Hetalia no me pertenece, de ser mío no estaríamos en Hiatus permanente y tendríamos a los latinos lol.

No se descontrolen, hay una nota al final explicando las cosas :v

May.


Recostados en el sofá, Francine y Arthur estaban a nada de concluir con su maratón de "El señor de los anillos". La mujer, a sus casi ocho meses de embarazo, se removía de tanto en tanto tratando de encontrar una posición más cómoda. Sentía el movimiento constante de los bebés, siempre uno más activo que el otro. Se acarició el vientre, embelesada en el hecho de que en unas pocas semanas podría ver el rostro de las personitas que esperaba con tanto anhelo. Luego, mientras veían el climax de la batalla de los Campos de Pelennor, Fran desvío la mirada.

Arthur tenia fija la vista en su vientre.

—Aquí.—Habló la francesa, tomando su mano y colocándola en su barriga.—Llámame demente, pero algo me dice que Alfred es quien más se mueve y me patea. Su hermana es sumamente tranquila.—Le explicó la joven con dulzura.— Quizá será un niño inquieto, en cuanto comience a caminar tendremos que estar muy atentos.—La chica suspiró. Sonreía.—De cualquier modo, yo estaré ahí para protegerle. Para protegerlos a ambos.

El hombre la observó mientras quitaba la mano de allí con lentitud. Una expresión se suma tristeza le abarcó el rostro y sin dar explicaciones se puso de pie y salió del apartamento. Dejando a Francine sin más compañía que el ruido del televisor.

Condujo su automóvil como si estuviera automatizado. Había hecho el recorrido tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados. Cuando llegó, se bajó del coche y comenzó a caminar.

El día estaba nublado, con el sol ahogándose en una sábana de nubes que parecía no tener fin. El calor primaveral se sentía húmedo y sofocante, Arthur ya sudaba profusamente cuando llegó a la cripta familiar. Aquella que albergaba algunos de sus antepasados, de los tiempos de su tatarabuelo hasta su propio padre.

Suspiro y terminó sentándose en el banco de piedra que se ubicaba frente a la cripta.

Meditó como siempre lo hacia, sobre los inquilinos que me ocupaban el sitio.

El mas antiguo había llegado a vivir más de 96 años de edad, la más joven ni siquiera había logrado respirar.

Sintió la caricia del viento, el cantar de las aves y el aroma de las flores que crecían sobre el césped. Se dejó envolver por el mundo, ignorando el pasar del tiempo y sumiéndose en sus recuerdos.

Rememoró aquel día en que había llegado al hospital completamente agitado, sosteniendo a una mujer que no quería ser consolada pero que gritaba de dolor.

Recordaba la cara de Evelyn. Su enojo mezclado con apatía y unas ganas enormes de que todo aquello terminara. El, en cambio, era una extraña mezcla de contradicciones. En donde estaba la incertidumbre también de encontraba el anhelo. Mezclado con el desconcierto también estaba la felicidad.

También había sentido mucho miedo, pero no la clase de terror paralizante sino del que le volvía valiente.

Uno que solo volvió a sentir cuando conoció a Francine y que no hizo más que crecer en cuanto supo que volvería a ser padre.

Escucho pasos en su dirección. Abrió los ojos, desviando su mirada para encontrarse con la de la francesa. La mujer se acercaba a paso lento.

—Sabes, no había tanto tráfico, el taxista te perdió en un par de ocasiones pero al poco rato logramos seguirte de nuevo.—Francine se aproximaba con cuidado. Los meses la hacían cada vez más torpe.—Ahora bien, me sorprendió enormemente encontrarte aquí.

Se sentó a un lado de Arthur. El hombre se sentía tranquilo, a pesar del aura deprimente que el sitio cargaba.

—¿Alguna vez te hable de este sitio?—Pregunto el inglés.

La mujer negó con la cabeza.

