El camino trazaba una curva hacia la mansión que se vislumbraba ante las colinas.
Sakura se incorporó en el asiento y se apretó el pecho con las manos.
—¡Oh, Santo Dios!
Aquel lugar era enorme.
El edificio tenía cuatro plantas; asomaban diminutas ventanas en redondas cúpulas sobre la enorme cubierta.
Desde el rectángulo central
de la edificación partían varias alas a la izquierda, como brazos que intentaran abarcar el valle.
Las ventanas brillaban con intensidad en medio de aquella monstruosidad, como si fueran exclamaciones sobre puertas y balcones.
Era la mansión más grande que ella hubiera visto nunca, sólo comparable al Louvre, que acababa de conocer en París.
Pero esto no era un inalcanzable palacio al que no sería invitada, eso era Kilmorgan.
Su nuevo hogar.
El cochero señaló un montón de casas con el látigo.
—Kilmorgan se construyó un poco antes del reinado de Bonnie Prince Charlie, milady. El duque no quería un gélido castillo. Empleó a todos los obreros y trabajadores de los alrededores. Los malditos ingleses quemaron el lugar después de
Culloden, pero el duque lo hizo
resurgir de sus cenizas y su hijo continuó su trabajo. Nada detiene a un Uchiha.
El orgullo que rezumaba su voz era inconfundible.
El muchacho que le acompañaba en el pescante sonrió ampliamente.
—Él también pertenece al clan Uchiha —dijo el niño—. Se atribuye el mérito como si hubiera estado allí.
—Cierra la boca, chico —gruñó el cochero.
Sasuke no dijo nada, sólo se ajustó el sombrero sobre los ojos como si se dispusiera a dormir un poco.
La inquietud que le mantuvo deambulando por los trenes había
desaparecido.
Sakura se agarró con firmeza a los bordes del asiento y miró hacia la mansión fijamente, con la boca seca.
Reconoció ciertas características de estilo palladiano, como ventanas ovales con guirnaldas talladas en piedra, frontones arqueados y
disposición simétrica en las ventanas y puertas de la fachada.
Las generaciones posteriores habían añadido más elementos, como la balaustrada de piedra que
adornaba la entrada de mármol o el moderno timbre junto a la puerta principal.
Pero Sakura no tuvo que llamar para entrar.
Mientras Sasuke la ayudaba a bajar del vehículo, las puertas se abrieron para revelar a un alto y elegante mayordomo que aguardaba junto a veinte sirvientes en fila en el vestíbulo de mármol.
Los criados parecían todos escoceses; delgados pelirrojos que esbozaron enormes sonrisas cuando Sasuke la guio hasta la puerta.
Sasuke no la presentó, pero cada uno de los sirvientes, cada doncella, hizo una reverencia.
El efecto formal de la ceremonia se vio arruinado cuando cinco perros de diversos tamaños atravesaron corriendo el vestíbulo en dirección Sasuke.
Poco acostumbrada a los animales, Sakura se echó hacia atrás, pero se rio cuando vio que comenzaban a saltar alrededor de su marido enterrándole en un mar de patas y rabos oscilantes.
Sasuke bajó la cara y sonrió.
Y, para su sorpresa, les miró fijamente.
—¿Qué tal, mis lindos muchachos? —preguntó.
El mayordomo ignoró lo ocurrido, como si aquella calurosa bienvenida canina fuera de lo más común.
—Milady —Se inclinó ante ella en una reverencia—. Me gustaría transmitirle en nombre de todo el personal de Kilmorgan lo mucho que nos alegra su presencia aquí.
Por las sonrisas que le dirigió todo el mundo, estaban de acuerdo con él.
Nadie se había alegrado antes de ver llegar a Sakura Haruno.
«Lady Sakura Uchiha», se corrigió a sí misma.
Había sabido desde que conoció
a Sasuke Uchiha que él le complicaría la vida.
Sintió que una maraña de encontradas emociones crecía en su interior y la envolvía.
