Capítulo 23
La novia avanzaba demasiado rápido, casi arrastrando al abuelo. Don Juan trataba sin conseguirlo de hacer que aminorase el paso. El largo pasillo de la capilla del monasterio de Santa María la Real le parecía a ella la llegada al infierno. La habían engalanado con flores y guirnaldas. En los pasillos se habían colocado las alfombras de protocolo. Esas habían sido las dos semanas más largas de su vida.
Cada dos pasos, don Juan se paraba un instante para tratar de serenarla, pero Candy seguía tan furiosa que solamente pretendía que terminase cuanto antes la fatídica ceremonia. Hoy se casaría con el salvaje, hoy entregaría las riendas de su vida a un escocés. La reina Leonor había resultado implacable en su decisión.
Candy se había negado en redondo a mantener una conversación con su futuro esposo antes de los esponsales; había dejado claro que solamente se verían delante del altar mayor. Candy sentía como si todos hubiesen conspirado para atarla a un demonio que se la comería viva a la menor oportunidad. No estaba siendo justa, pero no sabía cómo desprenderse de la sensación de impotencia que la acompañaba.
Don Juan vestía traje oficial de ceremonia. Llevaba sujeto por una cadena de oro que le rodeaba el cuello el emblema familiar, el blasón de Verdial, compuesto por un castillo y dos rosas. El vestido de gala de Candy estaba tejido en seda y guadamecí entretejido con oro y plata. La cola estaba fijada a los hombros y caía hasta un total de dos metros, así como el amplio velo que cubría su melena. Nadie que la viese dudaría del linaje y la fortuna que la respaldaba.
La reina, desde su aventajada posición, miraba a la novia con cierta satisfacción. Había conseguido arrastrar a su madre Leonor desde Inglaterra a los esponsales con la excusa de decidir los destinos de las nietas, Urraca y Blanca, dos de sus hijas.
Excusa válida que le había dado la oportunidad de que asistiera al enlace. La reina inglesa mostraba un rictus en sus ojos de complacencia y Leonor sentía que tenía una conversación pendiente con su madre en cuanto el rito religioso finalizase.
Debía dejar establecidos algunos acuerdos y pactos; algunas advertencias también.
Albert sentía las piernas con cierta debilidad e intentaba ignorar el cosquilleo en su estómago. La visión de la novia acercándose tan decidida a él consiguió arrancarle una mueca que no se convirtió en sonrisa: más parecía que iba al encuentro de una guerra que a unirse con su futuro esposo. A pesar del velo que la cubría, algo insólito en una ceremonia, atisbó la rebeldía de sus ojos. Tenía una dura lucha por delante pero no iba a desaprovechar una oportunidad de oro de ganarse el afecto de ella. Sus demonios interiores lo habían acosado hasta en sueños. Sabía que ella le haría pagar cara la osadía de pretender su mano, aunque ignoraba los acontecimientos que la habían acercado a él de forma definitiva y absoluta.
Ya era un hecho: la pequeña heredera se había desposado con el guerrero. Albert estaba recibiendo las felicitaciones de varios nobles mientras su dulce esposa recibía las atenciones de la reina y de la madre de ésta. Candy tenía el rostro demasiado severo e incómodo. Ignoraba lo que le estaba diciendo Leonor de Aquitania, pero por el gesto intranquilo de ella no debía gustarle en absoluto. Las tres mujeres se encontraban justo en la esquina de la inmensa sala, custodiadas por la tranquilidad que les otorgaba ese lugar en concreto; sus palabras no podían ser escuchadas.
Miró un momento al conde, que lo escudriñaba con ojos de lobo al acecho; sabía que había sido el hueso más duro de roer. La negativa del conde había sido categórica, pero Leonor se había posicionado en su sitio y, con las palabras más regias que contenía en su amplio vocabulario, había doblegado al anciano hasta alcanzar su consentimiento.
Robert había resultado, sorpresivamente, el más fácil de convencer. Albert ignoraba el poder que tenía la reina sobre sus cortesanos, pero era del todo indudable que se hacía respetar y oír por encima del griterío. Las tres mujeres desaparecieron por la puerta que dividía la sala de audiencias con la capilla.
Robert se acercaba a ofrecerle más una advertencia que una felicitación, Albert sabía lo que pretendía el noble y se dispuso a complacerlo.
Candy no entendía la solicitud de la reina a una conversación privada con ella estando su madre, la reina inglesa, presente. Se sentía incómoda por el escrutinio al que la sometía la anciana de ojos duros y sonrisa cínica, aunque seguía teniendo un porte regio. Estaba deseando que acabase el aciago día de sus esponsales. Estaba despechada y dolida. Albert no tenía que mostrarse tan satisfecho, pues su complacencia le irritaba los nervios y hacía que el vello de sus brazos se crispase como puntas afiladas.
—Eres demasiado pequeña para soportar tan grande peso.
Candy no tenía modo de saber si la madre de la reina se refería a su condado o a su gigante esposo.
