Landline

Una adaptación a Crepúsculo por Redana Crisp

Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rainbow Rowell. Yo sólo los mezclo y juego con ellos.

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Capítulo 26

La mamá de Bella le prestó otro par de pantalones de velvetón. Y una camiseta que decía PINK.

Rosalie le prestó a Alison una camiseta DECA que colgaba demasiado amplia alrededor del cuello.

Hicieron un nuevo refugio para los perros al lado del árbol de navidad, y la madre de Bella decidió que ella y Phil no podían ir a Jacksonville por navidad y dejar a los cachorritos solos.

—Supongo que tendremos tu compañía, Bella.

Todos acordaron que Alison no podía volver a trabajar, no después de todo. Pasó diez tensos minutos en el teléfono, intentando explicar la situación a Angelo.

— ¿Te despidieron? —preguntó Rosalie cuando Alison volvió a entrar a la sala de estar.

Alison se encogió de hombros.

—Voy a volver a Berkeley la próxima semana, de todos modos.

Viendo el lado bueno, tenía tres pizzas grandes en la parte posterior del auto, además de una orden de lasaña, algunos champiñones fritos muy fríos y una docena de pancitos de parmesano.

—Dios nos bendiga, a cada uno —dijo Bella, abriendo una de las cajas.

Por suerte para Rosalie, su mamá sólo tenía ojos para los cachorros y ni siquiera se dio cuenta que con Alison en el sofá, se reían entre sí con las mejillas llena de pizza.

Bella llevaba tres porciones gigantes cuando el teléfono sonó en la cocina. El teléfono fijo.

Rose miró a Bella, y esta dejó caer su pizza, prácticamente pisando a Porky en su camino al teléfono.

Llegó allí en el tercer timbre.

— ¿Hola?

—Hola —dijo Edward—. Soy yo.

—Hola —dijo Bella.

Rosalie estaba parada detrás de ella. Extendió una mano.

—Tómala en tu habitación —dijo—. Yo colgaré.

— ¿Edward? —dijo Bella en el teléfono.

— ¿Sí?

—Sólo un minuto, ¿de acuerdo? No vayas a ningún lado. ¿Vas a algún lado?

—No.

Rosalie todavía extendía una mano por el teléfono; Bella sostuvo el tubo contra su pecho.

—Prométeme que no hablarás con él —susurró.

Rose puso una mano en el tubo y asintió.

—Por las vidas de Alice y Bree —dijo Bella.

Rosalie asintió de nuevo.

Bella soltó el teléfono y corrió por el pasillo. Sus manos temblaban cuando recogió el teléfono amarillo. (Eso nunca solía sucederle cuando se encontraba disgustada; probablemente era pre-diabética).

—Lo tengo —dijo. Escuchó el clic del teléfono de la cocina—. ¿Edward?

—Todavía aquí.

Se hundió en el suelo.

—Yo también.

— ¿Estás bien?

—Sí —dijo Bella—, sí. He tenido el día más raro. Además, supongo que yo… yo no creí que fueras a llamar.

—Dije que lo haría.

—Lo sé, pero… estabas enojado.

—Yo… —Edward se detuvo y comenzó su oración otra vez—. Terminamos quedándonos con mi tía por un tiempo. Fue difícil irnos. Le puso muy feliz vernos, así que nos quedamos para la cena en el asilo. Y eso fue deprimente y un poco asqueroso, así que fuimos a Bonanza en el camino a casa.

— ¿Qué es Bonanza?

—Es como una cafetería-buffet-churrasquería.

— ¿Todo en Washington es nombrado por las películas del Oeste?

—Supongo que sí —dijo.

—Apostaré a que los restaurantes italianos son nombrados por las películas de Sergio Leone (57).

— ¿Qué hizo tu día tan raro?

Bella comenzó a reír. Sonaba como una risa reproducida en el pasado.

— ¿Bella?

—Lo siento. Es sólo… — ¿Qué hizo su día tan raro?—. Traje al mundo a tres cachorros y descubrí que Rosalie es gay.

— ¿Qué? Oh… por un segundo, allí, pensé que hablabas de tu hermana. ¿Tu prima es gay?

—No importa —dijo Bella.

— ¿Cómo trajiste al mundo a cachorros? ¿Cachorros de quién?

—Eso no importa tampoco. Pero creo que nosotros vamos a conservar uno.

—"Nosotros"… ¿tú y tu mamá? ¿O "nosotros"… nosotros?

