Wow! Hace una semana no quería subir capítulos nunca más, y ahora explotaron las stats... cosa de mandinga! Obviamente no me queda más que agradecer. Recomiéndenme con sus amigos, hay fics con descuento (?

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Ícaro tenía mucho sueño cuando junto a su Maestro volvieron al Santuario, así que percibió poco y nada. Se arrastró hacia la cama y se durmió rápidamente. El día había sido largo. Albafica hizo lo propio e intentó no pensar en nada, no sobrecargarse de información. Tenía todo para analizar, pero decidió quedarse con una sola frase. Encontrarás la respuesta dentro de ti. Todo estará bien. Lo repitió como un mantra varias veces hasta que durmió. Al día siguiente se levantó temprano para entrenar junto a Ícaro. Recordó que tenía que buscar a Teneo, que le había prometido un consejo, aunque no se sentía el más capacitado. La rutina se repitió al día siguiente y los días subsiguientes. El calendario se movió lentamente dando paso al año nuevo. La última noche del año fue una noche de fiesta. El Coliseo se llenó de luz y esplendor. Incluso Albafica se atrevió a asistir, animado por Ícaro. Ya había descubierto una forma de evitar que el veneno les afectara a los demás, pero se sentía un poco indefenso. Tenía poder sobre su cuerpo y podía desactivar de algún modo el poder destructivo de sus propias células, pero eso hacía más débiles sus ataques. Pensó insistentemente que debería perfeccionar entonces los ataques de Cosmos puro. Ese era su objetivo del año nuevo.

Al contrario de lo que hubiera pensado, fue una noche maravillosa. Muy de a poco, de vez en cuando, pasaba un buen día. Se sentía orgulloso de sus progresos y aunque sabía que Irina siempre lo acompañaría, comenzó a pensar que la vida podría volver a ser buena. De Mirena aún no sabía nada, pero hizo lo posible por aceptar su aislamiento. Practicó la paciencia y la aceptación, recordando que todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos para ellas. Aunque la extrañaba, se acostumbró a estar solo. Supo entonces que podía ser feliz con ella o sin ella. Ese conocimiento, que apareció en una meditación más profunda que lo usual, le liberó. Había dejado de insistirle con su telepatía, confiando en que todo estaría bien. Los días continuaron pasando. El invierno comenzó a apaciguarse cuando el sol pasó a la Casa de Acuario. El cinco de febrero dejó una rosa en la ventana como cuando eran niños que se escabullían de sus Maestros. Sonreía con esos recuerdos.

El día de su cumpleaños, el veintitrés de febrero, Albafica se permitió dormir hasta tarde. Le había dado a Ícaro el día libre aunque seguramente no podría evitar su presencia. No descartaba que el muchacho se acercara a saludarlo. No tenía nada planeado, pero no le preocupaba. Ese día bajó hasta la Ciudadela y decidió que se merecía un premio. Fue sin armadura ni ningún distintivo, aunque muchos lo conocían por la batalla con Minos. Buscó una tiendecita que muchos en el Santuario recomendaban y compró una barra de chocolate. La dueña de la tienda no le dejó pagar. De todos modos le dejó una moneda de plata antes de irse. Nunca había tenido una barra de chocolate toda para él solo. Se acercó a la laguna y buscó un cómodo lugar bajo el sol. Nadie bajaba por ese lado, el camino era algo traicionero. Era exactamente lo que buscaba, disfrutar de la soledad y la meditación. Ese era su premio. La soledad le había pesado tantos años que sentirse feliz sin ninguna persona le hizo sentir orgulloso. Cortó un trocito de chocolate y se lo llevó a la boca. Era lo más delicioso que había probado nunca. Intentó saborearlo pero enseguida comió un segundo bocado, sin haber llegado a tragar el primero.

Escuchó pasos pero no siguió el Cosmos, pensando que sería un pescador. En la otra costa de la laguna, los habitantes desarrollaban su actividad, podía verlos. No sería nada extraño que alguien intentara llegar aquí. Seguramente habría más pesca. Bostezó y continuó comiendo, aunque se incordió un poco cuando se dio cuenta que en su ansiedad no había traído nada para tomar. Se río solo mientras se regañaba a sí mismo. Cerró los ojos unos momentos para percibir con sus otros sentidos el espectáculo que la naturaleza le regalaba. Sintió un Cosmos conocido y respiró profundo. Cuando abrió los ojos supo que su Cosmos no le había engañado. Le tembló el labio. Le conmovió la visión que tenía enfrente. Sintió que contemplaba la belleza auténtica, de la que sólo los dioses son capaces. Habló con voz suave y trémula, sin salir de su sorpresa.