—Morag la guiará a sus habitaciones, milady —continuó el mayordomo.
Era alto y de huesos grandes, como todos los demás; su pelo, de un tono rubio rojizo, comenzaba a estar veteado por algunas canas
—. Le hemos preparado un baño y las habitaciones están dispuestas para que pueda descansar después de tan largo viaje. —Le hizo una reverencia a Sasuke—. Milord, el duque le espera en la sala de abajo. Dijo que se reuniera con él en cuanto llegara.
Sakura, que ya había dado dos pasos hacia la radiante Morag, se detuvo de golpe, llena de alarma.
—¿El duque?
—El duque de Kilmorgan, milady —explicó el mayordomo pacientemente.
Sakura lanzó a Sasuke una mirada de pánico.
—Pensé que estaba en Roma.
—No, está aquí.
—Pero ¿no me dijiste que…? Un momento, ¿recibió Curry algún telegrama? ¿Por qué no me has advertido?
Sasuke negó con la cabeza, su oscuro pelo se onduló contra el cuello.
—No lo he sabido hasta que atravesamos el portón y vi ondear la bandera. Sólo está izada cuando Itachi está en casa.
—Oh, por supuesto. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Sasuke le tendió la mano.
—Ven conmigo. Querrá conocerte.
Sasuke, como siempre, no demostró lo que pensaba, pero Sakura tuvo la sospecha de que aquel giro de los acontecimientos no le hacía demasiado feliz.
A pesar de la reciente tranquilidad que había mostrado en el carruaje, estaba otra vez tan tenso y nervioso como cuando se paseaba por los pasillos de los trenes.
Sakura deslizó sus dedos fríos como el hielo en la cálida mano masculina.
—Muy bien. Supongo que será mejor acabar cuanto antes.
Él esbozó una débil sonrisa y le apretó la mano antes de guiarla al interior de la casa.
Los cinco perros les siguieron con las garras resonando en el suelo color pizarra.
Itachi Uchiha, duque de Kilmorgan, se parecía a sus hermanos y, a la vez, era totalmente distinto.
Estaba sentado cerca de la chimenea, detrás de un escritorio tan
elaboradamente ornamentado como el resto de la sala.
Escribía con gran concentración y no levantó la cabeza cuando entraron.
La enorme estancia en la que esperaron a que Su Excelencia les prestara atención era tan grande como tres habitaciones juntas.
El techo estaba mucho más
alto que cualquier otro que ella hubiera visto antes y en él había una pintura al fresco de dioses retozando en el Paraíso.
Las paredes también estaban cubiertas de cuadros.
Había bocetos de Kilmorgan
en épocas pasadas y muchos retratos de damas y caballeros, casi todos vestidos según la usanza escocesa o siguiendo las distintas modas imperantes.
Sakura llegó a la conclusión de que se podría aprender la historia del vestido con sólo observar las figuras de los cuadros colgados de ese lugar.
Sasuke había cerrado la puerta dejando fuera a los cinco perros, y éstos habían parecido resignados, como si supieran que no podían traspasar el umbral de tan magnífico lugar.
Ella pensó con irritación que Itachi les iba a hacer esperar como si fueran dos escolares que tuvieran que ser reprendidos.
—Excelencia… —dijo ella.
El duque alzó su penetrante mirada.
Sus pupilas brillaban con intensidad, tan oscuras como las de Sasuke, pero a Sakura le recordaron los ojos de un halcón.
Sasuke no habló y permaneció quieto sin inmutarse.
Itachi soltó la pluma en la bandeja con un golpe seco antes de levantarse.
Era alto, como todos los Uchiha, con el pelo oscuro.
Tenía los hombros anchos y la misma constitución poderosa que sus hermanos, así como la mandíbula cuadrada.
Llevaba puesto un kilt formal con los colores de los Uchiha, cuadros azules y verdes con líneas rojas y blancas.
La chaqueta oscura le cubría como
una segunda piel; probablemente había sido hecha a medida por el mejor sastre de Edimburgo.
