerpo preso entre los brazos de su novio mutante. La brisa sopló erizandole la piel con el contraste de temperatura, su ligero vestido es capaz de notar el frescor de la noche y el ardor en el cuerpo de su novio que de forma natural está calentando su propia sangre. Se pone de puntillas para intentar reducir la altura que la separa de él, se aferra a los cabellos plateados que brillan bajo el astro nocturno, acaricia el cuello esbelto y el pecho fornido cuando su cintura es ceñida con ahínco: no es la única que ha esperado impaciente el encuentro. Las palmas del varón suben tortuosas por su espalda arrugando la tela de su vestido por impedir el tacto con la piel, Rin sube el rostro sumisa ante los besos demandantes suspirando cuando los dedos de pianista acarician su nuca enviando electrizantes corrientes por toda su espina. La boca de marfil abandona sus labios y divaga por la piel de su mandíbula y cuello, la otra mano se adelanta para apresar uno de sus senos en un masaje que la estremece por dentro, el tirante resbala por su hombro y la tela que encarcela el busto cede descubriendo el sujetador. Sesshōmaru gruñe ansioso, va labrando beso a beso la piel del Conejo que está impregnada por un efluvio cítrico que hipnotiza sus sentidos, lame la piel degustando los resquicios del mosto impregnado en ella avivando el calor que de por sí lo recorre, se ayuda con la mano para liberar el pecho que espera ansioso por alimentarlo y él bebe sin dudar de la cúspide rosada que se endurece ante la húmeda caricia. Las manos de Rin que se aferran a su espalda suben hasta su nuca para empujarlo contra ella, la oye suspirar cuando el otro tirante del vestido se desliza y su otro pecho corre la misma suerte que el primero, débiles gemidos se camuflan en la alegre música Vendimial, el licántropo come de uno y de otro sin decidirse, las grandes manos juntan los montes en una danza que enloquece a la morena. La espalda de Rin se arquea, un fuerte sonrojo invade sus mejillas, en un intento por entregarse al placer pierde fuerza y terminan recostada en el pasto con la cabeza del licántropo hundido entre sus pechos. Abre las piernas al sentir el peso sobre ella, quiere más, necesita sentirlo, la elevada temperatura del hombre inyecta a sus venas una pasión irrefrenable al ser acariciada con tanto esmero y amor. La falda de su vestido deja al descubierto sus piernas que se enredan en la firme cadera del hombre que comienza a moverse impaciente contra ella. El pasto bajo su peso se remueve cuando ella reclama sus labios y la mano derecha del varón se pierde en medio de sus cuerpos en una lucha unipersonal contra la hebilla de su cinturón, la risa de los cánticos se oyen a lo lejos inundando de adrenalina sus cuerpos, si algún curioso se acerca de más podría verlos amarse al cobijo de la luna, deben darse prisa. Los dedos de Rin desabrochan los botones que resguardan el abdomen tonificado del mutante, con la punta de los dedos va rasgando levemente con las uñas acariciando los duros contornos, gimiendo con anticipación cuando los dedos de pianista invaden su falda para deslizar hacia un costado su ropa interior. Una mirada, un beso y un gemido compartido basta para que sus almas se fundan otra vez, Rin ahogó un grito cuando la incandescente masculinidad de Sesshōmaru calentó sus entrañas, está hirviendo en un sentido literal pero eso sólo incrementa el inmenso placer que la recorre, sus piernas rozan con la tela del pantalón, sus manos viajan por dentro de la camisa para sostenerse en los hombros fuertes que se empujan contra ella, sus pechos se apretan en el escote de la ropa rogando por la atención del peliplata que embiste sin cuartel. Sesshōmaru sostiene la cadera femenina mientras se sostiene con el otro brazo, hay algo sumamente erótico en la manera desesperada en la que sus cuerpos se encuentran, el vestido de Rin apenas le permite revelar parte del cuerpo encantador que lo enloquece, la prenda inocente limita su exploración pero aumenta su deseo como si estuvieran haciendo algo prohibido, gruñe excitado y acelera su bombeo, sus labios se adueñan de un pecho que rebota frente a él. Las manos del Conejo divagan por su cuerpo macizo alentando sus estocadas, nublado su cordura, la humedad en su unión se desliza sobre sus prendas avivando su deseo, una delgada capa de sudor se resbala por su frente, el vapor de su respiración flota entre ellos de manera intermitente e irregular, la presión gloriosa que espera a las puertas del éxtasis se muestra ante ellos en aquella danza instintiva, primitiva y surreal, el puño de Sesshōmaru apresa parte del cabello negro que se esparce alrededor y succiona con fuerza la carne entre sus dientes, el grito placentero no tarda en llegar cuando las caderas de Rin lo acompañan en la recta final de la húmeda locura calmando la incesante comezón que la carcome por dentro. Un escalofrío arremete contra él cuando su energía escapa de sí vertiéndose en ella, la paz llega en la satisfactoria noción de sentirla suya, su parte más sensible vibra aún dentro de la humedad de Rin que lo cobija con ternura entre sus brazos. Poco a poco todo recobra sentido, la música que sonaba tan lejana comienza a tener fuerza y nitidez, el frío de la noche se instala en la humedad de sus cuerpos calientes, las miradas se encuentran en el torbellino de adrenalina que ha cesado dándole paso a la cordura. Las estrellas de la noche parecen reflejarse en esos orbes marrones de inocente brillo, Sesshōmaru besa los labios del Conejo con suma ternura, ella es el único ser que le provoca desconcertantes emociones. Rin acaricia la pálida mejilla, sabe que Sesshōmaru la ama tanto como ella a él.

