Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capítulo Veintisiete
Bella
— En mis tiempos solíamos estar en cama después que dábamos a luz, incluso, a veces así pasábamos la cuarentena. Se decía que uno debía descansar lo suficiente para que la cadera volviera a su posición original. Cuándo Edward nació mi madre no me permitió hacer ni un movimiento y solía poner en mi sien unas yerbas de eucalipto, no recuerdo para qué se supone que servía usarlas. —Esme seguía caminando por los pasillos del supermercado, mientras empujaba el carrito en busca de algunos ingredientes, se detuvo a elegir algunas carnes frías y me miró apenada—. Quizá te estoy aburriendo, ¿verdad?
— Para nada. Es emocionante saber de costumbres que desaparecieron.
— Es un poco extraño mirar que hace dos semanas tuviste una hija y ahora estás como si nada. Hasta creo que has recuperado tu peso —me dio un guiño— ¿qué se te antoja comer?
— Mmh… alguna sopa de verduras.
— Está bien. Hoy haré una deliciosa sopa de verduras. ¿Carlie continúa dormida?
Miré hacía dentro del cochecito para constatar que mi bebé dormía muy tranquila y sin afectar que andaba en su primer día de supermercado.
— ¿Cómo era Edward de pequeño? ¿Te daba mucha guerra o era un niño callado?
Esme sonrió ensimismada.
— Siempre fue el chico bien portado. No considero que fuese travieso, digamos que creció en el promedio normal. Ah, y acá entre nos; ama comer panquecas cada sábado. Era una bonita tradición que hicimos desde niños y que hoy… ya no existe.
— ¿Hay un ingrediente especial para las panquecas?
Su mirada tierna se volvió a mí.
— Ven… —me hizo seguirla hasta el pasillo de las frutas—. Las bayas son el ingrediente secreto.
— ¡Esme! —escuché que gritaron, fue suficiente con mirar de reojo averiguando a quién correspondía esa voz y me paralice—. Esme querida. No sabes cuánto te he extrañado —miré directamente a Kate abrazando con mucha confianza y cariño a la madre de Edward—. ¿Cómo estás? —preguntó.
Esme no respondía, tan solo mantenía con firmeza el bolso que colgaba de su hombro. Kate al darse cuenta de su mutismo se fijó en mí y frunció los labios al instante al reconocerme. Su escrutinio fue evidente al no mirar mi barriga sus ojos azules fueron a la carriola de Carlie.
— Hoy desayuné con Edward y no fue para decirme que era papá. —Mencionó con toda la saña de hacerme sentir mal.
— Edward no ha salido de casa, Kate. Lleva días trabajando desde allí.
Apreté mis labios para no reír. El rostro de Kate se volvió pálido e inmediatamente sus ojos azules me acusaron con una fúrica mirada.
— Pensé tener un poco de estima de tu parte —acusó a Esme— con tristeza me doy cuenta que no es así.
— Siento mucho afecto por ti, Kate. Te quiero a pesar de que tus acciones no sean las correctas.
— ¡No es verdad! —contraatacó la rubia—. Porque si no, no estuvieras solapando lo que el padre de ésta, obligó a hacer a tu hijo. No estuvieras con ésta jugando a que eres la abuela feliz y encantada con una hija que no sabes si es de Edward.
— ¡Basta! —me entrometí sin poder contenerme—. No Tienes que hablar como si no existiera. ¿Tienes algún problema conmigo?, ¡dímelo! No hace falta que restriegues tu veneno contra mi bebé, porque no lo permito.
— No tengo nada que hablar contigo.
— Entonces no vuelvas a involucrar a mi hija.
— Te crees muy segura porque tienes a Esme de tu lado, ¿no?
— No seas infantil —refuté—. Si vas a hacer un reclamo que sea con argumentos, no diciendo sandeces.
— No eres mejor que yo —se puso frente a mí, queriendo intimidar por su altura.
— Jamás lo he dicho.
