Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 27

Garabateando, dibujando líneas al azar en su libreta de apuntes, Ireza no le prestaba la más mínima atención a su profesora de literatura que, inútilmente, se esforzaba por ganarse el interés de sus alumnos. La rubia, revisando la hora en el reloj que colgaba en una de las paredes del salón, suspiró con alivio al darse cuenta que faltaban menos de dos minutos para el final de la clase.

Con disimulo, motivada por la curiosidad, Ireza le echó un vistazo a Gohan quien tampoco parecía estar muy interesado en las palabras de su maestra. Por la expresión seria en su rostro, la chica no pudo evitar preguntarse qué pensamientos estarían cruzando por su cabeza en ese momento. Normalmente, en la mayoría de los casos, Gohan se enfocaría por completo en la lección.

Pero no hoy. El pelinegro, quien golpeteaba con suavidad su mesa con sus dedos, daba la impresión de estar lleno de ansiedad como si algo, o alguien, lo estuviesen esperando al terminarse la jornada. Tal vez Ireza no era la bombilla más brillante de la escuela; sin embargo, al tratarse de sus amigos, ella podía adivinar sus sentires como si fuese una profesional.

Y sus sentidos, uniendo puntos casi en automático, hicieron una inaudita conexión entre la callada seriedad de Gohan con la repentina y extraña urgencia de Videl. De inmediato, al pensar en su ausente amiga, Ireza se volteó a su izquierda mirando en silencio los asientos vacíos de la otrora heroína y su actual novio. Bufando, Ireza no podía creer cuánto los extrañaba a ambos.

– ¡Es todo por hoy, muchachos! –Cerrando el libro que sostenía en sus manos, la docente a cargo detuvo su disertación al oír como la campana anunciaba el final de todas las clases–pueden retirarse, nos veremos la próxima semana.

Sin pensarlo demasiado, guardando con entusiasmo sus pertenencias en su mochila, Ireza se giró otra vez hacia Gohan con la intención de despedirse de él. No obstante, arrebatándole las palabras de la boca, la inesperada desaparición del chico la enmudeció como si hubiese perdido el don del habla. Era inexplicable, un segundo antes estaba allí y ahora simplemente desapareció.

Confundida, la rubia se tomó la molestia de inspeccionar sus alrededores viendo como sus demás compañeros desfilaban con impaciencia hacia la salida. En cuanto a Gohan, como era de suponer, no se avistaba rastro alguno de él. Meses atrás, cuando Gohan apenas comenzaba a integrarse a ellos, Videl refunfuñaba y murmuraba al tratar de comprender sus peculiares desapariciones.

Riéndose un poco, empezando también su camino de regreso a casa, Ireza recordaba cómo le sorprendió el comportamiento de Videl en aquel entonces. Conociéndola desde la primaria, sabiendo mejor que nadie lo desinteresada que era con respecto a los hombres, a Ireza, sinceramente, le resultaba gracioso y revelador que ella se interesase en él.

Estás pensando mal las cosas, no me interesa de ese modo. Sólo quiero saber cómo demonios se marcha tan rápido, casi parece un truco de magia…

Recordando lo que ella le había dicho al cuestionarle su naciente obsesión por él, Ireza, inevitablemente, trajo a colación los semblantes malhumorados que Shapner solía disimular cuando escuchaba a Videl referirse a Gohan. Para ninguna de ellas era un secreto el amor casi enfermizo que Shapner tenía por Videl, era natural que no le gustara que ella se fijase en otro.

Con agregar a Shapner a la ecuación, Ireza, sin quererlo, comenzó a notar un raro patrón que giraba alrededor de ellos tres como un satélite orbitando la Tierra. Fue tal su nivel de abstracción, que Ireza, deteniéndose al escuchar las bocinas de los automóviles andando, hasta ese preciso instante se dio cuenta que hacía mucho salió de la preparatoria habiendo caminado cinco cuadras.

– Jamás pensé que los echaría tanto de menos, me siento perdida sin su compañía.

Retomando su caminata, cruzando una intercepción al ver como los semáforos detenían temporalmente el tráfico, la jovencita que siempre exhibía una radiante felicidad en su cara lucía ahora una expresión apagada y afligida. Desde que se conocieron, hace ya muchos años, los tres embonaron como tuercas en un tornillo; se volvieron casi inseparables, eran como una familia.

Estudiaban juntos, almorzaban juntos en la cafetería y salían juntos al acabarse las clases. Aquello se transformó en una tradición inquebrantable, nunca caminaban solos de vuelta a sus hogares. Pero esta tarde, rompiéndose esa tradición, Ireza atravesaba las calles y avenidas de Ciudad Satán en la más absoluta y fría soledad. Solamente faltaba que lloviera para terminar de deprimirla más.

Afortunadamente, levantándole el ánimo, Ireza divisó en la distancia uno de los varios edificios que constituían el campus de la Universidad de Ciudad Satán. Si sus calificaciones finales eran buenas y lograba graduarse en unas semanas más, el próximo año, sin duda alguna, ella estaría dando un paso crucial en su vida convirtiéndose en una estudiante universitaria.

– Será mejor que me vaya acostumbrando a caminar sola de vuelta casa; tengo la sospecha que ni Shapner ni Videl irán a la misma universidad que yo…

Teniendo un padre tan famoso y multimillonario, para Ireza era más que evidente que Mr. Satán enviaría a Videl a una de las tantas universidades costosas y exclusivas donde sólo eran aceptados los mejores alumnos del mundo. Shapner, por su parte, al ser el novio de Videl, posiblemente contaría con la suerte de ser recomendado por Mr. Satán para estudiar junto con la ojiazul.

Pero ella, siendo únicamente su amiga de la infancia, no poseía la suficiente influencia en el campeón mundial como para que éste tan siquiera considerara respaldarla. Si no tuviese que reunirse con Videl en menos de una hora, Ireza hubiese cambiado de ruta para solicitar información en relación a las inscripciones así como sobre las carreras que eran impartidas allí.

En otra época, siendo aún muy niña, Ireza hubiera afirmado que su futuro ya lo tenía más que definido. Tratándose de una jovencita que se enamoró de las revistas de moda y los certámenes de belleza que veía en la televisión, ella, muy enérgicamente, fantaseaba con la posibilidad de entrar en alguna agencia de modelaje robándose las miradas de propios y extraños al modelar.

Fue una fantasía que la acompañó muchas veces en sus sueños, sus padres, por otro lado, le permitían soñar con esa idea llenando sus álbumes fotográficos con cada uno de los desfiles que Ireza actuaba en sus juegos. Su madre, convirtiéndose en su estilista personal, acostumbraba peinarla y maquillarla cultivándole una picardía que muy pocas chiquillas de su edad tendrían.

Así pues, a medida que la adolescencia la moldeaba dejando su niñez atrás, la rubia, madurando sus gustos para vestir, fue interesándose en la complejidad que conllevaba el arte de confeccionar ropa. En sus ratos libres, cuando las tareas escolares se lo permitían y su imaginación se adueñaba de ella, Ireza dibujaba tantos bocetos de vestidos que parecía ser la propietaria de una boutique.

No obstante, cuando creía haber hallado el propósito de su vida, la cambiante mentalidad de un adolescente le dio un empujón en una dirección inesperada. El detonante de ello fue un insoportable resfrío, aquella enfermedad la mantuvo alejada de sus dibujos por días. Pero, inesperadamente, Ireza encontró una nueva pasión al encender el televisor en una lluviosa noche.

Ver los noticieros nunca fue una de sus opciones de entretenimiento, se aburría terriblemente al escuchar a los monótonos presentadores de noticias hablando del clima o de las fluctuaciones en la bolsa de valores. Pero aquella vez, sin que se lo imaginase, Ireza no sintonizó otro canal al mirar como una bonita mujer relataba el acontecer de la ciudad con una reluciente sonrisa.

– Me demoré más de lo que creí, Videl debe estar muerta de impaciencia esperándome…–entrando en su casa, escuchando como el silencio le daba la bienvenida, Ireza se encaminó directamente a su habitación tirando su mochila en la cama.

