Otabek cruzó el río lo más veloz que pudo y un grito agudo a lo lejos le puso el corazón en la mano, hizo vibrar sus sentidos en el estado más alerta posible.

Apresuró el paso y cargó la ballesta con manos hábiles, controlando casi a la perfección su nerviosismo.

El techo del hogar de Yuri apareció entre los árboles, anaranjado, tibio y tranquilo. Pero allí no había humo de la chimenea ni las cándidas luces de las calabazas en el jardín, tampoco Potya vigilando en su acomodada ventana.

Sus latidos se aceleraron cuando vio un bulto en el suelo.

— ¿Yuri? — preguntó en un casi susurro.

Aguantó la respiración hasta que pudo distinguirlo entre la oscuridad.

No era Yuri, era Sala Crispino.

Se acercó con cautela. Eso definitivamente era obra de Yuri.

La chica a sus pies gimoteó adolorida. Estaba en la misma posición que él la primera vez que Yuri lo ancló al césped con grilletes de agua del río, pero los grilletes de Sala eran invisibles esta vez y la mantenían firmes en la tierra.

— ¡Tú! — dijo la chica entre dolor y odio — sucio traidor — le espetó , escupiéndole cerca de los pies.

Pero Otabek no tenía tiempo para ella. Buscó con la mirada a Yuri y Michelle, ¿dónde mierda estaban?

Su ubicación era algo lejana del río. Sabía que a Yuri le costaba mantener la magia que no involucraba el río; alguna vez le dijo que le cansaba mucho hacerla y mantenerla.

Pasos apresurados salieron tras la casa de madera y él levantó la ballesta.

— ¡Beka! ¡soy yo! — la voz llorosa de Yuri se escuchó, dándole un baño de alivio a su tenso cuerpo. Traía algo abrazado al pecho.

— Yura...

El brujo tenía el labio roto y la mejilla amoratada. Estaba sucio, como si lo hubieran revolcado por todo el suelo. Tenía los ojos cristalizados y parecía aguantarse el llanto.

Otabek sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.

Estiró una mano para que Yuri la cogiera al llegar a su lado, pero Yuri no alcanzó a llegar. Otabek lo vio componer un rostro de dolor y caer de bruces al suelo.

— ¡Yuri!

Michelle apareció tras la casa. No tuvo piedad en disparar hacia Yuri. La saeta se le clavó en el gemelo derecho y el chico gritó por sentir su músculo atravesado; un abrasante pinchazo que le tomó desde la rodilla hacia abajo.

Otabek intentó acercarse a él, pero el hechizo de Sala se había roto con las defensas bajas de Yuri. La muchacha, magullada, le tomó del pie y él tropezó. Se ancló a su pierna como víbora y lo retuvo.

Michelle tenía una expresión fiera. Alcanzó a tomar a Yuri de los cabellos y lo jaló hacia atrás. Tomó su larga y preciosa trenza y la cortó, tirando lejos las hebras doradas. El brujo, respirando irregularmente, hizo una mueca y gritó cuando Crispino pateó su pierna herida. Con un movimiento veloz lo asió para ponerlo de pie y retuvo sus brazos en su espalda a la fuerza.

El bulto que Yuri había traído abrazado cayó al suelo y Michelle lo pateó lejos antes de inmovilizar al rubio.

— ¡No! ¡Potya!

Yuri se zarandeaba desesperado. Su gata había caído metros más allá, respirando dificultosa, debatiéndose entre cerrar los ojos o mantenerse despierta.

— ¡Beka! — pidió suplicante.

Michelle golpeó el rostro de Yuri una vez más para que se callara. Sacó un hacha de su cinturón y la puso en el cuello.

— Hijo de puta — murmuró Altin con cólera.

Actuó por instinto, cogiendo lo primero que tenía a mano. Con una rabia impropia de él sacudió a Sala de su pierna. Igual que Michelle a Yuri, de los cabellos y la alzó a su altura, inmovilizándola y ajustando la punta de una de sus flechas en la garganta de la muchacha.

Vio los ojos de Michelle centellear.

Ambos tenían algo muy preciado en brazos del otro.

Otabek sintió las manos de Sala intentando soltarse, pero débil -seguramente- por los anteriores ataques de Yuri.

El dolor en la pierna del brujo y los anteriores golpes que había recibido impedían a Yuri canalizar la magia de forma correcta. Había agotado todas sus reservas y el agua del río estaba tan lejos que lo frustró. Quería ayudar a Beka, quería ayudar a Potya, pero no podía hacer nada.

