Capítulo 21

—¿Qué hacer, sino perdonar las ofensas de quienes nos hieren para vivir con la gracia de Dios? Nosotros, los humanos, no tenemos la…

El discurso del obispo se apagó en los oídos de Elsa, tal como había ocurrido en diferentes ocasiones a lo largo de los años. Las costumbres bien arraigadas eran difíciles de modificar, sobre todo sin especial interés por hacerlo. Empero, en ese momento no lo hacía mecánicamente o por algún sentimiento en especial hacia el oficiante, más bien tenía otro asunto en mente que la distraía.

(Y, tal vez, un ínfimo recelo hacia Dios por no permitirle conocer a su bebé.)

Hans le había hecho una invitación para conocer su residencia al otro lado del océano y era incapaz de apartarlo de sus pensamientos, todavía sin saber qué hacer al respecto. El asunto serpenteaba en el aire desde que él pronunciara esas palabras el día anterior, para luego retirarse sin agregar más, seguro de que ella no tendría una respuesta espontánea.

Su esposo tenía una habilidad para adivinar la reacción de la gente, a la par con aquella de hacerle pensar demasiado, independientemente de sus deseos.

Así pues, no podía dejar de considerar el tema con detenimiento, preguntándose si se atrevería a seguir esa tentación de salir de Arendelle, donde un sinnúmero de cosas la animaban a alejarse para sentir tranquilidad. Necesitaba distancia y tiempo para conseguir un ápice de verdadera paz, si es que esa existía para ella.

Sospechaba que un lugar tan lejos como el Nuevo Mundo podría darle algo de eso, ya que en sus anteriores escapadas del reino —dentro de Europa— no había podido tener anonimato, además que todas ellas estaban relacionadas con sus actividades como soberana —la búsqueda del marido incluida—. Y con esa visita no tendría un propósito monárquico, sino privado, para su disfrute y descanso. Podría ser una turista más, no asistiría a reuniones con mandatarios, ni recibiría atenciones hipócritas o desprecios velados.

La idea fue tomando forma en su cabeza con bastante nitidez, tornándose atractiva ante la falta de responsabilidades y presiones competentes a su posición como reina, hermana y jefa de hogar.

Elsa dudó entonces; ¿podría confiar Arendelle a alguien? ¿Una persona que tuviera el desempeño adecuado?

Aunque no quisiera admitirlo, sabía que solo un sujeto haría un trabajo decente y factible con su reino; el mismo sentado a su lado, que no estaría presente en su ausencia.

Hans tenía la capacidad para encargarse de Arendelle como ella lo haría.

¿Podría partir más de un mes y dejar su reino en manos no tan aptas como le gustaría? Cuando se había ido antes apenas se ausentó tres o cuatro semanas, por lo que no fue demasiado preocupante, a diferencia del periodo que suponía una visita al continente al otro lado del Atlántico.

¿Y dos semanas, lo que restaba para la partida de Hans, le daría tiempo de hacer los arreglos necesarios? ¿Valía la pena siquiera tratar de ponerlos en marcha?

Con escondida agitación, a lo largo de la misa Elsa se debatió entre hacer lo que deseaba o no, toda vez que observaba a los asistentes con cáusticas preguntas sobre lo que les depararía el futuro a partir de sus acciones. Símil a un ajedrez, sopesó las consecuencias de los movimientos posibles.

Tal como era de esperarse, quien mayor atención recibió fue Anna, gracias a la cual se cuestionó si podría comportarse egoístamente —pero con mayor conciencia de hecho— y si podría consentir que le dieran la oportunidad de tomar decisiones importantes para el reino —con el riesgo de que fuesen tan impulsivas como secuestrar a un hombre—. Siendo la princesa, ocuparía una posición superior en su ausencia.

Pese a todo lo malo que podría suceder, hacia el término de la celebración se animó a intentarlo, convenciéndose de que el Parlamento junto a su hermana no dañarían Arendelle en demasía y ella podría ir a un continente donde la realeza no importara y fuese solo…

Le recorrió un estremecimiento, unido a un asomo de incertidumbre, dándose cuenta de que esa era una razón de mucho peso para borrar de golpe su indecisión.

No podía ser solo "Elsa".

Cuadrando los hombros, aprovechó el instante en que Hans y ella se quedaron a solas durante a su ingreso al castillo, pronunciando su nombre en voz alta para indicarle que quería decirle algo.

