Capítulo 22

Candy seguía en las dependencias de la cocina huyendo de los continuos requerimientos de su padre.

Solo enfrascándose en las labores domésticas conseguía elevar el muro de silencio que la acompañaba desde su regreso.

Su abuelo le había explicado con profundo dolor los motivos que le llevaron a comprometer a su hija Blanca con don Louis. El sobrino de su mujer, Raymont, pretendía las tierras y el título de Verdial; Juan sabía que don Louis estaba gravemente enfermo y con muy poco tiempo de vida. Ese detalle lo había impulsado a buscar su ayuda. Pretendía que Blanca, en su viudez, pudiese manejar Verdial sin la intromisión de don Raymont.

Su falta, su equivocación, consistió en no sincerarse con su única hija y exponerle sus planes. Don Juan ignoraba que Blanca estuviese enamorada del hijo de su amigo, Robert. A pesar de lo errado de su juicio, su plan había dado resultado. Verdial seguía teniendo heredero y Raymont había desistido de su empeño en apoderarse de él. Candy se mordió un labio perdida en sus pensamientos, su madre había terminado enredándolo todo al tratar de proteger a su abuelo con la citada carta que buscaban todos, carta que nadie sabía en qué manos se encontraba. Candy creía que estaba en poder del rey Guillermo de Escocia, pero era mera especulación.

Robert había intentado sincerarse con ella, pero Candy seguía tan dolida que prefería vivir en la ignorancia que saber con exactitud quién tenía derecho de sangre sobre ella.

Robert aceptaba su decisión con pesar pues era consciente de que, una vez abierta la caja de Pandora, era mejor afrontar los hechos por muy dolorosos que resultasen; pero ella ignoraba este hecho con absoluto descaro.

Candy se negaba a pensar en Albert. Había cerrado una página de su vida aunque le escocía el alma por la herida que le había infringido el escocés con su traición. La voz de su padre la volvió a la realidad de golpe.

Robert bajó hasta el último peldaño buscándola con los ojos. La suave fragilidad que mostraba ella lo traspasaba como un hierro candente.

Candy sufría y él debía poner freno a eso.

—¡Tengo que hablar contigo!

El tono no admitía discusión. Candy asintió con la cabeza y le pasó la cuchara de madera a la sirvienta que estaba ayudándola en la tarea.

—Tiene que hervir aún dos horas más, y no dejes de removerlo en el mismo sentido.

La muchacha de aspecto rollizo asintió y ocupó su lugar. Candy se quitó la vieja tela que usaba para las labores domésticas y siguió a Robert fuera de las dependencias de la cocina. A Robert le parecía absurdo que ella tuviese que dedicarse a esos menesteres cuando su casa estaba llena de sirvientes que podían ocuparse del trabajo para dejarla a ella con el suficiente tiempo libre para montar, cazar y recrearse en no hacer nada. Candy siguió a Robert en silencio.

La amplia sala le resultó refrescante después del horno en el que había estado y su padre le obsequió con un vaso de sidra fría. Se lo bebió de un trago y se sentó.

—No puedes eludirme siempre.

—Tengo mucho trabajo que supervisar.

—Hay que tomar decisiones.

—Las más importantes ya están tomadas. El jabón se está cociendo, el huerto está limpio de hierbajos y el joven Andrés ha sido amonestado con un azote.

Robert alzó sus cejas, incrédulo.

—Estás enfadada conmigo y no te culpo.

Candy entornó sus ojos de esmerada.

—Estoy cansada, cierto, pero no culpo de ello a nadie.

Robert se resintió por sus palabras.

—Sientes que te he traicionado.

Candy lo miró durante un minuto larguísimo.

—Me traicioné yo misma por anteponer mis sentimientos a mi razón —había amargura en la voz.

—Hay que cerrar las heridas; no es bueno para el espíritu acunar odio.

—Ya no siento odio, no siento nada —Candy alzó sus ojos momentáneamente enturbiados.

—¿Me perdonarás alguna vez?

—No hay nada que perdonar.