Sin embargo, su expresión no recordaba a ninguno de sus hermanos.
La cara de Sai mostraba la aburrida e inquieta obsesión de un artista.
La de Naruto era más basta, más bruta, por culpa de la cicatriz; parecía un rufián.
Itachi también; pero en él el efecto se veía realzado por la confianza en sí mismo que transmitían cada uno de sus gestos.
Aquel hombre no tenía ninguna duda de que todas sus órdenes serían cumplidas.
No se trataba de prepotencia, sino de fría certeza.
Dominaba cada aspecto de aquella estancia… excepto a Sasuke.
Las oleadas de arrogante confianza que Itachi emitía parecían fraccionarse y fluir alrededor de su
hermano menor sin que éste sintiera su efecto.
El duque apartó finalmente su penetrante mirada de ella y la posó sobre Sasuke.
—¿No había otra manera? —Habló como si estuvieran en mitad de una
conversación, pero Sasuke pareció entenderle porque negó con la cabeza.
—Inuzuka habría encontrado la manera de utilizarla. O la hubiera convertido en una excusa para arrestarme.
—Ese hombre es un cerdo. —Itachi volvió a mirar a Sakura de soslayo antes de dirigirse a Sasuke—. Ella ha sido dama de compañía, ¿verdad? ¿Por qué Ino se hizo amiga suya?
Sakura se separó de Sasuke y se adelantó unos pasos, tendiéndole la mano.
—Estoy bien, muchas gracias por preguntar. El viaje fue algo cansado pero no tuvimos incidentes ni problemas en el trayecto. Tampoco explotó una bomba de los
fenianos en ninguna de las estaciones.
Itachi lanzó a Sasuke una mirada ceñuda.
—Le gustan las bromas —informó Sasuke.
—¿De veras? —respondió Itachi en tono helado.
—También me gusta el chocolate fundido y la crema de fresas. —Sakura dejó caer la mano que él había ignorado—. Pero de momento me conformaré con un vaso de
agua fría y una cama cómoda.
—No recuerdo haber ordenado que viniera, señora Haruno. —Para variar, Itachi se dirigió a ella directamente—. Podría estar arriba descansando en una cómoda cama si hubiera seguido a la doncella.
A Sakura se le aceleró el corazón.
—A la única persona que le permití darme órdenes, Excelencia, fue a la señora Barrington, y sólo porque me pagaba un sueldo.
Itachi arqueó las cejas con ferocidad.
—Déjala en paz, Itachi —dijo Sasuke.
El duque miró a su hermano con rapidez y luego volvió a centrarse en Sakura.
Leyó en sus ojos que Itachi no sabía qué hacer con ella ni lo que significaba para Sasuke.
Tampoco es que ella estuviera segura de qué pensaba su marido, pero notó que al duque no le gustaba no saberlo.
Quería catalogarla de inmediato y clasificarla a su antojo; de hecho, lo más probable es que ya lo hubiera hecho antes de verla, y que tener que reconsiderar ahora su postura le irritara sobremanera.
—Ahora que ya ha demostrado que es usted una mujer independiente —se
burló Itachi con sorna—, ¿podría dejarnos solos un instante? Me gustaría hablar con Sasuke en privado.
Era un hombre acostumbrado a salirse siempre con la suya.
Sakura abrió la boca para responder con un educado «por supuesto», pero Sasuke se le adelantó.
—No.
—¿Qué? —Itachi clavó en él las pupilas, agudas como las de un águila.
—Quiero acompañar a Sakura arriba y ayudarla a acomodarse. Podremos hablar durante la cena.
—Para eso están las doncellas.
—Quiero hacerlo yo.
Itachi se dio por vencido, pero no ocultó su frustración.
—El gong sonará a las siete cuarenta y cinco y la cena se servirá a las ocho.
Vestimos formalmente, señora Haruno. No se retrase.
Sakura deslizó la mano en la de Sasuke intentando ocultar su nerviosismo.
