Jueves 2 de Julio 2015

Quinn Fabray

Salt Lake city

22

—¿De verdad que no estás cansada? Puedo conducir yo.

—No. Relájate y disfruta de las vistas.

—Son impresionantes, ¿Verdad?—susurró y yo me permití el lujo de desviar la mirada por algunos segundos de la carretera, hacia el horizonte que ardía justo a mi derecha.

—No se sabe dónde empieza el cielo y donde acaba la tierra.

—Forrest Gump—musitó y yo sonreí orgullosa.—Me encanta esa película…

—Y a mí—susurré pensando no solo en esa preciosa escena en la que Tom Hanks interpretando al mítico Forrest Gump, le explica a Jenny las maravillas que había visto mientras corría sin motivo alguno a lo largo y ancho del país, sino también en ella, en la perfecta imagen que me regalaba en ese momento, reclinada sobre el respaldo del asiento y dejando que la luz, la intensa luz del impresionante atardecer se reflejase su rostro a través de la ventanilla.

Lógicamente no era el mismo escenario que el de la película, pero el desierto rojo de Wamsutter, en Wyoming, era lo suficientemente especial como para que un simple atardecer se convirtiese en todo un acontecimiento espectacular, yo diría que incluso celestial. Porque Rachel no tardó en enseñarme, como siempre solía hacer cada vez que hablaba de estrellas, de planetas o cuerpos celestes, que aquel prodigio que nos acompañaba antes de que la noche cayese sobre nosotras, era único en la galaxia. Que no había otro planeta en el sistema solar en el que se pudiese contemplar una puesta de Sol como las que podíamos disfrutar los terrícolas. Tal vez podrían disfrutar de muchos atardeceres, pero estaba convencida de que ninguno sería como el nuestro, porque nuestro planeta ya de por sí era especial. Y que, sin duda, era algo que debíamos valorar más de lo que ya se solía hacer.

Ella no lo sabía, pero para mí estaba siendo uno de los mejores momentos de mi vida, uno de los que más calma y tranquilidad me llegaron a ofrecer, a pesar de sentir como mi trasero ya empezaba a lamentarse por las casi dos horas y media que llevábamos sentadas, después de estar prácticamente todo el día de la misma forma. Pero no me importó, y no se lo hice saber a pesar de su interés por mi estado físico para seguir conduciendo.

7 horas y media de viaje. 7 horas y media de las cuales 4 me propuse hacer yo, a pesar de la insistencia de Rachel por tomar el volante del BMW X5 que Jesse se encargó de alquilar para la ocasión.

Insistía porque decía que no podía permitir que cargase con tantos kilómetros después de pasar todo el día trabajando, y correr como nunca antes lo había hecho para tener la maleta y todo listo a las 6 de la tarde, hora en la que decidimos emprender el trayecto. Pero su excusa no me sirvió de nada por dos sencillos motivos; El primero, porque por mucho que tratase de quitarle importancia al hecho, yo no podía evitar sentirme un tanto mal al disfrutar de un viaje como aquel sin tener que haberme encargado de nada, ni siquiera de tener que llenar el depósito de la gasolina, o la cena que Rachel pagó apenas una hora después de salir. Por lo que al menos deseaba tener esa responsabilidad de ser quien condujese. Y segundo, era la primera vez en mi vida que conducía un coche de aquellas características, en el que todo era tan sencillo que por primera vez empecé a comprender la fascinación de Robert por los coches de gama alta. Y que me permitió disfrutar precisamente de unas vistas espectaculares, porque mientras ella se recreaba en lo que íbamos encontrándonos en nuestro trayecto, yo la miraba a ella. La sentía a mi lado, notaba su bienestar, las buenas vibraciones que desprendía al saber que por fin, tal y como me había confesado, podría asistir a una convención astronómica después de muchísimo tiempo sin poder hacerlo por diferentes circunstancias. Un agradecimiento que yo no quise aceptar por ser yo quien la acompañase teniendo por delante más de 7 horas de viaje en coche, porque era imposible tomar un avión o un billete de tren con tan poco tiempo de reacción.

7 horas y media de viaje que a mí no me pesaban en absoluto, o al menos no tuve sensación alguna de creer que sería una gran paliza física, sino un gran regalo. Una oportunidad de alejarme, de dejar al menos por unos días todo el lío que venía sacudiéndome por culpa de la casa y la dichosa mudanza. Por el estrés que me producía tener que cumplir con unos objetivos en el trabajo y no tener un apoyo, un mínimo de aliento positivo por parte de mi novio, que estaba inmerso en convertirse en el mejor vendedor de casas de Denver. Sí, también sentí que aquel viaje era un regalo por alejarme de él unos días, a pesar de que en la última semana nos habíamos visto a cuenta gotas.

Lo necesitaba. Necesitaba urgentemente tener ese tiempo para mí a solas, aunque en aquel instante me acompañase mi chica galáctica. Para pensar, para meditar y ordenar todo el revuelo de contradicciones que me aquejaba respecto a mi relación con él. Lógicamente, él no lo sabía, y quise creer que tampoco lo intuía, aunque poco a poco fui viendo una actitud poco habitual en él que me empezó a preocupar.

Una actitud que lo llevó a valorar positivamente que acompañase a Rachel en aquel viaje, llegando incluso a despedirse de mí con un: No te preocupes por nada, y diviértete. Cuando vuelvas todo estará en orden, y nuestra casa estará perfecta para nosotros. De hecho, fue tan extraño que me dijese aquello que llegué a pensar que él también necesitaba que yo me alejase de él, pero no quise pensarlo demasiado. Porque de haberlo hecho, de haber sabido lo que estaba por sucedernos, jamás me habría marchado. Jamás me habría subido a aquel coche con mi chica galáctica con destino a las estrellas. O eso creí.

—En cuanto lleguemos a otra área de servicio, nos cambiamos y yo conduzco—dijo entre dientes, casi sin voz por culpa de la absoluta tranquilidad que la azotaba mientras contemplaba el atardecer. Yo ni siquiera le respondí. Me limité a ponerle banda sonora a aquel instante haciendo uso del impresionante reproductor de música con una canción que yo ni siquiera conocía que existiese, pero que a Rachel parecía fascinarle. —¡Déjala!—añadió sorprendiéndome antes de que pudiese cambiar de pista. –Me gusta mucho esa canción, y hace años que no la escucho.

—Ok… Yo creo que es la primera vez en mi vida que la escucho.

