CAPÍTULO 22

Cuando empezaron a llegar los heridos, la actividad en el hospital se tornó frenética. El sargento Grissom se había instalado en la puerta y dirigía a los camilleros que llegaban con los heridos. Candy no estaba de humor para quedarse fuera y arrastrando al reticente Saul, se abrió camino inmediatamente detrás de Albert.

Los ojos del sargento se posaron fugazmente en ella sin reconocerla, fueron hasta el gigantesco negro y de pronto volvieron a Candy.

—¿Qué demonios…? — Miró con más atención. — ¿Can? ¿Eres tú?

—Sí, señor. — Candy asumió el papel de muchachito con una facilidad determinada por la práctica. — Tuve que ponerme un poco de pintura para que los dos — señaló a Saul con el pulgar — pudiésemos traer hasta aquí al capitán. A algunos rebeldes no les importa cuán joven es un soldado.

—Ustedes traigan al capitán. — El sargento Grissom hizo una seña a los camilleros y después se asomó a la puerta. — Dejen al resto de los hombres en el pasillo. — Se acercó a la camilla de Albert.—El doctor Martin está ocupado con los heridos, pero veré si el mayor Magruder puede revisarle su pierna.

Albert no hizo ningún comentario cuando el hombre lo dejó fuera de la sala de operaciones, pero en su rostro apareció una expresión de aprensión al oír el nombre del mayor.

—¿Va a dejar que ese viejo carnicero Magruder le corte la pierna?— preguntó Candy sin mucha gentileza.

Antes que Albert pudiese responder se oyeron fuertes pisadas de botas en el pasillo y Magruder, con el rostro encendido, miró furioso al muchachito.

—¿Carnicero? Pequeño truhán, te enviaré a una corte marcial por desertor.

—Yo no soy ninguno de sus soldados barrigas azules — replicó Candy en tono desafiante—. Y tampoco deserté. Fui a mi casa por un tiempo.

—Deje en paz al muchacho. — Con esfuerzo, Albert se incorporó apoyado en un codo. — Si Can no hubiera ido a su casa, probablemente ahora yo me encontraría en una apestosa prisión rebelde.

El rostro de Magruder mostró cierta sorpresa.

—¡Vaya, capitán Andrew! ¡Hablando del diablo! Acabamos de enterarnos de que usted desapareció en acción. Parece que logró convertirse en algo así como un héroe. Ahora veamos, ¿cómo sucedió? El sargento fue muy elogioso en su informe… usted quedó atrás para cubrir la retirada de los heridos, dijo el hombre. Solo contra un regimiento de caballería y una batería de artillería.

—En realidad fue sólo una pequeña patrulla y un cañón que habían capturado — repuso Albert lacónicamente.

—Hum, debe de ser para usted una satisfacción saber que de los casi cuatrocientos heridos dejados atrás en Pleasant Hill, los de su campamento hospital fueron los únicos que regresaron.

—Ni siquiera estaba enterado, mayor.

—De todos modos — Magruder se limpió con una toalla sus manos ensangrentadas —, estoy seguro de que habrá interés en saber cómo usted apareció por aquí mientras el resto del ejército todavía está en Alexandria.

—No estoy seguro de poder explicarlo yo mismo — murmuró Albert—. Pasé buena parte del tiempo encerrado en un ataúd. Pero gracias a Can y sus amigos, estoy aquí para contar lo que pueda y traje un recuerdo conmigo.

—Ah, sí… su herida, por supuesto. Tendremos que examinar eso.— Magruder se arrodilló junto a la camilla y cortó las vendas con unas tijeras que sacó de su bolsillo. Después empezó a tocar la herida con las puntas de su tijera ya separar los bordes. Ignoró el estremecimiento de dolor de Albert y las gotas de sudor que brotaron de su frente. Candy se mordió el labio y volvió la vista hacia la pared, impresionada por la visión de la sangre.

Saul clavó la mirada en el mayor y llegó a varias conclusiones precisas acerca del carácter del hombre en esos breves momentos. Este era un yanqui al que había que evitar si un cuerpo dolía.

Magruder se incorporó.

—Una bala rebelde, dice usted. Eso significa que tiene bronce con una buena cantidad de plomo. En cuestión de semanas le envenenará la sangre, de eso no cabe duda alguna. Esa pierna… habrá que amputarla.

Aunque tenía los labios rígidos y blancos de dolor, Albert logró hacer una ronca pregunta.

—¿No puede extraer el fragmento? Hace tiempo que tengo esta pierna y le he cobrado afecto. Detestaría tener que perderla.

El mayor se encogió de hombros.

—Lo he visto antes. El metal está incrustado contra el hueso. Probablemente tenga que quebrar la pierna para sacarlo. Demasiadas arterias… vasos cercanos. Si se hiere uno de esos vasos se presentará la gangrena… También sólo cuestión de tiempo.

—No lo creo — repuso Albert—. El cañón era un Wilkinson de retrocarga con proyectiles forrados de acero, no de bronce. Si no puede sacar el fragmento, sólo cierre la herida y déjelo donde está.

—No estoy de acuerdo, capitán — dijo Magruder con arrogancia—, pero cualquier cosa que yo haga seré yo quien la decida. Difícilmente usted está en posición de discutir, ¿verdad?

Albert miró al hombre y volvió a recostarse en la camilla.

—Quizá no, mayor, pero puedo encontrar a dos que lo harán. — Buscó debajo del rollo de tela que le servía de almohada y sacó un Remington 44. — ¿Can?

El muchachito se volvió.

—¿Tienes todavía tu revólver?

—Aquí mismo, capitán. — Se tocó el bolso que colgaba de su hombro.

—¿Cargado?

—Sí, señor — repuso ella con un firme movimiento de cabeza.

—Saul, ¿sabes usar uno de éstos?

—Bueno, capitán — dijo el hombrón con una sonrisa—. No soy muy rápido para cargarlo, pero sé muy bien cómo descargarlo.

—¡Toma! — Albert le entregó el revólver. — Ustedes dos entrarán conmigo en esa habitación y si alguien toca cualquier cosa que se parezca a una sierra, ustedes empiecen a disparar.

—¿De veras espera que yo operaré con un muchachito andrajoso y un negro ignorante apuntándome con sus armas? — dijo Magruder con incredulidad.

—Ya se las arreglará, doctor — repuso Albert secamente—. Sólo sea gentil y tenga cuidado de no tomar una sierra.