Después de aquella vez empezó a ver más seguido los programas de entrevistas e investigación periodística, incluso su padre, que acostumbraba a verla mirando telenovelas, se sorprendió por su repentino interés. Ireza no se lo dijo a nadie, ni siquiera a Videl, pero estaba empezando a imaginarse a ella misma frente a una cámara y sosteniendo un micrófono en su mano.

Todavía le encantaba el modelaje; aunque, exponencialmente, aquella nueva afición se estaba apoderando de sus pensamientos. Así fue como Ireza llegó a una conclusión que cobraba más fuerza al considerarla: era muy guapa, tenía un sexto sentido para intuir cosas y adoraba hablar en público. Tal vez su verdadero destino no eran las pasarelas; tal vez lo era el periodismo.

Escribiendo una nota mental para pedir algún panfleto informativo al respecto en la universidad, la rubia, abriendo una maleta que guardaba dentro de su armario, emprendió la rápida tarea de llenarla con todo lo que requeriría para el fin de semana. Empero, haciendo uso de sus habilidades deductivas, Videl y su extraño comportamiento se adueñaron de su mente otra vez.

A pesar de no poseer los detalles más significativos, Ireza, con astucia, presentía que tanto Gohan como Shapner debían estar involucrados en lo que sea que Videl desease decirle. Todavía le daban escalofríos al recordar su conversación telefónica con Videl horas antes, aquella premura y agobio que notó en ella la hacían parecer como alguien que estuviese pendiendo de un acantilado.

¿Acaso le había sucedido algo malo a Videl sin que ella lo notase?

La mera pregunta la obligaba a reclamarse a sí misma por su ceguera, considerándose a ella misma como la mejor amiga de Videl, sentía como un deber que la pelinegra contase con su apoyo incondicional. Le resultaba más que obvio que Videl no la estaba pasando nada bien, sin contar con el accidente que sufrió ayer, algo muy grave debió ocurrirle a la primogénita de Mr. Satán.

– No sé qué fue lo que le pasó; pero yo le levantaré el ánimo…

Justo al mirar su pequeño escritorio en una esquina, la rubia, enfocando su visión en aquel mueble, sonrió con diversión al contemplar su amplia colección de cosméticos así como diversos esmaltes de uñas cuyos matices rivalizarían con la gama de un arcoíris. Riéndose, casi carcajeándose, Ireza apretó sus puños como si estuviese a punto de cometer una travesura.

Videl nunca compartió su devoción por el maquillaje, era muy común que la antigua justiciera ni siquiera utilizase una pizca de lápiz labial. Sin embargo, evocando como la ayudó a arreglarse para su primera cita con Shapner, Ireza sabía que Videl ya no era una novata en dichas cuestiones; por ende, colmándose de alegría, la rubia se moría de ganas por llenar de color la cara gris de Videl.

– Videl nunca quiso ir conmigo a un salón de belleza; entonces el salón de belleza irá por ella…

En un segundo, con mucha rapidez, Ireza tomó cada uno de sus instrumentos favoritos incluyéndolos en su equipaje. Empacó desde peines hasta delineadores, no vaciló en emplear su arsenal completo con tal de devolverle el buen humor a su camarada. Aún así, no era ninguna tonta, sospechaba que Videl se resistiría al principio pero confiaba en sus dones de persuasión.

Lamentablemente para ella su efusividad se congeló al mirar de reojo su reloj, el cual, apresurando sus acciones, le indicó que había transcurrido casi una hora desde que salió de la escuela. Videl va a matarme por hacerla esperar tanto, meditó Ireza al cambiarse de vestuario como si su alma dependiese de ello. No hubo tiempo para una ducha, le pediría su baño a Videl más adelante.

Ignorando su estómago que gruñía de hambre, Ireza escribió un apresurado mensaje explicándoles a sus padres el motivo de su ausencia, prometiéndoles, con sinceridad, que los llamaría más tarde. Dejando aquel trozo de papel colgando en el refrigerador, la rubia recogió sus cosas y salió disparada por la puerta de su casa no olvidándose de dejarla bien cerrada.

Y así, viendo como el atardecer agonizaba anunciando la inminente llegada del anochecer, Ireza cargó su valija dirigiéndose a la residencia más icónica y glamurosa de la ciudad. Paralelamente, al mismo tiempo que ella se dirigía a la mansión de Mr. Satán, otra persona que compartía el dorado tono de sus cabellos, pensaba vigorosamente en Videl sin poder sacársela de la cabeza.

Habiendo llegado a su hogar unos diez minutos antes, Shapner, aprovechando que se encontraba solo, se encerró en su recámara permaneciendo inmóvil al mirarse en su espejo. Fue un día muy agotador para él, no todos podían decir que habían conocido a uno de los criminales más peligrosos y buscados del mundo. Asimismo, muy pocos podrían presumir que serían socios.

No obstante, algunas noticias que recibió hoy fueron un duro golpe muy difícil de aceptar. Y su hombro lastimado, siendo el foco principal, le hizo recordar el desalentador pronóstico que aquella doctora le dio al examinarlo. Tenía la endeble esperanza de reponerse en un santiamén, creyó que la ciencia médica haría un milagro por él devolviéndole la movilidad a su brazo herido.

Pero no fue así, la gravedad de su lesión necesitaría varias semanas para sanarse.

– No me importa lo que digan los médicos, esto no se ha terminado…–balbuciendo, levantando la vista, sus ojos no se apartaban de su propio reflejo–con dos o con un brazo, no hay ninguna diferencia. Me encargaré de ese infeliz, ya lo verán; yo lo acabaré…

Van Zant no le inspiraba ninguna confianza, su perversa sonrisa era como un mal presagio que anunciaba su nefasto final. A pesar de eso, no pudiendo rechazar su apoyo, Shapner se veía forzado a cooperar con él aunque eso implicase que corriera el riesgo de acabar en prisión o, inclusive, que terminase sin vida al enfrentarse al Gran Saiyaman.

Todavía le costaba trabajo creer que Mr. Satán tocara a la puerta de un individuo como él, jamás hubiese imaginado que el hombre que salvó al mundo de Cell; el hombre que se convirtió en un ídolo para el planeta entero, buscase ayuda en un sujeto que era la encarnación del demonio en la Tierra. Por su propio bien y por la seguridad de su familia, sus padres nunca deberán saberlo.

Aún puedes detener esta locura; aún puedes acabar con esto antes de que empiece…

– Creí haberme olvidado de ti…

Nunca podrás olvidarte de mí, soy la única Videl que te amará de verdad.

Como si fuese un espectro, dibujándose a sus espaldas en la superficie de su espejo, aquella Videl ilusoria que él creó en sus fantasías nocturnas, regresó del fondo de su mente como un último intento de su conciencia por salvarlo. Ella, viéndose prácticamente igual a la Videl verdadera, lo rodeó en un suave abrazo poniéndose de puntillas para hablarle al oído.

Acéptalo de una vez; abre los ojos. Ella no te ama, nunca te ha amado y nunca lo hará. Deja de engañarte, acepta la verdad.

– Tal vez debí haberle dicho a esa doctora que también escucho voces; aunque pensándolo bien, de haberlo hecho, me hubiera enviado a un manicomio…–cerrando los ojos, negándose a verla, Shapner se recordaba que ella era solamente un producto de su imaginación–no eres más que un recuerdo, solía usarte para imaginar cómo sería mi vida si Videl y yo estuviéramos juntos…

Sí, eso lo sé. Nos divertimos muchas veces en tus sueños…–sonriéndole con tristeza, la Videl fantasmal apretó su intangible abrazo sobre él– ¿acaso no recuerdas todas aquellas ocasiones en que bailamos hasta el amanecer?

– Claro que las recuerdo; pero ya no necesito ilusionarme con viejas fantasías–pestañeando, Shapner se molestó por seguir viéndola junto a su reflejo temiendo que estuviese volviéndose loco–en unos días acompañaré a Videl; a la verdadera Videl, a un baile de gala y bailaremos toda la noche sin parar. Y esta vez sí será real, no será ningún sueño tonto que se acaba al despertar.