—Nosotros, nosotros, nosotros —dijo Bella—. Todo el camino a casa.

— ¿Bella?

—Lo lamento.

— ¿Tú trajiste al mundo a cachorros?

—No quiero hablar al respecto.

— ¿De qué quieres hablar?

—No sé. Necesito otro segundo. —Apartó el teléfono de su oreja y lo dejó caer en la alfombra. En algún momento, comenzó a respirar como Rose durante la emergencia del carlino. Bella se acomodó el cabello y rehízo su coleta, quitándose las gafas y frotándose los ojos.

Eso es todo, Bella, vuelve al juego.

No, esto no era un juego. Era su vida. Su ridícula vida.

No importa lo que digas ahora, se dijo a sí misma. Edward va a proponerse en Navidad. Él ya lo hizo. Él dijo—: Haremos nuestro propio suficiente.

Es el destino.

A menos que…

A menos que no lo fuera. Tal vez Edward sólo había dicho eso de "suficiente" porque estaba en su mente ese día, no debido a sus llamadas telefónicas. ¿Le había dado a Bella algunas otras pistas durante los años de que aquellas conversaciones sucedieron? (Esto sería más fácil de descubrir si Edward fuera la clase de chico que alguna vez da pistas).

Esta era la última oportunidad de Bella para hablar con Edward antes de que él se fuera a California. Su última oportunidad de asegurarse que él se marchara... ¿Qué se suponía que ella diga?

Tomó una profunda respiración, adentro, luego exhaló, afuera. Después recogió el teléfono.

— ¿Edward?

—Sí. Estoy aquí.

— ¿Crees en el destino?

— ¿Qué? ¿De qué clase?

—Como, ¿crees que todo ya está decidido? ¿Qué estamos destinados para eso?

— ¿Me estás preguntando si soy calvinista? (58)

—Quizás. —Bella intento otra vez—: ¿Crees que todo ya está decidido? Ya escrito. ¿El futuro está sólo esperando para que nosotros lleguemos a él?

—No creo en el destino —dijo—, si eso es a lo que te refieres. O predestinación.

— ¿Por qué no?

—No hay responsabilidad en ello. Quiero decir, si todo ya está decidido y no se puede cambiar, ¿por qué intentar? Prefiero pensar que estamos eligiendo en cada momento lo que sucede al siguiente. Que elegimos nuestros propios caminos. Bella, ¿por qué esto es tan importante?

—No lo sé. —Sonaba tan lejana de sí misma en el tubo.

—Oye… Bella.

— ¿Sí?

—Lo siento por mantenerte esperando.

— ¿Ahora mismo?

—No —dijo—. Hoy. Todo el día.

—Oh. Está bien.

Edward resopló. Frustrado.

—Odio que pensaras que no te llamaría. Odio que todo sea tan inseguro entre nosotros justo ahora. ¿Cuándo se puso todo tan inseguro?

—Creo que cuando te fuiste a Forks sin mí.

—Sólo vine a casa por navidad.

La voz de Bella apenas se escuchó cuando apuntó eso.

—Eso no es cierto.

Podía escuchar a Edward apretando la mandíbula.

—Está bien —dijo—. Tienes razón.

Bella se quedó callada.

Edward también.

—No rompí contigo —dijo al final—. Sabes eso, ¿cierto?

—Lo sé —dijo—. Pero todavía estamos rotos.

Edward gruñó.

—Entonces lo arreglaremos.

— ¿Cómo?

— ¿Cuándo te volviste tan desesperanzada, Bella? La última vez que hablamos, todo estaba bien.

—No, la última vez que hablamos estabas enojado conmigo por Jasper. — Apoyó la lengua entre los dientes y pensó en mordérsela por completo.

—Porque lo ponías primero a él, otra vez.

—No lo hacía —dijo—. Él simplemente apareció. Me despertó.

—Simplemente apareció en tu dormitorio.

—Sí.

Edward gruñó de nuevo.

—Odio eso. Odio eso tanto, Bella.

—Lo sé, Edward.

— ¿Eso es todo lo que puedes ofrecerme? ¿Lo sé?

—Puedo decirte que nunca lo invitaré a mi cuarto —dijo—. Pero a veces él sólo aparece. Dijiste que no querías que eligiera entre ustedes.

—Y dijiste que me elegirías a mí.

—Lo haría —dijo—. Lo hago.

Edward resopló.

Bella esperó.

