Frunció el ceño y apretó los dientes con fuerza, sintiendo la rabia y la frustración invadiendo su cuerpo. Agitó su varita una vez más mientras intentaba por todos los medios que la maldita calabaza entre sus manos se cortara con forma de una carita sonriente, pero aparentemente, ni siquiera era capaz de realizar un encantamiento tan sencillo. Tal vez había llegado a su límite.

—¿Qué ocurre Draco? —le preguntó Teddy sacándolo de sus pensamientos—. ¿No sabes cómo es una carita sonriente? Es así, mira. —Teddy sonrió ampliamente, mostrando sus pequeños dientes de manera tan dulce que toda la frustración se evaporó del cuerpo de Draco.

—Muchas gracias por la demostración —le dijo con una sonrisa cansada.

Draco dejó la calabaza sobre la mesa antes de recargarse pesadamente en el respaldo de la silla. Soltó un soplido de cansancio y pasó una mano por su frente, limpiando la pequeña gota de sudor que se había formado en ella. Se sentía agotado y un poco mareado, como cada que intentaba hacer algo de magia; la medimaga le había dicho que era normal, que el cachorro se alimentaría de su núcleo mágico sobremanera durante el último trimestre y Draco estaba a un mes de dar a luz, con un cuerpo que en principio no debía ser capaz de procrear.

—Te ves bastante pálido —le dijo Severus acercándose a la mesa para poner más calabazas.

—Sólo estoy un poco mareado.

Severus le miró con la ceja enarcada y esa expresión en su rostro que le decía al mundo que sabía más de lo que podías imaginar. Sin embargo, Draco estaba acostumbrado a tratar con esa expresión, Severus había sido para él como un segundo padre prácticamente desde toda la vida y lo conocía tan bien que podía adivinar con sólo mirarlo cuando estaba tramando algo, cosa que jamás lo detuvo ni en su casa, ni en Hogwarts cuando entró en Slytherin.

Sin decir o hacer algo más, Severus dio media vuelta y se marchó hacia la cocina, probablemente para seguir ayudando con los preparativos para la fiesta del día de brujas en Malfoy Manor. Toda la familia y los amigos se encontrarían allí, además de algunos de los miembros de la alta sociedad mágica. Era una fecha importante para las brujas y los magos y aunque Draco hubiera querido sólo pasarlo entre familia, su padre había insistido en invitar a gente con la cual hacer negocios.

Él simplemente no se sentía de humor para lidiar con la alta sociedad.

Guardó su varita dentro de su túnica y tomó uno de los cuchillos en la mesa para continuar con la labor de tallar las calabazas, aunque estaba seguro de que el resultado sería un desastre si lo intentaba a mano, la última vez que lo había hecho de esa manera había sido cuando niño y no estaba seguro de poder recordarlo. Teddy, en cambio, parecía todo un experto.

—¿Draco? —le preguntó Teddy mientras le sacaba toda la pulpa a una de las calabazas.

—¿Si?

—¿El bebé va a tardar mucho en llegar?

—Estás bastante impaciente —sonrió—. Bueno aún le faltan cinco semanas.

—¿Y cuantos días son eso? —preguntó marcando con maestría la cara de un gatito en su calabaza.

—Bueno, treinta y cinco, pero podrían ser más o ser menos. Eso depende de cuando el cachorro esté listo.

Teddy asintió pensativo. Mientras perforaba con su cuchillo los ojos del gatito, Remus lo había encantado para que Teddy pudiera tallar calabazas sin hacerse daño. Draco lo miró por un momento con una sonrisa divertida antes de volver a su propio trabajo, sin embargo, después de un par de minutos, Draco escuchó la silla de Teddy chirriar cuando se bajó de ella, sus pequeños pies caminando hasta su lado. Draco había estado a punto de preguntar qué ocurría cuando Teddy se recostó sobre su barriga abultada, abrazando al cachorro con afecto.

—Vamos, sal rápido, por favor —le pidió y el bebé hizo algo que sólo hacía con sus padres; soltó una violenta patadita.

