Holaaaaa, mis pequeños, hermosos y festivos ratones de campo!

Antes que nada, espero hayan tenido una bellísima y muy feliz navidad, yule, saturnalia, no sé que celebren, pero espero haya sido muy alegre :D y también que tengan un mucho más feliz año nuevo!

De verdad siento muchísimo el restraso, han sido meses muy pesados para mí (me quedé sin trabajo :'v) y pues desde octubre me la he pasado de freelancer, cosa que me quita muchísimo tiempo, además de la cuestión de mis manos.

Peeero no quería dejarles sin un capítulo para finalizar el año :3 y quería darles algo largo y especial.

Me quedo a deberles los reviews :c espero que para la próxima pueda empezar a responder (que por cierto, en facebook propuse la idea de abrirme un canal y responder en video para no estar escribiendo más de la cuenta, ¿les gusta la idea?)

Por cierto que casi todos encontraron mi mensaje secreto OwO pensé que no muchos lo harían pero son tremendos 7u7 jajaja

Bueno, ya no me hago más bolas, que son las 2:20 de la mañana y mañana debo levantarme temprano a ver unas cosas de mi vida de freelancer porque pobreza XD

Así que sin mas que decir…

¡Al fic! HOHOHOOOOO~

o.o.o

Todo era oscuro, todo era desesperación…

Me hundía como plomo hacia lo más oscuro de la negrura, allí donde convergían las tinieblas…

Tenía miedo…

¿Estaba despertando? ¿Estaba consciente…?

No, quería seguir soñando… quería seguir viendo esos dulces recuerdos…

Cayendo, pude ver la tienda donde me refugié en la Larga Noche, el dosel de mosquitero que rodeaba el diván donde debería haber dormido, y el bosque negro rodeando el claro como una manada de lobos hambrientos. Había ojos en el bosque, ojos lilas que se clavaban en mi, ojos que me atravesaban como dagas, ojos que levantaron sus huesudas manos y avanzaron como lanzas a través de mi estómago. Las sentí, heladas, apuñalándome con tal fuerza que escuchaba el roce del metal con el hueso de mi columna. El dolor era punzante, violento, pero solo podía ver aquello, no era capaz de emitir ningún sonido, ni un solo sollozo, aun cuando la visión me horrorizaba al grado de querer morirme allí mismo. Las lanzas se volvieron manos, en esa muerte en vida en la cual me hallaba sumergida, y las manos se abrieron paso por mis entrañas, desagarrando la carne de mis intestinos, y quería gritar, quería levantarme y salir corriendo, pero mi cuerpo no respondía.

Era como si estuviera muerta…

Las manos dejaron de buscar, y se elevaron, negras y sanguinolentas sobre mí, sosteniendo algo brillante entre sus dedos, algo que despedía una intensa luz azul, cuyo brillo me absorbió como un tornado a las nubes. Las nubes se volvieron fuego, el tornado dejó de girar y se volvió una lluvia de espadas sobre mi cabeza. Una me cortó los brazos, las piernas y finalmente el cuello, mi cabeza rodaba por una escalera que descendía interminablemente hacia un vasto océano negro, un agujero de sangre y podredumbre. La negrura me hacía sentir enferma, la oscuridad me sofocaba, entre esas aguas negras, lo único que veía eran vagas siluetas monstruosas cerniéndose sobre mí, yendo por mí, peleándose por quién de ellos sería el indicado para partirme en mil pedazos…

Y entonces hubo luz, una luz blanca e intensa, un resplandor que encegueció a las bestias que rondaban sobre mí, arrancándoles chillidos y forzándolas a huir, porque esa luz era pura, era cálida, a su alrededor, la sangre podrida se volvía agua clara y dulce, mientras la luz revelaba una silueta como nacida de la misma luminosidad, de blancas ropas, de blanco cabello, de claros ojos amarillos que me recordaban el resplandor del sol tras las nubes, tan pálido que era casi incoloro.

Aquella inmaculada aparición me tendió la mano, fluyendo como el agua que la rodeaba, toda su ropa seguía un ritmo hipnotizante que solo podía ser celestial. Extendí los dedos, pero algo me sujetaba por la cintura, algo tiraba de mí al fondo de ese pozo profundo. Intenté ver sobre mi hombro, descubriendo una aparición huesuda, cuya piel agrietada despedía un brillo rojo entre los canaletes formados por las arrugas carbonizadas de su cuerpo. Me retorcí para soltarme, luchando contra la figura negra, retorciéndome, pero era la misma agua la cual se volvía demasiado densa para moverme con facilidad. Mi gritó sonaba ahogado, la silueta blanca luchaba por alcanzarme, luchaba por sujetarme, nadando hacia el fondo con la desesperación de un buzo que mira hundirse un tesoro.

La silueta blanca dio un impulso, a su alrededor, el agua parecía volverse mercurio, tan brillantes y plateada que me parecía celestial. Hubo un impulso más, y sus manos finalmente alcanzaron las mías. Su agarre era firme, aunque suave, cálido, pero filoso al mismo tiempo. Extendió una mano hacia el ennegrecido ser, que pareció querer gritar algo, con su boca deformada como la de una bestia que comprende que ha perdido a su presa, hundiéndose lentamente en las profundidades, lanzando un rugido lastimero que parecía querer romperte el corazón.

Pero el ser blanco me llevaba hacia la superficie, allí donde la luz era mucho más intensa. Casi podía ver las nubes azules por encima de la capa delgada del agua, casi podía ver el sol… y entonces, algo tiró de mis tobillos, arrastrándome hacia el fondo con tal fuerza que el ser blanco ni siquiera pudo frenarme. El ser de carbón y virutas rojas tiraba de mí, sumergiéndome en una negrura en la cual, incluso esa luz celestial, no podía brillar…

.

.

.

o.o.o

28

Donde sueñan las Bestias

¿Qué pasa si espero y no apareces?

Si te dejara a la mitad sólo para mantenerme completo...

¿Y si aguantara la respiración tanto tiempo?

¿Notarías que el silencio había durado tanto tiempo?

¿Qué pasa si lo más cercano que estoy al momento es ahora?

He visto el amor ir y venir

Lo vi pasar con mi corazón muy cerca de mi

No hay manera fácil de saber

Si estoy mirando hacia atrás o si me estoy acercando

¿Qué pasa si lo más cercano que estoy al momento es ahora?

Closest I Get – Katie Herzig

o.o.o

La habitación se había quedado en total silencio desde que Gale mencionó el nombre de Kreous.

Jillian, adelantada hacia él, tenía aun las manos entrelazadas en un puño en el medio de sus rodillas. A su derecha, Christopher se había vuelto una estatua de hielo, intentando decidir si debería reír ante lo que había oído o si reprender al demonio delante suyo por esas tonterías, y Gale, consciente de esto, miraba a todos con ojos muy abiertos, los labios tensos, rodeado por un aura de temor que lo hacía parecer diminuto. Miré a Grim, intentando comprender cuál era el motivo por el que todos estaban tan sorprendido.

Comprendía que era todo parte de una viejísima historia. Que Kreous era un héroe de leyendas, pero no entendía por qué parecían estupefactos.

¿Era porque ayudó a un demonio? ¿Por qué era un héroe? Creo que yo habría estado asombrada, si fuera ellos. Querría saber de él. A mi parecer, era una especie de celebridad en el mundo sobrenatural. Sin embargo, la mirada gélida en los ojos de Grim me daba a entender que había algo más que nadie decía, pero era conocimiento de todos. Sentí sus dedos fijos en mi hombro, casi como si quisiera asegurarse de que yo seguía allí, que no me habría desvanecido.

Wade se irguió en su sitio, entrecerrando ligeramente los ojos a causa del esfuerzo. Su único ojo, verde y afilado, parecía querer abrir un agujero en medio de las cejas del demonio; por un segundo, me dio la impresión de que su pupila era delgada, alargada como la de una serpiente.

-Estás mintiendo –dijo el shinigami, con la mano tensa sobre el brazal del mueble y la otra extendida para dejar el vaso de whisky sobre la mesita, observando a Gale con la actitud de un lobo a punto de atacar.

-No –Gale sacudió rápidamente la cabeza, retrocediendo medio paso-. No, no es mentira… -se volvió con actitud desesperada hacia mí-. Les dije que no me creerían…

-¡Porque es una locura! –estalló Christopher, soltándose las manos, riendo cínicamente, de manera tan burlona que me sobrecogí, y Jillian se dejó caer contra el respaldo del sofá, frotándose las sienes con la punta de los dedos- ¡Kreous, el héroe de Imperia, el ser que detuvo una horda de demonios que deseaban destruir la tierra… salvando a uno!

-Los demonios que detuvo Kreous eran Incorpóreos, Christopher –soltó Grim, tan abrupto y sereno como siempre. La corrección no le cayó bien al aludido, y se enfurruñó en su sitio-. Lo que Hyperion abrió fue una puerta al Infierno, no al Inframundo; las criaturas como Gale, Corpóreos, no estarían involucradas en ello… -me pregunté que significaría eso, el infierno, el inframundo, los corpóreos e incorpóreos. No recordaba con exactitud si ya lo habría dicho antes. Fuera como fuera, no me pareció correcto interrumpir en esos momentos, especialmente porque Gale pareció ver un rayo de esperanza en las palabras del shinigami, sin embargo, cuando Grim finalizó su frase, volviendo sus fríos orbes a él, se hundió de nuevo en la oscuridad, y no era para menos. La filosa, venenosa sonrisa de Grim incluso a mí me hizo sobrecoger-. Aun así, no comprendo por qué lo haría~

-Edrick me dijo que no le pidió nada a cambio… -respondió rápidamente-. Kreous solo le dijo que quizás algún día, él necesitaba ayuda, le devolviera el favor, y luego rio. Es decir, ¿Qué podríamos hacer por él? supongo que solo deseaba ser amable con nosotros…

-Nadie es solo "amable", pequeño diablillo~ -prosiguió Grim, con una mucho más amplia, terrible sonrisa-. No nosotros, no los inmortales…

-James, no todos tienen motivos ocultos, ¿sabes? –irrumpió Jillian, sin dejar de frotar sus sienes-. No todos tienen una "plan secreto" para salirse con la suya…

-Entonces, dime, ¿por qué ayudaría a este chico? –insistió Grim, levantando una ceja pálida, sin perder la sonrisa- ¿Qué otro motivo tendría para regresarlo a la vida? ¿Por qué Kreous haría algo así?

-Porque no es la primera vez que lo hace –ahora fue Wade, cuya voz grave cortaba de tajo la plática, atrayendo hacia si mismo la atención de todos los presentes. Jillian, quien parecía no dar crédito, sacudía las manos, gesticulando un intento de pregunta que no parecía ser capaz de emitir-. Ya lo hacía mucho tiempo antes, desde el siglo pasado.

-Lovecraft… -Jillian sacudió la cabeza de un lado a otro, como un juguete de cuerda echado a perder y de inmediato se lanzó hacia el frente, poniéndose de pie de un salto tan rápido que pareció como si se hubiera teletransportado- ¿Qué demonios…? ¿Cómo…?

Sacudió las manos desesperadamente hasta que probablemente se dio cuenta que no estaba diciendo nada. Se irguió, firme, conteniendo el aire por un segundo, hasta que pareció convencerse de que no perdería el control, cosa que parecía aterrorizar más a Christopher, hundido en el respaldo del sofá, queriendo alejarse lo más posible de ella, que a Wade, cuya expresión continuaba siendo la de una estatua de piedra.

- ¿Cómo sabes eso…?

-Heilldermeister –dijo únicamente, sin ninguna entonación en especial. Y aun así, fue suficiente para que Jillian recuperase el control de sus emociones, su rígida pose se suavizara. Christopher lo miró de reojo, casi como si acabaran de revelarle un terrible secreto. Buscó a Grim, con cierto temor en su mirada, y luego a mí, aunque lo hizo más como si odiara que estuviera allí. Un breve momento, solo para que volviera los ojos a su amigo, más fue lo suficiente para dejarme sintiendo herida y desdeñada. Ni siquiera sabía de qué hablaban, y aun así ya me sentía excluida-. A comienzos del siglo pasado empezaron a haber avistamientos de Proscritos en zonas aledañas de Heilldermeister. Los Inquisidores dieron caza a varios de ellos: querían saber cómo es que habrían perdido sus naturalezas y varios de ellos mencionaron… algo similar.

-¿Cómo sabes que realmente eran Proscritos? –preguntó Jillian, ahora extrañada.

-Porque fui yo quien cazó a varios de ellos –respondió, con tono severo, provocando una rigidez de incomodidad en Jillian. Extendió la mano, sujetando el olvidado vaso de whisky, agitando su contenido suavemente. Todo parecía mecánico, como si hablara esperando una reacción, provocar algo en el ambiente-. Yo los llevé a la base. Y yo ejecuté a varios de ellos, a los que no tenían información valiosa para los Inquisidores.

Tragué saliva, mirando discretamente a Gale, cuyas manos temblaron ligeramente, haciendo vibrar los eslabones de las cadenas que lo detenían. Me pregunté a cuantos habría ejecutado, a cuantos como Gale, cuantos inocentes. La imagen del corazón de Gale tirado en el medio del bosque, él, bañado en sangre, tendido en la tierra negra, combinado con las palabras de Wade, causó un retorcijón que pude sentir desde la garganta hasta el vientre, tan violento y aterrador como solo podría describir al asco y el terror en ese momento.

-¿Y les creyeron? –insistió Jillian, ajena a todos mis pensamientos- ¿Qué había sido Kreous?

-¿Tú qué crees?–soltó sarcástico, llevándose el vaso a los labios-. Para nosotros, la masacre de Imperia son datos históricos; para ellos no son más que mitos y leyendas. Además, en aquel entonces corrían los rumores de que había otras formas para crear seres así. Una manera más… científica… -bajó la mirada, rodeando la alfombra, como si quisiera hacer algún gesto con los ojos pero al final desistiera, y volvió hacia Jillian-. Como fuera, los Proscritos dejaron de aparecer, y pese a que iniciaron una investigación no hubo suficientes testigos. No llegaron a nada.

-¿Cómo sabemos que no lo regresaron a la vida con una de esas técnicas? –ahora Christopher era quien se adelantaba hacia sus piernas. Todos lo miramos sin comprender. Abrió las manos, como exigiendo una respuesta-. Es decir, ¡es una locura…!

-¿Por qué quieren saber si digo la verdad? –soltó Gale, sobrecogido contra la puerta. Sentí tanta lástima por él; parecía aterrorizado, y aun así, intentaba por todos los medios de evitar algo que parecía inevitable-. Soy un Proscrito, ¿no? ¿Qué importa si un héroe legendario me hizo así o si la magia de la luna me convirtió en esto?

Estaba molesto, podía verlo. Aun cuando fuera un telón para esconder su miedo, realmente parecía furioso. Sus ojos relampaguearon violetas, apretó los puños hasta que temblaron, su rostro de niño, aun cubierto con mechones de cabello largo y castaño, lucía anguloso, feroz ante la luz ambar del saloncito. Por un instante, realmente fue un demonio acorralado, capaz de hacer lo que fuera si alguien cruzaba sus límites…

Y aun así, todo ese valor se disolvió como ceniza en el momento que Grim, sin previo aviso, se puso de pie y camino hacia él. El telón de valor rojo cayó como consumido por el fuego, el anguloso rostro volvió a parecer infantil, y el demonio que lanzaba llamaradas por los ojos se volvió diminuto con cada paso que daba el shinigami en su dirección.

-Verás, pequeño ratoncito~ -ronroneó Grim, totalmente ajeno a la mano tendida que extendí en su dirección. Podría haber hecho más, haber tirado de su ropa, pero, ¿Cómo se detiene a la muerte?-, me importa porque hace ya varias décadas un mugroso ladrón cometió el atrevimiento de robar documentación importante de la Sociedad Shinigami –levantó las manos hacia su pecho, dejando los dedos agitarse a los costados del rostro de Gale, quien había retrocedido hasta colisionar de nuevo con la puerta doble del saloncito. El miedo se volvió real en su rostro, y la sonrisa de Grim creció alimentada por este-. Documentos muy valiosos, procedimientos inventados por mí… Procedimientos que, con la debida manipulación, podrían haberte despertado como a la Bella Durmiente… Me importa porque, si estás diciendo sucias mentiras, lo cuál sería una pésima idea, significa que allí afuera hay alguien con la documentación suficiente para sacar de su encierro a demonios ancestrales sellados milenios atrás. Seres que ni siquiera el maldito Consejo podría detener… -le acarició las mejillas, los lados del cuello, y dejó sus largos dedos rodeando su garganta-. Si no es realmente Kreous, todos podríamos estar en peligro… Así que, si yo fuera tú, dejaría de poner a prueba nuestra paciencia y buscaría una forma de probar lo que digo, a menos que no te importe volver a ver a tu querida hermanita~

-E-edrick es quien sabe… -balbuceó Gale, intentando disimular el temblor que apresaba sus extremidades. Me hallé a mí misma igual de petrificada que él, confundida por la actitud de Grim. No estaba acostumbrada a eso, no a ese sombrío Grim que convertía en piedra a aquellos que enfrentaban sus ojos-. Yo no lo… no lo vi… Sé que planearon reunirse… sé que tenía que llevar a Arleene a un sitio, un día específico…

-¿Dónde?

Gale, temblando, recorrió el cuarto con ojos vacuos, como si hubiera llegado al extremo de que era él mismo quien debería dictar su sentencia de muerte, colocarse la soga al cuello y patear lejos el banquito para ahorcarse a sí mismo. Cuando volvió la mirada a Grim, había una ligera línea roja asomando por el lagrimal de sus ojos. Quise ir hacia él, quise detener eso… sin embargo, no creía que fuera buena idea…

-En Kwenthrith… -murmuró, y fue como si el cuarto entero hubiera sido engullido por una tormenta helada-. En las grutas bajo los acantilados…

No comprendía los motivos para la reacción de todos. Es decir, yo sabía que era Kwenthrith; se trataba de una serie de cuevas y grutas en el interior de un acantilado, y subterráneas, localizada en Irlanda. Mi hermano, Tony, estaba obsesionado con ellas, en especial porque no estaban abiertas al público y se contaban todo tipo de leyendas aterradoras sobre esas cavernas.

-Ese sitio está maldito… -soltó James con tono envenenado, aun cuando la sonrisa abarcaba todo el ancho de su boca-. Ningún inmortal ha entrado a Kwenthrith y vivido para contarlo…

-¿Esperas que seamos tan estúpidos para caer en una trampa? –preguntó Wade, poniéndose bruscamente de pie. Despedía un aura amenazante, y al plantarse delante de Gale, pareció opacarlo como un eclipse. El enorme shinigami se llevó una mano a los bolsillos, y colocó la otra justo sobre el hombre de Gale, el pulgar colocado justo a la altura de la tranquea del demonio. Un movimiento y le quebraría el cuello.

-O tal vez era ese el plan desde el inicio…. –gruñó Christopher desde atrás, poniéndose igualmente de pie, con el rostro rígido por la furia y la sospecha.

-¿Por qué querría matarlos? –titubeó, pasando saliva ruidosamente-. Van a ayudar a mi hermana… ¿por qué traicionarles?

Wade se encogió de hombros.

-No lo sé, Einstein, tu dime.

