-N/A: ¡Feliz Año Nuevo! El 2020 me ha regalado mucha inspiración, así que traigo uno de los capítulos (o el que más) más largos del fic y también el penúltimo. En unos días subiré el epílogo y habremos terminado este viaje.

Gracias a Vale Malfoy Black, Luna White 29, Patchyllu, hadramine, Hanya Jiwaku, Sally ElizabethHR, marinatrejo9, Nicole548, mary, LyraDarcyFoy, Claudia Porras, LuNaChocoO, lunatica23, Luna maga y Effy0Stonem por sus reviews. N/A-


Para AliciaBlackM.


EPITAFIO A UNA MENTIRA


xxvii. ¡Oh, qué hermosa apariencia tiene la falsedad! (William Shakespeare)

24 de julio de 2007 (Aeropuerto Heathrow)

Hermione observa divertida cómo su marido mira a su alrededor con disgusto.

—¿Te lo estás pasando genial, verdad? —inquiere—. Tendríamos que haber esperado a que nos concedieran el permiso para el traslador —le echa en cara por enésima vez este día.

Hermione pone los ojos en blanco. La semana que Draco estuvo en rehabilitación, ella tomó la valiente decisión de hablar con sus padres otra vez, porque los pobres debían de estar preocupados sin saber nada desde que les contó lo que pasó. Su madre había comentado casualmente que este año para celebrar el cumpleaños del señor Granger harían una barbacoa en su jardín y que qué lástima que Hermione no pudiera ir. Esta se dijo «¿Por qué no?».

—En dos días es el cumpleaños de mi padre y le hace ilusión que esté. Habértelo pensado antes de aceptar.

Su marido la mira con frialdad.

—Me abrumó el hecho de que para esto sí tuvieras la decencia de preguntarme.

—Nunca vas a olvidarlo, ¿verdad? Ni aunque te haya hecho el favor de tu vida.

Él tuerce el gesto, pero después esboza una sonrisa maliciosa.

—Efectivamente.

—Joven —una voz los interrumpe. La dueña es una mujer menuda que debe de rondar los setenta años, cargada con un bolso que parece pesar más que ella. La anciana les sonríe y señala casi con vergüenza el compartimento superior—, ¿serías tan amable de ayudar a esta vieja endeble?

Hermione, que ve que Draco se ha limitado a quedarse mirando a la mujer, le da un codazo. Este reacciona y se levanta, con cuidado de no darse un golpe en la cabeza contra el panel de luces de lectura y salida del aire acondicionado.

—Por supuesto —dice él con la que seguramente será una sonrisa encantadora, ya que la ancianita le sonríe embelesada. Sí, Draco tiene el talento (y la cara) de ganarse a las mujeres si quiere.

Una vez colocado el bolso de la mujer en su sitio, se sientan. Hermione, que está en la ventana, sabe que es de ese tipo de personas mayores a las que les encanta tener a alguien con quien hablar, especialmente si son jóvenes. En cuanto el avión está en el aire, la mujer se gira hacia ellos.

—Me llamo Gertrudis.

—Un placer —responde Hermione; un rápido vistazo a su marido y sabe que sigue luchando contra la impresión que le causa un avión, puesto que es la primera vez que se sube en uno, así que toma ella las riendas de la conversación—. Yo soy Hermione. Este es mi marido, Draco.

Gertrudis da una palmada en el aire, emocionada.

—¡Oh, siempre me encanta encontrarme con parejas jóvenes! Desprendéis tanto amor… —dice.

Draco y Hermione se miran de reojo en ese momento y sueltan una carcajada involuntariamente que hace que la mujer frunza el ceño.

—Sí, tenemos ese talento —señala él enigmáticamente.

La anciana le sonríe más que nada porque no sabe qué responder, así que cambia de tema.

—¿Y cuánto tiempo lleváis casados?