—A mí no puedes engañarme. Siento que te he defraudado y me aflige profundamente que no te muestres sincera conmigo —Robert lanzó un suspiro amargo—. Amaba a tu madre con locura, nunca me recuperé de su pérdida y seré tu padre siempre, a pesar de lo que otros reclamen. Nunca lo olvides.

—Nunca lo haría.

Robert soltó el aliento cansado.

—Debes afrontar los hechos de una vez.

El tono duro le hizo alzar la cabeza.

—¿Cómo está el abuelo?

Robert meneó la cabeza ante el cambio de conversación de ella a propósito.

—Sigue esperándote en Verdial.

Candy se tragó un sollozo.

—¡Jamás volveré a Verdial!

—¡Candy! —la exclamación de su padre la golpeó.

—Nunca mientras...

—Él no se encuentra en Verdial —Candy levantó los ojos extrañada, Robert continuó—. Le ha jurado vasallaje al rey Alfonso.

Candy se levantó tan precipitadamente que volcó la silla con estrépito.

—¿Quién?

—Leonor.

Candy cerró la boca en una línea dura.

—¿Con qué derecho?

Robert la miró extrañado.

—Es la reina, ma petite, y familiar suyo —Candy no comprendió las palabras de Robert—. Es hermano de su cuñada Rosemary —siguió sin comprender—. El laird Ardley es hijo ilegítimo de sir William Andrew y hermanastro de la actual condesa de Lakewood.

Candy ignoraba esto pero le importó bien poco.

—Y eso ¿qué tiene que ver?

—Leonor medió ante Alfonso y éste acabó por aceptarlo como vasallo —ella seguía en el más absoluto silencio—. Yo intercedí en su favor también. Tu abuelo, desde entonces, me ha retirado la palabra, aunque no le culpo.

—¿Por qué, padre?

El quejido lastimoso lo enterneció.

—Porque no me gusta la persona en la que te has convertido desde que regresaste de Escocia —Candy no podía comprenderlo—. Te vuelcas en el hogar con todas tus fuerzas, apenas me dejas un instante para hablar contigo — ella seguía callada e inmóvil—. Tienes un asunto pendiente, debes resolverlo.

—¿Dejándolo en libertad? —Candy no podía tragar la estupefacción que sentía.

—Ha solicitado tu mano ante la reina Leonor —Candy contuvo la respiración—. Le ha sido concedida.

Candy se sentía tan horrorizada que creía que iba a terminar sufriendo un desvanecimiento delante de su padre.

—¡No puede casarme con tu verdugo!

Robert la miró con empatía.

—Leonor ha elevado tu compromiso a asunto de Estado.

Candy se sentía mareada.

—¡La reina ha perdido el juicio! Padre... ¡necesito que me ayudes! —Candy comenzó a pasearse nerviosa por la sala.

—Tendrás que conocer las razones de la reina para considerar el enlace antes de ofrecerle tu negativa.

Candy se tapó los ojos con impotencia.

—Tengo que ir a Burgos... —calló—. ¡Juro que esta vez lo mataré! ¡Dios mío...! —Candy miró un instante a Robert con las emociones visibles en su rostro: incredulidad, horror, rabia—. ¿Mi padrino escuchará mis razones? —preguntó con un hilo en la voz.

—El rey se encuentra en Alarcos con los demás monarcas cristianos. Dudo que te conceda una audiencia por la trivialidad de tus esponsales.

Candy sentía ganas de golpear algo.

—Entonces iré a Burgos y la reina escuchará la trivialidad de mis objeciones.

—Si te niegas, la reina puede despojarte de tu condado.

—Hará falta algo más que una negativa para despojarme de mi herencia.

El largo trayecto hasta Burgos le había tensado los nervios hasta un punto insospechado. Iba camino del monasterio de Santa María la Real, residencia habitual de la reina Leonor de Castilla cuando no se encontraba en Toledo. El monasterio estaba situado al occidente de la ciudad de Burgos, algo retirado del río Alarzón. Candy avistó el terreno llano que estaba ocupado por huertas y prados; las gentes del lugar acudían allí para distraerse y pasar sus ratos de ocio.