—Llámeme Sakura, por favor —le invitó—. Ya no soy la señora Haruno. Para mi profundo asombro, y supongo que también para el suyo, ahora soy su cuñada.
Itachi se quedó paralizado.
Sasuke arqueó las cejas al notarlo y luego se dio la vuelta para llevarse a Sakura fuera de allí.
Cuando salieron les rodearon los perros que seguían esperando pacientemente.
Lanzó a su marido una mirada llena de preocupación, pero él mostraba la sonrisa más amplia que ella le hubiera visto nunca.
Sakura era maravillosa, asombrosa.
A Sasuke le dio un vuelco el corazón cuando la vio salir del vestidor envuelta en seda de profundo color azul.
El corpiño dejaba al descubierto el nacimiento del pecho, y resultaba el marco perfecto para el collar de
diamantes que acababa de regalarle.
Ella le miró con serenidad cuando él le ofreció el brazo para escoltarla hasta el comedor.
El collar había pertenecido a su madre.
Sasuke recordaba cómo había presumido su padre de la belleza de su esposa, y los celosos arrebatos que sufría cuando la miraba otro hombre.
Había sido propenso a dejarse llevar por incontrolables ataques de furia
que acabaron teniendo funestas consecuencias.
Cualquier otra mujer se habría caído redonda de miedo si Itachi hubiera clavado en ella aquella famosa mirada suya.
Incluso la propia esposa de su hermano se había desmayado en más de una ocasión cuando éste la miraba así.
Pero su Sakura, no.
Ella se había enfrentado a él con la cabeza alta y la espalda recta y le había dicho lo que pensaba sin pelos en la lengua.
Sasuke quiso reírse hasta que los retratos de sus ilustres antepasados cayeran de las paredes.
Algunas veces, Itachi necesitaba que le dieran una buena patada en el culo y si Sakura estaba dispuesta a ello, ¿quién era él para impedirlo?
Itachi guardó silencio cuando entraron en el comedor y se quedó de pie hasta que Sasuke ayudó a Sakura a sentarse.
El duque asumió la presidencia de la mesa y ellos se sentaron a ambos lados, a cierta distancia de él.
Si Itachi no hubiera estado allí, hubieran podido cenar a solas en el pequeño comedor de su ala de la casa.
Podrían haberse sentado juntos, deleitándose en la privacidad.
Había querido demorarse en el vestidor con ella y ayudarla a cambiarse de ropa para la cena, pero Curry llegó con su kilt sobre el brazo e insistió en que debía bañarse y afeitarse.
Cuando se retiraran esa noche, pensaba despedir a todo aquel personal demasiado servicial y desvestirla él mismo.
Estaba decidido a dormir con ella entre sus brazos y a despertarse de la misma manera.
—¿Me has oído? —dijo Itachi con voz aguda.
Sasuke cortó el filete en el plato y revisó mentalmente con rapidez lo que su hermano había dicho mientras él pensaba en Sakura.
—El tratado que has firmado en Roma. Quieres que me lo lea y me lo aprenda de memoria. Lo haré después de la cena.
—¿Sasuke tiene almacenados en la cabeza muchos tratados extranjeros? —preguntó Sakura.
Su tono era inocente, pero sus ojos verdes brillaban con intensidad.
Itachi le lanzó una dura mirada.
—Los tratados tienen la peculiaridad de que cambian de sentido según quién los interpreta, un matiz aquí o allá. Sasuke recuerda cada palabra exacta del original.
Sakura le guiñó un ojo a su marido.
—Estoy segura de que resultará una conversación fascinante a la hora del té.
Sasuke no pudo contener una amplia sonrisa.
Hacía mucho tiempo que no veía a
Itachi tan irritado.
El duque lanzó una gélida y penetrante mirada a su esposa, pero ella le ignoró con desparpajo.
—¿Tus tazas han sobrevivido al viaje intactas? —le preguntó Sakura.
Se le aceleró el corazón al recordar el frío roce de la porcelana en la punta de los dedos, la satisfacción al observar el desconcierto en la cara de Mather.
