Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


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Cuando regresaron a la mansión, Hinata estaba exhausta. Naruto salió enseguida hacia la oficina del inspector, y la joven se fue a su propia recámara a descansar y recuperarse del abatimiento. Le pesaba la peligrosa situación de Hanabi, y también las palabras de Naruto. Hinata conocía demasiado bien a su esposo para saber que pretendería alguna recompensa por su buena acción, y en la cabeza de Hinata resonaba "Bridget O'Malley": las palabras incomprensibles eran al mismo tiempo una advertencia y una invitación.

Luego de una siesta breve e inquieta, se levantó y se dispuso a tirar del cordón de la campanilla para llamar a Natsu. Se desvistió con ayuda de la doncella y estaba por pedirle el baño, cuando cambió de idea. Despidió a Natsu, se envolvió en una bata de satén rosado y fue al cuarto de baño contiguo.

Nunca había usado ese cuarto, aunque se comunicaba con su propia habitación y se suponía que la señora de la casa podía compartirlo con el esposo. Todos los días oía cómo Naruto tomaba su ducha cotidiana, pero Hinata siempre había preferido que le llevaran el baño al cuarto de vestir, tal como lo hacía en Washington Square. Después de todo, era una Knickerbocker, habituada a fruncir la nariz ante esos lujos modernos tales como las cañerías empotradas. No obstante, en ese momento tenía ganas de atenerse a normas más modestas. No pudo resistir la tentación de sentir esa abundante lluvia de agua caliente sobre los músculos tensos y doloridos. Como Naruto no estaba, no encontró motivos para negarse una ducha relajante. Necesitaba rejuvenecerse para la velada de esa noche en casa de los Van Dam, y para enfrentar cualquier novedad que trajese Naruto de la policía.

La "ducha", como se la llamaba, estaba en el centro de un enorme cuarto de mármol. Unas cortinas de lino impermeabilizado rodeaban la bañera de mármol para impedir que el agua salpicara. Ponerla en funcionamiento sólo requería hacer girar las llaves cubiertas con láminas de oro y agregar agua fría para moderar la temperatura del agua.

Dejó caer la bata de satén, se destrenzó el pelo y entró en la bañera. Muy pronto, el único temor de Hinata fue que nunca tuviese ganas de salir. Mientras la ducha caliente le caía sobre la cabeza y la espalda, tuvo la sensación de que todos sus problemas se iban junto con el agua por el desagüe. La inundó una oleada de optimismo y comenzó a creer que las cosas se arreglarían. Naruto lograría liberar a Hanabi: era un maestro para resolver este tipo de situaciones. Había demostrado en repetidas ocasiones que podía obtener todo lo que deseaba.

Con el corazón latiéndole al compás de una extraña excitación, Hinata pensó: "Tal vez este ofrecimiento espontáneo de ayudar a Hanabi signifique que le importo más de lo que demuestra".

Cerró los ojos en silenciosa plegaria, en la esperanza de que pudiesen salvar el matrimonio. Le parecía una pesadilla intolerable tener que abandonarlo, incluso si el matrimonio quedaba anulado. Naruto no era ingenioso como Kiba, ni seductor como Menma. Y sin embargo, Hinata se sentía menos solitaria con su esposo de lo que se había sentido con ninguna otra persona, incluyendo a Hanabi. Existía algo en el alma de Naruto que la atraía. Lo percibió aquella primera noche y eso la ligó a su esposo como a un espíritu afín. Tal vez se relacionara con la energía con que removió cielo y tierra para ayudar a su propia hermana: Hinata podía comprenderlo a través de su propio amor por Hanabi.

Sin embargo, resultaba trágico que, por amor a su familia, Naruto la mantuviese apartada e impidiera que pudiesen formar su propia familia entre los dos. Hinata no pensaba renunciar al matrimonio sin luchar, aunque tampoco podía renunciar a su orgullo y suplicarle que la amara. No podía prescindir del orgullo pues sería lo que la mantendría en pie durante los años solitarios que la esperaban si, en efecto, obtenían la anulación del matrimonio.