¿Ella te pidió que la llevaras a bailar, ella te dijo que quería pasar toda la noche contigo?

– No, la idea fue de su…

¡Exacto! –interrumpiéndolo, ella lo dejó helado por un segundo–quizás yo no exista; quizás no sea real, pero yo siempre te pedí que bailáramos y que nos divirtiéramos. Ella no quiere estar contigo, entiéndelo…

– ¿Podrías callarte?... ¡no estoy de humor para seguir escuchando tonterías!

Lo que harás es un suicidio, no tienes forma alguna de ganarle y lo sabes–cambiando de tema y genuinamente preocupada por él, esa Videl espectral levantó una mano posándola en el hombro lesionado del rubio–no sólo estás malherido; sino que también te involucraste con un loco mafioso. Tienes que entenderlo, acabarás muerto si continúas con esto. El Gran Saiyaman es un payaso ridículo; pero es miles de veces más fuerte que tú. Si lo desafías, te matará…

– ¡Basta, ya cállate, ya escuché suficiente de ti! –Sacudiéndose, alejándose de ella, Shapner se acercó a su cama luchando por controlar el volumen de su voz– ¡desaparece de mi vista, regresa al agujero mental de dónde saliste y quédate ahí para siempre!

Tal vez me marche por ahora, pero siempre estaré contigo. Me creaste hace mucho porque querías ser feliz, mi única razón de ser es verte feliz…

Shapner, temblando de rabia, se quedó petrificado en su lugar sin atreverse a voltearse. Airado, susurrando palabras incoherentes y sin sentido, el rubio maldecía a su yo de unos años atrás por haber creado aquella sombra que lo atormentaba en el presente. Tal y como ella se lo dijo, su propósito era aliviar el dolor en su corazón que le provocaban los constantes rechazos de Videl.

Ella era como un placebo; un bálsamo que le devolvía la ilusión de intentarlo una vez más. Aquella Videl ficticia le daba energías para levantarse, ella siempre le ofrecía un rostro sonriente cuando la auténtica Videl rechazaba sus invitaciones con una cara antipática. Pero ahora, al haber logrado su meta, al tener en sus labios el sabor de los besos de Videl, ella ya debería haber desaparecido.

Sin embargo, permaneciendo a su lado, ella continuaba allí junto a él.

– Estás equivocada y te lo demostraré, yo le ganaré…

Girándose, observando hacia el extremo opuesto de su cuarto, la mirada de acero de Shapner se concentró en un viejo saco de boxeo que, casi un quinquenio atrás, su padre le obsequió cuando consiguió convertirse en pugilista al ser aceptado en el equipo escolar. Y sin dejar de verlo, acercándose a él lentamente, Shapner extendió su mano izquierda tocando su gastada piel.

La última vez que entrenó con él fue unos días antes de ir a aquella discoteca, si no hubiera ido a beber unos tragos aquella noche, no estaría sintiéndose como el inútil lisiado que creía ser. No obstante, analizando los hechos desde otro ángulo, la bala que acabó destrozándole el hombro se hubiese enterrado profundamente en el cráneo de Videl matándola en el acto.

Le gustase o no, lo quisiese o no, era su destino protegerla de ese proyectil. Era su destino estar allí en el momento exacto y en el lugar preciso para rescatarla; era su destino darle una segunda oportunidad de vivir. Con esa reflexión llenándolo por dentro, Shapner dejó de ver su herida con desprecio para comenzar a mirarla como un signo de orgullo y valentía.

¿Cuántos estarían dispuestos a poner en riesgo sus vidas por salvar la de alguien más?

¿Cuántos tendrían las agallas de pararse frente al cañón de un arma sin dudarlo?

Shapner desconocía las respuestas a esas preguntas; aún así, no le importaba averiguarlas. Lo único que valía para el rubio era que él sí tuvo el valor de hacerlo; él sí tuvo el valor de proteger a otro ser humano usando su propio cuerpo como escudo. Y más valioso aún, era que aquella persona que salvó era la mujer que amaba y que adoraba como una diosa.

Por Videl haría lo que fuera sin titubear, su pelea con el Gran Saiyaman era prueba de ello.

– No me interesa lo que piensen los demás de mí, si creen que soy débil sólo por usar un brazo entonces no me conocen. Les probaré quién soy; me probaré a mí mismo quién soy…

Sin pensarlo, tratándose de un movimiento involuntario, su brazo izquierdo liberó un potente puñetazo que se estrelló en el saco de boxeo. El impacto lo hizo estremecerse al sentir un agudo dolor en su hombro derecho como consecuencia del mismo, obligándolo, crudamente, a apretar los dientes mientras resistía la dolorosa descarga eléctrica que lo recorría de pies a cabeza.

Algunas delgadas lágrimas se escaparon de sus ojos cerrados; empero, preparándose para otro golpe, de haber estado acompañado el semblante alegre que exhibía hubiese inquietado a quien fuese. Y así, disparando nuevamente, Shapner fue descargando su ardiente frustración con una enérgica sucesión de arremetidas que, como eran de esperar, repercutieron en su lesión.

Mr. Satán le aseguró que se encargaría de su entrenamiento, una oferta que lo ilusionaba tomando en cuenta que se trataba del mismísimo campeón mundial. Pese a eso, para Shapner no existían motivos suficientes como para seguir postergando su preparación. Sabiendo que en cuatro días se enfrentaría al Gran Saiyaman, para el rubio cada segundo contaba.

– Si no duele, no sirve…–hablándose a él mismo, Shapner comenzaba a acostumbrarse al malestar que lo embargaba con cada puñetazo–este dolor me hará más fuerte, me hará invulnerable…

Aquel sufrimiento no debía ser un castigo, era un premio. Era su recompensa por hacer que Videl siguiera viviendo; era su recompensa por haberla rescatado en aquel club nocturno. Y ahora, dándole un significado adicional, Shapner lo usaba como motivación para encarar al sujeto que se atrevió a herir a quien más quería en el mundo. Y él, sin importar el precio, lo haría pagar por ello.

Dormiría muy adolorido esta noche pero infinitamente feliz.


Corriendo, bajando la elegante escalera de la mansión, Videl casi saltaba sobre los escalones tratando de llegar a la estancia lo más pronto posible. Durante todo el día estuvo esperando este momento, pensó en las muchísimas maneras de confesar sus crímenes buscando una que no la hiciese sentir más culpable de lo que ya se sentía. No obstante, sin éxito, corría sin mirar atrás.

Con un salto acrobático, uno que evocaba sus antiguas hazañas justicieras, Videl aterrizó a los pies de la escalinata aproximándose a la puerta principal. Allí, conversando con Sashimi y cargando una abultada maleta, yacía la chica que más que ser una amiga encarnaba a la hermana que sus padres no pudieron darle. Ella, solamente ella, era la única capaz de absolverla de sus pecados.

Ireza, girándose con suavidad al mirarla de soslayo, fue dibujando una gigantesca sonrisa que adornó su sudoroso rostro. Habiéndose demorado más de lo que esperaba, la rubia protagonizó una auténtica maratón por las calles de la ciudad, viendo, en la distancia, como su objetivo se volvía más y más grande a medida que se acercaba a la lujosa e imponente residencia Satán.

Hubo una época, en su ya lejana infancia, en que Ireza parecía ser una integrante más de la familia al pasar tanto tiempo con Videl jugando con ella en los verdosos jardines. Si bien la riqueza de Videl le daba la apariencia de haber nacido en una cuna de oro; en realidad, en términos más exactos, Videl podría ser catalogada como una plebeya que fue ascendida a la nobleza.

La mayoría de los niños la veían como una ricachona, sólo pensaban en el dinero que su padre tenía sin considerar el dolor que la entristecía por la pérdida de su madre. Antes de la llegada de Shapner a la ciudad, sólo una persona vio más allá de la fortuna y la fama mirando a la niña que escondía su sufrimiento con una gruesa máscara de indiferencia y hostilidad.

