MUERTE
HARRY POTTER
Mayo de 1998
—Pero, ¿usted quiere que vuelva?
Harry mira a Dumbledore esperando el consejo adecuado, como siempre. Su rostro, níveo, prácticamente cristalino, cuadra a la perfección con la atmósfera pegajosa del resto de la falsa estación. Los labios del antiguo director de Hogwarts se despegan, pero su voz es interrumpida por un extrañamente silencioso tren, también de color blanco.
El vehículo se para y Harry roza con la yema de los dedos el picaporte del vagón que se ha postrado delante de sus ojos. Dumbledore esboza una sonrisa, después posa su arrugada mano sobre el hombro del muchacho.
—Veo que has tomado tu decisión.
—¿Es la correcta? —inquiere, dubitativo.
—Es la única posible.
Con determinación, Harry abre la puerta. Recorre, como tantas otras veces ha hecho, los estrechos pasillos del tren y entra en el primer compartimento vacío. Se sienta al lado de la ventana y se acurruca contra el tacto aterciopelado del asiento.
El traqueteo del tren le acuna hasta quedarse completamente dormido.
A pesar de su juventud, Harry recibió a la Muerte como una vieja amiga y, como iguales, ambos se alejaron de la vida.