Los camilleros depositaron a Albert sobre la mesa de operaciones y él se relajó un poco cuando Candy y Saul se situaron en un ángulo de la habitación. El sargento Grissom puso una gasa sobre la boca y la nariz de Albert, después tomó una pequeña botella marrón y empezó a dejar caer gotas sobre la máscara.

La habitación quedó en silencio. Magruder trabajaba, tirando, probando, tocando el trozo de metal firmemente clavado en el hueso. Aun olvidó el par de armas que seguían todos sus movimientos hasta que estiró una mano y empezó a buscar en la bandeja de instrumentos. Un fuerte chasquido doble y el médico quedó inmóvil y levantó lentamente los ojos para encontrarse con el pesado Colt de Can que le apuntaba al centro del pecho. Miró su mano tendida y empezó a sudar cuando vio que casi estaba tocando una sierra para huesos. Con cuidado, retiró la mano y levantó las pinzas que había estado buscando. Una sombra pasó sobre las manos de Magruder, y cuando éste levanto la vista vio que había llegado el doctor Martin.

El trozo de metal estaba firmemente incrustado y en la herida profunda y lacerada no había lugar para poder aferrarlo o ejercer fuerza en forma de palanca.

—Nunca logrará sacarlo — comentó el médico más viejo—. En realidad, no hay de donde asirla.

—Hum, sí — admitió Magruder—. Pero sólo se trata de acero, no hay bronce o plomo rebeldes. Podría cerrar y esperar.

—Lo único posible. — El doctor Martin se frotó la barbilla. — Eso, o habrá que amputar la pierna.

Magruder miró al anciano un largo momento, después meneó la cabeza y señaló a Can y Saul con su pinza.

—Yo ni siquiera lo pensaría, doctor Martin.

Saul se sentía muy incómodo entre tantos uniformes azules y prefirió irse a la casa de los Kleiss mientras que Candy decidió quedarse hasta que Albert recobrara el sentido y entonces quizá vería si la señora Hawthorne le daba alojamiento por dos o tres días. Repitió la historia del rescate de Albert para satisfacer la curiosidad del personal del hospital y por fin fue admitida a la pequeña habitación donde estaba Albert, con la excusa de que tenía que devolver su revólver al capitán.

Se abrió la puerta y entró el doctor Martin. Habían pasado varias horas desde la operación y la jornada de trabajo se acercaba a su fin. Candy le dirigió una leve sonrisa, pero se levantó de inmediato cuando entraron Magruder y el general Mitchell para ver a Albert.

Albert sentía un sordo palpitar dentro de su cabeza y un dolor que latía al unísono. Aunque las cortinas estaban cerradas, la luz era demasiado brillante para sus ojos. Reconoció la forma pequeña de Can contra la pared, pero no pudo superar la rigidez de sus labios para dirigirle un saludo razonable. Parpadeó varias veces y vio que también había otros en la habitación. El doctor Martin estaba cerca de Candy y Magruder, como de costumbre, junto al cirujano general.

—Es sorprendente que el capitán haya sobrevivido a esta ordalía— comentó oficiosamente el mayor—. Sin duda fue afortunado que Can lo encontrara y lo trajera de regreso.

—¡Capitán, hum! — dijo Mitchell—. ¡Muy pronto será mayor si yo tengo algo que decir! Después de todo, no sucede todos los días que uno de nuestros médicos deba defender a sus heridos además de curarlos.

La sonrisa de Magruder fue remplazada por una expresión de disgusto, pero el general no lo notó porque se volvió hacia Can.

—Has salvado a un hombre muy valioso, jovencito. Veremos que podemos hacer al respecto. Creo que no es improbable que pueda procurarte alguna recomendación… quizá una recompensa monetaria, sería lo indicado.

Magruder, ahora enrojecido y furioso, no pudo dar ninguna excusa por su apresurada partida. Fue hasta la puerta y cuando la abrió se encontró con los ojos azul oscuros y sorprendidos de Karen. Nuevamente le fallaron las palabras. Pasó bruscamente junto a la joven y se alejó por el pasillo hacia la sala de oficiales donde no tendría que soportar muestras de la llorosa preocupación que todo el mundo parecía decidido a manifestar por el capitán.

Candy, agudamente consciente de su aspecto andrajoso y sucio, se encogió hacia el rincón del doctor Martin cuando su prima entró en la habitación. La mujer estaba ataviada a la última moda. Aunque había sido adecuadamente informada del arribo de Albert y de su estado, sin duda sus preparativos fueron largos y detallados. Cada uno de sus cabellos estaba rizado en bucles que se meneaban coquetamente cuando ella se movía. El vestido de tafetán rayado era tan amplio que parecía llenar la pequeña habitación.

Lanzando un dramático sollozo, Karen corrió junto a Albert y se dejó caer sobre el pecho del herido.

—¡Mi pobre amado! ¡Mi pobre herido adorado!

El general Mitchell se acercó con solicitud e interrumpió momentáneamente la lacrimógena exhibición.

—La pierna de su esposo ha sido seriamente herida, señora Andrew, y todavía tiene incrustados los fragmentos del proyectil. Me temo que tendrá que pasar un buen tiempo en cama para curarse.

Karen renovó sus sollozos.

—¡Oh, querido… querido! Si por lo menos te hubieses quedado aquí conmigo…

Albert soportó los abrazos en estoico silencio hasta que los dos médicos, incómodos por el emotivo espectáculo, se disculparon y se fueron. Entonces, cuando la puerta se cerró tras los doctores, Karen se irguió y quedó mucho más serena.

—Bueno, ciertamente te lo tuviste merecido. — Su tono tenía un desprecio indisimulado—. Todo por la pequeña golfa que te llevaste a la cama. — Se quitó los guantes y los arrojó descuidadamente en la mesilla de noche. Después vio la figura acurrucada en el rincón. Su rostro se endureció y cuando habló su voz fue puro veneno: — ¡Y mira esto! Otra vez la tienes bajo tu ala.