—¿De veras? ¿No conoces a Colbie Calliat?

—Mmm… Sí, pero no soy muy fan que digamos.

—Pues escúchala, porque seguro que te gusta…—Y eso hice. Y eso me sucedió.

No, no solo me encantó la simple canción, porque era sencilla a más no poder, sino que me fascinó y me hizo disfrutar aún más si cabía de aquel momento en el que ya apenas nos quedábamos sin sol.

Una canción que hablaba de caer enamorada y no poder evitarlo. Una canción que se convertía en toda una premonición que no quise entender, aunque ya empezara a intuir. Una canción que, efectivamente, sirvió de banda sonora y permitió que la insistencia de mi querida acompañante por tomar el volante, se esfumase gracias a un leve sueño que la invadió por unos 30 o 40 minutos, cuando ya no había vestigio alguno de luz solar sobre nosotras, y yo dejaba que la música me invadiese.

Ni siquiera me di cuenta de que me estaba viendo bailar mientras conducía, aunque lo cierto es que ni siquiera yo me di cuenta de que bailaba. Estaba tan metida en mi mundo, en mis pensamientos y en la música mientras ella dormía a mi lado, que no fui consciente de como mi cuerpo comenzó a moverse dejándose llevar por el ritmo de la música, aunque éste no fuese demasiado vibrante. Y ella me vio. Me vio y me observó durante varios minutos, o tal vez muchos más de los que yo creía, hasta que la descubrí.

—¡Hey!... ¿Ya no duermes?

—No.

—¿Por qué no has dicho nada? Pensé que dormías.

—Porque si llego a decir algo me habría perdido este espectáculo al volante—me respondió sonriente.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta?

—Lo suficiente para saber que llevas el ritmo en la sangre.

—¡No te rías de mí! Solo trataba de distraerme mientras tú dormías.

—No me rio de ti, y me parece perfecto que te distraigas mientras duermo. Aunque no me deberías haber dejado que cerrase los ojos ni cinco minutos. No es de buen copiloto hacerlo.

—Estás cansada, ha sido un día largo y duro. Necesitas descansar.

—No mientras conduces… Ya deberíamos haber parado para hacer el cambio.

—Prefiero bailar y cantar… ¿Me acompañas?

—No. Ni en broma… Busca un sitio en el que detenernos, es mi turno de conducir.

—Relájate, Rachel… Estoy bien, y ahora que estás despierta podemos divertirnos las dos.

—¿Bailando?

—Cantando…

—No voy a cantar.

—¿Por qué? ¿Quieres volver a dormir?

—No, no quiero dormir, ni tampoco quiero cantar. Quiero que nos cambiemos y me dejes conducir para que puedas descansar. Hicimos un trato, ¿Recuerdas?

—¿Por qué no quieres cantar?—la cuestioné ignorando su petición.

—Porque no me gusta, y porque si canto dejaremos de ver las estrellas. Seguro que llueve…

—Exagerada… ¡Vamos! Solo una…

—Quinn, no voy a cantar, ni a bailar, lo único que voy a hacer es tomar ese volante cuando se te ocurra parar, y así…

No la dejé. No permití que siguiese hablándome porque me encargué de que mi voz sonase más fuerte que la de ella mientras me lanzaba a canturrear la canción que sonaba en aquel instante. Y ni siquiera conocía la letra. No me importó, lo único que pretendía era que disfrutase del viaje y que me dejase tener al menos algún tipo de responsabilidad en aquello. Y tampoco la dejé que me reprochase mi actitud, aunque a juzgar por el gesto que me regaló con su cara, supe que ni siquiera tenía palabras qué decirme.

No sé si lo que al confundió más fue que ignorase su petición, o como había logrado destrozar una de las partes más interesantes de la canción con mi falta de voz, pero verla mirarme de aquella manera me divirtió tanto, que lejos de detenerme, me aventuré a dar lo mejor de mí en notas en las que no habría llegado ni con cientos de años de preparación vocal. No me importó.

Me importaba más mirarla de reojo y ver como sonreía completamente incrédula. Y así me mantuve hasta que la estridencia de mi voz ya empezaba a suplicarnos por algo de calma, pero ella no habló en ningún momento. Ni hizo nada, ni siquiera la vi moverse un poco por el ritmo. Simplemente me miraba, me contemplaba sin borrar la sonrisa de su rostro, mostrando esa paciencia de la que siempre me habló y de la que tanto aprendí cuando la tuve a mi lado. Tal vez no era la mejor consejera, como ella decía, pero para escuchar, para estar a tu lado y hacerte sentir bien sin siquiera mencionar palabra alguna, era única.

Yo necesitaba aquello. Necesitaba olvidarme de la responsabilidad aunque al menos fuesen un par de días, necesitaba no romperme la cabeza y sonreír sin pensar en lo que me estaba sucediendo. Necesitaba distraerme y ella parecía entender a la perfección mi necesidad, y sabía ofrecérmela. Sabía ser mi cómplice aunque no participase en aquella estúpida locura de cantar como un gato hambriento mientras conducía.

Y no solo con aquello fue cómplice. Tal vez porque cuidaba mucho los detalles, o porque simplemente era el ser más especial y único del jodido universo, pero Rachel se encargó de que aquella noche quedase para siempre en mi memoria, y en mi corazón.

—¡Hey! Detente un momento—me dijo reaccionando de su mutismo absoluto mientras desviaba su mirada continuamente hacia el exterior, y a mí. Yo la miré confusa.

—¿No quieres que cante más?

—Sí, quiero que cantes todo lo que quieras, pero antes quiero que tomes el siguiente desvío— me respondió centrándose en el ultra moderno navegador que nos indicaba el camino desde el salpicadero del coche.

—¿Cómo? ¿Qué desvío?

—Me da igual… Ese… Ahí delante hay un desvío, tómalo.

—Pero… ¿Para qué? Tenemos que seguir de frente, Rachel. Estamos en mitad del desierto y…

—Hazme caso. Confía en mí y toma ese camino… O salida, o lo que sea, pero sal de la carretera y aléjate de ella hacia el interior.

—¿Estás loca? Si lo que quieres es que nos cambiemos, lo hacemos… Pero no hace falta desviarse, solo tengo que detenerme en el arcén y ya está. O esperamos a la siguiente gasolinera que nos salga al paso y…

—¡Quinn! ¡El desvío!—exclamó con tanta insistencia que no pude, o mejor dicho, no supe decirle que no. Y tal y como ella, y el navegador me indicaba, giré el volante tras descender la velocidad y tomé el pedregoso camino que me había indicado, sin tener ni idea de qué pretendía y mucho menos de hacia dónde nos llevaba aquel trayecto.