-Eres la mujer más hermosa de todo el universo, Mirena –balbuceó. Ella esbozó una sonrisa.

-Feliz cumpleaños –saludó. Lejos de reprocharle su ausencia, lo cierto es que Albafica estaba encantado. Era el mejor regalo que se le podría ocurrir.

-Ven, te convido –la invitó risueño, mostrando el chocolate.

-No tengo armadura –discutió.

-No importa. Lo he arreglado –ella sonrió de verdad por primera vez y se sentó en el césped al lado del Caballero de Piscis. Tomó un trozo de chocolate-. ¿Por qué no llevas armadura? –inquirió él, con más curiosidad que reproche.

-Porque no quiero –remató ella-. Quería que lo hagas tú, para variar –Albafica lanzó una sonora carcajada.

-Cuando pensaba que podría librarme de la rebeldía de acuario –bromeó.

-De la nostalgia neptuniana que siempre te envuelve –remató ella. Tomó otro trozo de chocolate, sin pedir permiso.

-Mi Maestro Lugonis me decía que nunca había visto dos templos tan diferentes como los últimos dos. Se preguntaba cómo podía ser que esas cualidades tan contradictorias se juntaran en una sola persona. Pero después cuando lo contemplas, recién ahí tiene sentido –sonrió.

-¿Qué crees que piensen nuestros Maestros? –lanzó ella-. Si pudieran vernos, quiero decir.

-Yo sé que diría Dégel –declaró. Carraspeó y trató de imitar su voz más grave-. "Todas las cosas del universo llegan cuando estamos listos para ellas. Si no sale como quieres, debes tener paciencia, aceptando esa demora porque es buena y necesaria" –Mirena sonrió.

-Todas las cosas del universo –repitió, a fin de recordarlo-. ¿Crees que hay cosas que no llegan nunca? ¿O que nunca estamos listos? –inquirió.

-Lo que creo, Mire, es que a veces las cosas llegan por una vía diferente a la que nosotros esperamos. Quizás, en nuestro capricho porque todo sea como queremos, no vemos las cosas buenas que sí han llegado.

-No sé, Alba-chan. A lo mejor las cosas no llegan nunca –se lamentó.

-Entonces, esas cosas no eran para ti –remató. Mirena bajó la mirada y suspiró con pesar.

-¿Aún me amas? –lanzó sin reparo, con la voz rota.

-Nunca dejé de amarte. Ni por un segundo –declaró, aprovechando para rozar su mano con la suya.

-¿Cómo podrías? Deberías odiarme –susurró-. Es mi culpa –confesó al fin. Apretó los párpados. Él la abrazó.

-Estaba enfadado. Te juzgué duramente y después me sentí un idiota –comenzó-. Pero eso no hace que deje de amarte. No sería posible que cada vez que sintamos una emoción negativa enseguida dejemos de amar. Sería una locura, ¿te imaginas? –ella negó con la cabeza-. ¿Te imaginas que Dégel hubiera dejado de quererte aun cuando tomabas una mala decisión, o cuando te rebelabas y desobedecías? –Mirena volvió a negar-. Ahora es igual.

-¿Me perdonas? –susurró ella, tan bajo que creyó imaginarlo.

-Amor mío, no hay nada que perdonar –dijo sonriendo. Cortó un trozo de chocolate y se lo dio en la boca, como una ofrenda. Ella se relamió los labios-. ¿Por qué has venido aquí hoy?

-Te vi en las estrellas. Sentí tu Cosmos. Sentí envidia, lo siento –confesó-. De que puedas curarte a ti mismo. Yo no he podido hacerlo –sollozó-. Sabía que necesitaba ayuda y que nadie iba a entenderme más que tú, que has pasado por lo mismo. Tengo mucha vergüenza. Pero no quiero morirme de tristeza. Siento que me va a engullir el infierno y que aunque pase el tiempo, nada mejora –escondió el rostro entre las manos-. Me dijiste que querías ayudarme y yo me aparté. ¿Sigue en pie tu ofrecimiento? –él asintió.