—Las desenvolví y las guardé donde corresponde. Están perfectamente.
—¿Has comprado más tazas? —intervino Itachi.
Sakura asintió con la cabeza al ver que Sasuke guardaba silencio.
—Ha comprado dos tazas preciosas. Una es blanca con flores azules enlazadas; la otra tiene flores rojas y la porcelana parece más fina. Si lo he entendido bien, la pintura y la exquisitez de la loza indican que podría tratarse de porcelana imperial.
—Correcto —dijo Sasuke.
—Me leí un libro en París sobre el tema —confesó Sakura con una descarada sonrisa.
Sasuke la miró y se olvidó de todo lo demás.
Supo inconscientemente que Itachi le estudiaba con atención, pero le hizo el mismo caso que a un insecto zumbándole al oído.
¿Cómo se las arreglaba Sakura para decir siempre las palabras que él necesitaba escuchar justo en el momento oportuno? Ni siquiera Curry se anticipaba de esa manera.
Sakura observó todo lo que la rodeaba.
El elegante comedor, la mesa alargada, los brillantes bajoplatos de plata, los cuadros de los antepasados de los Uchiha, de las propiedades de los Uchiha, de los perros de los Uchiha, los lacayos de guantes blancos que revoloteaban a su alrededor.
—Me sorprende que no tenga un gaitero —le comentó a Itachi—. Supuse que en la cena nos acompañaría una banda de gaitas.
Itachi la miró con palpable desaprobación.
—No se toca la gaita en el interior de la casa. Es un sonido demasiado
estruendoso.
—Papá sí lo permitía —señaló Sasuke —. Me provocaban dolores de cabeza.
—Por eso lo he prohibido —apostilló Itachi.
—No somos la típica familia escocesa de los cuentos en los que todos llevan colgada su claymore y añoran los días de Bonnie Prince Charlie. La reina puede construir un castillo en Balmoral y vestirse con un kilt, pero eso no la convierte en escocesa.
—¿Qué es lo que te convierte en escocés?
—El corazón —dijo el duque de Kilmorgan—. Nacer en el seno de un clan escocés y llevar su esencia en el alma.
—Saber que comer gachas no mata —añadió Sasuke.
Lo había dicho en serio; su
intención era impedir que Itachi comenzara un sermón sobre lo que significaba ser escocés, pero le agradó arrancar a Sakura una hermosa sonrisa.
Aunque Itachi podía hablar inglés sin el más leve acento escocés, había estudiado en Cambridge y se sentaba en la Cámara de los Lores británica, atesoraba unas firmes ideas sobre
Escocia y lo que quería para ella.
Y podía disertar sobre ello durante horas.
Itachi le miró con el ceño fruncido antes de clavar la vista en la comida.
Sakura le dirigió otra sonrisa que hizo que su imaginación se desbocara.
Continuaron cenando en silencio.
El único sonido que se escuchaba era el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana.
Sakura resultaba hermosa bajo las
luces de las velas; los diamantes brillaban con la misma intensidad que sus ojos.
Cuando por fin abandonaron la mesa, Itachi les recordó con voz seca algo sobre su condenado tratado.
—Está bien —aceptó Sakura con rapidez—. Me gustaría dar una vuelta por los jardines antes de dormir. No importa, ¿verdad?
Sasuke la escoltó hasta la puerta de la terraza.
Los perros comenzaron a moverse a
su alrededor agitando las colas.
Le gustaría llevar a sakura a la sala de billar, se le habían ocurrido algunas cosas muy imaginativas que podrían realizar allí, pero si ella quería dar un paseo, no sería él quién se lo impidiera.
Los jardines podían resultar igual de entretenidos.
Sakura le apretó el brazo antes de que él pudiera decir nada y desapareció por la puerta.
Los cinco perros la siguieron cuando comenzó a pasear por el sendero.
Sasuke cogió el tratado que le tendía Itachi y le siguió a la sala de billar, esperando que aquella puñetera cosa no fuera demasiado larga.
La autora del libro es Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
