Milady,
Ha pasado ya una semana desde que se terminó mi relación con K., y la vida sigue igual que siempre. Noto mucho su ausencia porque, aunque seguimos siendo amigos, ella no tiene especial interés en verme. No la culpo, la verdad.
He seguido visitando a M. No todas las noches, porque ella sigue temiendo que alguien nos descubra, pero sí a menudo. Ya solo voy cuando es noche cerrada y no queda nadie en la calle. Al principio me preocupaba dejarme caer tan tarde en su balcón, pero M. dice que no le importa, que le cuesta dormir por la noche y la mayor parte de las veces está despierta cuando aparezco. De todos modos si no la veo en el balcón doy media vuelta y regreso a mi casa, aunque ella casi siempre está, con las luces apagadas para que nadie nos vea cuando nos reunimos.
Lo del chocolate y los croissants se ha convertido en una costumbre, aunque el buen humor de M. al parecer fue un espejismo. La veo hundirse en la tristeza día tras día, pero ya no llora. Es como si la hubiese aceptado como algo inevitable. Y sigue sin querer hablar de ello.
Anoche la vi especialmente apagada. Sabía que no serviría de nada preguntarle al respecto, pero de todos modos le dije:
–¿Quieres que te cuente un secreto?
–Si me lo cuentas, ya no será un secreto –respondió ella, y sonreí, porque una vez tú me dijiste algo bastante similar.
–Es el tipo de secreto que se puede compartir –le expliqué–. Es algo que descubrí hace tiempo y que siempre me hace sentir mejor, y creo que también podría ayudarte a ti.
Sonrió un poco.
–De acuerdo. ¿De qué se trata?
Respiré hondo y me acomodé mejor sobre la hamaca. Evocar tiempos pasados siempre me pone melancólico, pero valía la pena hacerlo por M.
–Verás, hace un tiempo las cosas se pusieron complicadas en mi casa –empecé–. Mi familia estaba atravesando por un momento difícil, y yo tampoco tenía a nadie en quien confiar, nadie con quien pudiese desahogarme. Así que por las noches apagaba las luces, me tapaba con la manta, cerraba los ojos y creaba una burbuja.
–¿Una burbuja? –repitió ella sin comprender–. ¿Como las de Bubbler?
Sonreí.
–Como las que hacía Bubbler, sí, pero tu burbuja no te va a lanzar al espacio. Es un refugio imaginario que nada ni nadie puede destruir.
–Oh –exclamó M.–. Me gusta la idea.
–¿A que sí? Bueno, una vez en la burbuja –continué–, el siguiente paso es decidir qué es lo que quieres conservar contigo en el interior, y qué es lo que quieres que se quede fuera. En mi burbuja, por ejemplo, estábamos mis padres y yo. Y todos nuestros momentos felices. Y nuestros buenos recuerdos. Y fuera quedaban todos los problemas que nos hacían desgraciados y que no sabíamos cómo resolver.
–Entiendo –murmuró M.
–Así que todas las noches me dormía dentro de mi burbuja –proseguí–, en mi mundo perfecto donde todo estaba bien, donde no había problemas y éramos felices. Sabía que por la mañana tendría que salir de ella y enfrentarme al mundo real, pero entretanto me ayudaba a descansar, a desconectar de todo y a recargar las pilas. Recordar todas las noches las cosas bonitas de mi vida me daba fuerzas para enfrentarme a las que no lo eran tanto. Y sabía que no era real, pero aún así... me ayudó muchísimo en mis peores momentos.
Ella me observó un momento, pensativa.
–¿Sigues... sigues creando burbujas por las noches? –me preguntó con suavidad.
–No, porque, aunque en mi vida sigue habiendo momentos malos, también hay muchas cosas buenas, tantas que siento que no cabrían todas en una burbuja –respondí, sonriendo–. Por eso sé que ha llegado el momento de transmitir esta sabiduría ancestral a una damita en apuros que probablemente la necesita más que yo.
Sonrió, divertida.
–¿En serio?
–Absolutamente. ¿Qué me dices? ¿Quieres que te enseñe cómo se hace?
Ladeó la cabeza y se quedó mirándome, indecisa. Después asintió.
Así que la invité a que se sentara conmigo en la tumbona y, cuando lo hizo, la rodeé con los brazos.
–Cierra los ojos –le dije.
Ella se acurrucó en mi regazo, apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos.
–¿Y ahora qué? –susurró.
–Ahora imagina que estás dentro de una burbuja –le dije al oído.
Ella permaneció unos instantes en silencio y después dijo:
–Ya. ¿Y ahora?
–Ahora piensa en todo lo que quieres guardar contigo en el interior de la burbuja. Pueden ser personas, objetos, recuerdos... todo lo que te haga sentir feliz.
Y entonces ella dijo en un susurro, con los ojos aún cerrados:
–Quiero que estés tú.
Pestañeé, perplejo, sin estar seguro de haber oído bien.
–¿Cómo dices?
–Has dicho que pueden ser personas. Quiero que estés tú. Conmigo, dentro de la burbuja. ¿Puede... puede ser? –preguntó de pronto, insegura.