— Así que tú… —dijo una voz desconocida. Una chica rubia, bastante alta y de cuerpo proporcionado se posó frente a mí con sus manos en sus caderas y sin dejar de resonar uno de sus tacones contra el piso—. Eres Bella.
Me estudió de pies a cabeza y con su mueca de hastío y menosprecio, sonrió.
— Te había imaginado diferente —comentó la misma mujer—. Qué bueno que al fin nos conocemos. Te voy a exigir que no te acerques a mi hombre. ¿Entendiste? Deja de acosarlo.
Comprendí quién era ella y rodé los ojos.
— ¿De qué hablas , Rosalie? —preguntó una curiosa Esme.
— Ésta, tu nuera, se la pasa hablándole a mi novio con cualquier pretexto para que acuda a ella. Emmett se ha alejado de mí y estoy segura que es por ésta.
Esme me observó sin comprender una palabra.
— Vean —volvió hablar Rosalie— se queda callada porque es verdad lo que digo.
— No he mencionado nada al respecto porque no tengo nada qué decir —aclaré— no te conozco, no me interesa saber quién eres y desconozco totalmente de lo que me acusas. Es lamentable que tengas la necesidad de culpar a una desconocida como lo soy yo, con lo que hace tu pareja a escondidas de ti.
Rosalie se mantuvo en silencio, tal vez meditando lo que había escuchado.
— Te doy un consejo no pedido —le susurré solo a ella— deja de humillarte de esta manera; te hace ver muy mal. Si crees que pelear por un hombre con otra mujer te hace sentir que es tuyo, no es así… él probablemente nunca lo ha sido y tú estás aquí siendo completamente ridícula.
Los ojos de la chica brillaban de coraje, podría jurar que el aleteo de su nariz era por controlar toda su rabia contra mí.
― No te metas con mi prima ―reclamó Kate posándose frente a Rosalie.
— Chicas, por favor —la voz de Esme me hizo mirarle. Su postura un tanto avergonzada me obligó a volver a mis cabales. En ningún momento alcé la voz, simplemente me defendí de un par de resentidas—. Estás haciendo un escándalo, Kate.
— Es increíble que la estés defendiendo, Esme. Cuando fui yo la creció junto a ustedes. Es a mí a quién conoces —su mirada se volvió vidriosa—. De la nada te vuelves su incondicional cuando antes lo hacías conmigo, eres una hipócrita.
Esme apretó mi mano y me animó a seguir caminando lejos de Kate. La tristeza en el semblante de la señora fue perceptible. Pues desde ese momento se volvió reservado.
-0-
— Noté a mamá muy callada todo el día, ¿pasó algo?
Por supuesto que Edward se daría cuenta que Esme se había vuelto a un estado taciturno. Y aunque ella me pidió no decir nada a su hijo, esta vez no iba a quedarme callada.
— En la mañana que fuimos al supermercado nos encontramos a Kate…, y Rosalie.
El rostro de Edward enrojeció, sabía que estaba enfadado. Frotó su cara con sus manos y se dejó caer a la cama con precaución para no incomodar el momento de que nuestra bebé se amamantaba.
Carlie abrió sus pequeños ojos por unos instantes y sin poner atención a nada en particular los volvió a cerrar, volviendo a succionar su preciado alimento.
— ¿Te molestó? Se atrevieron a decirte…
— Llamó hipócrita a Esme, También dijo que Carlie quizá no era tuya y otras cosas sin sentido que dijo Rosalie.
— ¿Por qué no me lo dijiste en ese momento?
— ¿Para qué? Ibas a ir a buscarles y reclamar. Sería una historia sin fin.
Exhaló, llevando sus manos atrás de su cabeza.
— Mamá y Kate fueron muy cercanas. Supongo que mirar el mal comportamiento de Kate fue una desilusión para ella. Sobre Rose, ¿cómo te trató?
Entendía. Debe ser terrible que la nuera perfecta se caiga del pedestal.
