Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
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—No... no puedo quedarme demasiado...
—No importa. Sólo quería verte. Eres un ángel por haber accedido a verme. ¿Podemos caminar juntos?
Karin Uzumaki miró atrás, al mozo y al cochero sentado en el faetón.
—No puedo alejarme mucho.
—Está bien. Pasearemos hasta el Mall y luego volveremos. ¿No se opondrán? —el duque lanzó una mirada al carruaje.
—Podemos hacerlo. Dispongo de una hora.
El duque le ofreció el brazo.
—Entonces, vamos, ¿de acuerdo?
Karin titubeó, y luego aceptó el brazo del duque.
Caminaron unos minutos, conversando acerca de los acontecimientos sociales de Nueva York: Delmonico, la Academia de Música, el teatro Wallack. Concluían una discusión sobre el talento del actor Edwin Booth, comentando que el público seguía apreciándolo a pesar del infame crimen cometido por el hermano de aquél, cuando de pronto, Karin calló, y miró al duque con expresión afligida.
—¿Por qué te has quedado tan callada? ¿Acaso tengo una enfermedad contagiosa? —Se burló el duque.
Karin negó con la cabeza. Por cierto, no tenía ninguna enfermedad contagiosa. El duque de Sharingan era un joven apuesto y serio, de agradables facciones inglesas, el cabello oscuro corto y penetrantes ojos oscuros, de un color que Karin sólo había visto una vez.
—Karin, ¿por qué estás tan callada?, ¿Estás enfadada conmigo?
—No, no. —Se apresuró a asegurarle, alarmada de que pudiese sospechar semejante cosa.
—Y entonces, ¿qué pasa?
—Es que... que... no entiendo por qué te interesas en mí. —Por fin lo había dicho. Y ahora no se atrevió a mirarlo a los ojos.
El joven duque rió, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Y por qué te asombra tanto? Karin, ¿acaso piensas que soy demasiado mayor para ti? Bueno, sólo tengo veintidós años. ¿Eso te tranquiliza?
—No se trata de eso. —Respondió la muchacha—. si bien Naruto creía que tenías veintiseis, y esto tendría que tranquilizar a mi hermano. No le gustó nada cuando Hinata nos presentó. ¿Sabes?, mi hermano no te aprueba.
Uchiha soltó una carcajada estrepitosa.
—Me preguntaste por qué un sujeto como yo deseaba cortejarte. Bueno, Karin, ese tipo de comentarios no dejan de maravillarme. Ustedes, las chicas norteamericanas... dicen lo que les viene a la mente.
—No todo lo que me viene a la mente... —Karin volvió a guardar silencio.
—¿Y de qué se trata? —Los oscuros ojos se pusieron serios.
Karin lo enfrentó, con el semblante convertido en una máscara de piedra.
—¿Alguien te contó lo que sucedió con mi debut?
—Sí.
La muchacha observó el rostro del joven, tratando de detectar algo que lo traicionara. Al fin, preguntó:
—¿Qué te contaron?
—Que esos colonos a los que ustedes, los neoyorquinos, llaman "los Cuatrocientos", no asistieron. —Le apartó con suavidad un mechón de cabello pelirrojo que el viento había echado sobre la mejilla de Karin —. Y oí decir que fue porque tú eres irlandesa.
—Y tú eres inglés. Naruto dice que tendríamos que odiar a los ingleses, pues ellos nos odian más que los Cuatrocientos.
La sonrisa de Uchiha fue a un tiempo dulce y amarga.
—Karin, no permitas que nadie te diga a quién tienes que odiar: eso no es bueno. En cuanto a mí, yo no odio a los irlandeses. Mi abuela era irlandesa. El viejo Uchiha era de la nobleza de County Clare, y raptó a mi abuela de las cocinas de la propiedad. Estuvieron casados cincuenta años, tuvieron diez hijos y treinta nietos. ¿Tú me odias?
Karin cerró la boca, que el asombro le había hecho abrir..
—No. Es que tenía miedo de que tú...
—¿De lastirte?
La muchacha asintió.
El duque volvió a acariciarle la mejilla, y en esta ocasión no pretextó quitarle el cabello de la cara.
