El comerciante, un hombre corpulento de pelo amarillento y bigote despoblado, intentó que Sasuke se interesara por una jarra que era a
todas luces mucho menos valiosa que la taza que quería ver Sasuke, pero él ignoró sus maniobras.
Sakura observó con fascinación cómo su marido sostenía una delicada taza con las yemas de sus dedos mientras la examinaba concienzudamente.
No pasó nada por alto, ninguna fisura ni desconchado.
La olió, la lamió, cerró los ojos y apoyó la fina porcelana contra la mejilla.
—Seiscientas guineas —ofreció.
El corpulento comerciante pareció sorprendido.
—Santo Dios, hombre, se arruinará. Si le soy franco iba a pedirle trescientas. Tiene muchas faltas.
—Es una pieza rara —aseguró Sasuke—. Vale seiscientas.
—Bueno —replicó el comerciante con una amplia sonrisa—. Seiscientas
entonces. No vamos a discutir. No querría echarle un vistazo al resto de mi colección ¿verdad?
Sasuke depositó con mucha delicadeza la taza en un tapete de terciopelo que el comerciante puso en el mostrador.
—No tengo tiempo. Tengo que partir con mi nueva esposa hacia Escocia esta misma noche.
—Oh. —El hombre observó a Sakura con renovado interés—. Perdone, milady, no me he dado cuenta. Felicidades.
—Ha sido todo muy repentino —le disculpó Sakura con voz débil.
El comerciante arqueó las cejas y miró a Sasuke, que cubría la taza con la mano.
—Me siento encantado de que se haya tomado tiempo para detenerse aquí a considerar mi oferta.
—Somos afortunados de haberle encontrado —aseguró Sakura—, y de que la taza todavía estuviera aquí.
El hombre pareció asombrado.
—No ha sido cuestión de suerte. Lord Sasuke me envió un telegrama desde París diciéndome que se la reservara.
—Oh. —Sakura notó que se ruborizaba—. Sí, claro, por supuesto.
Sakura no se había separado de Sasuke desde su apresurado enlace, salvo cuando él recorría los pasillos de los trenes y barcos.
El eficiente Curry debía de haber enviado el telegrama desde alguna estación de paso.
Eran detalles de los que Sasuke no se preocupaba.
El ayudante del comerciante empaquetó la porcelana bajo el ojo atento de Sasuke.
El propietario del negocio se inclinó en una reverencia después de que su marido dijera que su hombre de confianza traería el dinero enseguida.
—Por supuesto, milord. Felicidades de nuevo, milady.
El ayudante les sostuvo la puerta abierta, pero apenas habían dejado atrás el local cuando Lyndon Mather salió de un carruaje frente a ellos.
El hombre, rubio y apuesto, se detuvo en seco al verles y pareció como si su rostro adquiriera un peculiar tono verdoso.
Sakura tenía la mano en el hueco del brazo de Sasuke y éste la apretó tan bruscamente contra su cuerpo que ella cayó contra él.
Mather miró lleno de furia la caja que Sasuke llevaba bajo el brazo.
—Maldita sea, ¿es ésa mi taza?
—El precio habría sido demasiado alto para usted —respondió Sasuke.
Mather se quedó boquiabierto y clavó los ojos en Sakura, que quiso lanzarse de cabeza hacia el carruaje más próximo y escapar de allí.
Sin embargo, alzó la barbilla y
mantuvo la compostura.
—Señora Haruno —dijo Mather con rigidez—. Debería tener en cuenta su reputación. La gente podría comenzar a decir que son amantes.
Por «gente» Deidara debía estar refiriéndose a sí mismo.
Antes de que Sakura pudiera responderle, Sasuke tomó la palabra.
—Sakura es mi esposa.
—No. —La cara de Mather comenzó a ponerse de color púrpura—. ¡Oh, es
usted un bastardo! Les demandaré a ambos. Por incumplimiento de contrato y todo eso.
Sakura imaginó la humillación que supondría que los jueces y abogados
indagaran en su pasado, revelando lo desgraciado que sería su matrimonio para Sasuke.
—Ha venido a vender algo —interrumpió Sasuke a Mather.
—¿Eh? —Mather apretó los puños—. ¿Qué dice?
—El propietario me ha dicho que esperaba que le trajeran una taza de un momento a otro. Al parecer usted quería intercambiar la suya por ésta.
—¿Y qué pasa? Esta tienda es de un coleccionista.
—Enséñemela.
El temblor de Mather resultó casi cómico.
Abrió y cerró la boca repetidas veces, pero Sakura observó que la avaricia y la desesperación sustituían con rapidez a la indignación.
Mather chasqueó los dedos y su lacayo se aproximó con una bolsa
desde el carruaje.
Sasuke señaló la tienda con la cabeza y volvieron a entrar.