Draco se gira hacia Hermione y le susurra:

—Ahora mismo podríamos estar en primera clase tranquilamente. Pero no, tú querías ser una más.

Esta le lanza una muda señal de advertencia con la mirada antes de responder a la pregunta de su recién hecha amiga.

—Poco más de tres años.

—Mi Roger y yo estuvimos juntos más de treinta años.

—A nosotros a veces también nos parece que llevamos ese tiempo —interviene Draco con otra de sus sonrisas.

—Perdone a mi marido, viajar siempre lo pone nervioso. —Hermione le un codazo al mago, pero esta vez no se anda con contemplaciones y lo golpea bien fuerte en las costillas. Este no profiere ningún sonido, pero sí la mira con ansias asesinas.

Gertrudis suelta una risita.

—Tranquila, querida, todos los hombres son así. Tienen muy poca paciencia en situaciones que escapan a su control. Seguro que en cuanto tengáis un hijo se le suaviza el carácter —le dice a Hermione en tono confidencial, como si Draco no estuviera justo entre ellas.

A Hermione se le borra la sonrisa y una expresión grave cae sobre su rostro. Justo cuando deja de pensar en Scorpius hay algo que se lo recuerda y le susurra que no debería estar tan contenta.

»¿He dicho algo malo? —pregunta la anciana con preocupación al ver la reacción de la joven bruja.

—Tranquila, no podía saber que perdimos a nuestro bebé en mayo, cuando estaba embarazada de seis meses —explica Draco con total tranquilidad, como si contara una historia sin importancia. El rostro de Gertrudis pierde el color, pero eso no impide que él siga hablando—. Es que uno de sus mejores amigos la atacó, ¿sabe? Estaba celoso porque antes eran amantes pero ella lo dejó. Yo también tenía una amante, que resultó ser la causante principal del ataque. Cuántas vueltas da la vida, ¿verdad?

Hermione observa horrorizada cómo su marido habla de lo que pasó con tanta naturalidad, cómo lo cuenta de forma descarnada, como si él no formara parte de la desgracia. Y lo peor: cómo usa su historia para hacer sentir mal a alguien.

—¡Draco! —exclama con voz ahogada.

El aludido se encoge de hombros, como si no hubiera roto un plato en su vida. En ese momento pasa una azafata, a la que llama.

—¿Podría traerle a la señora —Gertrudis sigue con expresión de haber recibido un disparo— un vaso de agua, por favor?

—¿Cómo puedes ser tan cruel? —le pregunta Hermione con enfado.

Draco la mira con hastío antes de coger la revista que hay enganchada al asiento delantero en la que ofrecen los productos disponibles en el avión.

—Parece mentira que no me conozcas —responde él.


24 de julio de 2007 (Aeropuerto Internacional Kingsford Smith)

Una vez han recogido las maletas y han pasado la salida, Hermione paseó la mirada ansiosa por el enorme pasillo en busca de sus padres. Los ve, un poco más viejos y un poco más canosos, pero con la misma sonrisa de alegría que cuando su hija volvía a casa para Navidad o las vacaciones de verano.

—¡Hermione, cariño! —Su madre es la primera en abrazarla. La estrecha entre sus brazos con fuerza, como si tuviera miedo de que si no aplicaba la presión suficiente, su hija no sabría cuánto la quiere. Cuando se separan, Margaret apoya una mano en el rostro de Hermione y examina sus facciones brevemente antes de preguntar—: ¿Se os ha hecho el vuelo muy largo? ¿Cómo estás?

—No la atosigues. —Su padre, Adam, ocupa el lugar de su madre en el abrazo.

Cuando se separan, hay un incómodo silencio. Ninguno de sus padres sabe qué hacer con Draco allí presente y él desde luego no mueve ni un músculo. Hasta que Hermione se hace a un lado y suelta un significativo carraspeo en dirección a su marido. Este aprieta los dientes, pero finalmente da el primer paso.