—Es nuestra cripta familiar. En su interior descansan antepasados de siete generaciones atrás.—El hombre se limpió el sudor del rostro con la mano .—Es costumbre acabar enterrado aquí a no ser que en vida se deje como última voluntad ser sepultado en otro lugar. Al principio solo se podía enterrar a la familia directa. Los esposos podían ser enterrados juntos, pero solo si el hombre era de la familia, no al revés. Si la mujer era una Kirkland, ella y los hijos podían reposar aquí pero el marido debía descansar en otro lugar. Esa tradición terminó cuando mi tatarabuela Marie decidió que aquello era una estupidez y como última voluntad deseó que su marido fuera enterrado junto a ella, un francés católico llamado Pierre. Si no lo hacían todo el patrimonio familiar pasaría a manos de la beneficencia.

—A eso llamo persuasión.—Murmuró Francine.

Arthur esbozo una sonrisa.

—La terquedad es un rasgo característico en mi familia. No aceptamos una negativa como respuesta.—El inglés suspiró.—Como sea, allí están casi todos. Mis abuelos, mi padre... y mi hija.

Francine sintió escalofríos. Las preguntas se acumularon en su cabeza con rapidez, pero nunca llegó a pronunciarlas. La sorpresa le había enmudecido.

—Conocí a la madre de mi hija en la universidad. Era una chica de familia adinerada que acababa de mudarse de Estados Unidos. Apenas tenía 22 cuando nos vimos por primera vez.

Nunca supe que fue lo que me atrajo de ella. Quizá ese aire extranjero. Su temperamento vivaz, quien sabe que habrá sido. Yo ya era un desastre antes de conocerla pero juntos nos volvimos algo mucho peor. Aunque no la culpo, nunca he supe quien corrompió a quien, pero durante nuestro noviazgo descuidé mis estudios, comencé a consumir drogas, bebía casi todo el tiempo. Jaime quiso ayudarme pero no lo logró. Mi familia intento intervenir pero en mi necedad no los dejé.

Arthur cubrió su rostro con sus manos. Habían pasado años pero aun se sentía avergonzado.

—Llevábamos casi un año saliendo cuando ella empezó a vomitar. Recuerdo que un día antes habíamos ido a comer comida china. Los camarones no estaban bien cocidos pero no nos importó. Creímos que había pescado algo en ese restaurante y lo dejamos pasar. Pero ella siguió vomitando. Hasta que un día la resaca me permitió llevarla a un hospital y ahi supimos que estaba embarazada.— El hombre desvió la mirada en dirección a Francine.— Ella quería abortar, no le importó que el embarazo estuviera demasiado avanzado. Logro conseguir algo con lo que pudiera llevar a cabo su deseo y cuando estaba a punto de realizarlo le implore que no lo hiciera. Le supliqué que llevara el embarazo a término. Ella no quería, no deseaba estancar su vida a causa de algo que había sido un error. Yo la convencí de lo contrario. Le dije que tomaríamos la responsabilidad juntos y a decir verdad no tuvimos opción una vez que su familia se enteró. Su padre prácticamente nos obligó a casarnos y eso en lugar de fortalecer nuestra relación terminó por destruirla.

La pesada mirada de Arthur deja de estar sobre ella y vuelve a observar la cripta.

—Empece a trabajar en el pub de papá a tiempo completo y deje de lado la universidad. Ella y yo nos llegamos a odiar tanto que solo la promesa del divorcio después del nacimiento del bebé y yo teniendo la custodia completa de la criatura nos tenia medianamente contentos. Evelyn cambiaba de humor con frecuencia, me maltrataba verbalmente y no dejaba de llamarme imbecil y me trataba como a un idiota. Un día, uno particularmente malo, ella me aventó un plato en la cara por haber llegado tarde del trabajo. Salí del edificio de apartamentos y me senté en la banqueta por un largo rato. Sangraba por la nariz cuando mi padre llegó, había comprado ropa de bebé y me vio llorando.

La voz de Arthur se quebró.

