A pesar de los temores de Hermione el regreso a las clases transcurrió con normalidad, en parte gracias a tener a su lado a sus dos amigos. Era verdad que sus compañeros seguían mirándola como si fuese un bicho raro pero el verse arropada por Harry y Ron hacia que no le diese tanta importancia.
— Y algunos piensan que eres un vampiro — Comentó Ron con voz grave mientras abría la boca hasta enseñar los colmillos.
El chico intentaba dar miedo con esa mueca pero Hermione rompió a carcajadas al verlo. Era una de tantas teorías disparatadas que circulaba sobre ella. Entre risas los tres tomaron asiento en la mesa de Gryffindor del Gran Comedor. Se encontraban en la hora asignada para el almuerzo, eso significaba que sólo les quedaban un par de horas lectivas para poder disfrutar de su ansiado tiempo libre.
Delante de ellos apareció la comida en un abrir y cerrar de ojos, la cual se asemejaba a un gran banquete tanto por la presentación como por la cantidad. Las pupilas de Ronald se dilataron al contemplar los manjares que yacían delante de él.
— Supongo que mis ojeras y mi falta de apetito avivó el rumor de que me había convertido en una criatura de la noche — Comentó Hermione mientras se servía una porción de rosbif.
— Pero veo que ya estás mejor — Añadió Harry al ver como la joven añadía a su plato un par de budín de Yorkshire para acompañar a la carne.
— Tras el extraño desmayo las cosas han cambiado, es como si algo se hubiese liberado en mi interior — Las palabras de la joven resultaban un misterio para los chicos — Ahora me encuentro mucho mejor.
En ese momento un elfo domestico se acercó a ellos por el pasillo que se formaba entre las mesas de las casa.
— Señor Potter, señorita Granger — Les llamó con voz aguda al llegar al sitio que ocupaban Harry y Hermione.
Los dos se giraron hacia él descubriendo que portaba dos sobres con sus nombres escritos. Inmediatamente el pequeño ser se los tendió.
— Gracias — Dijo Hermione dedicándole una sonrisa.
El elfo se alejó con velocidad pues ya había cumplido la misión que le habían encomendado.
Granger y Potter abrieron sus respectivos sobres a la vez. Las dos notas habían sido escritas por Dumbledore, en la de Harry el director le convocaba a otra de sus reuniones tras finalizar las clases de ese día. El chico se sentía expectante por lo que en ella descubriría, pensaba que cada vez estaba más cerca de obtener la información que necesitaba para derrotar a Voldemort.
Hermione por su parte leyó la hoja que tenía entre las manos para sí.
"Hoy dan comienzo sus clases particulares con el profesor Snape. Diríjase a su despacho al finalizar el horario escolar. Albus Dumbledore"
Había olvidado que sus lecciones de Oclumancia empezarían ese mismo día. Sintió como los nervios se alojaban en su estomago cerrándolo de tal manera que dudaba que pudiese acabarse toda la comida que acababa de servirse. Su mirada se dirigió de manera automática a la mesa principal que presidia la sala, en ella los profesores y trabajadores del colegio estaban almorzando con total tranquilidad. Observó como Severus hablaba con la profesora Charity de forma animada, era curioso ver como el jefe de casa de los Slytherin se llevaba bien con la profesora encargada de los estudios muggles en Hogwarts. Había juzgado mal a ese hombre de igual manera que él lo había hecho con ella. ¿Por qué habían llegado a existir tantos prejuicios entre ambos?
— ¿Esas cartas significan lo que pienso? — Preguntó Weasley obligando a salir de sus pensamientos a ambos.
Los dos afirmaron con la cabeza sabiendo que Ron había adivinado que los habían convocado al acabar las clases.
— Estupendo — Comentó con ironía sintiéndose excluido como otras tantas veces.
El pelirrojo volvió a poner su atención en la comida, por lo menos ella nunca lo abandonaría.
Tras el almuerzo y las clases cada uno debía tomar caminos diferentes. Harry se dirigió al despacho de Dumbledore con rapidez, quería aprovechar cada minuto que el director estuviese dispuesto a dedicarle.
— ¿Y tú que harás? — Preguntó Hermione al verse a solas con Ron, a diferencia de Potter ella no tenía demasiada prisa por encontrarse con su nuevo mentor.
Los dos permanecían en uno de los pasillos mientras los alumnos se dispersaban dirigiéndose a diferentes lugares del castillo. Algunos pasarían su tiempo en sus salas comunes relacionándose con los miembros de su casa, otros harían sus tareas en la biblioteca o estudiarían para sus TIMO's o ÉXTAXIS y los más valientes saldrían al exterior para hacer alguna actividad al aire libre. El frío aun limitaba tales prácticas pero los entrenamientos de Quidditch comenzaban a reanudarse.