—Adam —saluda a su padre escuetamente con un estrechamiento de manos—. Margaret. —A su madre, en cambio, le da un beso en la mejilla.

Antes sus padres y él se llevaban bien, pero claro, era uno de los acuerdos a los que llegaron cuando se casaron, que tendría que ser amable con sus suegros. A cambio, ella dejaría que Narcissa le diera interminables consejos sobre cómo sobrellevar vivir en la esfera social de los Malfoy y cómo vestir para que las hienas de la moda no se echaran sobre ella. Al final había resultado un trato provechoso, al menos para Hermione. Y como Draco era tan buen actor, los Granger estaban encantados con su yerno, que tan bien cuidaba de su hija.

Ahora, su madre le dedica una sonrisa de circunstancias y su padre una mirada dura; cuando Hermione les llamó diciendo que irían de visita un par de semanas, su padre se negó a acogerlo en casa y su madre le preguntó si no sería mejor que viniera ella sola. Es curioso cómo es ella quien les ha estado mintiendo durante los últimos tres años, pero es él quien se lleva todo el rechazo. El amor funciona de maneras curiosas.

En el coche, Hermione se esfuerza por aligerar la tensión, haciendo preguntas sobre cualquier cosa, literalmente.

—¿Al final pintasteis la habitación de invitados? ¿No me dijiste que el blanco te aburría, mamá? —inquiere. Todavía les falta media hora para llegar al pueblo costero donde viven sus padres y empiezan a terminársele los temas de conversación.

—Ay, hija, y eso queríamos, pero tu padre dice que lo hará y nunca se pone. —La mujer mira intencionadamente a su marido, pero este finge estar absorbido por la conducción y no responde—. Hemos elegido tonos tierra. Leí el otro día en un blog de decoración que si pintamos una pared beige la habitación no quedará tan sosa. Estaba pensando en…

—Con esa combinación de colores lo mejor es añadir también un rosa viejo o parecerán las paredes de una cueva. —Madre e hija miran sorprendidas al inesperado interventor. Draco les responde con una ceja enarcada—. Yo también me informé cuando teníamos que pintar la habitación de Scorpius.

Hermione lo recuerda bien: le pidió que cambiaran la futura habitación del bebé para que no fuera tan deprimente. La bruja no estaba dispuesta a dejar que su hijo tuviera una infancia tan gris como la de su marido. Al final quedó en nada, por supuesto.

—Rosa viejo —murmura Margaret—. No había pensado en ese.

Poco después llegan a Kiama. Es un pueblecito precioso de poco más de siete mil habitantes. Hermione no se imaginaba que, después de vivir en Londres, sus padres se habituarían a un lugar de opciones tan limitadas. Pero el dentista del pueblo se jubiló por la época en la que ellos llegaron y los Granger se hicieron cargo de la consulta. Ahora viven en una casa con jardín a las afueras y trabajan justo en el centro, entre una tienda de ropa y una cafetería. Aparcan en la puerta del garaje doble.

Cuando Hermione sale del coche, mira el jardín delantero con curiosidad.

—¿Esos rosales estaban ahí la última vez que vine? —pregunta.

—Tu madre se ha vuelto aficionada a la jardinería —explica su padre, quien dedica una mirada cariñosa a su esposa antes de añadir—, aunque se le mueran la mitad de las plantas.

Sacan el equipaje del maletero del coche y entran en la casa. Huele a peonías.

—Hija, te hemos arreglado la habitación de invitados —informa Margaret mientras suben las escaleras—. Draco, tu dormirás en el despacho. Puedes convertir cualquier mueble en una cama.

Hermione y Draco se detuvieron al mismo tiempo; ella se gira y lo mira con cara de «¿Y qué hacemos ahora?».

—Genial —masculla su marido—. Otra idea brillante, Hermione.

—No hemos traído las varitas —explica la bruja a su madre.