Rápidamente, y casi sin tiempo a asimilarlo, el navegador empezó a avisarnos de que la ruta no era la correcta, pero a ella le importó un soberano pepino y directamente lo desconectó.

—¿Qué haces?

—Confía en mí, Quinn. Sigue por aquí y aléjate de las luces de la carretera.

Si, justamente eso era lo que estaba haciendo, pero porque no me quedó más remedio. Y lo peor es que lo hacía con miedo. Sí, con miedo porque la oscuridad nos invadió por completo y las luces del coche no eran suficientes para indicarme qué diablos nos íbamos a encontrar en mitad de aquel desierto, ni siquiera con 50 metros de antelación. Una piedra, un animal, un arbusto, o quien sabe… Tal vez un acantilado. No lo sabía, y por eso mismo llegué a sentir ese miedo que en ella no era más que diversión, o curiosidad. No sabría describirlo, como tampoco pude intuir lo que pensaba al verla mirar hacia adelante con los ojos abiertos como platos, y sin prestarme atención nada más que para alentarme que siguiera por aquel camino.

—Rachel…

—Shhh… Sigue, un poco más—me replicó y yo le hice caso—Aquí… Para, detén el motor y apaga las luces.

—¿Quieres que me detenga aquí?

—Sí, vamos… Deja de dudar y confía en mí. Tengo que hacer algo—me respondió segundos antes de deshacerse del cinturón y abrir la puerta, dispuesta a salir al exterior. Al oscuro y solitario desierto. Al día siguiente pude comprobar gracias a un mapa como no había nada peligroso en aquella explanada en la que simplemente se cruzaban algunos caminos rurales, pero en aquel instante creí estar en el mismísimo acantilado de las montañas rocosas de Rügen, como el famoso cuadro de mi admirado Friedrich.

—Si yo confío en ti, pero no tengo ni idea de lo que pretendes hacer, y no estamos en un lugar que me dé demasiada confianza.

—Apaga las luces—me ordenó nada más poner un pie fuera del coche, y yo me limité a seguir cumpliendo su petición. Cuando la vi cómo se dirigía hacia la parte trasera del coche y sacaba algo del maletero, supe que sus intenciones se debían más a su gran pasión, que a un simple capricho que se negaba a contarme.

¿Cómo no pude darme cuenta antes? ¿Cómo podía estar tan ciega conociéndola como la conocía ya? Un desierto, casi las 11 de la noche, un cielo estrellado sobre nuestras cabezas y una astrónoma. La ecuación era casi inevitable. Y digo casi porque hasta ese mismo instante no supe lo que guardaba en una de las bolsas de viaje que trasladaba en el maletero. De haberlo sabido, no habría dudado un solo segundo de lo que pretendía, aunque desconociera el objetivo que se había marcado en aquel improvisado acto. Y tengo que confesar que me fascinó.

Cuando descendí del coche y seguí sus pasos unos 10 o 20 metros más allá de donde nos habíamos detenido, supe que estaba ante una escena única. Como esas de las que hablan en las películas, o la típica leyenda de la inspiración del escritor que escribe cuando las musas aparecen, sin importar dónde o lo que esté haciendo en ese momento. Rachel sintió sus musas galácticas tirar de ella, y no lo dudó un solo segundo.

—¿Qué haces?—balbuceé sin pretender distraerla demasiado, menos aun cuando vi como del interior de la bolsa sacaba un telescopio que apenas contaba con unos cuantos centímetros de diámetro, pero que empezó a alargar hasta casi alcanzar el metro y lo colocó sobre un trípode que, al igual que el telescopio, había sacado de la bolsa. A continuación volvió al coche para recuperar su teléfono móvil, y regresó junto a mí sin perder detalle de algo que aparecía en el mismo.

Ok… Si mis cálculos no fallan, eso debe ser el C2014 Q2—murmuró entre dientes mientras se disponía a mirar algo en la pantalla del teléfono.

—¿Qué?

—Lovejoy—me respondió lanzándose hacia el telescopio, por el cual no tardó en mirar tras redirigirlo hacia el horizonte, justo donde yo dirigí mi mirada.

—¿Y qué es Lovejoy? ¿Una estrella?—pregunté completamente incrédula, sin tener la más remota idea de lo que debía descubrir en el firmamento repleto de estrellas que nos vigilaba.

—Un cometa… ¡Sí! Ahí está… Es él. Dios, pensé que ya era casi imposible observarlo a simple vista, pero no… Su coma no debe superar los 500.000 kilómetros, y la condensación será de grad como mucho, pero es perfectamente visible… Y eso no es habitual.

—Oh… ¿Y qué es lo habitual?—pregunté completamente perdida por su explicación. No tenía ni idea de lo que hablaba ni a qué se refería con aquellos datos, y supuse que ella se percató de tal hecho. En ese instante dejó de mirar por el telescopio para mirarme a mí, o eso pude intuir por el brillo que desprendieron sus ojos por el reflejo de la pantalla del teléfono en su rostro, y comprendió que estaba perdida. Que no tenía ni idea de lo que hacía ni de lo que hablaba. Supuse que mi cara le debió resultar graciosa, porque no tardó en esbozar una de sus sonrisas e invitarme a que me acercara un poco más a ella.

—Lovejoy es un cometa que se puede contemplar desde finales del año pasado, y justo ahora cuando veníamos por la carretera lo he visto, y me ha sorprendido. Porque se supone que ya no es visible a simple vista. Por eso te he pedido que pares. Necesitaba confirmar que es ese cometa. ¿Entiendes?

Oh… Ok.

Imagina que es otro y no lo he visto nunca. No me lo habría perdonado…

Ya, ya, imagino. ¿Y por qué dices que no es habitual que pueda verse a simple vista?—insistí lanzando la mirada hacia el firmamento.