Avanzó hacia Candy con los ojos entornados y dijo, en tono autoritario y exigente:

—¿Qué es eso que he oído de que arrastraste a mi marido a través de medio estado dentro de un ataúd ? Si vosotros dos creéis que vais a burlaros de mí…

—Puedo asegurarte, querida Karen — interrumpió abruptamente Candy —, que estuvimos bien acompañados. La mayor parte del tiempo por Saul, pero también por suficientes soldados confederados para satisfacer hasta a sus excepcionales exigencias. Después, en el barco, hubo barrigas azules más que suficientes. — Sus ojos adquirieron un brillo duro. — ¿Puedo ser ruda y sugerir que deberías mostrarte agradecida de que él esté vivo y de regreso?

—Si en primer lugar me hubiera hecho caso ahora no estaría herido — comentó Karen con sarcasmo—. Ahora podríamos estar en Washington.

Albert giró la cabeza sobre la almohada mientras sus sentidos confundidos y aturdidos trataban de seguir la discusión. Candy dirigió una blanda sonrisa a su prima.

—No querría alterar tus ambiciones, Karen, pero creo que no irás muy pronto a Washington. Aparentemente, no escuchaste cuando el general Mitchell trató de contártelo. Tu marido tiene por delante una larga recuperación y, según he oído, Magruder se ofreció para ir en lugar del capitán.

—¿Qué quieres decir? — Karen se enardeció—. ¡Por supuesto que iremos a Washington! Un médico herido en la línea de combate…— Rió. — Vaya, seremos la sensación de la temporada social, y con mi guía, Albert probablemente será general antes que la guerra termine.

—Ya lo han hecho mayor… sin tu ayuda — dijo Candy—. Y sin ir a Washington.

Karen entrecerró los ojos, llena de odio. Estaba segura de que su prima se reía de ella. La perrilla haría cualquier cosa para estar cerca de Albert, aunque él estuviera lisiado.

Con indignación, Karen estiró un brazo hacia la puerta.

—¡Fuera de aquí! Tus servicios, cualesquiera que sean, ya no son necesarios. En adelante, yo puedo cuidar a mi marido. No necesito que te entrometas en nuestros asuntos.

Candy se encogió de hombros, arrolló el cinturón alrededor de la pistolera de Albert y se acercó a la cama para dejarlo bajo la almohada.

—Cualquier otra vez que me necesite para detener a un barriga azul, capitán, avíseme.

Albert enfocó trabajosamente los ojos en el rostro del muchachito, buscando las facciones de la mujer que sabía que estaban allí. Ella era vagamente visible más allá de los restos de suciedad y del pelo mal cortado y oscurecido.

—¿Adónde vas? — preguntó Albert con dificultad.

Candy levantó sus hombros delgados bajo la voluminosa chaqueta.

—¿Quién sabe?

El abrió la boca para seguir preguntando, pero ella se apartó rápidamente. Después se caló el sombrero de copa, miró brevemente a Karen y fue hasta la puerta. Antes de partir, hizo un último comentario.

—Espero que no lamente que yo lo haya traído de regreso, capitán.

No bien estuvo fuera, Candy soltó un largo suspiro de desaliento. No le gustaba dejar a un hombre herido con una bruja de mal carácter, pero como le ordenaron que se marchara de la habitación, no podía quedarse para proteger a Albert de su propia esposa.

Frente al hospital encontró al doctor Martin quien esperaba en su birlocho.

—Pensé que podría llevarte. — El médico palmeó el asiento junto a él. — Ven. Quiero hablar contigo.

Ella vaciló, preguntándose si otra vez él sería portador de malas noticias.

—¿No es nada… serio, esta vez? — preguntó lleno de temores—. Quiero decir, ¿el capitán se pondrá bien?

El anciano doctor rió por lo bajo.

—Creo que esto será más de tu agrado.

Llena de alivio se alegró de depositar su cuerpo cansado y dolorido en el asiento vacío junto a él.

—La señora Hawthorne y yo hemos tomado una decisión — anunció él en tono despreocupado.

Candy lo miró desconcertada.

—No sabía que usted era amigo de ella.

—Hace años que nos conocemos, pero ésta es la primera vez que colaboramos en nuestras ideas.

—De lo que sé de la señora Hawthorne — dijo Candy con cautela— no me sorprendería si fuera algo descabellado.

—Tú la conoces bien, ¿verdad?

—¡Bastante bien! — Pese a su actitud indiferente, Candy sentía curiosidad. — ¿Cómo se proponen retorcerles esta vez el rabo a los yanquis?

—Criatura, ¿no te gustaría descartar esas ropas sucias que llevas y vestirte como una dama ?

Por un momento quedó atónita. Casi vacilante, preguntó:

—¿Quiere decir ponerme vestidos de verdad y esas cosas?

—Y toda la demás parafernalia que usáis las jóvenes. — La miró y vio el entusiasmo de esos ojos verdes. — ¿Debo deducir que la idea cuenta con tu aprobación?

—¡Oh, sí! ¡Sí! — Rió, se quitó el sombrero y lo estrechó contra su pecho. — Sería tan bueno… pero ¿está usted seguro? ¿Qué los hizo decidir?

—La señora Hawthorne creía firmemente que regresarías. — El doctor se encogió de hombros. — Algo de intuición femenina, supongo. Me buscó y preguntó si yo podía conseguir un trabajo en el hospital para su sobrina…

—¿Quiere decir… este hospital… los yanquis?

El doctor Martin asintió.

—Ya he averiguado y empezarás el lunes por la mañana… siempre que puedas lavarte y adquirir nuevamente el color rosado de antes.

Esa noche, en la casa de la señora Hawthorne, Candy se frotó y enjabonó en una gran tina de agua caliente hasta que las últimas huellas de tintura oscura desaparecieron de su piel y de su cabello. Después, su carne apareció de un color rosado que sugería su determinación a librarse del color más oscuro. Las prendas arregladas de la hija de la señora Hawthorne, aunque sencillas, le levantaron considerablemente el ánimo. Asumió la identidad de una tal Camilla Hawthorne, recientemente adquirida sobrina de la señora Hawthorne. El doctor le consiguió un salario más alto que el que ganaba antes, disfrazada de Can.

El lunes, por la mañana temprano, sus tacones golpearon rítmicamente en el vestíbulo del hospital. Su pelo corto había sido apartado de su cara y peinado hacia atrás y asegurado debajo de un rodete de pelo natural que compró con la recompensa monetaria de la que había hablado Mitchell. Su vestido era gris, sencillo, y cuando trabajaba le añadía un delantal blanco almidonado y puños de la misma tela largos hasta el codo.