—Las agujas son pequeñas, cierto, pero son difíciles de doblar —Candy mostró su insolencia al responderle en latín y no en francés, como había comenzado ella.
—Deberías responderme en mi lengua.
La amonestación le hizo levantar la barbilla orgullosa y endurecer el mentón.
—Estamos en Castilla, seño—Candy obvió el título real a conciencia—. Aquí, se suele mostrar respeto usando nuestra lengua cuando nos visitan extranjeros.
Leonor jadeó ante el insulto de su cortesana, pero su madre tenía un extraño brillo en sus ojos.
—Nunca volváis a omitir mi título cuando me respondáis, jovencita.
—No puedo llamaros majestad delante de mi reina; sería un insulto imperdonable a nuestra soberana.
Leonor contuvo el aliento, ni ella misma habría osado contestar tan descaradamente a su madre.
Candy había levantado la cabeza con soberbia y miraba sin un parpadeo a la reina madre.
—Espero que os sobre el mismo valor esta noche.
Candy se atragantó violentamente. Se tomó las palabras como un insulto.
—¡Por mucho menos se ha comenzado una guerra y lo sabéis!
Leonor no sabía de qué forma parar los embates antagónicos de ambas mujeres. La tensión en la estancia podía cortarse con un cuchillo. Ella no podía respirar por el asombro. Su madre y Candy se miraban con ojos defensivos, pero era la primera vez que una mujer no se amedrentaba ante la dura mirada de su madre.
—¡En una guerra os comería viva, no os quepa la menor duda!
Candy hizo una inspiración honda para asimilar las desagradables palabras. Escapaba a su comprensión el ataque directo de la madre de su reina. Suspiró un momento antes de poder contestarle con toda su altivez castellana.
—Os faltarían las agallas necesarias para ello, señora.
Candy no esperó una contestación. Hizo una profunda reverencia y dejó a ambas mujeres con la boca abierta. Estaba tan furiosa como desconcertada. Nada más cruzar la puerta que la devolvía a la capilla, Leonor de Aquitania soltó una estruendosa carcajada.
Seguía mirando la puerta cerrada cuando exclamó:
—¡Qué reina va a perderse Inglaterra!
—¡Madre!... Las paredes pueden oír.
Leonor miró a su hija con dureza.
—¡Debías dármela a mí! ¿Cómo te has atrevido a casarla con nadie?
Leonor se encogió por las duras palabras.
—Sir Albert es nieto de Roberto Andrew —la madre agrandó los ojos—, bisnieto de mi abuelo Enrique por la rama bastarda. Ella no sabe que se ha casado con un Plantagenet. Con este matrimonio la he protegido de por vida.
Leonor se encaró con su hija.
—¡Yo nunca le haría daño a mi nieta!
Leonor miró a su madre con tristeza.
—Necesito vuestra promesa de silencio, madre.
—No puedes pedirme algo así...
—Puedo y lo hago, madre.
—Si hago una promesa, me veré obligada a cumplirla.
La terquedad de la madre le arrancó una sonrisa de afecto a la hija.
—Deseo proteger a Candy.
—¿Cómo la protegerás? ¿Por qué has pensado en él?
—Porque la ama y yo necesitaba un hombre lo suficientemente enamorado como para tentarlo a darle su protección incondicional y altruista.
—Los hombres se compran y se venden continuamente.
Leonor negó con la cabeza.
—Éste no se venderá.
La madre se molestó por la defensa que hacía su hija.
—¿Sabe quién es el padre de ella?
Leonor volvió a negar con la cabeza.
—Solo lo saben las personas imprescindibles: Robert Martel, el conde de Verdial y mi esposo don Alfonso.
Leonor de Aquitania bufó violentamente.
—Puestos así, podías proclamarlo a los cuatro vientos. Es increíble que Ricardo no se haya enterado todavía.
—Y no debe enterarse jamás, madre; hice una promesa a Robert Martel y debo hacer honor a ella.
La súplica de Leonor le hizo fruncir el ceño a la madre.
—¿Por qué Martel acudió a ti?
—Por las pretensiones de mi hermano Juan. Temió por la vida de Candy y creyendo que podía morir asesinada me arrancó una promesa de protección. Cuando me mostró las pruebas que demostraban que Candy es realmente la hija de mi hermano Ricardo, no pude negarme. Sé cómo conspira Juan para acceder a un trono que no le pertenece; sus métodos me parecen censurables y repulsivos.
—Aún me cuesta creer que la heredera castellana...
Leonor no dejó terminar a su madre.
—Los torneos son así, los hombres aprovechan para presumir en demasía, beber hasta reventar y fornicar hasta perder el sentido.
—Me parece increíble que Ricardo... —Leonor apretó los labios.
—Tenía dieciocho años, madre, y se emborrachó; todos se emborrachaban después de los juegos, incluso mi marido don Alfonso. Blanca se aprovechó de la embriaguez para llevar a cabo su plan.
—Fue una mujer muy lista. Puso su mira bien alta.