Por la magnitud de su brillo, que ya apenas debe superar los 9,5 o tal vez haya descendido hasta 10, lo que es básicamente muy poco, sin embargo se puede ver a simple vista… —Me explicó dibujando una media sonrisa mientras me señalaba hacia donde debía estar el cometa. Lógicamente, y por culpa de mi leve miopía, me resultó imposible lograr distinguirlo. –Ven… Míralo a través del telescopio.—Me dijo invitándome a que me acercase a ella. Y eso hice sin pensarlo siquiera. Sin temer tropezar con alguna piedra o que algún animal salvaje se abalanzara sobre mis pies. Me acerqué a ella, la miré incrédula y a continuación fui a buscar el cometa a través del visor del telescopio. Y allí estaba. Una pequeña bola de fuego verde que de nuevo, al igual que me sucedió con Saturno me dejaba boquiabierta y casi sin palabras. Una bola de fuego que, juro que se intensificó cuando sentí como la mano de Rachel se deslizaba con suavidad por mi espalda, regalándome una caricia que quise asociar a la complicidad del momento, pero que me hizo temblar.

—¿Es verde?—balbuceé tratando de asegurarme que aquel momento era real.

—Eh… Sí.

—¿Un cometa verde? Nunca he oído hablar de algo así.

—Bueno, tiene su explicación científica… Se debe a la emisión de la fluorescencia de los gases que forman la coma.

—¿La coma? ¿Qué es la coma?

—Verás… El cometa en sí no es como se suele ver en el cielo. Ese efecto que se produce en el que puedes ver el rastro que va dejando y los gases que envuelven el núcleo hasta camuflarlo por completo, solo sucede cuando llega a una distancia prudencial del sol, y la radiación hace que los componentes del cometa que son sólidos se conviertan en gaseosos. Ese gas es lo que conocemos como anti—cola, que es la pequeña bola de fuego o la cabeza del cometa que podemos distinguir a simple vista, y la coma… O cola, es el rastro que va dejando.

—Oh…—balbuceé sin dejar de mirar por el telescopio.

—Esos gases reflejan la radiación ultravioleta del sol, y dependiendo del compuesto pues pueden provocar esa fluorescencia que le puede dar un tono poco habitual al que estamos acostumbrados como el blanco.

—Y por eso es verde…

— Podría ser azul, también… Pero ese más concretamente está compuesto por cianógeno, y los carbonos diatómico y triatómico, que al recibir la radiación ultravioleta se activan y emiten ese particular tono verdoso.

—Ok…

—¿Lo has comprendido?—me preguntó y por inercia la busqué con la mirada. Lógicamente no era capaz de entender absolutamente nada si hablaba de compuestos gaseosos de los que no había escuchado hablar en mi vida, pero su explicación fue lo suficientemente clara y sencilla como para tener una leve idea del proceso.

—Eres una buena maestra.

—¿Maestra?

—Sí. No tengo ni idea de qué tipo de compuestos son esos, pero me ha quedado claro que todo depende de ellos y de la radiación ultravioleta del sol. Y además me has explicado que esa imagen del cometa con su cola… O coma—añadí buscando su aprobación—Solo se produce cuando se acerca lo suficiente al sol.

—Exacto…

—Solo me queda saber de dónde viene ese cometa y hacia dónde va, y te juro que habré aprendido más en cinco minutos, que en toda mi vida de instituto.

—Pues… Puede proceder de la Nube de Oort, que rodea nuestro sistema solar, o bien del cinturón de Kuiper, que está cerca de la órbita de Neptuno. Y no, ese cometa como el resto, no viene o va hacia ningún lado. Tienen una órbita que los lleva a pasearse por nuestro sistema solar, nada más. Pero no tienen un principio de trayecto o un final… Lleva unos 11.000 años paseándose por nuestra región planetaria.

—¿11.000 años? ¿Eso quiere decir que no lo volveré a ver nunca más?

—Está considerado como un cometa con órbita de larga distancia, lo que probablemente indique que proceda de la Nube de Oort, así que sí, ésta será la primera y la última vez que lo veas…

—Guau… Eso, eso me hace sentir privilegiada.

—Lo somos… Y es una pena que no lo hayas visto antes. A principios de año se distinguía perfectamente a simple vista, y también…

—Gracias—solté sin pensar, sin dejar de mirarla aun viendo como era ella quien se lanzaba sobre el telescopio para observarlo.

—¿Gracias? No tienes que darme las gracias por nada.

—Te tengo que dar las gracias por regalarme estos momentos, por hacerme sentir privilegiada—Le respondí obligándola a que me mirase.—Lo hiciste el día en el que me mostraste Saturno, después con la conjunción de Venus, la Luna y…

—Júpiter.

—Sí, Júpiter… Y ahora esto. No puedo sentirme más privilegiada que cuando dedicas tú tiempo en mostrarme cosas maravillosas.

—Quinn… Te recuerdo que para mí es lo mejor. No me supone ningún esfuerzo, todo lo contrario… Me encanta, y me fascina que muestres ese interés o al menos me escuches y me preguntes. A veces siento que te puedo aburrir, y me lo pienso mucho antes de hacer algo como lo que acabo de hacer, pero… No lo puedo evitar. Nunca antes había tenido a alguien que se sorprendiera como tú lo hiciste con Saturno, y eso me lleva a…

—¿Lo ves?—la interrumpí—Eres una maestra. Podrías dedicar tu vida a mostrarle al mundo estas cosas… Podrías dedicar tu vida a observar ese telescopio y descubrir cometas azules, verdes o blancos… ¿Por qué no lo haces?

—Eres una exagerada…

—¿Exagerada?—repliqué sintiéndome con la seguridad suficiente para abordar aquel tema de una vez. —¿No se supone que esa es tu profesión? Rachel, deberías estar trabajando en algún observatorio, estudiando esos cometas o descubriéndolos, como hacen otros. O tal vez en la NASA, no sé… Deberías estar haciendo lo que realmente te gusta. ¿Por qué no lo haces? ¿No quieres trabajar en lo que más te gusta?

—No… No, claro que no es eso—murmuró un tanto incómoda, pero no me importó en absoluto. Deseaba saber por qué diablos permitía que el resto de la humanidad pensara que había desechado vivir de lo que más le gustaba, por complacer a Jesse.

—¿Entonces?

—Quinn, no sé si eres consciente de lo que supone mi profesión.

—Soy consciente del mérito y la capacidad que supone lograr ser astrónoma, y tú lo eres.

—¿Y? ¿Crees que por licenciarte puedes trabajar de ello? ¿Sabes cuántos observatorios astronómicos hay en Denver? Ninguno.

—En Arizona si hay.