Margaret se detiene también, y se quedan los tres callados, cada uno en un escalón. Sería una situación casi cómica si no fuera porque Draco parece molesto, su madre no sabe qué decir y Hermione ya no cree que fuera tan lista cuando sugirió unas vacaciones sin magia.

—Dormiré en el sofá —es la solución que propone Draco.

—Puedes dormir conmigo. —Las palabras sorprenden a todos, hasta a Hermione, que es quién las ha pronunciado—. Es una cama grande —eso cree—, hay espacio de sobra para los dos.

Draco suelta un sonido sarcástico y ella sabe por qué: nunca, en sus tres años de matrimonio, han dormido juntos a no ser que tuvieran algo que hacer.

—Gracias —responde él.

Dejan las maletas en la habitación de invitados, a un lado para hacer espacio. Hermione abre la suya y empieza a sacar la ropa y colgarla en el armario. Por el rabillo del ojo ve que su madre se ha quedado en el umbral.

—¿Cuando termines quieres que…?

—Draco y yo habíamos pensado en ir a dar una vuelta por el pueblo —interrumpe rápidamente. Mira a su marido, sentado en la cama con cara de «¿Yo también había pensado eso?», esperando que capte su mensaje oculto.

Este, afortunadamente, se levanta y asiente.

—Es verdad. —Acto seguido esboza una sonrisa que pretende ser tranquilizadora pero que tanto él como Hermione dudan mucho que su madre se trague.

—Como queráis —responde esta, mirándolos sospechosamente. Su hija sabe que su comportamiento actual con Draco no casa con lo que les contó acerca de su matrimonio, pero sus padres nunca han sido personas de insistir, siempre han esperado a que ella estuviera dispuesta a hablar voluntariamente, así que espera que no hayan cambiado.

Cuando ambos han colocado sus pertenencias en el armario y la mesilla de noche, cogen los abrigos y salen de la casa.

—No sé cómo pretende tu padre hacer una barbacoa en el jardín en invierno —señala él, abrochándose los botones de su abrigo gris de lana de cachemira.

—El pronóstico es de sol y diecisiete grados, así que… —replica Hermione.

Empiezan a andar en silencio; por suerte, ella tiene una memoria excelente y recuerda el camino a la calle principal. Se cruzan con varias personas que los miran con curiosidad: cualquier forastero se convierte en seguida en objeto de miradas y especulaciones.

—En algún momento tendrás que enfrentarte a ellos, ¿sabes?

Hermione mira a su marido mala cara.

—¿Siempre tienes que recordarme cosas en las que no quiero pensar?

Él ríe.

—Es ya casi una tradición entre nosotros.

La bruja sabe que él tiene razón: a lo largo de las vacaciones tendrá que darles a sus padres una explicación más allá de la vaga información que les proporcionó cuando habló con ellos el mes pasado.

—Vamos a por un café —dice finalmente, evadiendo el tema.


26 de julio de 2007

Hermione despierta con ruidos de varia índole en el piso inferior. Sonríe incluso antes de estar completamente despierta porque su memoria reconoce el sonido de la batidora y sabe que su madre está preparando batido de chocolate. Era algo que empezaron por ella cuando era pequeña, no sabía que sus padres todavía la conservaban: en cada cumpleaños, invariablemente, la bebida para el desayuno tenía que ser batido de chocolate. Estuvieron a punto de eliminarla el año en que Hermione tomó demasiado y vomitó tres veces, pero su padre se puso de su parte y consiguieron que su madre cediera.

Aparta el edredón, pero no consigue moverse. Es entonces cuando se da cuenta de que Draco tiene un brazo encima de ella, sobre su cintura. Intenta moverlo lentamente, pero él se acerca más todavía y gruñe. Hermione suspira, frustrada. La primera noche, Draco durmió en el sofá, pero entre su altura y que no se han acostumbrado todavía al cambio horario, parecía un zombi. La noche anterior se limitó a presentarse en la habitación con cara de no querer estar ahí pero no tener otra opción.