Leonor negó con la cabeza.
—Blanca creyó sinceramente que entraba a la tienda de Guillermo. El destino le jugó una mala pasada pues no tenía modo de saber que Guillermo había terminado inconsciente de vino en la tienda de mi hermano. Ricardo se fue a la suya; eran las dos únicas tiendas que estaban levantadas en la orilla del río.
Ambas mantuvieron un momento en silencio.
—Debo pediros un favor —Leonor de Aquitania le prestó toda la atención.
—Don Juan no podrá hacerle daño o se enfrentará a una guerra con los reyes hispanos.
—¿Dudas de mi capacidad para controlar a mi hijo? —la mirada elocuente de la reina castellana molestó a la inglesa, que se irguió—. ¡Yo le hubiese conseguido una corona!
Leonor casi se arrepentía de haberse sincerado con su madre, pero necesitaba su apoyo.
—Candy es heredera de una corona, madre, excepto que no lo sabrá nunca.
—¡Dame las cartas y el anillo!
Leonor negó con la cabeza.
—Si lo hiciera, haríais anular los esponsales y se la entregaríais al mejor postor. Debo evitar que cometáis una estupidez que nos empuje después a corregir decisiones equivocadas.
—¿Qué harás con las cartas y el sello?
—Seguirán a buen recaudo. Y una advertencia, madre: si le ocurriese algo a Candy o alguno de sus descendientes ...
Leonor entendió la amenaza velada de su hija. Qué trabajo había hecho el rey castellano con ella. La tímida florecilla que apenas se atrevía a hablar, había madurado en todo su esplendor.
—Tiene un carácter endiablado, como el mío.
El orgullo en la voz la desconcertó.
—Madre, ni se imagina cuánto.
—Y pensar que tu hermano Juan se ha vuelto loco buscando la carta y el anillo—calló un momento—. Y resulta que lo tenías tú.
—Robert Martel es un hombre inteligente; me hizo un honor al acudir a mí y no a su rey.
—¿Eres consciente de la responsabilidad que has adquirido al hacer una promesa de tal magnitud?
Leonor asintió con solemnidad.
—Robert Martel fue muy listo, madre. Me arrancó la promesa antes de revelármelo todo.
—O muy estúpido.
Candy no volvió a la sala de recepción donde estaban todos esperando. Regresaron ambas Leonores y se mezclaron con la nobleza castellana. Albert sentía los nervios en tensión porque ignoraba dónde se encontraba su dama y qué hacía. No podía sentirse ofendido. La dama castellana ya era suya, se había unido con un lazo a él para siempre, y debía admitir que sentía un júbilo poco cristiano.
Vio a un lacayo dirigirse al conde y entregarle una misiva que don Juan leyó con prontitud. Alzó una ceja interrogante y buscó con la mirada hasta dar con él, le hizo un gesto con la cabeza para que se acercase. Albert lo hizo con celeridad.
El conde le pasó la misiva con cierta vacilación. Albert sabía lo que se iba a encontrar.
Abuelo, ha surgido un problema en Verdial que requiere mi inmediata presencia. Como no deseo estropear completamente el día, o perturbaros con nuevas preocupaciones, os dejo esta nota, hacedle saber a sir Albert que no podré reunirme con él.
María.
—Creo que sabéis lo que debéis de hacer —Albert asintió con la cabeza—. Mi nieta es una mujer voluntariosa, pero debéis de establecer unas pautas necesarias que le indiquen a quién debe obediencia ahora—Albert miró sorpresivamente al anciano que con sus palabras le estaba dando su apoyo incondicional—. He cedido a los esponsales porque la amo demasiado. Es lo único que me queda en este mundo.
Albert compadeció al anciano, porque entendía perfectamente esa sensación de pérdida.
—Mis sentimientos por ella son muy profundos. A veces incluso me asustan y me siento tan feliz que parezco un niño pequeño con un regalo que le queda muy grande.
Don Juan lo escudriñó a conciencia antes de añadir:
—La reina fue muy insistente y persuasiva para hacerme cambiar de opinión —Albert miró al anciano con cierta vacilación—, pero no soy fácil de convencer ni manipular como mi yerno Robert. Vigilaré vuestras espaldas de continuo y espero que nunca me deis motivos que me induzcan a lamentar la decisión de confiaros a mi nieta.
—¡Juro que no lo lamentaréis!
—Robert y yo tenemos mucho trabajo que hacer en Luna. Confío que a mi regreso a Verdial María habrá aceptado el lugar que le corresponde como señora y esposa.
—He jurado protegerla y cuidarla hasta mi último aliento.
Don Juan miró al hombre fuerte y decidido que había zarandeado dos reinos para llegar hasta ella.
—Si no fuese así, ya estaríais muerto, muchacho.
Tras esas enigmáticas palabras, Juan se volvió dándole la oportunidad de escabullirse sin que nadie se percatase todavía de que el novio se marchaba en busca de la desaparecida novia.
CONTINUARA