— ¿Por qué estamos peleando? —preguntó él—. ¿Estás castigándome porque no te llamé hoy?

—No.

— ¿Entonces por qué estamos peleando?

¿Por qué estaban peleando? No deberían estar peleando. Bella se suponía que estuviera cortejándolo, haciéndolo perdonarla, haciéndolo amarla. Permitiendo que todo suceda.

—Porque sí —espetó—. ¡Por qué quiero hacerlo!

— ¿Qué?

—Sólo quiero sacar todo. Quiero cada horrible cosa sobre la mesa. ¡Quiero pelear acerca de todo ello ahora, así nunca tendremos que hacerlo de nuevo! — Ella gritaba.

Edward se encontraba a punto de estallar.

—No creo que eso sea posible.

— ¡No puedo hacerlo! —dijo—. No puedo seguir peleando contigo sobre las mismas cosas una y otra vez. No puedo seguir no peleando contigo sobre las mismas cosas una y otra vez. No puedo soportarlo otro día, fingiendo que no estás enojado conmigo, fingiendo que todo está bien, hablando en esa estúpida animada voz que uso cuando sé que estás odiándome en silencio.

—Bella. —Edward sonaba sorprendido. Y dolido—. Nunca te odiaría.

—Lo haces. Lo harás. Odias lo que le hago a tu vida, y eso es lo mismo que odiarme. Eso es igual de malo. Si odias tu propia vida debido a mí, eso es peor.

—Jesús. No odio mi vida.

—Lo harás.

— ¿Es una amenaza?

Se forzó a retener un sollozo.

—No. Es una promesa.

— ¿Qué dem… —Edward se detuvo. Nunca maldecía en frente de ella, no estaba segura si alguna vez maldecía, y punto—. ¿Qué está mal contigo esta noche?

—Sólo quiero superar esto contigo.

— ¿Qué? ¿A nosotros?

—No —chilló—. Tal vez. Deseo decir cada horrible verdad. No quiero engañarte para que vuelvas a mí, Edward. No quiero decirte que todo va a estar bien cuando sé que no será así.

—Estás dejando de tener sentido.

—No va a estar bien. Si vuelves. Si me perdonas o lo que sea que necesites hacer. Si te dices que te acostumbraras a esto. A Jasper, a Los Ángeles y a mi trabajo… Estás equivocado. Nunca llegarás a acostumbrarte. Y me culparás. Me odiarás por mantenerte aquí.

La voz de Edward era fría.

—Deja de decirme que te odio. Deja de usar esa palabra.

—Es tu palabra —dijo—, no la mía.

— ¿Por qué estás siendo así?

—Porque no quiero engañarte.

— ¿Por qué sigues diciendo eso?

—Porque parte de mí quiere engañarte. Parte de mí quiere decirte cualquier cosa que tenga que decirte para asegurarme que todavía me querrás. Quiero decirte que todo será diferente. Mejor. Que yo seré más sensible, que me comprometeré más. Pero no lo haré, Edward, sé que no lo haré. Y no quiero engañarte. Nada va a cambiar jamás.

Edward permaneció en silencio.

Bella lo imaginó parado en el otro lado de la cocina, la cocina de ellos dos, mirando fijamente el fregadero. Acostado junto a ella en la cama, enfrentando la pared. Conduciendo lejos de ella sin mirar atrás.

—Todo va a cambiar —dijo Edward antes de que ella estuviera lista—. Si lo queremos o no. ¿Estás… Bella, estás diciéndote que no quieres ser mejor para mí? —No le dio una oportunidad para contestar—. Ya que yo quiero ser mejor para ti. Prometo ser mejor para ti.

—No puedo prometerte que cambiaré —dijo. Bella no podía hacer promesas que su yo de veintidós años no cumpliría.

—Quieres decir que no quieres.

—No —dijo—. Yo…

— ¿Ni siquiera puedes prometerme que lo intentarás? ¿Desde este momento en adelante? ¿Sólo intentar pensar más en mis sentimientos?

Bella enrolló el cable amarillo alrededor de sus dedos hasta que las yemas se volvieron blancas.

— ¿Desde este momento en adelante?

—Sí.

No podía hacer promesas por su yo de veintidós años. Pero, ¿qué sobre esta versión de sí misma? La que hablaba en el teléfono con él. La que todavía se rehusaba a dejarlo ir.

—Yo… creo que puedo prometer eso.