—Draco —lo llama Hermione—. Muévete. No puedo levantarme.

El hombre se remueve ligeramente.

—Un rato más —musita—. Tengo sueño.

—Vale, pero déjame salir a mí —señala ella.

Draco finalmente aparta el brazo con un sonido reticente y se tumba boca arriba, todavía con los ojos cerrados.

—¿Para qué? Habremos dormido unas… cinco horas —dice—. Aún hay tiempo hasta la hora de la comida.

Hermione se levanta y estira todo el cuerpo antes de replicar con mordacidad:

—¿Dónde ha quedado mi marido, el que decía que levantarse tarde era de gente que no poseía una fortuna que proteger y agrandar?

Draco abre un ojo el tiempo suficiente para mirarla mal.

—Genial —masculla—. Ahora ya no tengo sueño. Muchas gracias.

—De nada —responde ella con una sonrisa.

Cuando se levantan y bajan, ven a al padre de Hermione entrando y saliendo al jardín por la puerta de la cocina. Están decorando el exterior y colocando los muebles de jardín en distintos lugares para cuando vengan los invitados, a pesar de que faltan horas todavía. Su madre, en cambio, está sentada a la mesa esperando pacientemente a que el hombre se digne a querer desayunar.

—¡Papá, felicidades! —Hermione se lanza a los brazos del hombre—. ¿Cómo de viejo te sientes ahora que has llegado a los sesenta? —bromea.

Su padre ríe.

—¡Estupendamente! Pero creo que si no desayunamos ya no veré otro año de vida —dice en lo que pretende ser un susurro pero que es perfectamente audible para todos.

Finalmente se sientan las dos parejas a la mesa. Hay un vaso lleno de batido delante de cada plato y en el centro una montaña de tortitas con diferentes siropes para elegir y un bol con trozos de fruta. Draco lo mira todo como si no supiera por dónde empezar.

—Seguro que en tu casa nunca te prepararon esto, ¿eh? —señala su suegro.

—Pues no —confirma él a regañadientes—. Podíamos elegir entre mil recetas francesas diferentes, pero nunca esto.

—No me imagino a tus padres poniéndole sirope de arce a una tortita, la verdad —dice Hermione mientras se sirve una en su plato y coge el chocolate líquido.

Draco relaja el gesto mientras se imagina la escena.

—Yo tampoco, la verdad.

Cuando no quedan más que algunos restos en los platos, todos se ponen manos a la obra para arreglar el lugar. Cuando los invitados llegan, en el jardín hay una mesa con bebidas en una esquina, sillas y sillones repartidos por todas partes y un toldo que los protege del clima en caso de que empeore. La barbacoa está lista y hay otra mesa con aperitivos.

Hermione y Draco permanecen en un lado mientras los Granger les presentan a sus amigos. Antes de saludar a los primeros, Draco pasa un brazo por los hombros de su esposa y la atrae hacia él. Ante la mirada interrogativa de esta, señala en voz baja:

—Se supone que estamos felizmente casados, ¿recuerdas? —Y le da un tierno beso en la cabeza.

—¿Te imaginas que nos ve Gertrudis? —responde Hermione con sorna.

—Le da algo —responde su marido tras soltar una carcajada.

Y permanecen así o en una variante mientras varias personas les saludan.

—¡Qué buena pareja hacéis! —los halagan. Se trata de una mujer que habrá llegado hace poco a los cincuenta, con el pelo corto y un agresivo eyeliner. Según lo que su madre le ha contado antes, las conoció a ella y a su mujer en pilates.

Hermione le dedica una sonrisa de agradecimiento y se abraza a Draco. La verdad es que ambos han sabido elegir su apariencia hoy con bastante gusto: ella lleva un vestido de algodón de color rojo con una chaqueta por encima marrón y él lleva un jersey de cuello vuelto de color negro que resalta sus facciones. Son una sombra de lo que fueron en sus mejores tiempos, cuando despertaban la envidia de todos.