Por ende, no era difícil de entender por qué Videl le confiaba a Ireza sus peores temores y secretos mejor guardados.

– Perdón por la demora, se me hizo un poco tarde pero ya estoy aquí–sonriéndole, bajando su valija al piso, Ireza la saludó con un abrazo.

– No te preocupes, me imaginaba que primero irías a tu casa antes de venir aquí–menos acelerada que hace unos instantes, Videl se detuvo frente a la blonda devolviéndole el saludo.

– Lamento interrumpirlas; pero si lo desea, señorita Ireza, me haré cargo de su equipaje–Sashimi, aprovechando una corta pausa en la conversación de ambas jóvenes, se dirigió a la rubia mientras recogía su maleta del suelo–me encargaré de llevarla personalmente hasta la alcoba de la señorita Videl.

– Muchísimas gracias…

– Es un placer–girándose, Sashimi pasó a enfocarse en la hija de Mr. Satán, quien, para alegría de él, parecía lucir en mejores condiciones que el día de ayer–me complace mucho verla de nuevo, señorita Videl. Supuse que estaría descansando y por eso no ordené que la despertaran para el desayuno.

– Gracias Sashimi, a mí también me alegra volver a verte–para sorpresa de la propia Videl, haberse concentrado en Ireza la hizo olvidarse, temporalmente, del agudo dolor que martillaba su cabeza–me sentía demasiado cansada y dormí casi todo el día, jamás pensé que una simple caída me fuera a afectar tanto.

– ¿Una simple caída? –Elevando un poco la voz, Ireza le exclamó con una fingida indignación–yo te vi caer desde varios metros de distancia y no se vio como una simple caída. Cuando te quedaste inmóvil en el suelo, me asusté como nunca antes lo había hecho. De verdad llegué a pensar que estabas en peligro.

Videl pretendió decir algo pero optó por silenciarse a ella misma. Sabía lo melodramática y exagerada que podía ser Ireza en ocasiones; por ello, no queriendo hablar de ese tema en público, prefirió ladearse levemente para emprender de inmediato la marcha hacia su habitación. Y si bien aún no decidía cómo iniciar su confesión, confiaba en que la mera presencia de Ireza la inspiraría.

Por consiguiente, comenzando a internarse en la mansión, las dos chicas caminaron sin hablarse, cada una sumergida en sus propios recuerdos sin imaginar que estaban pensando en lo mismo. Ireza, experimentando una sensación de asombro que no sentía desde hacía mucho, revivió un sinnúmero de momentos de su infancia cuando acostumbraba visitar a Videl.

La primera vez que visitó la casa de Videl llegó a creer que en realidad era alguna especie de palacio, en el único lugar donde había visto algo similar fue en los libros de cuentos de hadas que su madre le leía por las noches. Aquel sitio era enorme, tratándose de una chiquilla tan pequeña, para la mente de Ireza los muebles a su alrededor debían pertenecerle a un gigante.

Videl, por su parte, veía las cosas con un enfoque menos fantástico. Para ella aquella residencia era como una prisión, la soledad y el silencio que rebotaban en las paredes de piedra la asfixiaban empujándola al extremo de llorar. Sin embargo, no deseando que nadie la escuchase, la hija del campeón se ocultaba en uno de los tantos aposentos vacíos reprimiendo sus sollozos.

Quería a su madre de vuelta, quería que estuviese con ella sintiéndose parte de una familia otra vez. Mr. Satán, viajando constantemente por negocios, no pasaba más de unos días con ella antes de volver a marcharse. De todos modos, con o sin él presente, para Videl no existía ninguna diferencia. Un grave error que Mr. Satán, muchísimo después, intentaría resolver a toda costa.

– Siento como si hubiera sido ayer que vine aquí por primera vez, eso fue cuando estábamos en la primaria–pensando en voz alta, Ireza le comentó a Videl quien empezaba a subir las escaleras–el tiempo pasa tan rápido que no lo notas hasta mucho después.

– No me lo vas a creer; pero estaba pensando justo en lo mismo…

– ¿En serio?

– Sí, recuerdo que en una ocasión jugamos a las escondidas y te ocultaste tan bien que no pude encontrarte–sonriendo, sintiéndose genuinamente feliz como no lo hacía en semanas, Videl se detuvo para mirar a su amiga quien compartía la misma sonrisa que ella–cuando pasaron dos horas y no te encontré creí que habías desaparecido para siempre…

– Me escondí en un armario–evocando aquella tarde, Ireza se llevó una mano a la barbilla al profundizar en sus memorias–no sé exactamente en cuál habitación me oculté, pero me quedé dormida esperando a que me encontraras.

Más allá de los peculiares accidentes y travesuras que protagonizaron, la aparición de Ireza en la vida de Videl representó una inyección de felicidad que la rescató del turbio sendero en que viajaba. De no haberla conocido, era muy posible que Videl cayese en una cruda depresión, la cual, sucesivamente, habría desembocado en una adolescencia muy problemática y oscura para ella.

Así pues, dejando los juguetes de lado, la pubertad trajo consigo una serie de cambios que definieron la personalidad de las dos. En tanto Ireza se maravillaba con la moda y los concursos de belleza, Videl, metiéndose de lleno en perfeccionar sus técnicas de pelea, se convertía en una experta artista marcial que llevaría su pasión por luchar a un nivel impensable y casi suicida.

Harta del crimen que infestaba las calles de Ciudad Satán, así como de la apatía que su propio padre mostraba ante aquella problemática, Videl se lanzó a un mar repleto de tiburones armada únicamente con su valentía y determinación empeñada en marcar un antes y un después en nombre de la ley. No obstante, sin quererlo, también hizo lo mismo con su amistad con Ireza.

Su lazo de camaradería y hermandad no se rompió; no obstante, conforme Videl fue sumergiéndose más en su cruzada heroica, las visitas de Ireza fueron disminuyendo en afluencia reduciéndose a excepciones muy marcadas y más dirigidas a realizar alguna tarea escolar de gran tamaño. Atrás se quedaron las tardes de juegos, la infancia oficialmente ya le pertenecía al ayer.

– ¡Videl!

Resonando repentinamente, tomándolas desprevenidas a las dos, una gruesa y masculina voz las obligó a dirigir su atención a la cima de la escalinata, observando, ni más ni menos, que al mismísimo campeón mundial. Videl, cohibiéndose con sutileza, apagó su renacida jovialidad a su vez que Ireza no borraba su expresión alegre al ver al héroe más aclamado de la Tierra.

– Papá, ella es mi amiga Ireza. No estoy segura si la recuerdas, pero ella solía visitarme mucho cuando estábamos en la primaria…

Mr. Satán, todavía sin decir ni una palabra, miró con atención a la sonriente chica rubia que le saludaba con un gesto. Buscándola en su cabeza, desempolvando antiguas remembranzas de épocas pasadas, el padre de Videl inspeccionó cada rostro familiar que fue apareciendo en sus pensamientos; aunque, fallando en sus intentos por reconocerla, francamente no la recordaba.

Y no era difícil averiguar el motivo de ello. Como si fuese un actor profesional, maquillando su abundante vergüenza interna, Mr. Satán comprendía que no la reconocía por la sencilla razón de no haber estado junto a Videl en gran parte de su niñez. En aquel entonces, embriagado por el éxito y el glamour, su visión era oscurecida a tal grado que Videl no era uno de sus intereses.

– Lamento mucho no recordarte, creo que la edad ya ha comenzado a afectarme–mintiendo, no queriendo admitir sus recurrentes ausencias ni sus fallos como padre, Mr. Satán se limitó a sonreír.

– No se preocupe, Mr. Satán. Fue hace muchos años, incluso a mí me cuesta creer que Videl y yo estemos a punto de graduarnos de preparatoria–minimizando lo anterior, Ireza no le dio importancia y decidió pasarlo por alto–fuimos compañeras de primaria y ahora estamos a pocas semanas de la graduación…

– El tiempo pasa muy rápido, en un momento eres joven y cuando menos te lo esperas la vejez llega a tu vida para nunca irse–bajando algunos escalones, Mr. Satán descendió al mismo nivel que ambas quedándose estacionados a la mitad de la escalera–por eso me alegra ver que Videl esté disfrutando de su juventud, aún más en compañía de una amiga.

