Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capítulo veintiséis
Bella
Carlie tenía una semana de vida.
Una semana de cambios, sucesos, revoluciones y mucho amor en nosotros. A pesar de ser tan diminuta tenía la atracción suficiente para tener a su padre cautivado por ella y no solo a él, sino a todo aquel que la conocía.
— Parece que le gustará la ducha —dijo Esme después de haber dado un suave baño de esponja—. ¿Te gustó que la abuela te pusiera guapa?
Carlie se mantuvo quieta y ahora tenía sus ojitos abiertos tratando de poner atención a ningún punto de la habitación. Mi suegra le siguió haciendo esos cariños graciosos con voz infantil, mientras yo volvía a poner el cuarto de baño en orden.
Cuando volví a la recámara Esme le explicaba a su hijo cómo vestir a su bebé, le decía la forma correcta que debía tomar su pequeña cabeza y manipular cada extremidad para lograr poner el conjunto enterizo, observé a Edward dubitativo en elegir la prenda de color blanco a rayas rosas con un gracioso tu-tu en el trasero, cambiar el pañal lo había dominado a la perfección en los dos primeros días.
— ¿No se te hace que has olvidado algo? —le preguntó Esme con una sonrisa.
— No —aseguró Edward, alejando a Carlie de sus brazos para mirarle de arriba abajo—. Ella ya está preciosa para salir a la sala de estar. ¿Qué le puede faltar?
— Te has olvidado de ponerle calcetines, hijo. Te ayudaré, déjala en el cambiador, yo se los pongo.
Oculte mi sonrisa al llegar a ellos. Abracé a Edward de la cintura y éste dejó un beso a mi frente. Esme lograba hacer todo casi con los ojos cerrados, tenía una habilidad nata para atender las necesidades de nuestra bebé. Le agradecería el resto de mis días, ella lograba que todo se volviese fácil y sencillo, hasta una ducha de esponja o unos cólicos agresivos de medianoche.
— ¡Aquí está la princesa! Lista para sus visitas.
Edward no dudó en arrebatar a su hija de los brazos de su abuela y le acurrucó en su pecho.
— No me cansaré nunca de su olor —reveló Edward dejando un beso en la pequeña cabeza de Carlie, sujetó mi mano y nos encaminamos a la estancia.
Jenks sentado en el sofá fue el primero en sonreír y estirar sus brazos hacía Edward. Por raro que pareciera no tenía ese gesto severo que suele tener. Era extraño verlo nervioso y un tanto torpe cuando le fue puesta Carlie en su regazo.
— Es perfecta —logró decir con la voz un poco quebrada. No tenía idea qué pasaba por su cabeza al tener a mi niña en sus brazos, solo era notorio el inmenso cariño y protección incondicional que ya le profesaba.
— ¿Puedo? —Jasper preguntó no muy convencido. Jenks lo miró con recelo y se hizo el que no escuchó, volviendo a acercar a mi bebé a su rostro para susurrarle—. Así que no solo en la oficina eres autoritario, ¿eh? En la próxima reunión que tengamos les diré que te vuelves una mantequilla con un bebé —terminó por decir Jasper.
— ¡Cállate! —la voz de Jenks fue más un grito, Carlie se estremeció y él asustado comenzó arrullar su cuerpo de adelante hacía atrás—. Ves lo que haces. Ella no desea estar en tus brazos, prefiere los del abuelo Jenks.
Edward se mofó ganándose una cruel y acusativa mirada de Jenks.
— No puedes ser el abuelo, Eres demasiado viejo —intervino Seth quien estaba sentado en la alfombra murmurando con Bree—. Acaso serás su bisabuelo.
— Para ser abuelo no hay edad —convino Jenks—. Así que, soy el abuelo. El viejo Jenks es abuelo, claro que sí.
— Bueno, abuelo, ¿puedes prestarme a tu hermosa nieta? —volvió a pedir Jasper.