— Ella quizá sigue tratando de discernir el consejo que le di —respondí con una sonrisa al recordar el rostro de esa mujer.
— ¿Consejo? —murmuró sobre mi garganta— ¿qué le dijiste?
— No hablemos más de ellas cuando estemos con nuestra hija —pedí, mientras miraba a mi pequeña bebé comiendo sin cesar.
― Te amo.
Me estremecí cuando Edward mordió mi lóbulo e hizo llorar a Carlie por atreverse a molestarle cuando ella se alimentaba.
— Oh, mi vida… —susurró Edward sobre su frente— lo siento, corazón. También te amo.
Suspiré.
Ver a Edward siendo un consentidor con Carlie se estaba convirtiendo en mis momentos favoritos.
.
.
Cerré los ojos fuertemente cuando Edward atacó mi cuello. Apreté mis labios reprimiendo un gemido cuando sus manos avariciosas se arrastraban por debajo de mi blusa y recorrían mis costados hasta posarse en su lugar favorito, mis senos.
— ¿Entendiste?
Abrí los ojos molesta ante su susurro burlón. El escritorio tapizado de toda clase de papeles que se supone él debería ayudarme a comprender a la perfección, pero no. Habíamos perdido dos horas encerrados en la oficina con sus manos abarcando aquí y allá, al igual que su boca.
— No es justo —traté de que mi voz sonara dura—. Llevamos una semana. ¡Una semana! Y lo único que me has enseñado es a reprimir gemidos.
La risa de Edward fue contagiosa y despreocupada.
Ajustó su bragueta para ocultar su problema.
— No —acotó, con una sonrisa presumida—. Te he estado explicando varias veces. Eres tú quien se emociona de más y no pone atención.
— Edward, no puedo siquiera pensar en mi nombre cuando me acaricias de esa forma.
— Ah, bueno, ese es tu problema.
— Ahh… —refunfuñe, acomodando en su lugar mi sostén junto a mi blusa—. ¿Quieres que recuerde cómo elaborar y evaluar proyectos de inversión cuándo uno de tus dedos estaba bombeando dentro de mí? ¿O prefieres qué te diga lo que me estabas haciendo cuando me explicabas según tú a determinar la estructura capital?
Edward me sonrió y quise aventar sobre el lapicero que había en el escritorio.
— Ves como sí recuerdas todo lo que te explico.
— ¡Eres insoportable! —aventé sobre él una bola de papel que fue fácil de atrapar en su mano—. Buscaré otro asesor.
— ¿Me estás echando? —preguntó con fingida indignación.
— No. No podría porque a pesar de que ha sido mi primer semana lejos de Carlie, tú has hecho que todo esté bien.
Edward caminó hasta mí, envolvió sus brazos en mi cuerpo y me estrechó a él.
— Lo estás haciendo bien, amor. No hay nada que deba enseñar que no sepas. Eres inteligente solo necesitas confiar en ti. Debes ser más estricta cuando al momento de interactuar con personas que te quieren obligar a cambiar de opinión. Defiende tu postura con determinación y todo te será más fácil.
— Gracias —escondí mi rostro en su pecho—. Por estar conmigo y por creer.
— Eres una pequeña caja de sorpresas. Quién iba a decir que aquella niña distraída que derramó el café sobre mí terminaría volviéndome loco de amor —levantó mi mentón y me hizo mirar sus hermosos ojos verdes—. Carlie y tú son toda mi existencia, no lo olvides.
— Te amo —besé sus labios de la manera que me gustaba hacerlo, siempre de esa forma tan caliente que él amaba.
— Isabella... —siseó cuando logré desabotonar su camisa y me concentré en darle un poco de cariño—. Tengo que volver a la oficina —me alejó de él a regañadientes mientras se colocaba de nuevo la camisa—. Vendré por ti más tarde.
Dejó de nuevo un beso a mis labios y salió.
Suspiré con una sonrisa y me volví a mi lugar dejando vagar mi vista por los ventanales. El día era soleado y completamente despejado.