—¿Sí? —inquirió él deteniéndose y girando hacia su flanco derecho para mirarla de frente.

—No iré a América —comunicó con calma.

Él la observó en silencio por unos segundos, inexpresivo en su rostro. —Hazme saber si cambias de opinión, podría recomendarte sitios que visitar. Evidentemente, mi emporio es el primer sitio.

Ella asintió y prosiguió su camino.

—Elsa. —Le llamó él por detrás. —Espero que Anna no esté involucrada en el tema.

En ningún momento se detuvo ni dio a entender que se trataba de eso, aunque prefería a que lo creyera a que conociese la verdadera razón.

Visitar América le haría enfrentarse a cosas que prefería ignorar.

No podía ser solo "Elsa"…pues ni ella sabía qué o quién era.

(O eso se decía.)

{…}

Terminando de leer el periódico oficial de Arendelle, Hans lo cerró y lo depositó en una esquina de su escritorio. Al contener pocas hojas, su lectura era breve; los sucesos del reino eran intrascendentes por el tamaño del territorio, el estilo de vida y su población, que diariamente no surgían datos para escribir. En su mayoría eran recetas, rumores, eventos sociales y entretenimiento gráfico, con notable diferencia a las ciudades donde residía la mayor parte de su tiempo, en las que asuntos políticos y crímenes nunca hacían falta en las noticias matinales.

Había sido un cambio interesante por unos meses, si bien recibía unos cuantos diarios de la capital de Noruega (con atraso) y Adam le informaba de los principales acontecimientos de los periódicos que llegaban a su oficina central. Con el de Arendelle, el día comenzaba sin episodios muy desagradables que alarmasen a los habitantes para el resto de la jornada.

Si hasta él tenía disminuida su actitud sospechosa a su alrededor.

Hans suspiró hondamente, reconociendo que sus pensamientos parecían una renuencia a abandonar aquel reino, cuando no era así. Él quería regresar a sus días atareados en una ciudad frenética, porque era a lo que estaba habituado y le gustaba, aun con la falta de retos estimulantes. No funcionaba al completo en ese pequeño pueblo europeo; había quienes sí, pero él necesitaba más. Ahora sabía que, de llegar a ser su rey en el pasado, no habría sido suficiente; se habría hastiado.

Por supuesto, el Hans de antaño no lo habría reconocido y se habría dedicado a matar moscas con el rabo, sobrellevando un matrimonio con la Elsa de antaño o con Anna.

Negó y cogió su taza de café, de la que bebió antes de iniciar la revisión de los documentos de una adquisición que necesitaba considerar concienzudamente; el terreno y su costo eran excelentes para una fábrica, pero estaba seguro que había sucesos ocultos que causarían problemas en el futuro, los cuales pretendía corroborar en una visita discreta.

Más tarde, muy inmerso estaba que apenas oyó unos golpes a la puerta.

Dejó el papel en el escritorio. —¿Quién es? —preguntó mientras se desentumecía.

Pasaron unos segundos donde no obtuvo respuesta, así que creyó que fue su imaginación. No obstante, se llevó una sorpresa al escuchar la voz de su esposa anunciándose.

—Puedes entrar —indicó al tiempo que se erguía, preocupado por el motivo que le hiciera acudir a su oficina; generalmente era él quien iba a su despacho.

Al abrirse la puerta, lo primero en ingresar fue una bola negra, que rápido se dirigió hasta él, sintiéndola en sus pies mientras mantenía sus ojos en Elsa, quien se quedó en la entrada.

—¿Tienes un momento? —musitó ella suavemente, sin soltar la perilla de la puerta.

Él asintió. —¿Está todo bien? —Señaló uno de los lugares al otro lado del escritorio, mostrando intención de rodearlo, acción que ella denegó indicando su asiento detrás de la mesa.

Se movió para sentarse una vez que ella se acomodó, saltando desprevenido cuando sintió que pisaba algo.

Skygge maulló.

—Demonios —soltó él apartando la silla para arrodillarse, oyendo que Elsa se movía de su lugar.

Puso los ojos en blanco al ver que Skygge lamía su pata frontal tranquilamente, como si no le hubiese perturbado. Trató de buscar una herida, pero se llevó un rasguño en un dedo y maldijo entre dientes. Era su forma de venganza, si bien no tenía daño.

Acomodándose detrás del gato, Elsa también se arrodilló, alargando la mano para acariciar la cabeza del animal, quien lo permitió sin apartar sus ojos amarillos de él.