Los ojos de Teddy se iluminaron con fervor, con algo que Draco no podía reconocer pero que era tan cálido que sus ojos se llenaron de conmovidas lágrimas. El rubio acarició la cabecita de Teddy cuyo cabello cambiaba de color rápidamente, aparentemente estaba experimentando demasiadas emociones a la vez y por los colores brillantes que tenía, Draco podía adivinar que eran positivas.

—¿Cómo van esas calabazas? —preguntó Remus entrando al comedor con una enorme caja.

—¡Papá! —exclamó Teddy arrojándose a sus brazos—. ¡Mi bebé me habló!

—¿Tu...? —Remus frunció el ceño, confundido, antes de mirar a Draco quien acariciaba su pancita suavemente—. Oh...

—Parece que se ha adueñado de él —explicó Draco con diversión. Teddy infló su pechito con orgullo.

—¿Ya han pensado en un nombre? —preguntó el hombre lobo dejando la caja en el suelo y tomando una silla para ayudar con las calabazas.

—James —respondió aún no muy convencido—. Harry y yo no estábamos tan seguros así que metimos las opciones en un frasco y elegimos el que salió. Ahora no podemos cambiarlo porque Harry puso en el frasco un encantamiento para que nadie hiciera trampa.

—Parece que el chico no es tan tonto como yo creía —interrumpió Severus con más cajas en sus brazos—. Casado contigo debe haberse curtido.

—Voy a hacer de cuenta que no me insultaste tan descaradamente —dijo Draco con rostro altivo.

Remus soltó una carcajada.

—Su abuelo va a estar feliz de escucharlo.

—Oh, realmente lo está, Lily dice que no lo había visto tan entusiasmado desde que iba a ser padre. Le ha comprado un montón de cosas al bebé, más de las que ya le había comprado. Mi padre no soporta la competencia.

—¿Competencia? —interrumpió la voz de Lucius—. Nadie puede competir conmigo. Mis regalos son superiores y cuando el pequeño nazca y no pueda apartarse de ellos, todo el mundo lo sabrá —Lucius dejó el resto de las cajas junto a las otras.

—¿Son todas? —preguntó Remus. Lucius asintió—. Bien, entonces supongo que podemos comenzar con la decoración. Las calabazas están casi listas.

—Teddy y yo nos encargaremos de ellas —afirmó Draco mientras Remus, Severus y Lucius se marchaban a decorar el gran salón.

Draco y Teddy terminaron con las calabazas un momento después, las tallaron y limpiaron antes de colocar las velas dentro. Fue una suerte que Pansy llegara en el momento exacto en que se necesitaba que alguien encendiera las velas, la chica hizo el trabajo con un simple movimiento de varita sin preguntar absolutamente nada y Draco realmente lo agradeció. No tenía idea de cómo se las arreglaría para que nadie notara que ya no podía hacer magia; si alguien lo descubriera, seguramente sería llévalo al hospital y su medimaga no lo encubriría más con el verdaderamente delicado estado de su embarazo.

Ya suficientemente había tenido cuando Harry lo había llevado a consulta por los dolores que había sentido durante el segundo trimestre. En aquella ocasión, Draco había estado realmente seguro de que su medimaga no le seguiría el juego, él le había pedido no revelar nada hasta que estuviera listo, pero la verdad es que no había tenido el coraje de confesarle a Harry que, en algún punto, tal vez, tendría que elegir entre él o el bebé, porque no era justo en absoluto.

Según la doctora, todo iba perfectamente bien con el cachorro, en eso no le había mentido a Harry, pero cuando este tuvo que marcharse por una emergencia, las peores noticias habían llegado a Draco y es que sí, su bebé estaba creciendo sano y fuerte. El problema era él, su cuerpo se debilitaba mientras que el cachorro se fortalecía en su interior y las pociones, aunque estaban ayudando, no eran milagrosas y el riesgo de que Draco muriera durante el parto era elavado. Por eso era que cada vez le costaba más trabajo caminar distancias largas o hacer esfuerzo físico; por eso su magia había dejado de responder. Su cuerpo había adoptado una nueva forma de funcionar, una donde la prioridad era el cachorro y no él.