— Iré a ver que hace Lav — Comentó Ron con naturalidad.
Hermione se sintió estúpida por la pregunta, era normal que pasase su tiempo libre con la que era su novia.
— Claro, que tonta — Respondió obligándose a sonreír — No había pensado en ella.
Una risa nerviosa se escapó de los labios de la chica.
— Como hoy no la he visto contigo pensé que... bueno, no sabía si habíais discutido — Prosiguió Granger tratando de obtener más información sobre el estado en el que se encontraba la relación de pareja de los adolescentes.
— No, estamos bien. Sólo... — Ronald se detuvo intentando elegir las palabras adecuadas, no quería volver a discutir con su amiga — Lavender pensó que sería mejor alejarse hoy para que pasases el día con nosotros. Sabe que sigues enfadada con ella pero está muy arrepentida por lo que pasó.
El recuerdo de su traición volvió a golpear a Hermione, jamás le había dolido tanto una acusación. A pesar de todo había considerado a esa chica como una amiga. Eran compañeras desde el primer año por lo que no podía evitar tenerle cierto cariño a pesar de que en muchas ocasiones la sacase de quicio. La mirada de su amigo estaba llena de tristeza, se notaba cuanto le dolía tener que posicionarse en ese asunto. Ahora se daba cuenta de que no debía hacerle elegir entre el amor y la amistad.
— Hablaré con ella ésta noche — Prometió Granger al notar la angustia que el muchacho sentía.
De manera espontanea Ronald la abrazó tras escuchar eso. Su cuerpo le dio la calidez que Hermione necesitaba, respiró su aroma y cerró los ojos disfrutando del momento. Sin duda su amistad valía la pena, solamente debía aprender a gestionar sus emociones para no dañar a ninguno de sus amigos.
— ¡Te quiero Herm! — Exclamó el pelirrojo feliz con la idea de una posible reconciliación entre ambas chicas.
— Yo también Ronald — Murmuró conteniendo las lagrimas pues con dolor se daba cuenta de que esas palabras no significaban lo mismo para ambos.
Lavender acababa de acceder al pasillo encontrándose con los dos amigos fundidos en un cariñoso abrazo. Sólo alcanzó a escuchar la declaración de amor que Ron acababa de hacerle a Hermione. Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista, siempre había temido que eso sucediese, que Ronald prefiriese a Granger a ella. Sintiéndose terriblemente herida abandonó el lugar sin que ninguno de los dos llegase a percatarse de su presencia.
— Bueno, tengo que irme — Dijo Hermione mientras se separaba de Ron forzando de nuevo una sonrisa.
La chica se perdió por el pasillo mientras el pelirrojo la despedía con la mano. Weasley estaba eufórico, por fin había arreglado las cosas con su amiga y estaba decidido a no dejar que nada volviese a separarles.
Para Hermione bajar a las mazmorras nunca le resultaba agradable, hasta el momento sólo debía adentrarse en ese inhóspito lugar cuando asistía a Pociones pero para su desgracia las lecciones particulares de Oclumancia se las impartiría Snape en su despacho personal. Aunque ella prefería la oficina anexa a la clase de DCAO ya que la torre Magnus era menos tétrica que esos fríos calabozos. Por suerte en su camino no se encontró con demasiados Slytherin, sin la compañía de Harry y Ron volvía a sentirse vulnerable ante sus compañeros. Antes de lo esperado se encontró delante de la puerta del profesor Snape, probablemente porque casi había trotado por esos oscuros pasillos deseando inconscientemente escapar de ellos. La puerta de madera se erguía ante ella recordándole la última vez que había visitado dicho lugar. Fue el día en que cedió al llanto ante Severus, tras el dichoso duelo que había desencadenado los acontecimientos que la traían de vuelta a ese sitio. Sin querer pensar demasiado en todo eso tocó el portón con suavidad deseando que su profesor la hiciese pasar con prontitud, no quería que nadie descubriera que se hallaba allí de nuevo.
La puerta se abrió sin oírse ninguna respuesta, Granger accedió al despacho el cual se encontraba en penumbra. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la falta de luz y cuando finalmente lo hicieron divisó la silueta de Snape, el cual se encontraba de espaldas a ella. Se percató de lo diferente que parecía ese lugar desde la última vez que lo visitó. En esa ocasión la chimenea de la oficina yacía encendida dándole un toque de calidez al pequeño museo de los horrores que era el despacho de Snape. Ahora en cambio todo permanecía en oscuridad y el frio era más intenso, como si Severus no tuviese ningún interés en que Hermione se sintiese cómoda entre esas paredes.