—Creo que intenta darte un mensaje —dijo Elsa en voz baja y él resopló. —¿Estás sangrando? —prosiguió ella, conectando sus miradas. Observando con detenimiento, se percató que le agradecía por su consideración a la mascota.

—Es muy superficial.

Elsa asintió y cogió al gato en brazos, acercándolo a su pecho antes de ponerse en pie. Él alargó su mano para colocarla detrás de su cabeza, impidiendo el doloroso golpe que se daría con el escritorio.

—Cuidado.

—Gracias.

—Permíteme —pidió antes de incorporarse primero, luego le ayudó a hacer lo propio.

Ella movió la cabeza en agradecimiento, regresó al otro lado y se sentó, siendo su señal para poder hacerlo también. El gato se quedó en su regazo unos momentos, pero brincó sobre la mesa y después de lanzó a sus muslos, donde se acomodó perezosamente.

—Su riña no duró suficiente tiempo —comentó la rubia ajustando una posición comedida ya que no cuidaba al animal.

Hans suspiró sin hacer caso al minino, limpiándose con un pañuelo. —Hace unos momentos nos interrumpió. ¿Qué ocurre?

—He querido preguntarte acerca de un tema, a fin de saber si debo darle mayor importancia. —Él frunció el ceño, intrigado. —¿Qué es eso que escribe Anna?

Hizo una mueca. En ese punto no le sorprendía que fuese algo que la preocupara; en lo tocante a su cuñada, cualquier cosa podía volverse un problema. Sin embargo, el asunto distaba de ser de su agrado, porque le irritaba las consecuencias en la vida de Elsa, empecinada en involucrarse con aquello que la dañaba.

¿Se sentía sola, aburrida o incompleta para actuar así? ¿O tanto era su sentido de responsabilidad? ¿O, simplemente, sus años de encierro la habían hecho proclive a sufrir?

—Es poco lo que puedo decirte, Elsa —admitió cruzando sus manos sobre su estómago. —No sé cuándo comenzó o cuál es su popularidad, una conocida ha comentado de ella y lo que hace, porque le gusta el tema. Solo una vez lo leí. Parecía el texto de un diario personal, en el que su escritora se quejaba de lo injusto a su alrededor, mencionaba lo que no tenía, de lo que había sido privada. Como he escuchado la confesión de tu hermana, puedo imaginar a los hechos que se refería y esa alusión a sí misma y su sufrimiento.

Otras personas pudieron identificarse, aunque Anna no pensara en ellas. Por lo que sabía de la vida de Daphne, no le extrañaba que lo hiciera, y sería una desilusión descubrir que la autora a la que admiraba por su audacia lo hiciera para desahogo personal y no interés colectivo, como intuía él.

Elsa cerró los ojos inspirando.

—En cualquier momento le puede estallar en la cara —aseveró ella con sentimientos opuestos al oír información de los escritos de Anna. Parecía que la brecha entre ambas le orilló a recurrir a la publicación de sus pensamientos sin pararse a analizar en lo peligroso que podía ser —no que tuviese esperanzas que lo hiciera, en su impetuosidad—; si no le hubiera apartado, probablemente le habría compartido eso a ella… pero tampoco le atraía oír su opinión de lo injusta que era su vida.

¿Por qué sus padres no le enseñaron a Anna prudencia? Con toda la dirigida a ella, tenían conocimiento de sobra para disciplinarla.

Elevó sus párpados, llegando a la resolución de no entrometerse para dar una oportunidad a su hermana de lidiar con sus acciones, y porque una negativa suya la haría insistir hasta el cansancio, o comportarse de una forma más arriesgada. Hasta ahora tenía la ventaja de la distancia, con la cual podría mantener cierto bienestar.

No quería pensar en lo que ocurriría si alguien conocía la identidad de una autora radical.

Se encontró con los orbes esmeraldas de su marido, quien tenía comprensión e irritación a partes iguales.

—¿Quieres una copia?

Agitó la cabeza ligeramente. Podía adivinar las cosas expresadas en los textos y no necesitaba saber más; no quería esa información.

Tragó saliva, inquieta por sus siguientes palabras: —A partir de tu conocida, ¿podrías informarme si se sale de control? Será una deuda pendiente conmigo.

Un gesto de desagrado se evidenció en sus varoniles facciones.

Su esposo hizo un sonido de molestia. —Me admira tu dedicación, pero Anna no se la merece. —Ella a veces consentía con su opinión, no sabía cuántas. Ya había cometido el error de dar más a cambio de poco.