-No sabía que te sintieras así, Mire. De haberlo sabido hubiera ido a la Casa Circular hace rato. Pensé que no necesitabas de mi ayuda.

-Claro, porque yo te dije exactamente eso. Idiota de mí –él tapó sus labios con un dedo.

-No insultes a la mujer que amo. Es una mujer hermosa, inteligente y honorable, que merece toda la felicidad del mundo. Quizás todavía no ha comprendido que la felicidad sólo puede hallarla dentro de sí misma. Será un honor ayudar –Mirena asintió entre sollozos-. Me has curado tantas veces, es lo justo que sea mi turno alguna vez –bromeó.

-Me he ocupado tanto de la materia que no sé qué hacer con la emoción. En eso tú eres el experto –intentó bromear, aunque no pudo sonreír-. Pero hay algo que sé. Te sigo amando y te amaré siempre. Quiero disculparme por apartarte –Albafica tomó el rostro de Mirena entre sus manos con delicadeza y la obligó a mirarse a los ojos por primera vez. Apreció ese color, un azul oscuro como el océano. Entonces la besó. Lo hizo con inseguridad, cerrando los ojos y disfrutando del tacto. Suspiró intentando relajarse y lo repitió.

-Acepto tu disculpa –susurró sin apartarse-. Hoy sólo descansamos y disfrutamos. Ya trabajaremos mañana –ella subió la mirada extrañada-. El descanso es tan importante como cualquier otra cosa. A veces relacionamos la productividad con la falta de descanso, sin saber que es contraproducente. Hoy quiero tomarme el día y pasarlo contigo.

-Te extrañé –confesó Mirena, con la mirada gacha.

-Y yo también a ti. Ahora descansa.

-Nos faltaría una copa entonces –él lanzó una carcajada.

-Me he olvidado –reconoció-. Más neptuniano no se consigue –bromeó. Aunque la conversación había terminado, no se separaron por largo rato.

Se levantaron cuando se acabó el chocolate y caminaron en silencio algunos kilómetros. No era un silencio ni incómodo ni analítico. Pasearon por la ciudadela observando baratijas a la venta como lo haría cualquier persona que no tuviese nada que ver con ningún Santuario. Pero a la hora de volver, decidieron rápidamente teletransportarse para evitar cualquier pregunta a la entrada. Fue así como por primera vez en mucho tiempo, Albafica volvió a poner un pie en la Casa Circular. Como habían prometido, abrieron una botella de vino. Mirena intentó concentrarse en las pequeñas cosas, buscando esa paciencia que le había pedido su Maestro. Comenzó a encontrarla en cocinar en equipo o en compartir una lectura silenciosa en su amada biblioteca. El día terminó mejor de lo que había iniciado. Se contagió de la certeza de Albafica de que la vida podría ser buena después de todo.

Se acostaron juntos como si fuese el acto más usual del mundo, sin recordar el tiempo que habían pasado a la distancia. Aunque los fantasmas deambulaban en sus conciencias, en el conjunto se sentían menos atemorizantes. Se besaron en los labios antes de dormir, como era antes. Ella suspiró con pesadez y rezó en silencio con palabras de esperanza. No se atrevieron en ese punto a verse desnudos. Mirena se sintió avergonzada de solo pensarlo. Su cuerpo había cambiado y no se había siquiera intentado arreglarlo. Donde antes había musculatura fortalecida por el entrenamiento desde la niñez, sólo quedaba piel floja y anti estética. Podría haber modificado la materia y hacer trampa al respecto, pero una parte de ella se regodeaba en saber que había señales físicas del sufrimiento. Eso le recordaba al ego que tenía razón en ser pesimista. Intentó acallar esas voces y dormir. Él la abrazó y ella temió que él notara todo aquello. Apartó las manos con la mayor delicadeza de la que fue capaz.

-¿Algo te duele? –inquirió él por lo bajo. Tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente. Mirena negó con la cabeza. La angustia se agolpó de súbito en la garganta y luchó por no llorar-. Amor mío –susurró él-, la única manera de no sentir nada negativo es estar muerto. Si estás triste, pues permítete estar triste –hizo más fuerza para no llorar.

