-N/A: ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! ¿Ya no os acordabais de mí, eh? ¡Pues sigo viva! Y de vez en cuando me viene la inspiración, así que aquí tenemos el capítulo 26 de esta historia. Ya solo nos faltan 2 (o 3, igual necesito contar un par de cosillas más).
Quiero dar las gracias a HarleySecretss, Hanya Jiwaku, Claudia Porras, Pao Sasu-Uchiha, Effy0Stonem, Dafne Snape, luna-maga, HeraNott, LuNaChocoO, Alejazmin Kou Malfoy, hadramine, jennydcg, mnj2327, johanna, Sally ElizabethHR, LyraDarcyFoy, Phanelia y eglechina por sus reviews. N/A-
Para AliciaBlackM.
EPITAFIO A UNA MENTIRA
xxvi. Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te sientas obligado a llevársela. (Pitágoras de Samos)
3 de julio de 2007
Su psicóloga es la primera persona a la que Hermione ve desde el juicio. Harry y Ginny se han ofrecido por carta a quedar un día y hablar tranquilamente, pero Hermione les ha dicho que prefiere estar sola durante un tiempo, hasta que su ánimo se calme un poco. Sin embargo, no quiere faltar a la cita de hoy, se ha convencido que así al menos se desahoga. Y la verdad es que cuando terminan la sesión se siente exhausta mentalmente, pero más ligera.
Está esperando en la sala, mirando la pared de enfrente, cuando Kiran la llama.
—Ya puede pasar, señora Malfoy —anuncia el asistente con su sempiterna sonrisa.
Hermione le devuelve el gesto automáticamente y se sorprende a ella misma, tanto que el joven se queda mirándola con desconcierto cuando ve su expresión asombrada, pero tiene la delicadeza o el sentido común de no preguntar qué le pasa.
Moira está en su lugar habitual.
—No sabía que llevabas gafas —señala Hermione antes de sentarse.
La mujer se las sube con el dedo índice y sonríe.
—Normalmente llevo lentillas, pero hoy se me han olvidado, así que… Me gustan, me hacen ser más consciente de mí misma. Pero cuéntame, ¿cómo estás?
Hermione reflexiona unos segundos mientras inspira hondo.
—Mejor —dice antes de soltar el aire—. Creo.
—¿Y cómo te hace sentir eso? —le pregunta. Parece que ya han empezado.
La primera palabra que quiere salir de su boca es «Bien», pero algo la detiene.
—¿Debería? —es lo que pronuncia en su lugar.
—La culpabilidad es un sentimiento muy común.
Hermione suspira.
—¿Se va alguna vez?
Moira frunce levemente el ceño y se sube las gafas con el dedo índice.
—No te voy a mentir: es una pregunta difícil y no hay una respuesta sencilla. Yo siempre digo que sí, pero eso depende de tu voluntad para perdonarte. ¿Cómo está Draco?
La otra bruja suelta un ruidito de desdén.
—En la mierda. Ha empezado a beber. Más que antes —cuenta. En otro contexto se callaría ese detalle, pero de nada le ha servido hasta ahora proteger la podredumbre que hay en casa.
—¿En qué estado está vuestra relación? —pregunta la psicóloga.
—¿Por qué hablamos de él? —frunce el ceño Hermione—. Si esto fuera un libro no pasaríamos el test de Bechdel —bromea.
—Draco forma parte de tu vida y su comportamiento te afecta en mayor o menor medida, por eso quiero saber cómo os va.
—Para irnos de alguna manera tendríamos que tener algún tipo de contacto primero. —Su marido y ella se limitan a ignorar la existencia del otro en las raras ocasiones en las que se encuentran por los pasillos de la mansión. El máximo contacto que tuvieron fue cuando Hermione entró a la biblioteca a por un libro y lo vio a él dormido en el sofá con un vaso vacío en el suelo.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —pregunta Moira.
—Nada, no es problema mío.
La psicóloga reprime una sonrisa.
—Tienes razón, y de hecho tenemos que eliminar la idea de que las mujeres somos sacos de boxeo emocionales para los hombres, especialmente cuando estos son incapaces de cuidarse solos. Sin embargo —añade quitándose las gafas—, te conozco lo suficiente para saber que en algún momento querrás hacer algo para cambiar la situación.
Los labios de Hermione se fruncen, porque sabe que Moira tiene razón; Draco va por la casa como alma en pena y, aunque le parece más molesto que otra cosa, una parte de ella empieza a sentir lástima por el alcohólico en el que se ha convertido su marido.
—Bueno, igual sí me planteo amenazarlo a punta de varita para que se dé una buena ducha —responde, evitando tocar el tema más seriamente.
—Si quieres hacer algo más que eso, te puedo recomendar un par de sitios donde podrían ayudarlo. Pero volviendo a nuestro tema…
12 de julio de 2007
Hermione en persona está junto a la puerta cuando llaman al timbre. Los ha estado esperando durante los últimos quince minutos, en silencio, tan inmóvil que podría haber pasado por una estatua, un adorno más del vestíbulo. Se trata de dos hombres que le sacan por lo menos cuarenta años, robustos y vestidos del típico verde enfermería.
