— No...
Sintió como se le formaba un nudo en la garganta y le pateaban muy lejos el corazón. Una sensación de déjà vu, pero mucho más fuerte que antes, asfixiante.
Debió ser tal la angustia reflejada en su rostro que el Sacerdote obtuvo muestra suficiente de que todo lo dicho por los Crispino era verdad.
Sintió ganas de llorar por la impotencia, por ello su cuerpo se movió inconscientemente cuando asió el brazo del Sacerdote con fuerza.
— ¡No puedes hacer eso!
Si le quitaban a Yuri, era como si le quitaran un pedazo de cielo. Si le arrebataban a sus hermanas, era como si le sacaran un pedazo de corazón. Todo lo que él más amaba en el mundo y ellos se lo querían robar, ¡no podían! ¡ellos eran todo para él!
Era una pesadilla, como si le estuvieran diciendo que Yuri volvía a estar bajo el calabozo, esperando sentencia, pero esta vez con certeza de que en unas horas así sería.
El viejo se sacudió de su agarre y él trastrabilló, todavía demasiado descompuesto. Su respiración era acelerada y su sentido común le pedía a gritos que saliera de allí.
— ¿No puedo hacer qué? — preguntó con prepotencia — ¿atrapar a tu amante? ¿llevarme a esas niñas que no merecen ser criadas por un traidor como tú? créeme, niño, lo puedo hacer, ¡puedo hacer ambas cosas y ten por seguro que tú también irás a la horca por alta tra...!
Antes de que acabara la frase, Otabek decidió responder a los gritos de su mente y le pegó un gancho derecho que hizo al Sacerdote tener que agarrarse de la pequeña mesita para no caer del al suelo.
Tomó el pomo de la puerta y salió a toda velocidad.
Escuchó al Sacerdote gritarle a alguien que lo detuviera, sintió unas manos reteniéndolo del brazo, pero lo golpeó de un codazo en la nariz y corrió calle abajo con la respiración agitada.
Le dolía el pecho de la angustia y por un momento se quedó en una de las calles -que había tomado como atajo- mirando hacia la dirección que daba a la salida del pueblo y a la que daba a su hogar.
Soltó un quejido de frustración y se repasó los dedos por los cabellos, mirando intermitentemente ambas direcciones, ¡mierda! ¡no sabía qué hacer!
Sentía ahogarse y, con una última mirada hacia la salida del pueblo, dio media vuelta y corrió de nueva cuenta a su casa.
Le dolía, se sentía horrible, escoger le partía el alma... pero ellas eran sus hermanas, eran pequeñas y no las dejaría solas.
La calle se extendía casi vacía y rodeó varias cuadras para llegar luego a la modesta casa de piedra lisa donde residían.
El viento frío de la ya caída noche le hacía doler la garganta cada vez que respiraba bocanadas de aire y su rostro se hallaba helado, pero no podía dejar de correr si el camino que siempre le resultaba tan corto ahora le parecía malditamente largo.
Cuando avistó la luz apagada de su hogar sintió su pecho arder.
Subió la pequeña escalera tropezando en el último escalón y golpeó la puerta desesperado.
— ¡Orieta, Orieta abre la puerta! — le gritó a su hermana, mirando la oscuridad en la ventana al lado de la puerta — ¡Orieta abre la puerta! — siguió golpeando, importándole una mierda que los vecinos se asomaran a quejarse por el alboroto.
Sintió la llave girarse por dentro y no pudo evitar empujar la puerta por completo hacia atrás, sorprendiéndose de quien lo esperaba allí.
— ¿Qué haces tú acá?
¡Gracias por leer!