El propietario pareció sorprenderse de verles regresar, pero envió a su
ayudante a por otro tapete de terciopelo, y Mather sacó la taza de la bolsa.
Esta pieza era diferente, tenía camelias rojas pintadas en el exterior.
No estaba descascarillada como la otra y brillaba bajo la luz de la lámpara.
Sasuke la alzó y la examinó con el mismo cuidado que la anterior.
—Vale mil doscientas guineas —anunció.
Los labios de Mather formaron una «o» perfecta.
—Sí —balbuceó.
—Por supuesto.
Sakura tragó saliva.
Si lo había comprendido bien, Mather había estado a punto de cambiar una taza cuyo valor eran mil doscientas guineas por una que no valía más
que seiscientas.
No era de extrañar que Sasuke se riera de él.
No dudaba de cuál valoración era la correcta.
—Se la compro —dijo su marido. Giró la cabeza hacia el propietario de la tienda—. ¿Se encarga usted de la transacción?
—Sasuke —susurró Sakura—. ¿No es demasiado dinero?
Él no respondió.
Sakura apretó los labios y observó sin abrir la boca cómo su marido tramitaba una transacción de mil doscientas guineas más cien de comisión para el propietario, que no había hecho otra cosa que permanecer de pie junto a ellos.
Ella había vivido con frugalidad durante tanto tiempo, que observar el comportamiento de alguien como Sasuke, que gastaba el dinero a manos llenas, la hizo estremecer.
Y él ni siquiera pestañeó durante todo el proceso.
Mather, sin embargo, sudaba cuando cogió el cheque de Sasuke.
Sin duda correría a hacerlo efectivo al banco más cercano en cuanto saliera de allí.
Sasuke abandonó la tienda sin despedirse siquiera de Deidara y ayudó a Sakura a subir al carruaje.
Curry le entregó las dos cajas con una amplia y descarada sonrisa.
—Bueno, ha sido toda una aventura —aseguró Sakura—. Acabas de darle a
Deidara Mather mil doscientas guineas.
—Quería esa taza.
—¿Cómo sabías que estaba allí la primera taza? ¿O que Mather traía otra? Llevas semanas en París.
Sasuke miró por la ventanilla.
—Tengo a un hombre en Londres pendiente de este tipo de transacciones. Me envió un telegrama la noche que fuimos al casino. Me comunicaba que en esta tienda
había una taza a la que Mather le había echado el ojo.
Sakura clavó en él los ojos sintiendo que su vida comenzaba a escapar a su control.
—Eso quiere decir que tú habrías dejado París a la mañana siguiente, te hubieras casado conmigo o no.
Sasuke la miró brevemente, luego volvió la vista a las calles.
—Te habría traído conmigo de cualquier forma. No te habría dejado allí sola. Casarme contigo era la mejor manera de frustrar a Inuzuka.
—Ya entiendo. —Sakura se estremeció—. Frustrar a Mather fue una gratificación mayor, ¿verdad?
—Tenía intención de frustrar a Mather de todas maneras.
Sakura le estudió en silencio, el poderoso perfil, la gran mano que reposaba sobre la caja que estaba junto a él en el asiento.
—Yo no soy una taza de porcelana, Sasuke —dijo ella con suavidad.
Sasuke la miró con el ceño fruncido.
—¿Ahora también estás bromeando?
—Tú no querías que Mather tuviera las tazas, igual que no querías que me tuviera a mí.
Él la observó fijamente durante un momento antes de inclinarse sobre ella de repente con una expresión feroz.
—En cuanto te vi, supe que tenía que apartarte de él. Mather no tenía ni idea de lo que valías, igual que no sabe valorar las malditas tazas. Es un completo ignorante.
—Creo que me siento un poco mejor.
Sasuke volvió a mirar por la ventana como si la conversación hubiera terminado.
Ella estudió su ancho pecho, las largas piernas que apenas podía estirar en el interior del carruaje.
Sus pensamientos se desviaron cuando pensó en aquellas mismas
extremidades estiradas junto a las suyas en la cama.
—Supongo que estará bien permanecer algunas noches en Londres —observó ella—. Tengo que comprar algunas cosas antes de partir hacia Escocia… Supongo que allí hará bastante más frío.
—No vamos a quedarnos en Londres.
Cogeremos el tren hoy mismo. Curry se está ocupando de los billetes.
Sakura parpadeó.
—Pensé que cuando dijiste que nos íbamos a detener en Londres, querías decir que sería por un par de noches. No que sería visto y no visto.
—Tenemos que ir a Kilmorgan.
—Entiendo. —Notó un frío nudo en el pecho—. ¿Qué haremos cuándo
lleguemos allí?
—Esperar.
—¿Esperar a qué?
—Esperar a que pase el tiempo.
Sakura esperó, pero él no dijo nada más.