El agua golpeteaba sobre Hinata como sobre un tambor. El vapor se condensaba en gotas sobre la tela encerada. Tomó el jabón de la jabonera de oro en forma de concha. Olía como Naruto, una suave esencia de hierbas. Cerró los ojos, inhaló y la imagen de su esposo apareció con tal claridad que tuvo la sensación de que si extendía la mano lo tocaría.

Se apresuró a formar espuma, pues la perturbaba la idea de frotarse el cuerpo desnudo con la barra de jabón. Decidió hacer a un lado las fantasías y se enjabonó los brazos, pero el perfume invadió el recinto y ya no pudo borrar la imagen de Naruto. Estaba por todos lados, en torno de Hinata, en el perfume, en el aire. En el interior de Hinata, la sensación fue al mismo tiempo placentera y alarmante. Provocó en su cuerpo una reacción animal y sintió que se derretía, que deseaba a su esposo con una intensidad que no quería admitir.

Intentó recomponerse y se concentró en enjabonar la esponja. Se la pasó por el pecho y la apretó, cubriendo el pecho con la espesa espuma blanca que parecía escarcha. Lo que debió ser una tarea sencilla se convirtió en una tortura que acrecentó el deseo... ese anhelo que estaba destinado a arder y consumirse.

Gimiendo, puso la cabeza bajo el agua y tuvo la esperanza de que barriera el perfume y la excitación. Se quedó largo rato bajo la lluvia con los ojos cerrados, esperando que todo se disipara. Pero no fue así. Los pezones de Hinata permanecieron enhiestos y sus pensamientos, lascivos. Sintió la mente, el cuerpo y el alma inundados por Naruto, hundida en un infierno propio que era su único anhelo.

De pronto, oyó un ruido, un sonido distante como el de la lluvia cayendo sobre un papel. Abrió los ojos y a través de la lluvia de agua vio que las cortinas estaban abiertas y que alguien la contemplaba, dejando que la ducha salpicara la camisa almidonada.

Hinata se enjugó la cara con manos trémulas.

Naruto la observaba a través de las cortinas entreabiertas, con el semblante que reflejaba una mezcla de sorpresa e intensa lujuria.

Atónita, Hinata creyó haber convocado sus propias fantasías por medio de una extraña magia y fue incapaz de correr las cortinas para cubrir su desnudez. Sabía que tendría que preguntar acerca de Hanabi, pero no pudo. Antes de que pudiese pronunciar una palabra, Naruto la tomó de la nuca y cubrió la boca de Hinata con la propia.

La mujer exhaló un gemido... que no era una protesta. En ese instante, las protestas fueron inútiles... peor aun: hipócritas. ¿Cómo podría mentirle, mentirse a sí misma, negar que quería que esto sucediera, que ese deseo se había convertido en un ansia voraz que la mataría si no lograba saciarla?

La lengua de Naruto, fuerte y cálida, le invadió la boca con el acompañamiento del tamborileo de la lluvia. Naruto acunó en sus manos los pechos de Hinata y barrió las gotas que pendían de los pezones como diamantes. En breves minutos, Naruto se desabotonó los pantalones.

Hinata no supo bien qué hizo Naruto después. La única sensación que la dominaba era la boca de Naruto sobre la suya y la intensidad de su propio deseo.

Naruto se tendió sobre el piso de la enorme bañera y atrajo a Hinata sobre él. Este hombre frío y controlador al fin había cortado las amarras y por el brillo de los ojos de Naruto Hinata vio que nada que daba fuera de los límites del amor. Por primera vez, las posibilidades parecían infinitas.