-Supongamos que te creemos… -irrumpió Jillian, cruzada de brazos. No parecía mucho más convencida que ellos, pero de todos los presentes, exceptuándome, era la más racional y menos inclinada a hacerle daño. O al menos, eso quería creer-. Supongamos que Kreous aparecerá en Kwenthrith, que fue él quien te… -agitó una titubeante mano, buscando el termino correcto-, quien te "revivió"… ¿Cómo entró tu hermano a las cavernas y salir con vida? ¿Cómo encontró a Kreous? ¿Quién le dijo que estaría allí?

-No sé todos los detalles, pero sé del informante. Fue una mujer… -sacudió la cabeza con ojos apretados, haciendo memoria-. Una bruja…

-¿Quién? –Wade hablaba entre dientes. Christopher asomó detrás de él, justo en el espacio en medio de ambos shinigamis.

-Era un nombre extraño –declaró Gale-. Odina, Omina…

Grim dio un respingo, intercambiando una rápida mirada con Wade. Detrás de ellos, Christopher levantaba una ceja inquisitiva.

-¿Ondina? –soltó este último y Gale asintió frenéticamente.

-Ondina, sí, ¡esa misma! –declaró desesperado, un poco más tranquilo, ahora que Wade comenzaba a retroceder lentamente de vuelta al sillón para tomar el vaso de whisky y se beberse todo el contenido de un solo golpe-. Sé que vive en un lago... en Francia… No sé cómo es que Edrick haya dado con ella, pero fue Ondina quien le indicó como hallar a Kreous... –ahora Grim también retrocedía, sin embargo, Gale pareció más nervioso por ello, como si prefiriera la extraña y sutil agresividad a ser ignorado. Supongo que en su mente, la agresividad significaba que necesitaban algo de él, y por lo tanto, no le harían daño-. Sí alguien sabe cómo entrar y salir de Kwenthrith con vida, es la bruja Ondina…

-¿Por qué? –comenzó a decir Grim, caminando lentamente hacia la ventana. Pasó a mi lado sin mirarme, con la frente en alto, mirando el cielo negro y tormentoso- ¿Por qué ayudaría a tu hermano? ¿Qué pidió a cambio?

Gale sacudió la cabeza, mirándose las manos atadas, la camisa manchada de sangre ennegrecida alrededor del agujero en la tela.

-Edrick dijo que lo hizo por buena voluntad… -murmuró, evocando una pequeña sonrisa-. Que yo no era el único idiota que iba por la vida haciendo el bien sin mirar a quien…

-¡Por todos los cielos! ¡Escuchen lo que dice! –bramó Christopher, levantando los brazos en señal de exasperación, tan bruscamente que temblé en mi asiento- ¿Le creen algo? Porque yo no… -anduvo como una sombra pálida, hasta detenerse justo delante del demonio, que era casi tan algo como él, observándolo como quien mira a una cucaracha envenenada retorciéndose en el piso-. Por lo que sé, él, su hermano y esos mercenarios están poniéndonos una trampa, ¡y creen que somos idiotas para creernos estas patrañas!

-¿Cuántas veces tengo que decir que yo no tuve nada que ver con esos mercenarios? –hubo un destello de furia en Gale, un pequeño brillo en sus ojos de cristal. Una pizca de valor que Chris interpretó como rebeldía y en un solo movimiento, lo sujetó por el cuello de la camisa.

-¡Podrías repetirlo todo el año y no te creería ni una sola vez!

-¡Basta, Chris! –ordenó Jillian con tono demandante, y aunque el chico se resistió un momento, enfrentando sus ojos con los del demonio, al final cedió, empujándolo como si quisiera molerlo a golpes-. Gale, ¿tienes algún objeto de Ondina? ¿Les dio algo? ¿un amuleto?

-No que yo sepa… -respondió, mirando a Chris aun con recelo-. Pero… puedo llevarles con ella.

Wade, despilfarrado en el sillón, con la mano aun sobre sus ojos soltó una risita ahogada, pero no dijo nada más.

-¿Con Ondina? –preguntó Grim, mirándolo de reojo. Gale asintió sin temor.

-Sí, sé que su hogar fluye con los ríos, y Edrick me dijo que sabe como encontrarla... Sin embargo, no creo que mi hermano hable si no le ayudan a encontrar a Arleene… y yo tampoco cooperaré más…

-No te preocupes, querido~ -canturreó Grim, regresando su vaga mirada a la ventana, tan ajeno a mí que me sentía preocupada-. Sí él no coopera, nadie buscará a Arleene, después de todo, encontrar a Ondina, saber si esto de Kreous es cierto o no, como entrar y salir de Kwenrith sin morir en el proceso, es parte del proceso de salvar a tu hermana. Después de todo, ya que ella fue sometida a la Tumba del Silencio también, significaría que también planeaba despertarla del mismo modo que lo hizo contigo, ¿no es así? Planea recurrir a Kreous una vez más… -Gale empalideció, pero no hizo intento por negarlo. Me sentí mal por él, por la manera en lo acorralaban para confesar la verdad, aun cuando no le creyeran, y lo cierto es que él tampoco debería confiar en nosotros. Todos estábamos asustado, no comprendíamos al otro ni sabíamos que tanto era mentira o verdad-. Y, por lo que dijo, que debe hallarla antes de la próxima luna llena, le quedan apenas nueve cortos días para hallarla, y llevarla frente a Kreous… No tiene tiempo que perder~

Lo miré, invadida por la angustia; era justo como había dicho Edrick, primero querría saberlo todo, primero intentaría sacarle toda la información posible…

Y, supuse, que era lo mismo que Gale pensaba, a juzgar por la expresión resignada en su rostro alicaído.

-¿Cómo sabes eso? –preguntó Jillian, adelantándose a Christopher, quien parecía a punto de hacerle la misma pregunta.

-Edrick lo dijo –respondió, volviéndose discretamente hacia ella. Tenía una particular sonrisa en sus labios, apenas visible, apenas curva, pero desprendía algo retorcido, algo que no me gustó para nada-. Estaba acorralado, desesperado… Usualmente un ave que canta así, es porque dice la verdad~

-Es cierto… -añadí, intentando quitarle peso a Gale, intentando darle credibilidad-. Edrick lo dijo, lo mencionó… muy abruptamente…

-A todo esto… -comenzó a decir Wade, retirándose el cabello de la cara, con los ojos clavados en el techo del salón, casi totalmente ajeno a la plática actual. Parecía perdido en sus propios pensamientos- ¿Qué sabes de los motivos de Bharus?

-¿Motivos?

-Cuando estaba drenándome, cuando me conectó con la máquina y las runas, pude ver en su mente… -aspiró con fuerzas, pero no hizo el intento de mirarnos en ningún momento-. No buscaba a Arleene, no buscaba a alguien. Buscaba algo… -hizo una pequeña pausa, soltando el aire que tomó anteriormente. Me dio la impresión de que estaba muy tenso, no por la situación, sino quizás por el dolor. Sin embargo, no creí que fuera prudente mencionarlo- ¿Sabes algo de eso?

Gale negó con la cabeza.

-No –dijo-. Bharus solo se comunicaba con nosotros para darnos indicaciones. Donde verlo, que llevar… -me miró de reojo, solo un breve segundo, con vergüenza-. A quien seguir... Fuera de eso, no tenemos idea de quien sea o que quiera…

-¿Qué fue lo que les pidió a cambio de ayudarles? –Jillian se volvió hacia él, curiosa. era la pregunta que nadie había hecho y a juzgar por el miedo plasmado en Gale, en sus hombros tensos, en su mirada quebradiza, en sus pies nerviosos, era la que no deseaba que le hicieran.

Tragó saliva una, dos veces. Buscó refugio en Grim, en Jillian y finalmente en mí, y cuando cruzó miradas conmigo, no pude evitar intentar intervenir por él.

-Jillian… -la llamé, pero con tan poca firmeza que apenas me hice escuchar. Intenté de nuevo, y esta vez el ángel levantó un peligroso dedo en mi dirección, ordenándome guardar silencio.

Gale apretó los dientes, negando suavemente.

-No fue claro… -jadeó, intentando sonar firme, mas eran demasiados sus nervios-. Dijo que él tenía una máquina para rastrear, que necesitábamos un rastreador, una criatura poderosa… -pasó saliva, incapaz de mirarnos a los ojos-. Dijo que… que necesitábamos a uno de los Trece. Que nos ayudaría a encontrarles, pero nosotros deberíamos buscar la forma de atraerlos. Todo lo que pedía, era que consiguiéramos una forma de hacerles cooperar… -se encogió de hombros, como si eso pudiera cubrirlo de los ojos rabiosos de Christopher-. Y que al final, necesitaba quedarse con uno de ustedes para activar la máquina. No dijo que quería buscar, solo que… que debía saldarle un favor a un amigo…

-¿Sabes de quien hablaba? –insistió Grim, sin atisbo de canturreo en su voz. Gale, sin mirarlo, volvió a sacudir la cabeza en negación.

-No lo sé, quizás… ¿de los Inquisidores?

-No creo que se trate de ellos –musitó Wade, respirando con la misma intensidad de antes-. Si de algo estoy seguro, es que Bharus no haría un trato con ellos…

-¿Cómo lo sabes? –quiso saber Jillian.

-Bharus también fue un prisionero en Heilldermeister, al igual que yo –prosiguió, con ojos entrecerrados.

-Considerando que fue usado como sujeto de pruebas o torturas… -Grim se llevó una mano a los labios, como sopesando la idea.

-Eso debería bastar para que odie profundamente a los Inquisidores –añadió Wade, con tono mucho más cansado que antes. Ya no parecía débil, ahora verdaderamente lucía enfermo. No sabía si era mi idea, más me daba la impresión de que se veía mucho más pálido, sus labios y parpados amoratados-.Y si eso no es suficiente, cuando le mencioné esa posibilidad, pareció perder totalmente el control. Tengo mis reservas, pero… no lo creo.

-Eso no prueba nada… -espetó Christopher con tono mordaz-. No hay nada que indique que este no sepa nada o que no estén fingiendo. Nada comprueba que lo que dicen no sea mentira…

-No lo sé… -apretó los ojos un momento, tomando aire. Emitió un quejido al impulsarse al frente, colocando disimuladamente la mano contra su abdomen, e inconscientemente recordé su cuerpo ensangrentado, arrastrando a Bharus por el pasillo como un sanguinolento muñeco de trapo. Chris estudió, entre preocupado y molesto, a su amigo, la expresión fingida de bienestar en su rostro, en completo silencio, mientras este sacudía la cabeza y sofocaba un tosido con su mano. Creo que intentó decir algo más, pero finalmente caminó a paso decidido hacia la puerta-. Disculpen, debo… hacer algo…

Lo seguí hasta que despareció por el umbral, cerrando la puerta tras de si, totalmente ajeno a la expresión indecisa de Christopher. Como si quisiera ir tras él y no supiera como o que excusa usar. Como si hubiera olvidado todo lo que ocurría a su alrededor y el bienestar de su amigo fuera lo único importante.

-Gale -dijo Jill, una vez que vio a Wade salir de la habitación- ¿Por qué Kreous no revivió a tu hermana como lo hizo contigo?

-No podía rastrearla -consiguió decir pasando saliva-. No sé muy bien, pero… creo que está débil…

-O solo quieres llevarnos a una trampa, demonio mentiroso, interrumpió Chris, enfurruñado y claramente desconfiado.

-Cuando encontremos a Arleene, cuando la hallemos… -musitó Gale, intentando no hundirse completamente en ese pozo de rabia, frustración. No quise verlo más, no quise enfrentar sus ojos, en caso de que fueran dirigidos a mí. Clavé la mirada en la mesita, en el vacío vaso de whisky de Wade, abrazada a mí misma-. Cuando lo hagamos sabrás que no tendremos motivos para mentir…

-Oh, querido~ -Grim, sonriendo abiertamente, giró para verlo a la cara, con expresión abiertamente cínica, abiertamente cruel-. Hasta que no vea a Kreous, blanco y en toda su gloria, levantar a tu hermana de su ataúd, no creeré que no tengas motivos para mentir…

o.o.o

La habitación estaba vacía, y podría jurar que lucía idéntica a como la vi esa misma mañana. El pantalón donde había entrenado seguía sobre la silla del escritorio, y sobre este, estaba regados varios objetos personales entre los que destacaba una botella de colonia y una billetera de cuero marrón. Las puertas del closet estaban abiertas de par en par, el espacio que abrió entre la ropa para sacar la prenda que quería, las zapatillas deportivas al pie de la cama, y la camisa, descuidadamente, tirada a un lado de estas.

Todo seguía igual, no había cambios.

Parecía que nadie se había movido allí, nadie había entrado allí. Eso podría haberme tranquilizado, de verdad que lo hubiera hecho en otros momentos o en otra situación, sin embargo, había un cambio notable que me fue imposible pasar por alto y activó todas mis alarmas.

Sobre el escritorio, había una toalla empapada de sangre, y varias gasas regadas alrededor, igual de enrojecidas y sanguinolentas. Sobre la cama, había mas vendas, un botiquin abierto de par en par, cuyas cosas regadas sobre las sabanas parecían haber sido arrojadas con violencia. Aquello podría haber indicado que alguien estuvo limpiando sus heridas, pero en mi mente adormecida, cansada y dolorida, señaló a otra dirección totalmente distinta. Algo había sucedido allí, y el silencio solo era un signo de que las cosas no habían marchado bien, porque de haberlo hecho, no habría una cama vacía, sino una persona allí, recostada y recuperándose de la estropeada monumental que había recibido.

Me apoyé contra la pared, pegando la cabeza contra el marco de madera de la puerta. Respirar tan agitadamente no me dolía, al menos no tanto, solo me causaba la sensación de apretarme las costillas. Quería pensar que era la venda que rodeaba mi torso y no la desesperación agitándome por dentro.

Había despertado hacía poco menos de dos minutos; me habría sentido en calma de haberlo hecho aun medio herida, con la costilla a medio soldar, pero tan adoloría que no podría sentarme debidamente. Lo usual, considerando que mi presión habría priorizado las peores lesiones, sin encargarse del todo del resto de los golpes y magulladuras. No debería poder estar de pie.

Pero ese no era el caso. Allí estaba yo, de pie, adolorida, más la costilla estaba totalmente soldada, y salvo la falta de presión por la agitada regeneración, no había nada más mal en mí. Aquello significaba que alguien había cedido tanta presión en mí, a tal grado, que fue suficiente para regenerarme de forma casi violenta.

Alguien que estaría muerto de haberlo hecho…

No quería pensar en eso. Quería pensar que ese "alguien" estaba bien, y que era la misma persona que había sido lo suficientemente amable para colocarme un vestido de algodón que casi me cubría los pies y me dificultaba caminar, además de no ser lo suficientemente abrigador para protegerme del frio del mediados de septiembre. Pensar que quizás había sido la misma persona, con las mismas buenas intenciones, que había limpiado y vendado mis heridas, luego de colocarme en mi cama. Probablemente no había tenido en cuenta que lo primero que vería al mirarme al espejo, con ese vestido de escote campesino, serían todos los hematomas de mi cuello y hombros, violáceos y amoratados, contrastante espeluznantemente con mi piel y el color rosa pastel del vestido. Evitaría mirarme lo más posible; me daba la impresión de que todo el bienestar que podía llegar a sentir se deterioraba al observar mi verdadero aspecto.

Quería pensar que esa persona había hecho todo eso, y que no se encontraba tan mal como mi mente lo proyectaba…

Inspiré, repitiéndome que debería calmarme, pero, ¿cómo podía calmarme? ¡Todo lo que sabía era que la última vez que lo vi, estaba clavado de manos, torso y pies a una pared! ¡Todo lo que recordaba era que lo estaban drenando, que apenas podía moverse y había una piscina llenándose con su sangre! Que Bharus lo saturó de elixir y lo apuñaló hasta el cansancio. Que había veneno en su sistema…

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado con él? No estaba en mi habitación, no usaba en el cuartito que usábamos como enfermería y bodega, y no estaba en su propio cuarto, ni en el estudio…

¿Estaría abajo? No, si estaba tan herido no podría haber bajado, aunque habría sido complicado subirlo igualmente… ¿podría ser que lo llevaron a otro lado? Quizás estaría en el estudio, o quizás estaría en la cocina… Sí. Sí, en la cocina, y estaría bien…

No, con todo el elixir que tenía encima, era una locura pensar que podría estar comiendo, probablemente vomitaria todo lo que entrara en su estómago por una semana entera. Debería tener una insoportable fiebre, probablemente delirando, probablemente incapaz de moverse, sufriendo pesadillas.

¿lo habrían atado para evitar un episodio violento?

La desesperación comenzó a estrangularme, la sentía robándome fuerza de las piernas, y el viento fresco que soplaba de los ventanales no me ayudaba demasiado. Quería pensar que eso era lo que tenía tan heladas mis manos, y no la misma angustia causada por las posibilidades delante de mí. Apreté los dientes, rogándole a los Cielos que ninguna de esos horrendos escenarios fuera ciertos, y que solo estuviera siendo víctima de mi propia paranoia.

Eso era, ¿verdad? Tenía que estar bien, había salido vivo de cosas peores, además allí estaba Christopher y James, alguien habría acudido en nuestra ayuda. Nos encontraron, nos sacaron de allí, lo atendieron y él estaba dormido, abajo, descansando y recuperándose de sus heridas. Aun cuando abajo no había sitio acondicionado para recibir heridos y el botiquín más grande lo vi en mi cuarto, lo que indicaba que no fue necesario en ningún otro sitio.

Entré con pasos temblorosos, hasta llegar al centro de la habitación, teniendo especial cuidado de no tropezar con mis propias pantuflas. Quizás habrían dejado una nota -que, por cierto, no había nadie en el piso superior-, quizás habría allí más respuestas, o al menos algo que pudiera tranquilizarme, o al menos silenciar mi mente escandalizada, una opción que quedó totalmente descartada cuando, al dar un paso, me di cuenta que había algo pegajoso bajo la suela de mi zapato. Supe lo que vería antes de levantarme la orilla del vestido, las salpicaduras de sangre en el piso y no precisamente pequeñas gotitas. Un reguero espeso, oscuro, que iniciaba desde el borde de la cama, pasando por el escritorio y acababa bajo la puerta del baño de su habitación.

Sentí que se me saldría el corazón por la boca, todos mis sistemas se acumularon tras mi garganta y tuve que forzarme a mantener la calma, apretar los ojos y contener mis locos pensamientos, especialmente porque estaba segura de que todo estaba en completo silencio. Intenté quedarme quieta, pensé en hablar, en llamarlo, pero las palabras simplemente no salían de mi boca, no lograba hacer el aire salir de mi garganta estrangulada. No pude luchar contra la oleada de horribles visiones, y fue como si todas esas veces que lo vi tendido, indefenso y moribundo, se fusionaran en una sola horrible escena sanguinolenta que estaba segura que encontraría tras la puerta.

Empujada por el horror, me abalancé contra la puerta, abriéndola de golpe hacia dentro, con tal fuerza que se azotó contra la pared tras de ella, y vi como el espejo, embedido en la pared, y los cristales del ventanal, se sacudieron por el impacto…

Y Wade, frente al espejo, se volvió sobresaltado con expresión furibunda, a punto de soltar una palabrota que acabó congelada antes de que pudiera cobrar vida propia.