—Eres exasperante, Sasuke.
Él siguió en silencio.
—Bueno. —Sakura se recostó en el asiento, notaba una opresión en el pecho—. Por lo que veo éste será un matrimonio muy diferente a lo que yo conozco.
—Estarás a salvo. El nombre de Uchiha te protegerá. Por eso Sai no se divorcia de Ino… Para que ella pueda disponer de dinero y esté a salvo.
Sakura pensó en la alegre Ino y en el sufrimiento que había visto en sus ojos.
—Qué considerado por su parte.
—No seré tu ruina.
—¿Incluso aunque tenga que comunicarme contigo por notas a través de Curry?
Él arqueó las cejas y Sakura le cogió la mano.
—No importa, estaba bromeando otra vez. Jamás he ido en un tren nocturno a Escocia. Bueno, jamás he ido a Escocia. Será toda una aventura. ¿Las literas serán tan interesantes como el compartimiento del trayecto desde Dover? Lo dudo mucho.
Llegaron a Glasgow por la mañana, y el tren siguió camino hacia el Oeste.
Cuando entró en Edimburgo, Sakura miró a su alrededor con ojos voraces.
La ciudad estaba bañada en niebla, pero no por ello carecía de belleza.
Ella apenas tuvo tiempo de divisar el castillo en la colina y la avenida que
transcurría entre el castillo y el
palacio, antes de subirse a toda prisa, con la mirada legañosa, a otro tren que seguía trayecto hacia el Norte.
Al final, tras muchos kilómetros e incontables horas desde que dejaron París, el tren se detuvo en una pequeña estación desierta.
Había una agreste montaña al Norte
y, al Oeste, un enorme paredón de piedra desde donde llegaba una fría brisa a pesar de ser pleno verano.
Sasuke regresó de su paseo por el pasillo para decirle que tenían que bajarse del tren allí.
El letrero de la estación anunciaba que habían llegado a Kilmorgan Halt, pero era lo único que se veía en el andén.
Un poco más allá había una diminuta caseta, ante la cual el jefe de estación agitaba una bandera para indicar al tren que prosiguiera su camino.
Sasuke tomó el brazo de Sakura y la ayudó a bajar las escaleras que conducían desde la caseta a un camino de tierra donde les esperaba un carruaje, un lujoso tílburi con la
parte superior abatida para dejar al descubierto los asientos de brillante terciopelo.
Los caballos eran unos impresionantes bayos con resplandecientes arneses.
El cochero, vestido con una librea roja y un sombrero alto, bajó del pescante y dejó las riendas a un chico que se subió para ocupar su lugar.
—Por fin han llegado, milord —dijo el cochero con una ancha sonrisa y
marcado acento escocés—. Milady.
Les abrió la puerta del carruaje y Sakura precedió a Sasuke al interior.
Ella se sentó, sorprendida de encontrar un vehículo tan lujoso en un lugar tan apartado.
Pero Kilmorgan pertenecía a un duque, uno de los duques más prominentes de Gran Bretaña.
Por lo que le había contado Ino, sólo el duque de Nolfolk y el arzobispo de Canterbury eran más importantes que el duque de Kilmorgan.
Aquel tílburi era el vehículo más suntuoso en el que ella se hubiera subido.
—Supongo que Curry también se ocupó de arreglar esto —dijo a Sasuke mientras el cochero regresaba al pescante.
—Incluso en Kilmorgan hay telégrafo —respondió Sasuke con seriedad.
Sakura se rio.
—Sasuke Uchiha, has hecho un chiste.
Él no respondió.
Atravesaron un pueblo de casas blancas, un pub típico y una edificación alargada de planta baja que bien podía ser una escuela, una casa social o ambas cosas a la vez.
Un poco más lejos del pueblo, el camino pasaba ante una iglesia de piedra con el tejado nuevo y un campanario.
Más allá, el sendero seguía en paralelo el curso de un río y se internaba en un valle arbolado.
Cruzaron un puente sobre una
corriente revuelta y subieron otra vez las colinas, donde el terreno se ondulaba en verdes oleadas con las afiladas montañas como fondo.
Las lejanas cimas estaban
cubiertas de niebla, pero sobre ellos brillaba el suave sol de la tarde.
El carruaje dejó el sendero para internarse en un ancho camino, con árboles a la derecha.
Sakura se recostó en el respaldo y aspiró el aire puro.
El ritmo que Sasuke había
mantenido desde que abandonaron París la había agotado.
Ahora, en aquel lugar tranquilo podría por fin descansar arropada por el trino de los pájaros.
El cochero atravesó un ancho portón y condujo el vehículo a través de un amplio parque.
La casa del guarda era pequeña y cuadrada, y encima de ella ondulaba una bandera con dos leones y un oso sobre fondo rojo.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