Draco debía admitir que se sentía cansado y débil y que no poder hacer magia le frustraba demasiado, pero la felicidad de saber que tendría un hijo, un hijo de él y de su Alfa predestinado, realmente lo hacían feliz así que ese sufrimiento temporal pasaba a segundo plano. Suponía que tener hijos sí cambiaba a las personas y de todas formas, aún cabía la esperanza de poder dar a luz y que su cuerpo resistiera lo suficiente como para ser atendido antes de que fuera demasiado tarde.

Narcissa apareció por la puerta cargando una charola con ensalada, seguida de su hermana Andrómeda cargando un pavo enorme relleno de carne y fruta. Ambas mujeres platicaban tranquilamente. Draco nunca había comprendido por qué su familia se empeñaba en hacer todo de manera manual el día de brujas, cuando en Hogwarts todo el banquete y demás era hecho por la magia de los elfos domésticos. Su madre, por supuesto, insistía en que era una vieja tradición sangre pura y Draco jamás se había negado a contradecirlo pero aún a sus veintitrés años le era cómico ver a su madre cocinar por su cuenta y servir sin que los elfos intervinieran.

—Luces algo cansado, cariño. ¿Te has esforzado de más? —preguntó su madre.

—En absoluto, he estado sentado aquí desde que terminé con las calabazas. Debe ser el peso del último mes, este bebé es muy inquieto.

—Oh y eso que aún no ha nacido —dijo su tía Andrómeda—. Dora era una bebé realmente energética, una vez no dormí tres noches seguidas cuidándola.

Draco palideció de sólo pensar que su bebé no lo dejaría dormir por tanto tiempo. No tenía demasiadas esperanzas de que fuera un bebé pacífico, no con la manera en que pateaba y se acomodaba mil veces dentro de su vientre. Además, Draco no había sido precisamente un angelito en su infancia y por lo que sabía, Harry había sido igual de alborotador.

Estaba condenado.

—Vamos, Draco, no pongas esa cara, aprenderás a manejarlo —dijo su madre entre risas—. Los hijos son complicados, pero uno los ama de todas formas. Por supuesto, hay sacrificios que se deben hacer, como usar tu tiempo de spa en cambiar pañales o tus días de compras por tardes de lectura y educación.

—Además, tienes el apoyo de tu familia —agregó Andrómeda—. No hay nada de qué preocuparse.

Draco asintió pensativo. Había tenido mucho tiempo para hacerse a la idea de que su vida no sería igual; desde que había salido embarazado las cosas habían cambiado y aunque no se sentía preparado, sabía que toda su familia le apoyaría. Su bebé estaba en buenas manos, tenía a Harry que era un padre fabuloso, a sus abuelos paternos y maternos expertos en la crianza de niños. Estaban los Black que tenían a Teddy y aunque Sirius parecía un desastre, lo llevaba bastante bien y él mismo estaba dando lo mejor de sí para madurar y criar correctamente a su cachorro.

Draco suspiró, acaricio su vientre y James pateó ligeramente, haciéndolo sonreír.

Pansy entró en el comedor con el entrecejo fruncido y pisando fuertemente. Draco se sobresaltó por su abrupta aparición. Detrás de ella entró Hermione con expresión afligida, abrió la boca, pero cualquier cosa que fuese a decir se lo guardó cuando se percató de que había más gente en el comedor, lo que Pansy claramente aprovechó para escabullirse hacia las cocinas.

Parecía que esas dos no podían arreglar sus diferencias.

—Si quieres un consejo, déjala tranquila —dijo Draco cuando Hermione atravesó el comedor para alcanzar a Pansy—. De todas formas, ¿qué puedes decirle para consolarla? A ti sólo te importa el chico Weasley.

Draco vio con placer como la mandíbula de la Alfa se apretaba y sus puños se cerraban.

—No sabes nada, Malfoy.