Me quedé en una pieza, aun incapaz de hablar o moverme. Lo observé rápidamente, de pies a cabeza. Llevaba unos pantalones negros deportivos, y una toalla colgaba descuidadamente alrededor de su cuello. Parecía estar saliendo de ducharse, con su cabello húmedo hacia atrás, despejando su cara, que poco a poco pasaba del enfurruñamiento a la sorpresa. Desde mi perspectiva, alcanzaba a ver algunas marcas que evidenciaban el enfrentamiento, como la sombra violácea sobre su mandíbula y su pómulado, el hematoma rojizo que se extendia a lo largo de casi todo su brazo y los surcos rojizos, aun abiertos, donde Bharus lo había apuñalado sobre su torso.

Sentí, primero, el alivio permitiendo el flujo de sangre a mi extremidades, el aire pasar de neuvo a mis pulmones. En mi garganta irritada, el nudo que antes no me permitía respirar por la angustia, se había vuelto fuego que me empañaba los ojos, estrangulando mi voz.

-L-lo siento… -jadeé, intentando sonreír, soltando la perilla de la puerta como si aquello fuera algo indebido, y me puse a frotarme los brazos, intentando disimular el temblor de mis manos. Le eché un rápido vistazo, intentando no sentirme tan avergonzada por mi subito arrebato, pero antes de alcanzar sus ojos me di cuenta de que no sería capaz de hacerlo y bajé de nuevo la vista hacia el tapete color rojo escarlata que ocupaba la mitad del cuarto de baño-. Creí que… eh, no s-sabía si estabas aquí…

Lo oí dejar algo sobre el lavamanos, el roce de la ropa cuando se movió. Por algún motivo, aquello me inquietó, pero no quise o no pude moverme.

Di un paso atrás, y antes de que pudiera dar otro, Wade estaba ya delante de mí, con ambos brazos a mis costados empujándome contra su cuerpo. Me quedé sin voz, con las palabras atoradas en mi garganta, sintiendo como se curvaba sobre mí, como si quisiera envolverme totalmente en ese abrazo. Sus puños se enrredaron entre mi ropa, y no pareció detenerse sino hasta que logró hundir su rostro entre mi cabello, y suspirar como si llevara años conteniendo el aliento.

-Había pensado todo un discurso para reprocharte por ser tan obstinada… -jadeó contra mi cuello, arrastrando las palabras para evitar que sonaran entrecortadas-, pero ahora solo puedo pensar en lo mucho que me alivia que hayas despertado…

¿Estaba preocupado por mí? Era un tonto; a comparación de él, yo me encontraba técnicamente en perfectas condiciones…

Abrí la boca para decirle algo, empujándolo un poco para hablarle debidamente, mas todo lo que salió fue un sollozo, un intento de lo que planeaba decirle. Volví a intentarlo, y, como una presa que se desborda, comencé a llorar en silencio, apenas capaz de proferir sonido alguno, con los ojos tan anegados de lágrimas que apenas podía ver propiamente. Quizás era el estrés, la presión ajena en mi sistema, la adrenalina, el dolor, la preocupación, o quizás solo una mezcla de todo que ahora me hacía explotar.

-Hey… -dijo, con la voz más suave que jamás le había oído utilizar, apartándose para mirarme, ignorando mi mano hecha un puño en la toalla que colgaba de su cuello. Lo sentí acariciándome el cabello, sus dedos limpiándome las lágrimas de las mejillas, acunando mi rostro de modo que no pudiera alejarme más de él- ¿Te duele algo…? ¿Qué pasa…?

Quería decirle que estaba feliz de que estuviera bien, que también me aliviaba que ninguno de los horribles escenarios en mi mente hubiera sido la realidad. Quería abrazarlo igualmente, pero no conseguía poner en orden mis palabras, no conseguía mover los brazos más allá que sujetarle las muñecas, y no sabía si era miedo, angustia, alivio o timidez lo que sentía. No sabía cual de todos esos sentimientos me hería con mayor agudeza, al menos no hasta que se inclinó hacia mí, besando el hueso de mi pómulo, tan suavemente que pude sentir el calor del interior de sus labios. Me sentí herida por ello, por algo agudo retorciéndose en mi pecho.

-N-no sabía dónde estabas y pensé… -arrastré las manos sobre el dorso de sus puños, de vuelta a sus brazos, hallando un espacio para apoyar la cabeza en el borde de su mandíbula, y apenas lo hice, casi toda la tensión de mi cuerpo desapareció, me liberó de ese apretujado capullo donde apenas era capaz de respirar-. Me asusté por un momento…

-Aquí estoy -murmuró con voz aterciopelada, ligeramente divertida por algo que yo no comprendía. Percibí sus brazos buscando rodearme por completo, y aunque era todo lo que quería en ese momento, había mucho que quería discutir y saber en ese momento.

Di un paso atrás, hacia el exterior del mano, escapando del alcance de sus manos, hacia el aire frío de la noche lluviosa que inundaba su habitación. Por un segundo, me arrepentí de lo que había hecho, no solo por el sentimiento decepcionado que me dejó la espalda helada, sino porque creía haber sido algo brusca, y no razoné que podría haberlo ofendido. No obstante, cuando lo miré, no hubo ningún cambio en su expresión ni intento retenerme cerca. Creí que intentaría sujetarme, pero salvo un paso cansino para conseguir apoyarse contra el marco de la puerta, no intentó más.

-Aquí estas… -balbuceé, sonriendo con suavidad, mirándolo con disimulo. Se asentó en él una particular capa de frustración que parecía empezar a arder a fuego lento, endureciendo poco a poco su expresión estoica, sin embargo, decidí que probablemente eran ideas mías, o a causa del dolor. Aspiré para despejarme la nariz y me limpié el rostro con las manos. Dios, ¿Cómo podía llorar tanto en tan poco tiempo? - ¿D-dónde estabas?

Se movió un poco, apenas apartándose de la puerta, y podría haber jurado que intentaría acercarse nuevamente, pero únicamente se volvió muy despacio a cerrar la puerta.

–Abajo, con los demás –declaró, con tono cansino. Escuché el sonido de la puerta del baño chasqueando al cerrarse por completo por el empuje de su mano–. Justo comentábamos todo lo ocurrido esta noche… –se detuvo un instante, con la mano extendida mientras se aseguraba que el pestillo cediera, indicando que estaba bien cerrada.

Pude ver, por un momento, sus ojos delineando mi silueta, como si hubiera algo escondido entre mis ropas que pudiera ser peligroso para él. De pronto, se movió despacio en mi dirección, con toda la intención de volver a cerrar el espacio entre nosotros. Podría jurar que toda la piel se me puso helada, y no supe si era miedo o necesidad lo que la expectativa causaba en mí. Me sentía muy cansada para lidiar con mis locas emociones y mi imaginación desbordada, siempre esperando algo más de lo que se me daba, ignorando lo que realmente quería y suprimiendo cualquier deseo bajo una capa fría de estoicismo.

–¿Cómo te sientes…? -dijo. Pasó de largo a mi lado, y escuché, a mis espaldas, el sonido la puerta de la habitación cerrándose y el de un vaso asentándose sobre la madera

-Bien… -dije, con una mano sobre mi pecho, intentando calmarme por mis revoltosos pensamientos-. Mareada… Algo adolorida, pero mi costilla está mucho mejor. Supongo que ya soldó…

-Lo siento por eso… -murmuró. Me volví para mirarlo, apenas girando en su dirección. Observaba la ventana, quizás atraído por algo allí fuera, con el brazo aun largo, estirado hacia la puerta-. Creo que fui yo quien la fracturó en primer lugar...

-¿Cómo…?

-RCP –dijo únicamente, lo más rápido que pudo, notando la inquietud en mi voz. Continuaba absorto, más cansado que renuente. Toda su espalda se hallaba salpicada de pequeñas heridas, magullones y moratones. No lograba recordar cuantas veces se azotó contra las paredes mientras peleaba-. No recuerdo haber oído el chasquido de un hueso roto, pero luego te di una descarga de presión directa al corazón… -suspiró, bebiendo un largo trago de whisky-. Puede que haya sido eso…

-Oh… -murmuré tímidamente, abrazándome a mí misma. Ahora que lo pensaba, tenía una extraña presión en el pecho, allí estuvo todo el tiempo. Suponía que era eso. Iba a preguntarle algo más cuando caí en cuenta de todo lo que involucraba el RCP, aparte del masaje cardíaco y costillas rotas, y me pregunté si no le habría vomitado encima, aunque prefería no saberlo. Podría haberme ruborizado de no estar tan débil-. No pasa nada… Gracias, supongo…

Rio suavemente.

-De nada… -hubo un momento de silencio, hasta que asomó sobre su hombro echarme un vistazo.

Por un instante, tuve esa ligera corazonada de que daría la media vuelta, provocado por algo que yo no habría hecho conscientemente, y haría algo que yo quería pero no sabía como pedir, y de inmediato me abofeteé mentalmente. No era momento para pensar en esas cosas.

-No deberías estar de pie -dijo finalmente, girando con el mismo aire cansado de antes-, ven aquí…

Regresó hacia mí, pasando un brazo tras mis hombros para conducirme hacia su cama, casi como si fuera a abrazarme. Aspiré suavemente, sorprendida de que en parte, eso que imaginé se había cumplido. Quizás simplemente estaba sugestionada por todo lo que pasó, por aquello que me imaginaba. Aunque negase a admitírmelo a mi misma, quizás era exactamente lo que necesitaba de él en ese momento. No, no era eso. Estaba asustada y reaccionaba a lo que había delante de mí. Era solo parte del alivio.

Me acomodé para caminar a su ritmo, más cerca de él, percibiendo suavemente el aroma que despedía su piel tibia, el cual solo podría describir como el olor de las montañas nevadas rodeadas de pinos salpicados de la última lluvia de otoño.

– Volviendo al tema, ¿por qué, si había una reunión, no me despertaron? –musité, intentando guiar por otro rumbo mis pensamientos, siguiéndolo con la mirada mientras tiraba al suelo las ropas y vendas ensangrentadas sobre las sábanas. Me senté en el borde, animada por un pequeño empujoncito de su parte, acomodándome yo misma en la cama y el vestido que se me amontonaba bajo las rodillas. Se dio la media vuelta, dirigiéndose hacia la cómoda, no sin antes encender la pequeña lamparita de la mesita de noche, dejando que su luz cálida alumbrase escasamente la habitación–. Yo debería estar allí…

–El único lugar donde deberías estar es en tu cama, recuperando tus fuerzas –creí que se iría, pero no lo hizo. Volvió hacia la cómoda, donde había dejado antes el vaso de whisky, abrió un cajón y sacó de él una camisa, cuyo color verde oscuro apenas era perceptible gracias a la luz, la misma que iluminaba con timidez los contornos de su cuerpo. Con la excusa perfecta de observar sus heridas, ni siquiera me molesté en fingir no estar mirando su espalda, el lateral de su torso que quedaba justo frente a mí, la manera en una serie de músculos se movió bajo su piel de alabastro, siguiendo las órdenes de sus brazos para colocarse la camisa.

Si soy honesta, realmente quería ver si se hallaba bien, y la verdad lo que vi no me tranquilizó mucho. Las heridas hechas por la daga de Bharus seguían abiertas, no huecas, pero era evidente que no estaban regeneradas, del todo. Sería cosa del elixir, o el veneno, supuse. James estaba casi en el mismo estado la noche que Grell me pidió el antídoto, y no se recuperó hasta mucho tiempo después. Aún seguía delicado. Era doloroso pensar que eso le esperaba también a Wade, me descomponía pensar el dolor que habría sentido. Casi podía escuchar nuevamente el eco de sus gritos, el sonido del metal perforando su piel brutalmente, y sin quererlo, me puse a temblar.

Hizo un mohín al levantar los brazos, con la tela sujeta entre sus dedos, bajándolos inmediatamente y soltando la camisa, que casi se resbala de sus manos. Dejó caer la cabeza contra su pecho, con las cejas torcidas ante el relámpago de dolor. Me levanté de un torpe salto, acercándome pronta, y el apretó los ojos, soltando un soplido que sonaba a maldiciones mientras descendía las manos cerradas en puños.

–¿Por qué no estás vendado siquiera? –pregunté, tomándolo suavemente del brazo para apartarlo de delante suyo y estudiar con mayor exactitud la gravedad de los cortes. Intentó poner resistencia, más quizás por el dolor que lo obligaba a mantenerse tenso, le fue imposible detenerme.

Un retorcijón me revolvió el estómago al ver los múltiples cortes resplandeciendo como grietas al infierno en su piel pálida. Había varios cortes y perforaciones desde su abdomen hasta su pecho y sus hombros y uno de ellos, estaba sangrando un poco. El más profundo, justo en el medio de su estómago, el primero que Bharus le había hecho, ni siquiera había empezado a sanar. Lo único que podría tranquilizarme, es que no parecía tener rastro de veneno. Quizás era solo elixir, pero eso no quitaba el hecho de que deberían causarle verdadero dolor.

–Oh, Wade… –jadeé, llevándome la mano libre a la boca, sintiendo la punzada de culpa sobre mi corazón. No comprendía como no lo había notado antes. Busqué en su rostro algo que me indicase si estaba molesto, frustrado, decepcionado, mas estaba tan contraído que no pude percibir una emoción clara de él–. Ni siquiera han cerrado…

Solté su brazo, buscando con la yema de los dedos el borde del corte, justo arriba de su ombligo. Recordé que los Centinelas me habían enseñado una forma fácil de detectar si una herida había sido causada por elixir o veneno. Ambas sustancias solían generar una granulosidad bajo la piel, alrededor de los cortes, y si presionabas con cuidado, no solo podían sentirse, sino que espedían un líquido blancuzco a través del tejido.

Con cuidado, seguía el contorno del corte, apenas ejerciendo presión, pero de inmediato Wade apartó mi mano de él.

-Me haces cosquillas… –farfulló entre dientes, componiendo una particular sonrisa adolorida y deteniendo mis dedos dentro de su puño. Me pregunté si le habría hecho daño-. Y me duele cuando me rio…

Bajé la cabeza, soltándome de su agarre, dejándolo intentar colocarse la ropa de nuevo, esta vez, preparado para el dolor, mas ni siquiera así pudo hacerlo. Le habría reprendido por eso, pero estaba ausente, pensando en que estuve presente cada vez que lo hirieron. En cierto modo, había sido culpa mía.

–No es nada… -debí parecer tan miserable como me sentía, porque enseguida aligeró su tono adolorido-. Estaré bien; tengo el remedio universal por excelencia para olvidar el dolor.

Sacudió el vaso de Whisky junto a mí, sonriendo ligeramente. O al menos lo intentó. El chiste no llegó a su rostro amoratado, se perdió en medio camino, y me miró con ojos ensombrecidos.

Algo no estaba bien…

No estaba diciéndome todo…

Si no tenía elixir en su sistema, o si ya casi no tenía…

– ¿Por qué no te has regenerado ni en lo más mínimo? –pregunté, mirándolo volverse hacia mí con un gesto que intentaba fingir tranquilidad–. Deberían haber cerrado, cuando menos…

Hubo un leve destello en sus ojos; supo que noté algo. No era porque me hubiera cedido su presión.

–Porque tengo suprimida mi presión –respondió, sacudiendo la cabeza, con los dedos crispados sobre el vaso. Miró el líquido dorado, como considerando algo, una idea que desechó finalmente.

Fruncí el gesto, preguntándome si aquello era una broma, y si lo era, que esperaba para reír -aunque le doliera-. Lo estudié, intentando advertir su presión con la mía. Aunque estaba débil, no tardé en percibir su ausencia, apenas rodeándolo, con la misma efectividad que una tela vaporosa impide el paso inclemente del sol. Sus ojos se entornaron, notando mi intromisión, más no dijo nada.

Algo no estaba bien, ¿por qué se sometía a esa tortura? Aguantar ese tipo de heridas en su estado no debería ser muy distinta al sufrimiento de un humano en esas mismas condiciones. ¿Quería castigarse entonces? ¿Era una apuesta o algo? ¿Intentaba atormentarme?

¿O era por algo más? La última vez que suprimió su presión de ese modo, aun estando herido, fue una época que mi mente me forzaba a revivir, a veces, a través de las pesadillas.

–¿Por qué harías eso? –inquirí, temiendo la respuesta.

Entreabrió los ojos, dolorido, quizás por la quemazón del licor al llegar a su estómago o por el relámpago que hizo estremecer sus nervios a causa de ardor en sus heridas. Intentaba aparentar calma, pero parecía todo menos tranquilo.

Lo miré, preguntándole sin hablar que era lo que pasaba, porque parecía atormentado por algo más que el dolor físico. Consideré de nuevo aquella posible y terrible respuesta, pero apenas cruzó mi mente la descarté de inmediato porque no quería siquiera pensar en ello. Sin embargo, aquel pequeño momento de temor debió fluctuar en mi rostro, en mi presión, porqué hubo un breve asentimiento de su parte, justo antes de dejar caer la cabeza contra su pecho, volviéndose de frente hacia mí.

Era la actitud de un hombre derrotado.

Supe de inmediato de que se trataba, la idea pesadillezca, ya no era más parte de un sueño, sino que me perseguía hasta la realidad…

Creí que me echaría a llorar…

–Porque el sello se fracturó, y necesito contener su presión.

Retrocedí, temblorosa. Tuve la sensación de hundirme, aun cuando no me movía para ningún sitio.

La luz brillante, su cuerpo débil y envenenado, casi totalmente drenado de sangre y presión. Había estado en una situación así antes, en la que la única forma de salir con vida, fue hacer una locura…

Sentí que se me escapaba el aire…

No quería pensar en lo que pasaría. No quería recordar lo que pasó la última vez. No deseaba revivir las imágenes de su rostro desfigurado por la bestia en su interior, atado de pies y manos, muriendo devorado por algo más fuerte que su voluntad. ¿Se habría sentido él así al verme considerar la posibilidad de unirme al Oráculo? ¿Era esta misma desesperación, o peor, porque yo lo hacía por voluntad propia?

¿Qué decirle? Había llegado allí tan preparada para soltarle mil tonterías sobre lo tonto que era al ir por mí, por prohibirme salir, y ahora me sentía tan terriblemente culpable por haber puesto un pie fuera de la casa. Intenté considerar una solución, alguna forma debería haber de pelear contra eso…

-¿P-por qué…? –no me salía la voz. Las palabras se me enredaban con los pensamientos macabros.

–Era la única forma… –jadeó entre dientes, aun sin levantar el rostro para mirarme. De pronto me sentí atrapada entre dos enormes paredes que me comprimían la espalda y el pecho. Mi usual calma, apenas reconstruida, amenazó con desmoronarse, y tuve que llevarme las manos a la boca para que no se me escurriera como un grito de puro horror–. Tenía que romperlo, aunque fuera un poco. Bharus me puso el veneno suficiente para matar a tres inmortales… –se irguió, dándome la espalda, tomando la licorera de cristal sobre la cómoda para rellenar su vaso por encima de la mitad. Hablaba como si no fuera él, como si no fuera su historia o su problema–. Estaría muerto de no haberlo hecho, Bharus tendría las reliquias… –se llevó el vaso a los labios y bebió largamente, casi todo el contenido y dejó caer bruscamente el vaso contra la cómoda–. Y tú estarías quien sabe dónde…

–Quizás no se rompió… –solté, aun con la mano sobre la boca. Mis palabras salieron temblorosas; ni yo me las habrías creído, y, aun así, quise que fueran reales. Quería tocarlo, pero no sabía cómo y al final me quedé mirándolo como si quisiera transmitirle esa falsa esperanza, pero todo lo que recibí de su parte fue una expresión de piedra–. Wade, no lo sabemos. No sabemos si realmente se rompió…

Soltó una risilla, apenas sofocada por sus labios y sus dientes. Asentó el vaso con vehemencia, como queriendo probar un punto, y se echó a reír ligeramente como un niño avergonzado de sus travesuras.