Candy pretendía obtener una audiencia con la reina. Necesitaba hacerle entender sus razones para su negativa a los esponsales... si era capaz de controlar su rabia, porque ésta no la había abandonado desde que saliera de Inglaterra, hacía ya tantos meses.

Robert le había informado con todo lujo de detalles de los logros y las victorias que había obtenido Albert a lo largo de los meses que había prestado sus servicios y su espada a don Alfonso, servicios necesarios ante las turbulencias políticas que acontecían. Candy sabía que quedarse en León ya no era seguro, pues los leoneses estaban sembrando el terror a su paso. Los navarros hacían lo propio por Soria y Almazán. Por el sur los almohades estaban tomando otros castillos y poblaciones llegando incluso hasta Guadalajara. Ella debía estar en Verdial pero su obcecación la había cegado hasta tal punto que lamentarse a estas alturas solo le producía un malestar infinito. Alfonso había establecido una alianza con Aragón y Portugal. Estaba concentrando sus ejércitos en Ávila y estaba avanzando impetuosamente hacia el norte, intentaba pararle los pies al rey leonés.

Ya se encontraba delante del amplio y complejo monasterio con aspecto de fortaleza. Se fue introduciendo por sus largos pasillos. El pequeño claustro de planta rectangular solía utilizarse para la meditación y en ocasiones, para el recreo. Candy echó un breve vistazo a los doce arcos paralelos que se apoyaban sobre columnas pareadas con capiteles alargados, románicos y góticos. La ornamentación vegetal era muy estilizada, creando una sensación de paz y tranquilidad, pero en esta ocasión, no se detuvo a contemplar el silencio.

Cruzó el claustro hacia la sala capitular. La altura y esbeltez la hacía mucho más amplia y luminosa; era la zona del monasterio que a ella más le gustaba. Allí la esperaba la reina Leonor.

Cuando atravesó la puerta se encontró de frente con la reina. Dio un paso atrás y le hizo una profunda reverencia. La ausencia de guardias la había desconcertado.

—Disculpadme, majestad. Al no ver guardias apostados en la puerta, ignoraba que estuvieseis aquí.

Leonor le invitó con la mano a que se acercase. Candy se sintió avergonzada, su impetuosidad un día le iba a costar muy cara.

—Me gusta este lugar.

Candy entendía perfectamente la razón. La sensación de libertad que se respiraba en la sala invitaba a las decisiones acertadas.

Miró llanamente a la reina, no la recordaba tan hermosa. Su actitud regia se dejaba traslucir en cada movimiento, en cada mirada. De todos era sabido que a Leonor no le gustaba Toledo, aunque comprendía que don Alfonso pasase la mayor parte del tiempo en la capital de su reino cerca de su eterno enemigo. Ella prefería tener su corte en el norte de Castilla, en Burgos, cerca de donde había nacido, Aquitania. Candy observó su porte regio, su andar atractivo y rasgos finos. Miró el pesado y lujoso vestido, el pelo abundante y rubio que no llevaba escondido con el velo. Escudriñó la alta y noble frente, los grandes e inteligentes ojos verdes, ojos que le recordaron...

—Yo... siento la misma curiosidad por vos —Candy se sintió enrojecer hasta la raíz del pelo—. No os he visto desde que mi marido os apadrinó —con los ojos le conminó a que diese una vuelta sobre sí misma. Candy la complació.

Leonor la escudriñó a placer, ávida de detalles. Observó que, a pesar de sus estilizados miembros, se mostraba grácil y seductora al caminar. Miró el color dorado de su pelo y el esmeralda de sus ojos. La insolente barbilla y el suave mentón que mostraba ella con orgullo cuando se enfadaba. Candy era de la misma altura que Leonor, aunque más esbelta. De boca grande y generosa, labios que incitaban a ser besados. Las ricas telas de seda hacían que los movimientos de ella se volvieran sensuales en torno a su figura. Los colores llamativos la resaltaban aún más hermosa si cabía.