Sintió que las lágrimas bajaban por sus mejillas, su amiga agonizaba frente a sus ojos y él se sentía tan impotente. No quería que nadie muriera por su culpa. Su espalda tensaba, el agarre de ese hombre dolía y su pierna quemaba.

— Suéltala y no le haré nada a Sala. — gritó Otabek.

La chica intentó darle un cabezazo hacia atrás, pero la retuvo con mayor fuerza y ella jadeó por el dolor.

Michelle podía ser alguien muy frío, pero poseía la misma debilidad que Otabek: su familia.

Otabek lo vio apretando la mandíbula. Mantenía firmemente a Yuri, pero en sus ojos se leía la duda y la preocupación.

— No — la voz de Sala se abrió paso — recuerda lo que hablamos, Mickey, hay que llevársela, hay que llevársela como sea, no importa cómo...

Otabek presionó la flecha contra el cuello de la chica.

— ¡La voy a matar, Michelle! — gritó con voz amenazante, su corazón latiendo a mil.

— ¡Mickey, llévatela!

Peor el Crispino miraba contrariado. Era Sala la que estaba en juego, independiente del objetivo que se habían planteado a como cazadores ¡joder, era su hermana!

— ¡Michelle dame a la bruja o mato a tu hermana!

Sala se retorció, tenía el miedo en la mirada de tener una piedra filosa cargada den la garganta, pero sus palabras salían muy confiadas.

— ¡Que te la lleves!

La punta de la flecha estaba enterrándose. Un poco de fuerza y atravesaría la primera capa de piel. El filo se hundiría en el delicado cuello de Sala.

Otabek se sintió algo mareado, su respiración era furiosa, ¿lo haría? ¿en serio lo haría? ¿mataría a Sala Crispino?

Yuri lo miraba llorando, suplicante.

Pero algo lo detuvo.

Un fugaz destello que viajó de entre los árboles y que se clavó en la mano de Michelle Crispino.

— ¡Agh!

Soltó el hacha y a Yuri. Otra daga viajó veloz al costado de su torso y fue cuando cayó a suelo.

— ¡Mickey!

Otabek miró por donde había venido el ataque. Mila venía corriendo con rostro asustado y no tardó en lanzar otra cuchilla hacia el muslo de Michelle. Cuchillas de hoja gruesa y peligrosa que dejó abatido al chico, con la respiración agitada y quejidos audibles.

— ¡Otabek, tenemos que huir! — le gritó.

Él soltó a Sala de golpe.

— Hazte cargo de ella — le dijo a Mila.

Corrió hacia Yuri que se había desplazado algunos metros más cerca de su gata, todavía sin poder alcanzarla. Le pegó un puntapié en la cara a Michelle que se retorcía en la tierra y se agachó junto al rubio.

— Beka... Beka, Potya está mal, ella...

— La llevaremos al río, a ti también. Pero déjame quitarte eso, será rápido. — apuntó hacia la flecha en su pierna.

Yuri asintió a medias y agachó el rostro, tembloroso y asustado.

Otabek presionó con una mano la pierna del chico hacia abajo y con la otra jaló de la flecha en su pierna sacándola de un solo tirón. Yuri volvió a soltar un grito y un par de lágrimas más resbalaron por sus mejillas.

Otabek le acercó a Potya que tenía la mirada ida y respiraba cada vez más despacio. Tenía un par de costillas rotas.

Mila, sin dudar, le dio cuatro puñaladas al muslo de Sala para que no los siguiera. "Agradece que no te maté" le dijo antes de pegarle unas burlescas palmaditas en la cara.

Entonces Otabek notó algo. Algo importantísimo.

— ¿Dónde están mis hermanas? — llevaba a Yuri en sus brazos y Potya sobre el estómago de este.

— Cerca del río, las dejé escondidas.

— ¡¿Qué?! ¡te dije que las cuidaras!

Comenzaron a bajar veloz el bosque, Babicheva a la cabeza.

— ¡No te quejes, llegué justo a tiempo para ayudarte! — le dijo la muchacha — el viejo mandó a los demás cazadores del pueblo a cazarnos, escuché sus gritos en las quebradas.

La noticia no lo ayudó para nada a serenarse.

— ¿Y dejaste a Ori y Bibi solas?

Babicheva lo tranquilizó al sacar a las niñas de dentro de un tronco ahuecado, donde las había escondido antes de ir a avisarle que una horda de cazadores los perseguían. Su hermano sintió el alma volverle al cuerpo, las niñas habían llorado un poco, pero estaban bien.

— ¡Yuri! — exclamaron las niñas cuando vieron al brujo convaleciente.

— ¿Estás bien? ¡te cortaron el cabello!