— Lo estoy pensando. No es bueno que mi nieta se rodeé de gente divertina y alocada como tú. —Decía Jenks divertido, era un poco raro verlo bromear.
Jasper solo rodó los ojos y le sonrió aceptando en brazos a Carlie. Tanya se acercó también y con gesto emocionado observaban a nuestra pequeña teniendo para ellos una pequeña conversación.
— Quizá están planeando tener bebés —susurró Edward en mi oreja— aunque no me imagino a Jasper cambiando pañales, ni desvelándose por atender los cólicos de un recién nacido.
— Yo tampoco te imaginaba a ti. Y a una semana, eres todo un experto.
— En algo tengo que ser útil, mi amor. Después de todas las horas que pasaste soportando dolores para tenerla junto a nosotros, mi ayuda no es nada.
Entrelace nuestros dedos, sonriendo.
— Tu ayuda lo es todo —le agradecí con un dulce beso a sus labios.
— ¿Es tan listos para tener más hijos?
La simple pregunta de Tanya nos hizo mirarla de inmediato, no sabía si mi marido también la miraba con el mismo miedo reflejado con el que lo hacía yo,de reojo pude constatar que por el rostro alarmado de Edward compartíamos el mismo temor. No estábamos preparados ni para tocar el tema.
Además, era muy prematuro hablar de agrandar la familia cuando había cosas en nuestras vidas por poner en orden.
— ¿Qué piensas? —indagó Edward con un rostro lleno de mortificación.
— Este es un tema que nos concierne a nosotros, mi amor. El cual debemos guardar por algunos años.
Edward me sonrió con alivio.
— Pero, muchos años —estuvo de acuerdo conmigo y yo asentí.
— Siguiente pregunta —mencionó Edward en un tono profesional, haciéndolos soltar unas risotadas.
— A mí sí me gustaría tener pronto un bebé —confesó Tanya dejándonos mudos—. Tengo 26 años un trabajo estable en Londres y solvencia económica resuelta. En dado caso que no tenga suerte con un buen hombre, me haré una inseminación.
Ella al darse cuenta que no decíamos una sola palabra, nos sonrió.
— Tranquilos. Esto lo haré después de mis treinta —concluyó con un guiño, a la vez que pasaba su palma por la espalda de Jasper.
Y fue que el aludido pudo tomar una gran bocanada de aire, volviendo su color al rostro.
— Yo no quiero hijos —admitió Seth mientras sujetaba la frágil mano de su sobrina.
— Yo tampoco —concordó Bree—. Me aterra tener que parir un bebé.
— Deberíamos grabar estas confesiones —sugirió Jasper, dejando en los brazos de Tanya a una dormida Carlie—. En algunos años más nos pueden servir de mucho.
— Sí, graba todo lo que digo —se burló Seth— te aseguro que serás el siguiente en la lista, aunque te hayas puesto pálido con lo que dijo Tan.
Ellos empezaron una discusión por demás infantil.
— Eché de menos esto —los señaló Edward con una enorme sonrisa— sus absurdos pleitos y sus tontas conversaciones. Siempre me he preguntado quién de los dos es el niño.
— No digas nada. Porque cuando te unes a ellos eres igual. Discuten por un simple videojuego.
Edward me observó ofendido.
— Oye, no es un simple juego. Estamos hablando de Resident Evil 2. Si no tienes una idea de qué es luchar en una ciudad infestada de zombis no debes opinar.
Estreché mis ojos y me burlé, dejándole un manotazo en su brazo.
— Ves, eres igual.
Solo se encogió de hombros sin protestar.
— Ahora es mi turno —Bree pidió cargar a su sobrina. Tanya hizo una mueca de tristeza, pero aceptó—. Nunca pensé en tener una sobrina tan preciosa, estoy emocionada, imaginando las formas que la voy a consentir.
— Aquí es donde tengo pánico —masculló Edward—. Debemos mantenerlas a distancia.
Reí.