–Sophie, lo fracturé a propósito –apenas lo soltó como un murmullo, más a mí me hizo lo mismo que una piedra a una vasija de porcelana. Se me apretó el corazón entre las costillas, respirar me hacía daño, alimentaba con cada inspiración la tormenta que se formaba en mis ojos y mi mente-. Empujé los límites de mi presión. Lo sentí resquebrajarse, la oleada de presión demoniaca en mi sistema…

– ¿Qué…? –me dieron ganas de golpearlo de nuevo. Inspiré con fuerza, con pura rabia por la idiotez que decía, por las lágrimas que se acumulaban y amenazaban con salir. Rellenó el vaso, y se volvió hacia mí.

Sus ojos se oscurecieron como un eclipse, su mueca no demostraba dolor, ni furia, y aun así parecía que era lo único que podía transmitir.

–Lo rompí a propósito –repitió, inclinándose poco hacia mí. Se le escapó una sonrisa mordaz y amarga, sin quitarme los ojos de encima. Alzó las cejas, un poco dudoso, quizás por el aura furibunda que despendía yo misma o por algo que se cocía en su interior–. No del todo, pero está roto. No sé cuánto tiempo más tengo para…

–¡¿En qué demonios pensabas?! –mascullé, cortando sus palabras. No parecía comprender lo que le decía, o no quería entenderlo. Me sentí de pronto encendida como una tela empapada en gasolina a la que le han arrojado una cerilla. Apreté los puños, ignorando si quería señalarlo como un hereje o gritarle hasta que me dijera que estaba bromeando. Retrocedí dos pasos, titubeé, con las manos a los lados de la cintura. Me estorbaban y no sabía qué hacer con ellas– ¡Wade, es una locura…! ¡¿Cómo pudiste…?!

Entrecerró los ojos, como intentando que la ira violenta no desbordase su límite. No había notado que no llevaba el ciego hasta ese momento. Y tampoco la manera en que su ojo violeta cambiaba de color, se agitaba como la bruma del mar ante la luz amarilla, las sombras, y las intensas reacciones ante mis palabras.

Ese maldito engendro en su interior… ese monstruo… volvía a la vida…

–Igual que la última vez… –siseó, con cólera disfrazada de estoicismo. Se volvió por completo, apoyando la espalda contra la cómoda, apretando momentáneamente los ojos por el ardor provocado en sus heridas al moverse. Se me apretó el corazón, quise tocarlo, quise correr hacia él, hacer algo para detener el sufrimiento, pero su rostro, endurecido por la tormenta de ira, frustración y cinismo en su interior, me dio a entender que no era la mejor idea. Entornó el rostro, había algo de odio en sus ojos y no sabía hacia quien de los dos estaba dirigido–. Llamé toda la presión en mí, y como no quedaba mucha de la mía… –bebió un sorbo de whisky, sin dejar de observarme–. Ya conoces el final de la historia…

Apreté los puños, conteniendo un intenso deseo de estrangularlo, de hacerle sentir el mismo nudo que me asfixiaba en ese momento, sacudiendo la cabeza de un lado a otro y las lágrimas se me regaron por las mejillas.

– ¡Eres un idiota! ¡No tenías por qué hacer esta locura! ¡Pudiste haber esperado a James, a Christopher! ¿Por qué no pediste su ayuda antes de lanzarte a pelear contra Bharus en tu estado? -quería arrojarle algo, pero no conseguía moverme de mi sitio-¡¿En qué momento consideraste buena idea pelear envenenado, con dos agujeros en el estómago, contra un demonio loco como ese?! ¡¿Era este tu plan desde el inicio?!

Él parecía extrañado, alejándose cada vez más del camino rojo y fúrico que deseaba que tomase. Quería enfurecerlo, que le doliera tanto como a mí, mas era como si la rabia que me envenenaba el pecho no llegase a él por más veces que clavara el aguijón en su piel. Se acercó hacia mí con la misma cautela con la que intentas tocar a un animal herido y rabioso, sabiendo que puede morderte, pero corriendo el riesgo de todos modos. Extendió una mano en mi dirección, sin tocarme, y retrocedí rápidamente para evitarlo. No sabía que haría si lo hacía.

–Está tratando de evitar que nos mataran –dijo, con voz serena, aun cuando todo en él denotaba tensión, desde su mirada hasta su mano extendida en mi dirección. Solté una risilla incrédula y sarcástica, apretándome las sienes entre ambas manos y Wade pareció perder un poco de la templanza que mantuvo hasta ese momento– ¡Sophie, Bharus planeaba hacerte lo que hizo conmigo! ¡Iba a usarte para…!

Giré, pasándome las manos por el pelo, intentando no escuchar sus palabras como si fueran puras idioteces. Y es que lo eran. Él no sabía lo que yo…

– ¡No! ¡Desde el principio era a ti a quien quería! –levanté la voz, presionando mi cabello contra mi cuello y mis hombros, como si quisiera ahorcarme a mí misma. La brusquedad causó una punzada de dolor en mi costado, más sentía que la ira silenciaba casi todo el estremecimiento de mi cuerpo herido. Wade dio un respingo, mirándome como si notase el dolor, pero el calor de la discusión lo mantuviera alejado. Apreté un poco los ojos, cubriéndome la zona afectada con ambas manos y teniendo mis palabras el tiempo suficiente para recupera el aliento– ¡Bharus sabía que irías por mí y contaba con eso! ¡Te conocía de antes, quería venganza contra ti! ¡No iba a matarme, pero a ti sí!

Se quedó en silencio un momento, mirándome con expresión confundida.

-No… -murmuró, extrañado. Negó en silencio, la idea parecía tener sentido en su cabeza, pero no creo que quisiera aceptarlo. Suspiró con fuerzas, sacando el aire entre sus dientes apretados-. Querían a Sylvette, ¿no? A James…

-¡No! –exclamé, desgarrada por aquello que conocía- ¡Bharus quería que fueras! ¡Sabía que James no se arriesgaría por Vetty, pero…! –no supe cómo decirlo, como explicarlo. Eché una mano hacia atrás, sintiendo que la angustia me apretaba el cuerpo como una camisa de fuerza- ¡Sabía que irías…! ¡Desde el inicio lo supo! ¡Él estuvo en Heilldermeister cuando me salvaste la primera vez y contaba con que lo harías de nuevo!

Me dio la impresión de que todo cobraba sentido en su mente en ese momento. Si antes era incapaz de ver la manera en la que los acontecimientos formaban ese telar de manipulación, ahora al menos veía cada uno de los hilos conectándose con otros.

Jadeó con fuerza, primero incrédulo, y luego burlón, con la mano sobre la boca. Las conexiones se volvían más reales, cobraban color, y cuando lo hicieron, me observó con la actitud de un simple mortal al que se le pide que evite que caiga la noche y se le sugiera que vaya a hablar personalmente con Dios para pedirle el favor. Como si fuera yo la que estuviera pidiendo una idiotez.

– ¿Qué se suponía que hiciera…? –jadeó entre dientes, sacudiendo de la cabeza de un lado a otro y dejando caer el brazo de golpe. Se había asentado en él una extraña mezcla de rabia y frustración fría, tanto que parecía quemarlo cada vez que pasaba saliva por su garganta, cada vez que parpadeaba luego de mirarme como una loca, o quizás, como si fuera un producto de su imaginación y el loco fuera él– ¿Dejarte allí? –extendió la mano, sus dedos apresaron mi brazo y jaló hacia él con firmeza, tirando de mi en su dirección. Sus ojos hervían terribles, como un ácido al que cualquier cambio desestabilizaría y crearía un caos mortífero. Su voz no era muy distinta, ni la mueca tensa en sus labios, y me dejó helada frente a él– ¿Dejar que nos mataran a ambos?

Sacudí la cabeza, los parpados apretados liberaron un río de lágrimas que llevaban largo rato allí. Miré al techo y esperando hallar una revelación divina que me hiciera entender cómo debería explicarle lo que parecía tan claro para mí.

– ¡No iba a matarme! –solté, aun cuando sabía que era una mentira–. Me necesitaba para hallar las demás reliquias…

–No iba a correr el riesgo –espetó con impiedad, formando las palabras con tensión brutal, casi echando chispas por los ojos. Apretó ligeramente su agarre, casi al grado de hacerme daño. Su brazo se contrajo en su dirección, acercándome violentamente hacia él, hacia la máscara de rabia pétrea que cubría sus ojos. Nunca me había sentido asustada por él, no así, no como en ese momento. No tenía miedo de lo que pudiera hacerme, sino de lo que pudiera decir. No quería pensar que no tenía realmente otra opción, porque eso significaría que fue necesario, que era la única salida–. No había nada más que hacer. No tenía otra opción. Aun cuando James hubiera llegado, el veneno me habría matado antes de que pudieran darme el antídoto. Y, ¿por qué? ¿Por no usar un recurso que podría darnos a ambos una segunda oportunidad?

– ¡Siempre hay otra opción, Wade! –jadeé con voz desgarrada, queriendo alejarme, pero incapaz de hacerlo. Las lágrimas me pesaban demasiado, me obligaban a bajar la cabeza, me obligaban a cerrar lo ojos. Los recuerdos me quemaban como la cera de una vela– ¡Podrías haber dejado que me llevaran!

Me encogí, víctima de escalofríos. La impresión de su sangre salpicando mi rostro, la imagen de su cuerpo hecho jirones, su sangre escapando sin tregua de cada herida, su mirada perdida en algún punto del cual no podía volver jamás me estremeció como solo el terror puede hacerlo cuando te hayas vulnerable. Una fuerza imparable golpeado contra mí, y la angustia me venció. La sentí pesada, el abrazo de una dama de hierro sobre mi cuerpo, descarnando los agujeros ya abiertos y permitiendo que la culpa manase libre.

Al final, era eso…

Si había alguien a quien señalar, a quien gritarle, a quien culpar de toda la tragedia, era a mí…

Con la mano libre sobre mi frente, me incliné en dirección contraria hacia donde me sostenía, repasando todos los acontecimientos de esa tarde, todo lo que no hice, lo que pude hacer para evitar que Wade aceptara de nuevo un trato con la Muerte, el mismo que casi le arrebató la vida la última vez.

Podría haber sido más astuta, no dejar la casa. Podría haber luchado con más ansias y detener antes a Bharus. Podría haberme dejado llevar por ellos… No sería la primera vez fingiendo que me agradaba mi secuestrador y carcelero…

Podría haber hecho mucho más…

Abrí los labios para decir algo, y se me vació el alma sobre las mejillas, tan fuerte, tan intensamente, que me doblé hacia el frente, intentando contener el rio que manaba desde mi pecho, con una mano sobre mi clavícula temblorosa y apretando la tela del vestido rosa entre mis dedos. No podía luchar contra eso, aquellas sombras eran afiladas, eran reales, me hacían tanto daño como el que le había provocado a Wade.

–Nunca debí… salir de la casa…

Di un paso atrás, sintiendo que no me merecía del roce de sus dedos, la cercanía de su cuerpo, ni siquiera mirarlo. No merecía nada más que su ira, que el desprecio, que la culpa. Merecía ser aplastada por ello, sin ningún tipo de piedad, porque debería haberlo visto venir, debí haberlo previsto, y no lo hice…

–Sophie –llamó, y sacudí la cabeza, apartando mis manos de Wade y echándome hacia atrás, hacia donde no pudiera envenenarlo más con la maldición que parecía tener, que dañaba todo lo que era preciado para mí. Solo le pertenecía a la soledad, solo a la Muerte. Debería haberme entregado al Oráculo. Debería haber sido consumida por él, y así no continuaría causando desgracias a mi alrededor–. Nada de esto es tu culpa…

–¡Sí lo es…! –sollocé, sacudiendo la cabeza como un juguete echado a perder. Sus manos me quemaban, pero no quería que me soltara. Quería herirme con la culpa, quería ser castigada por ello, porque lo merecía, más no desea su rencor. Sabía que lo merecía, y aun así esperaba que tuviera piedad de mí– ¡Lo es porque yo le dije a Sylvette que deberíamos salir! ¡Debería saber que es mejor luego de todo lo que me ha pasado y parece que no soy capaz de entenderlo! ¡Puse en peligro a Sylvette… James y Chris…! ¡Y tu sello…! ¡Casi te mueres la última vez…!

Escuché a Wade mascullar algo que no logré entender. Retrocedí lo más rápido que me permitían mis aturdidas extremidades, evitando que pudiera tirar de mis manos hacia él. Rehuí su tacto, el roce de sus dedos, hasta que dio un paso largo en mi dirección y alcanzó a sujetarme por los codos, aun cuando negaba una y otra vez, rogando en silencio que me soltara. No me hizo caso, no me dejó ir y yo tampoco puse demasiada resistencia.

-Sophie, ¡basta! –exclamó, sacudiéndome ligeramente. No me causó dolor, pero el movimiento hizo que me castañearan los dientes. Abrí los ojos, observándolo a través de la cortina de lágrimas-. Esto no es tu culpa, nada de esto lo es. Fue decisión mía. No se trataba únicamente de ti; era mi vida también la cual estaba en riesgo… -murmuró, y sus palabras sonaban mucho menos endurecidas que antes. La rabia seguía en sus ojos, pero ya no bullía hirviente, sino que se agitaba como la espuma del mar-. No me arrepiento de lo que hice, así que, por favor, no te atormentes con esto…

Lo observé por casi un minuto, intentando hallar lógica en lo que me decía y pensando en alguna forma de ofrecerle consuelo. No era complicado ver que estaba preocupado, era de esperarse.

La espada volvía a colgar sobre su cabeza…

Y aun así, no lograba concebir una forma de darle palabras de aliento con todo el dolor que la culpa sembraba en mí. Me sentía envuelta en un torbellino de emociones que se entrelazaban una con la otra, cada una superponiéndose con la siguiente. Ansiedad al saber lo que se venía, horror por el recuerdo de Bharus apuñalándolo sin piedad, el flujo de adrenalina dispersándose ahora que el peligro había pasado. Alivio al verlo vivo, al saber que estábamos a salvo y desgarradora desesperación porque esa seguridad era solo una ilusión a causa del sello roto…

Animada por algo más fuerte que yo, algo que me consumía internamente, apoyé la frente en el centro de su pecho, y como una presa que se rompe, me solté a llorar contra su piel. Primero apenas sollozando, apenas dejando salir las lágrimas, con los brazos lánguidos a los costados, sostenidos por sus propias manos que me apresaban las muñecas. Pensar que, bajo el hueso de su esternón, bajo el palpitar de su pulso, se hallaba aquella bomba de tiempo. No, no quería pensar en ello, y me rehusé a hacerlo, negando con la cabeza como si fuera posible librarse así de un pensamiento. Solo quería abrazarlo, solo quería llenarme de su presencia y no pensar en lo terrible de la situación. Lo rodeé con los brazos, aferrada a su torso con tanta ansia que me pregunté si no le estaría causando dolor, si no se quejaba por la sorpresa de mi ataque.

No me importaba si me rechazaba o no. no me importaba si me reprendía por mi desesperación, si intentaría calmarme con una broma absurda o simplemente me apartaba de él con disimulada frialdad. Solo quería tenerlo allí. Solo quería llorar abrazada contra él porque no hallaba otra forma de soltar mi pena…

-Nada de esto es tu culpa… -dijo, apenas rozándome la cabeza con sus dedos titubeantes. La suavidad del roce, que debería haberme relajado, me puso más consciente de mi misma y la situación. Sin embargo, lo siguiente que sentí fue sus propios brazos cayendo contra mi espalda, mis hombros, envolviéndome sin ningún tipo de tregua contra él, hasta que percibí el costado de su mejilla sobre mi cabeza-. Tranquila…

Sacudí tímidamente la cabeza.

-L-lo siento… -grazné acongojada-. Nunca quise…

-Lo sé… -jadeó, casi sin aire, y casi pude verlo sonriendo de lado como si la idea fuera divertida de alguna manera macabra, inclinándose contra mi frente-. No tienes que pedir perdón…

"Pero sí es mi culpa…" quería decirle. Había tanto que quería decirle…

No había notado lo cerca que nos encontrábamos, lo poco que nos separaba él uno del otro, ni su mano sobre mi mejilla con los dedos entre mi cabello, ni mis manos sobre la piel desnuda de su pecho. Me moví lentamente, como demostrando que ansiaba apartarme, agradeciendo internamente el hecho de que el llanto me hubiera enrojecido la cara. Al menos tenía una excusa para eso.

–Vamos a arreglar esto, ¿de acuerdo? –dije, con la mayor determinación que pude proyectar en mi voz, en mi expresión lacrimosa. Pese a su débil sonrisa, no me era difícil leer a través de ella, del dolor y la resignación. Sabía lo que podía pasar, lo que le esperaba muy probablemente, y pensar en eso, imaginar que todo lo que nos quedaba era vivir a la expectativa de ello, se sentía como pasear por el borde de un acantilado con una soga al cuello–. Hallaremos la solución, repondremos tu sello –asentí, queriendo convencerlo de lo que le decía–. Sobreviviremos a esto… –sonreí con dulzura, soltando una mano de su agarre para acariciar su rostro. Suspiró, soltando aire y pesar, hasta que su mejilla se apoyó en la curva de mi palma–. Siempre lo hacemos…

Tragó saliva, sofocando otro suspiro. Negó un poco, con los ojos fijos en el suelo, abandonando mi cuello y abrazando mis dedos con los suyos, presionando el interior de mi mano contra sus labios. Me miró, apenas apartándose, dejando en mi piel un cosquilleó que me recorrió todo el brazo.

-No, Sophie… -tembló levemente-. No quiero que te involucres de nuevo…

- ¿Por qué no? -intenté sonar firme más el tremor le dio un giro trágico a mis palabras.

- ¡Porque no sabemos cómo pueda ser esta vez! ¡Puede que sea peor! ¡Puede que no sea capaz de reconocer a nadie si pierdo el control! -masculló con debilidad, mirándome como si fuera un niño que juega a la guerra, queriendo usar un uniforme, un fusil, ignorando el infierno al cual desea entregarse- ¡Y ahora no es solo esto, sino también Bharus estás tras de nosotros…! ¿crees que no intentará de nuevo hacer lo que hizo?

En medio de su agitación nada parecía tener sentido para él, no procesaba o quizás no era consciente de que Bharus, independientemente de si estábamos juntos o no, volvería por nosotros. Era solo cuestión de tiempo, en especial debido a aquello que buscaba, lo cual suponía era una reliquia, además de la deuda que ansiaba saldar con Wade.

Tampoco parecía consciente que Christopher tampoco lo dejaría solo, ni Jillian. No estaría solo, sin importar lo terrible, peligrosa o difícil que fuera la situación. O que James, para bien o para mal, querría saber de que trataba todo ese asunto, quizás como funcionaba el sello o tal vez, solo tal vez, lo haría por lealtad a un amigo.

Por otro lado, podía comprenderlo. Si me encontrase en sus zapatos, yo tampoco querría que se involucrara en algo tan peligroso. Lo apartaría de mí, lo alejaría de cualquier forma posible, aun si tuviera que lastimarlo. La duda, sobre si no era egoísta lo que yo hacía, querer estar a su lado aun sabiendo todo lo que sabía, me quemaba lentamente como el fuego a una peligrosa distancia de la piel.