— Estaré bien — murmuró apenas el chico.

Bajaron al río jadeantes.

— ¿Por aquí está bien? — preguntó Beka y el brujo asintió.

Lo bajó con cuidado, justo a las orillas del agua.

Yuri bajó con cuidado y con el apoyo de un solo pie, seguido, tomó a Potya y sumergió la mayoría de su pequeño cuerpo.

Mila se mantuvo alerta observando todo en el bosque. Estaba segura haber visto las sombras de las antorchas cuando fue a buscar a Otabek.

Yuri bañó a Potya en el agua del río mientras repasaba la punta de sus dedos por las costillas de la minina, donde había sentido que estaba la fractura.

Potya había sido muy valiente al defenderlo. En cuanto advirtió la llegada de ajenos al hogar, maulló desesperada y, cuando dos contra uno rodearon a su amo, ella no había dudado en lanzarse como fiera hacia Sala Crispino que había intentado asir a Yuri.

Yuri sintió que el coraje se apoderaba de él cuando Sala había azotado a Potya contra una de las murallas y, aunque hubiera quedado muy malherida, ella se había lanzado otra vez contra la chica para rasguñarle la cara y morderle las manos.

El brujo no dudó en gastar toda la magia que tenía a su alcance para atacar a Sala, pero sin su amiga y teniendo al otro cazador en la nuca, la desventaja había sido clara.

Por supuesto que le regaló considerables puñetazos, golpes y una muy fuerte resistencia al cazador, pero no estaba siendo suficiente.

Cuando Beka llegó, él estaba casi agotado.

Y ahora Potya yacía entre sus brazos.

Sabía que debían huir de allí, ya no podría quedarse nunca más en esa zona del bosque, pero debía esperar unos segundos más a que el agua surtiera efecto por lo menos para estabilizar a Potya.

Sus propias heridas se curaron apenas, la herida en su pierna no le importó mucho. Le pidió al agua del río que se ocupara de su amiga, de su amiga y nada más, él podría arreglárselas, pero quería que su felina viviera, que viviera mucho más.

Sintió la mano de Otabek estirarse y acariciar sus cabellos ahora muy cortos, hasta su cuello.

Yuri lo miró y sintió que las lágrimas volvían a bajar por sus mejillas.

— Se pondrá bien — le había susurrado Otabek.

— Y tú dijiste que Potya tiene mucha grasa que la protege, ¿no? — había intentado consolarlo Ori, también. Bibi asintió, dándole razón a su hermana.

Yuri jadeó una pequeña sonrisa, mientras seguía llorando. Agradecía tanto la compañía de esos tres hermanos.

Pero entonces Mila jadeó, llamando la atención de ellos. Las antorchas se hacían visibles desde ese punto del bosque.

Una flecha de ballesta se clavó a unos metros de ellos. Ya los habían visto.

— ¡Tenemos que irnos, ahora! — advirtió la Babicheva.

— ¿Es suficiente? — preguntó apresurado Otabek, Yuri asintió y de inmediato Altin lo ayudó a salir de allí.

En cuanto terminó, Otabek alcanzó a reaccionar, tomó su ballesta ya cargada y disparó a Jean Jacques Leroy que se avistaba corriendo hacia los terrenos del río. La flecha pasó de largo, pero hizo un par de segundos valiosos.

Mila supo que unos simples cuchillos ya no le salvarían el pellejo si veinte cazadores los apuntaban.

Fue cuando Yuri hizo algo increíble.

Con las últimas fuerzas que le había renovado el agua del río, el rubio miró cansado el agua. De algo debía servirle su condición de brujo.

Chasqueó el agua en tres distintas direcciones: de donde venía, a donde iba y su propio frontis.

Otabek tragó cuando vio el agua agitarse y levantarse. Una pared rabiosa y enérgica que agua que en cuanto recibió el impacto de una saeta la devoró hasta el fondo del río.

El agua los dividió y desde la otra orilla pudieron ver a los demás cazadores llegando con antorchas y disparando en vano puesto el río lo tragaba todo. Parecía un cristal vivo, ruidoso, iluminado únicamente por la luna que le daba un color azulino.

— Vámonos, ahora sí — dijo Yuri, poniéndose de pie apenas y siendo alcanzado por su pareja que lo ayudó a caminar.

Su protección se desharía cuando alcanzara el límite de lejanía con el río, pero sería tiempo suficiente para impedirles a los demás cazadores que los alcanzaran.

Por mientras, ellos se internaron rápidamente y cada vez más y más en el bosque.

Madre Yuriri los protegería. Y con ese pensamiento, Yuri y los otros huyeron de una vez por todas.


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