El licántropo se recuesta junto a ella para abrazarla contra sí, su piel se va desprendiendo poco a poco del calor infernal que lo recorre, la brisa lame su sudor enfriando sus miembros, con ternura ayuda al Conejo a recomponer el vestido que despertó en él pensamientos indecentes. Rin permanece cobijada, apreciando las estrellas que titilaban sobre ella, cientos de ellas, miles, brillando en una danza silenciosa que solo ellas parecían entender, se siente plena y dichosa, ahora está lista para enfrentar lo que sea.

—Creo que ya estoy lista.

—¿Estás segura?

—Si, lo estoy.

—Entonces vayamos ya.

El licántropo se pone de pie y le ofrece la palma para levantarse, la escasa luz no le permite darse cuenta que pequeñas motas de polvo y tierra cubren la blancura de su vestido y la camisa y pantalón del empresario, comparten una sonrisa cómplice y traviesa antes de regresar al propiedad tomados de la mano. Ni Kagome ni Inuyasha emitieron comentario alguno al verlos regresar del jardín, pero el abogado no pudo evitar sorprenderse cuando Rin se detuvo frente a su prometida y pronunció las palabras que lo dejarían boquiabierto.

—Señorita Kagome, ya puede retirar el sello. — La Hechicera sonrió asintiendo un par de veces antes de contestar sorprendiendo a su prometido y tensando levemente a su cuñado.

—Excelente, acompáñame a la habitación, solo tomara un par de minutos.

Las mujeres se miraron a los ojos antes de ponerse de pie y caminar rumbo a la habitación. Sesshōmaru se sentó junto a su hermano tratando de disimular su preocupación. Inuyasha estuvo impávido un momento, por inercia buscó el perfil de su hermano para exigirle una explicación cuando sus astutos orbes captaron la victoria de Rin sobre el invencible Demonio Blanco, sonrió llevando sus brazos detrás de su cabeza en una actitud relajada y hasta divertida. El mayor lo miró de reojo y cruzó los brazos sobre el pecho con expectación.

—¿Se puede saber qué es tan divertido?

—La Enana lo logró.

—¿El qué?

—Cumplió su palabra: Estás lleno de tierra.— el empresario rodó los ojos con fastidio cuando se percató de la veracidad en las palabras del Pulgoso, bufó con hastío mientras la risa de Inuyasha se perdía en la música festiva. Sesshōmaru tenía que admitirlo, haber acudido a la vendimia no había sido tan malo como lo imaginó, incluso se había divertido. Todo gracias a una torpe humana con un adictivo olor a vainilla.

Una sutil sonrisa se posó sobre el rostro aristocrático de Sesshōmaru, fue como si un pequeño trozo de escarcha que aún cubre su corazón se derritiera ante la fraternidad que comenzaba a entender y sentir. Y eso, contrario a lo que imaginó, no le desagrada en absoluto.