—Pasen, por favor. —Hermione se da media vuelta y empieza a adentrarse en la casa. Por el rabillo del ojo ve que los hombres llevan sus varitas preparadas en caso de tener que intervenir. Supone que los pacientes no siempre se muestran cooperativos.
Como todavía no son ni las once, los conduce escaleras arriba. La rutina de Draco últimamente consiste en acostarse y levantarse tarde, porque al parecer dijo en la empresa que necesitaba unos cuantos días libres, los cuales se están convirtiendo en unas cuantas semanas libres. Si no fuera porque tiene buenos socios y una fortuna asquerosamente inmensa, Hermione empezaría a preocuparse por los ingresos familiares.
Cuando llegó a la habitación de su marido entra sin llamar antes. Más vale tomarlo por sorpresa, con un poco de suerte seguirá medio dormido y no tendrá tiempo de asimilar lo que está pasando. Lo observa con una mezcla de lástima y asco: al parecer anoche estaba tan borracho que no pudo o se le ocurrió ponerse el pijama, se limitó a dejarse caer sobre la cama con los zapatos incluidos.
—Draco —lo llama Hermione. Al ver que no reacciona, mueve su varita para despertarlo. El mago se incorpora rápidamente, aunque se arrepiente casi al instante, porque se lleva una mano a la cabeza y suelta un gruñido.
—¿Qué quieres? —le espeta. Cuando levanta la vista para mirarla y ve que no está sola, entrecierra los ojos con desconfianza—. ¿Quiénes son estos?
—¿No te acuerdas? —Es curioso cuánto detestaba antes la mentira y lo bien que se le da actuar ahora—. Vienen para acompañarte a St Stephen. —Al ver la mirada de incomprensión de él, añade—. Centro de desintoxicación.
Sus últimas palabras hacen reír a su marido.
—¿Qué dices? ¿Por qué iba a ir? —pregunta con sorna.
Hermione no vacila, ni parpadea, cuando responde:
—Porque hace dos días firmaste el ingreso voluntario. ¿No te acuerdas? —añade, con inocencia, aunque está segura de que a los dos hombres que la acompañan no les importa si falsificó la firma de su marido o no.
Draco se levanta de la cama, no sin tambalearse, y la apunta amenazante con un dedo:
—¡Serás…! —pero antes de que pueda terminar la frase el personal de St Stephen ya se ha plantado frente a él. Al ver que está en clara desventaja y sin sus facultades plenas, Draco aprieta fuertemente los dientes y baja el brazo.
—Tranquilo, solo será una semana. Estarás en buenas manos —explica ella, en parte para convencerse de que lo que está haciendo no está mal—. Estos señores tan amables te escoltarán hasta allí. Yo iré esta tarde y te llevaré ropa limpia.
Draco, que siempre ha sido un hombre muy digno (hasta cuando había apurado la última gota de dignidad que le quedaba la noche anterior), pasa entre los que ve como sus carceleros y se detiene junto a Hermione antes de salir de la habitación.
—Manda la ropa, ni te molestes en venir —le dice.
La bruja se encoge de hombros, pero asiente. A estas alturas ya no vale la pena intentar estar en buenos términos con él, con que le den una buena ducha y deje de apestar a ella ya le basta.
—Intenta comportarte.
Cuando los hombres salen de la habitación, Hermione se queda de pie allí hasta que oye tres pares de pies bajar las escaleras y luego la casa se queda en silencio. Sus zapatillas planas apenas hacen ruido mientras se aproxima a la puerta, pero se queda parada con la mano en el marco. Ahora que se ha quedado sola, con toda la casa para ella, su cuerpo le pide hacer algo, lo que sea.
Vuelve atrás y observa la estancia. Los elfos han intentado limpiar varias veces, pero Draco se lo ha prohibido bajo amenaza de echarlos a patadas, así que se ha acumulado la suciedad durante, al menos, una semana. Podría llamar a los elfos o lanzar un hechizo que limpiara todo aquello, pero necesita actividad, así que deja su varita sobre la cómoda.
Lo primero que hace es quitar las sábanas de la cama. Es tela de primera calidad, pero necesita por lo menos dos lavados; eso, o tirarlas directamente a la basura. Después, recoge la ropa sucia que hay tirada por diferentes partes y también las toallas. En esos momentos, como si tuvieran un sexto sentido, aparece un elfo en la habitación.
—Deshazte de todo esto, por favor. Tíralo o quémalo, lo que quieras —instruye Hermione.
—Sí. ¿Hago la cama, señora?
Esta negó con la cabeza.
—Yo lo haré. —El elfo chasqueó los dedos y un juego de sábanas aparecieron en sus manos; se lo tendió a Hermione. Eran de un color gris perla—. Gracias.
