Vendetta (Greg Dombrowski)
¿Saben lo que les digo? Nunca me gustó América y en los días del One World Nation Movement me dio motivos de sobra para odiarlo aún más.
Yo estaba teniendo un día agradable en la playa. Los anteriores habían sido nefastos para mí, con toda aquella gente protestando. Me dolía la columna vertebral tanto que no pude moverme de la cama en días. Hice el esfuerzo de acercarme y darme un baño, esperando que me aliviara. ¡Vaya tontería! Yo mismo sabía que lo que sentía no lo arreglaba un bañito. Pero el jefe insistió, y yo no tenía otra cosa mejor que hacer que ver cómo todo se iba a pique. El caso es que me sentó bien, incluso me divertí un poco con el oleaje, cuando vi aparecer al gringo con su chaqueta de aviador y sus gafas de sol como si se creyera en Top Gun y me fastidió el buen humor.
— Qué calor hace aquí para ser diciembre, ¿no?—chilló desde la orilla.
Supuse que no me quedaba otra sino salir del agua y acercarme.
— ¿Qué has hecho esta vez, América?—le pregunté.
— ¿Cómo? ¿Uno no puede hacer una visitilla a un viejo amigo?
— Hace ya mucho tiempo que tú y yo no somos amigos, muchacho.
— Eso me duele, pero te perdono, porque me encanta venir a este sitio. Con su sol, sus playas...
Deslizó sus gafas por su nariz para poder mirar descaradamente a unas chicas en bikini que pasaban por allí.
— Y hay una cosilla que me gustaría comentarte.
— Espero que sea el atropello a México.
Aunque siguió sonriendo, creí haberle estropeado la fachada.
— Ah, ¿habéis estado en contacto últimamente?—preguntó con interés.
— Hemos celebrado una reunión en Latinoamérica—contesté mientras avanzaba hasta el lugar donde tenía mis cosas—, a propósito de tu entrada inesperada en territorio mexicano. ¿Otra de tus visitas sorpresa?
— Pues sí, de eso se trató.
— ¿Con aviones de combate y soldados?
Tomé mi toalla y me la pasé por encima.
— La insultaste, América. Dijiste que estabas seguro de que era un nido de revolucionarios.
— No le dije eso exactamente. Vamos.
— Le dijiste cosas tan feas que se echó a llorar.
— Tú y yo sabemos cómo de sensibles son las mujeres.
— ¿De verdad creías que si ella hubiera sospechado que tenía el movimiento en su casa no habría hecho lo necesario para detenerlo?
— No digo que México les esté protegiendo—respondió América mientras se quitaba las gafas—. Es solo que cuatro ojos ven más que dos.
— No te pidió tu ayuda. Lo que has hecho bien puede considerarse una invasión. Ya sabemos de sobra que prefieres pedir perdón a pedir permiso, pero en los tiempos que corren, creo que sería más sensato que, si tienes una sospecha, lo digas claramente, y dejes actuar a quien tiene que hacerlo.
América suspiró y golpeó suavemente las gafas contra la palma de su mano. Volvió la vista hacia mí y me dijo:
— Cuba...¿Has oído lo que le ocurrió a Polonia la noche pasada?
— Algo he oído.
— Pues ahora resulta que en Japón una periodista ha sido asesinada cuando se dedicaba a meter las narices en el One World Nation Movement. Un tiro por la espalda. Coincidirás conmigo en que es grave.
— Coincido. Pero no sé qué tiene que ver con tu visita a México y a mí.
— La gente paga impuestos. Y a cambio quiere que les demos la garantía de que no va a venir algún chiflado a quitarles el estilo de vida por el que sus padres se han dejado la vida. No digo que estéis de parte del movimiento. Faltaría más. Pero no estamos haciendo progresos. O bueno, sí, los estamos haciendo: cada día nos despertamos con la noticia de que una nueva nación está agonizando o que ya la ha palmado. Ya no podemos salir a la calle sin protección. Soy un firme defensor de eso de que la mejor defensa es un buen ataque. Yo no voy a esperar sentado a que vengan a por mí. Mira lo que le ocurrió a Suiza. Estaba tan preocupado por su hermanita Lit, Liech, Lat, como se diga, que no pensó en sí mismo y dejó que el movimiento se hiciera con su casa. ¿Y dónde está ahora? En la bolsa de la aspiradora de alguna señora de la limpieza. No es el momento de ser neutrales. Con cerrar los ojos y esperar a que pase el vendaval no se resuelven las cosas. Hay que combatir si queremos proteger a nuestra gente.
— ¿Proteger a nuestra gente? ¿O protegernos a nosotros mismos?
— ¿No viene a ser lo mismo?
— No.
— ...Ya. Supongo. Después de todo, tú...
— Cuidadito con tus próximas palabras—lo amenacé, señalándolo con un dedo.
Se me quedó mirando con una sonrisa. Una asquerosa sonrisa de superioridad.
— Te encanta hacerte el héroe, ¿verdad? Los Estados Unidos de América, nuestro salvador...
— Si resulta que los Estados Unidos de América es el único que tiene las pelotas de hacer algo, pues mira, no me disgusta.
— ¿Y cómo te alías con aquellos a los que hace dos días considerabas enemigos de la democracia?
Era mi turno de sonreír.
— Todo el mundo sabe que ahora tú, China y Rusia van por ahí como una pandilla feliz. Los super-amigos de la libertad. ¡Ja! ¿De veras crees que a esos dos les importa un bledo si el movimiento se carga a algún enemigo suyo? ¿Crees que no dejarán que te ocurra nada malo?
— Tenemos un objetivo en común y ejércitos bien formados. Juntos somos imparables.
Se me acercó tanto que pude contarle hasta las pecas. No le tuve miedo, pero cuando volvió a hablar no me gustó un pelo el tono con el que me habló.
— Así que supongo que te imaginarás lo que puede pasar si resulta que estás ocultándole algo al resto del mundo.
— Estás loco. Estás majara. ¡Lárgate de aquí!
— Sí, sí, por supuesto, lo haré, me iré...Cuando haya terminado de hacer algunas comprobaciones. Si no tienes nada que esconder, entonces no sé a qué viene tanto revuelo...
Dicho esto, se dio la vuelta para marcharse.
— ¡Nadie te dio derecho para hacerlo!
— Pero alguien tiene que hacerlo—respondió simplemente.
— ¡No se te ocurra darme la espalda, América!
— He estado siendo muy amable, Cuba. Te aprecio mucho y quiero verte feliz. Ahora, como descubra que has estado dejando que el movimiento operara en tus islitas...puede que se me olvide.
El muy maldito volvió a ponerse las gafas de sol y se alejó. A lo lejos vi un jeep militar que a simple vista no parecía de los nuestros que pasaba cerca de la playa.
Lo que nos relató México lo probé en mis propias carnes. América no dejó un rincón sin inspeccionar, edificio sin violar, autoridad sin ningunear. Incluso tuvo el coraje de entrar en mi propia residencia y buscar alguna especie de escondite. Instaló una base en La Habana. Detuvo a gente a la que hacía tiempo que buscaba. Hizo lo que le dio la gana y yo no pude ni protestar. Hubo condena internacional, pero fue como si le hubieran regañado a la pared.
Después de mí vino Brasil. Después de él, le tocó a Argentina. Luego a Bolivia. Chile. Colombia. Ecuador. No dejó títere con cabeza.
Lo peor vino cuando le tocó el turno a Canadá. Su propio hermano. Ahí si que se hizo evidente que ese hombre se había vuelto loco en nombre de la seguridad.