Pero, lo cierto, era que no quería dejarlo solo, y sabía que él hablaba en serio; pretendía apartarse de mí, de todos nosotros, y que si no hacía algo al respecto, si no decía algo, si me quedaba callada como la última vez, probablemente, esta sería la última oportunidad que tendría de demostrar que me importaba. Por un momento, pensé en tiempos pasados, cuando mis decisiones eran tan racionales y frívolas que antes no hubiera siquiera considerado insistirle tanto ¿Habría cambiado yo? ¿Me había vuelto débil? Aquella duda me picaba el orgullo como un cincel a la piedra, haciendo reconsiderar brevemente si realmente debería instarle una vez más a no dejarme afuera de todo esto. Quizás debería escucharlo. Debería dejarlo ir. La opción me parecía razonable, quizás podría hablar de eso con él, llegar a un acuerdo…

Pero entonces, en un segundo de duda, encontró mis ojos con los suyos. Quedé congelada al ver la expresión mortificada que se grababa en sus pupilas, la mueca, entre devastada y suplicante. Hablaba en serio. No estaba jugando ni tratando de provocarme; cuando decía que se marcharía, no lo hacía como un ultimátum o un capricho, y si no hacía algo al respecto, no podría evitar que lo hiciera.

-No tengo miedo de lo que pueda pasar… -jadeé, con el tono más suave, más dulce que pude poner en mi voz, intentando sofocar el nerviosismo que me quebraba las palabras-. No quiero lanzarme de cara al peligro. No quiero salir herida. Pero quiero estar contigo, quiero acompañarte en el proceso. Sé que puedo ser de ayuda ahora; ya no soy la misma brujilla sin educación ni control en sus poderes… -levanté el rostro hacia él, buscando sus ojos, aun cuando hacía todo por evitarme-. También fue difícil para mí la última vez -confesé, y logré que me mirase-, pero lo peor fue que nadie me dejó hacer nada para solucionar la situación. Me aislaron, no tenía información, no me dejaban verte aun cuando sabían que era probable que no salieras vivo de eso. No sabía nada hasta que fue casi demasiado tarde, ¿Cómo te sentirías si te hicieran eso?

Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. O no supo que decir. Tragó saliva, perdido de pronto en mis palabras, en lo que pasaba. Volvió a negar, por décima vez en todo ese rato y giró el rostro rápidamente en dirección contraria al darse cuenta de la intención en mi actitud intentando con todas sus fuerzas evitar ceder ante lo que le decía.

Extendí la mano, en contra de su empuje, apenas puso resistencia, y en el momento que toqué la piel de su hombro, pareció romperse una de las barreras que había levantado delante de mí. Buscaba algo en mí que no lograba encontrar, o que se resistía a pedir. Renuente a ceder del todo, pero incapaz de echarse hacia atrás y rechazarme del todo.

-No quiero estar de nuevo sentada sin hacer nada, sabiendo que quizás hay algo que podría hacer para ayudarte… -murmuré, con el corazón desesperado y reverberando en cada una de mis venas, llenándome de un tipo de miedo que no conocía hasta ese momento-. Por favor, no me dejes atrás otra vez…

Estaba tan cerca que casi podría haberlo abrazado con solo cerrar mis brazos a su alrededor, apenas y tendría que dar un paso. Muchas otras veces, estuve segura de que lograría convencerlo, y siempre, cuando me encontraba en este tipo de situaciones, dudaba totalmente de mí, de si no me rechazaría, de si no interpretaría mis palabras como manipulación, y no como realmente algo que quería de corazón.

Me miró fija, profundamente, escarbando en mi expresión para dar con algo de que sostener sus palabras, aunque no me soltó. El único cambio, fue su mano, abandonando mi rostro y tomándome del hombro. Abrió los labios para dictar la sentencia, el aire que dejó salir me redujo el estómago al tamaño de un guisante, pero de inmediato, volvió a quedarse en silencio. Creí que saldría de allí sin decir más, que me dejaría inconsciente con su presión como lo hizo durante el ataque de los Inquisidores de Drei Gewasser o alguna táctica que aún no había probado conmigo.

Sin embargo, no hizo nada de eso, sino algo que era ya una costumbre para conmigo; derrumbarse, frente con frente, contra mí. Soltó un suspiro que podría haber contenido más desesperación que un grito y más anhelo que una plegaria.

– ¿Por qué no estás asustada…? –quiso saber, con las manos apretadas sobre mis hombros, casi tanto como deberían estarlo sus párpados– ¿Por qué no tienes miedo de lo que pueda pasar…? Cualquier persona coherente estaría corriendo en la dirección opuesta…

–No estoy asustada de ti; es el sello el que está roto… –dije, incapaz de moverme un centímetro. No sabía si me agitaba más su cercanía, o abrir la puerta a todos los terribles escenarios que la ruptura total de su sello podría causar. Esperaba que no tuviera que llegar eso. Dijo que solo era algo parcial, que no estaba roto del todo, y de verdad quería aferrarme a ese pensamiento–. A "eso" es a lo que le temo. Sin embargo, sé que soy mucho más fuerte que antes, y tú también lo eres. Aunque me asusta lo que puede pasar, prefiero ser parte de la tormenta que mirar desde lejos esperando que llegue.

Soltó una risa ahogada, con su aliento enredándose en mi flequillo, y finalmente, para mi bendición o maldición, se apartó de mí, pasando sus manos sobre mis hombros. Parecía tranquilo, mucho más que hacia un par de minutos, aunque a juzgar por la manera en la que estaba observándome en ese momento, habría jurado que volvería a decir una tontería sobre lo peligroso que era todo eso. Sin embargo, no hizo nada de eso, más que estudiar mi presencia, aquello que estaba delante suyo. Me pregunté si le sería tan agradable el roce de mi piel contra sus dedos como lo era para mí.

-Tus brazos están temblando -comentó, mirando la seguidilla de moretones que abarcaba desde mi hombro hasta el límite de la manga caída.

-Hice mucha fuerza intentando arrastrarme hacia la mesa de las runas -dije, intentando recordar aquellos momentos, ahora borrosos en mi mente-. Debí impulsarme casi totalmente con los brazos; las piernas no me respondían bien…

Colocó los pulgares sobre la piel interna de mi codo, resbalando sus manos lentamente, sin detenerse hasta haber tocado mis manos entre las suyas, buscando algo entre ellas, una respuesta a una pregunta que no era capaz de pronunciar. Tragó saliva, sofocando otro suspiro. Negó un poco, con los ojos fijos en mi palma.

-Impulsarte para alcanzar runas… -murmuró con tintes de preocupación oscura en su voz-. Pateando traseros de demonios, rompiendo hechizos, salvándome el pellejo… -suspiró, y el aire que salió de entre sus labios lo hizo sonreír, herido de una nueva manera que no me era posible ver, pero que causaba en él un extraño sentimiento de vulnerabilidad que me resultaba dulcemente escalofriante-. ¿Por qué harías algo así?

-No iba a quedarme sin hacer nada… –musité, temblorosa, sin dejar de mirar el feroz color verde de su pupila, reducido a calidez, a dulzura líquida, a tormento- ¿Y tu? ¿Por qué hiciste…? ¿Por qué harías algo tan tonto como romper…?

Sacudí la cabeza con desesperación, bajando tanto la barbilla que pudo haberse hundido entre mi pecho. Era así como pesaba en mí la culpa y la vergüenza, se me atoraban en la garganta, no me dejaban hablar, terminar aquella frase.

Lo cierto es que no estaba tranquila, no estaba del todo bien, y de nuevo me asaltó el sentimiento de culpabilidad venenosa, la presión en el pecho que dejaba el arrepentimiento. De pronto, aun podía sentir el sabor de mi propia sangre revuelta con el agua de la capsula, la garganta seca y áspera por la presión cedida y las náuseas causada por la misma. Imágenes violentas se arremolinaban contra mí, pese a mis esfuerzos por evitarlas, era como si tuvieran más poder sobre mí que mi propia voluntad. Imágenes mías tendida en el suelo, golpeada como un perro, arrastrada, humillada, incapaz de defenderme del todo. Wade, acuchillado en el medio de un charco de su propia sangre.

Me mordí los labios, la punta de la lengua. Logré sofocar el ardor del llanto prematuro, evitar que me volviera a llenar de lágrimas los ojos, y negué con la boca entre abierta y los ojos cerrados. Realmente, quería cambiar el tema, y no me esperaba una respuesta.

Y mucho menos la que me dio.

–Porque… -su voz tembló, el tono grave se quebró en la última letra, cortado por su aliento, como si le causara dolor físico aquello que diría, y finalmente, susurrando, parafraseó las mismas palabras que le había dicho aquella tarde-: Porque creer que estabas muerta también es lo más doloroso que me ha pasado…

Abrí los ojos de golpe, incapaz de saber como sentirme. Tuve miedo de mirarlo, de enfrentar sus palabras, que me llenaron hasta el borde como un vaso a punto de quebrarse, pues no terminaba de entender si realmente era tan dulce como me pareció. Me tomé unos segundos antes de levantar la mirada para poder ver su reacción, y supe, en cuanto lo hice, que aquello habría sido un error.

Me miraba con demasiada candidez para mi propio bien, demasiadas cosas que lo herían y no lograba expresar. La fiereza de antes seguía allí, oculta tras esa suave capa, y me pregunté si no estaría fingiendo solo para tranquilizarme. Sonrió tímidamente, opacando una sombra triste que teñía su expresión, apenas torciendo el gesto y apenas revelando el diminuto hoyuelo en su mejilla derecha, donde la delicada piel cicatrizada se arrugó ligeramente y pareció, a la luz ambarina de la mesita de noche, una lámina dorada tras un fondo de marfil.

La pequeña mueca me desarmó, me sacó de mi sopor por unos momentos que me parecieron eternos.

–Cuando llegué, cuando te sacaron de la máquina… -apretó los labios, los ojos, como si el simple recuerdo estuviera abriendo surcos en su piel-, estabas como muerta… –soltó una de sus manos del nudo que lo unía a las mías, jugueteando lentamente con el mechón de cabello que rozaba mi hombro descubierto, embrujado por el contraste entre el color oscuro de mi pelo y el pálido tono de su piel, sujetándolo entre sus dedos hasta que apretó la madeja de cabello en su puño, haciendo tal fuerza que todos los tendones del dorso de su palma resaltaron bajo la piel–. Y todo ese tiempo, mientras trataba de hacerte volver, mientras te cedía parte de mi presión, y simplemente no podía hacerte regresar, todo ese tiempo estuve tan aterrado como pocas veces lo he estado en la vida…

Tragué saliva, inspirando de pronto al darme cuenta de lo que me estaba diciendo, preguntándome si se sentía como yo.

Debí haber hecho algún gesto de temor, lo vi dudoso primero, perdido en la manera que mi cabello giraba entre sus dedos, y luego como si estuviera considerando alejarse, pero no encontrase en él la fuerza para hacerlo. Como si la frustración que siempre tiraba de él para detenerlo, esta vez no fuera lo suficiente para echarlo hacia atrás, o simplemente se hubiera rendido ante otro tipo de anhelo que lo obligaba a soltar mi cabello, a buscar algo más a lo que aferrarse.

–Hay límites que me prometí que jamás cruzaría de nuevo, por ningún motivo… –dijo, con voz tan trémula como su expresión, sin aligerar la firmeza con la que me sujetaba del hombro, quizás temiendo que fuera a ponerme fuera de su alcance–. Me prometí que nunca volvería a romper ese sello, ni siquiera en lo más mínimo, sin importar la situación… -continuó con dientes apretados, perdido en la trayectoria de un único dedo que escalaba por mi hombro, mi cuello, apenas rozando mi piel-. Pero me equivoqué; hoy habría dejado que rasgaras el sello con tus propias manos si eso te salvaba la vida

No sé si no me moví por temor, o por qué no sabía realmente cómo reaccionar. No podía concentrarme en nada que no fuera su voz, sus palabras, el toque de sus manos, mi propio corazón reverberando en mis oídos. Lo miré, considerando decirle algo, pero de inmediato clavó sus ojos en los míos, con la misma ansia de un hombre que tiene delante de él una copa de agua y no hubiera bebido en meses. Debió notar cuanto me costaba sostenerle la mirada, o quizás solamente estaba igual de herido que yo, por algo que lo hacía sentir deliciosa y dulcemente vulnerable, pues inclinó la cabeza como una montaña derrumbándose sobre una pequeña colina, hasta encorvarse lo suficiente para reclinar la frente contra mi hombro, con las manos recorriendo la piel de mis brazos hasta detenerse justo antes de alcanzar los codos, y suspiró suavemente contra mi garganta. Apreté los puños sobre la piel desnuda de su pecho, intentando no tocar demasiado y rogando que no se diera cuenta del dulce escalofrío que me recorrió la espalda ni del ajetreado latido de mi corazón, ahora no solo acuchillado por el suspenso y la duda.

Rogué internamente que no notase el leve temblor de mis manos, ni mi piel erizada por su voz, por la cercanía y la calma de estar a salvo. Hubo un tiempo en el cual estar alrededor de él era tan simple como parpadear, tan natural y orgánico que apenas me daba cuenta del tiempo ni de la cercanía. No hallaba importancia en ello, no me preocupaba ni me sobresaltaba por sus manos sujetando las mías, o cualquier otro tipo de contacto.

Pero, en los últimos años, aquello había desaparecido. Desde Drei Gewasser supongo, porque no me di cuenta realmente de cuando inició. A veces, cuando estábamos así de cerca, sentía que apenas podía respirar correctamente y me asustaba incluso hablar y decir alguna tontería. Me causaba una punzada aguda de pánico en el corazón, me hacía sentir como si debiera correr en dirección opuesta a él y, aun así, querría estar cerca de él, hablar con él, tanto que apenas podía luchar contra ello, apenas comprendía que estaba tocándole porque lo hacía sin pensar y cuando caía en cuenta de lo que hacía, podía sentir mi pulso acelerándose. Me volvía torpe, me volvía pequeña y frágil, y no era capaz de controlar mis propias emociones.

-Ni siquiera sopesé la situación cuando comprendí lo que pretendía que ese imbécil… -sacudió suavemente la cabeza, asqueado por una idea que le hizo apretar los puños y hundir el rostro entre mi cabello, como si fuera todo el apoyo que necesitase para mantenerse en pie-. No pensé en las consecuencias. Creo que nunca lo hago. Christopher me lo dijo hoy, ¿sabes? Me hizo recordar las idioteces que he causado por no saber escuchar, seguir ordenes o sopesar las cosas que mi impulsividad me empuja a hacer. Me pregunto si de haberlo escuchado esto habría pasado. Si hubiera podido sacarte de allí mucho antes, si habría tenido que llegar a este extremo…

Sonaba desgarrado y arrepentido, como pocas veces antes lo había hecho. No solía ser así; solía tragarse su tristeza, su pesar y simplemente aceptar el resultado obtenido. Probablemente pasaría un par de días encerrado en su taller, componiendo su motocicleta, ejercitándose hasta casi el cansancio extremo o saldría a beber a ese bar que tanto le gustaba, tocando la guitarra para un escaso público hasta altas horas de la madrugada. Pero esto era distinto; que se presentase así, exponiendo toda esa vulnerabilidad sin tapujos era algo que lo había visto hacer contadas veces, la mayoría de ellas, causadas por los fantasmas del pasado que aun le causaban pesadillas.

-Tú no te causaste esto, Wade… -gruñí, intentando disimular mi voz rota con la molestia, pero fallé miserablemente. Creí que me hallaba en calma, que podría discutir con él tranquilamente. Lo cierto, es que estaba sobrestimándome. Seguía asustada; en mi mente, aún estaba atrapada, aun corríamos peligro, o quizás solo necesitaba sacar todo el estrés que cargaba encima y a mi cerebro le pareció que llorar sería la forma más efectiva, mientras me recordaba al mismo tiempo todos los horrores experimentados esa noche-. No lo sabías, no lo hiciste apropósito, simplemente hiciste lo que creíste correcto, y a veces las cosas no salen como lo esperamos. Reprendernos y torturarnos por cometer errores cuando genuinamente no hay malas intenciones en nuestro corazón, cuando sabemos que es lo correcto, es algo muy doloroso…

-A veces hacer lo correcto duele mucho más que ser egoísta… -podría jurar que lo escuché reír. Había un tono adolorido en su voz que me preocupaba. Muy pocas veces lo había oído así, al borde de la desesperación.

Apreté los parpados, los labios, casi con la misma fuerza que se formaba un nudo en mi garganta y se me salían las lágrimas. Si yo hubiera hecho lo correcto, habría dicho algo. Habría hablado, habría querido comprender porque planeaba marcharse luego de todo lo que habíamos vivido.

Hablando del "hubiera" cuando acababa de decir que uno no debería torturarse pensando en ello, era tan irónico…

-Lo sé… -jadeé, haciendo un vago recuento de las veces que quise hacer lo correcto, ser egoísta.

-No, no lo sabes… -otra risa ahogada, estrechándome tanto que pude sentirlo tocando mi cuello con el borde de sus labios, y sentí como se descomponía, abrazándome con toda la fuerza que había en su cuerpo herido y maltrecho, y, aun así, como si fuera posible ocultarme de los horrores del mundo entre sus brazos. Sentía su corazón contra mi pecho, agitado, asustado y deseé que, al rodearlo con mis propios brazos, pudiera ocultarlo del mismo modo que él hacía conmigo-. No sabes lo que es querer lo único que te han dicho que no puedes tener porque vas a destruirlo, a hacerle daño, a privar una vida normal acompañada de algún humano ridículo e insignificante que apenas sería consciente de lo mágico que es poder tocarle cuando tu hubieras bajado tres veces al infierno por estar en su lugar… Y aun así, amarla tanto que eres capaz de renunciar a ella con tal de que tenga todo eso que no puedes ofrecerle…

Me quedé sin aire de pronto, intentando comprender si había oído correctamente, si no había alucinado. Los recuerdos, las emociones, las veces que soñé con escuchar esas palabras, y como creí que me sentiría, que diría, que haría.

Pero no podía ni pensar…

Aspiré con fuerzas, con la garganta herida por aquello que decía. No sabía que me dolía más, que lo dijera o que hubiera esperado tanto para hacerlo…

Desde aquel día bajo la lluvia, luego de pedirme quedarme con él en Jagger's Hollow, no se había vuelto a tocar el tema de esa peculiar declaración, ni me preguntó jamás sobre si mis intenciones hacia él habrían cambiado, y salvo los esporádicos coqueteos, no había mas señales sobre lo que él querría de mí. A veces creía que solo lo hacía como parte de una costumbre que había quedado entre nosotros, y no realmente un galanteo como tal. Yo misma había llegado a hacer las paces con esa idea, y había decidido no ahondar más en el tema de mis propios sentimientos debido a que, en esos momentos, no me hallaba en las mejores condiciones para comprender lo que realmente quería y necesitaba en mi vida.

Había enfrentado una gran perdida, luego de que Drei Gewasser fuera destruido y la gran mayoría de las brujas exterminadas. Había un gran vacío en mi a causa de ello, a causa de la muerte, las mentiras y la destrucción, era tonto pensar que podría tomar una decisión clara y neutral en esos momentos. Claro que quería su compañía y todo lo que eso conllevaba, pero no quería que fuera por necesidad o para evadir mi luto por mi hogar perdido. Quería que fuera real. Quería examinar mis sentimientos cuando no hubiera caos de por medio, ni muerte ni desesperación.