La alentó mucho no encontrar señales de reconocimiento en la cara del sargento Grissom cuando le indicó dónde quedaban las salas. Escuchó atentamente, aparentando asimilar todas las instrucciones, aunque quizá sabía más que él de lo que había que hacer y de dónde se guardaba todo.

Era mediodía cuando por fin logró calmar su curiosidad sobre la convalecencia de Albert. Llevando en equilibrio una bandeja de comida en una mano, llamó suavemente a la puerta y entró cuando él la autorizó con un murmullo. Estaba medio sentado, medio reclinado sobre una almohada apoyada en la cabecera de la cama y se hallaba abocado a la tarea de afeitarse. Sin mirar a su alrededor, señaló la mesilla junto a la cama, pues por el ruido de platos supo de qué se trataba.

—Déjelo ahí — ordenó bruscamente.

Ella obedeció y después quedó observando los progresos que hacía Albert en la tarea de rasurarse, pasando por su mejilla la afilada navaja sin valerse de un espejo.

—¿Puedo ayudarle? — murmuró en un tono sureño fácil, no afectado. La sedosa suavidad de su voz casi hizo estremecer a Albert cuando recordó esa misma voz en una habitación a oscuras en una singular noche de no hacía mucho tiempo. Volvió la cabeza y se encontró con un par de ojos verdes que lo miraban sonriendo con calidez.

—¡Candy! — Se incorporó, ignorando el dolor que lo atravesó. — ¿Qué haces aquí? Quiero decir con la bandeja y ese vestido y ese delantal. ¿Trabajas aquí? ¿Es seguro para ti?

—¿Candy? Vaya, capitán, usted debe de estar delirando. Mi nombre es Camilla Hawthorne, y le ruego que lo recuerde.

—¿Está segura de que… quiero decir… no creo que…? — Albert se aclaró la garganta, medio fastidiado. — ¿Usted es nueva aquí?

—He estado antes en la ciudad. Pero esta vez vengo de Atlanta para visitar a mi tía. y antes que quedarme todo el día sentada sin hacer nada, el doctor Martin sugirió que yo podía trabajar aquí. Parece que últimamente ustedes perdieron parte de su personal y como los yanquis han consentido en pagarme un salario razonable — acentuó suavemente la palabra — me va bastante bien.

Por fin él pareció comprender.

—Parece encontrarse muy a gusto, señorita Hawthorne.

—Camilla, por favor, capitán.

Ella miró dudando.

—Creo que usaré señorita Hawthorne por un tiempo. La formalidad de ese modo de dirigirme a usted tenderá a que mi lengua no cometa ningún desliz.

Ella se encogió de hombros.

—Como quiera, capitán. ¿Y por qué yo no iba a encontrarme a gusto? — Le sacó la navaja de la mano y empezó a rasurarlo con cuidado. — Usted no va a creerme, pero he visto muchachitos con pelo sucio y cara sucia hasta lo imposible. Me alegro de no tener que vivir así.

—Hum. Sí. — Albert la observó desconcertado. — Me parece recordar a uno así. Era sucio como un pequeño mendigo. Siempre parecía estar necesitado de un buen baño. Y tenía una boca casi tan sucia como todo lo demás.

Candy aplicó la navaja al área debajo de la nariz.

—¿Alguna vez vio usted todo lo demás de él, capitán?

— Hum. Ajá — repuso él sin vacilar, pero algo temeroso de mover los labios contra el filo agudo de la navaja.

— ¿Y era realmente tan sucio como usted dice?

Esta vez la respuesta se demoró más, y aunque sus ojos sonrieron, sus labios siguieron inmóviles.

— Ajá.

Candy dejó la navaja y mojó una toalla en la jofaina de agua caliente.

— Yo diría, capitán — murmuró pensativa —, que tiene que haber habido otras cosas acerca de las cuales usted se equivocó.

Antes que él pudiera responder le fue aplicada la toalla humeante en la cara.

— Quédese quieto — ordenó ella empujándole la cabeza hacia atrás, contra la almohada—.Podría lastimarse.

Un gemido medio de furia, medio de dolor brotó de detrás de la toalla, pero las manos de ella sostuvieron firmemente el paño hasta que él logró arrancárselo.

—¡Lo has hecho otra vez, muchacha! Juraría que deseas verme asado vivo.

—¡Vaya, capitán! — Candy sonrió dulcemente. — Está apenas un poquito caliente. ¿Por qué tanto alboroto? — Con un rápido ondular de su falda fue hasta la puerta y dijo, mirando hacia atrás: — Más tarde recogeré la bandeja.

En los días que siguieron Albert llegó a reconocer el enérgico taconeo de Camilla Hawthorne cuando pasaba por el corredor o le traía el almuerzo con regular puntualidad. Era un momento agradable, pero tortuoso, cuando a días alternos ella se quedaba un rato para afeitarlo. Era un favor que otorgaba a muchos de los hombres internados en las salas y que nunca dejaba de iluminar desproporcionalmente el día de un soldado. Cuando no estaba ocupada sirviendo las comidas a aquellos que no podían procurárselas solos, recogía sábanas, cambiaba la ropa de cama, sacudía el polvo y hacía tareas livianas.

Los trabajos más pesados para los cuales una vez fue contratado Can, ahora los hacía otro muchacho, y aunque su aspecto era más prolijo que el de Can, sus méritos no eran los mismos de su predecesor. Cuando había tiempo, Camilla reunía cartas, distribuía el correo, se detenía aquí y allá para hablar con los hombres, a veces les leía libros. Le gustaba representar las partes escogidas de los relatos y los condimentaba considerablemente con su imaginación, encanto e ingenio, y con un insospechado talento para la mímica.

El mayor Magruder era el único que parecía intrigado por ella. Ningún otro le había prestado más que una atención casual al muchachito Can, pero cuando el mayor le preguntó directamente si no la había visto antes en algún lugar, ella sonrió con calidez y replicó con una pregunta:

—¿Ha estado alguna vez en Atlanta, mayor?

Fue durante esta época que Albert obtuvo su promoción oficial a mayor y esto irritó tanto a Magruder que dejó de pensar en la joven y se dedicó en cambio, a abrigar resentimientos contra Andrew.