—Ya… ¿Y te haces una idea de la cantidad de astrónomos que hay en todo el país buscando un trabajo en alguno de esos observatorios? Quinn, no es una profesión sencilla. Se necesita mucho, tener muy buenas recomendaciones y a ser posible facilidades para poder ir entrando poco a poco en ese mundo. Necesitas muchas horas de investigación, mucho tiempo y…

—Eres buena, te gusta lo que haces y estoy convencida de que tienes más conocimientos que cualquiera que haya estudiado lo mismo que tú. ¿Por qué te excusas?

—Quinn…No me estoy excusando, y no, no funciona así—me respondió con algo de pesadez—Si aquel profesor de Los Ángeles hubiese aceptado mi proyecto, todo habría sido diferente. Pero tuve que intentarlo en Oklahoma, y no he tenido esa suerte que se necesita para lograr lo que deseas. No… No he tenido tu suerte.

—¿Mi suerte?

—No me malinterpretes. Es evidente que tienes un talento descomunal y que sabes sacarle todo el partido posible para vivir de ello, pero también se necesita suerte, Quinn. Tú… Tú tuviste la suerte de entrar a trabajar como becaria en una de las mejores editoriales del país, sin siquiera tener que presentar una carrera universitaria. Y aprovechaste la oportunidad para sacar lo mejor de ti y demostrar que vales para eso y mucho más. A mí no me han dado la oportunidad de demostrarlo teniendo una carrera universitaria y un máster en astrofísica, porque hay cientos como yo… Y probablemente le tocó a otro. No, no puedo hacer mucho más de lo que hago…

—¿Y qué haces? ¿Conformarte con vender libros?

—Quinn…

—No, no lo digo con acritud—le aclaré al ver cómo me dejaba entrever no le había gustado mi tono—Lo digo porque no sé lo que haces para poder lograr vivir de lo que te gusta. ¿Miras el cielo con tu telescopio con la esperanza de encontrar un cometa desconocido?

—Estás siendo un poco injusta conmigo. No todo el mundo puede hacer lo que le gusta, pero no por ello nos sentimos obligados a hacer otras cosas. Me gusta la editorial, me gusta la librería y me llena ese trabajo. Soy astrónoma, sí… Y lo digo orgullosa, pero sé que no voy a poder vivir de ello, así que no me lamento. Simplemente lo acepto y lo disfruto como un hobby. No creo que sea tan descabellado… No sé si eres consciente de que solo unos pocos tienen el privilegio de hacer lo que más les gusta.—Sentenció y yo supe que el malestar era un hecho. Se había enfadado, y aunque no lo comprendiese del todo llegué a entender que se pusiera así ante mi insistencia. Ante mi falta de sutileza para interesarme en ese aspecto de su vida, probablemente el que menos llegaba a aceptar de ella. –Siento defraudarte como persona—añadió justo cuando se disponía a desmontar el telescopio y a dar por finalizada la pequeña y mágica parada en mitad el desierto rojo.

—Rachel, no he pretendido ofenderte… Y mucho menos me has defraudado. Dudo que puedas hacerlo. Solo… Solo quería comprender el por qué…

—No hay un por qué—masculló rotunda—Simplemente hago lo que puedo y disfruto con ello. Nada más. Deja de buscarle un doble sentido a algo que no lo tiene. Deja de pensar que vivo cohibida o influenciada por mi marido, porque sé que es eso lo que piensas, y no insistas más. –Añadió realmente enfadada conmigo.

—Ok… Ok. Entendido.

Deberíamos emprender de nuevo el camino. Nos faltan mucho aún para llegar y es tarde.

No dije nada, pero no porque no quisiera, sino porque no supe que decir. Y ni siquiera sentía que tuviese voz para hacerlo.

La ilusión, ese sentimiento que me provocó al ser consciente de lo que acababa de hacer, de cómo me hablaba de aquel cometa que ya nunca más volvería a ver y en aquel mágico escenario, se esfumó por completo dando paso a un estado de decepción que no me iba a dejar hablar, ni en ese momento ni en las siguientes horas que estaban por llegar. Pero no estaba enfadada con ella porque reaccionase así, estaba decepcionada conmigo misma por volver a fastidiar una noche que se presentaba mágica y en la que ella había puesto muchísimo de su parte para hacerme sentir bien, solo por la estúpida influencia de Robert y su prejuicio contra ella. Y estaba decepcionada con el mundo. Con el estúpido mundo que no parecía ser capaz de ver lo que yo veía en ella. Decepcionada porque ella misma no le diese el valor a su talento por culpa de los que no sabían verlo. Decepcionada porque por mucho que ella me insistiera en que era feliz en su vida, yo me empeñaba en creer lo contrario, y eso me convertía en la persona de la que siempre quise huir y deshacerme.

Había pasado toda mi vida creyendo saber más de los demás que ellos mismos, y tener esa perspectiva me llevó a vivir muchos desencuentros con mis seres queridos, y a vivir prácticamente toda mi infancia y adolescencia con un par de amigos. Solo cuando estuve en San Francisco logré alcanzar una estabilidad personal en la que pude corregir ese estúpido defecto que tantas decepciones me había provocado, pero fue regresar a Denver y recuperar los malos hábitos. Y con ellos hacer que una de las personas más especiales que habia conocido en mi vida, se sintiese mal. Por eso la decepción conmigo misma fue tan desorbitada, que volví a regresar al coche, aunque esa vez ocupé el asiento del copiloto, y me sumí en un profundo silencio del que no me atrevía a salir, a menos que ella me obligara.

Soy consciente de que tal vez tendría que haber dicho algo, que tendría que haber hecho lo posible por evitar alargar aquel malestar que llegué a provocarle y hacer que el resto del viaje fuese como había sido el principio, pero no lo hice. Porque pensaba que cualquier cosa que dijese no tendría sentido o no serviría de nada. Me bastaba con mirarla para saber que el silencio era lo mejor, y asumí mi papel de no saber comportarme como una buena amiga, el mismo que había recreado durante toda mi vida.

Fueron casi tres horas más de trayecto en los que nuestro único tema de conversación, escaso por supuesto y siempre por parte de ella, se limitaba al recorrido, a los kilómetros que nos faltaban o si el coche necesitaba gasolina. Nada más. Y no pude cambiar el ambiente enrarecido entre nosotras hasta que por fin, después de 7 horas y 56 minutos, llegamos al Little América Hotel con la madrugada ya bien entrada y el cansancio que suponía un trayecto de aquellas características.