Mi principal problema, es que, cuando no había nada de eso, simplemente me ocupaba en otras cosas, y no pensaba realmente en lo que quería emocionalmente. Quería saber quien era, concoer mis poderes, ser una mejor bruja, crecer, conocer, encontrar a mi familia, trabajar en "Maná y Perdices". Ya habría tiempo después, me decía, y su falta de insistencia, quizás provocada por sus intenciones de permitirme ese espacio que le había pedido, acabaron por adormecer lo que yo sentía, y me convencí de que realmente no había nada. Aun cuando yo sabía que lo había, aun cuando me abrumaban sus muestras de afecto, sus repentinos asaltos y la consideración que me tenía.

Y en tanto, había decidido que Wade sería únicamente mi amigo, y durante el tiempo que estuve con los Centinelas, me encontraba tan rota y dispersa que procuré no darle esperanzas falsas, no quería jugar con él. Lo quería, lo apreciaba muchísimo, pero en ese momento no estaba segura de lo que sentía, y con el paso del tiempo, decidí que lo mejor era dejar el tema por la paz.

Posponía todo eso, porque consideraba que habría un mejor momento para procesarlo.

Me lo repetí hasta el cansancio. Lo había hecho como una rutina, todos los días, durante casi un año, con tal disciplina que ese mismo día en la mañana, cuando Sylvette me preguntó acerca de mi relación con él, le dije que era solo un amigo, y me lo creí. Lo creía realmente. Lo adoraba como un preciado tesoro, habría hecho cualquier cosa con tal de mantenerlo a salvo, como me había probado a mí misma al aventarme como posesa contra Bharus sabiendo que no le costaría nada romperme la espalda en tres partes de una patada. Era tal mi adoración que, en caso de que hubiera sido realmente él quien me capturó, como dijo Bharus, y era en parte el culpable de todo el infierno que viví allí, lo perdonaría sin siquiera pensarlo…

Habría querido, aun así, que fuera libre, feliz y protegerlo de todos los males del mundo…

Pero sobre todo, que las cosas que había dicho no eran algo que yo no hubiera sentido por él…

Que no me causaba una intensa felicidad escucharlo…

Pero no lograba decírselo. No lograba pronunciar las palabras.

Y simplemente no conseguía decirlo. A veces odiaba eso, y lo odiaba más porqué conocía el motivo. Tenía miedo de decir lo que sentía, por todas esas veces que me obligaron a fingir lo contrario y me reprendían a palos cuando no lo hacía. Odiaba no saber cómo ser cariñosa, odiaba no permitirme hacer lo que realmente quería a causa de hacer algo equivocado, de tocar, de hablar, de demostrar aquello que ansiaba con todo mi corazón y ser rechazada, repudiada o agraviada por ello. A veces, me lo permitía, cuando estaba demasiado abrumada por mis emociones como para oponerme, y otras, era yo misma la que se apartaba, asustada por todo lo que acuchillaba mi mente.

Di algo…

Di lo que sea…

-Lo peor es que ahora sí podría hacerle daño… -gruñó abruptamente, como quien dicta una condena, casi con la misma crueldad con que su boca hablaba presionada en mi mejilla, apretándome con ahínco, pero temiera romperme en mil pedazos-. Ahora que podría ser el momento, ahora que quizás ella podría darme una respuesta, pasa esto… -soltó una risilla, como si cada frase fuese una flecha hundiéndose en su espalda, como si mi silencio hubiera sido el último golpe en su cuerpo, y el dolor le fuera divertido de una manera masoquista-. Creí que mis días de ser el bufón particular del universo se habrían acabado hace mucho, pero aparentemente, sigo siendo parte de la maravillosa broma cósmica…

-No digas eso… -dije, y ahora era yo quien trataba de apartarse para mirarlo a los ojos, empujando con toque ligero su cuerpo lejos de mí, recibiendo como respuesta unas manos firmes que me arrastraba de vuelta a él, me cercaban para no permitir que me separase un solo centímetro más que los suficientes para colocar su frente contra la mía, la punta de mi nariz contra la suya. Su cabello me hacía cosquillas en las cejas y su respiración en los labios y yo no sabía que de todo eso me abrumaba con más intensidad-. Wade, yo…

- Si te permito ayudarme en esto, tienes que prometerme que sabrás en qué momento tienes que dejar de ser valiente y correr por tu vida… -dijo con voz de trueno. Hablaba en serio, herido por algo que no deseaba evidenciar, mas no era solo desesperación; había algo más. Dolor, pesar, angustia, añoranza, y percibí sus dedos hacerse de un puñado del cabello de mi nuca-. Tienes que saber en qué momento parar, ¿entiendes?

Por un momento, me dio la impresión de que realmente no estaba consciente de lo que había confesado. O no se dio cuenta, o me lo imaginé. O simplemente no deseaba discutirlo en ese momento. Debería insistirle, ¿no? Es lo que yo esperaría si fuera él… O quizás temía que fuera a salirle con lo mismo de que "no estaba lista o estaba demasiado rota".

Tal vez solo estaba mirando demasiado en la situación. Tal vez, pese a mucho que me decepcionara, lo mejor sería dejarlo pasar, al menos por ahora. Así que asentí, perdida en el latido de su corazón bajo su pecho. No sabía con exactitud en que momento coloqué mis manos allí, y supuse que tampoco él.

-Y tu prométeme que no desaparecerás sin previo aviso… -murmuré, intentando parecer tranquila ante la cercanía. Quería cerrar los ojos y acurrucarme contra él como había querido hacerlo muchas veces antes en Jagger's Hollow. Quería abrir la boca y decirle todo eso que no conseguía sacar de mí.

Buscó mis ojos, abriendo una breve brecha entre nuestros rostros. No lucía molesto, cuando mucho, su expresión denotaba frustración, como muchas otras veces llegué a verlo en el pasado. Tuve la sensación que era la misma frustración que vi reflejada en sus ojos en los túneles, la misma que lo invadió mientras huíamos de los Inquisidores, la misma de aquella noche con los Centinelas. Tenía la sospecha de que era lo que la causaba, sin embargo, no estaba cien por ciento segura, y no quería arriesgarme a hacer algo estúpido.

Miró hacia sus manos, hacia mi cabello extendido sobre mi hombro y finalmente, lo hallé estudiando el camino desde el nacimiento de mi escote hasta mis ojos, sin intención de fingir lo que hacía ni de ocultar un extraño tipo de dolor que no era físico pero que lo hería en todo el cuerpo. Bajó su intensa mirada, buscando allí donde mis manos lo tocaban, como si apenas se hubiera dado cuenta de aquello.

-Lo prometo… -dijo, sonriendo débilmente en dirección a mis dedos unidos a su mano, casi conmovido por la manera en que casi podía envolver mis dos manos entre una suya. Rio un poco, divertido por ese detalle, elevando su mirada adolorida por mis ojos, mi cabello, recorriendo con ansias el sendero que lo guiaba hasta mis labios, provocándome una reacción que solo puedo comparar con el hambre, la necesidad de alimento cuando estás totalmente famélico.

Ese gesto me desarmó, el corazón me latía desesperado en el pecho, reverberando en cada una de mis venas. Asentí de nuevo, y luego más fuerte, cuando me di cuenta que ya lo había hecho. Guardó silencio un momento, esperando una verdadera reacción de mi parte, que hiciera algo, que me moviera, sin embargo, no sabía qué hacer. Y no era que no tuviera nada que decir, tenía mil cosas que deseaba expresar. Pero no lograba decirlo. No había nada en mi mente.

Traté de mantener una expresión estoica, evitando que se filtrase la confusión por mi rostro. Quería hablar y preguntarle la razón por la cual se había ido, si esos eran sus sentimientos. Porque no intentó con mayor intensidad que las cosas cambiaran, porque no se opuso. Me hallaba perdida, confusa, abrumada y extrañamente eufórica por el brillo salvaje de sus ojos, por el calor de su piel, por su voz, por esa ansia desconocida, por aquellas palabras que dijo…

Lo miré temerosa, percibiendo ese anhelo de acércame a él como si fuéramos los polos opuestos de un magneto, y al mismo tiempo, la sensación de querer salir corriendo en dirección contraria. Alzándome ligeramente sobre las puntas de los pies, busqué su mejilla para darle un beso, justo sobre el hematoma en su pómulo, donde se reflejaba la forma de los nudillos que de un golpe marcaron su piel. Con los labios presionados en el lateral de su rostro, mi nariz rozando su mejilla, lo sentí abrazarme por la cintura con la ligereza de una pluma. Suspiró, y el aire de su aliento hizo a mi corazón sentirse apretujado en dirección al suyo.

No era lo que había querido hacer, no en un principio, mas no pude evitarlo; me hallaba como embrujada por algo que yo no era capaz de controlar o siquiera comprender. Me aparté sin pensar demasiado, sin querer realmente apartarme, dejando mi propia boca recorrer la piel de su rostro, lentamente, sin percatarme realmente del momento en el cual alguno de los dos se movió más de la cuenta, y su boca entreabierta rozó con mis labios.

Se me escapó un jadeo de pura sorpresa, la sangre acudió de golpe en mis mejillas junto con un escalofrío que me acuchilló el estómago. Me aparté lo más que pude, aún con sus brazos a un costado de mi cuerpo y cubriéndome los labios con la punta de mis dedos. Buscó mis ojos, examinándome, con expresión dolorida, y la boca entreabierta, dejando ver un atisbo de sus dientes apretados por un extraño tipo de ira que yo había provocado.

- ¡Lo siento! –exclamé, intentando no parecer aterrada, y fracasando de la peor manera posible-. No fue…

Soltó un gruñido voraz que me hizo callar, moviéndose hacia mí con la misma agresividad que caracteriza a los depredadores. Extendí las manos hacia él, débil por el miedo al verlo reaccionar de esa manera y no comprender que lo había provocado. Hubo un suspiro agónico, sus puños asidos a la tela de la manga del vestido y mi cabello y entonces el último atisbo de aire llenando mis pulmones, previo a un grito que murió cuando Wade, como un lobo famélico que arremete contra un ciervo, trabó su boca con mis labios con necesidad enardecida...

No hubo suavidad, ni un poco de cuidado. Simplemente enredó su boca con la mía, casi con la misma ansiedad con la que me apretaba entre sus brazos, sin contenerse para darme espacio, sin pedir permiso, sin esperar nada a cambio, y al mismo tiempo, esperándolo todo. No parecía importarle mis manos trémulas sobre sus brazos, ni la súbita falta de equilibrio, ni la debilidad causada por la repentina caricia.

Una descarga de adrenalina, cruda y vil, atravesándome con su filo helado. Las manos crispadas, los ojos abiertos como si me hubiera acuchillado, un grito sofocado. Un rayo blanco y helado desgarrando hasta el último de mis nervios, consumiéndome hasta que una mano de fuego se cerró dolorosamente sobre mi corazón al comprender que esa dulce presión sobre mis labios era la boca de aquella criatura que más ansiaba que me tocara de esa forma...

El fuego me quemaba desde dentro, me nublaba la mente como el humo de un incendio, lo sentía ardiendo allí donde Wade apretaba mi cabello como si quisiera hacerlo desaparecer bajo su mano, bajo mis puños, en la piel de su pecho, sobre el agarre de sus dedos en mi espalda, y el ansia mutaba en un nuevo tipo de necesidad que me agitaba como un pececillo a merced de un mar embravecido. Un océano que me arrastraba a las profundidades zafirinas con cada oleada. No comprendía si era yo quien estaba helada, o si era él quien realmente ardía como si hubiera una hoguera encendida bajo su piel, sobre sus hombros, su cuello, el cabello plateado que enredaba entre mis dedos. Y, aun así, nada se comparaba al calor abrumador que trasmitía aquella boca que se pronunciaba sobre la mía, cuyo dueño me estrechaba con insoportable ternura, pero buscaba someterme ante el dulce sufrimiento de sus dientes agudos contra mis labios, asaltándome con la misma furia con la que un depredador arremete contra su presa.

Pero lo más exquisito de todo eso, lo más delicioso y puro… era que no cabía en mí misma de la felicidad…

No estaba consciente de cuánto tiempo había anhelado esto, cuanto tiempo mi alma había estado hambrienta de esto, de esa necesidad tortuosa hacia esa persona, esa otra alma que me estrechaba con tanta ternura entre sus brazos, que me obligaba a buscar un sitio de apoyo en sus hombros y su pecho, enunciando quizás la misma plegaria que yo.

Que no me soltara, que no me dejara ir…

Y deseé haber hecho esto antes. Deseé nunca haber perdido esos cinco años lejos de él, porque en esos segundos, me sentía más viva e insoportablemente feliz de lo que había llegado a sentirme en ese lustro entero. Había más viveza y anhelo del que jamás imaginé, en la piel que tocaba, en el vaivén de su respiración errática, en el roce de su lengua satinada sobre mis labios y el abrasador escalofrío que me derritió el corazón cuando lo escuché suspirar igual de rendido, débil y embriagado contra mi boca...

-¡¿Wade, por qué diablos no abres la maldita…?! ¡Ah…!

La burbuja explotó. De pronto, el mundo ya no eran solo los brazos de Wade, sino el mismo sistema del cual me había olvidado por varios minutos.

Y había un shinigami en el umbral de la puerta, con cara de haber visto algo indebido.

-¡C-Chris…! –apretándolo por las muñecas, bajé las manos de Wade de mi rostro, desviando la mirada hacia un costado, escondiendo todos los colores de mi cara. Un balde de agua helada no me habría devuelto a la realidad tan violentamente, tan consciente de lo que hacia que apenas conseguía respirar correctamente, sin jadear.

La habitación se sentía estúpidamente inmensa, demasiado grande y vacía. Expuesta, creo que era así como me sentía, si soy exacta. Demasiado expuesta ante Wade, ante Christopher, y no sabía cómo actuar en un momento así.

Wade suspiró pesadamente, lo suficientemente cerca de mi para que pudiera rozarme la frente con los labios húmedos, todavía embrujado por el momento. De reojo, vi aquella particular transformación en su expresión, como si la arremetedora pasión de segundos antes se hubiera convertido violentamente en ira pura y vil.

-¿Qué…? –aun sonaba agitado, pero su antes tono profundo, aterciopelado, ahora sonaba aporreado por la molestia- ¿Ahora qué rayos pasa? ¿Por qué demonios no tocas la puerta?

-La toqué, varias veces –gruñó con vergüenza, quizás omitiendo el hecho de que era obvio por qué no lo escuchamos, y eso me hizo sentir mucho más avergonzada. Creí ver un ligero rubor en su cara, pero no quise arriesgarme a descubrir que era así y ponerme aún mucho más roja de lo que ya estaba-. Jillian quiere hablar con nosotros sobre lo ocurrido, y quieren poner a Sophie al tanto… –dudó un momento, sin saber que decir o como decir lo que quería- ¿Está… todo bien?

-Sí… -balbuceé nerviosa, sintiendo los labios calientes por la fricción previa contra la boca de Wade. Maldición, no pienses en eso, Sophie, o tu cara no volverá a su color normal. Asomé tímidamente detrás de la silueta de mi compañero, cuyos brazos aun me acorralaban contra la pared, aunque no recordaba haberme movido. Al menos no conscientemente.

Si antes estaba avergonzada, ahora, viendo la expresión entre traviesa, satisfecha y abochornada de Christopher, ahora definitivamente, estaba al borde del colapso. Me acomodé las mangas del vestido, la banda elástica sobre mi cintura, intentando mantener toda la decencia posible.

-¿Necesitas ayuda para bajar? –creo que de estar en mis cinco sentidos lo hubiera mandado al demonio, pero no me encontraba en mis cinco sentidos. Estaba demasiado desorientada por todo lo ocurrido, había muchas cosas en mi cabeza para tener una idea clara de lo que quería hacer, o como resolver todas las problemáticas que se presentaban-. Voy para allá, así que…

-Sí… sí, por favor… -jadeé, y Wade se movió inerte de la pared, alejándose para dejarme pasar entre él y el muro. Ni siquiera tenía que voltear para saber que sus ojos estaban clavados en mí como banderillas en un pobre toro, y aunque no me sentía lo suficientemente tranquila para hacerlo, me volví hacia él. Su expresión denotaba molesta, no hacía mi claramente, sin embargo, también había ansia, una pregunta que no lograba pronunciar, y un silencioso anhelo, como si hubiera algo suyo en mi interior y necesitase tenerlo de vuelta…

¿Qué decirle? ¿Qué debería decir? ¿hacia siquiera falta decir algo?

-Te veré abajo, ¿si? –fue todo lo que alcancé a procesar. El ambiente estaba tenso, casi incómodo. Pese a la irrupción de Christopher, seguía sintiendo que estábamos solos allí.

-Bien… –finalizó, aun con esa expresión herida de tener muchas cosas que decir y no poder hacerlo.

Salí de allí, sintiendo que la euforia del momento desvanecerse con cada paso que daba, el cuarto robándome la energía. Sentí las manos de Christopher hacerme dar la media vuelta al salir de la habitación, haciéndome andar en la dirección correcta hacia las escaleras. El aire helado me quemaba las manos, me hacía sentir frío en el rostro, y comprendí el porqué de la pregunta de Christopher. Había estado llorando; debería tener la cara enrojecida y empapada, como si le faltase algún adorno más a mi rostro amoratado.

Estábamos al borde de las escaleras, cuando me pasé las manos por las mejillas, por el cabello revuelto. Estaba hecha un desastre, por Dios…

- ¿Estas bien, Sophs? –preguntó Chris de nuevo, de pie en el primer escalón, volviéndose para quedar frente a mí, metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón.

Asentí rápidamente, antes de que pensase cosas raras; como toda buena madre de familia…

- ¿Entré… en un mal momento? –musitó, inseguro, con una ceja inquisitiva pendiente de mi reacción, tratando de estar listo para retractarse si era demasiado.

No había notado que me quedé tocándome los labios suavemente, aun tibios por el contacto, por los suaves mordiscos. Ese calor me llenaba, me hinchaba de modo que podría haberme elevado flotando. Levanté la vista, sintiendo como aparecía una tímida, traviesa sonrisa en mi rostro, iluminando el rastro de dudas en mi pecho, sintiendo el color tiñéndome las mejillas con la ligereza de una caricia, recordando aquello que Wade me dijo una vez…

Dulce. Algo muy muy dulce…

No podía recordar algo más dulce que esto…

-En el peor posible… -respondí, sin quitar el gesto de mis labios. Christopher trató de leer a través de mi expresión, sonriendo a medias, como un sabueso que ha hallado una importante pista pero no era el momento para eso. Ya le contaría los detalles más adelante. Además, tenía que hacer sufrir por interrumpirnos-. Vamos, hay cosas que discutir…

o.o.o

-¿Qué eran eso documentos de los que hablaba Gale?

James se volvió hacia mí con expresión ligeramente vacía, como si la tormenta del exterior hubiera susurrado cosas que nunca diría. Había pasado poco más de quince minutos desde que Jillian condujo a Gale de vuelta a las celdas, y supuse que estaría dándoles indicaciones a sus guardias. Christopher, en tanto, tenía un buen rato que salió, siguiendo a Jillian. Parecían tener ciertos límites entre ellos, aunque si te ponías a mirar con detenimiento, daba la sensación de que se conocían desde hacía mucho. La verdad es que me agradaba que se hubiera ido; cuando él estaba en la habitación me sentía incomoda, juzgada por cualquier cosa que hiciera o dijera, incluso si lo decía con la mejor intención.