Ambos decidimos que trabajaría medio tiempo hasta que Carlie tuviera seis meses, Jenks estuvo de acuerdo que era la mejor opción. Él convino tomar su lugar en la Corporación aunque no lo admitiera sabíamos que no era el mismo desde aquel infarto. Se cansaba con mayor facilidad y nos preocupaba que fuese a sufrir otro desajuste debido al estrés que estaba sometido. Aunque nunca admitiera me ilusionaba pensar que quizá algún día Edward y yo podríamos trabajar juntos en este lugar.
-0-
— Te voy a extrañar —le dije a Tanya, dándole un abrazo sincero.
Ella se iba por tres semanas a Londres. Tenía pendientes en su vida por resolver y necesitaba dejar todo en orden antes de compartir su vida junto a Jasper. Debía deshacerse de su antiguo departamento, así como tratar de hacer entender a sus padres que viviría lejos de ellos.
— Te voy a confesar algo. —El tono bajo en su voz captó mi atención. Sonrió nerviosa y jugueteó con la hermosa manicura de sus uñas—. A veces siento que Jasper no está muy convencido de nuestra relación. La pasamos bien y, a pesar de tener meses viviendo juntos, no lo siento seguro. Es por eso que estoy poniendo distancia de por medio.
— Pensé que te ibas por…
— En sí, así es —respondió sin dejarme hablar—. También necesito hacer lo que te había dicho. Pero, más que nada lo hago para darle un espacio a él. Sabes, no quiero que se sienta obligado. Quiero que sea su decisión si quiere estar conmigo, porque de verdad deseo que funcione.
— Debiste de hablarlo con Jasper. Contarle cómo te sientes.
— Tengo miedo —confesó—, miedo a que le dé igual lo nuestro.
Nuestra plática fue interrumpida por Alice, ella entró a la oficina y extendió unos documentos.
— Jenks me dijo que te los trajera —su gesto malencarado y de absoluta molestia por obedecer a Jenks siempre era evidente. Torció sus labios color carmesí mirándome con exaspero e ignoró a Tanya—. De verdad no entiendo cómo le haces para soportar a ese viejo engreído, es detestable.
— Si no quieres estar aquí, puedes irte, Alice.
— Te juro que lo haré, nena —respondió entre dientes antes de volver por la puerta con esos contoneos exagerados de cadera.
Alice Brandon era la chica quizá más despreocupada y coqueta que había conocido. Hija de uno de los socios de Charlie, sin ningún interés en laborar, simplemente, organizar todo tipo de fiestas y reuniones para ella poder socializar con quien se le antojaba. Bueno, eso era uno de los chismes que había escuchado.
— No la soporto —rumió Tanya— parece que quiere comerse a Jazz.
Mordí mi labio para no hablar de más. No tenía intención en revelar que Alice deseaba comerse a todo aquel que tuviera un pene.
— ¿Dónde demonios está tu dignidad? —gritó un colérico Emmett. Ni siquiera pude darme cuenta cuándo entró a la oficina, me asustó cuando tiró de mis antebrazos y empezó a zarandear mi cuerpo—. ¡Te engañó! Y lo premias dándole la empresa. ¡Eres estúpida!
Escuché la voz de Tanya; ella le suplicaba que me soltara.
Emmett no parecía razonar, pues no dejó de ofenderme, gritándome todo tipo de improperios.
— ¡Suéltame! —supliqué, cuando la voz salió de mi garganta. Su rostro iracundo me causó temor, nunca había visto tanta rabia en una mirada.
— Se burló de ti junto con Charlie —vociferó, apresando mis muñecas para lastimarme—. Ahora lo reciben como si fuese omnipotente, anda por toda la empresa con una estúpida sonrisa sintiéndose el dueño. Mientras tú tienes el papel de imbécil, ¿eso quieres?
— Emmett, por favor —pedí, su agarre me dolía— déjame.