Ambos se quedaron en silencio por unos minutos. El inglés tratando de recuperar la compostura, la francesa respetando silenciosamente el dolor aún impreso en el corazón de Kirkland.

—Le hablé sobre lo que pasaba y el me escuchó. Le hablaba de que tan harto y frustrado me sentía. Que había días en que quería salir corriendo, o que me pasara algo, que me atropellara un auto, que un rayo me cayera, lo que fuera para acabar con todo. Termine llorando como un niño frente a mi viejo. El me escuchó, tal y como tú lo haces ahora y solo me dijo que en cuanto mi bebé naciera, en el instante preciso en que lo pusieran en mis brazos y viera su cara, todo lo que había sufrido se me olvidaría completamente. Me recordó que la familia seguía apoyándome, que no estaba solo.

No se si el ya presentía que se iba a morir, pero recuerdo con exactitud sus últimas palabras. "Un día verás mis ojos en la mirada de tus hijos y sabrás que estaré contigo por siempre". Me dijo que me amaba, me abrazó y se fue. A la mañana siguiente mi madre llamó, dijo que papá se había ido a dormir y que nunca despertó. Fui a su funeral, Evelyn ni siquiera me dio las condolencias. Mi madre estaba destrozada y mis hermanos se sentían a la deriva, al igual que yo.

El hombre suspiró.

—Las semanas que siguieron a eso yo entre como en piloto automático, las constantes humillaciones verbales de Evelyn ahora solo eran ruido de fondo. Mi madre y mi hermano menor se mudaron a Australia, no soportaron la ausencia de papá. La casa, el vecindario. Les recordaban la vida que jamás volverían a tener. Yo me quede con el Pub y de no ser por Jaime se que ese negocio habría quebrado. Todos los días, cuando salía del trabajo me sentaba en la misma banqueta. Esperando a que mi viejo llegara como en aquella ocasión. Dispuesto a compartir sus palabras una vez más.

La suave brisa movió las hojas de los árboles, Francine limpio una lagrima que se deslizaba por la mejilla de Arthur.

—Un par de meses después Evelyn entró en labor de parto. No me dejó estar con ella en el momento del alumbramiento, pero ahora que lo veo desde esta perspectiva creo que fue lo mejor. En fin, el médico salió y me dijo que mi hija nunca vivió. Había muerto dentro del vientre de Evelyn, me preguntó si quería sostenerla y yo les dije que si. La colocaron en mis brazos y fue una de las experiencias más terribles y dolorosas que he experimentado en mi vida. En un instante me sentí despojado, me habían arrebatado la ilusión, el amor, el futuro. Recuerdo que ella tenia algunos mechones de cabello castaño. Las pestañas rizadas. Parecía que estaba dormida. La abrace un largo rato hasta que la enfermera vino por ella. La llamé Amelia. Le di un beso en la frente, la estreché entre mis brazos por última vez y me despedí.

Dos días después la enterramos aquí.

Pasó una semana y Evelyn dejó el apartamento en donde vivíamos. Ni siquiera recuerdo si hubo una despedida. No conservo ni una sola memoria agradable sobre ella y lo último que supe fue que volvió a vivir con su familia. Aunque te suene extraño Francine, no la odio, en realidad no puedo sentir nada por ella. Solo estoy seguro de que no quiero volver a verla jamás. Anyway,

yo acabe mudándome al departamento que había sido de mis padres antes de que naciera y luego de 16 meses me concedieron el divorcio. Pensé que a partir de allí todo mejoraría pero con mi familia lejos y sin mi bebé, las cosas empeoraron. Durante ese tiempo empece a apostar, llegue a perder tanto dinero que tuve que hipotecar el apartamento y el pub. Me metí en muchos problemas, volví a abusar del alcohol hasta que acabé golpeado en un callejón por un pleito de ebrios.