Pero ahora que no estaba, tampoco me sentía del todo tranquila. Se había dicho mucho en la sala como para que me mantuviera en paz. La Masacre de Imperia, el terremoto de Kharlyanov, Ondina, Kreous… todo eso, que ahora conocía, me parecía inmensamente poderoso, terrible e influyente, como un titánico elefante que se interponía en el medio del salón. Hablaban de todo eso como quien comenta las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, con ese temor y reverencia de alguien que sabe todo lo que se perdió en el conflicto y temen que vuelva a repetirse, no como una simple leyenda.

Era aterrador… pero también fascinante.

Aun así, había algo que verdaderamente me intrigaba….

-¿Son tuyos? –insistí, creyendo que estaba buscando la forma de ignorarme. Sin embargo, se volvió de espaldas a la ventana, con actitud receptiva.

-En parte –respondió, acomodando los codos en el borde de la ventana, hasta que encontró la posición correcta para que, quizás, no le dolieran todas las heridas que magullaban su cuerpo-. Son una vieja investigación, un experimento inconcluso. Quería obtener algo, y descubrí que no era el modo correcto de hacerlo, así que aborté esa prueba, y comencé otra desde el principio.

-¿Qué es lo que buscabas? –giré hacia él, subiendo las piernas al mueble, intentando asomar por encima del respaldo del sillón, y cuando lo hice, sentí un leve tirón en la cintura. Hice una mueca de molestia; el ajetreo comenzaba a mostrar sus efectos- ¿querías… volver a vincular… el cuerpo con el alma de los que han sufrido la Tumba del Silencio?

Se encogió de hombros, algo cansado.

-Por decirlo de una manera~ -miró de reojo hacia la puerta, como sopesando algún extraño pensamiento, o quizás recordando algo-. A la gente de la Sociedad Shinigami no le gustaba eso, no, no, ellos no querían nada de eso. Así que cuando me fui me llevé muchas cosas conmigo, no iba a dejarles nada~ -sonrió, entre maléfico y rencoroso-. Nada que más adelante pudiera servirles~

-Y, una vez aquí, alguien los robó…

-Y, una vez aquí, alguien los robó~ -repitió, sin perder esa extraña expresión, cerrando ligeramente las manos, como si pudiera sentir el papel resbalándose de entre sus dedos-. Estaban bien ocultos, me ocupé de eso… Me preguntó quien podría haberlo hecho, y si no tendré al responsable justo debajo de mis narices, literalmente, hehe~

-No creo que ellos lo hayan hecho –dije rápidamente. Recordaba la cara descompuesta de Edrick, y el miedo en los ojos de Gale, en especial del primero. Su voz afligida, desesperada. Alguien no podía fingir tan bien la preocupación, no así.

-Ya veremos~ –dijo Grim con cierta sorpresa, y lo miré confundida. Esperaba que dijera algo más del tema, pero en vez de eso, suavizó su sombría expresión- ¿Cómo te sientes, pajarillo~? Con tanto ajetreo, estaba seguro de que no estabas herida, pero se te ve cansada…

-Estoy cansada –aseguré, asentando la mejilla con el respaldo. Era mejor decir eso que explicar realmente todo el torbellino de pensamientos que me asediaban sin parar. Además, en parte era cierto. Sin embargo, en el fondo, deseaba expresarlo. Quizás no abiertamente, para todos, pero sí para él. Quizás solo quería que me escuchara-. Y… algo confundida, por todo esto. Me siento muy… pequeña, a comparación. Y me preocupa Tony, y Sophie… -bajé las manos, abrazando mis rodillas-. Y la señorita Lassarette parecía tan decepcionada de mí…

-Jill es una colmena de prejuicios y reglas antropomórfica –dijo bajito, con una pequeña sonrisa cómplice-. No está decepcionada, pero cualquier cosa que no figure como legal en sus estrictas normas, le causará dolor físico…

-Pero… -no sabía cómo expresar aquello, mucho menos delante de él-. Dios… y la biblia…

-¿Qué con él~?

-¿Realmente existe… todo eso? –pregunté. Grim no pareció asustado, sorprendido o extrañado por mi cuestión, cosa que me hacía sentir más incómoda.

-Ah, era eso~ -murmuró, un poco divertido, aunque no llegó a reírse-. Ya me preguntaba cuando tocarías el tema… -no entendí muy bien a que se refería, mas cuando vio que no pensaba interrumpirlo, continuó- ¿Tú que crees, pajarillo? Luego de todo lo que has visto, oído, ¿Qué crees?

-Creo que definitivamente hay algo, pero… -mascullé, y me mordí los labios- ¿Quién es el verdadero? ¿Alá? ¿Yahvé? ¿Zeus? Mencionan que los titanes de la mitología griega eran realmente soldados de las Potestades, que son un tipo de ángeles… Pero también hay brujas, shinigamis, como en la cultura japonesa. Entonces, ¿Quién es el real?

-No lo sé, no con exactitud –confesó, con tal seriedad que no supe si realmente lo decía con vehemencia o estaba bromeado-. Quizás todos son uno y el mismo. Quizás son muchas entidades que componen una misma consciencia. Esa frase de "Dios actúa de manera misteriosas", tiene más de cierto de lo que crees. El Todopoderoso o Todapoderosa, se ha revelado de formas incomprensibles a lo largo de los siglos. Nadie sabe sus verdaderas intenciones, y creo que ni siquiera la misma Jillian lo ha visto… -hubo una sombra en sus ojos, algo que parecía hacer relampaguear la cicatriz que rodeaba su cuerpo-. Sé que hay "alguien", más allá de nuestro entendimiento. Sé que hay una fuerza supernatural que mueve al mundo. Pero, quien es, qué es, como es, nada de eso lo sé…

-¿Cómo es que un ángel no ha visto a Dios? –era inconcebible, tanto que me deshice del ovillo que estaba hecha y me senté muy atenta.

-Porque Jillian es un Ángel Guardián –dijo, y di un respingo. sonaba tan loco como impresionante, y recordé como me sentí como ella en el salón. Tranquila, pacífica, a salvo-. Es la jerarquía más baja de Iluminados, recibe ordenes del siguiente nivel. ¿Cuándo has visto a un presidente llamar a un abanderado del jardín de infantes para decirle que haga su tarea? Hehe~. No, ella recibe mensajes, llamados, y habla de algo más. De presencias, de epifanías, de poderes que se revelan ante ella cuando lo necesita. Yo mismo la he visto obrar cosas imposibles cuando es iluminada de esta manera…

-¿Entonces tu crees que es verdad? –me asomé con ganas por el respaldo, apoyando las manos en el brode y las rodillas en los cojines. La platica me asustaba tanto como me intrigaba y fascinaba, más aun viniendo de él- ¿Qué hay un Dios? ¿Qué hay algo más?

-Hay algo más… -dijo, sonriendo con cierto placer, quizás al ver mi entusiasmo-. Personalmente, mi mayor prueba de ello, es la muerte.

Me sobrecogí, extrañada. Creí que diría algo más como "las curas milagrosas de enfermedades terminales" o "los monjes tibetanos que levitan". No pensé que se iría por algo tan… mundano.

-¿La muerte?

-Piénsalo, pajarillo~ -canturreó, apartándose de la ventana para acercarse al sillón, levantando las manos para ilustrar lo que decía- ¿Por qué hay criaturas que de pronto mueren sin explicación? Bebés, en perfecto estado, que nacen y están muertos. Cachorros que no pasan de las primera semanas de vida, y no hay rastro de enfermedad en sus cuerpos… ¿Qué pasa allí? ¿Por qué mueren, si no hay daños a su organismo? ¿Por qué mueren si no han sido heridos? ¿Y cómo es que hay criaturas, humanos y animales, que pueden pasar por accidentes, daños masivos, y sobrevivir? Como shinigami, me llevé a muchos humanos así, gente que de un día para otro moría sin explicación, como si de pronto hubiera suspirado con tal fuerza que exhaló el alma del cuerpo. Ni siquiera en nuestras libretas habría una explicación. Allí fue cuando me di cuenta –levantó un único dedo, rozándome la nariz rápidamente-. Es el alma. El alma, al igual que tus ojos, tu cabello o tu corazón, cobran forma contigo, y al igual que un órgano, puede presentar fallos, malformaciones, no adherirse correctamente o ser afectada por factores externos, capaces de dañar el vínculo con el cuerpo al grado de que esta se desprende un buen día sin siquiera dar una última señal de aviso. El alma es la diferencia entre un cuerpo perfecto inmóvil y uno móvil. Es el aire de vida. Esa es la diferencia.

-¿No sería eso una cuestión… biológica? –pregunté, cubriéndome la nariz con los dedos, sintiendo la mano de Grim revolverme el cabello de la coronilla.

-Lo sería –continuó-, pero, hasta el día de hoy, nadie, ni los mortales ni los inmortales, nadie ha descubierto que se necesita para crear un alma –dijo, un poco decepcionado-. Es como la energía; no puedes crearla de la nada. Necesitas una chispa, algo que haga ignición.

Tenía sentido, todo lo que decía. Me hacía recordar cuando intenté quitarme la vida. Me bebí casi todo un frasco de pastillas para dormir, intenté ahorcarme de un árbol, pero ninguna funcionaba. Al menos, no lo suficiente para cumplir mi cometido. Era como si… mi alma no quisiera dejar mi cuerpo. Ahora me preguntaba si el vínculo con mi alma era muy fuerte, y si esa era la razón por la cual aguanté tanto. Tantas operaciones, tanto riesgo de morir, cuando había personas que comían demasiado rápido y se asfixiaban con un hueso. Parecía tan simple morir, que cuando lo intenté y fallé, de inmediato creí que era una inútil.

Hoy en día, me sentía, no lo sé… Prefería ya no pensar en eso.

-¿Tú tienes alma, Grim? –inquirí. Pese a lo abrupto de mi pregunta, no pareció sorprendido en lo más mínimo, aunque a mí sí me causó un cierto rubor de vergüenza. Bajé las manos, retorciéndome la blusa-. Es decir… como estás… en cierto modo…

-¿Muerto? –preguntó de vuelta, con una pequeña sonrisa misteriosa que me provocó más vergüenza que antes-. Uno podría decir que sí, pero… quizás es más acertado decir que no~

-¿Por qué? –me imaginaba más o menos porque, o bueno, tenía una idea de porqué. Si él estaba muerto, ¿Cómo era posible que tuviera un cuerpo? ¿Era su cuerpo mortal? ¿O había algún sitio donde estuvieran sus restos?

-Porque este cuerpo que tengo ahora, no es precisamente un cuerpo "físico" –dijo, mostrándome ambas manos, ladeando la cabeza, en una pose que parecía simular una eterna estatua que te invitaba a bailar con él-. Los shinigamis, ángeles, demonios corpóreos, todo ellos son Almas Materializadas. Almas que se transmutan en cuerpos físicos, como gelatina, hehe~. Sí, justo como eso; imagina una gelatina aún caliente que sale del molde, donde el molde es el cuerpo y el líquido, el alma. Un Alma Materializada es una gelatina helada, rigida, no requiere de un molesto molde de florecillas para mantenerse en pie, hehe, ah~ -suspiró cansino, totalmente ajeno a la magnitud de lo que me decía, aun cuando yo no sabía si estar sorprendida o reconsiderando el apartarme de todos ellos-. Quiero gelatina~

-Grim… -quería preguntarle tantas cosas que apenas lograba ponerlas en orden en mi cabeza. Hablaba de cosas que yo jamás habría imaginado, almas materiales, gente que volvía condenada luego de suicidarse… ¿en eso me habría convertido yo? ¿en un shinigami? ¿Qué habría pasado con mis huesos? ¿mi cuerpo?

Y, más importante, ¿Qué pasaría con esa gelatina rígida, esa alma materializada, si moría?

Si no tenían "alma" en sí, ¿Qué pasaría con ellos al dejar este plano?

Iba a preguntarle, más la puerta del salón se abrió de forma abrupta, y de golpe me volví sobre el sillón para sentarme correctamente. No quería darle a Christopher, quien encabezaba el grupo, más razones para pensar que era una malcriada humana caprichosa, aunque una vez que entró, me di cuenta que parecía preocupado, y no precisamente por el estado de los muebles, sino por la chica que llevaba a su lado. Le echó una mirada inquisitiva, como si quisiera saber que estaba pensando, pese a que la expresión de ella no era precisamente de molestia, sino de ausencia, perdida en su propia mente.

Me sentí algo aliviada al verla, se veía mucho mejor que la última vez que la vi, aunque siendo honestos, cualquier cosa sería mejor que el cuerpo roto, rasgado y ensangrentado que llevaba Christopher en brazos cuando nos encontramos en los pasillos subterráneos. Llevaba un vestido largo en color rosa pastel que cubría sus largas piernas, largas mangas que escondían sus muñecas, y escote campesino, que dejaba ver la seguidilla de moratones en sus hombros, sus mejillas y cuello. Supongo que se regeneraba casi tan rápido como los shinigamis.

-¡Ah, allí estás! –exclamó Grim con aire festivo, ambos brazos abiertos-. Pensamos que no despertarías hasta Navidad, querida~

-No tienen tanta suerte –bromeó, riendo débilmente, aun con expresión lejana-. Aunque habría sido bueno dormir un poco más…

-Ya lo creo –comentó Grim, mirándola atentamente mientras tomaba asiento en el sillón donde antes se había hallado Jillian. Christopher, con una delicadeza que no pensé que tendría, le ayudó a tomar asiento con la elegancia de un portero eduardino, y luego se acomodó en el sofá continúo- ¿Cómo te sientes?

-Tan bien como podría estar una luego de ser golpeada, pateada, drenada y abofeteada por un grupo de brutos… –gruñó, arrancándole una risita a Grim y Chris. Hice una mueca, sin saber si la broma me incluía o no.

De pronto levantó la vista, tal vez cayendo en cuenta que la miraba fijamente, y de inmediato me sonrió, apenas formando una curva en sus labios, pero no hizo otro gesto dirigido a mí.

-La verdad, creí que estaría peor, pero solo estoy adolorida –continuó con aire desenfadado-. Ni siquiera tengo huesos rotos…

-Ah, supongo que deberías agradecerle eso a Lovecraft~ -canturreó Grim con tono malicioso, bajando las manos a los bolsillos, casi totalmente ajeno a la manera que los ojos de Sophie se iluminaron conmovidos-. Apenas podía mantenerse en pie y tuvo la brillante idea de cederte la poca presión que le quedaba~ -había cierta molestia en la voz de Grim, como un reproche, cinismo-. Un movimiento bastante estúpido, si me preguntas…

- ¿Lo hizo? –preguntó, con voz confundida, girando sobre si misma sin ponerse de pie para mirar a Christopher, quien pareció algo frustrado al inicio, más al ver el rostro trémulo de Sophie, sus manos tocándole el brazo como una súplica silenciosa, este pareció derretirse con un suspiro resignado que se transformó en una pequeña sonrisa.

Sophie tardó un par de segundos en reaccionar, primero observando al shinigami, entre sorprendida y conmovida, hasta que al final le sonrió breve, una pequeña curva en su boca que suavizó toda su expresión asustada.

-Eh, bueno… -soltó Chris, con cierta incomodidad, una vez que se dio cuenta de cómo estaba actuando, aun cuando Sophie continuaba sonriendo disimuladamente -. En otras noticias, Hela está bien, solo que no pudo bajar las escaleras aun–inclinó la cabeza, los hombros-. Solo aviso…

-¿Hela? –preguntó Sophie, aun distante, pero curiosa.

-Sí, Hela, la shinigami que… –Chris parecía entusiasmado, con las manos arriba hasta que pareció recordar un pequeño detalle.

-¿Qué trató de matarme? –dijo ella, sonriendo sarcástica, y el chico se ruborizó-. No puedo esperar a conocerla…

-¿Conocer a quién? –preguntó alguien que entraba abruptamente por la puerta principal. Jillian paseó la mirada a su alrededor, sin esperar realmente una respuesta, empujando la madera hasta que se echó el pestillo. Creí que tomaría su sitio, con la actitud portentosa de siempre, hasta que halló a Sophie al fondo, hecha un ovillo en el sillón, y sus ojos dorados se llenaron de regocijo, casi la misma ensoñación con la que mi madre solía recibirme luego de estar meses fuera- ¡Sophie!

-¡Jill! –respondió ella, y levantó débilmente los brazos para invitarla a acercarse. El ángel caminó hacia ella con ligereza, casi flotando, estrechándola largamente como un amigo al que tiene mucho que no ves- ¡Que gusto verte! Creí que seguirías en Volterra y no te vería hasta Año Nuevo.

-No sabía que se conocían… -susurré, un poco sorprendida, mirando a Grim de reojo-. Hasta donde sé, no fue su profesora…

-Oh, ellas se conocen desde hace casi cinco años, pajarillo –respondió, inclinándose para que pudiera oírlo, justo a un costado de mi oído. Suprimí el escalofrío al sentir su aliento contra mi oreja; ojalá hubiera podido hacer eso con mi pulso-. Jillian fue una especie de "guardiana" para Sophie, cuando se tomó tres años fuera de su aquelarre. Tengo entendido que iba a ser adoptada por la Suma Sacerdotisa, pero antes quiso ver el mundo, llevar una vida normal, pues una vez adoptada no le sería posible~

-Los tres años que estuvo en la escuela, ¡claro! –exclamé en voz baja, golpeando suavemente un puño contra mi palma abierta. Ahora lo comprendía; por eso se había ido sin dar explicaciones. Quizás sabía que no le sería posible volver o le será complicado. Aun así, no le encontraba mucho sentido. Supuse que habría más-. Espera, ¿dijiste aquelarre? ¿Cómo en "aquelarre de brujas"?

-Bueno…

- ¿Alguien puede ponerme al tanto de lo que está pasando? –preguntó Sophie de sopetón, cortando de raíz la respuesta de Grim y dejando ir a Jill a tomar asiento al lado de Christopher, donde previamente había estado Wade. Miró a todos, rápidamente, y de repente me sentí culpable de que pudiera haber escuchado que hablaba de ella, que ahora parecía algo desorientada-. Tengo entendido que hubo una reunión cuando estaba inconsciente…

-Algo así, podría decirse… –dijo James, colocando una de sus manos sobre mi cabeza- ¿Por dónde deberíamos comenzar~? -no necesité verlo para sentí la tensión y la pizca de malicia en su rostro-. Quizás sea bueno dejar lo más importante para el final~

o.o.o

No importaba como diablos me sentara en ese condenado diván de jardín; inevitablemente estaría incómodo.

Me pregunté en que diablos pensaba Christopher cuando se le ocurrió pedirlo por internet. Salvo ser medianamente bonito, no era cómodo, y tenía que guardar los cojines todas las noches para que no se humedecieran con el roció de la madrugada, cosa estúpida, ya que la terraza donde se hallaban estaba techada. Era como tener uno de esos bebes de juguete que solo comen y se cagan encima. A veces me preguntaba si no era únicamente que le gustara perder el tiempo.