—Eso no es algo que te corresponda juzgar —señaló con adustez. —¿Significa que lo harás?

Él esbozó una sonrisa torcida. —Me apetece cobrarme una deuda tuya, Skaði.

Su respiración se detuvo un segundo cuando recordó los momentos en que él utilizaba ese nombre suyo. Fue una señal de que su cuerpo no lo rechazaba tanto como días antes.

—Lamentablemente no me puedo adelantar a los hechos. Es probable que no se suscite algún percance por las niñerías de Anna.

Ella apenas le prestó atención, sorprendida de que no se tensara o corriera en la dirección contraria ante una insinuación de intimidad. ¿O la cercanía de su partida, a cuatro días de distancia, le animaba sin que se percatara? En los dos meses desde su aborto no habían mantenido actividades conyugales y él partiría sin alguna posibilidad de… ese objetivo por el que se habían casado, tras lo que volvería a Arendelle en otoño.

O… ¿acaso ella quería… justo ese día que su sangrado ya no había aparecido?

—Elsa… —Pestañeó, recordando el sitio en el que se encontraba y con quién.

—¿Qué me decías? —repuso sin signo de alteración, a pesar de que estaba distraída en su presencia y actuó de forma maleducada.

Los ojos de él resplandecieron como una flama, contagiando parte de su calor a su pecho. —Una moneda por esos pensamientos interesantes —murmuró él en tono íntimo.

Luchó por mantenerle la mirada mientras controlaba su cuerpo a indicios visibles de debilidad. Sería vergonzoso que él tuviese conocimiento de lo que pensó momentos atrás o de alguna excitación del pasado respecto a sus encuentros nocturnos.

¿Cierto?

Él era su marido; enterarse de su interés no podía ser malo, ¿o sí?

—Parece que valen más.

Ella enarcó una ceja irónica, permaneciendo en silencio.

—Qué lástima. —Él suspiró—. Entonces dame el gusto con otra cosa, háblame de tu hospital.

—¿Cómo es que sabes de él? —inquirió anonadada.

—Erickson lo mencionó y estaba entre tus documentos cuando tomé algunas de tus responsabilidades. Me gustaría saber qué planeas en realidad y por qué determinarás un impuesto tan bajo a la población, pretendiendo cubrir la mayor parte de su mantenimiento por medio de tus arcas personales. La gente no puede quejarse de una cuota dirigida a un bien necesario; cometerás un error si subvencionas de esa manera.

—Ese asunto me compete personalmente, no debiste entrometerte cuando resolvías mis actividades —reprendió de forma seca, pero él no lució arrepentido. —Y no puede ser de otra manera, o el Parlamento se negará a su realización; difícilmente los arendellianos refutan mi proceder, saben que busco su beneficio.

—Excelente, tienes otra razón para determinar un cambio en la conformación del Parlamento, hay miembros que no merecen un lugar en las asambleas. ¿Pagar por una fachada fea?

Presionó sus labios. —Sabes que no es tan fácil.

—¿Acaso has tenido tiempo de analizarlo a detalle? ¿Todas las opciones? —No, respondió para sí misma. Había estado concentrada en la sucesión y el futuro de Arendelle.

Se sintió tonta y molesta por que él se lo dijera.

—Es evidente que estás informado de todo —arguyó con un deje de sarcasmo.

—No, en realidad quiero saber más de tu proyecto. Quizá pueda conseguir una disminución de impuestos si me involucro.

Por supuesto.

—Vamos, estoy siendo generoso con mi tiempo y puedo serlo con mis conocimientos —dijo él con notable arrogancia, no fastidioso, más bien cómico; actitud que le llevó a externar sus planes a detalle, sintiendo que podía hacerlo.

Sin detenerse a pensar en porqués, Elsa se permitió esa charla civilizada con Hans, hasta que el tema acabó e hizo su retirada, separándose con la tierna visión de Skygge con él y un sentimiento peculiar en su pecho.

Al final, no se atrevió a decirle que sería recibido en sus aposentos, pero reconoció que otro momento sería oportuno.

{…}

De cara a la noche anterior a la partida de Hans, Elsa se encontraba inquieta por no haber abordado el asunto de su intimidad, ocupado como le había visto, al grado de cenar en su despacho y retirarse mucho más tarde que ella —quien perdió la batalla contra Morfeo sin escuchar sus movimientos en la habitación contigua.