Ese día toque fondo, Jaime fue a ayudarme. Me llevo a su casa y después de un baño y una comida, el entabló una larga conversación conmigo. Me pidió que no me aferrara al hecho de que mi padre y Amelia ya no estuvieran aquí. Que me enfocara en cómo podría honrar sus memorias, en esforzarme por haber sido un hijo y padre dignos. Poco a poco obtuve el control de mi vida. Un amigo de la universidad llamado Kiku me ayudó a recuperar el departamento y el pub. Fortalecí los lazos que tenía con mi familia y deje de beber en exceso. No puedo decir que soy perfecto pero mis faltas no son nada en comparación a cómo era antes.

Y aquí estamos. Once años después.

Volvió a quedarse en silencio. Francine le tomó la mano, besó su muñeca y cuando le pareció pertinente hablar, lo hizo.

—Arthur... ni siquiera puedo decirte que entiendo por lo que pasaste, porque no logro imaginar el dolor perder a las personas que amabas de esa manera. Lo lamento tanto, siento mucho que hayas pasado por ello.

Se que hemos tenido momentos buenos y malos y aunque antes no entendía el porqué de tus acciones, siempre creí que había algo más detrás de ellas.

Arthur la miró, Francine acaricio su mejilla en un gesto de ternura infinita.

—Lo que si puedo decirte es que pase lo que pase, estaré contigo. Así como tú lo estuviste cuando escapé de mi antigua casa. Cuando no podía pensar con claridad y en lo único que pensaba era morirme para no seguir sufriendo. Tu no me dejaste sola. Me diste un hogar, me hiciste amar la vida de nuevo y dentro de poco me convertiré en madre gracias a ti...—Fran sonrió.—Arthur, sin importar lo que pase, estaré siempre a tu lado.

El hombre se acercó a la joven y la besó en los labios para después colocar su frente en la de ella.

—Estaré contigo el resto de mi vida y tú también lo estarás. Lo harás el día en que estos bebés nazcan. Cuando balbucen sus primeras palabras y comiencen a dar sus primeros pasos. Estarás con nosotros, de eso puedo estar segura.

Arthur le miró.

—Cuando me dijiste que íbamos a tener un bebé sentí miedo, terror de que aquella historia volviera a repetirse, cuando me levanté y eché a andar por el pasillo inmediatamente entendí que no estaba experimentando ese horror por aquella causa, entendí que tenía miedo de fallarles, de que ahora más que nunca debía de estar con ustedes, me di cuenta de que ese miedo no me paralizaba, sino que me hacia más valiente.

El hombre acercó su mano a la barriga de su novia. Los bebés se movieron con suavidad.

—Målingen y Lockne.—Murmuró el inglés.

Francine sonrió.

—Alfred y Madeleine.—Susurró la francesa.

Estuvieron un rato más, en silencio. Cuando el sol empezaba a ocultarse decidieron que era hora de partir.

Arthur y Francine abandonaron el cementerio.

Kirkland sintió que el peso en su shombros desapareció, liberándole de una vez por todas.

June.

Francine estaba recostada en el sofá, con la cabeza en el regazo de Isabel.

La española llevaba dos días en la capital inglesa. Junio estaba a nada de finalizar y los médicos le habían dicho a Fran que el momento del parto llegaría en cualquier instante.

Habían pasado la mañana observando películas bélicas. Su padre se había ido al centro a ver a unos colegas del trabajo. Aún cuando apenas pasaron un par de horas juntos, la francesa se sintió querida por el hombre. El que Francis hubiera ido a verla y se mostrara entusiasmado por el nacimiento de los niños, superaba por mucho sus más locas expectativas. Pero, a los ojos de Francine, su actual comportamiento no excusaba el abandono a la que la sometió por tantos años.

Aún se sentía enojada y dolida con el, pero quizá ese sentir podría disminuir e incluso desaparecer con el pasar del tiempo. Si Francis quería redimirse con su hija, ella no se cerraría frente a esa posibilidad.

Súbitamente uno de los bebés la pateo. Ahogo un quejido mientras sentía que ambos niños trataban de acomodarse. Se habían quedado sin espacio y aquello no hizo más que recordarle que la hora de acercaba.