—Los Uchiha somos personas extrañas, ¿sabes? Todos los duques se casaron semanas después de conocer a las futuras esposas. El caso del viejo Uchiha fue el peor. Su esposa era una criada y, a la semana siguiente, duquesa. Algunos dicen que estaba tan enamorado que le propuso matrimonio el mismo día en que la conoció; y que mi abuela se negó, pensando que estaba loco o borracho.
—¿Y lo estaba?
—No lo sé. ¿Crees que yo estoy loco o ebrio?
Karin negó con la cabeza y contempló esos increíbles ojos oscuros.
—Muy bien. —Murmuró el duque. Se aseguró de que nadie mirará y la besó suavemente en los labios—. ¿Cuándo nos casaremos?
Karin se ruborizó.
—Bueno, tal vez estés un tanto chiflado.
El joven sonrió.
—Todavía me quedan otras cuatro semanas. Te lo advierto: sé cómo se sintió el viejo Uchiha cuando vio a la duquesa ante el fregadero de la cocina. Y me parece que un lento viaje de regreso a Inglaterra sería una perfecta luna de miel.
Karin se limitó a mirarlo.
Hinata bebió un sorbo de champaña y contempló a las parejas que bailaban el vals alrededor del salón del hotel de la Quinta Avenida: las mujeres danzaban en brazos de los compañeros vestidos de negro, girando como trompos de alegres colores. Karin flotaba en brazos de Uchiha, con expresión serena y feliz. Hinata estaba contenta. Al principio, el duque — Sasuke, como insistía que le llamase la familia— no le inspiraba confianza. Sólo le importaba el impacto social que significaría presentarle a Karin. Ahora veía en el rostro del joven cuánto le impresionaba la muchacha, y en el fondo del corazón Hinata sabía que era sincero.
Lanzó una mirada a Naruto, que estaba de pie cerca de ella, y una punzada de dolor le atravesó el corazón al preguntarse si algún día su esposo la miraría así. Era en vano deseado. En ese mismo momento, el rostro de Naruto tenía una expresión sombría mientras contemplaba a los bailarines deslizándose sobre el parqué.
—Forman una pareja encantadora, ¿no te parece? — Dijo Hinata, intentando entablar conversación. Desde la discusión en el pasillo de la servidumbre no habían vuelto a hablar y, aunque sonara extraño, la joven echaba de menos los ácidos comentarios de su esposo. Hasta las réplicas airadas eran preferibles a este silencio helado.
Naruto la contempló, deteniéndose en el collar que Hinata tenía puesto. Después de la última discusión, Hinata estaba tan enfadada que cuando se vistió para el baile de esa noche se topó con el collar de diamantes que su esposo le había regalado tanto tiempo atrás.
Al verlo, las palabras de Naruto resonaron en su memoria:
"Nadie puede querer a una mujer como tú. Eres como los diamantes: bella pero fría. Es una pena que no te agraden los diamantes, Hinata, porque te van muy bien."
Con expresión vengativa, sacó del cajón ese objeto llamativo y se lo puso en torno del cuello.
"¿De modo que me considera fría?" — Pensó Hinata —. "Pues bien: me dará gran placer demostrarle que es así."
No obstante, en ese momento el collar se interponía como un muro entre los dos. Naruto entendió por qué se lo había puesto. Hinata lo adivinó en los ojos de su esposo esa noche, al bajar la escalera. Con una sola mirada fría y despectiva, comprendió que su esposa detestaba ese obsequio y lo llevaba para burlarse de él. Desde ese instante, no hubo entre los dos un solo momento de cordialidad.
Hinata lo lamentó. Se veían obligados a estar juntos, y resultaba sobremanera incómodo no poder intercambiar un par de palabras amables con el hombre con el que se había acostado.
—Forman una pareja encantadora, ¿no crees? — Repitió.
—¿Quiénes?
—Karin y el duque, ¿qué otros? —Lo miró, confundida. Desde que llegaron, Naruto no había apartado los ojos de la pista de baile. Si no pensaba en que Karin estaba en brazos de ese inglés, entonces, ¿en qué pensaba?