El elfo desaparece con la ropa sucia y Hermione empieza a hacer la cama. Era algo que acostumbraba a hacer con su madre cuando era pequeña; siempre le ha aportado tranquilidad la rutina, acciones mecánicas. Cuando termina, se sienta en el borde y cierra los ojos, apreciando la tranquilidad del momento. Le vienen a la mente los momentos que ha pasado aquí, en esta habitación. Draco y ella siempre se han llevado a matar puertas del dormitorio para fuera. Dentro, se entendían como nadie. Es extraño, pero probablemente si tuvieran una mejor relación personal, no habrían tenido unos orgasmos tan espectaculares.
Mueve la cabeza con determinación y se levanta. No es momento para rememorar el pasado, y mucho menos para pensar en esas cosas. Para alejar pensamientos extraños, se acerca con determinación al armario y lo abre. Del estante superior saca un bolso pequeño de viaje y lo deja abierto sobre la cama. Vuelve al armario y pasa la mano por las camisas. Las de la derecha están desordenadas y medio caídas, pero las del lado contrario están perfectamente alineadas. Si una cosa tiene su marido es que lleva la elegancia como emblema personal. No es justo que alguien tan cabrón sea tan atractivo.
Después de guardar varias mudas en el bolso, hace llamar a Mocsy. El elfo aparece con presteza y la mira atento, esperando sus instrucciones.
-Llévale esto al señor Malfoy. —El elfo asiente; está a punto de desaparecerse, pero aguarda cuando ve que su señora quiere decir algo más—. Y pídele a los medimagos que me mantengan informada diariamente.
Al fin y al cabo, es su marido, piensa mientras se toca de manera distraída la alianza de matrimonio. Para mal y para peor.
19 de julio de 2007
Draco nunca se ha alegrado particularmente de volver a casa, excepto, quizás el día que Hermione le anunció que estaba embarazada, aunque eso no lo sabía antes de llegar.
Entra en ella y, como es previsible, no hay nadie para recibirlo; previsible, teniendo en cuenta que su mujer no le tiene especial aprecio y se ha ganado el miedo de los elfos. Deja el bolso que le mandó Hermione en el suelo, junto a la puerta, para que alguien lo recoja y lave la ropa, aunque no se ha puesto la mayor parte. La primera mitad del tratamiento no ha estado en condiciones de ser muy persona.
A continuación, se dirige hacia donde sabe que encontrará a la otra habitante de la casa: la biblioteca. Sin embargo, cuando llega, para su consternación, Hermione no está.
—La señora está abajo, en la cocina. —Draco da un salto y le dedica una mirada asesina a Mocsy, que ha aparecido repentinamente tras él.
—Gracias —musita antes de ir adonde el elfo le ha dicho.
Cuando llega a esa dependencia, se encuentra con que su mujer parece haber desarrollado una repentina afición por el arte culinario. Lleva una camiseta simple, de las que llevaría un muggle para hacer deporte, y el pelo recogido en un moño alto del que han escapado varios rizos. Cuando él entra, Hermione no parece darse cuenta o quizás no le importa lo suficiente para demostrarlo.
—Llegas justo a tiempo para probar la mousse de chocolate que he hecho esta mañana. —Al parecer, sí se ha dado cuenta de que Draco ha vuelto a casa. Hermione le lanza un rápido vistazo antes de decir—: Estás más delgado. ¿Cómo ha ido?
Draco tuerce el gesto, pero se sienta en uno de los taburetes altos que hay y acepta en silencio un botecito de cristal con el dulce y una cuchara. Lo saborea durante unos segundos mientras ella lo mira expectante.
—Le falta azúcar —sentencia.
—¡Lo sabía! —exclama ella con fastidio.
—Y muy mal. O muy bien, según se vea —prosigue Draco—. Me dieron una poción que me tuvo vomitando durante un día y otra que me hace querer vomitar de tan solo pensar en —inmediatamente le vienen arcadas, que tiene que suprimir rápidamente— alcohol —consigue terminar—. Me han dicho que con el tiempo se irá el reflejo, pero conservaré el asco, al menos durante un año. —Mira a su mujer con ojo clínico—. Pero tú todo eso ya lo sabes, ¿no?
Hermione no dice nada, sino que coge el tarro de mousse que Draco ha dejado casi intacto y le da una cucharada. Tuerce ligeramente el gesto.
—Sí, le falta azúcar —confirma—. Y sí, lo sabía, pero quería saber cómo estás tú.
—He estado pensando —cuando se le ocurrió la idea, Draco la desechó por absurda, pero cada vez estaba más convencido de que podía funcionar— en que lo mejor será un cambio de aires.
Ella lo mira, sorprendida al principio, pero se repone rápidamente. Carraspea.
—¿Y dónde irás, si puede saberse?
Draco sonríe lentamente.
—No lo sé todavía. Lo que sí sé es que vamos a ir juntos.
Es la prueba definitiva de si podrán convivir en paz a partir de ese momento o terminarán matándose. De cualquier forma, va a ser una mejora para los dos.