– Papá, como te lo había dicho antes, invité a Ireza a pasar el fin de semana conmigo…–deseando que aquella plática terminara de inmediato, Videl quería retirarse a su habitación donde la privacidad de sus paredes la harían sentir mejor–además, como no fui a la escuela hoy, quiero ponerme al día antes de volver el lunes.

– Pues en ese caso estás en tu casa, Ireza.

– Gracias, Mr. Satán.

– Videl no olvides que no has comido nada en todo el día, les pediré a los cocineros que preparen la cena–reiniciando su caminata, Mr. Satán se moría de apetito pero antes deseaba beber una copa en su oficina privada–pásenla bien, chicas. Vayan a ponerse cómodas, la cena no debería tardar mucho en estar servida.

– Gracias, papá–Videl, con urgencia, posó una mano en el antebrazo izquierdo de Ireza, invitándola, silentemente, a que caminara junto a ella–bajaremos cuando la cena esté lista.

No siendo ninguna tonta, percatándose con prontitud de la prisa de su amiga, Ireza se despidió amablemente del padre de Videl y apresuró su marcha siguiéndola de cerca. Adentrándose en los interminables pasadizos de la mansión, Ireza, mirando las numerosas puertas a ambos lados del pasillo, daba su máximo esfuerzo por recordar cuál de todas ellas era la recámara de Videl.

Por suerte, después de unos minutos de recorrido, Ireza divisó en la distancia como el nombre de la pelinegra brillaba al estar escrito con letras doradas. Dichas letras, hallándose incrustadas en la madera, reflejaban la luz de las varias lámparas que colgaban del techo así como la de pequeñas bombillas que, alejadas las unas de las otras, resplandecían como faroles en los muros.

Videl, abriendo la cerradura, la invitó a pasar extendiendo un brazo. Luego de eso, girándose para ver a Sashimi quien las había acompañado hasta allí, éste le entregó a Videl la pesada maleta de Ireza no sin antes informarle que vendría a buscarlas cuando ya sea el momento de cenar. Agradeciéndole, Videl entró en su alcoba encerrándose junto a Ireza quien la miraba expectante.

– Bueno, supongo que es el momento de sentarnos y charlar–acercándose para tomar su maleta, Ireza se vio obligada a controlar sus deseos por averiguar qué sucedía no queriendo presionar a la justiciera jubilada frente a ella–por los próximos dos días seré toda tuya, sabes muy bien que cualquier cosa que me digas no saldrá de estas paredes.

– Yo ni siquiera sé por dónde comenzar…

– Pues tal vez deberías comenzar por el principio–riéndose un poco, rompiendo la tensión que se percibía en el ambiente, Ireza le dio una gentil sonrisa–pero antes de empezar, me gustaría darme una ducha; prometo no demorarme mucho.

– Claro, puedes usar mi bañera–apuntándole a una de las puertas dentro de la habitación, Videl le mostró a su baño privado–mientras te duchas, aprovecharé el tiempo para limpiar un poco. Disculpa el desastre pero después de que te llamé en la mañana volví a dormirme, desperté hace poco y ninguna sirvienta pudo venir a hacer el aseo.

– No hay problema, ojalá pudieras ver cómo dejé mi habitación–soltando una segunda carcajada, Ireza supuso que su madre se molestaría por el desorden que dejó antes de irse–como me demoré no tuve tiempo de limpiar, creo que mis padres pensarán que alguna especie de tornado entró en la casa.

No era necesario ser telépata o clarividente para notar lo tensa que Videl lucía, aquella expresión pálida y temerosa discernía de la Videl tenaz y dura que Ireza recordaba haber visto miles de veces en la escuela. De nuevo, evocando su llamada telefónica de esta mañana, la rubia se juraba a sí misma que haría todo aquello que estuviese a su alcance con tal de hacerla sentir mejor.

Ireza, continuando con su análisis de ella, concluyó que Videl necesitaba un minuto de paz para terminar de tranquilizarse y relajar sus nervios. Por ende, tomando un poco de la ropa que trajo en su maleta, la blonda se dirigió a la bañera dejando sola a Videl. La cual, echándole un vistazo a los regalos que su padre le compró horas antes, se decía que ya no podía seguir adelante con la farsa.

Tocándose el cabello, acariciando con delicadeza la zona del chichón, Videl esperó sin emitir ni un ruido escuchando como el agua de la regadera, generando un rítmico eco, caía constantemente entre tanto Ireza se duchaba. Se quedó allí, sentada en su cama, viendo el vacío frente a ella por lo que le pareció una eternidad. Sin embargo, al oír como la ducha se callaba, Videl volvió a tensarse.

Pero, prestando mucha atención, Videl se percató que Ireza parecía conversar con alguien. Por un instante la confusión reinó en ella; empero, al verla salir de su baño privado usando su celular, la pelinegra descubrió que la rubia hablaba con su padre.

– No te preocupes; papá, volveré a casa el domingo antes del anochecer–acercándose a su valija, Ireza tuvo ligeras dificultades para hablar por teléfono mientras guardaba su ropa sucia–dile a mamá me encargaré de limpiar mi habitación cuando vuelva, tuve que irme sin hacerlo porque tenía prisa. No fue una salida planificada, fue algo repentino…

Volteándose, Ireza intercambió miradas con Videl a su vez que recibía los típicos consejos paternales como ser amable y mostrar buenos modales en la mesa.

– Buenas noches, papá. Yo también te quiero, nos vemos el domingo…

Terminando la llamada, Ireza tomó asiento en la misma silla que Shapner, un día antes, había utilizado para permanecer cerca de Videl y vigilarla en tanto dormía. Videl, por su parte, seguía en su sitio viendo como su amiga terminaba de peinar su corto cabello dorado. Así pues, soltando un sonoro jadeo, Videl se armó de valor para ser la primera en iniciar la importante charla pendiente.

– ¿Cómo estuvo la escuela hoy? –Logrando que Ireza la mirase, Videl le cuestionó esforzándose por sonar natural–imagino que muchos hablaron de mí por lo que pasó ayer.

– Pues estuvo aburrida, como siempre–replicándole, volviendo a reírse, Ireza supo que había llegado la hora de dialogar seriamente–escuché algunos comentarios sobre ti pero fueron muy pocos para ser honesta, la mayoría habló sin parar de lo que hizo el Gran Saiyaman ayer por la tarde.

– ¿Lo que hizo el Gran Saiyaman? –intrigada, no teniendo ni la más mínima idea de a qué se refería, Videl se inclinó hacia adelante casi exigiendo una explicación–hacía varias semanas que no se sabía nada de él…

– No olvides que ayer estuviste descansando así que es normal que no lo sepas…–dibujando un semblante serio que muy pocas veces era visto en ella, Ireza recordó las imágenes que vio en la televisión al mirar el noticiero ayer por la noche–hubo un asalto, los asaltantes tomaron rehenes y la policía no pudo controlar la situación, luego apareció el Gran Saiyaman y casi mata a los ladrones.

– ¿Qué? –Creyendo que escuchó mal, Videl le indagó presurosa– ¿casi los mata?

– Honestamente no me atreví a ver todas las imágenes, nunca fui buena para tolerar la violencia extrema–con un notorio mohín, Ireza enfatizó su comentario–pero te diré que les dio una paliza; una paliza tan severa que toda la banda de asaltabancos terminó en el hospital con los huesos rotos y hechos papilla. Cuando acabó con ellos se fue volando, desapareció otra vez…

Boquiabierta, sin poder creer lo que escuchaba, Videl, en primera instancia, se negó rotundamente a tan siquiera imaginar un escenario como el descrito por Ireza. Ella, habiendo estado en casi todas las apariciones anteriores del Gran Saiyaman, fue una testigo presencial de los métodos usados por el enmascarado para neutralizar a cualquier criminal que lo enfrentase.