No era el único que experimentaba emociones turbulentas, sin embargo, porque Albert Andrew sufría de algo parecido, aunque dirigido hacia otra parte. Resultaba que un joven teniente destinado al personal del cirujano aparentemente estaba embobado por los atributos de Camilla Hawthorne y no vacilaba en aplicar sus mejores cualidades en una especie de suave cortejo. Mientras el flamante mayor estaba obligado a quedarse en cama, el joven oficial tenía libertad para recorrer los pasillos y salas a su capricho. Aunque el objeto de sus atenciones rechazaba firmemente los avances del teniente, la movilidad de éste parecía una injusta desventaja. y Albert se sentía aún más frustrado porque no podía formular ninguna objeción ya que él mismo estaba casado, tenía su propio compromiso.

Este compromiso se mostró en toda su forma femenina una semana después: Karen llegó de visita a la desusada hora de las once de la mañana y se encontraba recatadamente sentada junto a la cama cuando Candy entró con la bandeja de la comida de mediodía. Le seguía el teniente con una jarra de agua caliente para la habitual afeitada. Candy se detuvo brevemente en la puerta, sorprendida al ver presente a Karen. Era la primera vez que la mujer venía al hospital desde la internación de su marido.

—Buenos días, mayor — dijo Candy animosamente como de costumbre, y dejó la bandeja sobre la mesilla—. Señora Andrew— añadió con una leve inclinación de cabeza hacia su prima.

Albert luchó para colocarse en una posición semisentado, algo molesto por estar con la cara sin rasurar mientras el otro oficial se veía pulcro e impecable. Candy tomó la jarra con agua caliente, la dejó junto a la bandeja e hizo las presentaciones.

—Señora Andrew, creo que usted no conoce al teniente Cornwell. Es el nuevo cirujano del hospital.

Karen extendió graciosamente su mano y el teniente se inclinó como correspondía en la mejor tradición de cortesía, pero en seguida dirigió a Candy una mirada esperanzada.

—¿Desearía que la ayude, señorita Hawthorne?

—Puedo arreglármelas bastante bien, teniente. Gracias — sonrió—. Quizá sea mejor que regrese usted ahora a sus obligaciones. Ya me he tomado la libertad de hacerle perder mucho tiempo.

Karen se fastidió, furiosa e impotente. El teniente era muy apuesto y la irritaba ver que Candy siempre lograba mostrar una gran desenvoltura con los hombres, como si nada tuviera que temer de la naturaleza bestial de los mismos. Karen ansiaba probar sus propios encantos con el individuo, sólo para ver lo rápidamente que podía ella hacerle olvidar a su prima.

Como no halló excusa para quedarse, el teniente Cornwell se marchó mientras Candy se afanaba con los utensilios de afeitar. Karen se levantó, cruzó la habitación para cerrar cuidadosamente la puerta y regresó junto a la cama de Albert. Sus ojos parecieron taladrar a su prima cuando siseó:

—¿Qué demonios te crees que estás haciendo aquí?

La muchacha levantó la vista y se encogió de hombros.

—Tengo que ganarme la vida y el doctor Martin me consiguió un empleo. Trabajo aquí.

—Entrando y saliendo sigilosamente de los dormitorios, supongo.— El tono de Karen fue menos que cortés y ella ignoró la expresión ceñuda de Albert.

Candy le dirigió a su prima una mirada fría.

—No tengo que hacerlo sigilosamente, Karen. Eso se lo dejo a otras.—Le volvió la espalda y empezó a humedecer la toalla.

Karen apretó con tanta fuerza la barandilla de bronce de los pies de la cama que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Y qué piensas hacer con eso?

—Voy a afeitar al mayor Andrew — repuso Candy—. Es parte de mi trabajo.

—¡Yo me ocuparé de eso! — replicó Karen—. ¡Tú márchate y no vuelvas!

—Lo que tú digas, señora Andrew — Candy dejó caer la toalla en la jofaina y en la puerta se volvió—. Aquí dejamos las puertas abiertas, señora Andrew, a fin de que los hombres puedan llamar si necesitan ayuda… o cualquier otra cosa.

Se marchó y Karen quedó hirviendo de furia.

—Siempre dije que un día esa pequeña golfa sería la ruina para nosotros. Nos tiene a todos viviendo atemorizados de que alguien la reconozca como parienta. ¡Es terrible! — gimió Karen y volvió a sentarse—. Ni siquiera se puede decir su nombre sin que la gente la mire a una con recelo. y ahora ella está aquí, trabajando entre todos estos hombres, como una pequeña cortesana muy atareada.

Albert se recostó y miró ceñudo a su esposa.

—Creo que eres dura con ella, Karen. Sabes tan bien como yo que es inocente de lo que la acusan.

—Y creo que tú eres demasiado blando con esa perrilla — replico Karen—. ¿Cómo puedes ser tan ciego, Albert ? Has visto cómo actuó con ese teniente. Vaya, si lo lleva de la nariz. Actúa como si todos los hombres fueran sus consortes… como si ella fuera una reina… o algo muy especial para los hombres.

Albert guardó silencio aunque su mente estuvo de acuerdo. ¡Ella es así!, se dijo.

—Recuerdo cuando éramos niñas. Siempre era Candy la que jugaba con los muchachos. Si querías encontrarla había que buscar a los muchachos y las más de las veces estaba con ellos y habitualmente vestida como ellos, mientras que yo jugaba con mis muñecas y cuidaba mi virtud.

Albert se apoyó en un codo y enarcó una ceja, incapaz de resistir el deseo de preguntar:

—¿Y cómo fue, querida mía, que ella logró conservar la suya más tiempo que tú?

Por un momento los ojos azul oscuros se entrecerraron con furia. Después, en tono despectivo, Karen dijo:

—¡Bah! Siendo un espantajo como era ella, ¿qué muchacho la hubiera tomado en serio? Si quieres saber la verdad, Albert Andrew — Karen se irguió llena de orgullosa virtud —, si ella hubiera sido lo suficientemente madura, hace tiempo que habría perdido su virginidad.

Con cierta exasperación, Albert tomó el jarro de afeitarse, mojó la brocha y empezó a enjabonarla.

—¿Y qué vas a hacer Con eso ? — preguntó rápidamente Karen.

— Voy a enjabonarme la cara y después voy a afeitarme —repuso Albert con fastidio ante lo obvio de la pregunta.

—¡Lo haré yo! Sólo recuéstate un poco.

De pronto Albert sintió temores.

—No es necesario, Karen. Creo que puedo hacerlo solo.