Mi corazón había empezado a latir como un loco, y esperé que M. no se diese cuenta. Tragué saliva y respondí:
–Claro, no faltaría más. Entonces estamos tú y yo dentro de la burbuja. ¿Alguien más?
–No.
–¿Alguna otra cosa?
–No. Solo tú y yo.
Tragué saliva de nuevo.
–Bien, pues ahora que estamos... los dos solos... dentro de la burbuja... tienes que decidir qué es lo que vas a sacar fuera y nunca va a poder entrar. Y puedes aprovechar para librarte de todas las cosas que temes o que te hacen daño, empezando por Lepidóptero y sus akumas. Así que nada de mariposas dentro de la burbuja. Todas tienen prohibidísimo entrar. Se convertirán en polvo si lo intentan.
Sonrió, aún con los ojos cerrados.
–Me parece perfecto –susurró.
–Puedes deshacerte de muchas más cosas –continué–. De todas las situaciones desagradables, de todos los recuerdos tristes, de toda la gente que te trata mal. Todo fuera. Tu burbuja es tuya y dentro solo cabe lo que tú quieres que quepa.
Respiró hondo.
–Bien. Entonces quiero que se quede fuera todo lo demás.
De nuevo pensé que no lo había entendido bien.
–¿Todo...?
–Todo el mundo.
–¿Incluso tu familia... o tus amigos?
Tragó saliva.
–Ellos no... ellos no necesitan estar dentro de la burbuja.
–Muy bien –concedí, aunque aún no lo entendía del todo–. Entonces sacas de la burbuja a todo el mundo...
–Sí. Todo. Todas las personas. Toda la vida –dijo ella, y había tal amargura en sus palabras que se me rompió el corazón–. Todo fuera. Y dentro de la burbuja... solo estamos tú y yo.
Confieso que contaba con que el juego de la burbuja me ayudase a comprender un poco qué es lo que le pasa por dentro a M., pero esto... esto no me lo esperaba.
Me aclaré la garganta.
–Entiendo –dije–. Invitas a un superhéroe al interior de tu burbuja para hacerla mucho más segura. Me parece una jugada muy inteligente por tu parte, si me permites la observación.
Entonces ella alzó la cabeza y me miró a los ojos.
–No, no lo entiendes. Si te quiero dentro de la burbuja no es para que me protejas. Es para protegerte a ti.
Pestañeé.
–¿A... mí?
–De todas las cosas malas que hay fuera. De todo lo que puede hacerte daño.
–Pero...
–Por favor –suplicó ella–. Quédate en la burbuja conmigo. A salvo.
Y no fui capaz de negarme.
–Claro, M. –murmuré, y la abracé con más fuerza.
Ella se acomodó entre mis brazos y cerró los ojos, y por un momento pareció relajarse. Pero entonces volvió a abrir los ojos de golpe.
–¿La burbuja es invisible? –preguntó.
–¿Qué?
–Has dicho que es indestructible y nos protege de todo, pero... ¿puede hacernos invisibles? ¿Puede evitar que nos encuentren... o que nos vean?
–La burbuja será como tú quieres que sea, M. –le respondí.
Sonrió, y por primera vez en mucho tiempo le brillaron los ojos.
–Entonces nadie podría encontrarnos –murmuró–. Dentro de la burbuja...
–Dentro de la burbuja eres libre para ser como quieras ser, M. –le dije con dulzura.
Se le llenaron los ojos de lágrimas de emoción.
–Me gustan tus burbujas –dijo, y se recostó de nuevo contra mi pecho.
Permanecimos un buen rato así, abrazados y en silencio, en el interior de la burbuja imaginaria que M. había creado para los dos.
–¿Puedo preguntar...? –empecé, pero ella respondió al momento:
–No.
Y me mordí la lengua.
Nos quedamos en la burbuja hasta que ella se quedó dormida. Parecía tan relajada que me supo mal despertarla, de modo que volví a llevarla en brazos a su habitación y la dejé arropada en su cama antes de marcharme.
Después de todo este tiempo, sigo sin descubrir qué es lo que le pasa a M. por la cabeza. Y aún así tengo la sensación de que Cat Noir sí que ha llegado hasta ella, hasta algún lugar en su corazón, aunque no logro comprender cómo ni por qué. Quiero decir que noto que hay algo ahí, una conexión entre los dos que es diferente a la amistad que comparto con ella sin máscara. Pero no encuentro motivos racionales que la expliquen.
Supongo que tampoco tiene sentido buscarlos, ¿no? Puede que M. no quiera hablar con ninguna de mis dos identidades, pero con Cat Noir, al menos, parece encontrarse mucho más cómoda.
Es un comienzo, supongo.
Siempre tuyo,
Cat Noir
NOTA: Y esto es lo último que tenía escrito antes de que los virus me atacaran. He podido repasarlo antes de publicarlo pero la cabeza no me da para más y aún no me siento con fuerzas para seguir escribiendo, así que os pido paciencia porque la siguiente actualización aún tardará un poquito. ¡Muchas gracias por leer!