—No te estoy pidiendo que me prometas que todo será perfecto —dijo Edward—. Sólo prométeme que lo intentarás. Que pensarás cómo se siente para mí cuando Jasper está en tu dormitorio. Que pensarás en cuánto tiempo me estás dejando esperar cuando estás en el trabajo. O cómo podría sentirme cuando estoy atascado en una fiesta con extraños toda la noche. Sé que he sido un imbécil, Bella… voy a intentar no serlo. ¿Intentarás conmigo?

— ¿Desde este momento en adelante?

—Sí.

Desde este momento en adelante, desde este momento en adelante. Se aferró a la idea y la sostuvo con fuerza.

—Bien —dijo—. Lo prometo.

—Bien. Yo, también.

—Seré mejor para ti, Edward. —Se apoyó en la cama—. No te tomaré por sentado.

—No me tomas por sentado.

—Sí —dijo—. Lo hago.

—Simplemente te ensimismas…

—Tomo por sentado que estarás allí cuando yo termine de hacer cualquier cosa que sea que esté haciendo. Tomo por sentado que me amarás sin importar qué.

— ¿Lo haces?

—Sí. Edward, lo lamento tanto.

—No lo lamentes —dijo—. Quiero que me tomes por sentado. Te amaré sin importar qué.

Bella se sintió deslizarse fuera de control de nuevo.

—No lo digas. Retíralo.

—No.

—Retíralo.

—Estás loca —dijo—. No.

—Si dices eso, es como si me dijeses que todas las cosas insensibles que hago están bien. Es como si te entregases a mí "sin importar qué". Me estás pre-perdonando.

—Eso es lo que es el amor, Bella. Protección por daño accidental.

—No, Edward. No merezco eso. Y ni siquiera es verdad. Porque si tuviera eso, ahora mismo, no me habrías dejado.

—Lo siento —dijo. La s en "siento" arrastrada, como si su boca estuviera presionada contra el teléfono—. No te dejaré de nuevo.

—Lo harás —dijo—. Y será mi culpa.

—Jesús, Bella. Estás muy dispersa. No puedo hablarte si vas a estar así.

—Bueno, voy a ser así. Voy a ser peor que eso.

—Voy a dejar el teléfono —dijo.

Negó con la cabeza.

—No.

—Entonces vamos a comenzar de cero.

— ¡No!

—Sí. Vamos a comenzar esta conversación entera desde cero. —Aún no gritaba, pero su voz comenzaba a aumentar como si algo estuviera a punto de estallar.

—No quiero hacerlo —jadeó—. No funciona. Todo lo malo y todo lo bueno ya ha sucedido.

—Voy a colgar ahora, Bella. Y ambos vamos a tomar algunas respiraciones profundas. Y cuando te llame de vuelta, vamos a comenzar de cero.

—No.

Entonces lo hizo.

Edward colgó.

Bella intentó tomar una profunda respiración. Quedó atrapada en su garganta como una piedra.

Dejó caer el tubo en el interruptor y vagó por el pasillo, hacia el baño de Rosalie. Difícilmente reconoció su propia cara en el espejo. Lucía pálida y simple, un fantasma que acababa de ver un fantasma. Se enjuagó la cara con agua fría y sollozó sin derramar lágrimas en sus manos.

Entonces, así era cómo Bella convenció a su esposo de proponérsele. Prácticamente rogándole que no lo haga. Para finalmente volverse loca.

Edward se volvería loco, también, si fuera el que tuviera un teléfono mágico...

Edward tenía un teléfono mágico, y ni siquiera se daba cuenta.

Dios, ¿por qué dijo todas aquellas cosas espantosas? Bella se miró en el espejo de nuevo. A la mujer con la que Edward había terminado.

Las dijo porque eran verdad.

Volvió al cuarto y bajó la mirada al teléfono amarillo.

Recogió el tubo y escuchó el tono, luego lo puso en el piso y se metió en la cama.

¿Ese ruido que el teléfono hace cuando lo dejas fuera del interruptor? Se detiene después de un rato.

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57- Sergio Leone fue un guionista y director de cine italiano.

58- El Calvinismo es una doctrina religiosa que se caracteriza por creer en la importancia de la fe y en la predestinación.

Que intenso. Amo el drama jaja.

Y si, todos esos problemas que tienen es por el egoísmo de Bella, porque nunca aprendió a amar :/ Finalmente, tienen algunas de sus respuestas. Pobre Edward :(