Por suerte, Jesse era bastante meticuloso a la hora de organizar los viajes, o al menos eso pude comprobar al llegar a la recepción y ver que no solo nos estaban esperando, sino que nos recibían con todo prácticamente predispuesto para simplemente tomar la llave de la habitación, y dirigirnos hacia ella con la compañía de un chico que se hacía cargo de nuestras maletas.

No obstante, no me sorprendió demasiado, ya que estábamos en uno de los mejores hoteles de la ciudad, y probablemente la influencia del apellido St. James era un buen reclamo para ellos, por supuesto. Pero si hubo algo que llegó a desconcertarme cuando al fin, logramos acceder a nuestra habitación compartida. Compartida porque según me había comentado Jesse aquella misma mañana mientras me invitaba a viajar, tenía todo reservado desde hacía días y decidió no cancelar la reserva porque guardaba la esperanza de que, a pesar de las circunstancias, Rachel terminase accediendo a ir a la convención, ya fuese con él, sola o con otra persona. Y ese mismo detalle me llevó a suponer durante todo el viaje que en aquella habitación no habría más que una cama, y que muy probablemente me tocaría dormir en el sofá o tal vez junto a ella. De hecho, imaginé que Rachel también lo había llegado a pensar en algún momento de aquel día, pero por el gesto confuso que mostró al descubrir que había dos, de enormes proporciones sí, pero dos en vez la lógica y normal cama de matrimonio, supuse que el desconcierto también se apoderó de ella.

Tower two Queens. Ese era el nombre de la estancia que ocupaba una de las últimas plantas del impresionante hotel. Un pequeño hall de entrada perfectamente decorado daba la bienvenida a una estancia que se expandía a derecha y a izquierda. A mi diestra, un escritorio, un sofá con la suficiente capacidad como para dar cobijo a toda una familia, en el que yo llegué a pensar que dormiría, y un enorme ventanal con unas impresionantes vistas de la ciudad. A mi siniestra, un par de sillones frente a una enorme televisión, y dos camas separadas por una mesita de noche, y de dimensiones descomunales. Al fondo, un armario, varios muebles más y una puerta que supuse daba acceso al baño.

Todo muy normal en un hotel de aquellas características, pero nada habitual si hacías la reserva para pasar tres noches allí junto a tu mujer. Sobre todo porque en uno de los panfletos que nos ofrecieron en la recepción, pude comprobar que existía una habitación Tower King, con las mismas características que aquella suite, excepto por la sutil diferencia de contar con una sola cama de matrimonio.

Y sí, probablemente en cualquier otra situación no le habría dado importancia a ese detalle, pero viendo como Rachel también mostraba indicios de confusión, no pude evitarlo y llegué a una conclusión que, de no haber sido porque era ella quien se iba a encargar de distraerme durante aquellos días, me habría dado un terrible dolor de cabeza.

Jesse había cambiado a última hora la reserva de la habitación para evitar que Rachel y yo tuviésemos que dormir en la misma cama. Era eso, o que el destino por primera vez en nuestra historia, había sido benevolente al no obligarnos a dormir juntas.

Y digo benevolente porque dadas las circunstancias que me rodeaban, tenerla a escasos centímetros durante tres noches seguidas, habría supuesto un suplicio, y terriblemente difícil de ignorar para mí. Como lo fue el tener que estar en aquella habitación acomodando un poco las cosas antes de dormir con el malestar aun haciendo mella en nosotras. Su silencio seguía matándome, tanto que llegó un momento en el que realmente pensé que hablar no haría otra cosa más que aumentar su enfado o malestar. Y si no llega a ser por ella, estoy convencida de no haber abierto la boca en toda la noche, ni siquiera para respirar mientras dormía.

—¿Vas a deshacer las maletas o lo haces mañana?—me preguntó sacándome de mi visionado completo de la estancia, después de visitar el baño y empezar a prepararme para dormir.

—Lo dejaré para mañana. ¿Y tú?

—Yo también… Estoy realmente cansada, y a las 8 empiezan las conferencias. Necesito dormir…

—Sí, yo también—le respondí aún con la amarga sensación que me regalaba la seriedad que me mostraba.—¿Cuál eliges?—añadí señalándole con la mirada a ambas camas.

Me da igual… Elije tú. Voy… Necesito asearme un poco antes de dormir, o no voy a poder hacerlo. ¿Tienes que volver al baño o…?

—No… No, todo tuyo.

—Ok—me respondió sacando de su maleta lo que supuse era su pijama, y dejándome a solas para que pudiese colocarme el mío, y pensar. Pensar y darle vueltas a la extraña situación y en cómo diablos salir de ella sin hacerle más daño del que parecía haberle hecho con mi estúpida pesadez. Por suerte, y una vez más, no tuve que hacer demasiado para que se dieran las circunstancias perfectas para ello, aunque fuese Rachel quien saliera perdiendo, y con un terrible dolor de pie que, a buen seguro, le habría provocado el llanto de no estar en mi presencia.

Al menos yo solía llorar cuando, sin ser capaz de prevenirlo, terminaba golpeándome en alguno de los dedos de mis pies con el primer mueble robusto que se interpusiera en mi camino. En su caso fue su propia maleta, y el golpe fue tan contundente al salir del baño, que creí escuchar el crujir de los huesos de su pie. Su quejido, mezcla de lamento y gruñido al mismo tiempo, hizo el resto.

—Hey, cuidado… ¿Te has hecho daño?— la interrogué acercándome a ella, aunque ni siquiera abandoné mi cama. La que quedaba más cerca de la puerta, concretamente.

—Eh sí, si… Estoy bien. Solo ha sido un golpe en el pie— se excusó tratando de mantenerse firme, pero le resultó imposible y terminó dejándose caer sobre la que iba a ser su cama, aferrándose a su pie y, según pude percibir, maldiciendo entre dientes a todos los planetas, estrellas, constelaciones y galaxias, sin olvidarse de los dioses del Olimpo y a su madre, aunque supuse que ésta última era más por la inercia que por lo que pensaba, lógicamente.

—Te has hecho daño…

—No… No me he hecho daño, solo me duele muchísimo—esgrimió tratando de recomponerse.

—¿Quieres que pida hielo o algo para el dolor? Déjame ver y…

—No, no… Tranquila, estoy bien—insistió procurando evitar que el dolor se reflejase en su cara, y recuperando la compostura en la cama.