—¡He dicho que lo haré yo! — dijo Karen. Se levantó y le quitó de las manos la brocha y el jarro.

Era bien entrada la tarde y mucho después de la partida de Karen cuando Candy regresó a la habitación de Albert para recoger los platos sucios. El yacía en la cama con la toalla aplicada a la mitad inferior de su cara. No bien la vio, le dijo con voz llena de indignación:

—¡Santo Dios, mujer! ¡Tu crueldad no tiene justificación! Indefenso como me encuentro y tú me dejas en manos de esa carnicera.

Se arrancó la toalla y Candy ahogó una exclamación. Tenía la cara cortada en varios lugares y por lo menos de una docena todavía brotaba la sangre.

—Trae a ese nuevo cirujano amigo tuyo antes que me desangre — dijo él—. O mejor, tráeme un trozo de alumbre a fin de que pueda detener la hemorragia. Juro que en una semana en los pantanos con la pierna abierta perdí menos sangre que esta tarde en manos de Karen.

Las pisadas y risas de Candy resonaron en el pasillo cuando ella corrió a buscar el alumbre. Cuando regresó, él la miró con seriedad. Candy mojó el trozo de alumbre en la jofaina, y temblando todavía con alguna risita ocasional, aplicó la piedra a la cara lacerada de Albert.

—Todavía no he decidido, muchacha — le informó Albert severamente mientras ella lo curaba —, si tú me has hecho más mal al abandonarme este día o en la mañana de mi casamiento.

Ella habló en voz baja cuando se inclinó demasiado cerca de él.

—Pero esta vez, difícilmente puedas aducir un error de identidades.

Ahora que Karen sabía que Candy trabajaba en el hospital se las arreglaba para visitar a Albert todos los días a hora temprana y no le parecía bien marcharse hasta que todos los visitantes hubieran sido despedidos por esa noche. Aunque se mantenía inflexible en su propósito de cuidarlo, él estaba igualmente decidido a no dejar que ella volviera a afeitarlo. Más bien, gruñía, prefería dejarse crecer la barba hasta las rodillas antes que permitir que ella le hiciera nuevamente ese servicio.

La semana estuvo llena de sugerencias e insinuaciones maliciosas acerca de la conducta pasada y presente de Candy. Ahora que la verdad de su identidad era conocida, la prima mayor procuraba furtivamente cambiar la estima de Albert hacia la más joven. Era una andanada de verdades a medias y de mentiras audaces, ataques que golpeaban mientras él estaba confinado en su cama y debía ser a la fuerza testigo de las atenciones que el tenaz joven cirujano le brindaba Candy, aunque sabía que no tenía derecho a protestar ni a sentirse resentido. Sin embargo, era como una herida que supurara en sus entrañas y a la cual no podía encontrarle curación.

El lunes por la mañana Albert llegó a la conclusión de que ya había pasado demasiado tiempo encarcelado en su colchón. Poco después del amanecer le ordenó a un camillero que le trajese unas muletas y entonces, apretando la mandíbula para contener el dolor que irradiaba del área donde estaba el trozo de metal alojado contra su hueso, dejó la cama. Sus músculos se había vuelto fláccidos por la inactividad, aunque con tenacidad él se obligó a hacer ejercicio. De la cama a la pared y regreso, una y otra vez, penosamente, hasta que empezó a sentir calambres en sus hombros y piernas. Sin embargo, continuó y se negó a rendirse al dolor palpitante que le recordaba continuamente su herida.

Cuando empezó a llegar la gente de la mañana hizo una pausa para escuchar unas pisadas familiares que se acercaban por el pasillo a su habitación. Entonces, unas pisadas más decididas, masculinas, se unieron a las primeras.

—Se la ve muy hermosa esta mañana, señorita Hawthorne. — Cornwell soltó cálidamente su cumplido y Albert pudo imaginárselo mirando con ojos ávidos esas suaves curvas femeninas.

—Oh, teniente — repuso Candy en tono más serio—. El mayor Magruder acaba de preguntar dónde estaba usted. Lo necesitan inmediatamente en cirugía.

—El deber me llama — dijo tristemente el cirujano—. Pero mi corazón se queda con usted.

Albert levantó la vista al techo. Si el hombre prestara a su trabajo por lo menos tanta atención como la que le dedicaba a Candy, ni hablar de los milagros que podría realizar.

El teniente Cornwell se marchó de prisa y el tic tac de los tacones altos siguió su camino. Albert se volvió cuando las pisadas se detuvieron ante su puerta. Vio la sorpresa en la cara de Candy cuando ella entró y dejó a un lado el montón de sábanas que traía.

—¿Puedes estar levantado? — preguntó con desconfianza.

Con ácido mal humor, él replicó :

—Mejor levantado que soportar otro día más en la cama.

—Tienes aspecto de necesitar descanso. Siéntate mientras yo cambio la ropa de cama y después caminaré contigo un rato hasta que llegue Karen. Ella se alegrará de verte levantado.

—¡No me mimes, mujer! — La rechazó con un gesto cuando ella intentó acompañarlo hasta una silla. — No necesito una niñera que me cuide cuando camino.

—Bueno, alguien debería estar aquí para ver cuando te rompas ese tonto cuello — replicó ella animosamente.

—Si lo hago, tu amigo podría practicar en mí. Estoy seguro de que necesita esa experiencia. Parece mucho más inclinado a cortejar mujeres que a manejar el escalpelo.

—Tú no puedes saber nada de sus habilidades — protestó Candy—. Nunca has estado en cirugía con él.

—No, pero lo he visto recorrer de un lado a otro los pasillos como un cachorrillo jadeante, pisándote los talones. ¿Cuándo le dedica tiempo a sus obligaciones?

Candy retiró las sábanas sucias de la cama.

—El teniente Cornwell sólo se muestra amable y tú no tienes motivos para ser cáustico.

—¿Alguna vez has pensado enfriar su ardor? — preguntó secamente Albert.

—Yo no lo aliento, te lo aseguro, señor mayor — replicó ella.

Caminó hasta la puerta y arrojó al pasillo las sábanas sucias. Regresó con otras limpias y lo miró—. No he hecho nada inapropiado.

—Tampoco lo has desalentado. He visto la forma en que te mira, como un jovenzuelo enardecido y ansioso de sorprenderte en el rincón más cercano. Actúas como si tu madre nunca te hubiera advertido acerca de esos hombres.