—Sé lo suficiente como para pedirte amablemente que dejes de jugar con los sentimientos de mi mejor amiga, es lo mejor —replicó con seguridad—. A mí no me gusta entrometerme, para nada, pero sé qué ella nunca ha sido tu tipo, tal vez incluso puedas convencer a Weasley de que vuelva contigo. Pueden casarse y tener pequeños niños de rizos pelirrojos o algo así. Así Pansy tendrá la oportunidad de seguir adelante, ha esperado por ti demasiado tiempo, es hora de que consiga a alguien que la quiera de verdad.

Hermione se volteó hacia él, sus rizos salvajes flotando en el viento con furia. Su expresión era fiera y aunque Draco temió ser golpeado por ella, como en tercer año, sabía que no se atrevería, no en su estado, aunque sí le intimidaba un poco.

—¡No lo entiendes! ¡No quiero compartirla con nadie! —gritó con su voz de Alfa y Draco luchó por no sentirse ofendido.

—¿De verdad? No lo parece —le respondió con descaro.

—¡Estoy enamorada de ella! La amo de verdad, no quiero perderla.

Draco pudo apreciar el momento exacto en que la furia de Granger se transformó en desesperación, sus ojos avellana enrojeciéndose por el llanto y su cuerpo temblando. Nunca la había visto tan débil y decidida a la vez.

Entonces el rubio sonrió y dijo:

—Ya la escuchaste Pans. —Se puso de pie—. Está enamorada de ti, basta de dramas que van a arruinar la fiesta.

Draco se puso de pie lentamente, con cuidado de no perturbar a su cachorro. Lo último vio al salir del comedor fueron las mejillas sonrojadas de Hermione y lo último que escuchó fueron los tacones de Pansy volviendo al comedor. Su madre y su tía aparentemente se habían dado a la fuga en cuanto vieron todo el drama porque Draco no las había visto por ninguna parte.

El salón principal estaba casi listo a las cuatro de la tarde, todos habían trabajado arduamente para que la fiesta fuera viento en popa, a excepción de James, Sirius y Harry que aún tenían que terminar su turno a las cinco de la tarde, antes de asistir a la fiesta. Incluso los Weasley habían llegado con algo de comida y algunas decoraciones que, aunque no eran de muy buen gusto, Narcissa no se negó a colgar. Draco ayudó con algunas otras cosas, como a montar la mesa con los aperitivos para la fiesta antes de toparse con un sollozante Teddy que quería salir a pedir dulces como los muggles, una actividad que se había vuelto muy popular entre magos también en los últimos años.

—Quiero ir, papi —le decía a Remus. Su carita empapada en lágrimas.

—Lo sé cariño pero tu padre no ha vuelto del trabajo y aún tenemos trabajo que hacer aquí.

—¿Por qué no dejas que lo lleve? —preguntó Draco—. Iré a dejarle algunas cosas a Harry al ministerio, Teddy puede venir conmigo y podemos ir los tres juntos a pedir dulces.

Los ojos de Teddy se iluminaron.

—No estoy muy seguro, Draco, podría ser peligroso —dijo Remus con clara preocupación en sus ojos.

—No vamos a estar solos —respondió Draco comprendiendo el porqué de su preocupación—. Iremos a mi casa por red flu para que podamos cambiarnos y luego tomaremos la chimenea para ir por Harry.

Remus lo miró por un momento, antes de decidir que los dos, Draco y su hijo, estarían completamente a salvo si no salían sin compañía al exterior.

—De acuerdo, pero nada de pedir dulces sin antes ir por Harry, ¿bien? —le advirtió a su hijo, creyendo que probablemente intentaría convencer a Draco para que fueran a pedir dulces antes.

—Tranquilo Remus, no haría nada para poner a Teddy o al bebé en peligro. Soy un Slytherin, ya sabes, tenemos esta cosa llamada sentido de conservación.

Remus le dedicó una sonrisa tranquila que Draco tomó como un permiso.