En medio de una niebla, embriagada por el tamborileo caliente de la ducha sobre la espalda, el deseo más ardiente aun que los encendía, el anhelo de abarcar esta extraña intimidad, Hinata abrió la camisa empapada de Naruto y acarició con avidez su pecho. Una sonrisa misteriosa le demostró que la caricia lo complacía. Acarició los muslos suaves y blancos que lo rodeaban, y luego tomó uno de los mechones oscuros del cabello de Hinata y la atrajo hacia sí para darle otro beso desesperado. Le sujetó las caderas con el otro brazo y la montó encima de él.

La carne del hombre la llenó hasta la matriz, y Hinata se arqueó hacia atrás como una gata. Jadeando, Naruto guió los movimientos de Hinata, y ésta, ansiosa de complacerlo, demostró ser una buena alumna; más aún cuando el pulgar de su esposo la acarició en la unión de los musloso. Muy pronto, llegó la respuesta de la mujer y el gemido de Hinata instó al hombre a poner las manos en movimiento. La estrechó contra sí, volvió a besarla y luego le aferró los pechos.

La penetró con arremetidas enérgicas y cuando Hinata vio la entrega reflejada en el rostro de ese hombre que necesitaba el control como una droga, gritó y se aferró a ese placer como si temiese que alguien se lo arrebatara.

Transcurrió un segundo... o una hora, Hinata no lo supo. Débil y jadeante, la joven lo miró mientras Naruto seguía moviéndose en su interior. Dejó vagar las manos por las ropas empapadas, el cabello liso, el pecho agitado, la cara constreñida de placer, y ese poder recién descubierto la deleitó. A pesar de sus propios temores, comprendió que Amaru nunca había poseído a este Naruto Uzumaki. Había caído la máscara rígida de su esposo y, en su lugar, estaba un animal salvaje que la deseaba con una intensidad arrasadora.

Lo oyó gemir, sintió que se derramaba en ella y deseó llorar, reír, expresar una emoción que se pareciera a lo que sentía en ese instante. Fue como saborear el poder por primera vez... y el poder era una droga insidiosa. También el amor lo era, y Hinata gozó de ambos pues por un instante fugaz se había convertido en una leona.

A las cinco y media, Natsu estaba en el pasillo ante la puerta del dormitorio de Hinata y observaba al valet del señor Uzumaki, que estaba ante la puerta del amo. La señora no estaba en la recámara ni en el cuarto de vestir, donde la doncella la había dejado. Las puertas de ambos dormitorios estaban cerradas con llave, y por instinto, ni Natsu ni el anciano valet se atrevieron a golpear.

Natsu miró expectante al anciano como diciendo: "¿Y ahora, qué hacemos?".

El valet se limitó a hacer un gesto y giró sobre los talones.

Ruborizada, la doncella lo imitó, pensando: "Si el señor y la señora Uzumaki renuncian a la cena, tendrán tiempo de vestirse para la velada de los Van Dam, que es a las diez".

Hinata estaba tendida entre los brazos de Naruto, sobre las sábanas húmedas por el agua de la lluvia, y por los jugos del amor. Las ropas empapadas de Naruto habían dejado un reguero junto a la cama. Cuando la llevó a la cama, volvió a poseerla dos veces, con más lentitud pero con el mismo fervor. y disfrutaron del silencio; Hinata, acostada boca abajo, acariciaba el pecho de Naruto mientras el hombre, tendido de espaldas, acariciaba con suavidad la curva de la cintura de Hinata. Los dos sintieron miedo de las palabras. Entre ellos, las palabras siempre jugaron el papel del villano: en ocasiones decían demasiado, en otras, demasiado poco. Por lo tanto, cuando llegó el momento de hablar, Naruto habló en irlandés, en tono suave y Hinata no supo traducir aunque sí comprender. Lo besó cuando su esposo quería ser besado, el hombre la acarició cuando su esposa necesitaba seguridad y, por fin, cuando Hinata gimió debajo del cuerpo de su esposo encerrado en e! abrazo carnal de las piernas de la mujer, Hinata adoptó el ritmo del murmullo de placer de Naruto, que repetía una Y otra vez: "tar—cionn", hasta que ya no pudo hablar..

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Continuará...