Más allá de sus bailes y ridículas coreografías, el Gran Saiyaman acostumbraba dejar fuera de combate a todos sus oponentes sin poner en peligro sus vidas. Lo había visto atrapando balas con las manos, deteniendo vehículos con un dedo y levantando autobuses como si estos no tuviesen peso. No obstante, ni una sola vez, atestiguó como el Gran Saiyaman hería o lastimaba a alguien.

Pero, dándose una bofetada mental, Videl dejó de pensar en el superhéroe como todos los demás lo veían, para verlo, fijamente, como era en realidad. Si bien él lo negó una infinidad de veces, Videl, convencida totalmente de ello, sabía que Gohan era el hombre que se ocultaba debajo de aquel colorido disfraz. Tal cosa, reafirmando su negativa, incrementó su escepticismo al respecto.

– ¿Estás segura que era el Gran Saiyaman? –con una pizca de dificultad, Videl titubeó otra pregunta–quizás pudo haberse tratado de algún imitador vestido como el auténtico Gran Saiyaman.

– ¿Videl, a cuántos superhéroes voladores y con fuerza sobrehumana conoces? –Respondiéndole con una acertada interrogante, la rubia, sin imaginarlo, desmoronaba desde sus cimientos las esperanzas de Videl–además lo tienen grabado en video, no queda duda alguna que era él. No conozco a nadie más en el mundo que pueda imitar sus poderes…

Desplomándose, metafóricamente, Videl se mordió la lengua antes de decir que Gohan nunca perpetraría un acto semejante. A pesar de no conocerlo a profundidad como lo hacía con Ireza o Shapner, para Videl, el pelinegro siempre se caracterizó por ser un buen chico. Pero, si era más honesta con ella misma, la reciente actitud de Gohan tal vez era prueba que algo cambió en él.

Aunque todavía no hablaba con Ireza sobre su disfuncional relación con Shapner, Videl, sintiendo como el sudor se acumulaba en sus palmas, también notaba como su corazón palpitaba con vigor al ser propulsado por la adrenalina. El ya de por sí enorme peso en sus hombros, se triplicó, aún más, con la mera idea de lidiar con un inestable Gohan tanto en la escuela como fuera de ella.

– ¿Videl? –Notando su expresión pensativa, Ireza, llamándola por su nombre, consiguió hacerla pestañear– ¿ocurre algo malo?

– Sí, la verdad sí…–sin revelarle que Gohan y el Gran Saiyaman eran uno mismo, Videl no le mintió al responder–no sé qué acto tan malvado habré cometido para merecer este castigo, pero supongo que no tiene caso culpar a nadie más por mis propias equivocaciones.

Poniéndose de pie, la rubia, aproximándose a su amiga, se sentó justo a su lado tomándola de una mano. Desde que sus vidas se cruzaron años atrás en la primaria, Ireza, casi al instante, entendió que Videl era una chica muy callada y reservada que nunca le gustaba mostrar la más ínfima muestra de debilidad. Ya sea por orgullo o terquedad, Videl se empeñaba en lucir como una roca.

Pero ahora, ante sus ojos, Ireza contemplaba como aquella roca se agrietaba cayéndose a pedazos sin entender por qué. Tal cosa era nuevo para Ireza, normalmente Videl sería como un libro abierto al que podía leer con una facilidad apabullante; sin embargo, justo en ese momento, al mirarla cara a cara, no venía absolutamente nada como si una densa neblina la encegueciese.

– Shapner y yo no funcionamos, no me siento cómoda con nuestra relación–Videl, soltando la bomba, dejó salir sus emociones adelantándose a cualquier cuestionamiento de Ireza–nada de esto debió suceder, todo esto ha sido un tremendo error…

Viendo un delgado rayo de luz entre toda aquella espesa niebla, Ireza, asintiendo en silencio, no la interrumpió dejándola continuar.

– Yo sé que él me quiere, sé que de verdad está feliz de estar conmigo…–ladeándose, Videl no apartó su mirada de la rubia–las dos sabemos que desde la primaria siempre quiso salir conmigo, pero nunca acepté sus invitaciones porque…

– Porque no sentías nada por él…–aprovechando aquel destello, Ireza, recuperando su poder de meterse en la cabeza de Videl, completó la frase que la otrora justiciera quería decir– ¿entonces no lo amas, no estás enamorada de él?

– No, no lo estoy…

Para Ireza no resultaba complicado navegar en el turbulento mar del amor; si bien todavía no encontraba a aquel chico que la hiciese caminar en las nubes, anteriormente había tenido fugaces romances a los que nunca tomó en serio. Se divertía, la pasaba bien y disfrutaba de su juventud, pero jamás experimentó culpa ni arrepentimiento al romperse su temporal amorío.

En cuanto a Videl, tratándose de una chica que pasaba la mayor parte de su tiempo entrenando y luchando contra delincuentes, las relaciones amorosas no eran su especialidad. Por ende, siendo empática con Videl, Ireza empezaba a comprender que tal vez la antigua heroína no supo cómo renunciar a la soltería ni tampoco cómo retribuir a los sentimientos que Shapner le profesaba.

No obstante, la situación no era tan simple como Ireza la imaginaba.

– Videl, sé que no te gusta admitirlo, pero en el fondo siempre has sido muy tímida cuando se trata de chicos–deseando emplear su mayor experiencia en el tema, Ireza empezó a hablarle como la consejera que siempre ha sido para ella–ya no recuerdo cuántas veces me dijiste que no tenías tiempo para pensar en chicos ni que tampoco te interesaba tener un novio, así que es normal que te sientas insegura e incómoda ahora que tienes uno.

Silenciosa, meramente negando con la cabeza, Videl rechazaba aquel argumento.

– Quizás Shapner ha sido demasiado impulsivo; después de tantos años queriendo salir contigo, tal vez no ha sabido manejar las cosas entre ustedes dos–afirmándole, Ireza no observaba a fondo y sólo miraba superficialmente la crisis de Videl–apenas han estado juntos unos días, deja que pasen unas semanas o un mes y ahí comenzarás a ver si su relación tiene futuro o no.

– No Ireza, las cosas no son tan simples como eso–retomando la palabra, Videl le objetó–no es que esté nerviosa o que esté asustada, es sencillamente que ya no puedo seguir mintiéndole a Shapner ni a mí misma con todo esto. Desde que Shapner resultó herido de bala en aquella discoteca, mi mundo se puso al revés y no tuve la valentía de enfrentarlo.

Enmudecida, la rubia no tuvo más remedio que permanecer así.

– Aquella noche, cuando vi como lo llevaban al hospital complemente ensangrentado, sentí tanto miedo que creí que enloquecería. Pensé que él moriría; pensé que a la mañana siguiente recibiría una llamada telefónica donde me dirían que él murió en el hospital–recordando aquel suceso meses atrás, Videl fue liberando la presión que acumulaba en su conciencia desde entonces–me sentí responsable de su condición, yo debí haber estado más atenta; pero me confié y Shapner me protegió cuando me dispararon por la espalda.

– No fue tu culpa que él resultara herido, no podías saber que algo así sucedería–apaciguándola, Ireza se esmeraba en representar la voz de la razón para Videl–eres muy buena peleando, eres la mujer más fuerte que conozco pero no eres perfecta. Eres un ser humano, Videl, y como todo ser humano, tienes límites. Por mucho que te esfuerces, no puedes resolver todos los problemas del mundo tú sola.

– Pero sí puedo usar a otros para olvidarme de mi culpa…–dejándola sin habla por un segundo, Videl sacó provecho de la confusión de Ireza para explayarse más–cuando supe que Shapner seguía vivo, sentí como si el alma me regresara al cuerpo; nunca antes me había sentido más aliviada. Tan pronto recuperó la conciencia fui a visitarlo al hospital, le supliqué que me perdonara y él lo hizo, pero también hizo algo más…

– Shapner te besó, te dio un beso–haciendo memoria, Ireza ya conocía esa parte de la historia porque la propia Videl se lo comentó en la escuela–él te invitó a salir y así fue como comenzó todo…

– Sí, ahí comenzó esta maldita locura–molesta con ella misma, Videl se hubiera dado un puñetazo en el rostro de haber podido–cuando me besó en el hospital lucía muy frágil, su aspecto era el de un hombre moribundo y me dio muchísima lástima rechazarlo en esas condiciones. Sinceramente no tuve las agallas para decirle que no; no pude hacerlo.