El padre del pequeño le dio una caja con su disfraz y finalmente, avisando a sus padres y amigos que iría a su casa a cambiarse antes de pasar por Harry al ministerio, se marchó vía red flu con Teddy sujetándose fuertemente de su mano. Nada más poner un pie en la casa el pequeño de seis años salió disparado en dirección al cuarto del cachorro donde él sabía podría encontrar algunos juguetes. Draco le siguió después de gritarle que no corriera en las escaleras, no que pudiera seguirle el paso con la enorme barriga que cargaba pero al menos no lo perdería de vista.

Después de dejarlo jugar un poco, llenó la bañera y se encargó de Teddy, sus rodillas adoloridas por el peso de su bebé y el esfuerzo de mantenerse agachado para darle un baño. El pequeño disfrutó cada momento mientras jugaba con las burbujas y los jabones que se escapaban de sus manos. Después del baño, Draco se aseguró de secarlo lo mejor posible con la toalla, ya que había decidido no hacer esfuerzos innecesarios como hacer magia por razones como esa. Una vez completamente limpio y seco, Draco dejó que Teddy se las arreglara en la habitación principal con su disfraz de hombre lobo que no debía ser difícil de poner, todo mientras él tomaba una ducha.

El agua caliente relajó sus músculos, deshaciéndose del dolor y la tensión, sobre todo en la zona de la espalda y los hombros. Cuando terminó su ducha se encontró con Teddy sentado tranquilamente sobre su cama, sus piernitas colgando por un extremo y sus manitas sosteniendo la fotografía del último ultrasonido que Draco se había hecho. Draco no dijo nada mientras se vestía, pero parecía que Teddy realmente se había encariñado con su pequeño James y esperaba que cuando naciera, ambos pudieran ser buenos amigos.

Una lástima la diferencia de edad porque hubieran podido ser el terror de Hogwarts juntos.

—¿Listo? —le preguntó al niño cuando se aseguró de que su cabello estaba perfecto. Teddy asintió dejando el ultrasonido delicadamente sobre la mesita de noche de dónde la había recogido—. Recuerda que sólo podemos ir a pedir dulces al Londres mágico, vamos a llevarle sus túnicas a Harry y luego de que se cambie iremos a pedir esos dulces.

Teddy asintió energéticamente, Draco lo tomó de la mano, sintiendo su corazón latir con fuerza de sólo pensar que algún día podría sujetar a su propio hijo de esa manera. Bajaron las escaleras y Draco tomó de la sala de estar la bolsa de papel donde Harry había olvidado sus túnicas esas mañana. Aparentemente seguía sin darse cuenta de que no las tenía porque no había enviado a Draco ninguna lechuza o patronus.

El rubio y el pequeño castaño tomaron la red flu. Al salir de la chimenea se encontraron con muy pocos magos y brujas volviendo a sus casas, la mayoría de la gente salía temprano en día de brujas para que tuvieran la oportunidad de arreglar todo para la festividad, no así los aurores que, sin importar la fecha, siempre estaban quedándose por una u otra razón y Draco lo había aprendido desde que había empezado a salir con Harry.

Algunas personas los saludaron amablemente, enternecidos por el disfraz de lobo de Teddy quién lo portaba con orgullo y otros con respeto hacia él, que era el padre del hijo del salvador del mundo mágico, el tan ansiado hijo del héroe. Draco, como su padre le había enseñado, saludó cortésmente a todos, aun sin conocerlos y atravesó el atrio sin más problemas.

Draco subió al vacío elevador junto con Teddy, presionando el botón hacia el departamento de aurores mientras una estresante musiquita sonaba de fondo, aunque probablemente no era tan estresante si Teddy la tarareaba alegremente, balanceándose sobre sus pequeños pies. La irritabilidad era cosa de sus hormonas, probablemente. O del dolor en su espalda baja.

Acomodó las asas de la bolsa de papel entre sus dedos y sujetó mucho mejor a Teddy antes de que el elevador se detuviera y las puertas se abrieran. Algunos aurores aún permanecían en sus puestos, algunos con las ansias de marcharse demasiado obvias para su propio bien y era obvio que algunos tendrían que quedarse en caso de emergencia, después de todo, día de brujas era una festividad bastante intensa y siempre habían algunos haciendo locuras.