Le molestaba haber perdido una oportunidad el día de su conversación y, por ende, noches en las que compartir lecho (por impúdico que sonara).

En la de ese día él debía descansar para su travesía en barco, por lo que ya no tenía opción más que postergarlo hasta otoño. Sería un tiempo largo de espera para retomar las actividades conyugales, en el que tendría que batallar con las dudas sigilosas en su mente sobre lo que implicaría la primera vez después del aborto. Era un periodo considerable para que sus pensamientos la convencieran de no intentarlo de nuevo y sumirse en el pozo aparentemente sellado.

Hacerlo ahora, que tenía cierto impulso, tendría mejores resultados que si contaba con espacio suficiente para repasarlo; conocía lo que el temor hacía con ella y necesitaba enfrentarlo o no volvería a intimar con él. Si no lo intentaba, nunca se sentiría capaz de hacerlo de nuevo.

Aunque no estaba enteramente convencida —difícil creer que alguna vez lo estuviera—, tampoco lo repelía. Ese éxtasis, esa excitación, le harían bien; dejaban ir sus tensiones y le permitían sentir un momento de gusto, que escaseaba en su vida.

El propósito seguiría siendo concebir, pero aceptaría el beneficio para ella, porque su deseo por embarazarse, así como hacerlo prioridad frente al disfrute que podía tener, no habían hecho que el bebé naciera.

Podía buscar ambas cosas.

Suspiró y colocó sus pertenencias en orden para retirarse a la cama, pensando que tendría que esforzarse por conservar esa idea hasta el regreso asegurado de Hans.

¿Quizá entonces podría reaccionar sin exagerada negación a esas insinuaciones que atraían su curiosidad?

Un aleteo apareció en su estómago, deteniéndola cuando procedía a salir de su oficina.

—Creí que era el único despierto. —La voz tenue de Hans se coló entre el pasillo en penumbras. Él apareció en el marco de su puerta, con las sombras haciendo juego en su rostro; unas pocas lámparas eran las que permanecían encendidas, y con su habitual negro asemejaba a un fantasma.

Uno bien parecido, se permitió añadir.

—Pensé que te habías retirado a tu dormitorio después de cenar —contestó dando un paso adelante para abandonar el interior de la habitación, lo que la dejó más cerca de Hans, quien no se movió, con los ojos enfrascados en su cara. —Debes necesitar el descanso posible antes de dormir en el barco.

—No es nada de lo que preocuparme —musitó él encogiéndose de hombros.

Ella asintió y se giró para cerrar la puerta, sintiendo la mirada de él en su cuello como una quemazón, acompañado del repentino aumento en su pulso. Los únicos sonidos que escuchó fueron sus latidos y las respiraciones de él, ganándole al que hizo el pestillo.

Se volvió con lentitud. Al hacerlo vio los irises de Hans brillando con apreciación, animándola a acercarse con un paso. No obstante, él desvió la vista tragando saliva y se sintió dudar.

¿Fue su imaginación la que le hizo malinterpretar su mirada?, se preguntó bajando la cabeza.

—Se hace tarde, ¿subirás? —invitó él en tono tenso, ladeándose hacia el camino.

Su inflexión y el asomo de un bulto en su entrepierna —el cual la sonrojó y no habría visto de haber mirado hacia arriba—, le indicaron que ella estaba en lo correcto momentos atrás, pero él había cambiado de opinión por alguna circunstancia.

Afirmó con la cabeza, tratando de explicar el accionar de él.

Hans caminó junto a ella, silencioso, aunque incómodo por la situación en la que se hallaba. Sentía el deseo insatisfecho provocándole fastidio, igual que los últimos días, en los cuales había evitado a la rubia para no sacar a colación el tema sexual entre ellos, tras un diminuto indicativo de interés en el último momento privado que tuvieron. No quería incomodarla con una señal, posiblemente imaginada por él, o porque ella no estuviese lista para un encuentro.

Y había tenido éxito de no verla a solas hasta esa noche, en la que Elsa lucía un ardor en sus orbes cerúleos y un ligero tono rosado en sus mejillas, de motivo desconocido, que causaban una tensión en su ser.

Maldijo que la atracción entre ellos siguiera presente, porque le hacía querer yacer con ella después de poco tiempo de abstinencia, cuando había pasado más meses sin acudir a una compañera de cama —ninguna tan exquisita como Elsa, con la que repetir era placentero.