— No la he citado para tomar el té señorita Granger — Murmuró con su voz grave sin darse la vuelta para dirigirse a ella.
— ¿Ha leído mi mente? — Preguntó la chica sintiéndose violentada por la posibilidad de que todo lo que sintiese o pensase quedase expuesto ante ese hombre.
— Este lugar no tiene por que gustarle ni tan siquiera sentirse acogida en él — Prosiguió mientras por fin se giraba para mirarla directamente.
Hermione seguía pareciendo una simple niña a sus ojos, le era imposible no considerarla así después de haber pasado tantos años en sus roles de profesor y alumna. Sobre todo verla portando el uniforme escolar le molestaba, como si ese atuendo le recordase lo inapropiado que era que la desease en secreto.
— ¿Por qué no me duele la cabeza si ha leído mi mente? — Demandó la joven al ver que no notaba las mismas molestias que cuando otro había accedido a sus pensamientos.
— Porque yo sé hacerlo — Comentó con superioridad mientras caminaba hasta encontrarse enfrente de ella.
Con decisión sostuvo la barbilla de la joven obligándola a que lo mirase a los ojos. En ese momento Hermione sintió una punzada muy familiar dentro de su cabeza. Acto seguido se separó de él mientras se tocaba la sien derecha y cerraba los ojos esperando que el dolor se disipase.
— Aquí tiene su primera lección, el contacto visual facilita la lectura pero es más doloroso para el sujeto — Explicó con frialdad, como si no le importase el haberle provocado daño — Tome asiento.
El profesor señaló una angosta silla de madera que se encontraba apoyada en una de las paredes. La chica obedeció y se sentó en ella notando que era tan incómoda como parecía. Sin poder evitarlo miró hacia la zona de los sillones, donde la última vez ambos se habían sentado para hablar tras el duelo con Draco. Aunque pareciese mentira echó de menos esa reunión, tenía la sensación de que esas clases serían mucho peores que el interrogatorio al que la sometió en aquella ocasión.
— Comenzaré explicándole porque debemos permanecer prácticamente a oscuras, veo que no le gusta la ausencia de luz — Las palabras de Severus sonaban tan calmadas que parecía que se encontraban en mitad de una de sus clases de DCAO — La excesiva claridad le dificultaría la concentración, cuanto menores sean los estímulos exteriores le será más fácil practicar la Oclumancia. Debe dominar a la perfección su mente y sentimientos para lograr cerrarse ante un ataque de Legeremancia.
Hermione asintió pues tenía sentido lo que su profesor le explicaba. Al ver que su alumna le prestaba total atención el hombre sacó su varita pues debían de comenzar cuanto antes.
— La legeremancia puede usarse con varita o sin ella si el mago es realmente diestro en ese arte. Debe identificar el rastro que deja en su mente para sellarla en cuanto note que alguien accede a sus recuerdos, pensamientos o sentimientos — Informó Severus.
— ¿Cómo lo notaré? — Preguntó Granger.
— Solamente con la práctica lo identificará así que voy a tener que introducirme en su mente en repetidas ocasiones — Dijo aparentando que ese hecho carecía de importancia para él.
Hermione le dedicó una mirada de desaprobación. A nadie le gustaría que fisgoneasen dentro de su cabeza con total libertad así que la chica no se sentía cómoda con la idea de quedar expuesta de esa manera.
— Tranquila, le doy mi palabra de que no usaré la Legeremancia fuera de las sesiones de práctica — Se comprometió Severus dejando claro que ante todo era un caballero y por tanto intentaría respetar lo máximo posible la intimidad de su alumna — Lo que vea durante las lecciones no saldrá de estas cuatro paredes.
— ¿Guardará mis secretos? — La pregunta salió de los labios de la joven con un ligero temblor en la voz.
Jamás habría pensado que el temido profesor acabaría siendo la persona que mejor la conociese.
— Como si fuesen un tesoro — Sus entonación cambió, sonando de forma más cálida. No era la primera vez que modulaba su voz para conseguir algo de la joven.
Hermione sonrió para sí al darse cuenta de ese ligero matiz en la forma de dirigirse a ella.
— Pues empecemos — Dijo Granger con resolución.
— Legeremens — Conjuró el mago apuntando con su varita a la chica, la cual se encontraba sentada a un par de metros de distancia.
Todo se volvió confuso en la mente de Hermione. Los recuerdos y sentimientos que llegaban con ellos se mezclaban a gran velocidad. Tras unos segundos Snape detuvo el hechizo. La muchacha jadeó por la intensidad de lo que había experimentado.
— Si se usa la varita es más fácil llegar a los recuerdos aunque desaparece el anonimato de quien usa el conjuro — Explicó mientras observaba la agitada respiración de su alumna.
