To my mother (Thomas Newman)
Conocí en los setenta a una chica llamada Dyna. La prensa dijo en su momento que era mi novia, pero la verdad es que a ella iba por ahí dándole piquitos en los labios a la gente, no solo a mí. Su familia era judía...no necesito decir nada más, ¿no? Para cuando acabó la guerra, su familia pasó de constar de dieciocho miembros a cinco. Ella era un bebé durante esa época, no había forma de que recordara nada de eso. Me contó que su madre sobrevivió a Auschwitz para matarse a beber. Ella se mató a vivir. En treinta y dos años de existencia fue de fiesta, bebió, fumó y folló más que yo en mil. A dos días de su trigésimo tercer cumpleaños, la enterramos en Rzeszów.
En los días del One World Nation Movement, volví a pensar mucho en mi amiga y me dije que si debía irme de este mundo, me habría encantado irme como ella, bajo mis propios términos. Irme de fiesta una última vez, comprar en cualquier farmacia un bote de estas pastillas con nombres impronunciables, tomármelo entero y meterme en la cama.
Por desgracia, las naciones tenemos poco que decir sobre cómo queremos morir. Es simplemente algo que viene.
Había salido a comprar algo de cenar. Tan solo eso. Algo para cenar. Dejé a mis guardaespaldas en casa porque ya estaba harto de que me siguieran hasta para ir al baño, de que controlaran cada movimiento. Hubo un tiempo en que tuve buena parte de Europa comiendo de mi mano. Si había logrado llegar hasta el siglo XXI de una pieza, sería capaz de llegar al restaurante hindú, pillar algo y volver sano y salvo a casa, les dije. Quizás fui un poco imbécil. Pero es que necesitaba relajarme, estar solo un rato y liberar tensiones.
Llegué bien al sitio. El dependiente ya me conocía y era muy amable conmigo porque, claro, era la nación. Ningún problema hasta ahí. El problema vino a la vuelta.
En cuanto doblé la esquina me di cuenta de que alguien me estaba siguiendo. Era un grupo. No sé cuántos exactamente. Creo que seis. Al principio no les hice caso, pero luego me di cuenta de que no era una pandilla que iba de juerga. Ni siquiera hablaban entre sí. Solo caminaban muy pegados los unos a los otros. No apartaron ni un momento la vista de mí.
No tuve miedo. Aunque quizás debería haberlo tenido.
Me limité a apretar el paso. Canturreé algo para mis adentros, para distraerme. Pero ellos seguían ahí.
Llegó un momento en que no pude más. Me di la vuelta y les dije con todo descaro:
— ¿Algún problema, chatos? ¿Eh?
Una persona normal habría dicho que ninguno, o que me estaba pensando cosas que no eran. Pero lo que ellos hicieron fue abalanzarse sobre mí.
Fue un seis contra uno. No era justo. En los viejos tiempos, los habría despachado con toda tranquilidad, pero hacía bastante que había cambiado mi espada por un teléfono móvil. Intenté alcanzarlo. No iba a servir para abrirles la cabeza a esos salvajes, pero podría llamar a alguien.
Pero me lo arrebataron de las manos y me arrastraron hacia un coche. Allí di todas las patadas que pude, mordí en toda ocasión que se me presentó, pero, seguía estando en desventaja numérica. Algunos de esos tipos evidentemente iban al gimnasio (ahora, cuando terminó toda aquella historia me faltó tiempo para apuntarme a kickboxing).
Me llevaron al cementerio. Allí, me sacaron y me llevaron unos cuantos metros arrastrándome del pelo. Conseguí darle una patada a uno donde no da el sol, aunque no fue suficiente para librarme. Eran demasiadas las manazas que me sujetaban. No veía ni torta. No hacía más que gritar sin que nadie acudiera en mi auxilio.
Entonces vi adónde me llevaban. Un arcón de madera, al borde de un hoyo rectangular.
Luego me di cuenta de que no era un arcón. Y luché con todas mis fuerzas.
A base de empujones y puñetazos consiguieron meterme ahí dentro. Después, lo cerraron con clavos. Mientras uno los clavaba con un martillo, los demás prácticamente se tumbaron encima para impedir que yo lo moviera y me saliera.
Me quedé en la oscuridad más absoluta. A partir de entonces, solo era capaz de oír.
Sentí cómo movían la caja conmigo dentro. El descenso. Luego un "pam", cuando tocó fondo. Y, a continuación, golpes intermitentes. La tierra que iban echando encima.
Jamás he gritado tanto en mi vida. Según parece, por las fotos a las que conseguí tener acceso, me dejé las uñas en la tapa de tanto arañarla. Golpeé con todas mis fuerzas, esperando poder sacar los clavos o romper la madera, pero no sirvió más que para hacerme magulladuras porque arriba había un peso imposible de levantar.
Creo que en cinco minutos consumí casi todo el oxígeno que había dentro. Perdí el conocimiento y ya no me acuerdo de más.
No sé cuánto tiempo pasé dentro de aquella maldita caja. Dicen que hubo testigos de mi secuestro que llamaron a la policía con tanta rapidez que pudieron detener a quienes me hicieron aquello y se pusieron a excavar apenas habían terminado ellos de enterrarme. Yo solo sé que abrí los ojos cuando volvió a haber aire que llevarme a los pulmones y que había un hombre con barba inclinado sobre mí. Detrás de él había mucha gente, ciudadanos de a pie, que luego supe que me sacaron por sus propios medios mientras la policía se encargaba de la panda. Algunos usaron sus propias manos para sacar la tierra.
— ¡Está vivo, gracias a Dios!
Yo aún estaba ido. Creo que fue por la falta de oxígeno, que me afectó al cerebro. Me puse peleón. Había mucha gente allí y yo quería quitármelos a todos de encima. Me puse a dar manotazos y a agitarme como un poseso.
— ¡Tranquilo, tranquilo, estás a salvo, estás a salvo!—me dijo el hombre, tomando mi cara entre sus manos.
Me eché a llorar. Me han dicho que en mi delirio dije cosas como «¿me liberasteis para enterrarme vosotros?». Me avergüenza haber perdido la compostura de esa manera. Quedarte sin oxígeno es realmente horrible.
Pero me quedo con lo bueno de esos momentos. El hombre que me sacó me tuvo en sus brazos mientras duró mi ataque de ansiedad. Muchos de los que estaban allí se acercaron para abrazarme. Hasta que no vinieron a buscarme mis guardaespaldas, no me dejaron. Gracias a Dios, aún había quien me quería y se preocupaba por mí.
Y así se lo hice saber a aquellos cabrones, ya de vuelta a casa, después de un rapapolvo de mi jefe que francamente me merecía, limpio y calmado. Posé en mi cama, con una botellita de vino en una mano y haciendo una peineta. #APorOtrosMilAños.
He editado la cabecera de los capítulos 6, 19, 22 y 24 para incluir la música instrumental que me ha servido de inspiración para escribir algunas escenas