Leonor comprendió al mirarla muchas cosas. Demasiadas. Escudriñó los rasgos conocidos y se preguntó cómo es que nadie se había percatado de ellos.

—Sir Albert Ardley ha pedido vuestra mano.

Lo soltó tan de sopetón que Candy se sintió aturdida momentáneamente.

Consiguió reponerse a duras penas.

—Ese es el motivo de mi visita a Burgos, majestad.

Leonor la invitó a que se sentase a su lado. Los honores que le prodigaba la reina escapaban a la compresión de Candy.

—Sois una rica heredera, debíais estar casada desde hace mucho tiempo.

Candy se encogió tras la crítica.

—Mi abuelo pretendía que estuviese preparada para conducir Verdial de la forma correcta y apropiada. Ese ha sido el motivo del retraso de mis esponsales.

La respuesta agradó a Leonor, que la miró con candidez.

—Habéis suscitado un problema de Estado —Candy agrandó los ojos sorprendida—. Varias casas reales han solicitado vuestra mano.

—¡Verdial no es tan importante!

Leonor, con un gesto de la mano, le indicó silencio.

—Ha trascendido que sois la hija de Guillermo de Escocia —Leonor paró un momento para que las siguientes palabras calasen en ella—, nieta de un conde e hija de un rey —Candy iba a protestar y Leonor hizo un gesto con la cabeza—. Sois un suculento trofeo.

Candy endureció su espalda.

—Soy una hija a la que estuvieron a punto de dejar sin padre.

La respuesta fue demasiado seca y la reina enarcó una ceja con interrogación.

—Palabras desacertadas, doña Gracia —Candy optó por permanecer en silencio—. Habéis colocado a nuestro monarca en una posición difícil. Aragón no permitirá que una heredera de Castilla salga fuera de las fronteras del reino. Navarra y León esperan la decisión de don Alfonso al respecto; ahora todos quieren un bocado del pastel: Verdial está en la frontera de Castilla.

Candy comenzó a transpirar. Su hogar se encontraba en un punto estratégico. Alfonso no podía permitir que un noble no castellano pusiese un pie en Verdial; de hacerlo obtendría un control que minaría su fuerza.

—Sir Albert es alguien ajeno a las pretensiones de Francia e Inglaterra. Al ser un vasallo de don Alfonso, tiene el respaldo suficiente para solicitar vuestra mano sin que se resientan las posiciones de otros aspirantes. Aragón, León y Navarra ansían demasiado la porción de poder que les otorgaría el control sobre Verdial.

—Majestad, ha quedado claro pero no posee el suficiente linaje.

Leonor endureció su mirada.

—El padre de sir Albert era el conde de Lakewood, sir William Andrew, y su madre una noble escocesa de linaje tan antiguo como el vuestro. No admitiré un descalificativo más.

—Pero él no está en posesión del título, majestad.

—Nunca creí que fueseis tan comercial y mercenaria —la crítica le escoció porque era incierta—. Necesitáis un hombre a vuestro lado que no posea tierras vinculantes a un título —Candy alzó la cabeza—. Deberá ocuparse de Verdial, y ¿cómo creéis que lo haría si tiene que ocuparse de sus propias tierras y gentes? Verdial es una propiedad muy extensa, vais a necesitar mucha ayuda para protegerla si los almohades vencen sobre Alarcos.

Candy no estaba rendida todavía.

—¡Es bastardo, majestad!

La reina la miró duramente.

—¡Vos también! —le recordó ásperamente, y Candy comenzó a sudar frío.

—No permitiréis que me niegue.

Leonor negó con la cabeza sin importarle el susurro herido que había emitido ella con los ojos empañados.

—Sir Albert ha ofrecido a vuestro abuelo todo lo que posee: veinte mil maravedíes de oro ganados con su esfuerzo haciendo peligrar su vida.

Candy alzó la cabeza con orgullo mal disimulado.

—Creía que la dote debía aportarla la novia, pero claro, qué estúpida, ¡yo soy la dote!