— Alguien gusta un café —Sue entró a la pequeña sala de estar con una bandeja servida con una jarra y algunas tazas, dejando con sumo cuidado en la mesa de centro, se volvió hacía mí para abrazarme.
— Para ti está listo tu chocolate frío —murmuró sobre mi cabeza, me recargue en ella y dejé que me confortara, era bueno tenerla de vuelta en mi vida—. ¿Algo especial para comer?
Negué, cerrando mis ojos.
— Solo abrázame fuerte y mantenme contigo, necesito que me mimes.
Escuché su hermosa risa al tiempo que sus brazos me apretaban a su pecho y llenaba de besos mi cabeza.
— Todo estará bien, cariño. Estoy aquí, contigo, para cuidar de las dos.
Solté un suspiro hondo sintiendo que casi podía respirar la paz.
La felicidad tenía olor y rostro.
Era nuestra hija.
Edward
— ¿Qué te parece esta?
Isabella soltó mi mano y corrió hasta la imponente cocina blanca de concepto abierto, acarició con delicadeza la encimera de granito llamando su atención el gran ventanal que conectaba con la parte trasera, se detuvo por un momento y deslizó una de las puertas corredizas, se volvió a mí, sonriendo.
Sabía que era la elegida por ella.
Después de una semana yendo de un lugar a otro, mirando todo tipo de casas y apartamentos, al fin teníamos una opción.
La seguí a paso lento y tomé su mano para cruzar juntos el ventanal; la vista era fascinante.
Las palmeras al final del patio completamente alineadas era agradable a la vista y te brindaban una especie de relajación. El pasto verde me provocó alucinar con una pequeña casa de muñecas, también podría haber unos juegos de jardín con una resbaladilla. Podríamos poner un comedor de patio para las parrilladas de los domingos y tendría que enseñar a nadar a Carlie a temprana edad, la alberca era de un tamaño exagerado para una familia de tres.
— Los residentes de esta área tienen su playa privada —mencionó el agente inmobiliario—, pueden seguirme.
Aún tomados de las manos fuimos tras él. Recorrimos el ancho patio por un camino de piedras incrustadas en el suelo, este toque moderno le daba buen aspecto. Atravesamos el patio y más allá de las palmeras seguimos un camino de concreto, bajamos unos cuántos escalones para que una arena blanca nos diera la bienvenida, el mar estaba a metros de nosotros.
— ¡Me gusta! —chilló Isabella, dando algunos saltos—. Esta es, mi amor. ¡Es nuestra casa!
— Les daré algunos minutos —el chico nos sonrió y se alejó de nosotros.
Isabella se puso de puntas y me dio un fugaz beso.
— ¿Qué piensas?
— Estoy imaginando una vida aquí —le confesé.
Ella prácticamente me arrastró, llevándome hacía la parte de arriba, dónde estaba el patio. Me iba a preguntar toda la vida cómo una chica tan menuda tuviese tanto ímpetu.
Entramos de nuevo a la cocina dónde ella se sentó en la encimera.
— Estoy muy feliz —se colgó a mi cuello para acercarme a ella y dejarme entre sus piernas—. Yo también estuve imaginando nuestra vida aquí.
— ¿En serio? —pregunté como tonto.
— Sí. Imaginé que me tomas en esta mesa en alguna mañana —su sonrojo era adorable—. Y que también alguna noche en playa. Muchas veces en la alberca y otras tantas en alguna que otra habitación. ¿Tú también imaginaste lo mismo?
La apreté con fuerza dejando un sonoro beso a su cabeza.
Isabella no tenía remedio, pero quién era yo para llevarle la contraria.
¡Hola! Aquí les dejo un capítulo muy especial que hice con todo mi cariño para agradecer que estén conmigo de cualquier forma, ya sea con su favorito, alerta, comentarios o leyendo.
Espero que tengan una muy Feliz y bendecida Navidad.
Nos leemos este miércoles o jueves con el siguiente capítulo que ya estoy por terminar.
¡GRACIAS TOTALES POR LEER!