Algunos de los aurores le saludaron, reconociéndolo y halagándole por su barriguita, algunos otros, los Alfas afectados por sus feromonas, incluso se habían ofrecido a llevarlo hasta la oficina cargando y aunque la idea era tentadora, Draco había cambiado y había dejado de aprovecharse de su poción como Omega para provocar a otros Alfa; él tenía a Harry después de todo y lo amaba.

El escritorio frente a la oficina de su esposo estaba vacío, aparentemente su asistente se había marchado, así que, aún con niño y bolsa en mano, Draco se tomó la libertad de abrir la puerta detrás del escritorio sin tocar, para ese momento Harry ya debía haber tomado una ducha en las regaderas del departamento y sólo debía ponerse lo que Draco le había llevado. El rubio esperaba verlo en su oficina, buscando por todas partes su túnica hasta que él entrara y le dijera que la había olvidado en casa. Harry sonreiría y se acercaría a besarlo porque, por Merlín, estaba siendo un esposo fantástico.

Así que cuando abrió la puerta y se encontró con la escena dentro, quedó en shock.

Parpadeó un par de veces, seguro de que sus hormonas y que su vulnerable estado de embarazado lo estaban engañando, porque no había manera de que Harry, su Harry, se encontrara a medio vestir con un joven que no había visto en su vida colgando de su cuello, como si sólo un momento antes se hubieran estado besando. Sin embargo, luego de parpadear al menos quinientas veces y seguir viendo lo mismo llegó a la conclusión de que no era cosa suya.

—Draco —dijo Harry alejando al joven de él de manera delicada, como si nada hubiera pasado—. ¿Qué haces aquí?

Draco tragó saliva, sintiéndola pesada como plomo, a sus fosas nasales llegando la esencia de ese Omega. Draco no lo conocía, pero lo había olido antes, su aroma era idéntico al que Harry había llevado encima cuando había regresado a casa después de dos meses en Moscú.

Sin nada de tacto o sutileza, el rubio arrojó directamente al rostro de su esposo la bolsa con su ropa, tan furioso que el sonido azotador realmente retumbó por toda la habitación. Si hubiera podido, lo hubiera maldecido, pero como no podía, se conformó con marcharse con la dignidad que le quedaba junto con el pequeño Teddy que no parecía entender que estaba sucediendo.

—Espera, Draco —dijo Harry con una sonrisa en los labios, aunque parecía preocupado—. No es lo que tú crees. Él sólo vino aquí para...

Draco no lo dejó terminar, cerró de un portazo la puerta de su oficina y caminó tan rápido como el embarazo se lo permitía hacia el elevador que, gracias a Merlín, se había detenido en ese piso. La voz de Harry le seguía desde atrás pero Draco no quería escucharle, estaba demasiado conmocionado, demasiado celoso, demasiado furioso como para entender razones. Lo único que podía hacer era concentrarse en llegar al elevador sin soltar una lágrima, llorar lo haría sentir mucho más patético y la angustia podía afectar a su bebé.

—¿Por qué corremos de Harry? —preguntó Teddy cuando finalmente entraron al elevador.

—¡Draco! —llamó Harry.

Las puertas se cerraron.

—¿Draco? ¿Por qué lloras?

Las lágrimas se sentían calientes sobre su rostro, se las arregló para limpiarlas mientras volvía a tomar la mano de Teddy y esperaba a llegar al atrio.

—¿Qué te parece ir por esos dulces? —le preguntó entonces, pero el niño era inteligente y ya no parecía demasiado entusiasmado.

—¿Qué hay de Harry?

—Harry no va a venir, sólo seremos nosotros dos en esta aventura. ¿De acuerdo?

Teddy asintió inseguro.