TBC

Vaya, vaya, vaya. Luego de 25 capitulos ¡por fin! Lo que todas queríamos leer. No les voy a mentir, llevo los últimos 8 meses trabajando sin cesar por este capítulo, ha sido sumamente difícil porque resultó muy diferente a lo que imaginé en un principio, las que me siguen en Facebook pudieron leer pequeñas pistas pero eso hace meses, lograr ese punto de equilibrio entre la incertidumbre previa a una relación romántica y el desarrollo de esta fue muy complicado, no quería apresurar las cosas pero tampoco retrasarlo más, tal como el capítulo lo indica, era momento de precisar 'La historia del pequeño Conejo y un lobo feroz'. Espero (cruza los dedos) que les haya gustado, sin duda el capítulo más largo hasta ahora: 31,000 palabras, toda una hazaña (una estresante hazaña jaja) pero con todo cariño para ustedes. Se que no tengo perdón por haberlas dejado en el aire tantos meses, pero ideas de cruciales para el desarrollo de la historia han invadido mi mente robándose mi concentración.

Espero haber llenado sus expectativas, déjenme saber qué les pareció, su opinión es lo más importante para mí y sobre todo para la historia. El aullido esconde muchos secretos y misterios que están por resolverse ;)

Les dejo las notitas de la lectura, así como las traducciones suculentas 7w7

Demandez-le et je serai à vous: Dilo y seré tuyo.

J'ai besoin de toi, Sesshōmaru: Te necesito Sesshōmaru.

Embrasse-moi quand tu touches le ciel: bésame cuando toques el cielo.

Allez chérie, finissons ensemble: Vamos cariño, terminemos juntos.

Tu es mon cher loup féroce: tú eres mi querido lobo feroz.

Oui petit lapin: sí pequeño conejo.

Paninis: El panini o panino es una variedad de sándwich de origen italiano, que tiene distribución internacional. En Italia, un panino habitualmente se prepara con un panecillo pequeño o un pedazo de pan, por lo general una ciabatta o una roseta. El pan se corta horizontalmente y se rellena con salami, jamón, queso, mortadela y algunos otros alimentos, a veces se sirve caliente después de haber sido presionado en una parrilla. Un panino tostado, coloquialmente llamado «toast», está hecho de dos rebanadas verticales de pan cassetta casi siempre rellenas de prosciutto y unas rebanadas de queso, y cocinado a la plancha en una prensa de sándwiches.

Proscuitto: es el término italiano para 'jamón', aludiéndose con mayor frecuencia al curado, que se sirve sin cocinar, cortado fino. A este estilo se llama en Italia prosciutto crudo, distinguiéndose del cocinado (cotto, 'cocido').

Rin tu es Belle: Rin tu eres bella.

Très Belle: muy bella

S'il vous plait, Sesshōmaru: Por favor Sesshōmaru

La traviata: la traviata (título original en italiano, que en español podría traducirse como La extraviada) es una ópera en tres actos con música de Giuseppe Verdi y libreto en italiano de Francesco Maria Piave, basado en la novela de Alexandre Dumas (hijo) La dame aux camélias (1852), aunque no directamente sino a través de una adaptación teatral. Titulada en principio Violetta —nombre del personaje principal—, al parecer está basada en la vida de una cortesana parisiense, Alphonsine Plessis.

Dmitri Hvorostovsky: Fue un barítono operístico ruso. Su debut operístico en el oeste fue en The Nice Opera en la obra de Chaikovski La dama de picas (1989). En Italia debutό en La Fenice como Eugene Onegin, fue un éxito que elevό su reputación, e hizo su debut operístico americano con la Ópera Lírica de Chicago (1993) en La traviata. Falleció el 22 de noviembre de 2017 en Londres, a la edad de 55 años víctima de un cáncer cerebral.

Un ballo in maschera: Un baile de máscaras (título original en italiano, Un ballo in maschera) es una ópera en tres actos con música de Giuseppe Verdi y libreto en italiano de Antonio Somma, basado en el libreto de Eugène Scribe para la ópera Gustave III de Daniel-François Auber, que se basó vagamente en el hecho histórico del asesinato del rey Gustavo III de Suecia.