—Ok… —murmuré notando como la saliva quemaba por mi garganta y una extraña palpitación se adueñaba de mi pecho al ver cómo me daba la espalda y se soltaba el pelo de la coleta que había mantenido durante casi todo el viaje. Tal vez no era el momento oportuno, como no lo había sido durante las 3 horas que estuvimos así, pero no pude soportarlo más—Rachel…—susurré tomando el valor suficiente de abandonar mi cama y sentarme en la suya casi sin mover el aire que me rodeaba. Ella me miró sin llegar a girarse por completo.—Lo siento… Siento muchísimo ser tan idiota y haber fastidiado el viaje. Yo… Yo no puedo estar así, y menos contigo. No, no quiero que pienses que… No, no quiero que creas que…

—Déjalo, Quinn—me interrumpió, y menos mal que lo hizo porque no era capaz de encontrar palabra alguna que justificase nuestro malestar.

Es que no me siento bien haciendo sentir mal. Rachel, yo…

No me siento mal por ti—volvió a intervenir, ésta vez girándose hacia mí—Me siento mal por mí misma. Me siento mal porque siempre que me sacan el tema de mi profesión, yo… Me frustro, porque no tengo motivos para dar explicaciones, no tengo algo con lo que excusarme y me siento imbécil.

—No por favor, no quiero que te sientas así. Yo solo pretendía entender por qué no lo haces lo que tanto te gusta, pero en ningún momento quiero hacerte sentir mal. Yo acepto tu postura, por supuesto… Y no quiero que creas que mi manera de decirte las cosas, es con mala intención. Es simplemente que… No sé, cuando me hablas de las estrellas, de los planetas… Cuando te veo manejar un telescopio y el brillo que desprendes al hacerlo, me pregunto continuamente por qué no lo haces a diario, por qué no dedicas tu vida a ello… No, no me entra en la cabeza que estés privando al mundo entero de eso que yo puedo ver en ti, y es por eso por lo que insisto y me obceco en pensar que hay algo más. Yo, yo lo siento de veras, Rachel. Siento ser tan idiota y tan pesada. Y sobre todo, siento muchísimo no ser capaz de remediar mi estupidez y no saber corregir lo hecho. Te prometo que nunca más me meteré en tu vida de esa manera. Eres libre de hacer lo que quieras con tu vida, y yo te voy a apoyar sea lo que sea que hagas… Excepto si decides hacer algo que te perjudique, por supuesto… En ese caso no podré estar de acuerdo, pero aun así prometo ser más sutil y…

—Quinn—Volvió a interrumpirme, ésta vez dibujando una leve sonrisa que asocié a mi desconcertante e improvisado sermón. Un sermón que ni siquiera yo era capaz de comprender, pero que salió de mí como si no pudiese contener las palabras. Un sermón que simplemente reflejaba el sentimiento de culpabilidad que sentía por haberle hecho pasar 3 horas de su vida decepcionándose consigo misma, cuando no tenía motivos para ello. –No tienes que disculparte, ¿Ok?

—Pero me siento mal…

—Pues no lo hagas, no te sientas mal por decir lo que piensas. Me gusta que lo hagas, aunque no sea lo que quiera escuchar, porque demuestra que eres una persona honesta, y siempre he procurado rodearme de personas honestas y claras. Soy consciente de que no lo dices nada para hacerme sentir mal, sino porque no lo comprendes o quieres saber, y estás en tu derecho. Si, si me enfado no es contigo, sino conmigo misma.

—No quiero que enfades contigo misma por mi culpa, ni por culpa de nada… No quiero que te sientas mal contigo misma. No me gusta verte así, Rachel.

—No siempre podemos reír…

—Lo sé, y soy buena muestra de ello a lo largo de mi vida, ¿O ya no recuerdas mi cara de estirada cuando tenía 19 años?—le dije buscando de nuevo que su sonrisa hiciera acto de presencia, y lo conseguí. –Sé que no siempre nos apetece sonreír, o que no todo lo que escuchamos nos gusta, por eso te pido disculpas ahora. Se supone que este viaje es para ti algo importante, y estabas feliz hasta que yo lo he fastidiado con mi impertinencia. No quiero alargar ese malestar, no quiero meterme en la cama a dormir pensando que te sientes mal… Quiero que pienses en que mañana estarás en esas conferencias, disfrutándolas como tanto deseas.

—Estar aquí ya es importante para mí, y que tú estés ahí lo hace más especial aún. Te aseguro que nada me va a hacer olvidarme de eso.

—Bien, porque no quiero que haya nada, ni un mínimo motivo que te aparte de lo que te ha traído aquí. Yo… Yo te prometo que te voy a dar más motivos para hacerte sentir mal. Te lo juro.

—No me jures nada, Quinn. No necesito que hagas nada…

—Pero quiero disculparme contigo, quiero hacerte sentir bien y que te olvides de que he sido una charlatana estúpida.

—Ok… Ok, está todo bien. Te lo prometo.

—¿Seguro?

—Seguro… Em… Bueno, en realidad no he podido dejar de pensar en algo que tal vez te tendría que haber dicho antes, y no he parado de darle vueltas mientras volvíamos y…

—¿Qué? ¿Qué ocurre?

—Verás… Esta mañana, cuando Jesse me llamó para decirme que te había invitado a venir… Me dijo algo más sobre… Sobre Robert—me dijo dejándome entrever un temor que no llegué a comprender.

—¿Sobre Robert? ¿Qué le sucede a Robert?

—No, nada es solo que… Ok, Quinn yo no quiero que te sientas mal, y obviamente uno de los motivos por el que me hizo ilusión que vinieses era exactamente ese, que te olvidases durante unos días de todo lo que estás viviendo y los pequeño problemas que tienes con él. Por eso te pido que por favor no le des importancia, o al menos no dejes de disfrutar de estos días y…

—Rachel… Ve al grano, por favor—la interrumpí al ver como no paraba de esquivar mi mirada y sus palabras salían atropelladas de sus labios.—¿Qué sucede?