—Oh, ella me advirtió acerca de todos ellos — rió ella en tono regocijado—. Pero fue a los de tu clase a los que no mencionó. ¿Debo depender de usted, mayor, para que me aconseje acerca de lo que ya ha tomado? Ciertamente, al lado de usted, yo debería considerar un santo al teniente Cornwell.

Se volvió para tender las sábanas en la cama, pero Albert no estaba dispuesto a dejarla con la última palabra. Olvidando las muletas, trató de tomarla de un brazo y de pronto se vio girando lentamente sobre los rígidos palos. Se cogió a los pies de la cama para no caer de bruces y la muleta bajo su brazo derecho se deslizó y cayó al suelo. El dolor le atravesó la pierna cuando todo su peso se apoyó en ella y el miembro debilitado empezó a doblarse. Las palabras que Candy se disponía a lanzar con rencor se convirtieron en una exclamación de alarma cuando lo vio desplomarse. Corrió junto a él, metió uno de sus hombros debajo del brazo de él, impidió que cayera y lo sostuvo con firmeza.

—¿Estás bien? — preguntó con ansiedad.

El se enderezó lentamente y miró esos ojos verdes llenos de preocupación. ¡Ella poseía una boca tan hermosa y expresiva que necesitaba… que la besaran!

Candy sintió que el brazo de él se tensaba contra su espalda y antes que pudiera darse cuenta se vio levantada para encontrar los labios entreabiertos de él con los suyos. Con la boca abierta, el beso reveló vívidamente los deseos largo tiempo contenidos de Albert y a ella la atravesaron como un relámpago, desnudándole sus propios deseos y pasiones. Luchando desesperadamente contra la locura que amenazaba devorarla, se apartó y retrocedió un paso, sacudida y estremecida por la excitación que la dominaba. Indignada porque él había osado atacarla en esa forma y en un sitio tan público como ése, lo abofeteó en la mejilla. Al instante siguiente, giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta, ansiando encontrar un lugar donde poder estar sola y desahogarse con los sollozos angustiados que se acumulaban en su garganta.

Unas botas pesadas golpearon el suelo de mármol del pasillo fuera de la habitación de Albert, y Candy, con esfuerzo, recobró su compostura. Fue un triunfo duramente ganado cuando salió al corredor en actitud contenida y fría, pero su compostura casi volvió a derrumbarse cuando una voz familiar la llamó:

—¡Vaya, señora Andrew!

Giró y vio al teniente Baxter que corría hacia ella y sólo pudo quedarse inmovilizada en muda confusión cuando él se le acercó. No se le ocurrió ninguna escapatoria fácil o graciosa de la situación en que se hallaba.

—Usted me recuerda, ¿verdad, señora Andrew? Quiero decir…en realidad no nos hablamos aquella noche en el apartamento de su marido… pero la reconocería en cualquier parte. y yo nunca olvido una cara. — Rió y agregó: — Especialmente una tan bonita.

Candy estaba demasiado atónita para responder, pero el hombre siguió con sus preguntas sin percatarse de la incomodidad de la joven.

—¿Cómo se encuentra el mayor? He oído hablar de su acto de heroísmo y de su promoción. Tiene derecho a sentirse orgulloso de sí mismo.

—El mayor Andrew… se encuentra bien — respondió ella vacilando—. ¿Usted desea verlo… ahora?

—En realidad — rió el oficial para cubrir su embarazo, pues difícilmente hubiera podido jactarse de que tenía forúnculos en el trasero —, tengo un pequeño problema que debo atender primero. ¿Está disponible alguno de los doctores?

—Por qué no averigua con el sargento Grissom — sugirió ella desconcertada—. Si no está en su escritorio del piso bajo, aguarde aquí. El podrá encontrar un médico para que lo atienda y le ahorrará tener que buscarlo.

—Gracias, señora Andrew.

Ella abrió la boca para corregirlo pero él dio media vuelta y se alejó, dejándola frente a los ojos llameantes de su prima. Karen se había acercado detrás del teniente Baxter cuando él llamó a Candy y se quedó para oír el diálogo.

—¿Te atreves a hacerte pasar por la señora Andrew? — dijo Karen con los dientes apretados de furia. Amenazante, agitó un puño debajo de la nariz de su prima y juró —: ¡Lo tendrás a él y a ese título después de pasar sobre mi cadáver!

Karen entró resueltamente en la habitación de Albert y cerró dando un portazo. El mayor inmediatamente fue víctima de una vívida y muy insultante descripción de su carácter y Candy huyó, pues no deseaba escuchar las vulgares acusaciones que su prima hizo contra ellos. Fue mucho más tarde que envió a un enfermero para que terminase de tender la cama.

El regreso del mayor a la casa de los Kleiss fue celebrado con un estoico saludo de por lo menos uno de los moradores. Angus Kleiss había estado esperando lo peor y el desencanto reinó junto con el usual resentimiento que sentía contra su yerno. Esa misma tarde Albert fue llevado al cuarto de huéspedes y Karen dio una larga explicación acerca de cómo él estaría más cómodo allí, ahora que tenía que pensar en su pierna herida. Albert no deseaba otra cosa, pero notó que Karen estaba excepcionalmente satisfecha de sí misma por haber pensado en ese arreglo.

Después de representar tanto tiempo el papel de obediente esposa. Karen se sentía inquieta en esa situación restrictiva. Ahora que Albert había sido alejado de la diaria presencia de Candy, Karen no perdió tiempo en reanudar su vida social y volvió a concurrir a tés con esposas de militares y a aceptar invitaciones a almorzar de oficiales de alto rango de quienes esperaba que ayudaran a la carrera de su marido.

Era el mes de julio cuando el doctor Martin, que acompañaba a Candy a la casa de la señora Hawthorne después de un día en el hospital, se detuvo en la casa de los Kleiss para dejar un mensaje para Albert. Era una carta oficial que informaba al mayor de su inminente baja médica del servicio. Leala la envió directamente arriba con Dulcie mientras que invitó a los recién llegados a beber alguna cosa refrescante. Pero la sirvienta negra fue detenida en la puerta del mayor.

—Yo recibiré esto. — Karen tendió la mano y salió al pasillo. — Tú regresa a tu trabajo. La mujer miró preocupada la puerta del mayor.

—La señora Leala dijo que le dé esta carta directamente al mayor.

Karen la miró amenazante.

—¡Dámela, he dicho !

