CAPÍTULO XX
COLD AS ICE

«I've seen it before
It happens all the time
Closing the door
You leave the world behind»


Si digo que le hice la misma proposición a dos chicas al mismo tiempo y que las dos aceptaron sin pensarlo, posiblemente el primer comentario que se escuche por ahí es que soy un flipado de mierda —que también, pero en este caso no tiene nada que ver—.

—Cierra los ojos.

Lily estaba sentada a horcajadas sobre mis rodillas. Sostenía un lápiz de ojos y se pellizcaba la piel del labio, pensativa.

—No te voy a dejar pasar, James.

Dorcas guardaba la entrada de molestos moscones. Y los moscones eran…

—Por fa. Que se me ha olvidado coger la… la corbata.

Exacto, James.

—No, lo que eres es un cotilla y no cuela. Ahora vete, estamos trabajando —La morena agitó la varita y con un seco clack la puerta se cerró—. Y ni se te ocurra abrir si no quieres que te saque los ojos, Potter.

—Qué miedito…

—¡Sirius! No te muevas. Joder. Pásame una toallita.

—¿De qué color van a ir los labios? —preguntó Dorcas.

—Negros —me apresuré a contestar.

—Ni de coña —respondió Lily—. Rojos, por supuesto.

Y como yo al parecer no tenía ni voz ni voto pues… fui un buen chico y estuve quietecito y calladito.

—¿Puedes ir ya a por el vestido? —Pregunta de maquilladora a vestuarista. Dorcas pegó la oreja a la puerta y se marchó a por el recado que James había interrumpido segundos antes—.

»Estás rarísimo sin barba.

—¿Cómo te gusta más? —Las manos de Lily acariciaban la piel desnuda de mi mandíbula. Recordaba con excesiva nostalgia todo lo que tenía que ver con nosotros dos.

—Está bien de las dos formas.

Ganas de morirme y beso en la mejilla después, vino mi disfraz.

—Toma, póntelo.

Ni siquiera me molesté en ir al baño. Comencé a desvestirme con los ojos de ambas clavados en la nuca. A falta de un comentario mínimamente inteligente, opté por callarme y ponerme el vestido. Era largo y de color negro, con encaje en la zona del pecho y al final de las mangas.

—¿Y bien?

Me giré en dirección a ambas.

—Tú dirás —contestó Dorcas.

No necesité más incentivos para ir en busca de un espejo. Lo cierto es que no me reconocí, al menos al principio. La ropa me quedaba más ceñida de lo que pensaba, pero juraría que estaba… ¿bien? La primera reacción fue una sonrisa de oreja a oreja.

—Pues estoy listo, ¡vámonos!

—¿Dónde vas, mastodonte? —Lily soltó una ri

sita—. ¿Y nosotras qué?

Si pensáis que me iba a sentar en una esquina del cuarto a observar estáis totalmente en lo cierto. Tampoco tenía demasiado que aportar. Dorcas estaba súper sexy, se había encorsetado en un top y una falda de cuero, con unas botas hasta las rodillas y un collar de esos; de los nuestros: de perro. Lily estaba guapísima, con un vestido vaporoso de color rojo y una discreta cadena dorada al cuello. Eran mis ángeles.

—He cambiado de opinión —dije yo—. Quiero lo que lleva Dorcas.

—Lo que lleva Dorcas no te lo dejaría ni siendo de tu talla —Y con esa frase, la morena dio por acabada la discusión.

El Gran Comedor estaba atestado. Literalmente todo Hogwarts estaba ya ahí; habíamos sido los más lentos del Castillo. ¿Y quién no quiere una entrada triunfal? Pero eso nunca pasó: cada cual estaba en su pompa, con sus colegas, bailando a su aire. La mitad no me reconoció y a la otra mitad no parecía importarle lo más mínimo... ¿o sí?

James fue el que dio con nosotros, cómo no. Se abalanzó sobre mí.

—Joder, qué culito tienes, Canuto.

—Pues cómemela.

—¿Podéis comportaros como personas normales una sola noche?

—Vale, mami.

Me escabullí de aquella conversación sin sentido hasta llegar a la altura de Remus. Desde allí veía a Peter bailando unos metros más allá.

—Hola —dije.

—Hola —contestó.

Después, silencio.

—¿Te gusta? —pregunté.

—No entiendo por qué siempre tienes que llamar la atención, Canuto. Pero sí, me gusta.

Sonreí y le di un corto abrazo. Su comentario me picaba dentro del pecho, pero me esforcé por esconder ese sentimiento tras una sonrisa color carmín. Después fui directo a la mesa con el ponche «sin alcohol».

—¡Eh! Sirius, me flipa, no te había reconocido —Al menos Peter era todo un entusiasta—. Tienes que venir a bailar un rato conmigo y con James.

En Hogwarts todo el mundo era una posible víctima a la que señalar y de la que reírse. Los adolescentes siempre se metieron indistintamente con unos u otros y, aunque nuestra fama nos escudaba, los Merodeadores no éramos una excepción. En el momento en el que el pelo largo se sumó a mis aires amanerados fui «Sirius, la chica» —porque, al parecer, ese corte estaba reservado para mujeres, viejos y «los muggles esos»— y era absurdo, pero aquello me molestaba más de lo que debía. Tardé un par de años en darme cuenta de que en realidad me la traía floja. Así que, sí, me presenté en una fiesta de gala vestido de piba. Que me la sudaba. Que me reía en la cara de todos aquellos subnormales.

Si eso era llamar la atención, pues sí, estaba llamando la atención.

Conforme pasaban las horas fui recibiendo el protagonismo que esperaba. Dedos apuntándome, miradas siguiéndome, risas a mis espaldas… También alabanzas, muecas de asombro, insultos. Bebí… mucho, y horas después la conversación con Remus me pasó factura.

Como acabé lloroso, más borracho que una cuba y debajo de uno de los grandes ventanales del segundo piso fue una historia que se repitió en un par de ocasiones durante mi estancia en el colegio. Aquella vez, Lily salió en mi ayuda. Y no pongáis esa cara; todos tenemos nuestros días tontos.

—Oye, Sirius, ¿estás bien?

—Estoy bien, déjame en paz. No quiero hablar.

Desapareció. Reapareció un par de minutos después con un vaso de agua que me bebí en un abrir y cerrar de ojos. Se sentó a mi lado y no dijo nada más.

Y así acabó mi gran noche: con maquillaje en las mejillas, restos de pintalabios en el brazo y el vestido empapado por una —o más— copa que algún listillo había derramado. Cuando se me pasó la tontería caminé con ayuda de mi amiga hasta mi cama y allí me dejó, desvestido, desmaquillado y con muchas cosas sobre las que soñar.