—Buenas noches —dijo al ver que llegaron a su destino.

—Hans… —habló ella cogiendo su ropa a la altura del codo.

Le miró sobre su hombro; lucía expresión decidida.

—Deseo intentarlo.

Él terminó de darse la vuelta. —¿Estás segura? —preguntó sin pedir aclaración. Impasible por fuera, dentro de sí esperó una respuesta positiva; no iba a negar que le desmotivaba la perspectiva de otra noche excitado.

—Ya lo he pensado bien. —Ella caminó a su puerta y él siguió su andar elegante andar felino con agrado.

Sonriendo para sí, recorrió el camino a sus aposentos, donde realizó sus preparativos con tranquilidad antes de acudir a su invitación. Fuera de la puerta de ella, se sorprendió al darse cuenta que solo habían dejado de dormir juntos una quincena atrás —en el sentido más inocente de esa palabra— y acababa de hacer la misma rutina que entonces.

Abrió sin llamar, ingresando con quietud a la estancia. Elsa se encontraba sentada frente al espejo, peinando sus platinados cabellos con suficiente lentitud para aprisionar al espectador en un embrujo. El brillo de su pelo era místico y la belleza de su dueña impresionante.

Después de unos minutos ella se detuvo y tomó una larga inspiración. Hans adivinó lo difícil que era pensar en las consecuencias que ese momento podía tener; por supuesto que también era consciente de ellas y no estaba tan tranquilo como en otra noche. Eso no significaba que no hubiese deseo.

Ella alzó su vista y atrapó su mirada en el reflejo, con el que compartieron un mensaje mudo y secreto.

Se entendían.

Él se sentó en la cama, esperando hasta que ella se puso en pie y acortó la distancia que existía entre los dos. Abrió las piernas, haciéndole sitio para acercarse cuanto quisiera, espacio en el que ella se acomodó mientras apoyaba sus manos sobre sus hombros, dejando que él posara las suyas en sus caderas.

Hans afianzó su agarre, palpando la carne que solo él había conocido. Su cuerpo era casi igual a meses antes; su hijo estuvo tan poco tiempo en ella y no logró dejar su huella, pero la tristeza había causado una ausencia de apetito y pérdida de peso que aún recuperaba. Era sutil y solo lo notó porque conocía su silueta; la había acariciado y sentido al punto de guardarla en su memoria.

Como si supiera sus pensamientos, ella presionó sus dedos en sus hombros con una expresión pesarosa en los ojos. En reacción a ello, él deslizó su mano derecha a su espalda, frotándola con suavidad; a su vez, Elsa le acarició el cuello con los dedos, y ambos continuaron hasta que, inevitablemente, el deseo mutuo salió a la superficie.

Los orbes celestes de ella irradiaron un brillo palpitante y su boca se entreabrió soltando un suspiro, que precedió al susurro de su ropa al abandonar sus figuras y dejar a la vista los miembros concupiscentes de los dos.

Poco a poco ella bajó su cabeza hasta rozar sus labios apenas de forma perceptible, para luego coger mayor seguridad y capturarlos en un beso ávido con el que rodeó su cuello, cerrando los ojos para adentrarse en la magnitud de su unión. Estaba llena de compañerismo en la incertidumbre y el atrevimiento, de aventurarse a creer en un futuro favorable; era el paso hacia delante de un dolor vivido y la certeza de que podían ser más fuertes a partir de éste.

Sin apuro sus posiciones cambiaron; se tomaron el tiempo para recostarse entre las sábanas suaves, explorando sus cuerpos a través de caricias estimulantes que llevaron el placer a cada terminación mareada de gozo. No había lugar para el apresuramiento, dedicándose a darse lo que estaban gritando por dentro.

El cobrizo acudió a su cuerpo de forma gentil, creando una fricción lenta al introducirse en el calor de su femineidad, que aumentaba la potencia de las sensaciones. Disfrutó del culmen postergado, saboreando la carne perfumada del cuello de ella y estremeciéndose a los labios que vagaban por su piel sudorosa y a las uñas que dejaban su marca posesiva; pero el final le sacudió como a ella, con oleadas de satisfacción sin distinguir el término del otro.

Y fue excepcional.

(No solo al ser la primera vez que durmieron con sus cuerpos rozándose después del éxtasis.)