— Ahora vas a escucharme. —Fue suficiente un forcejeo para arrastrarme al primer sofá, dónde me dejó caer. Se volvió a Tanya tirando de ella para sacarla fuera de la oficina, corrí hacía él cuando puso pestillo, tenía miedo.
— ¡Déjame salir! —No quería llorar, mi labio inferior empezó a temblar y me abrace cuando sus brazos me encerraron entre la pared.
— No llores —una de sus manos me sostuvo el rostro, mientras se entretenía en despeinar mi cabello—. Solo intento cuidar de ti, pequeña. ¿Es tan difícil entenderlo?, en serio, no te das cuenta que te he querido siempre.
Su rostro se inclinó muy cerca al mío en un intento por besarme. Estaba ebrio, su aliento era evidente. Arrastró su nariz por mi cuello, olisqueando de forma repulsiva mi piel a la vez que emitía sucios gemidos. Intentó remover mi blusa y empezamos un nuevo forcejeo.
— Tuve que soportar tus estúpidas pláticas respecto a él. Fingir que me interesaba saber de tus decepciones. Porque estaba esperando una maldita oportunidad e incluso estaba dispuesto a adoptar a la hija de otro. Pero no, no pudiste fijarte en mí.
— Tú…, tú… estás con Rosalie ―dije un tanto sofocada, su cuerpo estaba casi encima de mí.
Sonrió con ironía, alejándose y dejándome respirar.
— Intenté despertar algo en ti. Hasta tuve la osadía de traerla a vivir conmigo a pesar de lo castrante que puede llegar a ser. Ni loco elegiría una mujer como ella, te puedo asegurar que su prima es mucho mejor. Tienes una gran competencia, Bella. Porque Kate es hermosa en todos los sentidos.
— ¡Lárgate!
— Siento no haber sido el elegido por Charlie. Al menos yo nunca te hubiese engañado con otra —caminó hacia mí y me sonrío antes de besarme rudamente; su beso era demandante y agresivo, intenté apartarlo sin conseguirlo cuando mis manos golpearon su pecho—, o quizá sí lo hubiera hecho, total de seguro a mí también me hubieses perdonado ―murmuró sobre mis labios.
― Sigues siendo la misma chica candente que descubrí.
Mi mano se estrelló con todo mi coraje sobre su mejilla.
― Te ofende la verdad, Bella. ―ironizó, con su mano sobre su enrojecida piel―. Edward debe pasarla muy bien contigo ―sus ojos me recorrieron de una forma sucia, haciéndome cubrir mi escote con mis manos.
― Eres un asco. En todo este tiempo fingiste ser mi amigo y nunca lo fuiste. No quiero que te vuelvas a acercar a mí, nunca más, te lo prohibo.
Él ladeó su cabeza sin dejar de mirarme de esa forma lasciva y repugnante.
— Bella… —la preocupada voz de Jenks se escuchó tras la puerta—. ¿Estás bien?
— ¡Abre la puerta , Bella! —pidió Jasper.
Más golpes en la puerta me pusieron nerviosa.
— Estoy bien —confirmé, quitando el seguro para dejarlos entrar.
— ¡¿Qué mierda te pasa, Emmett?! —Jenks fue el primero que entró para enfrentarlo.
— Solo hablamos ―gruñó, sin quitar su mirada de mí.
Oculté mi nerviosismo evadiendo miradas y acomodando mi despeinado cabello junto a la blusa que él había intentado descubrir de un hombro.
― ¡No mientas! ―chilló Jasper, tirando de la camisa de Emmett y azotandolo contra la pared, la cual se estremeció por el fuerte golpe―. ¿Qué le hiciste?
― ¿Estás bien? ―la pregunta de Tanya me hizo elevar mi vista. Su rostro preocupado me brindó una sonrisa tranquilizadora y comenzó a pasar sus suaves dedos por mi larga melena.
Jenks intervino para que Jasper no hiciera un escándalo.