—Sucede que… Robert, Robert cree que te pasa algo, que algo no va bien entre vosotros y que tú tienes dudas… Por eso Jesse pensó en que acompañarme a este viaje sería una buena opción para que te distrajeses, y lógicamente… Robert lo sabía, y le gustó la idea—soltó y yo no pude evitar mirarla sorprendida. Obviamente Robert sabía que algo entre nosotros estaba mal, aunque no lo hablase directamente conmigo o lo expresara. Lo conocía, y después de tantos años siendo amigos y luego pareja, sabía perfectamente cuando las dudas lo asaltaban por algún motivo. Lo que realmente me sorprendió fue saber que le confesaba sus sentimientos a Jesse, y no porque fuese él precisamente, sino porque jamás ni siendo su amiga ni siendo su novia, lo vi darle la suficiente importancia a la amistad con algunos de sus amigos como para llegar a ese punto de confianza. O al menos, él siempre renegó de esas cuestiones. Siempre decía que la única manera de arreglar los conflictos en una relación, era hablándolo con tu pareja. –No, no te enfades, Quinn. Por favor, yo quiero que disfrutes de estos días, aunque no te guste la convención al menos puedes distraerte, puedes conocer la ciudad y…

—No me enfado—la interrumpí de nuevo evitando que se percatara de mi desconcierto ante tal hecho. –Supongo que todos tenéis razón, y yo misma lo he pensado. Me he tomado éste viaje como una oportunidad para pensar… Para meditar y despejarme un poco de todo. Supongo que a él también le va a venir bien estar unos días alejados de mí.

—¿Eso… Eso te hace bien?—balbuceó y yo le sonreí—¿No estás molesta por habértelo ocultado? Te juro que pensaba decírtelo esta mañana, pero creí que ibas a decir que no… Y pensé en ti, en que realmente te venía bien venir y… Bueno, también me hacía ilusión que me acompañaras. Tal vez he sido un poco egoísta.

—¿Te hacía ilusión que viniese?—le dije buscando más su tranquilidad que la afirmación.

—Por supuesto. Nada… Nada mejor que una convención astronómica junto a la chica de los ojos con estrellas binarias—añadió y mi sonrisa se amplió, olvidándome por completo de lo que Robert y Jesse habían planeado para que yo estuviese allí. Al fin y al cabo, no podría estar más que agradecida porque me regalasen aquella oportunidad de estar junto a ella. Sin siquiera saberlo, estaban reforzando ese hilo rojo invisible que, cada día estaba más convencida de que nos unía.

—¿Estamos en paz? ¿Tú me disculpas a mí por ser una charlatana y yo a ti por ocultarme ese detalle?

—Disculpas aceptadas.

—Disculpas aceptadas—le dije esperando algún gesto que confirmase aquel hecho, y supuse que mi actitud la invitó a leer mi mente como solía hacer desde que nos encontramos por primera vez con suficiente consciencia como para recordarlo.

—¿Qué tal un abrazo de reconciliación?—me dijo algo tímida, y dejándome por algunos segundos en completo silencio. Aunque solo fueron eso, unos segundos antes de hacerme reaccionar y dejarme llevar por la necesidad que sentía por hacer aquello mismo que me había pedido. Ella no lo sabía, pero guardaba esa sensación desde la noche del martes pasado, cuando verla llorar al mostrarle la fotografía que compartíamos siendo pequeñas, me mostró a una Rachel a la que jamás dejaría de abrazar. Y que ella me pidiese que lo hiciera no era más que un regalo para mí. Un regalo que lógicamente no iba a rechazar bajo ningún concepto. Por eso me limité a sonreírle y lanzarme sobre sus brazos provocándole algo de sorpresa, a pesar de que estuviese esperándolo.

Y de nuevo esa sensación, esa calidez al tenerla para mí, ese confort y el bienestar que transmitía su cuerpo y el olor, ese olor característico, peculiar y personal que todos solemos tener, que me hacía sentir que no había lugar más especial en el que estar, que entre sus brazos.

Que no empezase a asimilar lo que me estaba sucediendo, no quería decir que no fuese consciente de que algo me pasaba, por supuesto. Y que no era bueno para mi relación con Robert, pero seguía sin darle importancia, o mejor dicho, tratando de ignorarlo, de guardarlo en lo más profundo de mí para que no irrumpiese en mis pensamientos y me cohibiera o me hiciera huir. Aunque esto último lo veía prácticamente imposible dadas las circunstancias; Quería seguir disfrutando de ella, quería seguir conociéndola y a ser posible, recibiendo sus abrazos como hacía en aquel instante. Y nada ni nadie me harían cambiar de opinión, o eso quise creer.

—Quinn… Me encanta que me abraces, te lo prometo… Pero deberíamos dormir, ¿No crees?—la escuché balbucear justo en mi oído, e instintivamente me dejé caer en la cama, en la suya por supuesto, y me giré acomodándome en lado opuesto al que ella ocupaba.

—Tienes razón… Apenas nos quedan cinco horas de sueño. Así que buenas noches, Rachel…

—¿Qué? Espera… ¿Qué haces?—me preguntó tras unos segundos en silencio en los que supuse que me observaba, y yo, sin siquiera mirarla, intuí la confusión en su rostro.

No me importó en absoluto. Solo el imaginar que Jesse se había tomado la molestia de cambiar la reserva de la habitación para que no durmiese con ella, porque eso era lo que quise creer en vez de pensar que tal vez miraba por mi comodidad, me hizo tomar aquella improvisada decisión.

—Pues… Intentar dormir. ¿Puedes apagar la luz?—le dije aferrándome a la almohada, conteniendo la risa con ella.

—¿Aquí? –Susurró y no pude evitar imaginarme su cara de sorpresa mirándome.—Pero… ¿No ibas a…?

—¿No puedo dormir aquí?—le dije interrumpiéndola, mirándola por primera vez para confirmar como efectivamente, tenía al razón al intuir su gesto completamente confuso—No me gusta dormir a solas en los hoteles. Me gusta saber que hay alguien a mi lado y… Ok, estoy mintiendo, solo me apetece dormir aquí, contigo… Prometo no hablar en sueños, ni darte golpes o… Bueno, que prometo quedarme quieta en este trocito de cama y simplemente dormir. ¿Puedo?

Una sonrisa que eliminaba por radicalmente la incredulidad de su cara, me bastó para entender que aceptaba mi propuesta, y lo hacía con naturalidad, sin sentirse presionada por ello. Una sonrisa que, de nuevo, me regalaba esa tranquilidad que solo ella era capaz de transmitirme.

—Gracias…—Le dije cuando la vi apagar las luces antes de acomodarse en su lado de la cama.—Buenas noches, Rachel.—Repetí intuyendo, a pesar de la oscuridad, que volvía a sonreír con algo de incredulidad y también un tanto divertida por la situación.

—Que descanses, Sheliak