{…}

Elsa despertó con la consciencia de lo que había hecho la noche anterior, sintiendo los recuerdos en sus desacostumbrados miembros, que eran agradables, bochornosos y sensibles al mismo tiempo. Su encuentro había sido íntimo y comprensivo, paciente en medio de la excitación por el otro; nada como había imaginado, pero preciso para ahuyentar las dudas, temores, dolores y arrepentimientos pasados.

Se arqueó, relajando el cuerpo, sintiendo cómo la sábana que le cubría se deslizaba, haciéndole cosquillas.

—Buenos días.

Casi dio un respingo al oír a Hans, sorprendida porque nunca antes habían hablado la mañana siguiente. Normalmente él no estaba, pero notó que se había estirado sin detenerse a pensar si se había ido… lo había hecho con naturalidad.

Parpadeó, abriendo los ojos para mirar a su derecha, donde él, sentado, hacía movimientos para desperezarse.

—Buenos días. —Se cubrió la boca y bostezó.

—Elsa… —pronunció él con tono serio.

Se incorporó sujetando la sábana a su pecho, observándolo con la sospecha de lo que él diría. Su expresión era cuidada, ausente de la socarronería que mostraba muchas veces.

—Hazme saber si ocurre.

Ella suspiró. —Sí.

Él también soltó un suspiro. —Estaré en París a mediados de junio.

—¿Tan pronto dejarás América? —inquirió haciendo cuentas mentales.

—Así son los negocios. Escríbeme o puedes enviarme un telegrama hasta la segunda semana de mayo si estarás por tierras francesas. Si no ocurre lo que esperamos, podemos vernos.

—Lo consideraré. Cumplo treinta en esas fechas, por lo general hacen una celebración.

—Es tu decisión. Si quedas encinta, también querré saberlo. Pase lo que pase, infórmame.

—Lo haré —afirmó sin dudarlo.

Un silencio se extendió entre ambos, no absoluto por los ruidos del exterior.

—¿A qué hora zarpas? —preguntó al verlo calmado.

—Sobre las once, pero tendrás que venir al muelle, hay algo que quiero mostrarte del barco. Estaré esperándote quince minutos antes.

No esperando respuesta, él abandonó la cama sin algún pudor por su desnudez, paseándose hasta ubicar sus prendas nocturnas, mientras ella lo miraba anonadada, preguntándose qué artimaña tendría entre manos, mas sabiendo que la curiosidad le ganaría para ir.

Por tal razón, acudió al encuentro a la hora señalada, abriéndose camino entre los habitantes interesados en el barco que izaba sus banderas para abandonar tierra firme y emprender una travesía. Allí, se extrañó de sobremanera al encontrarse con la expresión apesadumbrada de su hermana, que no tenía motivos para lamentar el viaje de su cuñado, y mucho menos estar ahí para despedirlo —cuando ni ella habría ido de no ser por esa indicación de él.

Recordó al instante que su hermana había mostrado ese pesar desde que el navío de Hans había llegado a sus tierras pocos días antes y tuvo conocimiento de su partida.

Ignoró aquello, asintiendo a Olaf cuando pasó frente a él —no había una señal de Kristoff—, y finalmente llegó cerca de la plataforma, donde un conocido cuerpo ataviado de pantalones negros, camisa blanca y boina negra hablaba con unos marineros, a quienes despidió al verla llegar.

—¿Blanco?

—Es más cómodo para viajar al sol —explicó él encogiéndose de hombros.

—¿Y bien?

Hans sonrió enigmático y se acercó hasta que quedaron a un palmo de distancia. —¿Qué te imaginas, Skaði? —fanfarroneó enarcando una ceja.

—Espero que sea importante.

—Oh, lo es, créeme.

A continuación, la cogió desprevenida, plantando un beso apasionado en su boca, que pasada la sorpresa correspondió, contagiada por el ímpetu que sus labios provocaban en ella. Era tal como en su ceremonia de matrimonio, donde bebieron mutuamente del otro, movidos por la chispa que saltaba entre ellos.

La emoción acabó y ambos se separaron, respirando de manera agitada. Ni siquiera consiguió pronunciar una reprimenda por ese acto público, que a ojos de los demás simulaba que no querían alejarse del otro.

—No queremos que se lleven una impresión errónea de mi partida, ¿verdad? —expresó él con arrogancia, guiñándole un ojo.

Presionó los dientes alzando la barbilla, haciendo que Hans sonriera de lado.

—Hasta luego, Majestad —dijo antes de caminar con garbo hacia la embarcación. Lo vio ascender la pasarela y cómo los hombres se preparaban para dejar Arendelle, trabajando ordenadamente.