—La verdad es que soy muy afortunada —dice la bruja. Casi se echa a reír por la falsedad de sus palabras, pero disimula dedicando a Draco con lo que espera que parezca una mirada llena de amor.

—Yo soy el afortunado —dice él antes de inclinar la cabeza hacia su rostro. Hermione recibe el beso con sorpresa; es la primera vez en meses y, francamente, no se lo esperaba. Cuando se quedan solos, le murmura en el oído—. ¿Cómo dices que se llaman los premios esos que dan a mejor actor? Porque me estoy ganando uno a pulso.

—Besarme ha sido un añadido tuyo de forma voluntaria y totalmente innecesario —le reprocha ella. Acto seguido muda la expresión, porque otra pareja se acerca a hablar con ellos.

—¡Por fin nos conocemos! —exclama una mujer con rizos anaranjados que en los que empiezan a vislumbrarse las canas—. Soy Dotty. —Dorothea, la mejor amiga de su madre. Por fin la conoce.

—Un placer —dice ella. Va a estrecharle la mano, pero la mujer se lanza a por un abrazo y se ve obligada a soltar a su marido.

Cuando se separan, la mujer la mira de arriba abajo como si algo no le encajara.

—¿No se supone que estabas embarazada, cielo? O yo me equivoco o lo disimulas muy bien —bromea.

Pero ni a Hermione ni a Draco les hace ninguna gracia. Al final, ella se recompone lo suficiente como para ofrecerle una sonrisa tirante y responder un simple:

—No, no lo estoy.

Dotty la mira con el ceño fruncido y cara perpleja.

—Igual te estoy confundiendo con alguien, perdona.

Cuando ella y su marido Mark se acercan a por una cerveza, su madre se inclina con expresión preocupada hacia Hermione.

—Lo siento, cariño. Sí que mencioné a unos cuantos amigos que… —no sabe cómo seguir, así que da un salto en su explicación—: pero después no me vi con valor para contar lo que pasó.

—No pasa nada, mamá. No es culpa tuya. Hermione le da un apretón cariñoso en el brazo. Voy a por una bebida.

—Voy contigo.

Draco y ella se aproximan a la mesa que acapara casi todo el mundo, aunque en seguida la cara del mago se vuelve blanca. Todavía perduran los efectos de la terapia, por lo que la visión y el olor de todo ese alcohol deben de estar torturándole.

—Espera, creo que en la nevera hay refrescos —dice Hermione antes de ir al interior de la casa.

Una vez en la cocina, fuera del alcance de los demás, apoya ambas manos en la encimera de granito y cierra los ojos con fuerza.

—¿Estás bien?

La pregunta la ha sobresaltado, pero al ver que es su marido se relaja. Se encoge de hombros y se gira para medio sentarse en el mueblo. Se cruza de brazos y mira por la ventana. Demasiada gente. Demasiada diversión.

—¿Lo estoy alguna vez? Esa es la pregunta adecuada, creo yo. —Se quedan en silencio hasta que vuelve a hablar—. Hoy hace dos meses.

Es un hecho que ha querido evitar desde antes del viaje, por su bien y también para no empañar la alegría del día, pero sigue dándole vueltas en que hace dos meses exactos perdió a su hijo y ahora está en una fiesta como si nada.

—Lo sé —responde Draco, acercándose a ella. Después, hace algo que nunca, en esos tres años juntos, ha hecho: la abraza. Ella se deja reconfortar: apoya la cabeza contra su pecho y cierra los ojos. Incluso pasa los brazos por la espalda de él para devolverle el abrazo—. Lo sé.


-N/A: Pues ya tenemos aquí las vacaciones, y nada menos que con los suegros. Hemos visto un cambio en la relación de Draco y Hermione, ¿qué opináis? Dentro de muy poco sabremos el desenlace, así que ¡no me abandonéis todavía! N/A-

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MrsDarfoy