Pasear en la nieve era uno de los paseos favoritos de Alya. Nino por su parte, detestaba pasear en la nieve. No le gustaba la sensación que le provocaba el frío, sus lentes se empañaban y le costaba un poco más ver, sus dientes dolían y simplemente no le gustaba sentir frío. Prefería el calor.
Pero no le importaba, con tal de estar al lado de su amada. Ella era especial para él.
—¿No te encanta ver como caen los copos? —Alya observaba con genuina emoción los copos de nieve que caían del cielo, ella se veía aún más preciosa que ellos.
—Me encantan —respondió refiriéndose a ella, no a los copos.
Alya le sonrió y le dio un abrazo, acercándose aún más a él. Nino se ruborizó, aunque su bufanda lo cubría.
—Me encanta poder estar a solas contigo, sin niños de por medio y sin niñeras —dijo ella aún sonriendo —. Por eso me gusta tanto la nieve, porque gracias a este clima mis padres no me obligan a cuidar a las gemelas. ¡Es maravilloso! —exclamó Alya.
Luego de un rato, ambos fueron a una cafetería en la cual tomaron capuchino de vainilla. El favorito de ambos. Mientras conversaban, Alya se dio cuenta de que se encontraban sentados bajo un muérdago, el cual colgaba de la rama de un lindo árbol navideño ubicado en el local.
Ella se acercó más a su novio, ya que estaba sentada a su lado. Sin decir nada, le dio un beso en los labios, Nino correspondió. Cuando se separaron, él estaba más sonrojado que nunca.
Alya rió brevemente.
—Me encanta besarte, porque cada vez que lo hago tu reacción es como si fuese la primera vez —le dijo con algo de ternura y algo de gracia.
—Es que aún no puedo creer que seas mi novia —admitió él —. Eres increíble.
Ella se sonrojó notoriamente, era la primera vez que le decían ese cumplido. Se quedó sin habla. Nino lo notó y sonrió complacido, era la primera vez que dejaba a su chica sin palabras, se sentía bien.