—No has bailado en toda la noche. ¿Por qué? ¿Acaso Inuzuka es el único hombre que quiere bailar el vals contigo? —Preguntó; la pregunta parecía provenir desde ningún sitio.
—¿Qué? —Exclamó Hinata, sorprendida.
—¿Qué les sucede a estos caballeros? Todos saben que te encanta bailar. ¿Por qué nadie te invitó?
—Naruto, ¿de qué estás hablando? —Hinata lo miró como si se hubiese vuelto loco.
Naruto no se había vuelto loco. De pronto, al mirar el bastón de endrino la joven comprendió con toda claridad lo que quería decir. Enfadado, Naruto se excusó y fue hacia el bar a buscar otro coñac.
Hinata lo observó caminar, y el paso forzado y rígido le desgarró el alma. Sólo en raras ocasiones su esposo revelaba la inseguridad que le producía la herida de la cadera. Aunque no comprendía por qué esa noche el problema de la pierna lo irritaba tanto, cuando vio que se servía el trago y se dirigía a una habitación contigua, se sintió impulsada a seguirlo.
Lo encontró en un salón de lectura: era una figura solitaria junto a las ventanas que daban a la calle Cuarenta y Tres. En la habitación había pocas personas: un anciano que roncaba en un sillón de cuero y un mozo que recogía los vasos sucios.
Hinata se encaminó hacia Naruto, sin saber muy bien qué decirle.
—Pronto servirán la cena. Necesito a alguien que me acompañe, —dijo en tono suave.
—¿Acaso Inuzuka no te escoltaría? — La miró con expresión de tensa desconfianza.
—¿Quieres que me acompañe Kiba? — Preguntó Hinata con voz ronca.
Naruto estaba por responder cuando un grupo bullicioso de jóvenes entró en el cuarto. Fueron directamente hacia el bar, riendo y pidiendo bebidas al encargado.
—Y el irlandés dice: "¡Anímate!" — Él que había dicho la frase dio una palmada en la espalda de uno de los amigos, y todos estallaron en carcajadas.
—Oh, no... ¡yo tengo uno mejor! —Exclamó otro de los jóvenes.
Los compañeros le pidieron a coro que lo contara.
—Bueno, la chica se acerca a la madre y le dice: "¡Madre, estoy preñada!"...
Los jóvenes aguardaron el desenlace con impaciencia.
El que relataba, rió entre dientes.
—... y la madre de la chica irlandesa dice: "Pero Bridie, ¿estás segura de que es tuyo?".
Las carcajadas resonaron en toda la habitación. Los muchachos se palmearon unos a otros en la espalda como si hubiesen ganado una elección.
Hinata permaneció inmóvil, sin atreverse a mirar a Naruto. Ya al entrar en esta habitación estaba de pésimo humor. Y en: ese momento, la cara de Naruto, como una máscara de hierro, contenía una terrible explosión de cólera.
—¡Fairchild, mi viejo!, ¿cómo anda últimamente tu fundición de acero? ¡Tengo entendido que las acciones están altas! — Exclamó Naruto con su acento más cerrado.
Los jóvenes se volvieron y palidecieron al verlo.
—¡Uzumaki! — Él que había relatado el cuento se adelantó y dijo en tono sumiso—: No sabíamos que estaba aquí.
—Ese fue un buen cuento. Pero aquí hay una dama presente. Creo que le deben una disculpa a mi esposa.
Fairchild lanzó una mirada a Hinata. Resultó evidente que tenía más miedo de haber ofendido a Naruto que a la misma Hinata; hizo un gesto afirmativo y dijo:
—Perdóneme, señora Uzumaki, no la había visto. De haberlo sabido, no me habría atrevido a ser tan grosero.
Hinata no respondió. Volvió los ojos hacia su marido.
—Muy bien, viejo. Estás disculpado. —Naruto los observó a todos, tomando nota mental de los nombres. Los jóvenes se retiraron abatidos, con la cola entre las patas, pasando revista mental a sus preciadas cuentas bancarias y preguntándose si Naruto les echaría mano.
Cuando se fueron, se hizo un silencio pesado. Hinata juntó valor y tocó el brazo de Naruto.