― No le digas nada a Edward. Por favor, convence a Jasper para que no hable.
― Tranquila, Bella.
Mi súplica pasó a segundo término cuando Edward apareció por la puerta con una enorme sonrisa que rápidamente se desvaneció. Mi corazón retumbó con fuerza en mi pecho siendo presa de sus ojos, su fugaz escrutinio fue recompensada por una dura e inexplicable mirada.
No tuve oportunidad para detenerlo porque fue directo sobre Emmett, quise intervenir cuando los golpes iban de uno a otro. Nunca había visto a Edward lleno de tanta ira como ahora lucía su rostro. Tampoco sabía cuán agresivo podía ser cuando estaba furioso.
― ¡Saquen a este infeliz! ―ordenó Jenks a la seguridad, esto era un completo caos, con personas curiosas dentro y fuera de la oficina―. Lo quiero fuera, ¡ya!
― No es necesario ―dijo Emmett en un tono pasivo mientras un guardia lo obligaba a caminar fuera, su nariz sangraba y había manchado su camisa blanca―. Bella y yo solo la estábamos pasando bien cómo en los viejos tiempos, ¿verdad? ―su mirada y gesto burlón fueron de Edward a mí.
― Te mataré, infeliz... ―Edward se volvió a ir sobre él siendo detenido por Jasper y Jenks.
― No quiero que lo vuelvan a dejar entrar ―pedí a los de seguridad. Ellos asintieron llevándose a Emmett a trompicones.
Edward de inmediato me abrazó protectoramente sin dejar de besar mi cabeza y supe que todo estaba bien.
-0-
― ¿Estás enojado?
― No contigo, amor ―respondió Edward cuando aparcó frente a la casa, lo miré exhalar de forma ruda antes de concentrarse en mí―. Sí hubiese estado en la empresa no estuviera como estoy, tengo tanta rabia contra ése estúpido. No te imaginas todo lo que pasó por mi cabeza cuando te miré, allí, toda despeinada y con tu blusa a medio estrujar.
― No pienses más en él, no vale la pena ―quise restar importancia a lo sucedido cuando en realidad estaba aún conmocionada. Mi confianza había sido burlada por alguien que consideré amigo.
― Detesto que no nos dejen en paz.
Me acerqué a él y lo abrace por el cuello para evitar mirar su pómulo lastimado.
― Prometo que pediré una orden de restricción en su contra.
Jenks aconsejó pedir una orden de protección debido al acoso al cual me había sometido Emmett. Cerré mis ojos fuertemente al recordar que mi padre hizo lo mismo hace algunos años. Yo me enfade con él y le eché en cara que los besos entre nosotros fueron consecuentados por mí. Ahora lo pensaba bien y quizá Emmett siempre me manipuló para conseguir cuanto él deseaba de mí, y por su insistencia podía tener una idea que no era yo a quien él quería, sino el poder que tendría al estar conmigo.
― Vamos a casa ―pidió Edward con una leve sonrisa―. Necesito tener en mis brazos a mi hija y saber que todo está bien.
Acepté.
Tomé su mano y le sonreí al caminar a la entrada. Nos recibió un silencio diferente en un ambiente distinto al de todos los días. Sue nos miró con rostro preocupado y agachó su cabeza antes de poder preguntar qué ocurría.
Mi corazón palpitó con celeridad cuando el moisés de mi bebé se hallaba vacío. Solté la mano de Edward y empecé a caminar de prisa, mi intención era subir las escaleras, mas no fue necesario cuando descubrí quién sostenía a mi hija en brazos y le arrullaba con tanto amor.
― ¿Qué haces aquí? ―cuestione duramente.
No estaba preparada para volver a verle, no aún.
Hola! Estoy segura que saben de quién se trata, así que, continuaremos en el siguiente capítulo donde nos quedamos. Muchas gracias por sus comentarios a todas aquellas personas que siempre dejan algunas palabras por aquí, les aprecio sinceramente.
¡Gracias totales por leer!