– ¿Entonces por qué aceptaste ser su novia? –empezando a ver mucho más allá, Ireza le planteó una obvia pero crucial pregunta.

– Por la misma razón que acepté salir con él la primera vez: por lástima, no quería herirlo más…–mortificada, asqueada de sí misma, Videl le respondió temiendo que Ireza reaccionara mal sobre ello–él arriesgó su vida por mí, yo hubiera muerto en ese tiroteo si Shapner no hubiese intervenido. No me sentí capaz de negarme a su petición luego de lo que él hizo por mí, creí que estaba en deuda con Shapner y que era mi obligación aceptar estar con él aunque no lo amara.

Videl, apeteciendo un poco de espacio, se levantó de su cama y caminó hacia la ventana más cercana descubriendo que la lluvia comenzaba a precipitarse sobre la ciudad. Ireza, imitándola con más lentitud, continuaba pensativa dándose cuenta que no sólo Videl terminaría lastimada con esto; sino también, que para Shapner sería como recibir otro disparo pero en el corazón.

Colocándose a espaldas de Videl, pero guardando una respetuosa distancia, Ireza todavía no terminaba de procesar la información que cayó sobre ella como un meteoro. Tal vez si no conociese a Videl pensaría que fue muy egoísta en sus decisiones; sin embargo, no siendo ese el caso, Ireza comprendía los duros motivos que la empujaron a entrar en un camino que no quería.

Para Ireza jamás fue difícil acabar con sus efímeros noviazgos porque ninguno fue real, eran simples flechazos que se disipaban poco después. Hasta el día de hoy, nunca había tenido que romper con un chico del que honestamente estuviese enamorada. Si se tratase de otro hombre le diría a Videl que lo dejara sin titubear; pero al ser Shapner, era más fácil pensarlo que hacerlo.

– Desde el principio supe que esto terminaría mal, siempre lo supe…–al ver que Ireza continuaba en silencio, Videl retomó su confesión mientras seguía viendo la lluvia caer por su ventana–pero cada vez que me daba un beso o me abrazaba, creía que estaba haciendo lo correcto. Sentía como la culpa de casi verlo morir se desvanecía, cada muestra de afecto que compartíamos era como anestesia; el remordimiento se aliviaba por unos instantes…

– Cuando me telefoneaste esta mañana intuía que algo malo sucedía; pero jamás me imaginé que fuese algo así…

– Y aún hay más…–con una mezcla de vergüenza y tristeza, Videl se ladeó para mirar el rostro consternado de su mejor amiga–siempre me había sentido orgullosa de mi fuerza; después de haber ganado tantas peleas antes, pensaba que nunca fallaría ni perdería. Pero cuando vi a Shapner tirado en el suelo bañado en sangre, inmóvil y casi sin respirar, de inmediato escuché una voz en mi cabeza diciéndome que de haber estado el Gran Saiyaman con nosotros nada de esto hubiera sucedido.

– Fue por eso que te retiraste de ayudar a la policía, por eso dejaste de hacerlo…

– Sí, renuncié porque me di cuenta que no era tan fuerte ni tan hábil como creía que era–tomándose un segundo para respirar, Videl sentía como toda su habitación daba vueltas teniendo algunas náuseas–era muy terca para admitirlo, pero le tenía envidia al Gran Saiyaman. Más allá de descubrir quién diablos era, quería saber su identidad para averiguar cómo obtuvo sus poderes y para preguntarle si era posible que yo pudiese tenerlos también.

Ireza, pensando con rapidez, intentó decirle algo reconfortante pero Videl se le adelantó.

– Nunca se lo dije a Shapner, pero él me ayudaba a olvidarme del Gran Saiyaman aunque sabía que solamente estaba huyendo de él como una gallina–viendo de reojo el vestido y los zapatos que Mr. Satán le mostró casi una hora antes, Videl suspiró con fuerza antes de soltar otro nudo pendiente–pero no fue hasta que papá y Shapner se conocieron que me di cuenta que la bola de nieve ya era demasiado gigantesca, ya no podía seguir sosteniéndola más…

– ¿Ocurrió algo malo entre tu papá y Shapner? –Acortando la brecha entre las dos, Ireza avanzó un par de pasos– ¿acaso Shapner le dio una mala impresión a Mr. Satán?

– Todo lo contrario, papá quedó encantado con él–soltando una fugaz carcajada irónica, Videl le contestó a Ireza–papá muchas veces me repitió su tonta regla de que nunca podría salir con un hombre no que fuese más fuerte que él; pero cuando estuvieron cara a cara, papá lo recibió como si lo conociera de toda la vida.

– Vaya, nunca me hubiera imaginado que Shapner se ganaría tan rápido la aprobación de tu papá.

– Fue la cena más irreal en la que he estado, por un segundo sospeché que era una actuación ya preparada; e incluso mi papá le contó a Shapner cosas de su juventud que ni yo sabía–inquieta, Videl dibujó varios gestos con sus manos–fue tan extraño, llegué cuestionarme si realmente era mi padre él que estaba frente a mí.

– No sé qué decirte sobre eso, Videl. Tal vez tú papá sólo quería ser amable con él, no olvides que Shapner es el primer chico con el que sales en toda tu vida.

– Eso puede ser verdad; pero no pude resistir más cuando papá y Shapner comenzaron a hablar de matrimonio…

– ¿Matrimonio? –Tapándose la boca, Ireza reaccionó ya muy tarde luego de haber gritado– ¿Shapner le pidió tu mano en matrimonio a tu papá?

– ¡No, no lo hizo! –Presurosa, Videl aclaró su duda–aunque mi papá no dejó de decirle que algún día la mansión sería de él y que debía cuidarme a mí y a nuestros futuros hijos…

– ¡Wow, creo que a tu papá le encanta pensar a futuro!

– Esa fue la gota que derramó el vaso, ser su novia y verlo feliz era una cosa pero comprometerme y casarme con él es algo que no puedo hacer–retomando el punto central toda la conversación, Videl caminó hacia Ireza quedándose frente a frente–he sido una mentirosa, una cobarde y en cierta forma una manipuladora; pero ya no quiero serlo más. Esta farsa; esta relación, tiene que terminarse…

Extendiendo sus brazos, Ireza, tomándola por los hombros, le dedicó una suave sonrisa antes de hablarle.

– Tomaste una pésima decisión, no fuiste honesta con él ni contigo misma. Ahora Shapner cree que vive en un cuento de hadas donde será feliz con la princesa del castillo que siempre deseó–por más que lo quisiese, Ireza nunca podría condenarla como un juez ni castigarla como un verdugo–sé que tuviste miedo, no tenías malas intenciones al querer verlo sonreír otra vez. Sé que te sientes como una villana, pero no lo eres. Nunca lo has sido y nunca lo serás.

– No puedo continuar con esto, no puedo…

– Videl, para mí sería muy fácil decirte que rompas con él y que te olvides de lo que pasó; pero no voy a hacer eso–delineando un semblante más serio, Ireza apretó su agarre sobre ella–en una relación están involucradas dos personas, esto será igual de doloroso tanto para ti como para Shapner. No es mi intención abrir más la herida, pero él único que ha sido sincero desde el comienzo ha sido él.

A Videl le hubiese gustado protestar y decir algo en su defensa; no obstante, teniendo Ireza toda la razón, la pelinegra agachó la cabeza aceptando su derrota.

– Imagino que no has conversado con él nada al respecto–empleando nuevamente sus poderes de percepción, Ireza le aseveró.

– No, antes de abrir la boca preferí hablar contigo–replicándole, Videl le habló con un tono casi inaudible–tan pronto como nos veamos, pensaba en decirle que lo nuestro se acabó.