Intenté acomodar la espalda contra el respaldo, pero estaba demasiado horizontal para recostarse, y era demasiado corto para colocar las piernas en una posición decente, además de demasiado ancho para poner una de cada lado. al final, lo mejor su encorvarme para hacerme caber en ese espacio reducido y subir una pierna en el brazal opuesto. Al cabo que no se daría cuenta, y de cualquier modo lo limpiaba diario.

Además, tampoco podía quejarme; realmente no había un modo de que me sintiera cómodo del todo, no con el agujero que tenía en el medio del estómago, y la sensación de que se me reventarían los músculos del cuerpo al primer movimiento brusco. Me aseguré de estar lo suficientemente cerca de la mesita de herraje para que pudiera colocar sin problemas el vaso de whisky, el tercero (¿o cuarto?) de la noche. Al tener mi presión así, podía sentir los efectos del alcohol con más claridad, como adormecen mis sentidos, aligeraban el dolor y hacían que no sintiera la ira con tanto asedio quemándome la garganta con bilis.

Hacía verdaderamente mucho tiempo que no sentía esa necesidad casi palpable de hacer pedazos a alguien. Desde que volvimos había intentado tranquilizarme, pero me resultaba extremadamente difícil no darle vueltas al asunto, y mucho más controlar el flujo de rabia pura, viva y casi infernal que amenazaba con poseerme al recordar todo lo que había hecho ese maldito demonio. Empezando por el hecho de que, el sabor del elixir y todos sus sintomas traían recuerdos oscuros a mi mente, además de que procuró dejarme en la posición más vulnerable posible para atreverse a hacerme frente. Odiaba esa sensación de impotencia, de encontrarme incapaz de defenderme. Era de las cosas más humillantes que fui capaz de experimentar en su momento; estar a merced de alguien que no solo va a hacerte daño, sino que desea hacerte daño y va disfrutarlo, reírse de ti, regodearse en tu dolor...

Y si aquello no era suficiente para que deseara hacerlo pedazos, recordar lo que le había hecho a Sophie, como la saqué de allí, los moretones y laceraciones y la sangre, el miedo que debió sentir, el sufrimiento intenso que acabó dejándola inconsciente…

Suspiré con fuerza, dando un largo trago de whisky, pero ni siquiera el fuego del licor igualaba la quemazón de la furia. Al menos, en parte, me hacía olvidarme de las cosas estúpidas que hacía, y ahora, había dos en particular que deseaba olvidar. Bueno, quizás solo una. No, definitivamente solo una, aunque realmente también debería olvidarlo y dejarlo pasar.

Para empezar, no debería haberlo hecho. Dada la situación, debería haber impuesto una considerable distancia entre ambos. Ni siquiera debería haberla escuchado acerca de dejarla ayudar en todo este maldito desastre. Ni siquiera debí contarle sobre el sello. Había muchas otras cosas, secretos, que aún no era capaz ni seguro contarle, y todo eso era ahora peor por la cuestión del sello del demonio…

Habría sido mejor para todos que yo simplemente desapareciera y volviera cuando todo estuviera bien, si es que llegaba a solucionarse este asunto. Era lo mejor, y yo lo sabía. Probablemente Christopher pensaría que soy un estúpido aprovechado, y Jillian que soy un egoísta malnacido, o quizás trataría de justificarme, como a veces solía hacerlo. Tal vez podría llegar a comprender mis motivos, y aunque no lo hiciera, yo sabría que estaba haciendo lo mejor, ahorrándole sufrimiento innecesario a todas las criaturas que eran importantes para mí. Pensarían que era un cobarde, un malnacido, un imbécil.

No me importaba, podría vivir con ello. No tenía el más mínimo inconveniente con ser el malo del cuento si eso significaba que podría cuidar de todos ellos y protegerlos.

Aun cuando significase nunca volver a verlos. Aun cuando significase que Sophie, probablemente, nunca me lo perdonaría…

¿Le haría eso? ¿La dejaría de nuevo sin ninguna explicación, luego de prometerle que no lo haría?

No, claro que no. No me importaría que Chris, Jillian, Hela o incluso Sylvette pensaran que era un desgraciado bastardo mentiroso -lo cual no era del todo cierto-, pero no soportaba la idea de que aquello le haría daño a ella, la haría sentirse traicionada, y sabía cuánto le costaba confiar en las personas…

Y luego de lo que le había dicho. Y lo que había hecho…

Con la mano sobre la boca, me di cuenta de que no sabía que era mas intenso, la euforia o el arrepentimiento de haberlo hecho. Ultimadamente, no era tan impulsivo, salvo en contadas ocasiones cuando la paciencia me superaba, y de verdad creía que eso había mejorado con el tiempo -que sí lo había hecho-. Me contenía de hacer idioteces, cosas que sabía que no funcionarían, pero el día de hoy hice más cosas estúpidas que todas las que había hecho en los últimos cinco años.

Bueno, menos. En los últimos tres.

Quizás solo en los últimos dos.

Sin embargo, no estaba seguro de que lo que hice hoy habría sido una estupidez. Sabía que no debería haberlo hecho, era el peor momento posible, el peor escenario, y lo peor es que recordaba haberla visto asustada de mi reacción. Tenía grabada su imagen sobresaltada y sus manos intentando detenerme, y no fui capaz de parar. No debería haber sido así; debería haber estado en calma, debería haberla hecho sentir segura, no culpable de algo que no había provocado. Debería haberlo hecho en un momento en el cual ella realmente quisiera que tomará acción; en cierto modo, pese a todo, no podía evitar pensar que podría haberse sentido forzada. Me sentía mal por ello, me sentía como un imbécil incapaz de controlar sus deseos, y es que simplemente no pude evitarlo. No pensé. Había estado conteniendome, lo había hecho bien y había resistido la tentación de besarla desde un principio.

Besarla por el simple milagro de verla abrir los ojos y descubrir que no estaba muerta, por el simple deseo de consolarla cuando se echó a llorar en los pasillos, por el alivio de que respirase cuando llegamos a la mansión, por hallarla de pie buscándome. Porque estaba allí, porque estaba viva, por el simple y sencillo hecho de que yo mismo necesitaba consuelo luego de todo lo ocurrido.

Y había resistido con entereza hasta que hubo ese roce accidental.

Y dejé de pensar.

Habría entendido que me soltara una bofetada, un empujón, era la reacción natural, -aunque rogaba que no lo hiciera-.

Pero me correspondió, y jamás habría creído que lo haría como lo hizo. Como si realmente le supiera tan dulce y necesario como a mí. Y verdaderamente, no esperaba el suave cobijo de su boca de azúcar, el cálido amparo de sus brazos o los pequeños y cálidos suspiros, o el delicioso aroma de su perfume…

Me sentía ebrio de todo eso. No estúpidamente borracho, sino realmente embriagado por la manera en que me minaba los sentidos. Ni siquiera el whisky podría haberme adormecido tanto los sentidos al grado de hacerme sentir liviano. Estaba seguro de que si saltaba del segundo piso iba a elevarme hacia el cielo flotando como un condenado santo.

Pero por sobre todo, me sentía feliz…

Culpable, ignorando si realmente debería estar feliz, perturbado por toda esa cuestión del sello, por todo lo que sospechaba que pasaría a continuación. Sabía la clase de tormenta que se acercaba, oscura y artera, lista para clavarme una daga por la espalda y, sin embargo, en el medio de esa oscuridad, había esa pequeña, frágil y preciosa estrella, bañándome con su luz, donde, aunque fuera por esa noche, aunque no lo mereciera, allí no me alcanzaba el miedo, la ira ni el dolor…

Hacía mucho que no me sentía así…

-Pensé que estarías abajo con el resto -dijo alguien tras de mí. No quise moverme, salvo para tomar el vaso y dar un largo sorbo de whisky. Ya me imaginaba de quien se trataba.

-Creí que no podías caminar -repuse, mirando de reojo la silueta pálida que se acercaba a un costado mío. Andaba lentamente, sujetando la falda del vestido para no tropezar con ella, hasta que tomó asiento en la silla del jardín delante de mí, del otro lado de la mesita de herrajes.

En contraste con la oscuridad de la noche, Hela parecía un fantasma recién salido de su escondite, con el cabello esponjado y sus enormes ojos sobrenaturales. Lo único que evitaba esto, medianamente bien, era el vestido amarillo, que le daba algo de color a su palidez. Suponía que Christopher se lo habría dado; ese vestido yo se lo había regalado a Sophie. Ahora me preguntaba si no lo había hecho para molestarme.

Nah, probablemente era solo una coincidencia. El chico no era mala persona.

-No puedo caminar mucho, deja de lado el bajar escaleras -respondió rígida, como solía sentarse la gente antes. Miró distraída a su alrededor, a la balaustrada blanca que delimitaba la terraza y los maceteros de alhelíes en cada esquina. Parecía preocupada.

- ¿Qué te pasó, Hela? -pregunté, y de inmediato volvió sus ojos a mí. Ahora definitivamente parecía preocupada- ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

-Había olvidado lo franco que eras… -dijo con la boca tensa y las manos sobre su regazo. Iba a hacer una broma sobre lo "agresiva" que era ella, intentando matar gente que acababa de conocer, pero decidí que no era lo mejor. Primero quería conocer sus motivos, aunque no me era posible negar que sentía cierta rabia y rencor hacia ella por lo que intentó hacer. Agradecí que Bharus hubiera entrado en escena en ese momento, o muy probablemente, aunque no quisiera, le habría hecho daño-. Estuve… encerrada en un ataúd de piedra, apuñalada en el pecho con una daga de los Inquisidores, luego de que quemaran mi hogar y… -se frotó las manos, mirándolas ensombrecida- ¿Me hace tan ingenua que me sorprenda aun su crueldad? Luego de lo que hicieron, no debería considerarlo más humanos que los demonios incorpóreos y, aun así, con cada historia que escuchaba de ellos, parecían elevar más y más el listón.

Ladeé la cabeza, leyendo en sus ojos aquello que no quería decir abiertamente. Christopher debió contarle acerca de mí, de Sophie y nuestra acogedora estancia en Heilldermeister.

-En mi experiencia, la crueldad es de las pocas cosas que no tienen límites -respondí, frío-. No importa cuando daño le hagan a alguien o algo, siempre habrá algún enfermo con la suficiente creatividad para idear una nueva forma de herir con mayor eficacia.

-Es curioso, ¿no crees? -murmuró con tono apagado-. El mal es fácil, sencillo. No cuesta hacer el mal, pero la bondad parece siempre inalcanzable, imposiblemente lejana. A veces es difícil de reconocer, a veces la despreciamos por miedo a ese mal tan rutinario…

-A veces llevas la bondad a ti por accidente… -repuse, y sonreí un poco, mirando los reflejos azules en el fondo del vaso a causa de mi camisa del color del mar profundo. A veces lo rescatas de dos demonios deformes que quieren hacerle daño. A veces te salva la vida.

A veces te roba la paz con solo un beso…

- ¿Qué estás haciendo, Lovecraft? -preguntó Hela. Su voz aguda tenía un tono sobrio por la severidad que se asentó en ella súbitamente, en todo su rostro redondo y sus ojos usualmente despreocupados. Me pregunté, con el vaso aun sobre el pecho y desorientado por mis pensamientos, por un momento, a que se refería, pero me quedó claro con lo siguiente-: ¿Ella sabe algo de eso…?

Era eso. Me incorporé enfurruñado, soltando un jadeo al hacer esfuerzo. Uff, había olvidado lo horrible que se sentía recuperarse de este modo. Estuve tentado a volver a echarme sobre el divan, pero me resistí. En cualquier modo, si Hela quería adentrarse mas en el tema, podría largarme fácilmente de allí. No era que no le tuviera confianza, no era que no comprendiera todo lo que podría ocurrir o que quisiera negarme a lo que pasaba y lo que pasó.

Solo no quería hablar del tema. No en ese momento.

-¿Por qué preguntas? -solté dificultoso, con una mano en el estomago y la otra apretando el vaso de whisky. Había logrado vendarme, luego de varios intentos, y de verdad no quería que se abrieran las heridas de nuevo y tener que repetir todo el proceso otra vez- ¿Para qué quieres saber eso?

-¿No piensas que pueda volver a ocurrir lo mismo? -dijo con voz gélida, adelantándose para alejar el vaso de mi mano. Encorvado como estaba, le clavé los ojos, comenzando a sentir la molestia por encima del dolor.

-No pasará… -respondí, intentando alcanzar el vaso, pero retrocedió de nuevo-. No es la misma persona…

-¿Cómo lo sabes? -insistió, echándose de nuevo hacia atrás, con ojos serios pero actitud infantil, al ver que me estiraba otra vez- ¿Le has preguntado si tiene alguna memoria de lo ocurrido?

-No, pero… - de nuevo, y ahora se puso de pie, enfurruñada con el vaso sobre su hombro. Me levanté, gruñendo y sacudí la mano frenéticamente en su dirección- ¿¡Me darías por favor el maldito vaso!?

Sin quitarme los ojos de encima, lo inclinó tras de ella y escuché el líquido caer al piso, con la misma parsimonía que entrecerraba los párpados y la bilis me subía al estómago. Como si no fuera suficiente, con la misma expresión estoica y movimientos robóticos, enderezó el vaso, lo colocó a la altura de su codo y lo tendió en mi dirección.

-Toma.

Estaba totalmente vacío. Lo sostuve un momento, con dedos crispados, antes de bajarlo ruidosamente hacia la mesa. Había olvidado lo molesta que podía llegar a ser cuando quería algo. De no haber tratado de matarla, quizá se llevaría bien con Sophie, aunque quizás no me convendría fomentar esa amistad.

-Ahora -continuó, cruzando los brazos sobre su menudo cuerpo de menuda perra que era. Estaba muy tentado a lanzar el vaso hacia el exterior de la mansión, me giré lo suficiente para hacerlo, pero me contuve-, dime, ¿sabes al menos que es? ¿es solo una coincidencia, o…?

-Si no es una coincidencia, ¿Qué harás? -espeté regresando el torso para mirarla, con una ceja inquisitiva elevada. Sacudí los brazos a los lados y los dejé caer. La idea de que estuviera considerando hacerle daño a Sophie me provocó una cadena de escalofríos que me hacían hervir la sangre en las venas-. No voy a permitir que le pongas una mano encima, así que si es lo que pretendes…

-No seas ridículo -gruñó, y ahora era ella quien estaba molesta, aunque había un cierto destello de culpa en su expresión. Se encogió de hombros, viendo el piso con actitud arrepentida y eso aminoró la quemazón de la bilis en mi estómago-. Eso no debió pasar… -dijo, con verdadero arrepentimiento. Era sorprendente como luego de tanto, seguía reconociendo actitudes tan claras de ella-. Aun pienso como disculparme... No soy ninguna tonta, Lovecraft, sé que no es la misma persona, sea una coincidencia o no. Sé que no puedo juzgarla por los crímenes que se cometieron contra nosotros, pero entenderás el motivo de mi preocupación…

Claro que lo entendía. Ahora ya no recordaba mucho de esa preocupación, pero recuerdo haberla sentido. Saber que la posibilidad de que eso pasara de nuevo, que ese mal volviera a acosarnos…

Al inicio me pareció en cierto modo glorioso, el mejor tipo de karma. Que estuviera allá, sufriendo lo que ella misma causó, a manos de la gente que consideraba como los suyos y sus hermanos… pero entonces me di cuenta que no era ella, que no había ningún motivo oculto y terrible tras sus palabras ni sus ojos, que era totalmente distinta, y que no se merecía nada de eso…

Muy pocas veces me sentí tan miserable, cruel y desalmado en mi vida, como cuando comprendí eso…

-Lo sé… -jadeé, mirando descuidado la lluvia fina que caía fuera del techado de tejas negras. Aun estaba molesto, pero ya no tanto como antes-. Lo sé…

Bajó los brazos, las manos, verdaderamente apenada. Pensé que allí acabaría el asunto, pero volvió a hablar.

-No lo sabe, ¿verdad? -me miraba atónita, como si le hubiera atinado al bingo por pura suerte, pese a que estaba seguro ahora, de que siempre tuvo esa respuesta en mente. Abrí la boca, intentando hacerla cambiar de dirección, pero de inmediato agregó algo más que realmente no esperaba-. Y no sabe quién eres tú…

Cerré la mandíbula con fuerza, apretando todos los dientes. Era estúpido discutir con ella, no tenía caso. Me dejé caer de nuevo en el diván, empujando hacia ella el vaso vacío con la punta de los dedos.

-Hela, tengo muy pocos momentos de paz, de calma, de silencio mental… -dije con suavidad, mirando los colores del vaso de cristal cortado. Sabía que estaba mirándome, sabía que habían aun dudas en ella. Pero no quería responder más preguntas. No ahora. No quería discutir más, así que le hablé con el tono más neutral que pude, mas conciliador que pude-. Déjame disfrutar este momento de paz. Tengo la sensación de que no tendremos muchos momentos de paz en el futuro cercano…

-¿A qué te refieres? -preguntó con voz atenta. De reojo, la vi adelantarse un poco en mi dirección, quizás alarmada por mi falta de reacción, y luego de casi quince segundos, insistió- ¿Lovecraft?

-Cuando me conectaron a la máquina de rastreo, con las runas, pude ver en la mente de ese demonio… -empujé el vaso, apenas un toque, y al atorarse en los detalles del herraje cayó de lado, repiqueteando al golpear el metal con el vidrio. El sonido que produjo me recordó burdamente a uno que tenía muchísimo años sin oír; el del viento silbando a través de una fina cortina de acero y cristal, y de inmediato, sentí la furia burbujeando en mi estómago, pero ya no era solo ira, sino inquietud, miedo, y esa sensación de inevitabilidad que te deja el cuerpo vacío-. Vi no solo que buscaba algo, sino qué es lo que busca.

Levanté la mirada hacia Hela, tan inmóvil como una estatua de marfil en el medio de un cementerio, rodeada de la bruma de la noche lluviosa. Sus grandes ojos parecían preveer la gravedad de lo que diría, y aun así, no fue capaz de adivinarlo.

-Vi las partes del mapa de Avalon, Hela -dije, y jamás creí que pudiera volverse tan pálida-. Bharus está buscando a Excalibur.

O.o.o

¿que tal? ¿dudas? ¿preguntas? 7u7

7u7

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7u7

No diré nada, solo que espero que les haya gustado, no quiero hacer spoiler por si hay alguien por aquí leyendo esto JUJUJU

¿Les gustó? No quería poner muy candente el asunto porque 7u7 tengo planes… planes pervertidos.

Que por cierto, si notan partes repetidas, porfa me avisan y las quito, que revise esto como 8 veces pero está larguísimo y segun yo quite todo lo que no iba :'v (que igual luego editaré esto para meter el glosario que no lo encuentro por ningún lado Dx)

No quiero hacer esto muy largo XD son las 2:54 am ya, así que me mantendré en corto.

Si merezco un review, dejenlo aquí abajito y les leeré con mucho amor *ojos de corazón* recuerden que los reviews apoyan al pan (que dormirá bien caliente hoy xD) y al refri (que ya pronto tendrá igual amor)

Sin más que decir, me despido!

Espero tengan un hermoso comienzo de año, les deseo la mayor de las alegrías y espero que este año les llené de nuevos sueños e ilusiones.

Les mando un cálido abrazo, mis ratones, ustedes mantienen viva esta historia, y se han vuelto parte de mi vida, aunque no hable mucho con ustedes, saber que les puede sacar una sonrisa de vez en cuando me hace muy feliz.

Les mando un beso!

Slinky-Pink, cambio y fuera!