-No quiero hacerlo –remató con rebeldía.

-Eres una necia entonces –bromeó Albafica-. Sólo sintiendo te permites sanar lo que ocultas. Tú me has pedido ayuda. Acéptala, por favor –siguió.

-Pensé que ya estaba mejor, pero ahora me siento peor… no entiendo, pececito –sollozó.

-Es normal –la tranquilizó con suavidad. Besó su frente con dulzura y limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos-. Esperaré a que tú te duermas, ¿sí?

-¿Y si no puedo dormir? –Albafica puso los ojos en blanco.

-¿Siempre tienes una respuesta para llevar la contra? –se burló con ligereza-. Entonces no dormimos y ya está. No es para tanto –Mirena asintió.

-Perdón –se excusó.

-Deja de disculparte por todo. Te amo con tu rebeldía incluida –sonrió-. Con todas tus sombras también, e incluso esas partes que tú misma juzgas –Mirena tragó saliva y se apresuró a besarlo.

-Yo también a ti –susurró. Caprichos aparte, finalmente ambos durmieron inusualmente bien.

Los días comenzaron a pasar más rápido y la rutina del campo de entrenamiento se había hecho espacio para disfrutar la belleza de lo simple. Sólo habían pasado tres semanas cuando Mirena fue convocada a la cámara del Patriarca. No supo cómo sentirse al respecto. No supo si sería mejor o peor. Pensó que Shion la habría estado viendo en las estrellas porque ¿de qué otro modo habría elegido el momento preciso? Se puso la Armadura de Acuario por primera vez en mucho tiempo. Se hizo una segunda armadura, de hidrógeno congelado, cuando subió por el camino de las rosas. Al hacerlo pensó en Dégel, en la primera vez que había cruzado ese páramo. Decidió que intentaría hacerlo sentir orgulloso. También hacía mucho tiempo que no veía a Shion. Enseguida lo encontró distinto. Pero entonces razonó que quizás era ella la que había cambiado. Como era de esperarse, el ariano tenía una misión para ella. Pero para su fortuna era una sencilla misión de investigación que no implicaba alejarse demasiado del Santuario. Caminando con tranquilidad tardaría menos de tres días en llegar al área montañosa que debía vigilar. Shion le había prohibido usar la transportación porque tal movimiento de Cosmos sería fácilmente perceptible.

Así las cosas, por la noche del segundo día llegó al espacio que el Patriarca le había marcado en el mapa. Era una zona boscosa sin mucho que le llamara la atención. Las ardillas y los pájaros dormían, mientras los insectos y los murciélagos estaban activos. Caminó por una hora y se detuvo a leer las estrellas. Se preguntó por Albafica y qué estaría haciendo. Se sintió culpable por no haberse hecho esa pregunta por mucho tiempo. Se regañó a sí misma e intentó no juzgarse, aceptando sus sombras por más repulsivas que le resultaran. Más adelante sintió un Cosmos diferente. Agudizó sus sentidos y apretó el paso. Media hora después llegó a un claro del bosque. Una niña portaba una Armadura de Plata y parlamentaba con quien parecía ser un espectro. No llegaba a oír sus palabras. Se acercó con precaución pero sin dejarse ver. El espectro perdió súbitamente la paciencia y atacó a la niña. Mirena observó con atención, sabiendo que no se debe interferir en las peleas de otros Caballeros. Pero se encontró dudando. La pelea era obviamente desigual y la muchacha estaba resultando gravemente herida.

Al demonio. Se había pasado tanto tiempo ignorando las reglas. Ya había pecado por lo que no le haría diferencia volver a hacerlo. Se teletransportó frente al espectro haciendo brillar su Cosmos, que se vio reflejado en la armadura. Era un joven menudo y de facciones pícaras. Enseguida lo reconoció y lanzó un anillo congelante para inmovilizarlo. Se trataba de Valentine de Arpía, el perro fiel de Radamanthys. Intentó zafarse pero no pudo hacerlo. Hizo bajar la temperatura de su ataque hasta el cero absoluto. Los músculos se entumecieron dolorosamente. El espectro gritó de dolor. Lanzó el Polvo de Diamante sólo para deleitarse. Enseguida se sintió sucia por disfrutar del dolor de su enemigo. El enlazamiento cuántico, lo escuchó en su cabeza como cuando Dégel le había dado aquella lección. Se sacudió el pensamiento.

