Hetalia no me pertenece, este es de su respectivo creador.

Antes que nada, quisiera agradecer profundamente a quienes han leído cada capítulo de este fantabuloso fic.

Han sido tres años estresantes pero también muy satisfactorios.

De todo corazón gracias a quienes con su ayuda, esta historia fue posible de realizar.

Ustedes saben quienes son.

Sin más preámbulo, he aquí el capítulo más esperado por toda Latinoamérica unida xD.

El título del capítulo corresponde a la canción homónima de Jimmy Durante.


En mis sueños más inquietos la veo.

Los negocios me cierran las puertas, dicen que no tengo experiencia, que no tengo el nivel educativo que requieren. Dan excusas, me miran con hipocresía, la falsa empatía le sale por los poros.

Pero me obligo a sonreír.

Tacho una y otra vez anuncios en el periódico. Distinguiendo los que son reales y las que son trampas de proxenetas para conseguir prostitutas.

Aunque, a decir verdad, a estas alturas ya no me importaría. Mamá ya no está, Scott se encargó de ello. Me ha quitado a mi madre pero la gente no me creerá que el tuvo la culpa.

No me oyeron antes, no me escucharan ahora.

El me ha hecho tanto daño. Llevo la prueba en el vientre, en unos meses ya no tendrá sentido esta búsqueda. Ya no me dejara salir y tendré el lugar que el siempre quiso.

Ya no tendrá sentido nada.

Vuelvo a pasar por el pub, admiro los escaparates. El anuncio que reza el nombre del establecimiento.

"St George and Dragons".

Observo la vida fluyendo en ese lugar.

A los meseros, al castaño y el que tiene el cabello platinado.

El particular motero pelirrojo que ríe estruendosamente, alternado las risotadas con sorbos de Coca-Cola.

Me he imaginado tantas cosas, tantas aventuras en donde me siento amada y querida por ellos.

Es entonces cuando siento su mirada. El hombre tras la barra me observa, toma su celular y se que es momento de irme.

Ya ha llamado a la policía antes y no lo culpo. La última vez en mi desesperación causada por su negativa a darme un trabajo fue tan grande que comencé a gritar como loca. Recuerdo que su mujer me miró con una extraña mezcla de miedo y lástima mientras se apartaba hacia un lugar seguro, con su bebé de cabello rubio y ojos verdes en brazos.

Me alejo de la vitrina y comienzo a caminar.

Siento que lo que tengo en el vientre da vueltas tratando de acomodarse. El cielo está gris. Cae un rayo que en segundos posteriores es acompañado de un trueno. Después le siguen más rayos seguidos de estruendos y finalmente rompe a llover.

La lluvia helada se cuela por mi espalda, empapando mi ropa, mi cuerpo maltrecho. El agua esconde mis lágrimas mientras que los truenos se encargan de ahogar mi llanto.

Sigo caminando por la acera, y a pesar de ello, me obligo a sonreír. Después de todo, incluso en mis circunstancias, aún puedo vivir mil vidas.

Y puedo jurar que en una de ellas soy la última francesa feliz.


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