En eso se abrió la puerta y Dulcie, aliviada, le entregó la carta a Albert, dio media vuelta y se marchó. De regreso en el salón, la sirvienta estaba en el proceso de servir los refrescos cuando un chillido horrendo atravesó la casa haciendo temblar los cristales de las ventanas. Por un momento, todos los rostros en la habitación quedaron inmóviles y en el silencio que siguió se oyó abrirse una puerta en el piso alto y en seguida el tono frío de Albert:

—Adiós, señora.

La puerta fue cerrada con suavidad pero poco después fue abierta con violencia. Los gritos furiosos de Karen llenaron toda la casa, lo suficientemente fuertes para que cualquiera los oyera.

—¡No te marches cuando yo estoy hablándote! — gritó—. Hubiéramos podido ir a algún sitio, ser alguien, si tú no hubieras insistido en esa temeraria campaña.

—¿Más limonada? — ofreció nerviosa Leala en un intento de desviar la atención del huésped. El esfuerzo fue insuficiente porque Karen volvió a levantar la voz.

—¡Quiero arreglar esto ahora mismo!

—Nada hay que arreglar. — El tono de voz de Albert fue casi de satisfacción mientras de la escalera llegaba el sonido de la contera de su bastón. — Me dan la baja por razones médicas. Es así de sencillo.

—¡Yanqui cobarde, sucio, desconsiderado! ¡Me haces creer que iremos a Washington mientras todo el tiempo estabas confabulando a fin de poder quedarte aquí con la sucia golfilla con quien te acostaste debajo de nuestras narices! ¡Hubiera debido permitir que papá te obligase a casarte con Lainie aquella noche, en vez de salvarte de ella! ¡Esa pequeña traidora! ¡Te hubiera arrastrado con ella hacia abajo! ¡Y todo lo que se te ocurre decir es lamentarte por la forma en que hice que te casaras conmigo! ¡No ves lo que hice por ti! ¡Vaya, deberías estarme agradecido por todo lo que hice!

Candy bajó la cabeza sobre su vaso llena de vergüenza mientras los otros ocupantes del salón se volvían para mirarla boquiabiertos. Su humillación era dolorosa, pero Karen no estaba dispuesta a interrumpir su perorata y siguió a Albert por la escalera derramando sobre él un diluvio de ataques verbales.

—¡A veces creo que tú planeaste toda esta farsa sólo para privarme de un poco de diversión!

Albert continuó su penoso descenso con sólo un comentario murmurando:

—Washington fue idea suya, señora, no mía. — Llegó al último escalón, e indiferente a las miradas que recibió de los que estaban en el salón, se volvió hacia Karen. — Ahora no habrá viaje a Washington, Karen. Todo ha terminado. Seré dado de baja no bien lleguemos a Minnesota.

—¡Minnesota! ¡A — j — j — j — j — j — !

La mano de Karen apareció y arrebató el bastón que lanzó contra la pared.

—¡Tú y tu maldita pierna! ¡Ojalá te la hubieran amputado! — Su pie surgió de bajo su falda y golpeó de lleno a Albert en el muslo derecho. Albert se volvió a medias, soltó un ronco gemido de dolor, retrocedió tambaleándose y se apoyó en el marco de la puerta del salón.

La enfurecida Karen se adelantó y lo siguió hasta que Albert se inclinó para recoger el bastón por su extremo inferior. En seguida lo blandió como un garrote. Karen, asustada, retrocedió y entró en el salón. Albert la siguió, con el rostro pálido y crispado por el dolor.

—Mujer — la amenazó — si vuelves a hacer eso, te…

Se detuvo de pronto cuando por encima del hombro de Karen vio los rostros atónitos que los miraban. Sólo Candy estaba con la cabeza baja y las manos enlazadas sobre el regazo. Albert luchó por controlarse, se irguió lentamente y por fin saludó con una breve inclinación de cabeza al doctor Martin.

Karen giró al ver ese gesto y su rostro se puso de color escarlata cuando comprendió que su vengativo acto había sido presenciado por los visitantes. No menos ruborizada estaba Leala, quien seguía sentada erguida y con la vista perdida en la distancia.

—¿Karen? ¿Albert? — La voz de Leala sonó débilmente aun en el profundo silencio del salón. — Tenemos visitas.

—Yo me marcho — dijo Albert secamente y se alejó cojeando—. No sé cuando regresaré.

Karen, al no encontrar excusa para sus actos, subió rápidamente a su habitación. El doctor Martin nada pudo hacer para aliviar el embarazo de Leala o de Candy. Se despidió de la mujer, acompañó a la muchacha hasta la puerta y se marchó.

Dulcie salió de la cocina, meneando tristemente la cabeza, mientras Leala seguía como aturdida, preguntándose cómo su dulce hija de los ojos azul oscuro había llegado a comportarse así.

CONTINUARA

YO DE EL PARTO EL BASTON CON LA CABEZA DE LA ZORRONGA, ESA MUJER ES INSOPORTABLE! ME DA PESAR EL POBRE ALBERT YA QUE LE HACEN FALTA PANTALONES Y COJONES, Y CON QUE DERECHO CELA A CANDY? MUCHO DESCARADO!

LES CUENTO, YO PENSABA QUE ESTA NOVELA SOLO TENIA 26 CAPITULOS, Y ACABO DE DARME CUENTA QUE SON MAS DE 40, COMO 44 O 45 ASI QUE TENEMOS MAS DE ESTA EMOCIONANTE HISTORIA DE LOS RUBIOS PARA RATO..

NOTA: ACABO DE LEER UN COMENTARIO DE EL BROCHE, DE PORQUE CANDY NO DIJO DE LA VOZ DE NEALL, ELLA NO ESCUCHO LA VOZ DE NEALL SI NO DE EL YANNKI, QUE COMENTO QUE EL HABIA SACADO A LA PERRITA DE SUS TIERRAS O ALGO ASI Y ELLA ESTABA RECORDANDO QUE NEALL FUE EL CAUSANTE DE QUE ELLA DEJARA SU HOGAR, PARA MI QUE EL OTRO HOMBRE ES EL FRANCES , ACUERDENSE QUE EL SIEMPRE ANDA CON UNA NAVAJA Y VISTE ELEGANTE, ES LO QUE CREO YA QUE NO ME HE LEEIDO LA NOVELA.

ABRAZOS...

ABY.