Cuando todo estuvo listo, Hans se quitó su boina y la agitó en despedida, tras lo que hizo una señal a su tripulación, que maniobró para abandonar el muelle.

Después un titubeo, Elsa elevó su mano y se despidió sintiendo que, a causa de sus acciones, sonreía por primera vez en meses, aunque algo parecido a la nostalgia se asentaba en su pecho.

—Buen viaje —murmuró con un sinsabor en la lengua, que asoció a la inquietud que le provocaban los barcos, nacida desde el fallecimiento de sus padres. Temía una repetición de su destino.

Y con ello llegó el conocimiento de que él le importaba un poco.

{…}

Una paleta de colores surgió en el interminable horizonte, anunciando el ocaso.

Hans disfrutaba de sobremanera aquella representación natural, que aprovechaba a salir a cubierta para verlo todas las ocasiones que navegaba, pues la puesta de sol tenía un efecto extraño en él, con el espectáculo sin igual que se producía en medio del mar.

Pero esa vez le fue imposible apreciar aquel impresionante suceso; lo veía sin prestarle la atención merecida, como si algo creara un obstáculo a su delectación.

Inquieto, cogió aire y respiró el aroma salado del océano, esperando que sus otros sentidos le ayudaran a experimentar lo que otras veces. Estaba en un barco, durante su primer día de navegación, y debía estar satisfecho de presenciar el momento por el que aguardaba desde el comienzo de su travesía. Incluso debía ser mejor porque se lo obsequiaba de cumpleaños, como era su intención al zarpar de Arendelle precisamente en esa fecha.

Su plan no había salido como quería.

Tal vez lo estaría pasando mejor en tierra firme, pensó resignado, dejando que el tiempo pasara hasta la aparición de la luna y las estrellas.

—Quizá habría obtenido un buen sexo —ironizó al viento, imaginando la clase de noche que hubiese vivido en Arendelle.

La idea le sirvió como acicate para hacer más llevadero el momento.

Y borrar un pequeño malestar en la boca de su estómago.


NA: ¡Hola!

Por más que investigué no di con un tiempo de navegación entre Noruega y Estados Unidos en el siglo XIX, asumamos que son tres semanas.

Este capítulo se resistía a ser publicado, pero finalmente me ganó (¿o ya era demasiado tiempo sin actualizar?). No quería brincar a que todo está perfecto y tampoco seguir en la narrativa de las últimas partes, así que el resultado fue el que pudieron observar. Vino la partida de Hans, aunque esa separación de nuestra pareja se acompañó de un indicio a sentimientos más románticos por el otro.

Además, es triste, pero el aborto hizo mella en el comportamiento de ambos, más que nada en Elsa, como evidencian determinadas conductas suyas. Sigue siendo un hueso duro de roer, advierto. Es una lástima que no fuera mi intención enviarla a Estados Unidos, yo lo ansiaba al escribirlo tanto como ustedes; sin embargo, hay un por qué para las cosas.

En cuanto a otros temas, no tuve oportunidad de comentar Frozen 2, pero déjenme decirles que fue una buena animación que se desaprovechó por un argumento que avergonzaría a la primera. Tenían tanto por hacer. Lo bueno de todo esto es que, incluso si Hans hubiese estado en escenas significativas, me habría valido, yo seguiré haciendo Helsa ja,ja. Por eso les invito a mi reciente publicado fic "Mágico destino", y a todo lo que publique (tengo ideas postFrozen2, pero deberán esperar a que termine con lo que tengo).

En fin, trataré de publicar el próximo capítulo en febrero. ¡Gracias por detener su día para leerme!

Besos, Karo.


Guest1: #Dontworrybehappy. Ja,ja, todo lo relacionado con Anna es preocupante, saldrá con algo tarde o temprano; pobre Elsa, lidiar con ella. / Y me tientas mucho con la idea del periódico (de hecho, he recordado que en mi fic "Al rescate de una dama", lo mencioné con brevedad sobre la familia de Hans), pero, independiente de eso, Elsa sí sabe que la relación que tiene con su hermana no es buena (tóxica para nuestra actualidad), lo malo es que en este punto no se ha decidido a hacer algo al respecto. / Lo de ella con América es un sueño, ya que por ahora permanece en su ambiente enfermizo donde le vale cacahuate a todos.

Guest2: :( Elsa no pudo irse unos días a América, necesito que la distancia les haga extrañarse un poco.