– Es curioso, ahora que lo pienso, creía que Shapner había estado contigo todo el día–olvidándose de la inestable relación amorosa de Videl y Shapner, Ireza se percató de otro detalle interesante–ustedes dos faltaron a clases hoy, pensaba que ambos estaban juntos.

– ¿Faltó a clases? –Confundida, aquella Videl que parecía ser una detective revivió por un santiamén–la última vez que lo vi fue ayer cuando me acompañó al salir de la escuela, se quedó conmigo por varias horas hasta que me quedé dormida. Cuando me desperté en la mañana ya no estaba aquí, desde entonces no he sabido nada de él.

– Debió haberse quedado en casa; aunque al igual que tú, tendrá que solicitar que le apliquen el examen final de matemáticas que hicimos hoy–pensando rápido, sacando conjeturas sin evidencias, la rubia no ahondó más en la ausencia de Shapner.

– ¿Examen de matemáticas? –Desconectándose de sus problemas personales, el cerebro de Videl recordó sus deberes académicos– ¡maldita sea, me olvidé por completo de ese estúpido examen!

Haberse ausentado de una prueba escolar tan importante era un embrollo que tendría que resolver una vez que regresase a la escuela; sin embargo, teniendo como coartada su accidente en la clase de deportes, sumado a que era la hija de la figura mediática más grande de la ciudad, Videl no se agobiaba sabiendo que no era algo que no pudiese manejar ni solucionar.

Pero, recorriéndola de pies a cabeza, a Videl le resultaba inquietante que Shapner no se haya presentado a la preparatoria. Posiblemente también quiso descansar en casa tomando en cuenta que su herida aún no sanaba por completo; aún así, no sintiéndose satisfecha con esa explicación, los ojos de Videl miraron de soslayo los tacones y el vestido nuevo que su padre le compró.

Si Mr. Satán planeaba que Videl asistiera a esa fiesta, era muy obvio, al menos para ella, que Shapner necesitaría vestirse para la ocasión al tratarse de un baile de gala. A pesar que no lo sabía a ciencia cierta, Videl, haciendo memoria, repasando cada momento que compartió con el rubio, nunca había visto a Shapner usando ropa semejante en ninguna oportunidad anterior.

Lo cual, dinámicamente, la hizo unir puntos hasta especular con una descabellada posibilidad pero no improbable. Su mente deductiva, como en sus mejores tiempos, dibujó frente a ella a su padre comprando no sólo su traje para la velada; sino también, que lo vio comprándole a Shapner el atuendo apropiado para asistir a la ceremonia del séptimo aniversario del Torneo de Cell.

– No te preocupes, Videl. No tengo la mejor duda que te dejarán hacer el examen en otra ocasión, nadie en la escuela se atrevería a reprobarte–riéndose, ignorando las teorías conspirativas que rebotaban en la mente de Videl, Ireza continuó hablándole con ingenuidad–en mi caso, mis esperanzas de aprobar son más grandes que nunca. Esta vez los malditos números no se burlarán de mí.

– ¿Por qué lo dices? –curiosa, para Videl no era extraño que Ireza tuviese dificultades con las matemáticas.

– Gohan me ayudó, él me dejó copiarle casi todo su examen–contenta, sonriendo de oreja a oreja, Ireza desbordaba felicidad–ya quiero ver la cara que pondrá ese profesor gruñón cuando vea que obtuve una buena calificación; estoy segurísima que aprobaré.

Sin saberlo, sin tan siquiera imaginarlo, Ireza detonó una potente bomba que repercutió en el interior de Videl. La más ínfima mención de Gohan, como si fuese un tsunami que arrasaba con todo a su paso, sacudió a Videl quien aún no le contaba sobre la pelea que Shapner y Gohan tuvieron en la enfermería dando la impresión de ser dos lobos luchando por territorio.

Pese a que confiaba en Ireza para contarle sus secretos más privados, la verdadera identidad del Gran Saiyaman no podía ser uno de ellos. Si las palabras de Ireza eran reales, cosa que nunca cuestionaba, para la rubia sería un impacto brutal descubrir que el responsable de casi asesinar a cuatro asaltabancos era el mismo chico gentil que le permitió copiar las respuestas de su examen.

Empero, tratándose de otro elemento que agravaba su situación con Shapner, era urgente para Videl explicarle a Ireza la anormal actitud que Gohan ha tenido con ella recientemente. Y máxime que fue debido a Gohan y a la corta conversación que sostuvieron al correr, que Videl, sintiéndose como una ladronzuela acorralada por la policía, tropezó y cayó al suelo quedando inconsciente.

– Ireza, hay algo más que tengo que decirte…

Interrumpiéndolas, sobresaltándolas a ambas al mismo tiempo, los repentinos golpes de alguien llamando a la puerta les impidieron a las dos seguir ordenando el caos que asfixiaba a Videl. Así pues, sin más alternativa, Videl respondió a los golpeteos descubriendo que se trataba de Sashimi, quien, sin perder su elegante postura, las invitó a bajar al comedor de la mansión para cenar.

Simultáneamente, reaccionando con sincronía, los estómagos de Ireza y Videl les demandaron dejar la charla para más adelante. Tanto Videl como Ireza, muriéndose de hambre, no poseían argumentos con que objetar los gruñidos ansiosos que provenían de sus vientres. Sashimi, escuchándolas y compartiendo con ellas una mirada cómplice, las escoltó sin demoras a la mesa.

La lluvia, por su parte, como si se tratase del preludio de lo que estaba por llegar, aumentó su ímpetu desatando un diluvio que azotó con ira los cielos de Ciudad Satán. Truenos y relámpagos, rugiendo con una furia dantesca, no se tardaron en agitar los oídos de los todos los involucrados que, para bien o para mal, mancharían sus manos con sangre en la inminente masacre.

Mr. Satán, con una máscara de falsa felicidad, intentó disfrutar de su cena ocultando su miedo sin presagiar que Videl hacía lo mismo que él. Shapner y Van Zant, cada uno de ellos separados por kilómetros de distancia, se morían de impaciencia por el inicio de la locura. Y Gohan, aún más lejos que ellos, compartía con los dos rubios las mismas ansias por romper y destrozar huesos humanos.

No obstante, en sus sueños, apaciguando su rabia saiyajin, la silueta de una joven mujer susurraba su nombre pidiéndole que se acercara a ella. Gohan, reconociéndola instantáneamente, vio como las largas coletas negras que adornaban el rostro de aquella chica, se agitaban, con una sensualidad irresistible, forzándolo a ir por ella deseoso por devorar sus labios con los suyos.

Esta noche, de un modo u otro; siendo real o no, Gohan y Videl estarían juntos. Gohan la besaría, la tocaría y la amaría como nunca se había atrevido a hacerlo. Le diría lo mucho que le gustaba, lo mucho que lo enloquecía y lo mucho que se arrepentía por no habérselo dicho antes; pero, sobre todas las cosas, le diría lo mucho que se enfurecía por verla en los patéticos brazos de Shapner.

Besándola, sin renunciar a Videl, Gohan le prometió que la salvará del rubio; le prometió que ella será libre de Shapner.

Fin Capítulo Veintisiete

Hola, muchas gracias por leer espero que la lectura haya sido de su agrado. Prometo no quitarles más tiempo, sólo me limitaré a decir que al fin Videl está empezando a salir del pantano donde ella misma se metió, finalmente está reaccionando. Como lo dije al comienzo de la historia, para que Videl pudiese levantarse y se recuperase primeramente tenía caer muy abajo y equivocarse.

Por otro lado, como ya lo he comentado varias veces en el pasado, me gusta muchísimo escuchar algún soundtrack mientras escribo para que la inspiración no me abandone y este episodio no fue la excepción. Si alguno quiere oír la canción que me ayudó de inspiración, búsquenla en You Tube con este nombre: Unbreakable Soundtrack – Visions.

Ya para terminar por hoy, quiero desearles una muy feliz navidad a todos y un año 2020 lleno de bendiciones, me voy por ahora pero nos volveremos a ver muy pronto.

Gracias por leer y hasta la próxima.