—Mamá, tengo miedo.— Murmuró Francine.

Isa retiró su vista del televisor, centrándose en el rostro de la joven.

—¿Que es lo que te preocupa mi nena hermosa?

La francesa suspiró.

—El médico me dijo que si los bebés no estaban en la posición correcta lo más probable es que pudieran hacerme una cesárea. Si ya la idea de parir naturalmente me asustaba el tener una cesárea...

—Nada malo va a pasar mi cielo.—Isa acaricio con suavidad el cabello dorado de la joven.—Verás que pronto esos niños estarán contigo, nacerán sanos, fuertes y hermosos al igual que su madre. Y en el remoto caso de que lleguen a operarte nosotros podemos extender nuestra estancia, ayudaremos a tu esposo con los bebés si el así lo desea y sobre todo te cuidaríamos hasta que logres recuperarte.

Francine meditó en ello y sonrió, las palabras de la española consiguieron calmarla.

—Mamá, se que ya eres su abuela, pero, ¿quisieras ser la madrina de los niños?

Isa se conmovió. El simple hecho de que Francine la llamara "mamá" era suficiente para causarle felicidad, pero el que ella la reconociera como abuela y madrina era algo que solo potenciaba aquel sentimiento.

—Nada me haría sentir más honrada hija mía.

Fran se incorporó con dificultad para darle un abrazo a la mujer. Cuando se separaron, se recargó contra el respaldo del sofá. Su estómago gruñó acompañado del inquieto movimiento de uno de los bebés.

—Tengo hambre o creo que es Alfred el que quiere comer.

—Llamaré el servicio a la habitación, nos traerán un menú.

—¿Crees que tengan lasaña?—Pregunto Francine emocionada.

Isabel le sonrió.

—Si no la tienen enviaré a alguien para que te la traiga.

Una vez más el corazón de Francine se sintió agradecido. El amor puro de Isabel eclipsaba por completo lo que había representado Edith en su vida.

—Te quiero mamá.—Expresó la francesa con dulzura, segura de que ella también era amada y querida por su madre.

July.

Decir que el parto había sido duro era quedarse corto.

El dolor que se apoderó de Francine había sido lo más atroz que la joven experimentó en su vida. Las contracciones la hacían estremecer, el sudor le picaba los ojos.

Fran intentaba respirar, tranquilizarse. Intentando apaciguar las náuseas pero no lo logro. Llegó a vomitar por el dolor.

Las enfermeras revisaban su condición a cada momento. Checando que tanto la madre como los niños tuvieran signos vitales óptimos.

Uno de los gemelos estaba colocado correctamente en el canal de parto lo que le permitiría dar a luz de manera natural. La dilatación ocurrió más rápido de lo normal y cuando ella quiso ponerse la epidural ya era demasiado tarde.

Arthur estuvo a su lado todo el tiempo. Sosteniendo su mano en cada contracción, murmurando palabras de apoyo a sus oídos.

Haciéndole saber que la amaba a cada momento.

Francine agradecía sus palabras aunque la mayor parte del tiempo murmuraba cosas ofensivas.

Jaime ya le había advertido que Fran diría cosas como esa. Así había sido Gwen cuando dio a luz a su propia hija.

Llegado el momento, la joven grito y empujó. Lo hizo hasta que se quedó ronca y algunos de sus vasos oculares estallaron. Hasta que el dolor fue tan indescriptible que pensó que se desmayaría en cualquier momento.

Cuando sintió que todo se iba a negros un llanto estridente la devolvió a la realidad.

Colocaron al bebé recién nacido en su pecho. Francine sonrió, observando con adoración a su primogénito. Alfred lloraba, con la carita roja, reclamando la protección de sus padres.

La oleada de amor puro envolvió a Arthur de pies a cabeza. Lágrimas de alegria rodaban por las mejillas del hombre. Sintiéndose completo por primera vez en años.

