— Hey — le dijo — te estábamos esperando, hijo de tigre.

— ¿Por qué tú...? ¿dónde está Orieta y Bibianca, dónde están e...?

— Estamos aquí.

Sus hermanas lo miraban curiosas, sentadas en el sillón de la sala a oscuras. Se les notaba en el rostro que sabían que algo no andaba bien, pero Otabek no pudo explicar la sensación de alivio cuando se acercó a ellas y las abrazó tan fuerte que estas se quejaron de su fuerte agarre.

Bibi y Ori estaban bien, sus hermanas estaban en casa, estaban con él. Nadie se las había llevado. Como siempre (y como a los tres hermanos les gustaba) ellos estaban juntos.

Volvió a echarles un vistazo, las niñas parecían muy consternadas por el rostro lloroso de su hermano, pero no se atrevieron a preguntar nada.

Mila volvió a llamar su atención.

— El viejo ese me dijo en lo que te habías metido y me mandó a buscarlas para llevarlas con las monjas. Supe que debía esperarte, no confío en lo que esa alimaña rastrera dice.

Otabek volteó a mirarla, todavía agitado.

— ¿Te lo dijo? ¿qué te dijo?

— Todo.

Otabek frunció un poco el ceño.

— ¡Pero no te juzgaré! — se apresuró Mila — te ves buen chico y si todavía ella no te ha hecho nada malo, supongo que hay otra cosa que tú también ocultas.

— Es un él.

Mila abrió los ojos con sorpresa.

— ¿Qué?

Otabek hizo una seña con la mano como si no importara mucho.

Volvió a mirar a sus hermanas, Ori le regaló una pequeña sonrisa, no sabiendo bien qué hacer o decir y Bibi se apoyó en su hombro, dando un corto bostezo.

Dios, las amaba demasiado. Agradecía al cielo y a las estrellas porque Mila Babicheva había sido enviada en lugar de alguien más.

Pero no era momento de agradecimientos.

— Mila, tengo que irme, tengo que salir de aquí. No nos podemos quedar más tiempo, ¿qué quieres a cambio de que no digas nada? ¿dinero...?

La chica pareció ligeramente ofendida.

— ¡No comprarás mi silencio, Otabek! — exclamó — sé que huir era la idea más sensata y por eso las abrigué — dijo apuntando a las niñas — yo me iré con ustedes.

¿Irse con ellos?

— ¿Qué? no digas tonterías.

Babicheva se asomó por la ventana de la cocina. Todavía nadie venía.

— ¡No soporto ni un minuto más en este pueblo trabajando para ese viejo asqueroso! — dijo arrugando la nariz con asco, antes de decir lo siguiente le dio una mirada a las niñas sentadas en el sillón — me propuso tener eso con él... ya sabes, lo que tú haces con tu bruja o brujo, o lo que sea.

— ¡¿Qué?!

— Lo que escuchaste. Me negué y no me ha dado ningún trabajo desde La noche de brujas, el muy hijo de perra, solo me da tareas como si fuera su sirvienta "sírveme el té", "ve a dejar este recado", "limpia mi despacho", ¿qué se cree? por mí que la Iglesia se hunda con ese bastardo al mando. Yo no me pienso quedar aquí, yo me largo.

— Vejestorio asqueroso e hipócrita — Otabek apretó los puños y entonces espabiló — ellos ya deben suponer que escaparé de aquí, tenemos que salir ahora — Mila asintió — hay que salir por el costado del pueblo.

— Bien.

Ambos cazadores huyeron con poco y nada. Mila llevaba un par de cuchillas, Otabek su ballesta. No tardarían en ir a registrar la casa de Otabek y debían huir ligeros.

Mila tomó de la mano a Ori y Otabek en brazos a Bibi para ir más rápido.

— Nos iremos a otro lugar porque aquí ya no es seguro — fue la rápida explicación que les dio Otabek a las niñas.

Era clarísimo que ya empezaban a buscar al muchacho, además de a sus hermanas. Apenas se alejaron unas cuadras Mila pudo ver a un grupo de hombres con capucha que se acercaban a la casa que habían abandonado. Feligreses al mando del Sacerdote.

El bosque a esas horas de la noche estaba completamente a oscuras, por suerte ambos conocían el terreno y no fue difícil para ellos ubicarse.

Había otro pueblo a unas millas de ese lugar, en eso estaba pensando Mila, pero en los planes de Otabek había otras cosas.

— Tengo miedo — murmuró Ori mientras huían.

— No pasa nada, estamos todos juntos.

— ¿Y Yuri? — preguntó Bibi en un susurro, abrazada al cuello de su hermano.

Esa pregunta le apretó el corazón a Otabek. No había olvidado a Yuri, por supuesto que no, de hecho, cuando lindaron con las bajadas y estuvieron a solo metros del bosque, bajó a Bibi de sus brazos y se la pasó a Mila.

— Necesito que las cuides.

— ¿Qué? pero...

— Por favor, Mila, solo unos minutos.

— Pero, Otabek, hay que...

— Tengo ir a buscarlo, no puedo dejarlo solo — negó con el rostro más compungido que la chica le había visto jamás — nosotros estamos juntos, pero él está solo con los Crispino.

Mila frunció ligeramente el ceño. Miró indecisa a sus espaldas donde no había nadie, hizo una mueca con sus labios y suspiró entre cortado con un quejido.

— Mila, te lo estoy pidiendo por favor, ellas son tan importantes para mí como Yuri.

La chica apretó los labios y tomó la mano de Bibi.

— ¡Ya, está bien! — aceptó.

Otabek susurró un agradecimiento. Besó a sus hermanas en la frente y les dijo que regresaría muy pronto, que las quería mucho y que se quedaran al lado de Mila.

— Tienes que atravesar este bosque y llegar al río, sigue bajando por la orilla hasta que encuentres una forma de cruzarlo. No es seguro que vayas hacia arriba porque es donde se supone que están Sala y Michelle. Espérame a la orilla de donde cruces, yo llegaré cuanto antes y nos marcharemos, ¿bien?

Mila volvió a hacer esa mueca preocupada, pero terminó por asentir de todos modos.

Otabek apretó sus labios en un intento de sonrisa. Estaba dispuesto a marcharse cuando la vocecilla de su hermana lo llamó.

— Beka — volteó, Ori lo miraba angustiada — volverás con Yuri, ¿cierto? lo traerás ¿no es así? tenemos que estar todos juntos.

Él tragó duro, sintiendo su corazón desbocado. Dio un corto asentimiento.

— Sí, estaremos todos juntos. — le prometió antes de marcharse.


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