Draco necesitaba despejar su mente y había creído que la mejor manera de hacerlo era paseando con un niño de seis años por el Londres mágico en busca de dulces. Era una suerte que después de la caída de Voldemort muchas de las tradiciones muggles se hubieran mezclado con su mundo y que hubieran muchos niños como Teddy pidiendo golosinas de casa en casa y mucha gente ofreciéndolas en sus puertas. No quería pensar en Harry ni en lo que había visto, era obvio por el aroma de las feromonas de ese Omega que tramaba algo, aunque no podía estar seguro de que Harry estuviera correspondiéndole.

A veces era una mierda pensar que un Alfa podía marcar a más de un Omega y que un Omega, como él, podía morir sin su Alfa. Pero, ¿qué razones podría tener Harry para engañarlo? ¿estaba cansado de ser despertado por sus náuseas matutinas? ¿De tener que ir a la tienda de conveniencia en las madrugadas cuando tenía antojos? ¿de la falta de sexo? ¿de sus cambios de humor? ¿de su carácter de mierda? ¿Se habría cansado de él o sólo sería una aventura pasajera? ¿qué haría si el otro Omega se embarazaba? ¿lo abandonaría? ¿Todo esa su culpa?

No, no quería pensar en eso.

Aclararía ese asunto con Harry después, tenía que ser un mal entendido, Draco sabía que Harry lo amaba, lo veía en sus ojos, sus gestos, lo sabía por el vínculo.

Tal vez se había precipitado.

Suspiró.

—¡Mira Draco, me han dado un montón en esa casa! —exclamó Teddy agitando efusivamente su calabaza de plástico encantada para que cupieran todos los dulces que le dieran.

—Eso es genial, Ted, pero recuerda que no debemos comer ninguno hasta revisarlos, ¿de acuerdo?

El niño asintió y corrió hacia otra de las casas donde una señora estaba teniendo problemas para atender a los niños. Parecía que Teddy se estaba divirtiendo pero Draco sabía que debían volver a la mansión antes de que anocheciera y como debían caminar hasta el Caldero Chorreante para usar la red flu, entonces tal vez debían irse pronto. Le dolían los pies.

—Parece que te estás divirtiendo. ¿No te sientes cansado? El bebé parece pesar bastante.

La sangre se le heló al reconocer al dueño de esa voz. Podía sentirlo a su espalda, realmente cerca. No podía mover un sólo músculo por el impacto, lo que no hacía mucha diferencia si tomaba en cuenta que ni siquiera era capaz de hacer magia, pero debía gritar, pedir ayuda, cualquier cosa para evitar que algo le pasara a su bebé.

—Por favor, vete Viktor —le dijo en un susurro apenas audible, todo el aire escapando de sus pulmones—. No tienes más asuntos conmigo.

—Oh, Draco, allí es dónde te equivocas, aún tenemos demasiadas cosas por atender.

Lo siguiente sucedió para Draco como en cámara lenta. Teddy se acercaba a él corriendo con una sonrisa enorme en los labios. Viktor lo tomó fuertemente de los hombros y Draco abrió la boca para pedir ayuda, pero de la palabra sólo fue capaz de pronunciar la primera sílaba en un grito desgarrador antes de que la sensación de la aparición lo envolviera por completo y la sonrisa feliz de Teddy se volviera llanto y conmoción.

Sus pies tocaron el suelo de un segundo a otro pero él no podía sentir nada además del pánico, había dejado al pequeño Teddy completamente solo y había sido secuestrado por el hombre que más le odiaba en el mundo. Necesitaba a Harry.

—Vamos Draco, no tienes que actuar tan paranoicamente —le dijo—. No voy a hacerte daño, sólo quiero hablar contigo. Vamos, toma algo de aire, estás muy pálido.

—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó sin tener el valor de levantar la mirada, sujetando su vientre con fuerza, intentando protegerlo.

—A ti —le respondió simplemente—. ¿Por qué no te sientas y...?

—No necesito sentarme —atajó firmemente—. Déjame ir, Viktor. Harry me ha marcado, no puedes tenerme.

