La vigésima octava vez que odié a Katniss Everdeen fue cuando tuvimos un raro intento de despedida.
Nos cruzamos antes de que cada quien subiera a su respectivo aerodeslizador. Literalmente, intercambiamos miradas y asentimientos de cabez de lejos.
Nos habían preguntado a la tía y a mí si había algo por lo que quisiéramos regresar al Trece. Ninguna quiso saber, sólo dijimos que queríamos ir a casa ya. Fue una noche en el Capitolio que se me hizo eterna y anduve deambulando por toda la mansión presidencial.
También toda la mañana la tía se había estado riendo de que llamé perra a Katniss, a lo que yo argumenté que me salió del alma. Desayunamos todos en el enorme comedor, aunque no nos sentamos cerca de nadie ni hablamos con nadie más que con Joseph, quien se acercó ya que estábamos por terminar. No conocía a muchas personas que estaban ahí.
Joseph dijo que quería quedarse en el Capitolio. Que mientras desayunábamos, se estaba decidiendo quién tomaría el mando del país, y que lo más seguro, era que la comandante Paylor ganara y que ella le ofrecía trabajo como su mano derecha. También me explicó que ella lo había convocado porque le pareció un excelente estratega, y que su intención era llamarnos a los dos pues había visto todo nuestro juego aquella vez, pero que estaba enterada de mi 'condición' y no iba a exponerme al campo de batalla. "Me gané su confianza" me dijo.
Sólo le sonreí, y lo abracé. Aunque me ofreció quedarme a vivir con él, yo ya no quería saber nada del Capitolio o cualquier otro lugar fuera del Distrito Dos durante mucho tiempo. Prometió visitarme en cualquier ocasión que se le presentara, ir cuando el bebé, el cual él juraba que era una niña, naciera y en eventos como cumpleaños y navidad, estar ahí. También que su casa era mi casa.
Lo abracé otra vez, pero fue cuando nos dieron la indicación de que si queríamos irnos era el momento.
Sentí la adrenalina subirme por el cuerpo. De un salto me levanté del asiento, y le tomé la mano a Enobaria. Antes de salir del comedor volteé a ver el panorama desde la puerta y no pude evitar despedirme con la mano y una sonrisa. De nadie en concreto. Creo que sólo de lo que representaba subirme al aerodeslizador.
Fue cuando yo iba al mío y ella al suyo, junto con Haymitch, que nos interceptamos. Como dije ya nos habíamos dedicado miradas. Al momento de cruzarnos, me susurró: "Me saludas a Gale."
Yo me quedé extrañada, pues aún no sabía de qué hablaba.
"Fue un honor terminar de hacer tu trabajo en un arrebato emocional, buena suerte, Chica en Llamas."
No podía desearle nada más. Buena suerte englobaba todo. No podía decirle que la quería o que la extrañaría, porque no era así.
"También a ti, puberta enojada."
"Que sabe matar" le acompleté.
No nos abrazamos ni nada, sólo estábamos frente a frente. Amabas asentimos con la cabeza otra vez. Haymitch me extendió la mano, y yo se la di.
"Eres idéntica a tu madre. Y tienes el carácter de tu padre perp multiplicado por tres. Que se cuide quien fuera el desdichado que te ponga un anillo en la mano." Hizo como una reverencia, a modo de burla.
Ambos siguieron su camino después de eso. Y yo seguí el mío.
Sé que la distancia entre el Capitolio y el Distrito Dos quizá no era mucha, pero el trayecto se me hizo eterno.
Y cuando pisé mi tierra, hasta sentí el viento diferente.