-Valentine –saludó con la mayor cortesía de la que fue capaz-. ¿Te acuerdas de mí?

-Te recuerdo, Mirena de Acuario –respondió el espectro con la voz entrecortada.

-¿Qué haces aquí, después de que teníamos un trato tan bonito? ¿Tu señor Radamanthys no tiene palabra? ¿O eres tú el traidor que actúa a sus espaldas? –Valentine negó con la cabeza.

-Ni una ni otra –rió-. Esa niña me convocó.

-Patrañas Valentine, ¿me has visto la cara de idiota? –presionó el anillo congelante con cierta bronca-. ¿Por qué no debería matarte ahora mismo?

-Pues has hecho un trato tan bonito con mi Señor, que sería una lástima arruinarlo –Mirena puso los ojos en blanco. Valentine tenía un buen punto con eso.

-Te voy a dejar ir –confesó al fin. La muchacha lo oyó y tembló con pavor-. Pero me voy a llevar algo de ti –hizo un leve movimiento con las manos, actuando sobre la materia de formas que el espectro no podía distinguir. De un momento a otro, sintió pánico.

-¡Me has dejado ciego! –la acusó. Mirena rompió el anillo congelante.

-Destruí tu nervio óptico pero descuida, no duele –se encogió de hombros-. No mucho. Ahora vuelve al Infierno de donde has salido o me llevaré mucho más que tus ojos.

-Eres una sádica, Mirena de Acuario –torció la nariz con desagrado.

-Yo no ando por el bosque lastimando niñitas. No tienes honor. ¡Lárgate! –y con esto último hizo brillar su Cosmos y manipuló una enorme masa de aire para lanzarlo lejos de su vista.

Cuando perdió a Valentine de vista de giró sobre sus pies para ver al Caballero cuya pelea había interrumpido. Con el Cosmos débil, sin ningún indicio del séptimo sentido ni de nada que se le pareciera, la armadura de plata le había servido lo mismo que una capa de pintura. La niña era muy menuda y enseguida descubrió profunda tristeza en sus ojos. Pero más llamó su atención que estaba gravemente herida. El brazo derecho estaba casi seccionado del todo. Eso le hizo pensar en aquella vez que su Maestro Dégel se había enfrentado a Aiacos y había quedado igual, y ella lo había curado con amor y remordimiento. La niña la observaba con terror en sus facciones. Mirena se acercó y lanzó una de sus técnicas nuevas al brazo de la niña, cuya herida quedó encapsulada y dejó de sangrar.

-¿Qué es eso? –inquirió ella con la voz rota. Mirena se encogió de hombros.

-Yo le llamo burbuja de aire –respondió-. Pero considerando que mi rango es mayor que el tuyo, voy a hacer yo las preguntas –carraspeó-. ¿Eres consciente de que lo que has hecho se considera traición, y la traición se paga con la muerte?

-No me quiero morir –sollozó la niña. Mirena resopló.

-Me imagino. Nadie quiere, supongo. No me has contestado.

-Soy consciente ahora –balbuceó. Mirena negó con la cabeza.

-Esa armadura, ¿la has ganado limpiamente?

-Fue un regalo –explicó en forma escueta. Mirena puso los ojos en blanco.

-Última pregunta: ¿tienes un Maestro? –la niña negó con la cabeza.

-Ya no –lloró-. El Maestro Dokho me ha expulsado –Mirena abrió grandes los ojos con evidente sorpresa.

-¿Dokho de Libra, el amable y divertido muchacho que cuida un montón de niños? –la niña asintió-. Vaya… nunca he visto a Dokho enfadado. No me dejas muchas opciones.

-No me quiero morir –repitió, desesperada e incapaz de levantarse. Si hubiera podido hubiera salido huyendo, estaría a kilómetros de distancia. Apretó los párpados y lloró con fuerza, haciendo pucherito. Mirena la vio tan pequeñita en ese instante que sus ojos se llenaron de lágrimas amargas.

-Nadie quiere –repitió-. Y con esto la envolvió en un Cosmos basto y dorado que la llenó de terror.