Después de unos minutos trajo al mundo a la niña, que lloraba igual o más fuerte que su hermano.

Cuando la colocaron en sus brazos, el británico no pudo evitar recordar a Amelia, cerró los ojos y estrechando a Maddie contra su pecho hizo las paces con todo lo que había ocurrido en todos esos años. Exhalo el aire contenido en sus pulmones y abrió los ojos, preparado para empezar su nueva vida.

Cuando el parto finalizó por completo y estuvo segura de que los niños estaban bien, Francine se permitió descansar. Segura de que Arthur velaría por ellos.

Se permitió pensar en todo por lo que había pasado, todo su sufrimiento y Fran estaba segura que estaría dispuesta volver a pasar por ello con tal de que sus hijos llegaran a existir.

November.

En las noches, Arthur se permite reflexionar.

Los bebés absorben cada partícula de energía de ambos. No ha dormido bien en días, a veces se irrita en el trabajo y debe de hacer uso de la paciencia que no tiene para no explotar.

La paternidad no es color de rosa, con altas y bajas que han mancillado su rutina. Pero no es algo que cambiaría por nada del mundo.

Cuando sus hijos le observan, con los ojos azules que alguna vez su propio padre tuvo, se siente feliz. Cuando Alfred esboza una diminuta sonrisa o las veces que a Madeleine le da por aferrar su mano a su dedo meñique.

Los observa embelesado, ambos son la prueba viviente de que tanto el como Francine se amaban.

Arthur reflexiona frente a las cunas de sus hijos. Los deja al arrullo de la noche, con el monitor de bebé encendido y finalmente sale de la habitación.

En su propia alcoba está Francine, mirándose en el espejo, viendo las marcas en su estómago, producto de la estancia de los gemelos. No hace falta que se lo diga, sabe que no le gustan. Pero el le hace entender una y otra vez que la ama y que esas estrías no hacen más que embellecerla. Le recuerdan el regalo más hermoso que ella pudo darle.

Hacen el amor esa noche, se murmuran palabras de afecto, jurándose amor eterno una y otra vez.

En el refugio de la oscuridad Francine le dice que cuando tengan edad, ella les contará que tenían una hermana mayor llamada Amelia y un abuelo llamado George. Le asegura que a través del recuerdo los mantendrán vivos, que honrarán su memoria.

Arthur le agradece.

Esperanzados, ambos intentan dormir, esperando que el alba se alce en el horizonte.

Mañana les espera un largo día, tienen que ir al registro civil y de ahí al la celebración en el pub. Finalmente Francine pasara a ser oficialmente su esposa.

Ante ese pensamiento, el inglés abraza con más fuerza a la francesa.

Por fin ambos logran caer en los brazos de Morfeo. Decididos a vivir sus vidas en paz y sobre todo, siendo felices.


GG :v

No, obviamente el capítulo anterior no es el final. Este es el verdadero. Les prometo que solo fue un experimento social (?)

(Dependiendo de en qué tiempo se esté leyendo esta historia, el "falso final" pasará a ser el capítulo 27 y este será el 26. Ya sería cosa de el lector proseguir con la lectura aunque advierto que el "falso final" es muy deprimente y desconcertante. Pero quiero que quede claro, ESTE ES EL FINAL VERDADERO Y CANON por así decirlo, esto es más una paja mental mía).

Muchísimas gracias a quienes me acompañaron en esta travesía, una que duró poco más de tres años y que estuvo en un constate tira y afloja. Se que no actualizaba con frecuencia pero créanme, hubo mucha dedicación y esfuerzo en la redacción de este fic, y estoy más que feliz de haberlo compartido con ustedes.

Estoy orgullosa de esta historia y me es difícil despegarme de ella.

De nuevo, muchas gracias a quienes hicieron esto posible. No hace falta que los nombre, ustedes saben perfectamente lo que aportaron a esta historia.

Espero que nos leamos de nuevo ️

Y finalmente, el título de este capítulo corresponde a la canción homónima de Ramin Djawadi.