— Ya veo... — Hermione sacudió la cabeza haciendo que sus rizos se moviesen delante de su rostro — Estoy bien, sigamos.
Snape volvió a repetir el hechizo varias veces, dejando una breve pausa entre cada sesión para que la chica descansase. Por el momento era incapaz de ver el dichoso rastro que Severus le pedía que buscase.
— Cada persona nota algo diferente — Respondió ante la desesperación que mostraba su alumna por no hallar nada — Una corriente de aire, la sensación de que alguien lo está vigilando... Es la forma en la que tu mente se protege, avisándote de que están escarbando en tu subconsciente. Cada mago o bruja lo percibe de diferente modo.
Hermione se secó el sudor con el dorso de su mano. El cabello comenzaba a humedecérsele por la zona de la nuca así que se lo recogió de manera informal. Los mechones que quedaban libres enmarcaban su rostro haciéndole parecer mayor. Ya no sentía frío, ahora agradecía que la chimenea no estuviese encendida. Se desabrochó un par de botones de su camisa blanca intentando desprenderse del calor que sentía por su cuerpo, gesto que no pasó desapercibido para Severus. La clase comenzaba a ser extenuante para ella, no había contado con el desgaste físico que acarreaban las sucesivas sesiones. Además estaba perdiendo la noción del tiempo pues cada incursión en su mente la percibía de forma diferente. De igual manera a cuando nos hallamos soñando la chica no podía determinar cuánto tiempo pasaba su profesor sumergido en sus recuerdos.
— ¿Necesita un descanso? — Preguntó Snape evitando mirarla directamente, el verla de esa manera estaba logrando excitarle.
— No, estoy bien. Sigamos — Respondió demostrando lo tozuda que podía llegar a ser.
— No quiero tener que llevarla a la enfermería, si vuelvo a aparecer con usted inconsciente tengo por seguro que Madame Pomfrey me hechizará — Severus se acercó para examinarla mejor ya que su estado de salud le preocupaba más que los pensamientos pecaminosos que pudiese despertar en él.
Ese comentario sorprendió a Hermione pues pensaba que fue Malfoy quien se ocupó de ella tras su desmayo. Saber que su profesor la cuidó cuando más lo necesitaba logró enternecerla.
— A penas llevamos una hora, ¿cree que podrá aguantar un poco más? — Sabía que no debía forzar a la chica pero tenía la sensación de que Granger no tardaría en encontrar la manera de sellar su mente.
— Podré — La decidida sonrisa de Hermione lo desarmó de nuevo.
El hombre volvió a su posición y conjuró de nuevo el hechizo.
Esta vez fue diferente, Snape no viajó a los recuerdos de la niñez de Hermione. Se había aburrido de ver la perfecta familia muggle que eran los Granger así que se centró en la relación que la joven mantenía con el menor de los Weasley. Así fue como descubrió que desde hacía años el corazón de la muchacha pertenecía al pelirrojo. Cada momento juntos, cada discusión, cada abrazo... Sus intensos sentimientos se asemejaban tanto a los que él mismo había sentido por Lily que no pudo evitar sentirse identificado con ella. Después llegó el dolor, los celos y la rabia. La relación que Ron mantenía con su compañera Lavender sacaba lo peor de Hermione. Tras llegar a ese punto sintió como la joven lo expulsaba de allí. Por primera vez estaba logrando controlar las emociones hasta que su mente se mantuvo en blanco obligándole a finalizar el hechizo.
— Lo ha conseguido, ha logrado expulsarme — Le confirmó él sintiéndose orgulloso de ella.
Había sido la primera en hacerlo en tan poco tiempo. Incluso Draco necesitó varias clases y con Harry se dio por vencido cuando el niño entró en su mente utilizando el contra hechizo de "Protego".
La joven lo miró visiblemente sonrojada.
— Eso era íntimo — Murmuró incomoda por saber que todos esos sentimientos habían quedado expuestos a los ojos de su profesor.
— No debe avergonzarse, le he dicho que no diré nada — Intentó tranquilizarla su mentor.
— Sé que no lo hará pero... no quería que usted lo viese — La sinceridad de la muchacha pasmó a Snape.
¿Por qué le importaba lo que pensase él sobre sus sentimientos románticos hacia otro joven? Era normal que experimentase algo así por alguno de sus compañeros, casi todos los adolescentes vivían intensos enamoramientos a esas edades.
— Volvamos a repetir. Sospecho la forma en la que ha logrado controlar la situación — Dijo obsesionado con la idea de que Hermione consiguiese controlar la Oclumancia en un solo día.
La muchacha se revolvió incomoda en la silla, tenía el mal presentimiento de que no le gustaría la siguiente sesión. Y no andaba errada...