Polo: Los inicios del billar se remontan a culturas tan antiguas como Grecia y Egipto, pero es en la Europa del siglo XVIII cuando empieza a tomar la forma del juego que se conoce en la actualidad. El nombre al parecer proviene de la palabra francesa bille, traducido por bola. Existen dos teorías sobre su creación, la escuela francesa afirma que el juego fue creado por Henry Devigne, un artesano de la corte de Luis XV, mientras que la tradición inglesa asegura que su legítimo inventor fue Bill Yar. En 1825 se celebró el primer campeonato oficial de billar en el Reino Unido, y en 1835 el galo Gaspar Gustave de Coriolis escribe "Teoría matemática del juego de billar" obra que permite el descubrimiento de la trayectorias parabólicas por ataque no horizontal. Se le conoce como Piola en inglés (o Polo si se traduce).El juego se basa en los choques de las bolas entre sí y con las bandas. La jugada comienza impulsando una de las bolas con el taco, el cual lleva adosada en su extremo anterior una suela de cuero, encargada de transmitir el movimiento a la bola. Esta suela se recubre cada pocas tiradas con un polvo antideslizante (tiza).

Vendimia: La vendimia es la recolección o cosecha de las uvas, generalmente refiriéndose a las que servirán a la producción de vino o licor. En el caso de las uvas de mesa se usa simplemente el término cosecha. El período de vendimia varía entre febrero y abril (en el hemisferio sur), y agosto y octubre (en el hemisferio norte). Esto depende del grado de maduración de la uva que se desee, es decir, del momento en que la relación porcentual entre los azúcares y los ácidos en el grano de uva han alcanzado el valor óptimo para el tipo de vino que se desea producir (Véraison).

Pisada de uva: Labor tradicional que consiste en pisar las uvas depositada en el lagar para extraer el mosto. La forma de realizar la pisada de uva depende en gran medida de las costumbres de la región, pero existen una serie de normas no escritas que se suelen cumplir en todos lados. Por un lado, se debe empezar la pisada de uvas desde el centro a los extremos, para que la presión que se ejerce sobre los granos sea suficiente como para conseguir extraer el mosto, sin que pierda sus propiedades, y favorecer el contacto con las levaduras, responsables de comenzar con la fermentación. Por otra parte, la pisada de uvas se puede efectuar con los pies descalzados, la forma más conocida, o con botas de goma, este método es más práctico y se emplea en las bodegas artesanales.

Lagar: Lagar, o jaraíz, es el recipiente, ingenio, cuba, barreño o gran tina o primitiva prensa donde se pisan los frutos de la vid, el olivo o el manzano. También denomina, por extensión, el edificio donde se encuentra la prensa y el espacio que ocupa.

Je t'aime, Sesshōmaru: Te amo Sesshōmaru

Je t'aime aussi, Rin: Yo también te amo, Rin

Mademoiselle: Señorita

Masaje tántrico: El masaje tántrico no es un masaje erótico, es un ritual que despierta y usa la energía sexual para expandirla por todo el sistema nervioso, canalizándola, sobretodo, por el canal central Sushumna, armonizando los chakras y purificando los canales energéticos de todo el cuerpo. Un masaje tántrico usa y canaliza la Energía Sexual para entrar en estados ampliados de consciencia y meditación a través del placer y el gozo. El placer entonces, no es el fin en sí mismo, sino el medio para despertar los sentidos y la sensualidad en el cuerpo, la sensibilidad y la relajación profunda. Es una llave para abrir la consciencia y expandirla más allá del cuerpo físico. Y el masaje tántrico puede incluir o no, masaje en los genitales. La sexualidad de cada persona es diferente y no necesariamente se necesita estimular o masajear el Lingam (masculinos) o el Yoni ( femeninos) para despertar la Energía Sexual. La presencia, el amor y la energía sexual es lo que mueve y conmueve profundamente a las personas.

Les petits Déjeuners du Plaza Athénée: El Hotel Plaza Athénée es un hotel de lujo histórico propiedad de Brunei en París, Francia. Se encuentra en 25 Avenue Montaigne, en el distrito 8 de París, cerca de los Campos Elíseos y el Palacio de Tokio. El hotel forma parte del grupo Dorchester Collection de hoteles de lujo internacionales. Tiene cinco restaurantes y un bar, el ranking de precios por suite varían de $1,150 to USD $20,000 por noche.