Ambos habían pasado años pensando, para sus adentros, que aquella institución no era para ellos. Jason siempre alegó al mundo disfrutar de su libertad; Damian pensaba que sólo servía para agregar problemas. Claro que en aquel entonces no se conocían.

El de ojos esmeralda se sentía ridículo, estaba enfundado en un elegante traje negro, parado frente a aquel juez que daría fe de su unión.

—Llegas tarde —le reprochó en un murmullo al mayor, que recién llegaba a su lado en un traje de idéntico color. Jason le sonrió.

—Sí, estaba pensando irme y no volver, pero me gusta mi cabeza en su lugar —recibió una mirada molesta del menor, quien chasqueó la lengua antes de indicarle que se acercara a él.

—Esto fue tu idea —Suavizó su gesto, avanzando el paso que le separaba del mercenario para acomodar su corbata. —Aún podemos irnos —susurró a su oído, sin embargo el otro le tomó de la mano y ambos comenzaron a acercarse a donde descansaban los documentos que harían de su unión algo legal. —. No necesitamos esto.

—¿Miedo, Wayne? —se burló el mayor, observando el perfil de su amado. Con el paso de los años había madurado hasta convertirse en un hombre tan atractivo como imponente; por sólo un par de centímetros no había sobrepasado en estatura a Jason, las facciones infantiles eran ya algo de un pasado que le parecía lejano, pero aquellos orbes que brillaban como preciosas joyas continuaban siendo los mismos en los que reconoció un alma noble.

Damian no admitiría que estaba nervioso, No estaba dispuesto a reconocer el motivo. Él no sentía que aquello fuese necesario, se amaban, sin necesidad de ningún documento. Sentía ese acto como algo simplemente tonto, no podía evitar rememorar el desastrozo matrimonio de sus padres; sin embargo, al mirarlo a él, supo que su historia sería distinta. Repentinamente deseó apresurar el paso y poder llamar cuanto antes a aquel hombre como suyo.