—¿Naruto? — Murmuró, anhelando que le hablase—. No quisieron ofenderme. Son sólo unos muchachos tontos que trataban de divertirse. No pierdas tiempo pensando en ellos.
Naruto asintió, pero no la miró. Luego habló con voz de furia contenida.
—¿Sabes?, yo no quería nada de esto. Sólo luché por Karin y por Menma. Nunca quise frecuentar a las personas como tú.
—Lo sé. —Respondió Hinata, dolida por la expresión "las personas como tú", comprendiéndola a pesar de todo.
La inseguridad de su esposo la conmovió, le provocó ternura.
—¿Te refieres a tu acento? En general, no lo usas. Sólo lo haces cuando estás enfadado... o cuando lo olvidas. —Recordó que había olvidado disimular el acento aquella vez que compartieron la cama. Al emplearlo, le demostró que no era la criatura de voluntad de hierro que quería representar. Por un instante, las emociones lo habían desbordado y bajó la guardia. Y Hinata había disfrutado del poder que eso le brindaba.
Naruto suspiró y se pasó la mano por el cabello rubio que la joven ansiaba volver a acariciar.
—No tendría que haberme descuidado. Ahora ya saben que no soy mejor que los criados de ellos. Y eso nos perjudicará a todos.
—Tú eres irlandés. ¿Por qué tienes que hablar como si no lo fueses? Habla con naturalidad.
—Menma y Karin son norteamericanos y hablan como tales. No quiero que mi acento irlandés los perjudique.
Hinata supo que sería tonto decir lo que le pasaba por la mente. Mejor que nadie sabía que Naruto era como un gato salvaje que en ocasiones ronroneaba y, al minuto siguiente, estaba listo para atacar. Finalmente, se volvió hacia el bello perfil de ese hombre, y susurró lo que tenía en el corazón:
—A mí... me agrada tu acento, Naruto. Quisiera... que lo usaras, al menos para hablar conmigo.
La mirada inquisitiva y asombrada de Naruto se posó en la de Hinata y la sostuvo.
Y Hinata vio en esa mirada una desconfianza nacida de tantos años de luchar contra la pobreza y la injusticia.
—¿Y de ese modo podrás sentirte superior? ¿Cómo ellos?
—No. —Hinata quiso disipar la sospecha, quiso hacerle comprender de una vez por todas que a ella no le importaba de qué modo lo juzgaban los demás, que nunca le había importado. En ocasiones, su esposo le destrozaba el corazón, aun así, Hinata veía en él cualidades de nobleza que valía la pena defender. Lo había demostrado en la manera en que se preocupaba por Karin, y sólo por eso era digno de pertenecer a los Cuatrocientos. No obstante, la angustió imaginar que, a los ojos de su esposo, ella nunca sería digna de él.
—Ve a cenar. —Dijo Naruto—. Después de esta escena, estoy seguro de que preferirías ir del brazo de cualquier otro hombre. —Se volvió hacia las ventanas, la expresión firme e indiferente.
—Acompáñame al comedor. —Musitó Hinata, decidida a demostrarle que no lo juzgaba por lo que opinaran los demás. Si obtenían la anulación, si el matrimonio fracasaba, no sería porque Naruto fuese irlandés—. Dame el brazo y acompáñame. Por favor.
Naruto se volvió lentamente y la miró. El semblante del hombre reflejaba incertidumbre y desconfianza. Vacilante, le ofreció el brazo.
Hinata lo aceptó, con mano tensa y trémula.
—Creo que nunca te comprenderé. —Murmuró Naruto, como para sí, y siguió contemplándola mientras se dirigían hacia el salón—. Hiciste muchas cosas que no entiendo.
Hinata sonrió, al borde de las lágrimas y saludó con la cabeza a un par de damas, orgullosamente tomada del brazo de su esposo. No era fácil decir la verdad.
—Naruto, no quieres comprender. Ésa es la raíz de todos tus problemas.
El hombre no respondió; el resto de la noche bebió mucho. En varias ocasiones, Hinata sorprendió esos ojos azules, que la observaban. Cada vez que las miradas de los dos se encontraban y la joven buscaba una corriente de comprensión, su esposo cerraba los ojos y apartaba la mirada.
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Continuará...