—Sé qué Potter te marcó, aun cuando te negabas completamente a doblegarte ante un Alfa. Incluso ahora esperas un cachorro. La vida puede dar muchos giros ciertamente. ¿Por qué no me miras? ¿Tienes miedo?

—¿De ti? Por supuesto, sé de lo que eres capaz. Me mandaste a secuestrar, me violaste y me lavaste la cabeza con tu basura de los predestinados y amor verdadero.

—¿Violarte? No, Draco, sólo buscaba una manera de estar junto a ti para siempre.

Con la furia creciendo en su interior Draco finalmente levantó la vista para enfrentarlo. Viktor se encontraba sentado en una pequeña y destartalada silla de madera, aparentemente se encontraban en alguna posada de mala muerte, si la cama era alguna indicación. Lo único que iluminaba la sala era una pequeña lámpara junto a la cama y aún con esa falta de luz, Viktor lucía delgado, ojeroso y sucio, nada que se comparara con la brillante estrella de quidditch que había sido.

—Me arruinaste la vida —le dijo con los puños apretados. Una punzada de dolor en su vientre.

—Sólo quería hacerte feliz. Llevaba enamorado de ti tanto tiempo que estaba desesperado.

El dolor se calmó y volvió enseguida, esta vez más fuerte.

—¿Quieres verme feliz? —preguntó no dejando ver a través de su voz el dolor en su cuerpo y fallando miserablemente—. Entonces déjame en paz, déjame vivir una vida tranquila con mi esposo y mi cachorro. Suicídate, vete lejos, haz lo que quieras pero no vuelvas a acercarte a nosotros.

—No puedo hacerlo, Draco, te necesito y si tengo que acabar con Potter para tenerte entonces voy a hacerlo. Sólo tengo que esperar a que venga por ti y asesinarlo, la marca en tu cuello desaparecerá y podremos estar juntos. No tienes que preocuparte por el bebé, lo amaré como si fuera mío. Seremos una familia.

—¡Estás loco! —gritó por la fuerza de la declaración del alfa y las contracciones en su cuerpo.

—¿Estás...? —Viktor se puso de pie, dispuesto a acercarse y Draco dio un paso hacia atrás.

—¡No te acerques o te mataré! ¡Te juro por mi familia que te mataré!

El estrés y el dolor se incrementaron, haciéndolo doblarse por la mitad y soltar un grito desgarrador mientras la punzada en su vientre se hacía cada vez más constante. Bum, bum, bum, una y otra vez.

—No ahora, por favor, espera un poco más, James —le suplicó al bebé.

Pero fue en vano, algo dentro de él se rompió y algo líquido empezó a escurrir por sus piernas. Viktor lo tomó por los hombros y Draco usó la poca fuerza que le quedaba para empujarlo. Krum cayó de espaldas contra la silla, su cabeza golpeando contra la madera. La cabeza de Draco se nublaba por el dolor y la incertidumbre, pero el Omega dentro de él seguía gritando que debía protegerse, que debía proteger a su bebé, así que tomó lo primero que encontró, un objeto de pesado metal y golpeó con ello al Alfa en la cabeza.

—¡Te dije que te mataría! —dijo con su voz llena de furia.

Viktor reaccionó arremetiendo contra él, tirándolo en el suelo con una bofetada que hizo que soltara un alarido de dolor. La preocupación de que la caída hubiera afectado al bebé crecía conforme pasaban los segundos.

—¡Deja de resistirte! ¿Por qué no puedes entender que te amo?

Draco no respondió, una contracción más lo golpeó con fuerza, haciéndolo gritar y sollozar mientras sentía el cuerpo de su bebé preparándose para salir. El miedo y el estrés debían haber adelantado el parto.

—Por favor... por favor, mi bebé —rogó entre lágrimas.

El rostro ensangrentado de Viktor apareció en su campo de visión, una de sus manos acarició su rostro y Draco sintió otra contracción que lo hizo gritar y retorcerse en el suelo.

—Nuestro bebé, Draco. Nuestro.—

¿Listos para el epílogo?

Nos leemos en el siguiente capítulo.