Leonor lamentaba que la muchacha se mostrase tan obcecada, pero ella tenía sus motivos para conducir el futuro de Candy y debía atarlo muy bien.

—Sir Albert ha renunciado a toda pretensión con respecto a vuestras tierras y título —Candy la miró con duda en sus profundidades de color esmeralda—. Si vos fallecieseis antes que él y sin herederos, vuestras tierras retornarán a vuestra familia.

Candy abrió la boca por la sorpresa, pero no se dejó engañar.

—Es fácil prometer algo así cuando uno está en posesión de poder cambiar las palabras después.

—Sir Albert solo ha puesto una condición a su renuncia —Candy intuía que las palabras de la reina no le iban a gustar en absoluto—. No podéis negaros a darle un heredero.

Candy inspiró una gran bocanada de aire. Miró con sorpresa a la reina y el extraño brillo de su mirada la descolocó.

—El clan Ardley ya tiene heredero. Su sobrino huérfano, Lean, hijo de su hermano William.

Leonor esperaba otras palabras.

—El heredero sería para Verdial, no para Waterfallcastle. Don Raymont de Leagan aún espera poder recuperar el condado, pues se ha aliado con el califa de Sevilla. Tener un heredero os beneficiaría.

—Y así obtendría el poder que necesitaría para controlar mi condado.

Leonor suspiró impaciente.

—Es la única condición que ha puesto.

—Sir Albert no necesita heredero, soy yo la que lo necesita y la única que puede decidir quién puede ser el padre.

—Ha llegado hasta mis oídos...

Candy la interrumpió bruscamente aunque se exponía a la ira real.

—No se os olvide, majestad, que aún tenéis que convencer a mi familia.

—El señor Martel ha dado su consentimiento. «Un aliado menos», se lamentó ella. —Mi abuelo...

Leonor volvió a indicarle silencio.

—El conde ha consentido también.

Candy se atragantó, inspiró profundamente para intentar serenarse.

—Mi rey...

Leonor volvió a interrumpirla.

—¿Creéis de verdad que don Alfonso puede ocuparse de algo tan banal como vuestros esponsales? Estamos en guerra, muchacha.

—¿Por qué, majestad? —le preguntó de forma dolorosa.

—Con vuestros esponsales evitamos un conflicto de intereses políticos: Verdial seguirá bajo el control de Castilla.

Candy se soliviantó.

—Siempre ha sido mi deseo desposarme con un castellano, elegido por mi abuelo y por mí.

—¿Comprometisteis vuestro afecto antes de entregaros a sir Albert? —Candy sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas—. Sir Albert desea desposaros y reparar la falta de vuestra inocencia. Inocencia que él proclama que ha hecho suya —Candy iba a protestar de nuevo—. Ya estoy cansada de vuestra reticencia.

Candy entendió que no podría disuadirla. Se estaba arriesgado con su insolencia a provocar la ira de la reina.

—¿Existe alguna forma de que consideréis mi negativa? ¿De alcanzar vuestra benevolencia? —Leonor volvió a negar con la cabeza—. ¿Cuándo ocurrirá el fatal desenlace?

Leonor le hizo una advertencia con los ojos por su sarcasmo.

—Dos semanas después de las amonestaciones —Candy jadeó con horror—. Podéis cooperar para que vuestras nupcias resulten satisfactorias o permitir que vuestro orgullo os aconseje mal y os conduzca a una infelicidad total. Os toca elegir, doña Gracia.

Candy se debatía en una duda constante. La presión de su soberana no le dejaba opción alguna, pero ella seguía resistiéndose en su interior a sus demandas.

—Ya he elegido, majestad, salvo que no compartís mi opinión.

CONTINUARA

Esta protagonista no es del todo de mi gusto, no me gusta para nada y menos para mi pobre rubio adorado tormento, eso que ella dice sentir por el no es amor ella tiene maldad en su corazón pero a pesar que ella no me guste mucho, adoro a él Escocés por el sigo con la lectura

Abrazos.

Aby.